Washington, ciudad del paraíso
CIUDAD del paraíso, Washington. Aleixandre se lo atribuyó a Málaga. Aquí es la misma la idea, con otra intención. En realidad, el paraíso es donde se han sentido algunos participantes en la cumbre mundial. Tocando el cielo con la punta de los dedos, los españoles, holandeses o checos, con silla y sin bandera. Meritorios. Encantados. Este G-23 me recuerda a la convocatoria que hizo Mitterrand a 33 jefes de Estado o de Gobierno en julio de 1989, para celebrar el bicentenario de la Revolución francesa. Aprovechó la oportunidad para reunir al mismo tiempo en París la cumbre de un G-7, en el que todavía no había entrado Rusia. El presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, mandó una carta muy cortés.
Los siete grandes le tenían respeto al instaurador de la perestroika y la glasnot, pero no fue hasta 1991 en Londres cuando le invitaron, por primera y última vez, a su reunión anual; en los meses siguientes vinieron el golpe de Estado y la disolución de la URSS. Por cierto que reforma y transparencia, las divisas de Gorbachov, han sido dos de las palabras más pronunciadas por los líderes mundiales en la capital norteamericana. El privilegio de ser invitado a formar parte del G-8 de manera oficial le correspondió a Yeltsin, en nombre de Rusia. Fue en 1992, en Múnich, a propuesta del presidente Bush padre.
El club ha crecido de manera exponencial. Además de Estados Unidos, en la cita de Washington han estado Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido; y los trece que completaban el G-20, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, Rusia, Arabia Saudí, Suráfrica, Corea del Sur, Turquía y la Comisión Europea. Más los tres europeos de estreno. A la fiesta del Bicentenario de la Revolución de 1989 acudieron invitados por Mittertand 14 países de África, 5 de Asia, 8 de Europa y 6 de América, además del secretario general de la ONU, Pérez de Cuéllar y el de la Comisión, Jacques Delors. Era otro mundo, desde luego mucho más opulento: el desfile por los Campos Elíseos el 14 de julio, con la soprano Jessy Norman con un vestido azul, blanco y rojo, cantando La Masellesa, fue espectacular.
El comunicado final de la cumbre tiene prosa de buena voluntad. Reactivación económica, reglas, reforma de Fondo Monetario y Banco Mundial, acuerdo en la Ronda de Doha. En la explicación, el presidente español ha rozado la poesía: hay que poner límites a la actuación de los paraísos fiscales, que en su opinión deberían desaparecer. Son unos 65 lugares en los que la criminalidad financiera, el narcotráfico y el blanqueo de capitales tienen sus modernas islas del tesoro. Los nuevos piratas mueven su dinero con comodidad. Bush prometió acabar con ellos tras el ataque a las torres gemelas. Se olvidó. Zapatero ha recordado en Washignton a tan singulares paraísos.



