El rechazo irlandés, otro motivo de inquietud
Un militante anti-Lisboa acosa al ministro de Hacienda, Brian Lenihan, en la foto de Eric Luke.
Con la crisis creciendo y los precios subiendo, lo único que nos faltaba era un fracaso en el referéndum sobre el Tratado de Lisboa en Irlanda. Los irlandeses han dicho que no al Tratado de Lisboa, en el único referéndum que se iba a celebrar en toda Europa. Esta vez ni británicos, ni daneses, ni franceses, ni holandeses. Nadie se ha atrevido a preguntarle a la gente.
Lo más grave del rechazo de Irlanda es que la participación ha superado la mitad del electorado. El triunfo del ‘no’, auspiciado por una derecha fundamentalista católica, la izquierda verde o el movimiento republicano Sinn Fein va a paralizar las instituciones. Aunque ya lo han hecho 19 países, no puede entrar en vigor el nuevo Tratado si uno solo de los socios no lo ha ratificado. El Tratado de Lisboa, que prevé un presidente del Consejo por dos años y medio, un ministro de Exteriores, una Comisión más reducida, un Parlamento con mayores poderes, un sistema de voto más democrático y la posibilidad de refrendos por iniciativa popular, ha perdido la única votación ciudadana prevista y no podrá entrar en vigor. Los jefes de Estado y de Gobierno que se reúnen jueves y viernes en Bruselas tienen más trabajo y una nueva preocupación.
Como en la República Francesa hace tres años, el público irlandés ha votado con el egoísmo nacional en la mano, en clave local: grupos antiabortistas, empresarios que se resisten a renunciar a privilegios fiscales, emprendedores que miran más a Boston que a Berlín, agricultores que están en contra de la liberalización del comercio mundial, pacifistas contrarios a todo alineamiento, o trabajadores temerosos de perder su empleo por el dumping social en los países del Este, han votado contra la globalización, no contra el Tratado de Lisboa. Un texto que decía desconocer hasta el nuevo primer ministro, Brian Cowen.
Hay un precedente irlandés: en 2001, en el referéndum sobre el Tratado de Niza sólo votó el 34% de la población y salió que no. Hubo que hacer algunos retoques y esperar hasta octubre del 2002 para que otra consulta popular le diera la vuelta a la situación. Con el Tratado de Maastricht pasó lo mismo en Dinamarca: en el 92 fue rechazado y, tras dejar fuera del euro a la corona danesa, fue aprobado en el 93. En todos los casos el ‘no’ ha supuesto una contrariedad.
Es curioso que algunas de las razones por las que votaron en contra de estos tratados daneses e irlandeses sean completamente contrarias. Dinamarca es de los países que más cómodos se sienten con el protectorado militar que ejerce Estados Unidos sobre Europa desde la II Guerra Mundial. “Cualquier cosa menos ver otra vez los tanques alemanes por las calles de Copenhague”. Maastricht le sonó a los daneses a ejército europeo, por la “identidad europea de defensa” recogida en sus artículos. Y los daneses preferían la OTAN tutelada por el Tío Sam. A los irlandeses, neutralistas como los suecos o los austríacos, no les gustó el viraje de los tratados siguientes, Amsterdam y Niza, y rechazaron éste último, entre otras cosas, por la mención expresa a la OTAN.
Hay otras razones para que recele un país que hoy es el segundo con más renta per cápita de la UE. El síndrome del nuevo rico. Cuando se aprobó Maastricht, en diciembre de 1991, Irlanda entró a formar parte del club de países que recibirían miles de millones de euros de un fondo cohesión, para la convergencia hacia la moneda única. Despectivamente a los cuatro pobres se les llamó los cerdos, por la gracia de sus iniciales en inglés, PIGS, Portugal, Ireland, Greece y Spain. Hoy hemos conocido el veredicto irlandés y tenemos un motivo más de inquietud. La presidencia francesa, que empieza el 1 de julio y aspiraba a lanzar debates imprescindibles en Europa sobre inmigración o energía, deberá desgastarse ahora para buscar una salida al embrollo irlandés. Mala cosa. Hay una enorme distancia entre las preocupaciones a corto plazo de los ciudadanos europeos y la estrategia a medio plazo de sus líderes políticos.



