11.00. Madrid, mañana calurosa. No queda muy claro si los pájaros cantan o se quejan, pero al invitado le importa lo justo porque llega en un coche oficial perfectamente aclimatado. Una fila de fotógrafos más o menos estresada saca codos y empuña cámaras. El invitado se sabe la coreografía. Unas palabras al chófer (”pásate dentro de un ratito, esto no dará para más”), pasos decididos hacia la escalinata y saludo al anfitrión, que aguarda arriba, en su cénit, sonriente y satisfecho. Toda la secuencia está trufada de clics. Son los objetivos que se abren y cierran como ojos de gato en busca de una imagen potente. Los veteranos saben que es difícil lograrla cuando las caras y los gestos se repiten año tras año.
El anfitrión y el invitado enfilan la puerta principal y giran el cuello por última vez. Son coquetos. Y recelan respectivamente. Suena el pestillo y cae el telón. Están solos. O casi. El anfitrión muestra al invitado el pasillo que conduce al salón donde charlarán (paredes encaladas, cuadros de artistas desconocidos pagados a precio de lingote) y marca un número en el móvil. “Ya puedes venir”, ordena. Mientras esperan al tercero, le ofrece al otro agua sin gas. La oferta no mata. El otro prefiere fumar. Nota en el bolsillo interior de la chaqueta la silueta de un habano, pero doma su impulso. Quiere dar ejemplo aunque no sepa muy bien por qué. Para amenizar los minutos previos, conectan el piloto automático y diplomático. Curiosamente, se entienden. Menudo verano infernal. El tráfico no tiene remedio (aunque no lo sufran porque no conducen). La playa está colapsada por hordas de amantes de lo masivo. El Madrí y el Farsa han vuelto a patinar en Europa. Qué caros están los pisos pese a la crisis (en verdad, la frase tampoco les afecta).
Al cabo aparece el tercer hombre, que en realidad es una mujer bastante atractiva y mucho más letrada que ellos. El anfitrión la presenta como la traductora. El invitado se fija en ella. Tiene un lunar junto a la mejilla. Por un instante, se desconcentra. Sin darle la mano, ella toma asiento justo en mitad del sofá que queda libre. Sus labios esbozan una mueca de equidistancia. Que nadie pregunte cómo se consigue eso.
Pese a que el lenguaje político de ambos es antagónico, ahora pueden hablar con libertad, sin miedo al malentendido. Ella lo destilará todo, adaptándolo al oído ajeno.
-No sé qué quieres exactamente -arranca el anfitrión. La traductora procesa con abrumadora velocidad, tanta que casi solapa su voz con la del traducido.
-Quiero parecerme a ti -contesta el invitado.
-No me extraña.
-Pues debería. Sólo lo hago porque tú ganas y yo pierdo.
-Como siempre.
-Debo pedirte un favor. Cuéntame tu secreto. Demostrarás más valentía que nunca. Incluso te querré desde mi odio.
-¿Te gusta Dylan? The answer is blowing in the wind.
-¿No vas a ayudar a un enemigo?
-Parece mentira que no me hayas calado todavía. Sencillamente, improviso.
-Pero necesitarás una instrucción previa, ¿no? No sé, una especie de entrenamiento en una academia norteamericana.
-Lo llevo en la sangre.
-Dame pistas, hombre. Algún nombre al que acudir.
-Prueba con la clonación.
-Pero entonces no seré yo.
-Tampoco lo eres ahora.
El anfitrión se levanta. Suficiente por hoy. Despide a la traductora y acompaña al invitado al umbral. Regresan al idioma común, a la jerga sin intermediarios. Las camisas de manga corta lucen menos pero enfrían más. Está bien tu nueva limusina. Tu corbata tampoco está mal. Quedamos pronto. Eso es. Quizás en unos meses. Cuando octubre suavice la Meseta.
Se aprietan las manos lánguidamente. Las cámaras se han esfumado. El coche del invitado derrapa y levanta unos chinos. Sale un tipo fornido que le abre la puerta con ademán robótico (ay, el irresoluble problema de las pesas y la flexibilidad). El invitado agacha la cabeza y cierra la puerta. Clap. Cristales tintados. Se acabó.
El anfitrión permanece de pie, en su cénit. La soledad le arropa, parece embelesado. Piensa en sí mismo, en la razón de su potra -desconocida por todos, incluido él mismo-. Piensa en el desagradable concepto de la caducidad, que es como la muerte pero aplicada a los yogures o la política. Piensa en su invitado, tan inseguro, tan adulador, tan rematadamente ingenuo. Enlaza finalmente ambas imágenes, caducidad e ingenuidad, y piensa en 2012 y en 2016 y en 2020. Se siente imbatible. Mientras el otro esté.
El invitado enciende en el interior de la limusina el puro del que quiso y no pudo dar cuenta antes. Aspira profunda, ávidamente e impregna la tapicería de olor a Cuba. Las caladas disimulan sus suspiros. La soledad, procurada por un tabique separador, le angustia sobremanera. Corre la portezuela que le aleja del chófer y el robot anabolizado y siente ganas de hablarles, de desahogarse, de compartir su miseria espiritual. Soy mejor que él, murmura. Nadie le escucha.