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El tren de los escobazos

David Fernández | 20 de marzo de 2015 a las 4:38

La emoción nos embarga. En el ambiente se respira un escenario diferente para Andalucía. Aunque el PSOE siga siendo el claro favorito, los electores presienten que estas elecciones serán distintas. El cambio real parece posible y en los despachos oficiales hay más nervios que en la primera cita con tu pareja. Emitir un pronóstico hoy es parecido a lanzar una moneda al aire, de ahí que nadie se atreva a publicar su intención de voto ni en el confesionario. Los sondeos avanzan que los parlamentarios tendrán que acostumbrarse a debatir y hablar entre ellos para garantizar la gobernabilidad a partir del lunes, justo lo que se han negado a aceptar tantos años, a pesar del clamor popular que exigía la generosidad de todos.

Las mayorías absolutas parecen inalcanzables, y el equilibrio sólo será posible desde el consenso. La agitación se palpa hasta en los partidos emergentes, que no las tienen todas consigo, y ya no se fían de tanto halago. IU y el PP un día temen perder lo que tanto les costó, y al siguiente recobran el aliento. El informe caritas del PSOE es un poema: a veces parece que no le salen las cuentas y otras justo lo contrario. Si estos tres últimos hubiesen aparcado su vanidad para apagar el fuego de la crisis hoy podrían dormir a pierna suelta, en lugar de despertarse de madrugada sin saber por qué. Sus candidatos empiezan a tener la misma cara del que sube al tren en la Feria y no sabe de dónde le llegarán los escobazos. La incertidumbre está servida porque ahora les toca hablar a los ciudadanos. Los más cabreados han dicho basta y están dispuestos a educar, como si fuesen sus hijos, a los dirigentes que no paran de buscarse las cosquillas y ponerse zancadillas justo cuando Andalucía más les necesita. El nuevo escenario a la italiana que proyectan las encuestas no parece el ideal para salir de la crisis. Tal vez, pero si lo quieren los electores para dar una lección a sus representantes obligándoles a negociar y de paso recordándoles los valores de la democracia, amén.

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Iguales para hoy

Rafael Ruiz | 25 de marzo de 2012 a las 8:00

La jornada electoral equipara en un gesto –lo que se tarda en elegir la papeleta, cerrar el sobre, sacar el DNI y sortear al pesado de turno– al banquero y al chapero, al literato y al niñato del Tuenti, a la vanguardia obrera concienciada –necesaria– y al trabajador alienado, contingente. En cierta manera, se establece una ficción o una liturgia que empata por un rato al que sale de misa y se acerca al colegio electoral absuelto de los pecados cometidos con el que termina en la cafetería con el cortado y la media tostada de tomate en proceso de laica digestión. El que llega en coche oficial o el que pasea: iguales para hoy.
La Andalucía toda está convocada a la caja acristalada que llamamos urna en eso que se ha calificado, de forma rimbombante, elecciones históricas. En juego, ustedes lo saben, echar la raya que en tantos pueblos y ciudades informa de hasta dónde llegó la riada. Galos y romanos quedan hoy homologados al pueblo, convertido en el que importa cada cuatro años, cuando elige, porque la democracia española sigue siendo imperfecta. Se ejerce de tarde en tarde, lamentablemente, con normas obsoletas que bloquean candidaturas y reparten escaños para que gane siempre la banca. Así le entra un ataque de desafección a cualquiera.

Andalucía decide hoy a quien decidirá por ella. Arenas, Griñán, Valderas. Personajes principales del teatrillo de una autonomía que está más lejos de sus actores y a los que, en muchas ocasiones, ni escucha a pesar de que hablan cada vez con más gritos. Crisis, empleo, recortes, bolsillos de cristal. Las cuatro claves de una legislatura que no va a entender de barcos.

Quien salga victorioso de esta noche, que se vaya preparando.  Quien pierda, ídem de ídem. El Gobierno, con tantas personas penando fatiguitas, se ha convertido en papel de lija. Desgasta, abrasa. Con altura de miras, que no la hay, llegaría el momento de los acuerdos, de las personas de Estado, que sí las hubo. Generosidad del vencedor hacia el vencido, la misma que nunca se tuvo. Mala costumbre nacional esa la de no estar nunca a la altura de las circunstancias.