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Un mitin en coalición

Antonio Méndez | 2 de diciembre de 2015 a las 9:47

EL PP y el PSOE arrancan este jueves en Málaga su campaña electoral en Andalucía. Los populares, con Mariano Rajoy, aspiran a congregar al menos a tantos espectadores como los que llevó al mismo lugar Rafael en su último concierto. Es cierto que entonces el cantante no había estrenado Mi gran noche. Sus oponentes se conforman con la mitad de ese aforo. Susana Díaz, de momento, sólo es una gran estrella en la comunidad, aunque con aspiraciones. Pero los dos partidos había escogido para el debut de sus líderes el mismo escenario: el Palacio de Congresos de la capital de la Costa del Sol. Como no están los tiempos para dispendios, los socialistas no tuvieron la precaución, previo pago, de garantizarse la exclusividad para su artista. Y las huestes de Moreno Bonilla también arrendaron una nave del mismo recinto de muestras. La otra opción que manejaban la descartaron por las obras en los accesos.

Para el PP andaluz, no existía el más mínimo problema en compartir espacio. El portavoz del partido, Elías Bendodo, defiende que después del dictamen de las urnas no hay que descartar pactos ni con el PSOE. Así que este mitin en coalición hubiera servido de ensayo general. Quizá para evitar algún incidente entre las aficiones, durante las negociaciones, desde el PP se propuso habilitar puertas de entrada separadas. Al fin y al cabo, también habría supuesto un notable ahorro en medidas de seguridad. Y como el inicio de un evento distaba 45 minutos del comienzo del otro, desconozco si también habrían podido compartir equipo de sonido y teleprompter. Pero nos hemos quedado compuestos y sin conocer el resultado de este primer Clásico político de la democracia. Los socialistas reprochan a sus rivales que no respetaran el derecho al lo vi primero. Y han decidido trasladarse a un hotel. “Hubiera sido un escándalo”, justifica un dirigente andaluz de este partido su rechazo a la celebración en comuna. La culpa es de los emergentes.

La otra Susana

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2015 a las 14:13

Solo una macroencuesta interna con datos preocupantes podría explicar desde una perspectiva lógica el desbarre de la candidata del PSOE en el segundo debate. Pero nada indica que haya lógica donde todo apunta a que hay una cuestión puramente emocional e instintiva. Susana Díaz incurrió en varias desaplicaciones, que diría el chileno Cantatore. No dejará de ganar las elecciones el próximo domingo, pero el salto a Madrid se la ha puesto carísimo. Será la lista más votada en Andalucía, pero ha podido perder algunos puntos en ese voto sociológicamente conservador que no le hace ascos a una opción socialdemócrata, sobre todo en tiempos de caída en picado del PP y del auge de opciones como Podemos. El juego destructivo de la presidenta (con continuas interrupciones), la exaltación del ego que revela inseguridad (“La presidenta soy yo”) y el situarse por encima de los demás (invistiéndose como moderadora para conceder la palabra a su principal oponente), trufado todo con elevaciones de tono y con una gesticulación más propia de una tertulia en una asociación vecinal que de alguien con altura institucional, deja por los suelos la imagen que ella misma se había labrado con todo mérito durante año y medio. No se vio a la Susana consultada por el Rey en plena operación de relevo en la Jefatura del Estado. No se vio a la Susana embaucadora de empresarios y líderes sociales en foros de Madrid y Barcelona. No se vio a la Susana que recibe a Botín en San Telmo, o que improvisa buenos discursos en cenas de relumbrón ante personalidades de primera fila. Se vio, más bien, el perfil de aquella agreste estudiante que logró ser delegada de curso con el paso de los años tras varios intentos y a base de agarrar el micrófono y alentar a la masa. Se vio, más bien, a la Susana Díaz que se enojaba con los compañeros que no cumplían los acuerdos para hacer puente y seguían acudiendo a clase. Se vio, más bien, a la Susana Díaz de la distancia corta, aquella secretaria de organización implacable a la hora de poner orden en las filas internas o de tensionar a todo un gobierno local desde la sede del partido.

La tosquedad de la presidenta fortalece a Moreno Bonilla entre los suyos, lo que no es poco para un candidato que no generaba entusiasmo en sus propias filas. El líder regional del PP ha sido el primero en hacer aflorar a la otra Susana. A muchos socialistas sevillanos no les extrañó el perfil exhibido por la presidenta, unas formas desconocidas por la gran mayoría. Sí les chocó que ese perfil apareciera cuando menos falta hacía, cuando siendo la ganadora en todas las encuestas bastaba con mirar a la cámara, hablar de Andalucía sin necesidad de parecer la dueña de la región (ay, los políticos y su sentido patrimonialista de símbolos e instituciones) y sonreír una y otra vez. Los nervios, sobre todo semejante muestra de nervios, sólo se pueden explicar por disponer de una preocupante macroencuesta interna o porque de forma inexplicable ha retornado a los años de juventud, cuando agarraba el micrófono y aparecía ese tosco perfil que valió para ser delegada de curso, pero que puede ahuyentar cierto voto moderado y poner muy cuesta arriba la escalada a la Moncloa.