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El abucheo a Zapatero

José Aguilar | 13 de octubre de 2010 a las 18:01

SE montó la tribuna convenientemente alejada de los asistentes, se evitó la colocación de pantallas gigantes, llegó sin ser anunciado ni visto, casi de tapadillo, pero ninguna medida preventiva es suficiente cuando se enfrenta a la intransigencia y la mala educación. En el momento en que el relator dijo que el presidente del Gobierno recibía a los Reyes sonaron con estrépito los gritos de “¡Fuera, fuera!” y “Zapatero, dimisión”.

No hay manera de que un nutrido grupo de energúmenos nos deje contemplar el desfile de la Fiesta Nacional con la tranquilidad propia de un país desarrollado. El mismo Zapatero afirma, con humor forzado, que estos incidentes son ya un clásico y forman parte del rito del 12 de octubre. Muchos pensamos como el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón: “Podían elegir otro día”, porque organizarlo ayer “es una falta de respeto”.

Ésa es la clave. Es una falta de respeto estropear con gritos, pitos y abucheos una ceremonia netamente nacional, la fiesta que simboliza la unidad de los españoles por encima de sus discrepancias y controversias, que sólo son legítimas en la medida en que se expresan en el lugar y en el momento adecuados. Es peor aún cuando el alboroto se produce en presencia del jefe del Estado y su familia y las más altas jerarquías del país y cuando no se hace de forma aislada y momentánea, sino constante y planificada, incluso en el momento emotivo en que se rinde homenaje a los soldados caídos en servicio a la patria.

El Ministerio de Defensa atribuye la autoría de los gritos y abucheos a pequeños grupos convocados, o autoconvocados, a través de las redes sociales y mensajes de teléfono móvil. No sé, aunque es difícil de creer que todos estos individuos indignados coincidan cada año espontáneamente en la misma jornada y con idéntico propósito. Si no les gusta Zapatero -como le pasa ahora mismo a una amplia mayoría de los españoles-, tienen 364 días de cada año para manifestarlo de muchas maneras distintas y en ámbitos muy diversos de la vida pública, no necesitan expresarlo el día de la Fiesta Nacional, durante el desfile que la conmemora, delante del Rey de España y de forma grosera e incívica.

Y tienen un día más, el de las elecciones generales, para demostrar lo hartos que están de él y devolverlo a su casa. Democráticamente, escogiendo una papeleta en vez de otra, y comprobando la fuerza de su opción con respecto a la de muchos millones de españoles que no chillan en los desfiles. No existe otro mecanismo aceptable para desalojarlo del lugar que ocupa desde el año 2004. ¿Por qué odian tanto a Zapatero? Al fin y al cabo, sólo es un mal presidente de Gobierno.

Cayo Lara le explica al Rey su plan para echarlo

José Aguilar | 2 de septiembre de 2009 a las 12:00

LA foto es para verla… y para degustarla. Aparece Cayo Lara, que no es un senador romano, sino el coordinador general de Izquierda Unida, con sonrisa de autosatisfecho y mella delatora de un origen humilde, con el uniforme reglamentario del progre revenido, a saber, traje oscuro, camisa a rayas sin corbata (sin duda, la habrá dejado para mejor ocasión) y una chapa con la bandera republicana en la solapa, para que se sepa qué ideología profesa; y aparece el Rey de España con la corbata que quizás le correspondía llevar a su interlocutor y una sonrisa socarrona, como de alguien que ya está de vuelta de muchas cosas y se toma a chacota la pretendida provocación de que está siendo objeto y piensa para sus adentros que cómo va a molestarle lo que diga Cayo Lara a él, que ya hace más de treinta años hizo tragar la bandera roja y gualda, el escudo y la propia Monarquía nada menos que a Santiago Carrillo, que era un comunista de los de antes y no un epígono de tercera categoría como el que tenía a su lado cuando la agencia oficial de noticias inmortalizaba el encuentro en Zarzuela (se escribe Palacio de la Zarzuela, pero se dice Zarzuela). A él, que en la noche más triste de la reciente historia española se puso el uniforme de capitán general de los ejércitos y mandó parar el golpe de Estado de Armada-Miláns-Tejero, pero que si en vez de mandar parar hubiese mandado seguir, el golpe hubiera triunfado, aclamado por buena parte de los españoles, y ahora Cayo Lara no sería recibido en Zarzuela, sino en Carabanchel, ni podría ponerse la chapita con la tricolor, ni yo podría escribir este artículo, y seguramente los dos, Cayo Lara y yo, estaríamos juntos en la clandestinidad.

En fin, que gracias al Rey Cayo Lara ha podido este lunes ir a la casa del Rey a decirle al Rey que va a hacer todo lo posible para que se vaya. Es estupendo que tenga el derecho de decirlo, aunque a nadie le debe gustar invitar a otro a su hogar y que el invitado le explique con pelos y señales que tiene un plan para desalojarle de ese hogar y enseñarle el camino de Cartagena. No es de buena educación, ni siquiera de buena educación republicana, contarle al anfitrión que se tiene una hoja de ruta que dará con sus huesos en el exilio.

Y si Zarzuela no era el lugar para exponer la hoja de ruta hasta la tercera República, este tiempo tampoco parece el más propicio. La izquierda que más presume de estar en contacto con la calle le plantea al Rey una cuestión que no está en la calle ni mucho menos, aunque los seguidores de Cayo hayan aplaudido la valentía y el coraje de arrojársela a su cara y en su casa. Este Cayo sí que tiene un temple heroico y no aquel Santiago Carrillo que se quedó sentado en su escaño el 23-F tras haber “tragado” con la bandera, el escudo y la Monarquía.

El Rey que cumplió

José Aguilar | 5 de enero de 2008 a las 8:00

ESTOY convencido de que el franquismo no hubiera sobrevivido a su fundador. La sociedad española de los años setenta hubiera estallado de todos modos bajo el corsé de una dictadura obsoleta. Quiero decir: la democracia iba a asentarse en España hiciera lo que hiciera el hombre al que Franco designó para sucederle a título de Rey.Me pregunto, sin embargo, ¿a qué precio? Si Don Juan Carlos no se hubiera propuesto dinamitar desde dentro el régimen franquista, utilizando con habilidad y firmeza su propia legalidad para subvertirla, y se hubiera conformado con el papel que le asignaron, el sistema de libertades se habría impuesto de todos modos, sí, pero a costa de sufrimiento, división e inestabilidad. Tres cosas que aquella España ya no estaba dispuesta a permitirse más.

Tuvo el Rey mucho a su favor. Las fuerzas económicas internas, la Iglesia timoneada por Tarancón y las potencias occidentales rechazaban el continuismo planeado. Encontró aliados fundamentales para su operación en Suárez, Carrillo, Fraga y González. Sobre todo, se halló al frente de una nación hastiada de pelearse consigo misma y dispuesta a enterrar el espíritu de la –última– Guerra Civil, que era un espíritu de victoria y de derrota, y dispuesta a que su historia no fuese más la más triste de todas las historias, como había escrito Gil de Biedma. En fin, que había campo abonado para la transición.

Pero, oigan, había que hacerla y había que patronearla, y en una coyuntura nada propicia, con una inflación de más del 20 por ciento anual y una ETA en su apogeo. don Juan Carlos la dirigió, borrando la ilegitimidad de su origen con la legitimidad de la Constitución de 1978 y, sobre todo, con la legitimidad de ejercicio en aquellos años en que vivíamos permanentemente al borde del abismo. Después, durante cierto día sombrío de febrero de 1981, redondeó la faena investido de jefe de las Fuerzas Armadas, mientras el Gobierno y los representantes del pueblo estaban secuestrados por los que intentaron volvernos violentamente atrás, a un pasado de odio y vergüenza.

Entonces se granjeó el respeto y la admiración de la inmensa mayoría, que continúan intactos, por encima de los defectos personales y las malas compañías, y más allá de los planteamientos ideológicos de quienes de buena fe estiman a la Monarquía una reliquia de otros tiempos y de las maniobras, de malísima fe, de quienes la cuestionan por puro afán de desestabilización y río revuelto. El ruido que se ha producido en torno a la figura del Rey, aunque molesto, sufre una rotunda insignificancia desde el punto de vista social, político e histórico. La razón es sencilla: no se olvida lo que hizo cuando debió hacerlo. Aunque sólo fuese cumplir con su deber.