Gabinete Rubalcaba

José Aguilar | 21 de octubre de 2010 a las 12:28

ESCRIBÍ en esta esquina el 5 de septiembre sobre la Operación Rubalcaba, puesta en marcha en la cúspide del poder socialista para sustituir a Zapatero por el ministro del Interior como cabeza de cartel en las próximas elecciones.

La operación cuajó ayer (en haberla vaticinado no hay mérito mío, sino de las personas que me informaron)… a medias. Pérez Rubalcaba ha sido catapultado, en efecto, a la Vicepresidencia primera del Gobierno, en la más significativa remodelación efectuada por ZP desde que llegó a la Moncloa, en 2004, que ha afectado a la mitad de las carteras ministeriales.

Además de ser el primero de los vicepresidentes, Rubalcaba mantendrá el Ministerio del Interior -a cuyo mando ha ganado la popularidad y alta valoración de las que disfruta- en la etapa presumiblemente agónica de ETA y actuará como portavoz del Ejecutivo y narrador-rostro de los consejos de ministros cada viernes. Realmente, un presidente bis. (Entre paréntesis: fue el último portavoz del Gobierno de Felipe González y será el último portavoz del Gobierno Zapatero). ¿Quiere eso decir que va a ser sin duda el candidato socialista en 2012? “Sin duda” no es expresión conveniente para referirse a la vida política, en la que lo blanco pasa a negro en un suspiro. Sólo quiere decir que hoy Rubalcaba se halla en mejores condiciones que ningún otro de ser el sucesor de Zapatero. Si Zapatero decide finalmente no volver a presentarse, que está por ver.

Además de imprevisible, la política anda siempre preñada de paradojas. ¿Se acuerdan de que los grandes perdedores de las primarias de Madrid eran, aparte de ZP, Rubalcaba, Blanco y la derrotada Trinidad Jiménez? Pues son los ganadores de la crisis de ayer. Rubalcaba resulta, como queda escrito, el hombre fuerte de la nueva situación; Blanco asume en Fomento las competencias sobre Vivienda y saca de la dirección federal del PSOE a su enemiga Leire Pajín, y Jiménez ve cumplido su antiguo sueño de alcanzar el Ministerio de Asuntos Exteriores. Más paradojas: el flamante ministro de Trabajo e Inmigración, Valeriano Gómez, andaba hace sólo tres semanas manifestándose en la calle contra la reforma laboral que a partir de ahora tendrá que aplicar y desarrollar. Eso ha llevado la esperanza a los sindicatos, quizás más necesitadamente optimistas de la cuenta.

Por lo demás, el Gobierno ha perdido la adorada paridad (hay nueve hombres y siete mujeres) y su presidente ha dado por perdidas sus apuestas más personales, las de Igualdad y Vivienda, cuyas titulares han aceptado, sin embargo, verse devaluadas a secretarias de Estado, que es lo que probablemente debieron ser desde el principio. Y De la Vega obtiene un retiro dorado.

El abucheo a Zapatero

José Aguilar | 13 de octubre de 2010 a las 18:01

SE montó la tribuna convenientemente alejada de los asistentes, se evitó la colocación de pantallas gigantes, llegó sin ser anunciado ni visto, casi de tapadillo, pero ninguna medida preventiva es suficiente cuando se enfrenta a la intransigencia y la mala educación. En el momento en que el relator dijo que el presidente del Gobierno recibía a los Reyes sonaron con estrépito los gritos de “¡Fuera, fuera!” y “Zapatero, dimisión”.

No hay manera de que un nutrido grupo de energúmenos nos deje contemplar el desfile de la Fiesta Nacional con la tranquilidad propia de un país desarrollado. El mismo Zapatero afirma, con humor forzado, que estos incidentes son ya un clásico y forman parte del rito del 12 de octubre. Muchos pensamos como el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón: “Podían elegir otro día”, porque organizarlo ayer “es una falta de respeto”.

Ésa es la clave. Es una falta de respeto estropear con gritos, pitos y abucheos una ceremonia netamente nacional, la fiesta que simboliza la unidad de los españoles por encima de sus discrepancias y controversias, que sólo son legítimas en la medida en que se expresan en el lugar y en el momento adecuados. Es peor aún cuando el alboroto se produce en presencia del jefe del Estado y su familia y las más altas jerarquías del país y cuando no se hace de forma aislada y momentánea, sino constante y planificada, incluso en el momento emotivo en que se rinde homenaje a los soldados caídos en servicio a la patria.

El Ministerio de Defensa atribuye la autoría de los gritos y abucheos a pequeños grupos convocados, o autoconvocados, a través de las redes sociales y mensajes de teléfono móvil. No sé, aunque es difícil de creer que todos estos individuos indignados coincidan cada año espontáneamente en la misma jornada y con idéntico propósito. Si no les gusta Zapatero -como le pasa ahora mismo a una amplia mayoría de los españoles-, tienen 364 días de cada año para manifestarlo de muchas maneras distintas y en ámbitos muy diversos de la vida pública, no necesitan expresarlo el día de la Fiesta Nacional, durante el desfile que la conmemora, delante del Rey de España y de forma grosera e incívica.

Y tienen un día más, el de las elecciones generales, para demostrar lo hartos que están de él y devolverlo a su casa. Democráticamente, escogiendo una papeleta en vez de otra, y comprobando la fuerza de su opción con respecto a la de muchos millones de españoles que no chillan en los desfiles. No existe otro mecanismo aceptable para desalojarlo del lugar que ocupa desde el año 2004. ¿Por qué odian tanto a Zapatero? Al fin y al cabo, sólo es un mal presidente de Gobierno.

Cuatro apuntes sobre la huelga

José Aguilar | 30 de septiembre de 2010 a las 12:26

PREJUICIOS. A las dos de la tarde UGT emitía un anuncio radiofónico dando las gracias a los /as trabajadores/as que habían hecho posible el éxito de la huelga general. Obviamente, estaba grabado con anterioridad. El sindicato ya tenía decidido que la huelga triunfaría. También el ministro Corbacho se mostró conciliador con las centrales y destacó la normalidad de la jornada. Las reacciones precedieron a la acción. Total desafío a la realidad.

2. A medio gas. ¿Qué realidad? El país no se paralizó como pretendían los convocantes. El paro afectó en profundidad a la industria, la construcción, los transportes y los mercados mayoristas, sobre todo en las grandes ciudades. Apenas se notó en la sanidad y la enseñanza, y menos entre los funcionarios -cuyos salarios fueron atacados en junio-, un sector clave en el que CCOO y UGT sufren de una desconfianza generalizada. La séptima huelga general en democracia fue menos general que la de 2002 contra el Gobierno Aznar y la de 1994 contra Felipe González. Hay un dato objetivo: el consumo eléctrico se redujo ayer un 15,5% sobre lo previsto por la Red, frente a un 23% y un 30% de bajada, respectivamente, en las convocatorias mencionadas.

3. Piquetes. Urge una regulación de la huelga, que lleva treinta y dos años de retraso, para hacer compatibles el ejercicio del derecho a la huelga y el del derecho al trabajo y a la libre circulación. Casi entrados en la segunda década del siglo XXI y con una huelga convocada con tres meses de antelación, nadie necesita un piquete informativo que le ilustre. Los piquetes serán, en todo caso, persuasivos (o convencitivos, como dijo el otro) y, con más frecuencia, coercitivos. Todos hemos podido ver las imágenes de la coacción, que engaña mucho. ¿Cuántos comercios han cerrado por miedo al paso de los piquetes para abrir en cuanto se perdía de vista la última bandera? La ley debería igualmente impedir despidos de represalia contra quienes fueron a la huelga voluntariamente. Ha habido actos de violencia, heridos leves y detenciones, pero en escasa cuantía. La huelga general ha tenido el desarrollo que corresponde a una sociedad moderna y próspera, que la ha vivido sin traumas ni desgarramientos.

4. El futuro sindical. Los sindicatos han exhibido su fuerza, que es notable, aunque no tanto como para cambiar gobiernos. Deben ser tenidos en cuenta hoy y mañana, pero no pueden pretender situarse por encima del Parlamento. Con la huelga no van a lograr que se modifique la reforma laboral ni que el Gobierno rectifique su política económica de reducción del déficit, sin la cual el país se iría a pique. Ahora se reformará también el sistema de pensiones en un sentido que CC OO y UGT conocen perfectamente. ¿Harán otra huelga general o se decidirán a revisar y renovar su modelo?

Una huelga con empate

José Aguilar | 29 de septiembre de 2010 a las 12:41

LOS sindicatos no conceden credibilidad a la última pirueta de Zapatero, que les ha tendido la mano para negociar, ya que no la reforma laboral, sus reglamentos y desarrollos. Piensan que es un intento de desactivar la huelga general. Igual que la anunciada disposición del Gobierno a pactar la reforma de las pensiones.
   Ciertamente, Zapatero tiene la obsesión de caerle bien a todo el mundo y no decirle que no a nadie. Es de imaginar lo que le habrá costado romper su idilio de años con las centrales sindicales, ser vetado en el mitin de Rodiezmo o recortar las pensiones. Por eso se preocupa de dejar claro que él no quería hacer el ajuste duro ni la reforma laboral, que le han obligado unos malvados y anónimos mercados financieros -en realidad, que debemos mucho en el extranjero y que no somos competitivos- y que no ha tenido más remedio que molestar a sus aliados predilectos.
    Pero hay algo más en estas ofertas de negociación: la necesidad de no romper el cordón umbilical que une al Gobierno socialista con el único bloque organizado que ha garantizado hasta ahora la hegemonía social y política de la izquierda. Al Ejecutivo le disgustaría profundamente que hoy se produjera un fracaso estrepitoso del sindicalismo. Querría que la huelga general tuviera el eco preciso para no deslegitimar el modelo sindical vigente -y, de paso, para ofrecer la imagen de un Gobierno que, pese a las protestas de los suyos, se mantiene firme en hacer la política que tiene que hacer-, pero no tanto eco como para verse desautorizado en la calle y con destrozo para sus expectativas electorales. De ahí sus constantes proclamas de respeto a la huelga y a sus convocantes, las facilidades para consensuar los servicios mínimos y los ofrecimientos conciliadores.
   Por el lado de los sindicatos pasa tres cuartos de lo mismo. CCOO y UGT han acudido a la huelga por necesidades de autoafirmación, tratando de convencerse a sí mismos de que aún es posible que el Gobierno rectifique y siendo conscientes de que la derrota de Zapatero sólo abre una posibilidad en el panorama nacional, que es el triunfo de Mariano Rajoy y, con él -imposible ya el actual tancredismo oportunista del PP-, la práctica de una política económica muy parecida o, en algunos casos, más neoliberal y menos socialdemócrata. Quieren enseñar el músculo suficiente para que se les tenga en cuenta y cese de cuestionarse su representatividad y su función social, pero no tanto como para dejar mortalmente herido a un Gobierno que, si ya no es hermano, no deja de ser hermanastro.
   De modo que la huelga general, por una parte y por la contraria, se presenta con vocación de quedar empatada. Veremos qué votan los llamados a hacerla. Aunque falten entre ellos los cuatro millones largos que no pueden ni optar entre el trabajo y la huelga.

Un cuento: el síndrome posvacacional

José Aguilar | 6 de septiembre de 2010 a las 18:09

MENOS mal que los psiquiatras han cortado por lo sano porque estábamos a cinco minutos de consagrar como nueva enfermedad, digna de consideración científica y tratamiento médico, el llamado síndrome posvacacional.

Como caprichosos nuevos ricos aquejados de hipocondría, muchos individuos que se toman demasiado en serio a sí mismos estaban dispuestos a interpretar el cabreo que produce, en general, la vuelta al trabajo y la rutina después de un mes de ocio, relajo y descanso como una peligrosa patología, incluso con vocación de enfermedad depresiva (susceptible, pues, de ser un pasaporte para la baja laboral).

Oigan -ha dicho el presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría-, no confundan el lógico malestar que genera el retorno a la normalidad después de las vacaciones con algo tan serio como la depresión, que afecta a unos seis millones de españoles sumidos, a su pesar, en un infierno de difícil escapatoria. No existe ningún síndrome posvacacional, sino un simple estado de ánimo negativo que se supera con el solo paso del tiempo. Una dificultad más de la vida cotidiana, absolutamente transitoria, como tantas otras cuya solución no depende más que de uno mismo.

Ni síndrome posvacacional ni leches: cuando termina el descanso estival y hay que volver al tajo la gente se pone irritable, duerme mal y sufre ansiedad… hasta que los habituales problemas laborales o domésticos la devuelven a la realidad y asume, más o menos conscientemente, que su vida es la que es y que o se adapta lo mejor posible a sus carencias y dificultades o la cambia radicalmente (y entonces ya estamos hablando de otra cosa).

El falso síndrome carece de entidad clínica y de razón objetiva más allá de sintetizar vagamente una serie de síntomas que también serían generables por un persistente dolor de muelas o el trato continuado con un pariente antipático. Ofrezco gratuitamente un remedio casero: disfrutar del recuerdo aún cálido de lo bien que se han pasado las vacaciones, pensar que ya falta menos para las del año que viene, considerar que haberlas tenido es un privilegio que muchos conciudadanos no tienen y reflexionar sobre la cantidad de paisanos que estarían deseando regresar a la maldición del trabajo y no pueden porque están en paro. Son unos cuatro millones, sólo entre los más cercanos.

Estamos tan (mal) acostumbrados a mirarnos el ombligo y creernos el centro del universo que al mínimo inconveniente nos venimos abajo. Necesitamos objetivar como enfermedad que nos ataca lo que no depende más que de nuestra propia actitud. El más grave síndrome es el infantilismo de los síndromes inventados.

Toros en Cataluña

José Aguilar | 29 de julio de 2010 a las 11:54

NO soy capaz de dilucidar si en la decisión del Parlamento catalán de prohibir las corridas de toros desde el 1 de enero de 2012 ha pesado más la iniciativa de los enemigos del maltrato animal o el oportunismo de los enemigos de la pertenencia de Cataluña a España.

Es una de esas cuestiones que llamamos transversales para significar que los posicionamientos sobre ella atraviesan las ideologías y no se fijan automáticamente en función de las adscripciones políticas. Hay un debate ético, sí, relacionado con la tortura y muerte del toro bravo, pero conviene preguntarse por qué la prohibición ha triunfado en Cataluña y no en cualquier otro sitio. Pues porque es allí donde el nacionalismo ha encontrado en esta iniciativa la coartada perfecta para arremeter contra algo que considera una seña de la identidad nacional española. Si no hubiera sido por este conflicto identitario postsentencia del Constitucional, la movida de la plataforma antitaurina hubiera quedado en ruido sin consecuencias.

Un ruido de corto alcance porque los argumentos animalistas carecen de consistencia. Deberían explicar por qué prohíben la tradición de los toros en la plaza y salvan la tradición de los correbous en los pueblos catalanes, con reses acosadas y con fuego en los cuernos, por qué no prohíben la caza (se conocen casos de toreros heridos o muertos por cogida de toro, pero ninguno de cazador herido o muerto por perdices o conejos) y por qué, ya puestos, no impiden que se inflen las ocas para extraerles el paté o se exterminen ignominiosamente cerdos, vacas y gallinas para alimentar a los humanos opresores. Animales son todos ellos, aunque el toro bravo al menos puede defenderse de la agresión y ha sido criado para embestir en vez de para ser degollado en el matadero.

Con todo, más grave que este pretexto inane es que la mayoría de los representantes del pueblo catalán hayan subido un peldaño más en la senda del prohibicionismo. Todo lo quieren reglamentar, desde los letreros de las tiendas a los paneles de los ambulatorios y desde el doblaje de las películas al idioma de la enseñanza. Hay en esta obsesión de la nomenclatura de Cataluña un renuevo del despotismo ilustrado (ellos deciden, con su superior criterio, lo que la sociedad debe hacer y lo que no debe hacer) y un desprecio ostensible a la madurez de los ciudadanos y a su condición de individuos adultos y libres que eligen sus opciones vitales sin coacción ni paternalismo.

Por el amor de Dios, dejen a los ciudadanos la libertad de asistir a una corrida de toros si creen que es un arte, una fiesta o un patrimonio cultural y la libertad de no asistir si piensan que los toreros son unos matarifes. Lo firma uno al que no le gustan los toros.

¿Copago sanitario?

José Aguilar | 22 de junio de 2010 a las 16:58

PRONTO se empezarán a repartir en los centros sanitarios las llamadas facturas-sombra mediante las cuales la Administración informará a cada paciente del coste que ha supuesto para las arcas públicas la operación a las que ha sido sometido y, en general, cuánto se ha gastado en cualquiera de los actos realizados para asegurar su derecho a la salud gratuita.

¿Es el primer paso para instaurar el copago sanitario? ¿Se va a comenzar a cobrar a los usuarios una parte de lo que el sistema sanitario ha invertido en ellos? La ministra del ramo, Trinidad Jiménez, dijo ayer expresamente que el copago no está en la agenda del Gobierno. Sabiendo cómo se las gasta el Gobierno a la hora de desdecirse, haríamos bien en no descartar nada. Además, en política “nunca jamás” quiere decir solamente “a día de hoy, no”.

De modo que, por el momento, las facturas-sombra persiguen exclusivamente hacer pedagogía: concienciar a los ciudadanos de que el sistema de sanidad, gratis para cada uno de ellos, supone un coste importante para todos en su conjunto como contribuyentes al erario público que son. Se trata de que la gente se entere no de lo que vale un peine, sino exactamente de lo que valen las intervenciones quirúrgicas, los ingresos hospitalarios, las urgencias y las medicinas. Sobre todo las medicinas, que constituyen un porcentaje enorme del gasto sanitario y, además, del gasto menos justificado en muchas ocasiones, dada la cantidad de abusos que se producen en su consumo (no sólo por voluntad de los enfermos, también por defectos de la propia organización sanitaria).

No veo yo por qué en este tiempo de austeridad y rigor en los presupuestos no se pueda racionalizar también el déficit de la sanidad. En otros países de nuestro entorno se cobran cantidades simbólicas por cada acto médico, se obliga a pagar por cada visita a un paciente ingresado en el hospital y se suministran los fármacos en la cantidad exacta que necesita cada tratamiento. Nada más que con estos pequeños cambios nos ahorraríamos un montón de millones (quizás más por el efecto disuasorio que por los ingresos mismos). La injusticia derivada de que estos recortes perjudicarían los más pobres se puede conjurar estableciendo un tope de renta por debajo del cual la gratuidad seguiría siendo absoluta. Nadie que lo necesite debe tener dificultad alguna para acceder a todas las prestaciones del sistema.

La política del “gratis cueste lo que cueste” ha causado graves problemas a las cuentas del Estado, y el más grave ni siquiera es económico, sino psicológico y cívico: nadie valora lo que no le cuesta nada. Y siempre es mejor hacer que paguen algo los que pueden (nunca los que no pueden) que irnos todos a la mierda.

Sobre la huelga

José Aguilar | 9 de junio de 2010 a las 11:22

NADA nuevo bajo el sol. Aquí pasó lo de siempre: los sindicatos convocantes de la huelga de funcionarios de ayer calcularon un seguimiento del 75% y el Gobierno lo dejó en apenas un 11% (excluidos los servicios mínimos). Una distancia abismal, la que media entre el éxito y el fracaso.

Más allá de la guerra de cifras, el triunfo de una convocatoria de huelga puede medirse por sus efectos en la vida cotidiana de los ciudadanos. Si la gente ve alterada su normalidad, sufre algún tipo de molestias e incomodidades o no recibe determinados servicios habituales, es que la huelga ha sido exitosa y quienes la convocan se han apuntado un tanto.

No ha sido el caso. Al no haberse registrado alteraciones sustanciales en centros sanitarios y colegios, no paralizarse el transporte público ni dejar de emitir las televisiones, los españoles han vivido una jornada como otra cualquiera, sin que el enorme malestar del funcionariado con el recorte salarial decretado por el Gobierno se haya traducido en una protesta generalizada con consecuencias para la población. Porque el malestar existe, y fuerte. Los funcionarios se sienten maltratados por una opinión pública que les ha endosado una pésima imagen colectiva y por unos gobernantes que han roto sus compromisos escritos con ellos y que los han utilizado como la carne de cañón más a mano para sus sobrevenidas necesidades de reducción del déficit.

La tónica del día en las oficinas de la Administración ha sido ésta: solamente han faltado al trabajo los sindicalistas y pocos más (las manifestaciones, por el contrario, han sido muy nutridas). ¿Por qué? Muchos han dicho explícitamente que, con sueldos que no son nada del otro mundo, no estaban dispuestos a pagar su protesta con los descuentos correspondientes a final de mes. Otro argumento esgrimido ha sido que las centrales sindicales les han defraudado con su idilio de los últimos tiempos con el Gobierno, sus subvenciones y su cohorte de liberados. Al fondo de estas quejas está la pérdida de credibilidad de los sindicatos, de los que se desconfía abiertamente.

Así las cosas, cabe preguntarse qué pasará si, finalmente, se llama a la huelga general a finales de mes, una vez que el Ejecutivo apruebe la reforma laboral que flexibilizará el despido. Da la impresión de que los sindicatos se van a ver abocados a convocar la huelga, que ellos mismos han vinculado a dicha reforma, a sabiendas de que el Gobierno ya no puede dar marcha atrás en el ajuste duro y conscientes del riesgo de cosechar un gran fracaso, después del cual ya no les quedará margen de maniobra alguno.

Mientras, se anuncia una subida de la luz del 4% (más IVA).

El final de Zapatero

José Aguilar | 28 de mayo de 2010 a las 11:37

LA mañana en que el banco azul del Congreso de los Diputados, el que ocupa el Gobierno, era la mejor imagen de la desolación -vean la foto-, como la crónica de un fin de época plasmada en un solo instante, Griñán apuntilló a Zapatero con un lapsus de los que hacen historia.

En Madrid, en el Congreso, donde Zapatero rehuyó el cuerpo a cuerpo dialéctico en defensa de su tijeretazo arrojando a los leones a la vicepresidenta Salgado después de haberla dejado por mentirosa, el Gobierno se quedó solo y el catalán Duran Lleida firmó su sentencia demorada al otoño: elecciones anticipadas cuando no pueda sacar adelante los presupuestos generales de 2011. En Sevilla, en el Parlamento, el presidente de la comunidad más importante gobernada en solitario por los socialistas, le endiñaba a ZP un leñazo involuntario que redondeó la jornada más negra en mucho tiempo.

“Que Zapatero sea malo no les convierte a ustedes en buenos”, replicó Pepe Griñán a Javier Arenas entre el regocijo de los diputados del PP y la estupefacción de los diputados del PSOE. No lo dijo en condicional, no dijo “si Zapatero fuese malo…”, dijo lo que ustedes acaban de leer. Eso es lo que figurará en el diario de sesiones de la Cámara: Griñán proclamó que el presidente del Gobierno de España es malo. No que esté signado por la maldad personal, se supone, sino que su gestión es mala para España, aunque la del PP sería aún peor. Traicionado por el subconsciente, apuntó, sin embargo, al pensamiento consciente de una amplia franja del electorado, quizás decisiva, que se debate entre ZP y Rajoy como si temiera escoger entre Guatemala y Guatepeor.

Pero el lapsus de Griñán conecta también con una idea que sostiene la gran mayoría de los dirigentes y cuadros del Partido Socialista: el tiempo de Zapatero se ha terminado. Su pérdida de credibilidad es tan fuerte, y tan irreversible, que ni siquiera cabe albergar la remota esperanza de que un amago de salida de la crisis le permita remontar el vuelo al final del mandato. ZP está amortizado. Con él al frente las elecciones están perdidas de antemano. Si CiU y PNV vetan los presupuestos próximos, habrá que disolver las Cortes, adelantar las elecciones generales y poner a otro candidato (Rubalcaba, Blanco, Chaves…).

Ahora bien, ¿quién se atreve a ser el primero en decírselo? La experiencia indica que nadie. En organizaciones tan jerarquizadas y eclesiales el líder supremo puede ser íntimamente rechazado por los que le rodean y no percibir, sin embargo, más que vítores y aclamaciones. Ninguno da la cara hasta no saber de modo fehaciente que no se la van a partir. Pero todos aguardan a que algún incidente exterior haga caer al aclamado. Sólo entonces verá lo solo que estaba.

ZP y el hábito de errar

José Aguilar | 26 de mayo de 2010 a las 12:23

DE sabios es rectificar, vale. Pero cuando el error es continuado y la rectificación se convierte en hábito estamos en presencia de un problema mayor, llámese improvisación, imprudencia o desconcierto. Se llame como se llame, constituye la peor receta para dar confianza a un país que la precisa con urgencia.

Sin remontarnos al origen de la crisis y el empecinamiento en negarla, el Gobierno ha anunciado el recorte social más drástico que se recuerda una semana después de reafirmar que nunca lo haría. Y no dimite nadie. Por qué, se defiende, si no es el presidente el que ha cambiado, sino las circunstancias. Como si las circunstancias fueran un meteorito que ha caído sobre nuestras cabezas por sorpresa, como si los gobernantes no pudieran preverlas, modificarlas o hacerles frente.

Poco después del tijeretazo, el domingo pasado, Zapatero se hace aclamar por alcaldes socialistas de toda España y el muy pillín les oculta la noticia que más les puede afectar en su gestión cotidiana: que el decreto antidéficit cierra el grifo financiero a los ayuntamientos, prohibiéndoles que soliciten créditos para sus inversiones desde este momento y hasta 2012. Está en el Boletín Oficial del Estado publicado el día siguiente. Bueno, estaba, porque la indignación de muchos alcaldes -y la presión de Convergencia i Uniò- le hizo comprender la barbaridad de abortar las obras públicas previstas incluso para el presente ejercicio. De hecho, varios ayuntamientos y diputaciones convocaron plenos urgentes en la misma noche del lunes para autorizar préstamos bancarios a toda prisa. Al final, el decreto que imponía la limitación crediticia “desde la entrada en vigor de la presente norma” se corrigió para que rigiese “a partir del 1 de enero de 2011 y hasta el 31 de diciembre de 2011″. Siete meses de prórroga.

Un simple error, dice Elena Salgado desde Bruselas. ¿Quién la puede creer? Si la creemos es aún peor. Significaría que el Gobierno es tan chapucero que no piensa en las consecuencias de sus decisiones en una materia tan sensible como el funcionamiento de las corporaciones locales. Sabiendo cómo andan los ayuntamientos, esta equivocación delimita la diferencia entre seguir medio tirando hasta agotar los agujeros del cinturón presupuestario o entregarle las llaves de los consistorios directamente a Zapatero. Con un lacito y una dedicatoria: hazte cargo tú, José Luis, que presumes de tener la suerte de cara desde tiempos inmemoriales.

Ni Felipe ni Aznar llegaron al final de sus hegemonías en estas condiciones. Cayeron víctimas de sus errores, pero sin ofrecer nunca este espectáculo de caos, desorientación y desbordamiento. Carecían de talante, sí, pero no de solidez y firmeza.