Archivos para el tag ‘Companía Trasatlántica Española’

El hijo del largo

Juan Carlos Cilveti Puche | 1 de septiembre de 2015 a las 8:09

Lo que hoy les contaré, visto con la perspectiva de los años, les parecerá algo fuera de lugar; una circunstancia impensable en nuestro días que en el pasado constituía algo muy frecuente de ver. Corría el año 1921, y el puerto malagueño recibía casi a diario a los múltiples buques que por entonces, navegando en diferentes líneas regulares, escalaban en Málaga para embarcar o desembarcar pasajeros o cumplimentar cargas y descargas.
El 28 de abril de aquel año, procedente de Valencia y con destino a Cádiz, Nueva York, La Habana y Veracruz, fondeaba en la dársena de Guadiaro el vapor de la Compañía Trasatlántica Española Antonio Lopez. Con 117 pasajeros a bordo, este buque que cubría la denominada línea Nueva York – Cuba – Méjico, llegaba a Málaga para cargar una ser de cajas con maquinaria facturadas para La Habana.
Con la necesidad de realizar esta operación desde una gabarra, la colla de “El Calvo” fue la encargada de acometer la tarea, y los diez estibadores que componían este grupo comenzaron el trabajo hasta que un accidente paralizó la carga. Mientras se izaba una de las cajas, ésta cayó sobre Manuel Romero, apodado “El hijo de el largo”. Tras ser evacuado a una casa de socorro primero, Manuel, terminó ingresado en el Hospital Noble donde el aplastamiento de su brazo derecho terminó con la amputación de éste.
Recuperado de su accidente y a pesar de su significativa minusvalía, “El hijo del largo”, durante muchos años siguió trabajando en los muelles en su habitual colla de estibadores. Una curiosa y a la vez muy dramática historia que nos revela la dureza de las condiciones laborales de los trabajadores portuarios malagueños de las primeras décadas del siglo XX.

Antonio Lopez 3Vapor ANTONIO LOPEZ donde se accidentó ‘El hijo del largo’

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 1 de septiembre de 2015.

Balcones de primera en la Semana Santa de 1925

Juan Carlos Cilveti Puche | 31 de marzo de 2015 a las 8:44

La Semana Santa de 1925, se estrenó con la primera salida a la calle de la por entonces denominada cofradía de la Sagrada Cena Sacramental de Nuestro Señor Jesucristo. Este hecho, junto con el aumento de los precios de los alquileres de los balcones que ya por entonces se rentaban para ver los desfiles procesionales en la calle Larios, se vio reflejado en una curiosa circunstancia marítima.

A la cuatro de la tarde del 5 de abril (Domingo de Ramos), el buque de la Compañía Trasatlántica Española Infanta Isabel de Borbon fondeaba en la dársena de Guadiaro. Realizando su habitual escala mensual en aguas malacitanas, este vapor, que llegaba procedente de Almería, cubría la llamada Línea de Buenos Aires o del Plata; una ruta regular que saliendo de Barcelona paraba en los puertos de Almería, Málaga, Cádiz, Tenerife-Las Palmas, Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires.

Construido en los astilleros William Denny & Bros. en la localidad escocesa de Dumbarton, el Infanta Isabel de Borbon fue entregado a la Trasatlántica a principios de 1913, siendo en aquellos momentos junto a su gemelo el Reina Victoria Eugenia, el buque de pasaje más moderno y equipado de toda la flota española. Con 10.348 toneladas de registro bruto y 145 metros de eslora, este vapor propulsado por tres hélices fue calificado por los cronistas de la época como “un canto de cisne”; un apelativo que hacía referencia a sus lujosos interiores donde se combinaban los estilos Imperio y Luis XVI con suntuosas telas de la Real Fábrica de Tapices de Madrid.

Dedicado en exclusividad a la ruta sudamericana, el Infanta Isabel de Borbon, tras haber navegado con cuatro clases diferentes: primera, segunda, tercera preferente y emigrante, a principios de los años veinte redujo su acomodación a tres categorías, pudiendo embarcar a un total de 1.008 pasajeros.

35-IIB-lipct19-jpegVapor de la Compañía Trasatlántica Española INFANTA ISABEL DE BORBON.

Pero regresando a la escala malacitana de este buque en abril de 1925, momentos después de finalizar el fondeo en la dársena de Guadiaro, unas barcazas iniciaban la carga de unas mercancías que debían viajar a Argentina. Mientras esto ocurría, José Luís Duarte, el consignatario de la Compañía Trasatlántica en Málaga se reunía con el capitán del vapor para ultimar los detalles de una actividad que se había preparado para los pasajeros de primera.

Teniendo en cuenta que las paradas de los buques de esta naviera en el puerto malacitano duraban habitualmente ocho horas, el señor Duarte, tras telegrafiar días antes a las oficinas centrales de la compañía, ofreció la posibilidad de que los 53 viajeros que ocupaban los camarotes más pudientes del Infanta Isabel de Borbon pudieran ver el desfile procesional de la Sagrada Cena desde varios balcones de calle Larios.

Tras celebrarse a las seis de la tarde una merienda especial a bordo (de ésta también participaron en sus respectivos comedores los 94 pasajeros de segunda y los 374 que navegaban en tercera), los viajeros de primera clase acompañados de varios oficiales del buque y el consignatario desembarcaron para ver la procesión.

Y aunque la hora límite para regresar al barco eran las 23:00 (el Infanta Isabel de Borbon debía salir a las doce de la noche), el selecto grupo de viajeros no llegó a bordo hasta las 00:30, una circunstancia que motivo por el que el vapor de la Compañía Trasatlántica Española saliera de Málaga a las dos de la mañana, hora en la que según las crónicas de la época se encerró en la iglesia de la Victoria el cortejo procesional de la Sagrada Cena Sacramental de Nuestro Señor Jesucristo.

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Cartel de la Semana Santa de 1925.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” 31 de marzo de 2015.

El final de Casa Santiaga

Juan Carlos Cilveti Puche | 18 de noviembre de 2014 a las 11:34

Los asiduos a esta columna, seguro que recordarán la historia que les narraba hace unas semanas sobre Santiaga Robles, la propietaria de la pensión Casa Santiaga situada en el número ocho de la calle Méndez Núñez. Lo que hoy les contaré, constituye el triste final de aquella casa de huéspedes que reunió durante algo menos de una década a los más selectos pasajeros y tripulantes que llegaban o salían de Málaga por mar.

A principios de 1918, pocos meses después de que Casa Santiaga abriera sus puertas,  el consignatario que representaba en el puerto malagueño a la Compañía Trasatlántica Española,  un buen amigo del difunto marido de Santiaga, comenzó a recomendar esta pensión. Debido a que en Málaga los vapores de esta naviera hacían frecuentes cambios de tripulantes, muy pronto, la casa de huéspedes de esta viuda gallega se convirtió en el alojamiento habitual  de los oficiales en tránsito de esta compañía. Aquel hecho, en no demasiado tiempo, también atrajo a  muchos viajeros, especialmente de primera clase, que por cualquier circunstancia debían hacer noche en Málaga.

Pero además de hospedar a selectos pasajeros y tripulantes, en Casa Santiaga, los primeros jueves de cada mes se celebraban reuniones sociales; unos muy especiales encuentros donde los naipes eran los principales protagonistas. Tras una acalorada discusión en el transcurso de una timba, esto ocurría en agosto de 1925, uno de los jugadores recibía una puñalada por  parte de uno de sus compañeros de partida. Aquel luctuoso suceso echó por tierra la muy buena reputación de Casa Santiaga, una selecta pensión nada parecida a las habituales en los círculos portuarios  malacitanos que cerraba sus puertas en enero de 1926.

OLYMPUS DIGITAL CAMERACalle Méndez Núñez donde estuvo ubicada la pensión Casa Santiaga.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 18 de noviembre de 2014.

Un parto a bordo

Juan Carlos Cilveti Puche | 4 de noviembre de 2014 a las 8:10

Hace algo más de un mes, el melillero adelantaba su entrada debido a que una pasajera embarazada se había puesto de parto. Y aunque estas situaciones normalmente se evitan impidiendo el embarque de mujeres con una muy avanzada gestación, de vez en cuando, la inconsciencia o la mala suerte propician algunos que otros nacimientos a bordo.

Ante esta circunstancia, y teniendo en cuenta los muchos partos que se han vivido en la historia portuaria malacitana, hoy les contaré qué ocurrió a bordo de un buque de la Compañía Trasatlántica Española en enero de 1919.

Procedente de Barcelona, el vapor Montevideo llegaba a Málaga cubriendo la línea regular Venezuela-Colombia, una ruta que tenía como destino Puerto Rico y La Habana y que regresaba a España escalando en diferentes puertos venezolanos y colombianos.

Con capacidad para 54 pasajeros en primera, 30 en segunda y 537 en tercera, el Montevideo, que fondeaba el 22 de enero en la dársena de Guadiaro, al día siguiente,  comenzaba el embarque de los 125 emigrantes que desde Málaga navegarían a tierras americanas. Entre estos pasajeros, se encontraba un joven matrimonio malagueño que viajaba a La Habana en busca de una vida mejor. Con la previsión de que el hijo que estaban esperando naciera en tierras cubanas (ella se encontraba embarazada de ocho meses), la pareja ocupó sus literas en el camarote de tercera en el que iban a viajar.

Con un mes de antelación y varias horas antes de su salida, la  joven pasajera se puso de parto, y a bordo del Montevideo, fondeado en aguas malacitanas nació una niña. Y aunque el médico del barco recomendó su desembarque, la pareja decidió seguir viaje; un viaje que iniciaron con su niña recién nacida.

Montevideo Compañia Trasatlantica EspañolaVapor MONTEVIDEO donde nació la hija de los emigrantes malagueños.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 4 de noviembre de 2014.

Casa Santiaga

Juan Carlos Cilveti Puche | 7 de octubre de 2014 a las 11:41

Hoy les contaré la historia de Santiaga Robles, una gallega que durante algo menos de una década fue una de las féminas más conocidas en el ambiente portuario malacitano. Natural de Pontevedra, en 1912, nuestra protagonista se casaba en aquella localidad con  Luís Domínguez, un pequeño empresario malagueño que comerciaba en el Norte de España con productos llegados de ultramar.

Afincada definitivamente en Málaga un año después de sus nupcias, Santiaga comenzó a vivir en el segundo izquierda del número ocho de la calle Méndez Núñez; un enorme caserón de diez habitaciones que su esposo había comprado meses antes de su boda.

Tras una feliz vida matrimonial, en septiembre de 1917, con tan sólo 28 años de edad, Santiaga enviudaba al fallecer su marido de una apoplejía. Aconsejada por el que hasta ese momento había sido el administrador de su esposo, esta gallega que había heredado la vivienda y no demasiado dinero, decidió abrir una casa de huéspedes que bautizó como Casa Santiaga.

Ofertando seis habitaciones con baño compartido, tres comidas al día, lavado y planchado de ropa y un servicio de maleteros (un extra que paliaba la distancia entre la calle Méndez Núñez y el puerto), la pensión de nuestra protagonista pronto adquirió una muy buena reputación. Gracias a las recomendaciones de los comerciantes dedicados a la importación y exportación y a los consignatarios que habían trabajado con el marido de Santiaga, esta casa de huéspedes  se convirtió en un selecto lugar fuera del habitual círculo de pensiones portuarias.

Las historias sobre el exclusivo alojamiento de los oficiales de la Compañía Trasatlántica Española y las timbas de todos los jueves las dejaré para otra ocasión.

OLYMPUS DIGITAL CAMERARótulo de la calle Méndez Núñez donde estaba la ‘Casa Santiaga’.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas 7 de octubre de 2014.

Manuel Ruíz

Juan Carlos Cilveti Puche | 3 de diciembre de 2013 a las 9:45

Manuel Ruíz, fue uno de esos muchos malagueños que, durante las primeras décadas del siglo XX se ganó la vida en el puerto. Sin un oficio fijo, Manuel trabajó en todo aquello que le pudiera reportar algo de dinero, una circunstancia que implicaba indistintamente realizar negocios o trabajos legales o ilegales.

Tras una infancia portuaria, en la que los juegos se combinaban con diferentes tareas remuneradas con un puñado de monedas, nuestro protagonista, con apenas 16 años se convirtió en mozo de recados. Trabajando para diferentes casas consignatarias, en 1905, Manuel entró a formar parte de los lavanderos, un grupo de trabajadores encargados de recoger y entregar a los barcos la colada que no se realizaba a bordo.

Gracias a este trabajo, Manuel comenzó sus trapicheos; unos negocios que inició en los buques de la Compañía Trastlántica Española que escalaban en Málaga dentro de sus rutas en línea regular con América del Sur. Tras ampliar su mercado a barcos franceses y alemanes sobre todo, el año 1917 significó un importante cambio para los negocios de Manuel Ruíz. Con la creación y puesta en marcha de los buques de la Trasmediterránea, el contrabando a pequeña escala, la especialidad de este malagueño, lo convirtieron en todo un personaje en el puerto. Cumpliendo a la perfección algunos de los más rancios tópicos portuarios; además de bebedor, Manuel era juerguista y un asiduo de timbas y casas de prostitución, en  noviembre de 1926, este contrabandista apareció  apuñalado y colgado en uno de los tinglados del muelle cuatro. Una muerte de la que nunca se supo su verdadera causa, y que constituye uno de los muy pocos asesinatos cometidos dentro del recinto portuario malagueño.

Puerto 1920-1930

El puerto en la década de los años 20.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (3 de diciembre de 2013).

Maletas de emigrantes

Juan Carlos Cilveti Puche | 11 de diciembre de 2012 a las 19:38

Corría el año 1902 y el puerto de Málaga gozaba de un abundante tráfico de buques de pasaje. Cumplimentando líneas regulares (fundamentalmente con destino a Centro y Sudamérica), diferentes navieras nacionales y extranjeras escalaban en el puerto malagueño para realiza embarques.

Y aunque los buques que efectuaban estos trayectos disponían de tres clases, la mayoría de los embarques que se realizaban en Málaga eran de tercera. Infinidad de emigrantes (muchos de ellos con sus familias), subían a estos barcos para iniciar en  tierras americanas una nueva vida.

Por aquellos años, aun existiendo un importante movimiento de pasajeros, el puerto malagueño no disponía de un servicio de maleteros. Los equipajes, en el caso de no poder ser embarcados por sus propietarios, se transportaban a bordo por mozos del barco o por personas que se ganaban unas monedas con estos trabajos de muelle.

Y aunque el caos de los embarques de emigrantes, milagrosamente, y siempre con algún que otro incidente, salía bien, en un momento dado, el transporte de maletas y bultos de estos pasajeros comenzó a ser problemático.

Los portuarios que realizaban estas labores, muchos de ellos estibadores, comenzaron  a no poder subir a estos barcos, especialmente los de bandera española, quedando el lucrativo negocio del embarque de maletas en manos de los tripulantes de estos buques.

Ante esta situación, muchos de los portuarios malagueños afectados por este hecho, sabotearon algunos embarques. El 13 de septiembre de 1902, el buque de la Compañía Trasatlántica Española Manuel Calvo en línea regular con Centroamérica sufría un considerable retraso en su salida por culpa de una protesta que les contaré en otra ocasión.

MANUEL CALVO.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (11 de Diciembre de 2012).

El repintador de barcos

Juan Carlos Cilveti Puche | 18 de septiembre de 2012 a las 9:56

LA historia de José Luque tal vez sea una de las más singulares que hasta la fecha he conocido de un portuario malagueño. Nacido a principios de los años veinte en el seno una familia humilde, José, de la mano de su hermano mayor, muy pronto comenzó a trabajar en los muelles. Carente de escolarización y de juegos infantiles, nuestro protagonista se iniciaba en la vida portuaria a bordo de un pequeño bote: el único patrimonio de la familia Luque. Realizando pequeños portes entre los buques fondeados en las dársenas y los muelles, José y su hermano trabajaban sin horarios y sin días de descanso.

Con apenas diez años, una reyerta acababa con la vida del hermano de José y éste, sin ninguna otra familia, se quedaba solo. Convertido en un niño portuario, José siguió patroneando su pequeño bote a remos hasta que un barco le cambió la vida. El lunes 19 de marzo del año 1934, procedente de Barcelona y en ruta hacia Nueva York, atracaba en el muelle de Cánovas el buque de la Compañía Trasatlántica Española Magallanes.

Ante la necesidad de tapar algunos desconchones en el casco de este trasatlántico, el consignatario del buque ofreció la faena a varios barqueros portuarios, siendo José uno de los seleccionados. Tras aquel trabajo, la barca del joven malagueño se convirtió en una habitual de estas labores y durante muchos años, sólo o acompañado de los marineros de los barcos en cuestión, José repintó las manchas de los cascos de infinidad de buques atracados en el puerto de Málaga.

Cuando los barcos dejaron de emplear a trabajadores externos para realizar estas labores, José Luque dejó de trabajar y con él se perdió una muy curiosa y antigua profesión portuaria.

Tareas de pintura en el caso de un buque de crucero en Málaga.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (18 de Septiembre de 2012).

Un parto a bordo

Juan Carlos Cilveti Puche | 25 de octubre de 2011 a las 8:54

Haciendo un guiño a un amigo que acaba de ser padre, hoy les contaré la historia de un parto a bordo de un barco atracado en Málaga. Durante muchos años; habría que remontarse a finales del siglo XIX y a las primeras décadas del XX, Málaga fue un importante puerto de emigrantes. Con muchos buques en línea regular de navieras nacionales y extranjeras, los muelles malagueños movilizaban a infinidad de personas que buscaban, fundamentalmente en América, una nueva oportunidad.

Perteneciente a la Compañía Trasatlántica Española, el domingo 5 de junio de  1927, atracaba a las siete de la mañana en el muelle de Cánovas el buque Montevideo. Procedente de Barcelona y Valencia, este barco, cubría con escala fija en Málaga, la línea regular denominada Mediterráneo-Cuba- Méjico.

Tras unas horas de carga, a media mañana del domingo se iniciaba el embarque. En aquella ocasión, subían a bordo del Montevideo 41 pasajeros de primera, 14 de segunda y 512 de tercera clase.  En el parte de embarque (este documento aun se conserva), se reseñaba que entre los pasajeros de tercera, embarcaban “4 mujeres en cinta”.

Y aunque las reglas de la Trasatlántica para las embarazadas eran muy claras (no se recomendaba el embarque de mujeres con más de ocho meses de gestación), estas normas, que siempre provocaban más de un incidente, no terminaban nunca de ser cumplidas.

A última hora de la tarde del domingo (el buque debía zarpar en la madrugada del lunes), y ya con la mayor parte del pasaje a bordo, una de las cuatro embarazadas se puso de parto. Con la ayuda del médico del barco, a las 21:45 horas nacía una niña. Un feliz acontecimiento que dio al traste con el  esperanzador viaje de estos nuevos padres.

MONTEVIDEO

1924

Juan Carlos Cilveti Puche | 2 de agosto de 2011 a las 9:19

Haciendo un guiño personal, hoy les contaré qué es lo que se cocía en el puerto de Málaga en el año 1924. Con una estructura, en lo que a los muelles se refiere, bastante diferente a la actual, y con la particularidad de que la forma de atraque de los barcos era otra (no demasiados buques se colocaban de costado al muelle, siendo lo habitual atracar de punta o fondear en las dársenas), la actividad marítima malagueña del año 24 fue muy intensa.

Sin haber cumplido aún los diez años de vida, la Compañía Trasmediterránea que por entonces no tenía instaurada la figura del Melillero titular, operó durante aquel año en la línea del Mar de Alborán con los buques: Barcelo, V. Puchol, A. Lazaro, Monte Toro y JJ Sister. Curiosamente, durante algunos meses de 1924, el Melillero realizó sus salidas desde Málaga a las ocho de la noche.

Siguiendo con las navieras que realizaban escalas fijas en el puerto malagueño dentro de sus recorridos en línea regular con pasaje y carga,  además de la Compañía Trasatlántica Española y Pinillos (ambas navegaban a Centro y Sudamérica), compañías italianas, francesas, holandesas y portuguesas traían sus buques a Málaga para cubrir itinerarios internacionales que llegaban incluso hasta Australia.

Pero con independencia de estos grandes tráficos, el puerto malagueño se nutría con un vastísimo movimiento de pequeños mercantes; un hecho que se mantuvo constante en toda la década de los años veinte, y que posicionó a Málaga como el segundo puerto comercial español de la época.

Un muy exitoso año 1924 que se completó con la visita de un buen número de buques con turistas (lo que hoy llamaríamos buques de crucero), aunque esa historia la dejaremos para otra ocasión.

JJ SISTER, uno de los Melilleros que operó en Málaga en 1924.

Columna “LA MAR DE HISTORIAS” publicada en la página Marítimas (2 de Agosto de 2011).