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Alaya se hace los madriles

Jorge Muñoz | 15 de noviembre de 2015 a las 6:00

Alaya, en un momento de la entrega del premio jurista del año. Foto: José Ramón Ladra

Alaya, en un momento de la entrega del premio jurista del año. Foto: José Ramón Ladra

Alaya se fue a los madriles. Y como era de esperar no pasó desapercibida. La juez incansable aprovechó que le habían concedido un premio de jurista del año los antiguos alumnos de la Facultad de Derecho para lanzar un discurso en el que cargó contra todo el mundo: la Junta de Andalucía, el Gobierno y el Poder Judicial.
Después de haber rechazado multitud de entrevistas que le habían solicitado la totalidad de los medios de comunicación en Sevilla –en esta cuenta no entra el pseudoreportaje que publicó hace tiempo la glamourosa Vanity Fair, que la llevó a su portada–, Alaya rompió el silencio mediático que había guardado celosamente durante cinco años para despacharse a gusto. La expectación era máxima. Y el discurso sorprendió por sus críticas. Tengo que confesar que a cualquier periodista de los que hemos seguido la trayectoria de la magistrada en los últimos años, nos hubiera encantado que esta primera intervención pública de Alaya hubiera tenido lugar en Sevilla, aunque nadie es profeta en su tierra. Era la primera vez en la que los titulares salían de sus propios labios y no había que extraerlos de los numerosos autos y resoluciones que ha dictado en el último lustro, lo que le confería además un plus de morbosidad. La imagen y la palabra son muchas veces más contundentes que el negro sobre blanco.
A estas circunstancias se añade el hecho de que hace tan sólo unas semanas la magistrada fue apartada, por méritos propios, de la investigación de las macrocausas, después del crítico informe que remitió al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), en el que acusaba a su sucesora, la juez María Núñez Bolaños, de no estar preparada para afrontar estas investigaciones y mostrar su preocupación por la supuesta amistad con el consejero de Justicia, Emilio de Llera, a quien Alaya le atribuía la condición de ser un “notorio detractor” de su labor como instructora.
Alaya, que en estos años se ha enfrentado con todo el mundo –la Junta, la Fiscalía Anticorrupción, los abogados de la defensa, algunos de los imputados, etc.–, criticó abiertamente en su intervención a la Administración autonómica, al asegurar que la Junta le puso “todas las trabas del mundo”. El enfrentamiento con la Junta fue patente en muchos momentos de la instrucción de los ERE, como cuando el Gobierno andaluz se negó a entregarle las actas de los consejos de Gobierno.
Luego tuvo su continuidad en otro de los frentes importantes abiertos por Alaya, el de los cursos de formación, una investigación de la que la Junta intentó apartarla acusándola de haber convertido su juzgado en una “suerte de órgano especial de instrucción, que se quiere hacer conocedor de todas las posibles irregularidades o ilícitos penales que acontezcan en el ámbito de la formación dentro de la Consejería de Empleo” y de dar lugar a formar una “causa general” contra la Administración andaluza.
Alaya se defendía reprochando a la Junta que su actitud en muchas ocasiones parecía más propia “de una defensa que de una acusación particular”, lo que le llamaba la atención a la juez por la “aireada actitud de colaboración que pregona para sí la Junta de Andalucía”, llegó a relatar en un auto de los ERE.
Los reproches de Alaya no han recibido por ahora ninguna contestación del Gobierno andaluz. La presidenta de la Junta, Susana Díaz, se ha limitado a comentar que su Gobierno “siempre” va a colaborar con la Justicia, “esté quien esté, en el momento que sea” y con aquello que se les solicite, sin entrar al trapo de las críticas de la magistrada.
Alaya confesó en su discurso, en el que no hubo lugar para la autocrítica, que a lo largo de estos años recibió “muchísimas presiones”, incluso desde el Poder Judicial. “Las presiones te cortan la respiración, cuando vienen del lado equivocado, de tu casa”, aseveró en su discurso. Y también aprovechó su intervención para alardear de que muchos ciudadanos han vuelto a confiar en la Justicia gracias a su labor. Es cierto que Alaya tuvo el inmenso mérito de llegar a donde otros jueces no habrían sido capaces de hacerlo, pero hay otros muchos jueces, también aquí en Sevilla, que instruyen casos de corrupción y que cuentan con menos medios de los que tenía Alaya y sin ningún juez ni secretario de refuerzo. Un ejemplo es el juez Juan Gutiérrez Casillas, que investiga entre otros asuntos el caso Invercaria, la utilización de las transferencias de financiación en empresas públicas, o las irregularidades de la Fundación DeSevilla.
Mercedes Alaya está integrada en la Sección Séptima de la Audiencia –conocida en los mentideros judiciales de Sevilla como el Kremlin y que es la encargada de resolver los recursos de los ERE–, donde a pesar de que en un principio sus compañeros mostraron su preocupación por su llegada, ya está destacando por su inagotable capacidad de trabajo. La más grande, apodo cariñoso con el que Alaya fue bautizada por un abogado, sigue siendo noticia hasta fuera de las macrocausas.