¡Basket en directo!
Ayer tarde rompí un divorcio de más de una década con el baloncesto en directo gracias a una llamada amiga y sobre todo a una entrada de gratis. Junto a mi amigo John Warrior, me dirigí en coche a San Pablo, un auténtico gueto (en el sentido menos peyorativo, en el más próximo al concepto de distancia entre barrios) tomado por hordas de conductores que, increíblemente, buscaban un hueco para hacer exactamente lo mismo que nosotros: ver ACB, una liga ascendente (adjetivo de sonido similar a sus siglas, ahora que caigo), quizás ya a estas alturas la hermana pequeña de la NBA. Hice memoria: la última vez que pisé el pabellón (endiabladamente frío, por cierto), los Pacers y los Sonics se cascaron un amistoso tan malo que el público acabó protestando con razón y sin vergüenza. Esta vez, sin Payton (que sí jugó aquella pachanga) ni Miller ni Kemp (que estaban lesionados, o con pocas ganas de viajar hasta Sevilla para trabajar en vacaciones, holy shit) hubo más quilates en pista. Me sorprendió la intensidad defensiva del Caja, me gustaron el 00 y el 17 del Manresa, blanquitos atléticos de los que antes no había ni rastro en Europa. Con los árbitros empecé bien (acreditan un buen nivel si se los compara con algunos de sus colegas europeos, más próximos a una novela de Bunker que a la presunta pureza del deporte) y acabé fatal. Estuvieron a punto de reventar el partido con un par de decisiones de las que te hacen saltar del asiento. Los asientos, y éste es un aviso para viejunos como yo con poca práctica en la disciplina forofil, son plegables, de manera que si te levantas impulsado por el resorte de la ira o la euforia harías bien en recordar que el trasero no encontrará acomodo a menos que bajes la tapa de nuevo. Ver basket es ir a Vietnam. Pude esquivar el culazo, pero no un hombrazo posterior de John, impulsado por el mismo resorte de la ira o la euforia justo cuando a mí se me acababa la gasolina adrenalítica. Resultado: contusión en la nariz sin fractura ni hinchazón. Salí de allí como un playmaker más, magullado y satisfecho tras una victoria agónica. De vuelta al coche, enjambres de CO2 aguardando pacientemente un hueco de huida, medité sobre el sentido del espectáculo. Me gusta la oscuridad de ese anillo que son las gradas abrazando un rectángulo antes brillante que luminoso. Me gustan esos saltos, el zumbido de las zapatillas contra el parquet, el susurro de un triple bien proyectado, la memoria rescatada de mis tiempos de jugador de barrio, raza blanca, tirador, cuando el deporte de equipo era una seña de identidad, una forma de colegueo, una tregua entre exámenes, un sueño permanente de superación. Voy a tener que volver a San Pablo, pero, por favor, que alguien encienda la calefacción.
PD: No toda la batalla física fue negativa. De coche a coche, cargué con una caja de seis botellas de vino seis cortesía del señor Peluco, nuestro enólogo particular, cuidadoso seleccionador nacional de los mejores en este ámbito.

