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Un cuento: el síndrome posvacacional

José Aguilar | 6 de septiembre de 2010 a las 18:09

MENOS mal que los psiquiatras han cortado por lo sano porque estábamos a cinco minutos de consagrar como nueva enfermedad, digna de consideración científica y tratamiento médico, el llamado síndrome posvacacional.

Como caprichosos nuevos ricos aquejados de hipocondría, muchos individuos que se toman demasiado en serio a sí mismos estaban dispuestos a interpretar el cabreo que produce, en general, la vuelta al trabajo y la rutina después de un mes de ocio, relajo y descanso como una peligrosa patología, incluso con vocación de enfermedad depresiva (susceptible, pues, de ser un pasaporte para la baja laboral).

Oigan -ha dicho el presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría-, no confundan el lógico malestar que genera el retorno a la normalidad después de las vacaciones con algo tan serio como la depresión, que afecta a unos seis millones de españoles sumidos, a su pesar, en un infierno de difícil escapatoria. No existe ningún síndrome posvacacional, sino un simple estado de ánimo negativo que se supera con el solo paso del tiempo. Una dificultad más de la vida cotidiana, absolutamente transitoria, como tantas otras cuya solución no depende más que de uno mismo.

Ni síndrome posvacacional ni leches: cuando termina el descanso estival y hay que volver al tajo la gente se pone irritable, duerme mal y sufre ansiedad… hasta que los habituales problemas laborales o domésticos la devuelven a la realidad y asume, más o menos conscientemente, que su vida es la que es y que o se adapta lo mejor posible a sus carencias y dificultades o la cambia radicalmente (y entonces ya estamos hablando de otra cosa).

El falso síndrome carece de entidad clínica y de razón objetiva más allá de sintetizar vagamente una serie de síntomas que también serían generables por un persistente dolor de muelas o el trato continuado con un pariente antipático. Ofrezco gratuitamente un remedio casero: disfrutar del recuerdo aún cálido de lo bien que se han pasado las vacaciones, pensar que ya falta menos para las del año que viene, considerar que haberlas tenido es un privilegio que muchos conciudadanos no tienen y reflexionar sobre la cantidad de paisanos que estarían deseando regresar a la maldición del trabajo y no pueden porque están en paro. Son unos cuatro millones, sólo entre los más cercanos.

Estamos tan (mal) acostumbrados a mirarnos el ombligo y creernos el centro del universo que al mínimo inconveniente nos venimos abajo. Necesitamos objetivar como enfermedad que nos ataca lo que no depende más que de nuestra propia actitud. El más grave síndrome es el infantilismo de los síndromes inventados.