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Seseña: el crimen temprano

José Aguilar | 6 de abril de 2010 a las 11:44

EL juez ha ordenado el internamiento cautelar (entre seis y nueve meses) en un centro de menores de la adolescente de 14 años acusada de la muerte de Cristina Martín, de 13, en la localidad toledana de Seseña, “dada la gravedad de los hechos y los indicios racionales y contundentes de su participación en los mismos”.

El fiscal disponía ayer de un diagnóstico: no hubo accidente, sino asesinato. La inculpada ha confesado que se citó con la víctima para “saldar cuentas” no especificadas, le dio una paliza, le rajó la muñeca con un objeto cortante -murió desangrada- y la arrojó al pozo de una fábrica abandonada.
El suceso es horrible, se mire por donde se mire, y lo empeora aún más lo que se deduce de los testimonios que proporcionan quienes lo están investigando: dos casi niñas que se citan en un lugar apartado para dirimir sus rivalidades infantiles, una muerte que no es fortuita sino buscada, la frialdad deliberada de la homicida de dejar a la otra en el pozo sin avisar durante cuatro o cinco días y, lo más impresionante, la absoluta ausencia de sentimiento de culpa que describen los psicólogos que la han examinado.

Más allá del debate inconcluso sobre la responsabilidad penal de los menores y las carencias de la ley que se les aplica, este episodio y otros que hemos vivido en los últimos tiempos apuntan a la extensión de una insoportable precocidad en el crimen. Pero no en el crimen de poca monta, el hurto o la travesura propia de ciertos sectores juveniles, sino en el designio criminal materializado por chicos y chicas no marginales en plena adolescencia: la agresión sexual, la violencia gratuita, el acoso pandillero… Los adultos están cada vez más infantilizados, y los niños cada vez tienen menos infancia.

Está fallando estrepitosamente la socialización de los menores. Con la escuela en grave dificultad para garantizar siquiera la instrucción académica de los alumnos y los padres impotentes para transmitir los valores elementales de la convivencia y el respeto, la educación de los hijos ha quedado en manos de la calle, la televisión, los videojuegos y otros artilugios tecnológicos usables para el mal: precisamente los ámbitos en los que se banaliza la violencia, se premia el descaro y el desahogo, se exalta lo grosero y lo zafio, se entroniza el yo superegoísta por encima de todas las cosas y se enseña a los muchachos a no convivir con las frustraciones de la vida.

De siempre los chavales han crecido rodeados de tentaciones seductoras para estropearse en su trayecto hacia la edad adulta. Lo que pasa ahora es que los instrumentos colectivos que les ayudaban a sustraerse a la tentación (familia, escuela, presión social, medios) han dejado de funcionar. El problema es de todos.

Obispos en la calle

José Aguilar | 2 de enero de 2008 a las 10:48

He escrito hoy en mi columna sobre la concentración promovida por los obispos en defensa de la familia cristiana.

No tengo nada contra esa manifestación. Están en su derecho al celebrarla. Y yo a discrepar de sus argumentos.

¿Qué es eso de que la democracia están en peligro? ¿No pueden aceptar que hay otros tipos de familia distintos del tradicional? ¿Acaso se obliga a los católicos a divorciarse o a abortar? ¿Por qué pretenden que su moral y sus convicciones más íntimas se conviertan en ley?

¿Este Gobierno que les ha incrementado los ingresos en la declaración de la renta persigue a la familia y a la Iglesia y el de Aznar, que gobernó sin cambiar la ley del aborto y la del divorcio, sí favorecía a la familia cristiana?

¿Entrañables o detestables?

José Aguilar | 24 de diciembre de 2007 a las 8:00

¿Son entrañables estas fiestas navideñas o son odiosas?

¡Menuda papeleta! Pocas cosas de la vida cotidiana concitan una división de opiniones tan radical.

Algunos las defienden a muerte porque permiten la reunión con la familia, afloran los mejores sentimientos, se come y se bebe como nunca, hay paga extra, las calles se iluminan y la gente parece más contenta y amable (el famoso espíritu navideño).

Otros las atacan casi por los mismos motivos: hay que aguantar el coñazo de la familia, hartarse de comer y beber hasta sin ganas, gastar mucho dinero y soportar un derroche de sentimentalismo barato y artificioso.

Algo digo yo en mi columna de hoy en el periódico, pero me interesa conocer la opinión de ustedes. ¿La viven como tormento o como felicidad? ¿Entrañable o detestable, la Navidad?