Argumentario y un debate

Antonio Lao | 17 de diciembre de 2015 a las 12:26

LOS ecos del bronco debate que protagonizaron el candidato del PP a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy y del PSOE, Pedro Sánchez, mucho me temo que se prolongarán hasta el día de las elecciones. Es un buen recurso para seguir haciendo madeja, ante el agotamiento que ya se percibe antes de la jornada de reflexión.

De la cita organizada por la Academia de la Televisión se ha dicho todo o casi todo. La gran mayoría, de un lado y de otro, escandalizados por la dureza con que ambos contendientes se fajaron, como si de un combate de boxeo se tratase.

ependiendo del color político de la prensa que leas, la radio que escuches o la televisión que mires, las variables se multiplican casi hasta el infinito, machacando al oponente de manera infame, hasta hiriente diría yo. Por más que lo intento no lo entiendo. ¿No estamos hablando de un debate? ¿Acaso alguien creía que íbamos a ver a dos bustos parlantes tirando de argumentario? Tenían la oportunidad de ser vistos por una buena parte de aquellos que ejercerán su voto el 20 de diciembre y no iban a dejar un solo ladrillo sin poner, en el edificio que tratan de construir y rematar el domingo, que no es otro que la Presidencia del Gobierno de España. Si tiramos de cinismo, o de pulcritud malentendida, puedo hasta comprender a aquellos postulantes a doctores, que hartos de lidiar en todas las plazas, salen ahora heridos y arrebolados ante el despliegue de ganchos y crochets que el candidato socialista lanzó, metafóricamente, a su oponente. Era su oportunidad y la aprovechó ante su partido para reforzarse y ante el reguero de votos que se le perdían por el camino.

El presidente no le anduvo a la zaga. Salió como pudo del atolladero, conocedor de que iba a ser el Don Tancredo que recibiera todos los bolos tratando de derribarlo. Quizá, sólo quizá, se produjera algún exceso verbal, pero reitero y repito que era un debate, no un monológo de argumentario elaborado por lanzadores de ideas.

Indecentes e indecisos

Rafael Navas | 16 de diciembre de 2015 a las 6:47

Es la frase que ha marcado y marcará el final de esta campaña electoral: “Usted no es una persona decente”. Pedro Sánchez sabía que se la tenía que jugar y los casos de corrupción en el PP –concretamente el del ex tesorero Luis Bárcenas, que es de manual– le facilitaron la munición para el golpe que necesitaba ante un rival pertrechado constantemente en la política económica de su gobierno.

El uso de la palabra decente estaba medido. Para alguien como Mariano Rajoy, ser acusado de indecente es motivo para perder la compostura, un golpe más certero incluso que el ser llamado corrupto o ladrón. Porque, sin recurrir a estas dos palabras, que habrían sido objeto probablemente de una demanda por injurias –también de manual–, el candidato socialista dejó volar la imaginación y la memoria del elector televidente. Rajoy respondió tirando de adjetivos como “ruíz (aquí le traicionó el autocorrector), ruin, mezquino, deleznable y miserable”. Pero esas palabras sonaron a rabieta y al “y tú más” que tanto ha castigado al bipartidismo.

Estaba cantado que un Sánchez kamikaze iba a utilizar la corrupción como último recurso, por lo que sorprende la tibia o poco original respuesta del candidato a la reelección. A menos que los sesudos estrategas de la campaña popular dieran por descontado incluso desde los inicios que ese ataque se iba a acabar produciendo. Y como ha quedado demostrado que la corrupción no siempre pasa factura a los partidos políticos, es posible que el cuartel general del PP lo tuviese asumido como un mal menor.

Otra cosa es cómo se desarrolló esa parte del debate y ahí los gestos de Rajoy –si es que se pueden interpretar– fueron un tanto desencajados. Estamos, por tanto, ante un asunto que no es ninguna novedad informativa, el caso Bárcenas, que todo el mundo conocía desde antes de comenzar el cara a cara (o el cuerpo a cuerpo, según se mire). Lo que han sorprendido han sido las formas adoptadas por los dos protagonistas a la hora de hablar de un asunto antiguo ante las cámaras. Y es que en política, en las horas de los indecisos, hasta pestañear mal puede costar unos escaños.

Debate de alto riesgo

Antonio Méndez | 16 de diciembre de 2015 a las 6:42

Un estudio publicado en el último número del British Medical Journal concluye que los jefes de Gobierno electos y que ejercen su cargo tienen mayor riesgo de morir que sus rivales que no ganaron las elecciones. El informe de los científicos, con un investigador de Harward al frente, parece publicado a conciencia tras el sofocón que se llevó el candidato del PP en su cara a cara con su homólogo socialista. Pero el trabajo es fruto de un análisis del historial de 17 países entre 1722 y 2015. Gobernar también perjudica seriamente la salud.

El día después de comprobar que el presente mandato le ha pasado factura al presidente del Gobierno hasta en su proverbial retranca, a no pocos dirigentes del PP sólo les falta rezar: “Mariano nuestro que estás en la Moncloa líbranos de la tentación de votar a Ciudadanos”. Por la mañana, a tenor de las declaraciones posteriores, el argumentario que llegó a las sede del PP para que los dirigentes recitaran las mismas consignas en España, se debió escribir aún en estado de shock. Sánchez se ha “pasado de frenada”, repetían urbi et orbi la cohorte de ministros que acudieron a socorrer al jefe en su dura resaca.

Pero en estas situaciones críticas, siempre destaca alguna aportación que merece nota aparte. Resulta que el Ejecutivo cuenta con un secretario de Estado de Relaciones con las Cortes. Se llama José Luis Ayllón y ayer consiguió unos merecidos segundos de notoriedad después de tantos años en el ostracismo más absoluto. El alto cargo del Gobierno demostró que aún quedaba margen para mejorar el resultado del instructivo debate del lunes y tachó de “chulo de barrio”, al oponente socialista.

Desde el PSOE certificaron la “muerte política” de Rajoy. Así que el domingo tendrán que decir que les ha derrotado un vampiro. Todo por leer el British Medical Journal.

Sánchez ganó de mala manera

José Aguilar | 16 de diciembre de 2015 a las 6:39

Pedro Sánchez podía haber ganado el debate con limpieza, pero lo ganó de mala manera. Sus argumentos contra la autocomplacencia de Rajoy, su denuncia de las carencias objetivas de la recuperación económica y su crítica a las políticas de la desigualdad estaban fundadas. Ahí debió quedarse: habría derrotado a un contrincante que afrontaba el encuentro como un trámite engorroso ante un rival inconsistente. Pero Sánchez se sentía necesitado de dar un vuelco a una campaña en la que se ha visto desplazado y lo intentó de la peor manera posible, deslegitimando a Rajoy. Desde que en en el segundo minuto sacó a pasear a Bárcenas se transparentó su propósito. “Usted no es decente” incluso podría haber sido la conclusión de su argumentario, pero nunca la premisa, que es lo que fue. Ciertamente, aturrulló a Rajoy, preso de una nerviosera inconcebible en un presidente de Gobierno. Con haberle atribuido la responsabilidad política de la corrupción del PP se habría cargado de razones. Optó por cuestionar su honradez personal. Le ganó la partida, sí, pero a base de insultos. Propuestas no hizo ninguna. Vaguedades, buenas intenciones y proyectos sin cuantificar, todos.

Mítines con cuentagotas

Antonio Lao | 15 de diciembre de 2015 a las 6:15

EN las grandes ciudades todavía permanece, aunque da la sensación que ya tiene algo de vintage, la celebración de mítines. En las pequeñas, por contra, salvo que el líder recale allí, rara vez vemos una concentración de adeptos, banderas en mano, bocadillo en la otra y autobuses en la puerta del pabellón deportivo, plaza de toros o explanada portuaria.

Las redes sociales y las televisiones lo copan y lo ocupan todo, aunque también tiene mucho que ver el hartazgo de los ciudadanos, cuando de acudir a escuchar a un candidato se trata. Se ha convertido en algo tan cotidiano, tan trillado, tan justo de credibilidad, que lo dejan pasar para mejor ocasión, entendiendo que el voto está decidido o casi y, por mucho que se empeñen en soflamas, proclamas y se desgañiten en un último intento por atraer a los indecisos, ya no logran convencer ni a sus propios adeptos.

Quizá por ello esta campaña ha sido más de cercanía, más de andar por casa, más de subirse a un banco y hablar a los vecinos, a un mercadillo para mezclarse entre los vendedores de bragas a un euro y calzoncillos de imitación a dos, que de verdad regresar al sabor, la tradición y la grandeza de aquellas que protagonizaban los cabezas de lista de antaño.

Considero importante la influencia de las redes sociales, aunque no vital. La pequeña pantalla te mete dentro de tu casa al más cercano y al más alejado a tus ideas, haciendo fácil lo difícil. Sin embargo, por más que nos empeñemos, la distancia que nos separa de aquellos que Pablo Iglesias definió hace unos meses como “casta” es, a veces, tan abismal que ya nadie compra duros a cuatro pesetas.

Y no es porque el día 20 de diciembre este país no se juegue su futuro, como lo hizo hace cuatro, ocho o doce años o como lo hará en las próximas citas electorales. Pero muchas cosas han de cambiar si aquellos que nos gobiernan o aspiran a hacerlo, pretenden recuperar la credibilidad perdida hace tanto.

Viva el centro

David Fernández | 15 de diciembre de 2015 a las 6:15

EL candidato socialista ha sido el último, que no el único, en sumarse a los que quieren ocupar el centro, ese gran caladero de votos. “Atacan al PSOE porque es el centro”, ha dicho Pedro Sánchez, sin mover un músculo de la cara. Ese pensamiento del siglo pasado un tanto utópico ligado a la idea de libertad e igualdad ha sido sustituido en el seno de su partido por un discurso de urgencia mucho más pragmático. Como tantos pensadores dispares, a Sánchez ya no le alcanza con proclamar que están dispuestos a terminar con la injusticia económica para propiciar un espacio de fraternidad y otras historias de principios del siglo pasado, cuando aún la sociedad industrial era un sueño. Esta puede ser su meta, pero el camino trazado por el líder delPSOE para alcanzarla ha variado, a la vista de las últimas encuestas.
También Pablo Iglesias ha girado al centro, al comprobar que nadie le adelantará por la izquierda. IU se ha volatilizado.

Y el comunista que vive en el interior del líder de Podemos emprendió hace meses un viaje para encarnarse en un socialdemócrata tan convencido, que si se cruzara con Maduro por la calle se haría el sueco. Los podemitas que nacieron con una sola idea del modelo de Estado, con tal de acercarse al triunfo total, han vendido su alma, su ideología, como el resto, por un voto. Quien más claro lo ha tenido desde el principio ha sido Albert Rivera. El ideario político de su formación subraya que es un partido que nace para ocupar el espacio de centro izquierda, toda vez que el PSOE dejó en Cataluña a muchos huérfanos por el camino. Rivera también aglutina a los descontentos con el PP que no podían pegar ojo pensando que votarían a Podemos para castigar a su partido de toda la vida. Gracias a todos ellos, Rivera se convirtió en un conservador moderado, guardián de la unidad de una España menos descentralizada. El PP no se ha quedado al margen, y como no le salen competidores por la derecha, puso toda la carne en el asador para fijar a su electorado de centro consciente de que su clientela más reaccionaria no tenía adónde ir. Como los discursos se parecen tanto, es hasta lógico que el número de indecisos se dispare, ya que no se fían de unos líderes que no se arriesgan a exhibir su auténtica personalidad.

Jarabe de palo

Ignacio Martínez | 15 de diciembre de 2015 a las 6:13

Rajoy abandonó la dieta blanda para venir al debate de anoche y se le indigestó el jarabe de palo que le dio el jefe socialista. Perdió los papeles con el ataque al cuello de Sánchez, cuando le dijo que no era un hombre decente, por su convivencia con la corrupción en su partido. Su defensa, descompuesto, acusando a su adversario de ruin (ruíz, en el primer intento), mezquino y miserable. Fue el momento más tenso del debate y el punto más bajo del presidente. Desde el cuartel general del PP han llevado entre algodones a su patrón por una campaña muy navideña. De peña en peña, de programa rosa en programa rosa, de dominó en dominó, de publirreportaje en publirreportaje en la televisión pública estatal, Rajoy ha pasado las dos primeras semanas como un bendito. Anoche se dio de bruces contra un oponente a la desesperada, que inició la segunda mitad en estado de necesidad. Sánchez hizo un ataque feroz contra Rajoy en el capítulo de la corrupción y consiguió tumbarlo. El resto del debate fue ya bronco, tenso y faltón. Parecía que se calmaban, pero protagonizaron una nueva agarrada. La última misa del bipartidismo pudo acabar como el rosario de la aurora. Estuvo a punto.

A cara de perro

Javier Chaparro | 15 de diciembre de 2015 a las 6:07

EL riesgo para Mariano Rajoy al acudir al debate era que tenía más que perder que ganar; para Pedro Sánchez, confirmar su condición de candidato a la baja en las encuestas. Visto lo visto anoche, uno y otro amarraron los apoyos con que ya contaban, los más incondicionales, pero difícilmente sumaron adhesiones a sus respectivas causas. Fue un debate bronco, a cara de perro, con acusaciones de trazo grueso provocadas por el candidato del PSOE y respondidas en casi igual medida por el del PP. Las propuestas quedaron en un segundo plano en medio del rifirrafe, del ruido de las descalificaciones.

Sánchez comenzó firme al poner en solfa tanto los datos de la recuperación económica -a priori, el terreno más pantanoso para él- como la repercusión social de las reformas llevadas a cabo en los últimos cuatro años. Sus gráficos a color mostrados a cámara contrastaban con las hojas arrancadas de un cuaderno que Rajoy agitaba en el aire para referirse al peso de la herencia recibida.

La bronca en su máximo nivel vino al abordar la actuación de uno y otro ante la corrupción. La previsión era que Sánchez pusiera en este asunto toda la carne en el asador. Y así fue: Gürtel, Bárcenas, Caja Madrid y demás salieron a la palestra con un colofón inédito a estas alturas de la campaña por parte de Sánchez: la exigencia de dimisión y la acusación de indecente contra el presidente del Gobierno. La pausa de varios segundos mantenida por Rajoy y su “hasta ahí hemos llegado” marcaron el resto del debate sin solución de continuidad.

El problema vendrá tras el 20 de diciembre, cuando PSOE y PP debieran entablar un diálogo obligado para sacar adelante las propuestas esbozadas durante la campaña. Difícil tarea cuando el punto de partida es una tensión como la vista anoche. Quizás sea porque uno y otro intuyen que sus potenciales socios estaban fuera de las cámaras. Quizá sea porque Rajoy y Sánchez son conscientes de que, después del domingo, uno u otro no estará al frente de su respectivo partido.

Un postre de 110 minutos

Antonio Méndez | 14 de diciembre de 2015 a las 10:11

Sólo las grandes superproducciones se atreven con un metraje superior a las dos horas, el resto prefiere no rebasar ese tiempo de exposición delante del espectador. 110 minutos es el minutaje previsto para el cara a cara de esta noche entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Los dos líderes de las formaciones políticas que acumulan, a juicio de algunos expertos, mayor voto oculto.

Desde luego es posible que parte de su militancia aún opte por prestarles ese último servicio el próximo 20-D, pero no está por la labor de jalearlos en demasía con su presencia en los actos públicos. Ayer, con Madrid como escenario para medir fuerzas, Rajoy se las vio para reunir a 4.000 personas en Las Rozas, mientras Rivera en el Palacio de Vistalaegre y Pablo Iglesias en la Caja Mágica presumían de colocarle dos cifras a los miles de asistentes.

Pero los mensajes ya están más que desgastados. El líder de Ciudadanos tiró de libro de autoayuda para defender que son gente corriente capaz de hacer cosas extraordinarias. Los socialistas declinaron el cambio como si fuera un verbo. Desde que representan el verdadero a que son sus auténticos abanderados. Pero cuela poco. Iglesias pidió a Aznar los derechos prestados, y seguro que éste se los concedió sin demasiados royalties, para entonar el “¡váyase señor!”, pero con distinto apellido.

Y Rajoy, enfrentado a la juventud de sus contrincantes, apeló a su bisoñez. Y eso que el día anterior se vio cómo era hace veinte años, de ministro de Administraciones Públicas, en un revival con María Teresa Campos. No sé si su paso por este espacio fue Un tiempo tan feliz para el candidato popular. Sufrió una regañina en toda regla, descubrió que las empleadas del hogar no cobran el paro, “eso no puede ser”, solemnizó. Le faltó sacar la pancarta del “No a la guerra”, cuando la veterana presentadora le hizo ver que una intervención militar en Siria no era conveniente y claudicó con un “si quiere se lo explico luego”, cuando la Campos le espetó que su ministro de Hacienda le había arruinado la vida a muchos artistas. Igual envió a su doble al programa porque ayer dijo que está en contra de los populismos.

Obras y palabras

Rafael Navas | 14 de diciembre de 2015 a las 10:09

Hace unos años eran las estrellas de los programas electorales pero hoy son las grandes olvidadas en una campaña muy marcada por el debate ideológico. Me refiero a las infraestructuras, a las obras públicas. Hablar de ellas es como mentar a la bicha, un tabú en estos tiempos de austeridad. Y de lo que no se dan cuenta muchos de los candidatos es de que sin ellas es difícil alcanzar uno de sus principales objetivos, que es la creación de puestos de trabajo.

Hace unos días, representantes de empresas y profesionales del sector de la construcción reunidos por este periódico en una jornada técnica volvían a dar la voz de alarma: de ocupar a un millón de personas en Andalucía antes de la crisis, la construcción ha pasado a dar trabajo a apenas 150.000 en estos momentos.

Es cierto que se han hecho barbaridades a diestro y siniestro, que se produjo una burbuja no sólo inmobiliaria sino de obras faraónicas que venían muy bien políticamente, pero por ello no se puede demonizar a todo un sector ni reducir la actividad a los mínimos actuales. En esto, como en todo, existen los términos medios. No es de recibo que los políticos hayan pasado de anunciar autopistas, puentes, aeropuertos y palacios de congresos por todas partes a, como mucho, prometer carriles bici, que es lo que parece hace quedar bien ahora ante la opinión pública. Sólo con bicicletas no se sale de una crisis.

La gran mayoría de los candidatos no hablan estos días de infraestructuras porque saben que no hay dinero o porque tienen mala conciencia del pasado. Tal vez desconozcan que hay muchas formas de prometer obras y que también las pequeñas son importantes para los ciudadanos. Se puede discutir si es momento de seguir haciendo trenes Ave o debemos apostar por infraestructuras de carreteras o para las energías renovables, pero lo que no se podrá negar es que la obra pública es necesaria para que un país avance. Y tener miedo a hablar de ello o considerarlo innecesario no hace sino reafirmar la idea de que muchos políticos desconocen la realidad y sólo se guían por lo que más les interesa en cada momento.