Javier Chaparro | 13 de marzo de 2012 a las 14:13
UNA crisis económica afrontada de forma tardía hizo caer de forma anticipada el Gobierno de Zapatero y forzó un congreso del PSOE dedicado en su integridad a elegir nuevo líder. El debate de propuestas quedó aparcado y con él la búsqueda de soluciones que desde la izquierda se pueden y deben dar a una situación de paro y déficit público como la presente. Dicho de otro modo, lograr alternativas para que el edificio no se nos venga encima sin renunciar a una parte importante de los avances conseguidos en materia social.
Aunque lo que está en juego el 25-M es la Presidencia de la Junta, ayer, el acto central de los socialistas en Huelva fue la firma de una alianza con UGT contra el Gobierno de Rajoy, una prueba más de la conexión de la huelga general del día 29 con la celebración de los comicios andaluces. Nada que objetar desde la perspectiva de la independencia de cada organización, pero a los acuerdos hay que darles contenido y explicar qué coincidencias existen entre dos organizaciones más allá del rechazo frontal a la posición de un tercero. Hace dos años y medio, los sindicatos convocaron un paro general (29 de septiembre de 2010) contra la reforma laboral del Gobierno de Zapatero, pero ni aquella huelga seguida a medio gas por los trabajadores ni aquella reforma tuvieron efecto alguno, salvo el desgaste enorme de sus respectivos promotores. La prueba está en los resultados de los comicios generales del 20 de noviembre, que pusieron en manos del PP el Gobierno, y en el descenso de los apoyos que las dos centrales han venido experimentando en las sucesivas elecciones sindicales celebradas desde entonces, especialmente entre los trabajadores del sector público.
El sondeo de opinión realizado por Commentia para el Grupo Joly indica que la mitad de los encuestados (45,1%) considera que la reforma del PP ocasionará mayor destrucción de empleo, pero un porcentaje muy similar (44,4%) opina lo contrario, esto es, que se generará más trabajo y que aumentará la competitividad de las empresas. El resultado de la huelga nos dirá el grado de apoyo social con que cuenta el Gobierno, pero también el de los sindicatos. Y si alguno asume las consecuencias.
Alberto Grimaldi | 20 de noviembre de 2011 a las 6:55
NO recuerdo unas elecciones anticipadas en nuestra joven democracia en las que se conociese con tanta antelación la jornada de votaciones. Desde finales de julio sabemos que los españoles estábamos convocados a las urnas hoy, el veinte de noviembre.
La elección, la de la fecha que escogió el presidente del Gobierno, no la que se producirá hoy en las 59.876 mesas que deben abrirse a las nueve de la mañana, nunca me pareció casual. Ni acertada.
Nunca entendí que tras meses negándose a la convocatoria anticipada en circunstancias muy delicadas tomase la decisión al cerrar el curso político sin coyuntura concreta que le empujase a ello. Ni siquiera los mercados, que no dudaron en acosarnos después en pleno agosto. Aún menos entendí que, puesto a adelantar, marcase un calendario de cuatro meses que, aunque no jurídicamente, le ha dejado en términos políticos como presidente interino. Lo cual no ha impedido que, en esas circunstancias, se haya modificado hasta la Constitución y en contra del criterio inicial de su candidato.
Tenía mucho más sentido, disolver en aquel mismo momento las Cortes y celebrar las elecciones, cumpliendo los plazos, en el ocaso de septiembre. Pienso incluso que era mejor para España y también para el PSOE, que abrió la campaña con la confirmación de que el empleo estacional creado en verano se evanescía. En septiembre habría habido menos paro.
Ya puestos, Zapatero habría hecho mucho mejor servicio al país y sobre todo a su partido si aquel 10 de mayo de 2010 hubiese dejado el Ejecutivo a otro socialista, supongo que a Rubalcaba, quien habría tenido la ocasión de hacer reformas más profundas y, probablemente, eficaces.
Estos cuatro meses desde que dijo que convocaría han sido en vano: para empeorar. A cambio eligió una fecha con sentido ideológico. Qué logro. Sobre todo si tenemos en cuenta que si las encuestas están en lo cierto, será un día de triunfo para el centro-derecha español, porque la R de Rajoy se impondrá arrasando a la R de Rubalcaba.
Jorge Bezares | 20 de noviembre de 2011 a las 5:56
Aparte de las elecciones generales en todo el territorio patrio, hoy en Andalucía se juega el segundo tiempo del asalto del PP del gran bastión socialista. Después de lograr una victoria sin paliativos en los pasados comicios municipales, con mayorías absolutas en todas las capitales de provincia y avances muy significativos incluso en localidades de menos de 20.000 habitantes, Arenas y los suyos aspiran ahora a refrendarla superando al PSOE por un mínimo de seis escaños –algunas encuestas hablan de una auténtica vuelta de tortilla y fijan la distancia en 14 diputados–. Con ese importante margen y sobre una ola similar a un tsunami, la mayoría absoluta en el tercer y último asalto, en las elecciones autonómicas de la próxima primavera, está al alcance de la mano de los populares andaluces.
Para evitarlo, los socialistas andaluces deberán andarse prestos interna y externamente. Aunque el crédito que logrará hoy el PP en las urnas va a ser casi ilimitado, los ajustes y recortes que está obligado a acometer el Gobierno Mariano Rajoy en estos primeros meses de la legislatura darán un cierto margen al Ejecutivo de Griñán para desmarcarse de esa deriva y presentarse, ya sobre el terreno, ante la opinión pública andaluza como defensor de los servicios públicos esenciales –sanidad y educación– y de las políticas sociales –cobertura del desempleo y dependencia, entre otras–. Con el paro sin decrecer y posiblemente aumentando aún más hasta finales de 2012, los socialistas andaluces podrán utilizar contra Rajoy los mismos argumentos –tan efectivos, por cierto– que los populares emplearon contra Rodríguez Zapatero y el propio Griñán ante la incapacidad de ambos para combatir esta lacra. Pero, sobre todo, el líder del PSOE-A y los suyos necesitan verle final al caso de los ERE. Con esa espada de Damocles encima, visto cómo se las gasta la jueza instructora y ante la gravedad del fraude, no está a salvo ni el primer mandatario andaluz con una precampaña y campaña por delante que resultarán, en esta ocasión, más que decisivas. Una decisión judicial inculpándolo –ya hemos podido apreciar lo fácil que resulta atribuirle responsabilidades, con poco fundamento, en la concesión de ayudas– en esos momentos sería letal.
Asimismo, tras el 20-N, Griñán necesita recomponer la unidad interna con una crisis de Gobierno que dé cabida a todas las familias del socialismo andaluz. Los seguidores de Manuel Chaves y Gaspar Zarrías, mayoritarios en Cádiz y Jaén, están a la expectativa. Así, además, podrá mantener la unidad de la delegación andaluza en el congreso extraordinario que elegirá posiblemente en enero al sucesor de Rodríguez Zapatero. Descontado el País Vasco, se trata ni más ni menos de la defensa de la última frontera del socialismo democrático español.
Alberto Grimaldi | 17 de noviembre de 2011 a las 5:55
TERCER récord por tercer día consecutivo. La prima de riesgo –el diferencial entre la deuda soberana española respecto de la alemana– fijó ayer otra marca máxima: 460 puntos, superando los 455 de anteayer y los 432 del lunes. Basta una idea para entender la importancia de esto: la situación es peor que la que obligó a Rodríguez Zapatero a suspender sus vacaciones en agosto. Sin embargo, ahora, para el Gobierno parece que no es tan grave. Habría que preguntarse ¿por qué?
Puede parecer que el empeoramiento de la situación económica por la crisis de las deudas soberanas en la eurozona es un lastre para el candidato del partido que todavía gobierna. Pero sólo es una percepción engañosa. Para la estrategia seguida en esta campaña por la R de Rubalcaba, que los mercados acosen a España en los últimos días de campaña puede ser el acicate que no halló ni en la mejoría del paro que esperaban ni en el debate.
Las dudas que no logró sembrar sobre qué hará la R de Rajoy en el Gobierno pueden surgir en el electorado porque los mercados, que se mueven por parámetros ajenos a la política interna de España, no se fían de que la situación preelectoral les genere mayor confianza, la palabra que más pronuncia el candidato del PP.
Dicho de otro modo, si con unas encuestas que anuncian una mayoría absoluta que daría manos libres a Rajoy para hacer todas las reformas que considere oportunas, los mercados siguen acosando, el PP tiene un problema serio.
No digo que llegue al nivel del vuelco que produjo la gestión mentirosa de un criminal atentado nunca antes visto, como en 2004, pero sí que puede hacer variar las cosas. Quedan dos días de campaña y de mercados abiertos antes de votar. Y dudo que Rajoy haga algo distinto a lo que ya hemos visto.
Y la cuestión es si importa más en el cuerpo electoral cinco millones de parados que a cuánto está la prima de riesgo.
Jorge Bezares | 15 de noviembre de 2011 a las 9:11
Resulta curioso cómo los aparatos de los partidos políticos afinan sus mensajes a medida que la campaña va quemando días. Tras un fin de semana marcado por encuestas que dan una victoria arrolladora del PP hasta en la comunidad de vecinos de Pérez Rubalcaba, Rajoy lo celebró el domingo en Valencia dando saltos de alegría y manifestando su convencimiento de que su partido ganará las elecciones. Sin embargo, el aparato electoral que encabeza Ana Mato rebajó ayer algunos puntos la euforia a propósito del Pulsómetro de la Cadena Ser, que otorgaba al PP una ventaja de 17 puntos y fijaba los indecisos en el 20% del electorado. Aunque la victoria sigue siendo clara y contundente, los fontaneros de Génova optaron por no lanzar definitivamente las campanas al vuelo para no provocar una desmovilización de una parte de su electorado, que, confiada en el triunfo, pudiera decidir no acudir a votar. Hasta el rabo, todo es toro, repiten incesantemente como si fuera un mantra.
Mientras tanto, en el PSOE, ante el mazazo demoscópico del fin de semana, el aparato electoral que dirige Elena Valenciana se sacó de la manga “nuestros sondeos internos”, que, lógicamente, sitúan a los socialistas a casi nueve puntos de diferencia del PP; nada que ver con los 17 puntos o más de las otras encuestas. Y justifican la ofensiva final de Pérez Rubalcaba por tierra, mar y aire, dando mítines por las esquinas, en un intento de pescar en ese caladero de los indecisos. Hay partido, se escucha todavía con moral alcoyana a los sociatas del aparatichi para evitar lo que parece inevitable.
Pero más allá de este baile de imposturas, comprensible desde la lógica electoral, en el PP se prepararan ya para gestionar el supercrédito de confianza que recibirá el 20-N para sacar a España de la grave crisis económica en la que está inmersa desde hace tres años. Los cinco millones de parados que deja el Gobierno saliente, atribuibles a Rodríguez Zapatero hasta el 20-N, los heredará como propios Mariano Rajoy el 21-N y tendrá que combatirlos a partir del 13-D, fecha de su investidura en el Congreso de los Diputados. Deprisa, muy deprisa va a tener que moverse para no defraudar a quienes le votarán convencidos de que reducirá el paro en un pis-pas. En la otra orilla política, el PSOE anda preparando el aterrizaje de Pérez Rubalcaba en la secretaría general del partido. Porque sea cual sea el resultado el presidenciable socialista parece que se quedará cuatro años como líder de la oposición y probará suerte en 2015. Con ello, los socialistas ganarán tiempo para encontrar un líder de futuro. Ahora mismo ni Patxi López ni Carme Chacón están en condiciones de asumir el liderazgo de un partido que sólo puede permitirse experimentos con gaseosa.
Jorge Bezares | 14 de noviembre de 2011 a las 10:46
En la campaña electoral de 1996, el PSOE sacó a un dóberman para alertar del peligro que suponía la llegada al poder de la derecha. Siguiendo los criterios de Felipe González, que siempre mantuvo que si las cosas van mal es necesario lanzar un bomba atómica electoral y si van bien, dormitar, lo socialistas intentaron combatir la clara victoria del PP que pronosticaban las encuestas -hasta 14 puntos de diferencia en el arranque de la campaña-, insuflando miedo al electorado a través de un perro de una raza considerada peligrosa que simbolizaba a esa derecha que, sobre todo en el medio rural, tenía aún reminiscencias franquistas y no las ocultaba.
Aquellos comicios los ganó el PP por apenas 300.000 votos, pero tocó pelo por primera vez. Los populares, con José María Aznar como capitán general, se mantuvieron en el poder hasta 2004. Y lo cedieron por la mala gestión de los atentados islamistas de Madrid, que puso la victoria electoral en bandeja al PSOE y a José Luis Rodríguez Zapatero. Durante esos ocho años, el PP vacunó a la sociedad española más urbana contra ese “miedo a la derecha” que tan buen resultado siempre había dado a los socialistas en las campañas electorales.
En los últimos comicios municipales y autonómicos, donde Rajoy y los suyos cosecharon un triunfo sin paliativos premonitorio, ese miedo desapareció hasta en el medio rural, con una traslación del voto hacia el centro-derecha muy significativo. A pesar de ello, el PSOE, en esta campaña a la desesperada diseñada por Pérez Rubalcaba, también ha apostado por apelar de nuevo al miedo: miedo a los recortes en educación, sanidad y servicios sociales, miedo a un PP dispuesto a mermar el Estado de bienestar, miedo, en definitiva, a la derecha… Y, aunque en Madrid, Baleares, Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha, sin olvidar a la Cataluña de CiU con apoyo presupuestario de los populares, daban muestras de que sí, de que las tijeras de podar estaban haciendo su trabajo sobre el terreno de las conquistas sociales, el PP no ha parado de crecer en votos durante lo que llevamos de campaña. Tanto es así que ahora la incógnita es si alcanzará o no los 200 diputados. El miedo, el auténtico miedo que se ha movido en esta campaña, el mismo que lleva tres largos años asustando a más de media España, es el paro. Los cinco millones de parados que deja como legado Rodríguez Zapatero han sido demoledores para Pérez Rubalcaba y absolutamente benéficos para Rajoy.
Las recetas de los socialistas para combatirlo, tras una reforma laboral que no ha servido absolutamente para nada -bueno, para aumentar algo el trabajo temporal-, no son ahora creíbles para la misma aplastante mayoría que parece dispuesta a otorgarle a Rajoy la segunda mayoría absoluta más amplia desde la restauración democrática tras la que logró en 1982 Felipe González (202 escaños). Guste o no, la fórmula del PP, aunque no se conozca detalladamente a estas alturas, es la alternativa, una forma de esperanza con fecha de caducidad.
Jorge Bezares | 11 de noviembre de 2011 a las 5:14
Como decía ayer, la ausencia del presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, en la actual campaña electoral tiene, al menos, para un punto y aparte. Que los dirigentes socialistas poco zapateristas – Patxi López, Tomás Gómez o José María Barreda, por ejemplo-, sufridores en silencio durante más una década de sus ocurrencias, celebren su defunción política con una sonrisa casi lo entiendo. Pero que otros, amamantados y encumbrados por el leonés pese a una incapacidad manifiesta, vayan por ahí renegando de él, pues resulta, principalmente, indecente; son, digamos, comportamientos claramente iscariotescos, con permiso de San Pedro, que tiene el copyright de la deserción por antonomasia.
Uno de los que estuvo tentado en desmarcarse antes que nadie de Rodríguez Zapatero fue el ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, que, al principio del lío sucesorio, le preguntó a su espejito mágico si podía ser él. Y éste, de la escuela pragmática y de consultores independientes, le dijo la verdad: no. Pero su jefe lo devolvió al redil cuando lo nombró portavoz del Gobierno. Y ahí anda, hecho todo un campeón, reduciendo su agenda política para aparecer lo justo y ejerciendo de zapaterista hasta la última bocanada de poder.
Sin embargo, bien visto, haciendo las veces de abogado del Diablo y aplicando un gran angular, no debería resultar muy difícil para los zapateristas salvar gran parte del legado de Rodríguez Zapatero. Más allá de que reconoció tarde la crisis y de los 5 millones de parados, en la actual coyuntura, el líder socialista se va a marchar con la mayoría de las reformas estructurales que le ha requerido la UE y tras haber convocado elecciones anticipadas. Comparándolo con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, que ni ha hecho ni lo uno ni lo otro y que se parece cada día más a Nerón desde Tarpeya con Roma y el resto de Italia ardiendo a sus pies, pues hay un mundo de berlinas de diferencia.
Y dejará el poder víctima de una crisis que, por lo demás, se ha llevado ya por delante a Brian Cowen en Irlanda, a Gordon Brown en el Reino Unido y a José Sócrates en Portugal; está a punto de hacer lo propio con Yorgos Papandreu en Grecia y con Berlusconi en Italia, y amenaza la reelección de Sarkozy en Francia, Merkel en Alemania y Obama en EEUU. Y veremos a ver cómo evolucionan algunos de los beneficiarios, David Cameron en el Reino Unido, Pedro Passos Coelho en Portugal y Mariano Rajoy (a la espera de que se cumplan los pronósticos el 20-N) en España, en 2012.
Además está el punto y final de ETA. Después de ser acusado por la caverna, por ejemplo, de bajarle los pantalones al Estado de Derecho para que los terroristas lo sodomizaran (sic), merece, al menos, el reconocimiento de que esta lacra ha llegado a su fin bajo su mandato. Alguna responsabilidad tendrá también en lo bueno, ¿no?
Alberto Grimaldi | 10 de noviembre de 2011 a las 8:35
Inteligencia es adaptarse a los cambios –sostiene Hawking– y, siguiendo su axioma, el PSOE opta por endurecer la campaña.
A la vista de cómo avanza la campaña, que esta medianoche pasa su ecuador, crece mi convicción de que el equipo de campaña de la R de Rubalcaba admira el pensamiento de Stephen Hawking.
El célebre físico británico define la inteligencia como la habilidad de adaptarse a los cambios. Y siguiendo a pies juntillas ese axioma, fracasado el intento de darle un vuelco a la campaña en el único debate con la R de Rajoy, lo inteligente es adaptarse y variar la hoja de ruta. Y eso es justamente lo que desde ayer hizo el PSOE, darle una vuelta de tuerca al tono de su campaña. Los socialistas lo escenificaron en varios frentes: por un lado un endurecimiento de sus mensajes y, por el otro, recurrir sin tapujos para captar votos al comunicado en el que ETA dijo que ya no matará ni extorsionará más, poniendo fin a su ciega lucha de fieras de casi cuarenta años con más 800 muertos como balance. Pero el que sigue atribuyéndose el papel de sangriento vigilante de nuestra democracia.
En contraposición, los estrategas de la R de Rajoy también han comprendido que si el debate no fue, como pretendían, el punto de inflexión que les hiciera adaptar su plan ya trazado, lo único sensato es intensificar el mensaje en el que creo –lo he sostenido aquí desde el primer día– se basa todo: el paro. Porque hay un automatismo que sitúa como culpable del paro a Zapatero (y si no salta éste, ya dijo él en una de sus pocas apariciones en mítines que se sentía el responsable).
Dudo que la vuelta de tuerca funcione frente a la cruda realidad de los cinco millones de parados. Pero tanto para el resultado electoral como para sus consecuencias orgánicas, me atrevo a recomendar al PSOE otra cita de Hawking: “Cuando las expectativas de uno son reducidas a cero, uno realmente aprecia todo lo que sí tiene”.
Jorge Bezares | 10 de noviembre de 2011 a las 5:05
En plena precampaña, en un foro madrileño muy fino donde se desayuna croasanes con café mientras un señor habla y contesta preguntas, el ex presidente Felipe González irrumpió declarando que el candidato socialista a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, debía dejar el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero “ya” (sic) para centrarse en su trabajo como candidato. El cántabro, muy presionado por la prensa, que un día sí y otro también le preguntaba para cuándo lo dejaría, le replicó, afectado por la intromisión, que se ahorrara el consejo porque sabía “muy bien” qué hacer. Posteriormente, en un corrillo con periodistas, el todavía vicepresidente primero del Gobierno y ministro del Interior deslizó, medio en broma, medio en serio, que Felipe estaba gagá. Ja, ja, ja (y echó unas risas).
Posiblemente, si las encuestas no hubieran llevado meses anunciando que el PSOE iba camino de cosechar un desastre político histórico en las elecciones generales del próximo 20 de noviembre, hubiera podido hasta tener razón este diputado de Cádiz más Cazalla y Constantina: el sevillano alterna momentos de lucidez con alguna salida de auténtica ventolera. También es verdad que, por su condición de jarrón chino, se lo puede permitir. “¡Qué carajo!”, que diría él. Pero mira por dónde, ante una veta tan fea, Pérez Rubalcaba ha tenido que tirar de Felipe, que está volcado en la campaña como si fuera cabeza de león.
Desde la campaña de los comicios de 1996, a los que concurrió por última vez como candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno, no tenía tanto protagonismo. Es, dejando al margen al propio Pérez Rubalcaba, el “compañero” más solicitado por las agrupaciones del PSOE, incluidas las de Cataluña, donde el PSC llegó a prescindir de facto de él en, por ejemplo, la campaña del referéndum sobre el Estatut. Durante estos once años de este zapaterismo que ahora está conociendo amargamente sus últimos días, el primer presidente del Gobierno socialista tras la restauración democrática fue apartado, ninguneado o ignorado en más de una ocasión. El vicesecretario general del PSOE, José Blanco, fue el encargado de ejecutar las órdenes de la superioridad. En esos días, quienes se declaraban felipistas se exponía a una condena demoledora: aprenderse de memoria El nuevo republicanismo de Petit y recitarlo de memoria en la Casa del Pueblo.
Es curioso ver cómo algunos significados seguidores del leonés le aplauden ahora a rabiar y dan la espalda de forma ignominiosa a su todavía secretario general. Pero esa es otra historia. El caso es que Felipe no para de un lado para otro en un intento de ayudar a Pérez Rubalcaba y a su partido a paliar la derrota. Pero también se entrena para dar la batalla electoral de Andalucía, donde jugará un papel que aún nadie puede concretar.
Jorge Bezares | 8 de noviembre de 2011 a las 6:21
Las coordenadas del debate cara a cara entre el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba y el popular Mariano Rajoy, los dos candidatos con las posibilidades de presidir el Gobierno de España a partir del próximo 20 de noviembre, eran de17 puntos de diferencia y 74 diputados de distancia a favor del líder del PP. Ante tal abismo electoral, el premio, entre 1,5 y cinco puntos de vellón, resultaba entre pírrico e intrascendente, sobre todo con pocas posibilidades de incidir en el resultado final de los comicios. Sólo con márgenes más estrechos, como ocurrió en 1993 y 2008, lo hubiera podido tener. Pero no era el caso.
Para colmo, en este quinto debate cara a cara entre presidenciables de nuestra democracia –Felipe González y José María Aznar protagonizaron dos, y José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, los dos restantes- estaban tasados hasta los mendrugos del cátering. Y, entre unos y otros, lo encorsetaron en tiempos y temas hasta alejarlos de los debates electorales que acostumbran los países anglosajones, con más cintura y trienios democráticos y, sobre todo, con más cuerpo a cuerpo sin complejos.
Así las cosas, en el tiro único del que disponían los socialistas a 13 días de los comicios –menos da una piedra debió pensar la coordinadora de campaña, Elena Valenciano- para perturbar la arrolladora victoria que espera a los populares, Pérez Rubalcaba, de traje azul oscuro y cortaba azul con puntitos, intentó anoche sacarle los colores a Rajoy, de traje gris marengo y corbata azul, en el primer debate que ambos mantenían pese a llevar los dos treinta años pisando prácticamente los mismos ruedos políticos.
En el primer bloque, economía y empleo, el socialista logró acorralar a su contrincante, pero no como para ser el claro ganador. Pecó, por momentos, de asumir el papel de líder de la oposición que le otorgan las encuestas –posiblemente, su peor error-, y se pasó de machacón cuando le atribuyó al popular una modificación de la cobertura del desempleo en su estrategia por sacar a la luz el programa oculto del PP. A su favor, leyó poco y transmitió seguridad, aunque arrancó algo nervioso.
Por su parte, el líder de PP resultó demoledor cuando puso el retrovisor, sobre todo cuando utilizó las cifras del paro, que insistentemente arrojó contra Pérez Rubalcaba, a quien llamó por dos veces en un lapsus lamentable “Rodríguez” en clara referencia a Zapatero. En el plano propositivo se mostró rácano y algo etéreo, sin complicarse mucho en detallar la reforma laboral y la reforma de los convenios colectivos. Eso sí, pese a que leyó casi todo, terminó el primer asalto con el traje de presidente del Gobierno sin apenas arrugas. Ganó por algunos puntos, venció a lomos de los cinco millones de parados. ¡Faltaría más con el material de primera calidad que le ofreció el Gobierno de Rodríguez Zapatero!
En el apartado de gasto social, Pérez Rubalcaba mejoró y ganó por una cabeza, sobre todo cuando explicó su compromiso con la sanidad pública y llevó a Rajoy a detallar su apuesta por ella. Y también con las pensiones. Además, el popular, a veces algo enfadado, a veces con exceso de choteo, se salió por la tangente, y buscó refugio en la educación. Pero se le olvidó el estado de este negociado en Madrid, con los profesores en pie de guerra por los recortes de Esperanza Aguirre en la escuela pública.
En el apartado de calidad democrática, el candidato popular se saltó el guión temático y leyó una batería de propuestas. El socialista le preguntó sobre los matrimonios entre homosexuales y se centró en la desaparición de las diputaciones. “Son preconstitucionales”, dijo. Rajoy las defendió con una mirada melancólica tras haber presidido la de Pontevedra cuando apenas contaba con 28 años, y despachó los matrimonios gays con la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que está por llegar.
Ambos se acordaron del voto rural. Pérez Rubalcaba, como diputado gaditano, elogió la belleza de los pueblos de la Sierra de Cádiz y Rajoy se refirió a ellos mencionando dos de Sevilla –Cazalla y Constantina- y dos de Cádiz –Olvera y Grazalema-. Y celebraron el comunicado de ETA. Los discursos finales tuvieron aires navideños.
En definitiva, Pérez Rubalcaba metió el gol de la honrilla ante la goleada que le viene de camino en las urnas. Rajoy no deslumbró ahora que le han descubierto carisma, pero tampoco perjudicó la victoria electoral que el PP logrará el 20-N.
Por lo demás, el capitidisminuido formato no impidió que la cosa adquiriera dimensión de gran acontecimiento televisivo, casi planetario, según palabras de los portavoces de la Academia de la Televisión de las Ciencias y de las Artes –en especial, la presentación de Manuel Campo Vidal, dándole la bienvenida a Europa y América y hablando en italiano y portugués-. A ello ayudó decisivamente la presencia de periodistas de una agencia china. Además del toque asiático, el debate arrojó cifras voluptuosas: 555.000 euros de coste, 650 informadores acreditados de 80 medios nacionales e internacionales, 300 invitados y 24 televisiones en directo y once webs por Internet. Los indignados del 15-M fueron muchos menos –apenas varias docenas- y estuvieron acordonados convenientemente por la policía a unos 200 metros del Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. Ellos se lo perdieron.