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Bienvenidos al desierto

Fede Durán | 21 de abril de 2014 a las 21:16

parlamento de lamadrid 22.

Aunque el Parlamento andaluz no ha sido nunca un gran campo de batalla ni por paisajes ni por generales, algunos cañonazos retumban aún en la caja torácica del recuerdo. Chaves y Arenas (porque ésa fue la principal, la más longeva contienda) supieron odiarse con cierto sentido del espectáculo, enroscado uno en la leyenda de su invencibilidad, aferrado el otro al milagro de la derrota. Ésta se produjo, sin embargo, ya con Griñán y en marzo de 2012, pero la victoria del PP fue pírrica y por lo tanto indigerible: Arenas se fue a Madrid y Zoido llegó de Sevilla. Ambos repartieron los bofetones del primer tramo parlamentario de 2013 en lo que muchos observadores, alineados o no, veían como un intercambio desigual.

Porque Griñán subía los peldaños de la oración como agasajado por Vivaldi, seguro de su tracería retórica, convencido de una superioridad intelectual de la que en realidad nadie dudaba y ante la que Zoido, alcalde metido con calzador a opositor, respondía con la inconsistencia del tutti frutti: un poco de todo (corrupción, parálisis, desempleo, derroche) sin ahondar en nada. Así transcurrían las sesiones de control y así prolongaba sus días una cámara siempre crepuscular, enfrascada en la pose partidista, alérgica a las alturas, hija del copy paste tal y como siempre acreditará el Estatuto que quiso ser Estatut.

ZOIDO DICE QUE LA JUNTA COGE EL DINERO E INCITA A CONFRONTAR CON EL GOBIERNO

Aquella gran frase de Lineker sobre el fútbol y Alemania contó durante esos meses con una conversión aproximada en clave andaluza: “Los debates del Parlamento autonómico son un deporte de uno contra uno donde siempre gana Griñán”. Tal vez por eso, pero sobre todo por el ponche lisérgico de los ERE, el presidente, más ojeroso y asaeteado que nunca, decidió retirarse a su Yuste particular, dejando como herencia un engendro de primarias y un dedazo casi al estilo Aznar: Susana Díaz aterrizó para quedarse. Zoido insistía en largarse. La lente pública enfocaba un nuevo combate entre boxeadores sin el pedigrí de las urnas pero con roles perfectamente definidos. Él, asiduo del ring en la legislatura, parecía el Patterson perdedor de Gay Talese; ella, obsesionada con la coronación, botaba sobre la lona como el mismísimo Ali.

Díaz no vive sincronizada a los maestros de la música clásica, ni siquiera es probable que desmenuce sus lecturas nocturnas con una copa de coñac caro bajo la chimenea, pero pega más duro que Griñán porque ella sí es un animal político, es decir, una persona que mamó desde pequeña de las tetas del partido, aprendió el arte de la demagogia y sobreexplotó el recurso a la promesa contundente y al y yo más. Zoido a su lado es un azucarillo nervioso, un colibrí trémulo cuyas plumas escupe el viento de los discursos que el PSOE asume en Andalucía no tanto por inquebrantable adhesión al progreso como por el empuje que ejercen los socios de IU y por la excusa que brindan los contrastes fáciles con las políticas neoliberales del Madrid central.

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DÍAZ

Puede que Zoido sea como Patterson, pero desde luego Díaz no es como Ali. Si el discurso pudiera medirse como se miden las extremidades, el litoral o los círculos árticos, el que flota en las Cinco Llagas apenas alcanzaría el tamaño de un guisante. Ni los protagonistas hacen mejores a sus secundarios, ni los secundarios se esfuerzan en hacer sombra a los protagonistas, empeñados a su vez en quedar lo más lejos posible de sus antecesores recientes o remotos. El culto a la mediocridad ha convertido el jardín en páramo y el páramo en desierto. Bienvenidos a la desolación más absoluta.

*Artículo publicado en el Anuario del Grupo Joly.

Cómo podría haber sido y no fue

Fede Durán | 18 de febrero de 2014 a las 8:00

LA torpeza de una decisión es más evidente cuanto mayor es el contraste entre la situación bajo ese influjo y una vez rotas las cadenas. En apenas cinco minutos, Carlos Rojas, portavoz del PP en el Parlamento andaluz, desnudó a su todavía superior, Juan Ignacio Zoido, y también a la presidenta de la Junta, Susana Díaz, por distintos motivos y en distinta medida. A Zoido lo troceó involuntaria pero necesariamente con un discurso -al fin- estructurado, trufado de números, porcentajes y recuerdos de fracasos históricos y rémoras hiperpresentes, la hoja de servicios del PSOE andaluz en tres décadas, una teleserie de derroches, nepotismo, arbitrariedades y latrocinio institucionalizado con algunos oasis casi siempre procedentes de entidades ajenas (España y la solidaridad, Europa y los fondos de cohesión).

A Díaz no le tenía preparada ninguna novedad sencillamente porque no hace falta: basta con echarle un vistazo al cuadro estadístico andaluz para calcular el diámetro del agujero negro. Es cierto que en todo ejercicio político opera el sesgo ideológico, como cierto es que tanto socialistas como neocomunistas aprovechan cualquier oportunidad para demostrar que ese sesgo tiene plena vigencia a este lado de la Península con efectos presuntamente terapéuticos -privatización versus servicios públicos; bancos contra desahuciados; ladrillo a secas frente a ladrillo sostenible-. Pero la mancha no es menos negra: casi 1,5 millones de parados, 64% de paro juvenil (menores de 25 años), cargas burocráticas insoportables, ineficacia de la Administración en sus relaciones generales con el administrado; ausencia de los proyectos estrella (leyes de transparencia y participación) que deben teletransportar a la comunidad al siguiente estadio al menos en términos éticos, etcétera.

Rojas trazó el retrato más fiel hasta la fecha de su ayer rival, embarcada en una gira nacional y europea que promociona servilmente el socialismo español más huérfano de la historia, adicta al álbum de fotos, dispuesta a negociar con Cataluña no sé sabe muy bien en nombre de quién, esbelta en palabras grandilocuentes pero muy avara hasta ahora en acciones masticables. Donde Zoido se perdía, incapaz de combinar evidencias y articularlas con pericia, Rojas hilvanó como un sastre de Hoi An. La presidenta contaba con una buena oportunidad de aparcar su vocación pastoral (heredada de Griñán con suerte dispar) para entrar al detalle de su plan de ataque anticrisis. En vano. Arrancó con la broma del portavoz meritorio, como si uno debiera disculparse por el trabajo bien hecho, prosiguió con la nube del liderazgo popular y remató con las culpas del otro (reforma laboral vía Gobierno central), la mesa de la construcción que se iniciará el 21 de este mes y la alianza que persigue con el tejido empresarial. Palabras, postureo de Estado, sensación de déjà vu.

Tras la epifanía, es inevitable preguntarse por el funcionamiento orgánico de los partidos. Las cuasiprimarias del PSOE-A demostraron que la alergia al pluralismo, el debate y esa libertad de pensamiento que no implica una traición a las siglas no es patrimonio de la derecha. Susana Díaz ganó antes siquiera de presentarse, avalada por el aparato, que es lo mismo que un rodillo pero suena menos estalinista. A Zoido lo eligió Arenas, y punto. ¿De qué sirve entonces que el PP-A cuente con 159.000 afiliados? La travesía del alcalde hispalense ha sido corta e infructuosa. Le ha faltado rigor, le ha sobrado dispersión y jamás ha encontrado la retórica propia de los grandes conquistadores simplemente porque no está a su alcance lograrla. Que Rojas sea infinitamente mejor como espadachín parlamentario deja a Arenas y a la organización en pésimo lugar. La democracia española está en manos de fuerzas adictas al yo dispongo y al señor, sí, señor. Sin discrepancias, sin valentía, el capricho y la mediocridad campan a sus anchas. Como en tantas otras cosas, Andalucía es el peor ejemplo. Doble dedazo y chitón.

Julie Smith protagoniza un relato del muy talentoso David Foster Wallace. Irrumpe en Jeopardy!, el concurso donde se adivinan preguntas y no respuestas, y se hace eterna. Setecientos y pico programas después, Merv Griffin, el productor ejecutivo, decide sacrificar al mito para explorar nuevos alicientes. A Susana le ocurrirá algún día. Y a Moreno (Bonilla). Mejor que sea por tráfico de ideas. Los yugos pertenecen al Medievo.

Capítulo II: la película de siempre

Fede Durán | 5 de septiembre de 2013 a las 20:17

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DIAZ. PARLAMENTO

A Susana Díaz hay que reconocerle la fiereza, la habilidad y la demagogia del buen político. Porque así es un buen político en términos políticos. En términos humanísticos concurrirían las virtudes de la formación, la carrera profesional previa, la generosidad ideológica, la altura de miras y la idea de un país sin siglas ni servidumbres a un aparato de tres décadas. A ella le basta con el colmillo afilado, el recurso a sus orígenes humildes y el guante volador de la transparencia. Ayer se subió al estrado, nuevamente, con dos mensajes en bandolera: el cambio que llega y la corrupción que se va. Los mismos que aireó José Antonio Griñán cuando relevó a Manuel Chaves en 2009.

El cambio que llega se basa, según la particular mente del político español, en un mero traspaso de poderes, una entrada y salida de consejeros, un par de nuevos organismos y planes estratégicos y, quizás, algún órdago normativo adicional que pinte a la Junta de izquierdas como el Robin Hood de los andaluces desharrapados. En las cuatro intervenciones de Díaz no hubo ni rastro de esa reinterpretación del viejo sistema que reclama una creciente cuña ciudadana. Ni limitación de mandatos (podría haber aclarado cuánto tiempo piensa quedarse si las urnas le acompañan); ni listas abiertas; ni por supuesto exigencia de una ocupación para que la política sea un complemento y no el principal.

La corrupción que se va descansa en un imposible: ningún ser humano, por sobresalientes que sean sus cualidades de mando, podrá jamás domar la naturaleza de otros seres humanos, genéticamente tramposos y egoístas, máxime cuando pisan los predios del poder. La Junta se ha convertido en un palacio tan intrincado y descomunal, tan blindado contra sí mismo, tan adicto al servilismo y tan escrutador del disidente que reformarlo sin condenar a miles de almas amigas es sencillamente utópico. La Junta es una versión sutil del Gran Hermano de Orwell. Y la corrupción consiste no sólo en detraer, también puede basarse en intimidar, o en congelar carreras por políticamente neutrales, o en primar la fidelidad sobre el talento. Esta semana hubo directores generales que invitaron a sus subordinados a seguir, en horario laboral, las intervenciones “históricas” de Díaz en riguroso streaming. Vivan los nuevos tiempos.

Lo de ayer no fue una sesión de investidura sino la primera sesión de control a la presidenta. Nadie la votó en unas elecciones, como tampoco nadie votó a su interino opositor, Juan Ignacio Zoido, tan disperso como siempre desde la tribuna y a la vez tan coherente consigo mismo: aclaró, por si quedaban dudas, que su vocación no está en el Parlamento sino en el Ayuntamiento de Sevilla, utilizó las mismas estadísticas que Díaz para interpretarlas en sentido contrario, pagó la demagogia con (menos) demagogia y echó una capa de yeso sobre el muerto de su sucesión, un asunto sorprendente por la torpeza con que se gestiona. “Ustedes conocerán el nombre de nuestro candidato cuando convoquen elecciones”. Vale.

Todavía habituado al estilete de Griñán, Zoido le dedicó a Díaz menos de la mitad de su acero. Al replicarle, la jefa evidenció su carácter: “Me llamo Susana Díaz, y ésta es mi sesión de investidura”. Un alarde del mismo espíritu patrimonialista que ha asfixiado a los políticos en su propia burbuja de influencias y egolatrías.

La Andalucía institucional ha tocado fondo tras destrozar las formas. Detrás no existe una sociedad mayoritariamente educada con mejores valores que le apriete las clavijas y la transforme por amistosa coerción (permítaseme semejante oxímoron). Esa Andalucía de mil tentáculos, palabras huecas, posados presuntamente míticos, mensajes contradictorios, golpecitos en la espalda, trucos contables y trampas semánticas, esa Administración tan omnipresente y tan implacable ha secuestrado al civil y no lo va a soltar. Cada promesa, cada plan, cada “he venido a hablar de mi libro” es una miga más en el sendero hanselgreteliano hacia el siguiente patio de la cárcel común en que vivimos.

El defecto Zoido

Fede Durán | 13 de mayo de 2013 a las 8:00

Dos factores desactivan la estrategia opositora de Juan Ignacio Zoido desde que asumiese el relevo de Javier Arenas en julio de 2012 como tótem del PP-A. Uno es subjetivo: el hombre no se siente a gusto en un traje que exige emular el modelo de carretera y manta de su predecesor. La Alcaldía de Sevilla es su prioridad, su pasión absorbente, su amante política. Jamás lo ha ocultado, y eso al menos le coloca en un escalón de sinceridad no siempre habitual en el gremio. Otro es objetivo: Zoido es inconsistente y liviano en su batalla dialéctica con Griñán, un presidente al que algunos populares de primera línea califican en privado como “brillante parlamentario”.

La derecha ha presumido siempre de su carácter monolítico. Si hay discrepancias, se ventilan en casa, nunca a la vista de extraños. Esta premisa, desmoronada en los últimos años por las púas Gallardón-Aguirre, Aguirre-Rajoy o Cascos-PP en general, ha sobrevivido dignamente en Andalucía, donde apenas se formula una tímida crítica a la forma en que Zoido está afrontando la legislatura.

El tándem Arenas-Antonio Sanz fue muy poderoso. Entre 1993-1999 y 2004-2012 moldeó la filial autonómica del partido a su imagen y semejanza. La interinidad de Zoido traslada al PP-A al escenario opuesto. Donde antes había estructura hoy sólo existen nubes. Si Zoido se marcha, arguyen distintas fuentes consultadas, es prioritario determinar quién llevará las riendas. Con tres años por delante, el margen para desplegar la estrategia de la nueva era sería más que suficiente. Varios dirigentes se han pronunciado públicamente en este sentido. El último en hacerlo ha sido el alcalde de Granada, José Torres.

Otros abogan por una transición suave. Es el bando de los sin estrés (Carmen Crespo y Elías Bendodo se alinearon el jueves). El próximo Congreso del PP regional aún no tiene fecha, pero el debate del calendario refleja fidedignamente la división de opiniones. Se habla de 2015 (año de elecciones municipales), 2014 (elecciones europeas) y hasta verano de 2013. Cualquiera que sea la decisión, se ajustará invariablemente a un mandamiento sagrado: el nombre del elegido deberá contar con el plácet de Arenas y el sí puramente formal de la secretaria general del PP nacional, María Dolores de Cospedal. Históricos en clave autonómica como Teófila Martínez, la alcaldesa de Cádiz, también estarán en el sanedrín.

Florecen los candidatos. Por ejemplo José Luis Sanz, secretario general del PP-A, el único que se postula con más o menos claridad sin arrancar de momento ni aplausos ni abucheos. O Juan Manuel Moreno, secretario de Estado de Igualdad y avalado por la familia malagueña; Carmen Crespo, delegada del Gobierno de Rajoy y adscrita al clan almeriense; y Carlos Rojas, portavoz en el Parlamento y censado en Granada. Con ventaja sobre todos ellos parte el diputado y alcalde de Córdoba José Antonio Nieto, con un perfil más político y menos técnico que algunos de los futuribles. Cada una de las fuentes consultadas le cita entre los favoritos.

Nadie teme en realidad un terremoto orgánico ni una pelea sucesoria. Los taifas provinciales opinarán, pero lo harán bajo esa inveterada predilección por la unidad. “La máquina -afirma un diputado andaluz- funcionará cuando haya claridad. Somos gobierno en muchos sitios, sabemos hacer las cosas”. Otro dirigente popular complementa: “Es cierto que esta situación nos perjudica, pero las encuestas tampoco sitúan al PSOE-A en un escenario demasiado halagüeño”. Y un tercero advierte: “Aunque ahora parezca imposible, que nadie pierda de vista la posibilidad de que el bipartito se rompa”.

Los matices de lo fino no tapan los consensos de lo grueso: el sustituto de Zoido debe ser “un rostro conocido”, un guerrero a lo Mad Max de la carretera y un tipo sin miedo a castigarle el hígado a Griñán. Un puñado de voces populares proclama la convicción de que se pueden mejorar los resultados del 25M, en los que el PP-A alcanzó el histórico techo de los 50 escaños, siempre que se imponga el sentido común y se juegue inteligentemente la partida de los plazos. Zoido es una figura de transición que intenta prestarle a la formación un servicio digno. No siempre lo logra, y ésa es la gran razón para no volver a fallar. Sobre el delfín, sobre el príncipe, sobre el virrey recaerá el formidable reto de revertir de una vez 30 años de derrotas.

Pepito Grillo se viste de cordero

Fede Durán | 10 de mayo de 2013 a las 8:00

EN las sesiones de control sobra, por definición y sentido común, la intervención del partido al que se adscribe el presidente de la Junta. Los diputados deberían hacer algo con el reglamento de la Cámara por respeto al ciudadano y también por integridad política. En las sesiones de control sobra, adicionalmente y con idéntica carga de sentido común, cualquier intervención cuyo objeto no sea la fiscalización del equipo que gobierna, lo formen una, dos o cien siglas. Porque gobernar, parece mentira que haya que recordarlo, exige explicar. Ése es el gran problema de IU: tiene programa; exhibe más ética que sus rivales tanto asociados como irreconciliables quizás por su menor hoja de servicios ejecutivos (o quizás no, quizás el altruismo exista); ha moldeado sus tres consejerías sin atender exclusivamente a oscuros listados de simpatizantes sino valorando el talento independiente; y empuja al PSOE-A, a ese PSOE-A tan inflado de poder como el rostro de Mickey Rourke, a virar del centro a la izquierda o, como dice José Antonio Castro, de la abulia de tres décadas a “la función social de la política”, de la democracia representativa a la democracia directa. IU tiene todas esas virtudes, pero se dirige a Griñán con una docilidad incomprensible por una sencilla y contundente razón: sin sus 12 escaños no hay Ejecutivo, así que puede y debe apretarle las tuercas al jefe sin que esa misión implique quemar San Telmo.

Castro atacó ayer durísimamente al PP, y no le faltaba razón. Esto no es Etiopía. Ni Venezuela. Ni tampoco Cuba. Atacó básicamente las hipérboles de Zoido: sus coletillas favoritas –extremismo y radicalidad–; la crónica de un país que parece poco menos que los secarrales donde pegaba tiros Pancho Villa; esa estampa de niños desnutridos, moscas, burros y botijos resquebrajados que imagina Madrid. Atacó la violencia del lenguaje suburbial de las redes sociales, donde se le llamó, desde el anonimato de una cuenta no personal sino colectiva, “pelota” y hasta “rastrero”. Atacó fundadamente pero atacó mal. Porque Zoido no preside la Junta. Porque existen otros formatos donde batirse con la oposición. Porque IU le hace sin querer el trabajo sucio a José Antonio Griñán, cómodamente instalado en el palco del estadismo autonómico, si el lector acepta tal oxímoron.

Juan Ignacio Zoido es un orador vaporoso:sus discursos casi nunca dejan huella. Ayer, por inspiración o azar, expuso una línea deconstructiva más sólida de lo habitual. Tres aciertos. Lo de la Junta y sus subsidios parece “beneficencia” (a). Uno de cada tres casos españoles de corrupción brota en Andalucía (b). Griñán ofrece pactos nacionales que “correspondería proponer a Rubalcaba” (c). Y dos errores. “Ustedes no son nadie sin el Gobierno de Rajoy y el PP (d)”. En realidad, el vicio de convertir la política andaluza en una sucursal del Congreso es común a las tres fuerzas presentes en las Cinco Llagas. “Andalucía es la comunidad con más parados y más pobres y la segunda peor en renta per cápita tras Extremadura”. Cierto, pero para saber dónde estamos hay que saber de dónde venimos. Y entonces se impone un viaje al pasado que no arranca en 1977 sino antes, mucho antes (e).

Siguiendo la cartografía narrativa de las buenas veladas de boxeo, el púgil más poderoso se deja para el final. Sin ser Ali o Foreman, Griñán se maneja solventemente con el uppercut y el crochet. Vistoso al principio, aburrido al quinto combate. Por una prolongada ausencia de oponentes, sus palabras suenan pastorales y huelen a déjà vu. La escuela del presidente es tan clásica como la destilería que Baldini mostró a Grenouille en El Perfume; es la misma de la que ha mamado todo el poder político desde la Transición; es la que afronta los nuevos problemas con viejas soluciones; es la que ya no sirve. Y no, la receta no es Susana Díaz –más de lo mismo con bastante menos formación; la juventud no implica novedad–, la solución es trabajar de verdad la cultura del diálogo, reconociendo al predispuesto y retratando al recalcitrante; abrir la política a una sociedad que ya no tolera la partitocracia; mostrar la ambición de una Andalucía menos subsidiada y acribillada a impuestos; purgar las malas prácticas que todavía predominan en la funesta Administración paralela de la Junta; y advertir, alto y claro, que los tiempos del chiringuito serán fulminados sin demora.

Coda: A Griñán y Zoido les encanta el ping-pong del paro. No hay pleno en el que dejen de lanzarse las cifras de Zapatero y Rajoy, a ver quién lo hizo/hace peor. Versión presidente de la Junta: “Con Rajoy hay más de 500 nuevos parados al día en Andalucía; con ZP había menos de 200”. Versión líder de la oposición: “Entre 2007 y 2011, el desempleo andaluz creció un 90%”. Reflejos de última hora de Griñán: “La crisis no es de Zapatero ni de Rajoy (…)”. La crisis es de la banca.

La mosca, el hombre y el perro muerto

Fede Durán | 26 de abril de 2013 a las 17:37

EN La Doncella, uno de los cuentos de Slawomir Mrozek, la noticia de la existencia de una bella durmiente llega a un opulento príncipe occidental. Ella es rusa, y hasta el claro del bosque en el que yace viaja el príncipe, consternado durante la travesía por un paisaje extraño y terrible donde los robles llegan a ser como setas y las setas como robles. Al cruzar el umbral de la casucha, el hombre queda prendado: las buenas lenguas no hacían justicia a la doncella. Decidido, comienza a besarla. La eslava entreabre un ojo y vuelve a cerrarlo. Él insiste. Ella duerme. Y así hasta el infinito y más allá. La bella durmiente es esta España en crisis. Los besos del príncipe son las recetas del PP para superarla.

Juan Ignacio Zoido, miniatura del principesco Rajoy, pretende el imposible de endosar a Griñán las culpas del paro, la pobreza, la parálisis empresarial y el fracaso global andaluz, como si en España las cosas fuesen mejor. Andalucía siempre ha sido, junto a otros parias como Extremadura o Canarias, la oveja negra estadística del país, y de tal realidad se extraen, efectivamente, decenas de conclusiones implacables con la dilatadísima gestión de la Junta. Para lanzarse a la yugular con la conciencia tranquila, el PP debería repasar también el papel de parte de su base social (presente y pasada) antes de la democracia. La derecha andaluza siempre estuvo contra la República, que seminalmente no encerraba radicalismos sino un tímido intento de redistribución de la muy mal repartida riqueza. Ésa es la película de aceite que impide al partido gobernar aquí desde hace 30 años. El paro estructural tiene raíces profundas que no regaron ni Chaves ni Griñán, por muy defectuosos que sean.

Pero no importa. Zoido acude habitualmente al Parlamento con un saco de reproches recurrentes al que poco a poco añade adjetivos e ideas fuera de lugar. “Éste es el Gobierno más vacío y extremista de la historia de la democracia andaluza”; o “usted [por Griñán] se ha entregado a los radicales de IU”; incluso “a ver si va a ser que usted no es nadie sin hablar de mí”.

En realidad, el Ejecutivo regional se ha ceñido al rol que los analistas le adjudicaban tras los resultados del 25M: una modesta oda al estímulo en un mar de austeridad, la que aplica Rajoy por prescripción merkeliana aunque el coro de aduladores de la canciller mengüe cada día dentro y fuera de Europa. El problema, como ayer volvió a demostrar la EPA, es que los resultados le quitan la razón. “Dejemos de llamar reformas a los recortes”, exigió Griñán. Cierto: Stiglitz, Krugman, Soros, Lagarde y hasta germanos como Horn predican la vía opuesta. Keynes está más vivo que nunca, aunque en Berlín no se enteren.

Tampoco importa. Zoido espera de la Junta medidas laborales mágicas, como si desde Sevilla pudiese oponerse instrumento tan impactante como una reforma de los costes del despido orquestada por actores infinitamente más musculosos. No, Griñán no alcanza a tanto porque la ley no se lo permite. Lo que Griñán hace -y aquí está el verdadero y en apariencia invisible punto débil del presidente- es aprobar planes de choque y subsidios de todo tipo que acentúan la vocación caritativa de la Junta y el espíritu improductivo y pícaro de una importante franja de la población. Red social sí, siempre, pero no para los jetas perennes de Españistán y su filial andalusí.
Démosle a la crónica una estructura circular. Mrozek el polaco describe en La Mosca otra escena que nos viene al pelo. El incordio del insecto por antonomasia a un tipo cualquiera deriva en una tensa conversación donde ella (la mosca), cansada de manotazos, advierte al desconocido que esperará. Al decirlo, se posa sobre un perro muerto. El hombre le pregunta: ¿A qué esperarás? Luego lo comprende. Y deja de preguntar. Zoido es la mosca y Andalucía el perro muerto. Griñán, claro, no puede ser sino el tipo cualquiera. Pero está a salvo por una razón muy básica. Aunque el tiempo acabará con él, derrotará antes a la mosca, cuya esperanza de vida oscila entre los 15 y los 25 días. Es lo que Zoido llama su vocación por Sevilla. Entretanto, el perro andaluz seguirá tieso y avanzará en su descomposición a la espera de que alguien obre el milagro de una resurrección que los más optimismas de entre los realistas sitúan en 2018. Que corra el aire, por piedad.

Deseado por el enemigo

Fede Durán | 31 de marzo de 2013 a las 11:43

La coincidencia entre opuestos es un raro fenómeno en política. La coincidencia entre PSOE y PP chirría todavía más, sobre todo en una Andalucía espiritualmente dividida (aún) entre terratenientes y proletarios, sobre todo cuando se refiere a los sentimientos que uno de los líderes en liza, Juan Ignacio Zoido, inspira entre amigos y enemigos. Pero ocurre. El PP se aferra al divino dedo designador de Javier Arenas -un hábito muy enraizado en la derecha, como demostró Aznar con Rajoy-; la Junta y José Antonio Griñán también.

Arenas es perro viejo. Su habilidad ha quedado frecuentemente constatada: fue ministro en la época dorada del PP, accedió con aparente desgana -igual que Chaves cuando dejó Madrid por primera vez- a centrarse en la cosa autonómica justo donde a su partido siempre le fue peor, masticó mal su victoria pírrica del 25 de marzo de 2012 (Pirro fue un enorme general, por otra parte) y tuvo a mano el teléfono rojo para quitarse de en medio y volver a la capital, a Génova, a la pasarela mediática sin aparentes manchas en el expediente.

Zoido es bien distinto. El traje de mosquetero le queda grande. Las líneas de su oposición son frágiles, difusas, irregulares. Dispone de un enorme arsenal en el terreno de las cifras, pero es incapaz de utilizarlo con constancia y efectividad. El problema de un Parlamento es que tarde o temprano emerge la lupa de la retórica, del afilado manejo de las palabras, de esos intangibles que -justa o cruelmente- condenan al gris, al atropellado o al tecnócrata. Fíjense en el material expuesto: la Administración paralela de la Junta (de la que nada ha vuelto a saberse); el monumental escándalo de los ERE (1.400 millones, según las cuentas del PP); Invercaria; el déficit (aquí todos fallan); un desempleo de récord…

Griñán ha querido manejar su ventaja sin despistarse. Pero el socialismo, antes con la boca pequeña y ahora sin complejos, proclama su fortuna por contar en la bancada contraria con el alcalde de Sevilla. “Es un regalo que Dios nos da cada mañana”, afirmaba el pasado viernes Mario Jiménez. Malo para el país, malo para el PSOE y pésimo para Griñán. Porque los grandes estadistas -suponiendo que el presidente lo sea- precisan de grandes Némesis. Porque la derrota envenena más cuando no se la espera.

La ruta que el socialismo andaluz dibuja tampoco está clara. A veces por fantasías periodísticas y otras por ambigüedades más o menos calculadas, Griñán se deja querer para empresas mayores. A punto de cumplir 67 años, no parece que la mejor baza del PSOE matriz para recobrar metros de respaldo en las urnas pase por recurrir a un veterano Griñán en lugar de otro veterano Rubalcaba, aunque Fraga y su Xunta desmientan esta línea de pensamiento. Si, por el contrario, su futuro está en las Cinco Llagas, necesitará alicientes. Arenas era muy bueno tocándole las narices. Zoido apenas le arranca sonrisas de superioridad.

Y aquí llega la paradoja: ¿se imaginan que ocurra precisamente eso, que Griñán se apague de aburrimiento, que se sienta viejo, que ceda al empuje indisimulado de Susana Díaz? Entonces Juan Ignacio Zoido se relevaría como lo contrario de lo que parece: un estratega exquisito, de primera línea, un hombre con la inteligencia necesaria para inocular la inestabilidad en el taifato socialista desde su careta de boy scout, un halcón con plenas posibilidades de asaltar al fin el Palacio de San Telmo.

Cabe por último un escenario inédito. Podría ocurrir que conforme avance la legislatura, el propio PP-A, a instancias quizás del mismo Zoido, sopese la posibilidad de encomendarse a un nuevo tutor. Arenas se fue con la cama sin hacer, y su sucesor nunca ha ocultado que se siente ante todo alcalde.

No se trata únicamente de un problema de pericia, o de carisma, o de esgrima dialéctica, o de vocación. Se trata de todos esos factores en concurrencia, más el añadido de una presunción dañina: efectivamente, existe más materia prima que nunca para desbaratar el dominio con muletas (IU) del PSOE-A. Conviene recordar, no obstante, que Arenas ya gozó de los misiles de los ERE, ya los utilizó, ya los detonó en el Mamaev Kurgan de la Junta, ya transmitió al pueblo andaluz el saqueo. Y el PP ganó por 50 escaños a 47, lejos de la mayoría absoluta y del trono. Que nadie le pida peras a Zoido.

Pecados, avances, pecados

Fede Durán | 15 de marzo de 2013 a las 10:47

EN la vida real, la verdadera, en la esfera de poder de la política, raras veces deciden -y esto es algo que hay que recalcar, como advertencia contra toda credulidad política- las figuras superiores, los hombres de ideas puras, sino un género mucho menos valioso, pero más hábil: las figuras que ocupan el segundo plano”.

La frase, incluida en el prefacio de la gloriosa biografía de Zweig sobre Fouché, constituye el mejor matiz ante lo que sigue, que no es negativo pero sí derrochador: por primera vez desde el inicio del curso parlamentario 2013, IU planteó un tímido reproche común a PSOE y PP por sus reticencias hacia la democracia participativa. La defendió desde su escaño José Antonio Castro, también levemente, casándola al destino de una futura y aún incierta ley andaluza de consultas, y mezclándola con el esfuerzo por la transparencia que, según José Antonio Griñán, culminará en abril con un primer texto exploratorio.

Supongamos que Castro sea una figura superior, un hombre de ideas puras. Incluso así estaría sometido a la dictadura del segundo plano, del orgánico (IU) y del ajeno (el resto de partidos, presentes o no en la Cámara). Y ese segundo plano global piensa homogéneamente en un lienzo sin grietas. Desde las entrañas de ese poder que Bergoglio ya consideraba peligroso en sus misas argentinas, desde el corazón de la partitocracia, la aparición del ciudadano a la suiza es una seria amenaza.

Castro citó a Fernando Villaespín: “La democracia se encuentra en una pinza entre los tecnócratas y el populismo. El sistema se ha quedado sin alma”. En realidad, la democracia permanece inmovilizada en la telaraña del voto delegado, la ausencia de controles y la consiguiente elusión de responsabilidades. El sistema jamás ha tenido alma. No al menos por estos lares.

A Griñán le ocurre lo mismo que a Castro, pero en mayor medida. Su pureza y su superioridad se ven empañadas por una desproporcionada horda de secundarios. La Junta es un país demasiado grande, demasiado inabarcable, demasiado rebelde a las riendas de un jinete sabio. El caso de los ERE es paradigmático.

Si IU levantó contenidamente la voz -y eso siempre es una buena noticia cuando el destinatario del reproche es un socio de Gobierno: democracia desacomplejada-, el PP varió el rumbo de sus últimos ataques, bajando al presidente del Ejecutivo autonómico del trono a la platea con cifras. Dada la naturaleza deshilachada de la retórica zoidiana, el plano de los hechos es sin duda el más efectivo. Juan Ignacio Zoido preguntó por la deuda que la Junta arrastra con los ayuntamientos, esperó una respuesta que no llegó y concretó por su cuenta: 400 millones de euros, incluidos 128 a las capitales de provincia, ninguna de las cuales está hoy en manos del PSOE.

Hay trasfondo, claro: la guerra abierta en la FAMP, el intento del PP de ganar visibilidad por otra vía institucional o la reforma local de Rajoy. A la segunda, Griñán contestó disfrazado de jesuita, la orden de moda desde el miércoles: la Junta se hizo cargo en su día de la deuda de todos los ayuntamientos con menos de 1.500 habitantes y refinanció a otros 300, ofreció anticipos, alumbró calles, arregló casas consistoriales y rescató mercados de abastos [para eliminar suspicacias por el adjetivo elegido, que conste en acta que Fouché fue oratoriano. Francia expulsó a los jesuitas en 1762].

Y la vida sigue y los pecados se repiten. PSOE e IU conservan intacta su obsesión con el enemigo madrileño, una obsesión que en el caso socialista se diluye cuando desembarca un presidente amigo y que convierte en cualquier caso la política andaluza en una filial secundaria de las Cortes. Aunque, bien visto, sabiendo el rol que Zweig reserva a los personajes entre bambalinas, quizás Andalucía destaque, para sorpresa de todos, como amazona y pionera de una nación que necesita reinventarse. La vida sigue y los pecados se repiten porque a Zoido le falta consistencia, y esa debilidad genera en Griñán una sensación de superioridad aplastante. ¿Quién le escribe los discursos al líder del PP? ¿Improvisa? Las citas, las reflexiones, los posos culturales y geopolíticos son bienvenidos cuando contextualizan y enriquecen. En caso contrario suenan sinceramente ridículos. Obama y Merkel desentonan en las Cinco Llagas.

Se busca policía con músculo y vocación

Fede Durán | 28 de febrero de 2013 a las 11:06

EL formato actual de las sesiones de control es inútil. Apesta. Aburre. El reglamento del Parlamento andaluz sólo permite una pregunta por grupo al presidente (artículo 162), que además se le sopla antes de las 19:00 del martes de la semana anterior. Teniendo en cuenta la escasísima variedad política parida tras las últimas elecciones autonómicas -tres partidos-, descontando la intervención de autopromoción de la formación a la que pertenece el jefe del Ejecutivo y constatando que la alianza entre IU y PSOE ha despojado a la primera de cualquier voluntad fiscalizadora, sólo nos queda el PP como posible policía de la acción de la Junta.

Sin factor sorpresa ni pluralismo y con los tiempos excesivamente tasados, el diputado andaluz se empeña asimismo en el eterno vicio de trasladar la lucha a Madrid, a las tácticas de defensa y erosión de Rajoy y Rubalcaba, como si crear un debate propio careciese de interés por falta de materia prima, talento o ambas cosas. La política andaluza no puede ser una filial de la Carrera de San Jerónimo. Pero lo peor del asunto es que el monopolio de la responsabilidad de combate recaiga en la figura de Juan Ignacio Zoido, una especie de Rathenau menos pesimista, más voluntarista e igual de condenado al fracaso.

Zoido tiene dos opciones: o mejora a la velocidad del rayo o deja su puesto a alguien más preparado. Dicen quienes le conocen -viejos profesores, compañeros, periodistas zapadores- que el gran defecto de José Antonio Griñán es la soberbia. Y no hay peor medicina para un soberbio que saber que tiene razón. Zoido es un pésimo orador porque carece de estructura y conocimientos. Sus intervenciones son bombas de racimo: fían la eficacia a la dispersión, a la emisión de cuestiones superpuestas (y a menudo inconexas: Unicef, los proveedores y el Estatuto, por ejemplo) y a la fe en el milagro de un pinchazo presidencial. Parece un devoto de San Genaro antes que un espadachín de la Cámara.

Griñán ya se sabía el menú (recuerden: el martes de la semana anterior antes de las 19:00), y el menú era pésimo. El portavoz de IU, José Antonio Castro, preguntó por la reforma de la Administración Local orquestada (otra vez) desde el Gobierno central. ¿Tiene encaje esa cuestión cuando la esencia de la sesión es controlar no a Rajoy y sus ministros sino a Griñán y sus consejeros? La Mesa del Parlamento debería exigirse más, rechazando este tipo de trucos de ensalzamiento de lo propio en contraste con lo ajeno, inexorablemente defectuoso.

Francisco Álvarez de la Chica (PSOE) hizo una vez más de liebre y preparó el terreno para batir la marca reivindicativa del 28-F, que fue un hito, de acuerdo, y crea modestamente país en un país tan invertebrado como Andalucía, vale, pero que de repetido acabará adquiriendo los mismos tintes bíblicos con los que Sabino Arana hablaba del hecho diferencial y la gloria del pueblo vasco.

Hoy son otras las preocupaciones del ciudadano, y algunas podrían haberse trasladado, incluso desde el socialismo amigo, al escaño del líder o pater: la democracia directa, la listas abiertas, la transparencia, la limitación de mandatos o la “política miliciana” propugnada por el hispanosuizo Daniel Ordás.

Al gigantesco aparato de la Junta hay que buscarle las cosquillas porque la Junta es como esos palacios cerrados a cal y canto durante 30 años. Huele a sábana vieja y a poder enquistado. Huele demasiado a incompetencia y despilfarro. Huele a arbitrariedad. Huele a carné de partido como condición sine qua non para escalar y alcanzar los puestos desde los que es factible transformar las cosas para mejorarlas. Huele al doble discurso de la defensa de lo social, lo público y lo innovador y la realidad de los recortes y los desmantelamientos multidisciplinares. Andalucía no es la isla de Utopía. Se parece más a Macondo.

Griñán necesita una oposición de verdad, sólida, aplicada, ilustrada, dispuesta a mejorar la cultura del consenso sin renunciar al derecho a la tutela política efectiva. Si Zoido no se siente preparado para asumir ese peso, si su verdadera vocación es la Alcaldía de Sevilla, no existe salida más lúcida que la sinceridad hacia el partido y hacia sí mismo. Entre los 50 diputados del PP-A debería haber al menos un par de buenos relevos.

K.O. rotundo

Fede Durán | 15 de febrero de 2013 a las 10:08

LAS sesiones parlamentarias de control funcionan más o menos así: el jefe de la oposición pregunta al presidente de la Junta por una cuestión que después le permite abrir el debate a otros frentes, estén o no relacionados con el original. Juan Ignacio Zoido, jefe del PP-A y alcalde de Sevilla, trazó ayer tres líneas de ataque. La del Pacto por Andalucía, en el que no confía; la de la transparencia, por la que aboga sin demasiado entusiasmo de palabra; y la del empleo, aparentemente la trocha más sencilla por la deficiente hoja de servicios que presenta el socialismo en sus tres décadas largas de monólogo andaluz.

La efectividad implica, sin embargo, armar bien las líneas. Y Zoido cometió varios errores. Estuvo demasiado superficial; intentó vender el virtuosismo de su partido ante la corrupción justo cuando más asediado está (el caso Bárcenas es el paradigma de esa contradicción); y, sobre todo, quiso doblegar a Griñán en el cuadrilátero económico, donde es claramente inferior por conocimientos y experiencia.

Hay material de sobra para cuestionar el pasado y el presente de la Junta, una institución que no obstante muestra su habilidad para reconvertirse y trufar la escena política de señuelos. El penúltimo es el citado pacto por la tierra, absurdo desde el momento en que la cotidianeidad del Parlamento siempre ha permitido cerrar esos mismos consensos con o sin participación del tejido social y empresarial. El Gobierno autonómico ha sido listo y el PP demasiado tonto. Uno ha propuesto jugar al trile y el otro ha dicho sí. Zoido no encuentra ahora la manera o el instante de desmarcarse, y al amagar el despliegue evidencia su torpeza. Podría haberse negado desde el principio, aunque el proverbial miedo de la derecha andaluza a quedarse atrás pese aún tanto.

“¿Es un pacto vacío para distraer? ¿Quiere aburrir a los participantes? Está haciendo grandes esfuerzos por dejar fuera a los alcaldes de las ocho capitales andaluzas de provincia y a la FAMP. ¿Está apostando por acuerdos unilaterales con los mismos de siempre?”, reprochó el heredero (interino) de Javier Arenas. Griñán recordó entonces la cumbre celebrada hace un mes y el talante constructivo mostrado por aquel Zoido. “Atienda a la metodología, que ya se la expliqué”. O el profesor que riñe al alumno despistado.

Por la transparencia pasó Zoido de puntillas, coqueteando con el tan denostado y tú más. A Griñán le había preparado el terreno Álvarez de la Chica con un discurso que cualquier dirigente firmaría: autocrítica sin masoquismo, regeneración sin purgas, “el reloj de la democracia en hora con los ciudadanos”. Y ahí apuntó el presidente como un stuka, primero defendiendo la precocidad de la Junta en la materia (sueldos y patrimonios públicos, supresión de privilegios en materia de pensiones) y después proclamando el ideal del Open Government, una suerte de utopía donde el hombre libre preguntaría y el poder estaría obligado a contestar. Al dejar el cargo, el viejo y noble político se sometería asimismo al castellano y también viejo juicio de residencia o rendición de cuentas. Hasta dan ganas de creérselo.

El episodio técnico fue el más desastroso para el PP-A. Zoido mezcló churras (déficit) con merinas (empleo) sin aportar consistencia en ninguno de los dos flancos. Como Griñán había mencionado un reportaje del Economist donde Rajoy excluía entre sus cinco prioridades la creación de puestos de trabajo, el alcalde hispalense se sintió obligado a citar los piropos que el Financial Times dedica a la reforma laboral de Rajoy. También podría haber recordado, con una inevitable carga irónica, el supertitular ideado por Morgan Stanley esta semana: España será la próxima Alemania.

A la oposición le preocupa que la Junta dilate el dato definitivo de déficit a cierre de 2012, pero el propio Ministerio de Hacienda admite que prefiere el despacito y con buena letra. Para defender la reforma laboral, a Zoido no se le ocurrió nada mejor que comparar la EPA del cuatro trimestre de 2011 (prerreforma) con la primera de 2012 (posreforma), un error de bulto por cuanto el calendario marca los perfiles de cada estación (hay más contrataciones en Navidad o Semana Santa que en febrero, por ejemplo). Rotundo K.O. en el primer combate del año.