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De las vallas a las calles

Antonio Lao | 19 de diciembre de 2015 a las 6:44

QUIÉN lo iba a decir. La legislatura comenzó con vallas protegiendo el Congreso de los Diputados. El movimiento del 15-M en protesta por los recortes, puso en jaque a los nuevos gobernantes, e incluso obligó a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a proteger el Congreso y el Senado de la presión popular. Los escraches se hicieron tristemente famosos y aquellos que nos gobiernan se encerraron, más que nunca en su burbuja, alejados como jamás había ocurrido, de lo que pasaba a su alrededor. Crisis y recortes, despidos y bajos salarios, se unieron en un cóctel que tuvo mala, muy mala digestión para todos los que los padecieron e, incluso, para aquellos que, aun manteniendo su trabajo, temblaban cada vez que la palabra crisis se cruzaba en su camino.

Ayer, cuatro años después, se cerraba una campaña electoral en la que los candidatos, más que nunca, han salido a la calle, se han confundido y mimetizado con los ciudadanos y han pulsado lo que ocurre en su entorno, como si nada de lo anterior hubiese ocurrido.

La escasez de dinero que gastar, las nuevas formas de hacer política, los partidos emergentes y la conciencia, segura, de que la sociedad ha cambiado de verdad, ha llevado a los del plasma y a los que no, a los de las redes y a los de los mítines, a palpar el estado de ánimo de sus votantes como nunca antes se había conocido.

Los cuatro años que ahora comienzan tengan la seguridad de que poco o nada van a tener que ver con los que terminan. Todos, sin excepción, son conscientes de la necesidad de estar con la gente, no alejada de ella; de compartir problemas, no de mirarlos desde la distancia del escaño y de vivir al lado de los suyos y no lejos, como si de extraterrestres se tratase. A ello debemos añadir un condimento más, quizá el más importante, que es la ausencia de mayorías absolutas. Se acabó el ordeno y mando y el impongo mi mayoría. Se implanta la cultura del diálogo, de la sensatez y de la cordura.

Argumentario y un debate

Antonio Lao | 17 de diciembre de 2015 a las 12:26

LOS ecos del bronco debate que protagonizaron el candidato del PP a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy y del PSOE, Pedro Sánchez, mucho me temo que se prolongarán hasta el día de las elecciones. Es un buen recurso para seguir haciendo madeja, ante el agotamiento que ya se percibe antes de la jornada de reflexión.

De la cita organizada por la Academia de la Televisión se ha dicho todo o casi todo. La gran mayoría, de un lado y de otro, escandalizados por la dureza con que ambos contendientes se fajaron, como si de un combate de boxeo se tratase.

ependiendo del color político de la prensa que leas, la radio que escuches o la televisión que mires, las variables se multiplican casi hasta el infinito, machacando al oponente de manera infame, hasta hiriente diría yo. Por más que lo intento no lo entiendo. ¿No estamos hablando de un debate? ¿Acaso alguien creía que íbamos a ver a dos bustos parlantes tirando de argumentario? Tenían la oportunidad de ser vistos por una buena parte de aquellos que ejercerán su voto el 20 de diciembre y no iban a dejar un solo ladrillo sin poner, en el edificio que tratan de construir y rematar el domingo, que no es otro que la Presidencia del Gobierno de España. Si tiramos de cinismo, o de pulcritud malentendida, puedo hasta comprender a aquellos postulantes a doctores, que hartos de lidiar en todas las plazas, salen ahora heridos y arrebolados ante el despliegue de ganchos y crochets que el candidato socialista lanzó, metafóricamente, a su oponente. Era su oportunidad y la aprovechó ante su partido para reforzarse y ante el reguero de votos que se le perdían por el camino.

El presidente no le anduvo a la zaga. Salió como pudo del atolladero, conocedor de que iba a ser el Don Tancredo que recibiera todos los bolos tratando de derribarlo. Quizá, sólo quizá, se produjera algún exceso verbal, pero reitero y repito que era un debate, no un monológo de argumentario elaborado por lanzadores de ideas.

Mítines con cuentagotas

Antonio Lao | 15 de diciembre de 2015 a las 6:15

EN las grandes ciudades todavía permanece, aunque da la sensación que ya tiene algo de vintage, la celebración de mítines. En las pequeñas, por contra, salvo que el líder recale allí, rara vez vemos una concentración de adeptos, banderas en mano, bocadillo en la otra y autobuses en la puerta del pabellón deportivo, plaza de toros o explanada portuaria.

Las redes sociales y las televisiones lo copan y lo ocupan todo, aunque también tiene mucho que ver el hartazgo de los ciudadanos, cuando de acudir a escuchar a un candidato se trata. Se ha convertido en algo tan cotidiano, tan trillado, tan justo de credibilidad, que lo dejan pasar para mejor ocasión, entendiendo que el voto está decidido o casi y, por mucho que se empeñen en soflamas, proclamas y se desgañiten en un último intento por atraer a los indecisos, ya no logran convencer ni a sus propios adeptos.

Quizá por ello esta campaña ha sido más de cercanía, más de andar por casa, más de subirse a un banco y hablar a los vecinos, a un mercadillo para mezclarse entre los vendedores de bragas a un euro y calzoncillos de imitación a dos, que de verdad regresar al sabor, la tradición y la grandeza de aquellas que protagonizaban los cabezas de lista de antaño.

Considero importante la influencia de las redes sociales, aunque no vital. La pequeña pantalla te mete dentro de tu casa al más cercano y al más alejado a tus ideas, haciendo fácil lo difícil. Sin embargo, por más que nos empeñemos, la distancia que nos separa de aquellos que Pablo Iglesias definió hace unos meses como “casta” es, a veces, tan abismal que ya nadie compra duros a cuatro pesetas.

Y no es porque el día 20 de diciembre este país no se juegue su futuro, como lo hizo hace cuatro, ocho o doce años o como lo hará en las próximas citas electorales. Pero muchas cosas han de cambiar si aquellos que nos gobiernan o aspiran a hacerlo, pretenden recuperar la credibilidad perdida hace tanto.

Hablar de mi libro

Antonio Lao | 13 de diciembre de 2015 a las 6:27

Fue Francisco Umbral el que acudió a una televisión para una entrevista, con la excusa de promocionar su nuevo libro y se le preguntó de todo, menos de aquello para lo que había ido al plató. La imagen, repetida en los zappings hasta la saciedad y la frase “yo he venido aquí a hablar de mi libro” refleja con rotundidad aquello en lo que se han convertido los debates electorales. Sesudos especialistas he escuchado hablar de los protagonizados por aquellos que aspiran a ocupar La Moncloa a partir del 20 de diciembre. Cada uno de ellos ha buscado y rebuscado matices por los cuales uno u otro candidato no ha estado bien o, por el contrario, han alcanzado la excelencia. Pequeños detalles que, miren ustedes, no veo que los ciudadanos que se asoman a la pequeña pantalla puedan ni  siquiera atisbar. Los debates son claves para la consolidación de los candidatos, qué duda cabe, aunque entiendo que gran parte de aquellos que los ven ya tienen el voto decidido. No me vayan a decir ahora que un seguidor de Podemos, por poner un ejemplo, va a dejar de votarles porque el sudor de su candidato se dejó ver en las axilas de Pablo Iglesias, o el constante movimiento de piernas de Albert  Rivera decepciona a aquellos que creen en su proyecto de regeneración. Tampoco creo que la pose seria y la ambigüedad calculada de Pedro Sánchez aleje de su proyecto a aquellos que creen a pies juntillas en la tradicional socialdemocracia. La vicepresidenta lo tenía complicado y salió del envite con nota. No tenía nada que perder y si mucho que ganar. El constante recuerdo al candidato del PP, Mariano Rajoy, no era más que una coletilla que, con probabilidad, si va a tener influencia el 20-D. En cualquier país de nuestro entorno, que el presidente del Gobierno no vaya a debatir no parece comprensible. Al contrario, puede ser entendido como un desaire a sus votantes y a aquellos que a lo largo de los últimos cuatro años ha gobernando. Aun así, todos hablaron de su libro y nadie los sacó del guión. Sin más.

El voto del miedo

Antonio Lao | 10 de diciembre de 2015 a las 16:40

Hasta una campaña compleja, en la que el bipartidismo parece que ha pasado a la historia, cobra notable importancia el llamado voto del miedo. Antaño usado como arma electoral por los populares para guarecerse y justificar las continuas derrotas que sufrían en Andalucía de manos de los socialistas. Ese voto del miedo, que tenía como base la supuesta dependencia de las ayudas subvenciones y el plan de Empleo Rural (PER), regresa con fuerza con los pensionistas como munición, arma arrojadiza o soldaditos de plomo a la espera del pim, pam, pum de los candidatos. Nadie olvida que en este país hay once millones de personas que tienen más de 65 años, once millones de jubilados que reciben cada mes una pensión del Estado, más o menos importante, pero todavía en tiempos de crisis fundamental para el sustento, no sólo de ellos, sino de muchas familias que han visto como la crisis se los llevaba por delante.

Atrás han quedado los grandes mítines en las grandes ciudades y cerca nos encontramos con los líderes en los pueblos más pequeños jugando una partida de dominó en el bar de la plaza del pueblo o una de mus en el club de jubilados de Villargordo, por poner un ejemplo. A pesar del indudable valor que las nuevas tecnologías han inoculado a las campañas, centradas y basadas en una buena parte en las televisiones, los debates y las redes sociales, ninguno de ellos descuida a aquellos que saben los pueden hacer ganar o perder unas elecciones. Una cosa es jugar al mus con el abuelo con decenas de focos centrados en la partida y otra será, qué duda cabe, cuando este tiempo de pasión y desenfreno electoral pase y, como siempre, se olviden de aquellos que los situaron en la cima del Gobierno, como principal partido de la oposición o con unos pobres diputados para vegetar durante la legislatura.

A pesar de todo, el fin del bipartidismo amenaza con cambiar las estructuras y las bases, en exceso anquilosadas.

“Llegar aprendido”

Antonio Lao | 5 de diciembre de 2015 a las 12:47

Insiste Mariano Rajoy, de forma machacona, en la importancia de la experiencia como valor incalculable e innegable a la hora de gobernar. Retoma cada dos por tres la idea de que para dirigir, al menos, hay que haber sido concejal. A su juicio, los experimentos poco menos que hay que hacerlos con gaseosa. Se puede o no estar de acuerdo con la afirmación -dardo directo hacia las nuevas fuerzas políticas que han irrumpido en el panorama político-, pero tiene cierto sentido pensar y creer en la necesidad de estar formado, contar con la experiencia y el bagaje suficientes para el ejercicio de cualquier laboro. Por tanto, si estamos hablando del Gobierno de todo un país, cobra más sentido la necesidad de tener la preparación suficiente para ejercer una labor de ese calibre. Aquí, como en la mili, el valor no se le supone, sino que hay que dar probadas muestras de capacidad. De lo contrario nos podemos encontrar con situaciones desagradables, que ya las vivimos en algunos ayuntamientos, de alcaldes y concejales alejados de la realidad, llevando a sus ciudades por caminos que nadie querría. Les pongo un ejemplo para ilustrar el colmo de la tontería. El candidato de Podemos por Almería, el sevillano David Bravo, tras mostrar su desconocimiento manifiesto por esta tierra, no conocer ni de lo que se vive por estos lares, se descolgaba el jueves con un tuit en el que decía, y cito textualmente, “no voy por Huelva, si tuviera que seguir mis ideales me presentaría por la circunscripción de Skyrim”, videojuego que puede estar muy bien para matar el tiempo y hasta disfrutar con la Play o la Xbox, pero nada tiene que ver con la realidad de la que hablamos. Este país es una cosa muy seria como para bromear o jugar con él. Como conversación de barra, frente a una cerveza, puede valer. Aunque espero que los ciudadanos, sabios, tomen nota.

Cuneros

Antonio Lao | 3 de diciembre de 2015 a las 10:30

Gran parte de los parlamentarios andaluces de Podemos se rebelaron con la forma de elección de los cabezas de lista a las elecciones generales. La gota que colmó el vaso se situó en Córdoba, aunque otras provincias como Almería también soportan lo que en tono despectivo en el mundillo de la política se conoce como cuneros.Todos ellos han dado en sus inicios momentos gloriosos, de los que las hemerotecas dan cumplida fe. Digo esto porque a Almería ha llegado, como caído del cielo David Bravo, un sevillano mezcla de pizpireto y sesentero, con gafas a lo John Lennon, que en su primera entrevista reconocía, y hacía gala de ello, no tener ni pajoleta idea de la provincia, de sus necesidades y, ni mucho menos, de sus formas de vida, economía, tradiciones o similares. Claro está que nunca había estado en el Parque Natural de Cabo de Gata y tampoco en un invernadero. Con esta excelsa carta de presentación no se extrañen que se haya encontrado con el rechazo de aquellos que legítimamente aspiraban a conformar la lista y de los que aquí habitan, perplejos todavía con sus afirmaciones. Pero no queda ahí la cosa. Emulando a Steve Jobs avanzó como propuestas trabajar por el software y hardware libre y nuevas tecnologías. ¡Ahí queda eso! No conforme con tanto dislate, el lunes se reunió en la universidad con los círculos de esta fuerza política y, entre sus perlas, quedará para la historia que la autovía con Málaga no estaba terminada. Lo cierto es que se abrió al tráfico hace dos meses y es considerada, por méritos propios, una de las grandes obras que vertebran Andalucía. Para defender sus postulados y su escasez de conocimientos sobre esta tierra, se descolgó con afirmaciones tales como que los temas a debatir en el Congreso “son estatales y que lo que tenga que ver con cada provincia no lo hace un diputado, sino todo un equipo”.

Hasta puede que tenga razón. Pero les aseguro que aquí ha quedado retratado ante fieles e infieles; seguidores y detractores y hasta con la estatua de Nicolás Salmerón que preside la Puerta de Purchena.