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Mamá ¡Dame chuches!

Regina Martín | 26 de julio de 2012 a las 10:47

Algunos niños reciben chucherías y golosinas con más frecuencia de lo debido, unas veces por la incapacidad de los padres para negarse a la petición incansable de sus hijos, que demandan estos productos, otras por el desconocimiento de los padres respecto a sus efectos perniciosos. Las chucherías y golosinas pueden ser saladas o dulces y ambas se caracterizan porque son muy apetecibles, produciendo “casi dependencia”.

Las calorías que aportan estos productos son altas, a veces excesivamente elevadas, contribuyendo a que los niños o bien engorden o bien coman pocos alimentos sanos, aquellos que les hacen crecer de manera equilibrada.

¿Son las chucherías y golosinas alimentos?

Claro que sí. El diccionario de la Real Academia Española define chuchería como “alimento corto y ligero, generalmente apetitoso”, mientras que golosina como “manjar delicado, generalmente dulce, que sirve más para el gusto que para el sustento” o “cosa más agradable que útil”. Son pues “alimentos vacíos”, calóricos pero con escaso valor nutritivo.

Golosinas y dulces (caramelos duros, caramelos blandos, gominolas, chicles,…), chocolates, aperitivos (patatas fritas, cortezas, palomitas de maíz, frutos secos,…), golosinas líquidas para congelar, geles dulces, dulces de regaliz…

Los ingredientes más empleados son:

– Azúcares. Como ingredientes básicos se encuentran azúcares comestibles, fácilmente digeribles como la glucosa, fructosa, galactosa, maltosa, lactosa y sacarosa, a los que deben su sabor dulce.

– Aditivos autorizados. Generalmente edulcorantes, como el sorbitol, jarabe de sorbitol, manitol, isomaltitol, maltitol, xilitol, entre otros; colorantes, como la curcumina, tartazina, amarillo de quinoleína, cochinilla, luteína; potenciadores del sabor, como el ácido cítrico, málico, etc.

– Otros ingredientes: agua, frutos secos, regaliz, miel, gelatina, aceite y grasas comestibles, leche, huevos, almidones, féculas, harinas, licores, fruta, mermeladas, jarabes, etc.

 ¿Pueden ser perjudiciales?

Su abuso puede tener consecuencias no deseables, favoreciendo:

1. Inapetencia: el abuso de alimentos dulces, chucherías, zumos envasados, refrescos…, provocan falta de apetito cuando llega el momento real de la comida. Sus calorías vacías provocan la saciedad suficiente para llenar su pequeño estómago.

2. Caries: son en su mayoría azúcares refinados que favorecen el desarrollo de los microorganismos que atacan la placa dentaria. Es muy difícil mantener la necesaria higiene dental cuando se están consumiendo estos productos en cualquier momento del día.

3. Alergia: los colorantes, saborizantes y aditivos, cuya única función es hacer más atractiva a la vista, olor, sabor o consistencia del producto, pueden ser acumulables favoreciendo reacciones y erupciones en la piel o incluso asma (colorantes azoicos).

4. Obesidad: las chucherías son productos hipercalóricos. Si la cantidad de azúcares ingerida sobrepasa los límites de almacenamiento, el exceso de glucosa en sangre se transforma en grasa en el tejido adiposo. La instauración del hábito del consumo de chucherías sobre una ingesta diaria de calorías que ya es apropiada, producirá un incremento de peso.

5. Atragantamientos: algunas golosinas y chucherías pueden poner en riesgo la vida de los niños pequeños, bien por obstrucción de la vía aérea alta al quedarse el caramelo o bombón adheridos al paladar o cerrando el paso del aire, o bien por aspiración del fruto seco a las vías respiratorias bajas, dificultando o impidiendo el paso del aire al pulmón.

Estos episodios cursan con atragantamiento, sofoco y asfixia, a veces no presenciados por los adultos, en cuyo caso el niño sufrirá neumonías de repetición porque el fruto seco aspirado se hincha obstruyendo el paso de aire y dificultando el drenaje de las secreciones pulmonares.

En consecuencia nunca permita que su hijo, si es menor de cuatro años, consuma frutos secos.

¿Qué podemos hacer los padres?

–          No debemos prohibirlas. Son niños y no podemos evitar que las coman porque siempre habrá amiguitos o personas que se las ofrezcan, además podemos reforzar el llamado efecto “manzana prohibida” en virtud del cual lo prohibido adquiere un valor añadido.

–          Educar a los niños para que aprendan a superar los momentos de aburrimiento de la vida sin recurrir al consumo de este tipo de alimentos. Presentarse como un modelo que sabe aceptar el aburrimiento como algo natural de la vida, pero sobre todo que sabe salir de él a través de un ocio activo, es una buena forma de facilitar que nuestros hijos adquieran ese mismo autocontrol y eviten convertir el alimento en una fuente de alivio del tedio. Debe evitarse especialmente el creciente hábito de ver la televisión comiendo simultáneamente algún tipo de chuchería.

–          Podemos utilizarlas como reforzador positivo por una acción ya pasada, para lograr conductas deseables. “Por haberte portado bien este fin de semana puedes tomarte dos chicles sin azúcar”.

–          Se deben pactar un número de golosinas máximo a la semana. No es conveniente que todos los días se tomen: debe haber “días sin chuches” (la mayoría) y “días con chuches” dentro de la semana, para que el niño comprenda que son excepciones justificadas (un cumpleaños, fin de semana, etc.). No debemos darle a los niños diariamente dinero para las golosinas que deseen.

–          Procure diversificarlas (no todas las “chuches” son nutricionalmente iguales) y distribuirlas para evitar sobrecargas puntuales de azúcares. Si puede elegir, mejor las que pesan menos: con el mismo volumen o cantidad (es lo que percibe el niño) ingerirá menos calorías.

–          Evite el “picoteo continuo”: Se deben agrupar y tomarlas “como postre” de una de las comidas. Mejor sentados a la mesa, evitando atragantamientos.

–          Limitar el acceso a alimentos “peligrosos”. Intentar no comprar los alimentos que les hacen perder el control.

–          Los niños son como antenas parabólicas constantes: aprenden por imitación; hay que ser coherentes con lo que les pedimos a ellos, dar ejemplo. No podemos negarles un alimento poco saludable, cuando somos nosotros los primeros que los consumimos.

–          Y siempre después de una “chuche”… un buen cepillado dental.

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