La madeja del CaixaFórum

Carlos Mármol | 4 de noviembre de 2012 a las 6:15

La indecisión y el cambio de criterio del gobierno de Zoido mantiene la incertidumbre sobre la construcción del centro cultural de la Caixa en las Atarazanas, el único proyecto privado real que ha apostado por Sevilla.

Decía Goethe, el poeta mayor de Alemania, que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano. El poder divino resulta estéril frente a la cerril obstinación de los hombres. No sé qué hubiera pensado el ilustre vate romántico, al que en su país todavía se le profesa una asombrosa devoción, todo lo contrario del pálido amor que algunos españoles aún tenemos por nuestros líricos, si hubiera pasado sus últimos días, aquellos en los que la vida nos colma con los postreros desengaños, en Sevilla en lugar de en Weimar. Probablemente se hubiera reiterado en su idea. No tenemos remedio.

Sólo así, por una obstinación sostenida, se explica que una ciudad como la nuestra, habitualmente huérfana de la atención del mundo exterior en igual proporción que se considera a sí misma el centro de orbe –en un universo sin nadie más, acaso el peor infierno–, lleve algo más de un año jugando con fuego y casi haya conseguido la gesta de quemar su última nave, dada su obsesión por cuestionar el único gran proyecto que tenía verdaderas opciones de convertirse en realidad en los próximos años. Hablo del CaixaFórum, el centro de vanguardia que la entidad que se ha convertido en dueña de las antiguas cajas de ahorros locales pretende levantar dentro del asombroso edificio de las Atarazanas.

En esta cuestión, que algunos consideran erróneamente resuelta, y que por el momento dista bastante de estarlo, se está poniendo en cuestión el escaso prestigio de Sevilla:aquel que nos pudiera quedar después de ciertas conductas políticas recientes. Se trata de la última oportunidad para que esta ciudad no quede definitivamente presa de una determinada concepción del mundo que frente a la modernidad y a la autocrítica fértil reacciona con espanto mientras abraza con devoción los vicios aldeanos de los ateneos antiguos y los cabildos añejos. Aquellos que nacieron bajo los sobrenombres de las sociedades de excursiones y juegos florales o las congregaciones devotas, donde lo único que se venera son los puñales.

Una necesidad cultural. La cuestión del CaixaFórum trasciende el aspecto urbanístico y político. Incluso supera el ámbito económico. Siendo todos estos factores importantes, lo que nos jugamos en este envite es la propia idea de la ciudad –entendida ésta como escenario propicio para la cultura–, que queremos para los próximos años. Un patrimonio inmaterial que para algunos no cotiza en mercado alguno, ni siquiera secundario, pero que resulta vital justamente ahora para afrontar muchos de los problemas que tenemos sobre nuestras cabezas, algunos de los cuales nos aplastarán durante décadas. Es lisa y llanamente una cuestión de supervivencia mental. Intelectual.

Una ciudad sin un sentido propio y profundo de la cultura es una ciudad muerta. Mucho más que una urbe en la ruina. En el acelerado proceso de argentinización en el que parece haber entrado España como resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria nos falta ya lo mismo que a los argentinos les faltó en su momento –el dinero y la ilusión, perdidos después de un inmenso atraco a gran escala– pero además carecemos de lo único que a ellos les sobra: verdadera devoción por la cultura. Cosmopolitismo. Nuestra flor imposible.

En España, hundida por los excesos recientes, quebrada y sola ante un porvenir aciago, el trabajo hace tiempo que se convirtió en un bien (el más necesario) sin valor alguno, el esfuerzo quedó sepultado bajo la losa de la indiferencia y la presión de los linajes y la inteligencia sigue enjuiciándose como un problema. Un político ilustrado –de los que ya cada vez nos quedan menos– me decía el otro día que a él le parecía increíble que un país como Argentina, donde los teatros no cerraron ni en el peor momento y las librerías siguen siendo templos de la vida cotidiana, se haya arruinado sin remedio casi cada quince años a pesar de todo este extraordinario patrimonio intelectual. Es cierto. Una patología singular que oscurece aún más nuestro panorama: ¿si esto ocurre donde todavía se ama a la cultura qué es lo que le va a pasar a España, donde se desprecia?

El CaixaFórum de Sevilla no es sólo el proyecto de la obra social de una entidad financiera. Es bastante más: una determinada forma de ligarnos al mundo de la cultura con mayúsculas, aunque sea de forma lateral. Acaso la última. Puede que este leve sendero hacia otros mundos distintos a los habituales no sea perfecto. Pero resulta esencial precisamente en el contexto actual. Quizás sea esto lo que a algunos les provoca pánico: que Sevilla pueda tener una embajada dedicada a que quien quiera pueda ver el mundo –y por tanto a la propia Sevilla, que es lo realmente peligroso– desde otro prisma. Acaso por eso, y por la envidia, que aquí se sirve en vaso largo después de las comidas, haya quien todavía quiera tumbar este excepcional proyecto recurriendo, ilustres prohombres incluidos, a la vieja bandera de siempre: la protección del patrimonio histórico de la ciudad. El mismo que algunos han despreciado sin rubor alguno cuando les convenía desde hace demasiadas décadas. Medio siglo, casi.

Que en Sevilla haya gente que sueñe con congelar la ciudad en formol, como si fuera un muñón de la infancia, no es ninguna sorpresa. Algunos quisieran vivir en un museo de monumentos muertos a condición de ser los únicos visitantes. Pero que la máxima institución política de la ciudad se preste a este juego resulta sorprendente. Sobre todo si además lo hace a destiempo. Como mínimo, es incoherente con su propio discurso político. ¿Tiene lógica afirmar que los proyectos de la ciudad necesitan seguridad jurídica y que después sea el propio gobierno local quien se desdiga por intereses partidarios de su posición institucional sabiendo que esta postura bloqueará el último gran proyecto importante que podrá hacerse en la Sevilla del paro y la exclusión?

¿Miedo a gobernar? Eso, y no otra cosa, es lo que está ocurriendo con el CaixaFórum, cuyo calendario de obras ha pasado a ser más virtual que nunca. El Ayuntamiento, que al principio utilizó esta iniciativa privada para exaltar la imagen política de Zoido –el alcalde dijo hace casi un año que lo había desbloqueado en el ámbito urbanístico– ha cambiado sorprendentemente de criterio, igual que una peonza, y ahora no se digna a conceder la licencia de obras.

Sus razones no se sostienen: reclama un plan especial que, en el caso de un monumento con la máxima catalogación patrimonial, y con un proyecto arquitectónico tan definido, es a todas luces innecesario. Primero porque un plan es mucho más inconcreto para calibrar la reforma de las Atarazanas que un proyecto arquitectónico visado y validado por la Junta. Segundo porque en casos similares –el convento de San Agustín, sin ir más lejos– jamás se ha pedido. Y tercero porque quien tendría que respaldarlo legalmente es la Comisión de Patrimonio, que ya ha dado luz verde a la iniciativa en dos ocasiones con todas las garantías jurídicas necesarias y amplia publicidad.

El centro cultural de la Caixa ha superado con éxito el cursus honorum patrimonial. Es conforme a ley. Cuenta con un proyecto arquitectónico de calidad que respeta la herencia secular del edificio y es capaz de devolvérsela a los ciudadanos a través de la creación de un espacio público. Tiene un promotor solvente e inversión suficiente. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso que alguien es incapaz de decidir porque tiene miedo a las consecuencias? En la Plaza Nueva hay quien cree que el CaixaFórum terminará como la biblioteca del Prado. ¿Piensan realmente en Sevilla o solamente en sí mismos?

Deberían leer a Tucídices:

“Los más valientes son los que tienen una idea clara de lo que está delante de ellos;la gloria y el peligro uno al lado del otro y, aún así, no se resisten a encontrarse con ellos”.

El gramático impertinente

Carlos Mármol | 2 de noviembre de 2012 a las 6:04

La peña anarquista zamorana está de luto. Se ha muerto el maestro. El último sabio. Su deceso implica que el polen de la semilla subversiva, en este caso fruto de la cultura y de la pedagogía, disciplinas que siempre hablan en son de paz, buscando convencer en lugar de imponer, no volverá a soplar más desde la maravillosas peñas de la menor de las ciudades de Castilla la Vieja.

García Calvo, al que el escritor Antonio Cascales recordaba en su juventud poniendo canciones de Brassens en un picú durante las clases en la cátedra de Clásicas (en aquella Sevilla del tardofranquismo) se ha ido dejándonos huérfanos de su prosodia impertinente, la que alumbraba a aquellos que saben que no llegarán a nada en la vida porque todo aquel que triunfa, en realidad, es alguien que a la hora de la verdad evita decir lo que piensa, trata de no llevar la contraria y, por tanto, en cierto sentido renuncia a ser él mismo. Es el precio del aplauso social.

De eso hablaba en sus charlas semanales del Ateneo de Madrid (antológicas disquisiciones sobre los ángeles caídos en desgracia) o en las ponencias de la Fundación Juan March. Para García Calvo el rango del auditorio era secundario siempre que hubiera oídos prestos a escuchar a alguien capaz de hablar de prosodia clásica (esa ciencia del alma antigua) con tres camisas sin abrochar. Una encima de otra.

Como todos los hombres raros y singulares, se burlaron de él y le buscaron todas las contradicciones posibles, similares a las de casi todos. No por eso cejó en su objetivo: decir su verdad (fuera más o menos acertada, al menos era propia) a tiempo y sonriendo en recitales, canciones y desde Lucina, su editorial, ubicada en el viejo caserón del casco antiguo zamorano.

Sit tibi terra levis.

Urbanismo pluscuamperfecto

Carlos Mármol | 28 de octubre de 2012 a las 6:15

La recalificación del entorno urbano del Estadio de la Isla de la Cartuja es un ejemplo de ‘la eficacia’ del gobierno municipal en asuntos urbanísticos: un expediente que no se sostiene unido a una media verdad.

Hay quien piensa que un buen sistema para ocultar las carencias es dar gritos. Hacer un alarde para distraer la atención. Puede ser. En cualquier caso, éste es el sendero que ha elegido para el presente el gobierno municipal del PP, cuya extraordinaria mayoría en el Pleno –20 ediles tiene– parece ser proporcional a su falta de solvencia política. Especialmente en las lides urbanísticas. El alfa y omega de la política municipal. Una pena. Una triste realidad.

Estos días repaso la prensa atrasada –dicen no hay nada más antiguo que un periódico (de ayer)– después de un largo paréntesis. Al hacer el obligado escrutinio otoñal encuentro una extraña sucesión de golpes de efecto, en su mayoría fallidos, impulsados con vehemencia por el habitual equipo de guardia de la Alcaldía, que da la impresión de haber volcado sus energías en la delegación más problemática, donde sigue estando, tan rotunda como evidente, la misma piedra con la que desde hace ya dos años no deja de tropezar el alcalde.

El rosario tiene las cuentas muy claras. Las enumero. En el último mes el PP ha puesto al borde del fracaso al estratégico proyecto cultural del CaixaForum con un cambio de criterio inexplicable y caprichoso. Ha recibido un sonoro tirón de orejas en público por parte de la patronal sevillana por subir casi todos los impuestos. Comienza ya a escribir el preámbulo del gigantesco ajuste que viene y que no ha empezado todavía a vislumbrarse en toda su extensión: Sevilla Global ya no existe, Giralda TV va camino de la disolución. De colofón, según cuentan ciertas voces oficiales, ha hecho una recalificación como un estadio. La del coliseo de la Cartuja, que el viernes ratificó el Pleno.

El ‘episodio Decathlon’. Sobre esta cuestión merece la pena detenerse. Los exégetas del alcalde nos la transmitieron con tono marcial: “He dado las instrucciones oportunas para que se cambie el PGOU”, dijo el regidor. La versión oficial afirma que con la operación se busca que Sevilla no pierda inversores por culpa del marco urbanístico vigente. No es cierto. Aunque eso a ellos se ve que les importa poco. Nada. En su lógica política la verdad ha pasado a ser algo contingente.

Zoido acaso no ansíe con este nuevo movimiento más que otro argumento interesado en su perpetua estrategia de confrontación con la Junta. En caso contrario no se explica bien ni el fondo ni la forma elegidos. Francamente, la eterna canción del victimismo municipal cansa. Los ciudadanos tienen otras cosas que atender. La esencial: tratar de seguir vivos en el enorme océano de amargura en el que se está convirtiendo la vida diaria. En la Alcaldía parecen haber dejado de reparar en la rotunda postración por la que pasan miles de sevillanos y continúan vendiéndonos el libro de siempre: el superhombre contra los diablillos rojos de San Telmo. En fin.

En honor a la verdad, el único principio al que se debe un periodista, habría que decir que el episodio de Decathlon no es sino una muestra más del sentido de la eficacia de Plaza Nueva: es un expediente urbanístico que no se tiene en pie y que tan sólo persigue armar un relato político sesgado sustentado en una media verdad. Algo casi peor que una mentira.

La historia ya la publicó –en exclusiva– este diario. El equipo de gobierno del PP ha estado durante muchos meses dando un trato dispar y caprichoso a los inversores privados interesados en desarrollar proyectos inmobiliarios en Sevilla en función de quién fuera el promotor, no de pautas técnicas, objetivas y expresas. Mientras en el caso del aparcamiento de la Alameda o la recalificación de la Gavidia modificaba el Plan General sin más miramientos, a Decathlon, una empresa que quería abrir una gran superficie comercial junto al estadio de la Cartuja, le cerraron las puertas. El hecho resultaba contradictorio con el discurso público de la Alcaldía. No les importó demasiado. ¿Quién se iba a enterar?

Su actitud sólo se entiende debido a la competencia que existía entre la iniciativa de esta firma y el proyecto virtual de nuevo pabellón deportivo de la Federación Española de Baloncesto, después fallido. Dado que el alcalde es aficionado a ejercer de promotor deportivo, en las caracolas le dijeron a los de Decathlon que lo suyo no sólo no podía ser, sino que era imposible. Dos veces. En reuniones documentadas. En la sorprendente falta de interés del Ayuntamiento pesó también otro hecho: la recalificación del estadio de la Cartuja sólo beneficiaba a la Junta de Andalucía, gestora del recinto deportivo, con quien Decathlon tenía suscrita una concesión económica.

Al equipo municipal no le gustó nada verse retratado en esta suerte de urbanismo reversible. Es lógico. No salían bien. Lo inaudito es que apenas unos meses después quienes dejaron morir un proyecto que hubiera sido relativamente viable con determinados cambios quieran aparecer como salvadores de la patria. Justo ahora, cuando la compañía de artículos deportivos ya ha desistido de su iniciativa dada la respuesta oficial del Consistorio.

Zoido obvió al comunicar su marcial decisión todos estos antecedentes –molestos para el discurso del Ayuntamiento– y, como suele ser recurrente, culpó al anterior gobierno local de todo. Hasta de la guerra de Troya. Es el disco habitual: traspasar las responsabilidades propias a los demás se ha convertido en una insana costumbre en el PP. También lo hizo el concejal de Urbanismo, Maximiliano Vílchez, después de poner a la Caixa al borde de renunciar a la rehabilitación de las Atarazanas al culpar a la entidad financiera de hacer las cosas tarde y mal. Cosa que no deja de ser sorprendente si se tiene en cuenta que fue el propio gobierno del PP –ningún otro– quien dijo por escrito que este proyecto era totalmente viable sin necesidad de un plan especial.

La recalificación. Si se analiza el expediente de la recalificación del Estadio Olímpico –una parcela exterior, en realidad–, se verá que estamos ante un ejemplo de aquella excelencia suiza que nos prometió en campaña el regidor. El Consistorio va a modificar una normativa de aplicación general para dar cobijo exclusivamente a una hipotética situación particular cuyo promotor es inexistente. Una heroicidad. La fórmula no sólo es extraña, sino ilegal. Y lo es porque la figura jurídica en la que se sustenta –la reserva de dispensación– ha sido tumbada en los tribunales. El motivo: un Ayuntamiento no puede cambiar una norma general para satisfacer un interés parcial. De hacerse, el cambio debería alcanzar también a todos los otros propietarios de suelo en idéntica situación. Esperaremos a que el Consultivo se lo explique.

No es la única paradoja. Al tomar este singular sendero urbanístico, a quien realmente perjudica Zoido es al propio Ayuntamiento. Y lo hace además para beneficiar a la Junta. ¿No me creen? Es obvio: el Estadio verá incrementado automáticamente su valor patrimonial gracias a este urbanismo a la carta mientras el Consistorio, que es el titular registral de la mayoría de dotaciones deportivas de Sevilla, no porque todas ellas quedan excluidas de la nueva norma. Extraña forma de velar por los intereses públicos.

La operación además no soluciona nada. Y no permitirá la implantación de una gran superficie en el coliseo deportivo. El PP ha optado por modificar un artículo equivocado  –el 6.6.11 de las normas del PGOU– sin reparar en que en 2010 se modificó otro –el número 6.5.39– que sigue impidiendo legalizar “grandes superficies comerciales en suelo urbano consolidado”. Sólo es posible en terrenos urbanizables. El Estadio está en territorio urbano.

Vílchez dijo en el Pleno: “El PGOU no es infalible, ni perfecto, ni intocable”. Podría discutirse. De lo que ya no nos cabe  duda es de que al gobierno del PP le ocurre lo mismo. Ni es infalible, ni perfecto, ni intocable. Más bien parece un perfecto desastre. A pesar de su piadosa costumbre de creerse pluscuamperfecto. Laus Deo.

Nostalgia fluvial

Carlos Mármol | 21 de octubre de 2012 a las 6:15

Sevilla, que nació como una urbe portuaria, sin más raíz que el agua, abierta a lo extraño, lugar de paso del Guadalquivir, está atrapada en la estampa costumbrista de la cultura agraria:inmutable, cerrada y dogmática.

Que Sevilla fue desde su origen una ciudad portuaria no es ningún secreto. Que después, por voluntad propia o causa sobrevenida, ha ido dejando de serlo, al menos mentalmente, tampoco. El río sigue más o menos en el mismo sitio (sagrado) donde siempre estuvo. Los que hemos cambiado –sospecho– somos nosotros. Y, mucho antes, todos aquellos que nos precedieron en este predio comunal que es una ínsula involuntaria.

Leo estos días con dedicación un exhaustivo libro [Forma Urbis Hispalensis] escrito por el historiador Daniel González Acuña. Versa sobre la mítica Colonia Romula Iulia que alguna vez debió ser la honorable Híspalis. El adjetivo es supuesto, claro. Quizás fruto del deseo, más que de la realidad. La huella romana es una etapa de nuestro pasado misteriosa, más atisbada casi que investigada y, paradójicamente, la fase de la historia precedente que mayor poso real ha ido dejando en ciertos usos y costumbres locales. Como todas las cosas realmente perdurables, esta herencia se camufla a veces y parece invisible. Es sutil, más que rotunda. Pero uno no deja de verla todos los días al caminar por la calle.

Más Roma que Salzburgo. Suele decirse (con escasa rigurosidad y extendido entusiasmo) que Sevilla es la ciudad más barroca del orbe. El barroco por antonomasia. Un perfecto lugar común. También una exageración fruto de quien todavía no ha viajado lo suficiente. No es tan difícil: basta con desplazarse al Salzburgo austriaco y comparar. Más que barrocos somos, o fuimos, místicos extraordinariamente superficiales. Aquí ni las iglesias tienen fachadas sinuosas, el barroco no forma realmente parte del alma, sino que se queda en lo ornamental (la famosa superficialidad sevillana) y, aunque pasamos en distintas fases pretéritas por tener hasta un príncipe de la Iglesia al frente de la grey, tal honor vaticano apenas si era un espejismo oficial. La sede episcopal solía estar vacante la mayor parte del tiempo, incluso durante lustros, aunque tuviera aparentemente dueño. Roma, la ciudad remota, nos explica mejor que toda la pátina de costumbrismo feroz que después ha ido convirtiendo buena parte de la literatura sevillana (se escribe de las patrias aunque no queramos) en un inmenso campo de estiércol. Donde las flores son muy escasas pero infinitamente hermosas entre tal caudal de basura.

El libro de González Acuña no trata de literatura, sino de historia. De arqueología, ciencia difícil, sorprendente, que tiene la virtud de hacer hablar a las piedras, a los fragmentos rotos de cerámica y a los restos, siempre incompletos, de nuestros antepasados. La herencia no deseada de los muertos. Al tratarse de una tesis doctoral, hecho que explica su publicación por parte de la Universidad y la Fundación Focus, gran parte de su estructura viene a ser una gigantesca base de datos. Éste es su gran mérito: el documental. El libro recoge por primera vez de forma sistemática el relato detallado de las sucesivas excavaciones realizadas en la Sevilla histórica desde hace casi dos décadas. Su gran valor es pues compendiar y dar forma global, un cierto sentido, un posible relato, a los sucesivos sondeos parciales que se acometen, por ley, al despejar un solar o construir un edificio nuevo sobre el antiguo parcelario heredado. Una labor realmente titánica. La arqueología exige una enorme disciplina. Paciencia infinita. Primero para arrancar a la tierra las huellas borradas de la ocupación previa, casual; después, para clasificar los restos, tan imprecisos, del pasado. Aunque lo más complicado debe ser evocar a partir de este material y con cierto rigor un mundo perdido, reconstruido sobre los fragmentos que nos ha legado el azar, que siempre es injusto y arbitrario.

Sin embargo, en ocasiones se impone una extraña justicia poética. La historia tiene una cierta tendencia, casi se diría vocación, hacia lo minúsculo: un detalle menor puede explicar el pasado con más matices y riqueza que un monumento completo. Un simple trozo de arcilla o un muro incompleto de carga pueden ser una cápsula del tiempo perfecta, más eficaz que un tratado nobiliario sobre los méritos de las familias de la aristocracia antigua. La existencia siempre es un asunto terrenal y más o menos húmedo.

Una ciudad abierta. El pasado sevillano también. Estamos en el lecho urbanizado de un viejo río. Marineros quietos de una corriente de agua que en lugar de pasar y deshacerse con el tiempo en dirección al mar nos hemos empeñado, extrañamente, en ir justo en la dirección contraria, río arriba, para hacer así honor a un falso mito. De la información, valiosísima, que González Acuña recoge en su tratado arqueológico sobre la Sevilla romana lo que deslumbra es cómo aquella urbe, tan recóndita un día como la famosa ciudad de barro, adobe y madera que después sería la capital del orbe y cubriría con mármol sus templos y palacios, los sitios donde después pastaron las vacas durante siglos, vivía enteramente consagrada a la actividad portuaria. Origen y principio de todo lo demás. Era una ciudad sin grandes monumentos (más allá de los necesarios para los ritos básicos), con un foro menor, cercada por los meandros salvajes del Guadalquivir, abigarrada, llena de termas, mercados de salazón de pescado, almacenes y un tropel de marinos. ¿Nos hubiera ido mejor si en lugar de habernos convertido después en la Sevilla eterna, capital de los latifundios, hubiéramos prolongado más esta semilla romana?

Probablemente sí. La Sevilla imperial sólo reconstruye este pasado patrio para justificar el protocolo del campo. El statu quo. Y lo que hace singular a Sevilla, entre otras cosas, como su constante tendencia a la repetición, es la marcada sucesión de distintas capas históricas que dibujan nuevos rostros sobre los bocetos previos y abrigan su esqueleto, tan débil en realidad, hasta convertirlo en un pergamino polisémico. Causa estupor ver cómo la ciudad, a lo largo de los siglos, ha ido mutando como un péndulo. De un extremo al contrario.

Las ciudades portuarias, por necesidad y geografía, porque acaso el convencimiento sólo venga mucho después, son abiertas. No es tanto una elección, sino la consecuencia natural de vivir junto a una corriente de agua. Las gentes vienen y van. Los principios se vuelven relativos y flexibles. El movimiento de los barcos obliga a abrir los ojos. El intercambio comercial requiere para funcionar correctamente una filosofía vital abierta, de aspiración cosmopolita. Por momentos, parece que aquella lejana Sevilla romana, siendo apenas un pequeño villorio en una colonia menor del imperio, encerrase la hipotética semilla de un porvenir luminoso, posteriomente frustrado. En cierto sentido así fue: por el río llegó (y se fue) después todo el oro de las Indias, camino de los Países Bajos y de lo que después hemos terminado llamando Alemania.

El mito de la gran Babilonia resultó efímero. La ciudad volvió la cara al Guadalquivir. Lo convirtió en un enemigo y una estampa en lugar de usarlo como un sendero. Lo miraba sin verlo. Incluso lo transformó en demasía para protegerse de sus embestidas. En ese instante sufrimos un desajuste en la mirada que terminó consolidándose. La ciudad agraria devoró a la fluvial. Roma se escondió. En lugar de ser la caput imperii limitamos los dominios mentales a un territorio que no va más allá de tres provincias. El reino sevillano, tan pagado de sí mismo, es pura contradicción: un minifundio territorial marcado por la cultura del latifundio. La tierra sustituyó al río y los dogmas del linaje al comercio libre. Quizás por eso, tras leer este trabajo de González Acuña, la sensación que quede sea la de una inmensa, enorme, nostalgia fluvial.

El talento sin alfombra

Carlos Mármol | 14 de octubre de 2012 a las 6:15

El Ayuntamiento sólo concibe la participación ciudadana en la gestión municipal a través del asentimiento o la propaganda. El PP se queja de que no tiene dinero para nada. ¿Por qué no dejar a los vecinos la iniciativa?.

Existen dos formas de concebir la participación ciudadana en política local. Una, tradicional de la izquierda, consiste en dejar que los vecinos decidan las inversiones y supervisen el resultado de las decisiones políticas. Otra, históricamente más propia de la derecha, centrada en facilitar los servicios públicos –previo pago– a sus usuarios. Ninguna de las dos es perfecta. Y ambas son, en cierto sentido, necesarias. Lo llamativo es que, siendo esta cuestión una de las que más se ponderan en las campañas electorales y un asunto que siempre se vindica en los discursos de investidura –llenos de promesas que se dejan en el cajón a las primeras de cambio–, ninguno de los sucesivos gobiernos locales haya conseguido mezclar ambos planteamientos hasta lograr una fórmula propia que dé con el punto acertado, que casi siempre es el término medio, no los extremos.

La cuestión resulta mucho más sorprendente en el actual contexto municipal, marcado por la mayoría –absolutísima– de la que disfruta el PP en Sevilla. El rotundo triunfo de Zoido en las últimas elecciones locales, que cada día quedan más lejos para desconsuelo de algunos en la Plaza Nueva, aparentemente iba a permitir contar con concejales suficientes para, mientras los tenientes de alcaldes se centraban en las áreas más globales y estratégicas, el resto de ediles dedicaran su tiempo sólo a los distritos. A la gente.

Un problema de visión. Aparentemente ésto es lo que ocurre en el actual Ayuntamiento. Una división de funciones. Sin embargo, el modelo no está funcionando del todo. E incluso en determinadas ocasiones, hace aguas. Algo en lo que no se repara por dos motivos: muchos ciudadanos sólo conciben las juntas municipales territoriales como sedes burocráticas –desde donde se maneja el padrón o se dan talleres, por ejemplo– y, en el fondo, a determinados políticos la movilización ciudadana siempre le resulta inquietante. Problemática. Es mejor entretener a los ciudadanos que dejarlos que piensen por sí mismos.

Y, sin embargo, en los tiempos que corren no hay nada más necesario en los ayuntamientos que facilitar el protagonismo civil en la vida municipal. Algo totalmente distinto a la concepción aldeana que limita exclusivamente la participación de la sociedad civil a los cócteles de media tarde –con el cuerpo consular, a ser posible–, a la entrega de algún premio de ocasión o a la inauguración, como meros espectadores, de alguna obra menor.

El problema esencial, como casi siempre, es de concepción mental. De concepto. El gobierno municipal dijo al llegar al poder que la reforma de la estructura del Ayuntamiento sería una de sus prioridades políticas. Todavía no se percibe demasiado. Es cierto que algunos distritos concretos intentan atender a diario las demandas vecinales –políticamente minúsculas, pero trascendentes en la gestión de un ayuntamiento– en función de los limitados recursos disponibles, pero lo que no ha logrado todavía el equipo de Zoido es invertir la tradición política sevillana que insiste en ver a los ciudadanos como meros sujetos pasivos.

A los vecinos se les quiere para que respalden –a veces con el voto;en otras ocasiones ante la oposición– determinadas decisiones del Ayuntamiento, pero rara vez se les permite tomar el mando. Para eso ya están los concejales. A lo sumo, la relación se queda en la mera interlocución, muchas sonrisas, palmadas en la espalda y, eso sí, invitaciones al protocolo amable que el edil Beltrán Pérez administra desde el Palacio de los Marqueses de la Algaba, junto a la calle Feria. Si hay suerte, y se tiene poco aprecio al sentido crítico inherente a la propia concepción de ciudadanía –según su concepción clásica–, determinadas entidades pueden optar a algún tipo de subvención o ayuda pública con el pretexto de algún proyecto. No es raro que ambas funciones –las subvenciones y la administración de los distritos– hayan recaído en el mismo edil. No se concibe una cosa sin la otra.

El PP sigue en este punto sin demasiadas variantes el modelo de los socialistas, que desde los años de la transición desactivaron el movimiento vecinal –muy activo en la Sevilla del tardofranquismo– por la vía de la asimilación, la compra de voluntades o la connivencia, no siempre edificante, en determinados negocios. El PP todavía no ha tenido tiempo de llegar a esta situación. Pero todo se andará. Porque en apenas año y medio ya sufrió una crisis política de credibilidad por varios casos de clientelismo (familiar, como casi siempre) en algunos de sus distritos. Un desliz mayor del que se distanció Zoido, con sabiduría, porque tuvo presente el riesgo que supone que después de prometer eficacia, seriedad y profesionalidad se descubra que tienes un equipo dedicado a la guerra sucia. Tal y como se concibe la política hoy día, incluido el actual Ayuntamiento, lo malo no es contar con una unidad para cubrir las tareas de la tramoya teatral que existe tras la política, sino que la gente descubra de pronto la evidencia que tan bien contó Maquiavelo. Que el cinismo, en política, no es una excepción, sino la norma. Un método de conducta.

Hasta ahora el PP sólo ha dado pasos en la política de participación ciudadana en dos sentidos. Intentar cubrir el vacío que existía durante el anterior mandato municipal, cuando Monteseirín hablaba sólo de sus grandes proyectos mientras cuestiones esenciales, como el mantenimiento de los colegios, no funcionaban; y usarlos como canal de comunicación (es el término oficial) para estar en contacto con la calle. Todo esto es la teoría, claro, porque lo cierto es que el área de Beltrán Pérez trabaja sobre dos máximas:propaganda y agitación. Esto es: vender los logros del ejecutivo local, aplicar con disimulo relativo una cierta limpieza (ideológica) en determinados ámbitos del Ayuntamiento y ganarse el máximo apoyo de muchas entidades vecinales.

Cambio de enfoque. Se busca así no perder credibilidad –lo primero que se resiente cuando se gobierna– y apuntalar de forma estable los resultados que llevaron a Zoido a la Alcaldía. Toda esta estrategia, que es obvia para quien analice el panorama sin incurrir en el síndrome de Estocolmo y sin esperar ser agraciado con algún detalle (vía subvención) de Participación Ciudadana, pudiera tener sentido político (si es que se piensa que la política consiste en no perder el poder),pero no reporta demasiados beneficios a la ciudad. No fomenta la ciudadanía libre y con criterio, sino a electores fieles y agradecidos.

Hay otras fórmulas. Justamente son las que en estos momentos de crisis y falta de recursos resultan más necesarias que nunca. El gobierno local nos ha suministrado desde el primer día abundantes dosis de su único relato:“no podemos hacer casi nada porque las arcas están vacías y el despilfarro de PSOE e IU nos impide cumplir el programa”. No es que sea incierto. Sencillamente es una media verdad: en esta herencia, tan maldita, también están algunos de los únicos proyectos a los que el PP no ha tenido más remedio que recurrir para defender que Sevilla no está parada (Fibes, Ciudad de la Imagen, Nuevo Amate).

De cualquier forma, la cuestión no es el pasado, sino el futuro. No hay dinero. Bien ¿Se puede hacer algo para salvar la situación con la ayuda de los ciudadanos? Sin ser garantía de éxito, puede intentarse. Por ejemplo: dejar que sean los propios vecinos quienes doten de uso con sus propias iniciativas edificios tan importantes como la Fábrica de Artillería o el Mercado de la Puerta de la Carne, el Pompidou (imposible) de Zoido. A falta de inversores, está la gente que tiene ideas y talento. En Plaza Nueva hay quien piensa que si los vecinos conquistan ahora estos lugares después ya no se le podrá poner la alfombra roja a los inversores. ¿Sería malo acaso?

Viva el protocolo

Carlos Mármol | 7 de octubre de 2012 a las 6:15

El último trimestre de 2012 comienza sin que se hayan cumplido, de momento, las previsiones de ingresos del presupuesto municipal, cuya ejecución se revela incompleta justo cuando toca comenzar con el siguiente.

No pueden alegar ni ignorancia ni desconocimiento. Sabían de sobra lo que ocurriría y el jardín en el que se metían. Consecuencia de ver la política exclusivamente en el corto plazo. El último trimestre del año 2012 se inicia este mes de octubre, comienzo del imperceptible otoño sevillano, tan leve, sin que el gobierno local haya podido hasta ahora cumplir con las previsiones que él mismo hizo al elaborar las cuentas municipales del año fatídico que ahora entra en su recta final. El presupuesto municipal todavía en vigor tiene una trascendencia política superior a la de cualquier otro año. Dos elementos lo explican: fue el primero de Zoido como alcalde de Sevilla y se elaboró en un contexto económico adverso provocado por la suma de la crisis económica, el descenso de los ingresos municipales ordinarios y las consecuencias de los años de grandeur de Alfredo Sánchez Monteseirín. La célebre herencia.

Zoido tuvo que dirigir el Ayuntamiento durante los primeros compases de su mandato –seis meses– con las cuentas que aprobaron socialistas e IU, un factor que lógicamente jugaba en su contra, ya que el campo de acción del que disponía el alcalde tan sólo le permitía hacer modificaciones parciales de las cuentas en un momento en el que la recaudación ya no iba bien, al estar vinculada a la marcha de la actividad económica global y a unas ordenanzas fiscales que también procedían de su antecesor.

Un cambio con herencia. El arranque del mandato no fue, en términos económicos, nada sencillo. Quizás por eso las decisiones más importantes que tomó el gobierno local consistieron en una contradicción:desmontar los símbolos del pasado municipal más reciente (Plan Centro) para vender la idea de cambio sin dejar en paralelo de usar un argumento –la nefasta herencia– que precisamente remitía al pretérito en lugar de al presente. Y  que daba pocas pistas, y no precisamente optimistas, del futuro.

El viento, sin embargo, soplaba a favor. La ola de popularidad del regidor era enorme –los famosos 20 ediles, las advocaciones en la procesión del Corpus– y parecía harto difícil que nadie reparase, y mucho menos llamase la atención, sobre estas incoherencias argumentales, demasiado finas para ser percibidas por los ciudadanos, que estaban encantados unos, y esperanzados otros, con la idea del deseado relevo municipal. Los tiempos nuevos sólo se construyen con ciertas dosis de olvido sobre los malos momentos pasados, aunque en este caso desde primera hora el gobierno municipal siguiera explotando a su favor la ventaja que suponía contar con información delicada y el vicio de enfocar los faros, en cuanto alguien osaba hacer una mínima crítica, hacia el mandato anterior.

Todo esto empezó a cambiar a medida que los meses se sucedieron. El PP intentó, con éxito relativo, transmitir a los ciudadanos durante esta primera fase que su gestión estaría guiada por la austeridad, la profesionalidad y la eficacia. El saldo es muy discutible, si bien es cierto que en apenas un año su imagen, siendo ya peor que al arranque del mandato, está todavía muy lejos del deterioro que sufrió Monteseirín al final de su última Alcaldía. No es casual. En Plaza Nueva se sabía que las dificultades comenzarían cuando se pusieran a hacer números. No sólo para ver cómo estaban las arcas municipales, sino para con la realidad heredada –impagos, dinero escaso, promesas laborales sin presupuestar– poder marcar por primera vez sus propias prioridades en el documento político más importante: un presupuesto.

Luces cortas. Las opciones estaban fijadas desde el principio. El PP, pese a poder justificar su apuesta presupuestaria sobre la herencia recibida, sólo tenía dos caminos. O traducir directamente su programa de gobierno en el presupuesto o posponer determinadas medidas –las más impopulares, y las que según los expertos deben tomarse nada más llegar al poder– en el tiempo. Se optó por la segunda opción. Algo sorprendente si hablamos de un gobierno recién formado y con un apoyo electoral increíble. No era falta de ganas, sino consecuencia de un cálculo puramente electoral. Zoido sabía desde la oposición que si ganaba las elecciones el desgaste sería inmediato en caso de empezar a aplicar un plan de saneamiento y ajuste en el Ayuntamiento que inevitablemente pasa por reducir las plantillas en las empresas municipales, replantear convenios, ajustar los gastos a los ingresos –entonces ya en retroceso– y hasta abrir la puerta a privatizaciones de empresas públicas. Todo esto iba en contra del discurso de la campaña electoral, cuando no había ciudadano que se acercara al candidato del PP sin irse con una promesa bajo el brazo que no fuera a ser cumplida.

El desgaste de la figura política del alcalde era en todo caso asumible. Estaba en la cumbre. El PP confiaba en que fuera leve (lógico después del milagro de los veinte concejales) y podía responsabilizar de las medidas impopulares a la herencia, más que a la voluntad del nuevo gobierno. El problema no era estrictamente de índole municipal, sino autonómica. Apenas unos meses después los comicios regionales, en los que el PP era el claro favorito según las encuestas, debían cerrar el giro maestro:la victoria completa en todos los ámbitos de poder (municipal, regional y estatal) en España. Especialmente importante era la batalla de San Telmo: si Javier Arenas llegaba a la presidencia de la Junta el éxito, apoyo y sustento a las políticas municipales de su hipotético Gobierno regional estaba garantizado. Entonces se pondría en marcha el plan previsto:modificación por partes, pero integral, del Plan General de Sevilla; y cambios legales en consonancia con el programa de ajustes presupuestarios y asistenciales que se estudió en la oposición. Todo ello con un factor ambiental favorable. No habría más poder institucional que el del Partido Popular.

Con esa lógica Zoido hizo su primer presupuesto, consagrado, mayormente, al protocolo amable, su gran aportación política, junto a la promoción de eventos deportivos, en su año largo de mandato. La reducción del gasto (en realidad se ha desviado por otras vías) se programó en distintas etapas y se pospusieron hasta final de año decisiones críticas, como la renegociación de los convenios en las empresas públicas. No bastaba. Tuvieron también que fabricar un plan de inversiones irreal para vestir el muñeco porque el PP no podía dar a la oposición la munición que suponía la evidencia de un primer presupuesto sin inversiones reales. El discurso de que la ciudad se había parado de pronto sería imbatible. Ni siquiera el famoso argumento de la deuda heredada impediría que en plena guerra por conquistar San Telmo que el PSOE no aprovechase tal error.

El resultado fueron unas cuentas municipales –las que ahora entran en su tramo final– que son pura ficción, al estar supeditado su capítulo más importante a unas operaciones patrimoniales (la venta de la Gavidia, del edificio municipal de la calle Pajaritos y la subasta del mobiliario del hotel Alfonso XIII) que se sabían inviables. Zoido subastó la antigua grandeur del principal hotel de la Exposición del 29, pero se quedó sin los ingresos de los edificios municipales porque chocó con la legislación urbanística, su mayor talón de Aquiles. La recurrente confrontación con la Junta le permitió disimular el planteamiento de partida, pero casi un año después de la batalla urbanística ni ha vendido estos edificios ni ha ingresado el dinero que necesitaba para pagar las inversiones que prometió. Eran casi 20 millones de euros. Tras la estéril victoria electoral de Arenas, que alejó definitivamente a la Junta del PP, las cábalas municipales sólo han empeorado. Ni dinero, ni inversiones, ni sintonía con la administración regional. Ahora se aproxima el segundo presupuesto. Las cuentas de los inminentes recortes.

El tiempo, ese enemigo

Carlos Mármol | 30 de septiembre de 2012 a las 6:15

El mandato municipal de Zoido corre rumbo a su ecuador y augura una maquiavélica encrucijada: cada vez queda menos tiempo para un gran proyecto y menos para posponer el calendario del futuro ajuste municipal.

Tempus fugit, decían los clásicos. Las horas se esfuman aunque nos parezcan eternas. La vida corre. Todo muta. Buena parte de la cultura occidental está basada en las variantes sobre el concepto del tiempo. Dicen que es uno de los elementos que nos diferencian a occidentales y orientales. En la Europa del Norte el calvinismo lo convirtió en un lingote. Las horas son de oro, se dice. En el vértice meridional del Viejo Continente, en cambio, el grito de guerra es de estirpe latina: carpe diem. Aprovecha el momento porque, como nos dijera Quevedo, el tiempo es el único caminante que no se vuelve tras sus pasos. Ni tropieza ni mira hacia atrás. Los que miramos en dirección a los días vacíos del pretérito sólo somos nosotros.

La literatura clásica está llena de apelaciones a la eternidad efímera –un tiempo que se sueña detenido pero que se diluye– y maldiciones contra los relojes, los artefactos que con arena, mecánica o la propia luz del sol usamos para dibujar un relato, el de nuestra propia existencia, cuyo desarrollo siempre se nos escapa. En política ocurre lo mismo. Las horas cuentan. Los años pesan.

El principal activo de un gobernante no es el dinero ni las ideas, sino el tiempo. Antes de llegar al poder, cuando se está en la oposición, la batalla se plantea en términos de conquista electoral: el plazo de un mandato o una legislatura viene a ser el único método de medición. Cosa que no siempre beneficia a los administrados, a los que muchos políticos sólo valoran en función de la decisión que toman cada cuatro años: ir (o no) a votarles. Después, cuando se ha alcanzado la cima, que no siempre está tan lejos de la sima, el calendario, otra medida de tiempo, se impone: la planificación es la primera decisión estratégica que toma un gobernante instalado en el sillón del poder. Nada más coger el bastón de mando en un Ayuntamiento, lo inteligente es mirar la caja y, a continuación, medir los tiempos. Planificar.

Reinar o gobernar. No se trata de ningún capricho, sino de una evidencia: en política lo mejor suele ser enemigo de lo bueno, sobre todo si para alcanzar lo primero se carece de la habilidad necesaria para lograr lo segundo. Ocurre mucho más en el ámbito municipal, donde el tiempo útil de cualquier alcalde está devorado por las obligaciones protocolarias y sociales, dejando escaso margen temporal a las que quizás sean las tareas políticas más trascendentes: pensar, calibrar, dirigir, decidir. Sin ellas se puede reinar, pero no gobernar. Quizás por eso la obsesión de los políticos que conocen la vida municipal sea trabajar con un calendario global del mandato. Porque las iniciativas que no se culminan se convierten en frustraciones y aquello que no se empieza en su debido momento puede volverse pesado como la cadena de un reo. Será visto como una muestra de incapacidad.

Que los mandatos municipales se limiten a cuatro años es garantía de que un mal gobierno no será eterno, aunque a veces priva a las ciudades de un futuro estable. Los ciclos políticos integrales generalmente requieren un mínimo de ocho años. Los motivos son dos: una ciudad no se transforma en un año y buena parte de las energías de los gobernantes se pierden en poner a caminar –hacia la dirección correcta– la maquinaria municipal, que es un organismo con males de origen decimonónimo y demasiadas costumbres ajenas a los tiempos.

No es pues ninguna locura lo que dice el viejo consejo de un regidor sevillano: “el primer año piensas y, si puedes, inicias los proyectos; el segundo los impulsas y los supervisas. El tercero, los compruebas. Y el cuarto año los cuentas. Si fallas en cualquiera de estas fases sencillamente estás muerto. Llegarás a la reelección con problemas”.

Hay quien cree que a Zoido ya le está ocurriendo justamente esto. Acaso por eso Soledad Becerril, la única alcaldesa que ha tenido el PP en Sevilla, le aconsejó al llegar a la Alcaldía que hiciera pocas cosas, pero bien. Sabía de sobra por experiencia propia que el calendario es el primer enemigo de un alcalde. La guillotina constante. Después vienen las tareas de representación institucional, muy útiles para el contacto electoral permanente con ciertos sectores sociales pero, por contra, estériles para sacar adelante los proyectos, sean éstos grandes –estratégicos– o pequeños.

Posiblemente sea una extraña broma del destino, pero en el caso de Zoido no hay metáfora más acertada para representar esta encrucijada que la que él mismo utilizó, sin reparar en su vigencia, durante su última fase en la oposición. Decía entonces, cuando era un candidato con muchas opciones, pero no todavía el alcalde con mayor respaldo electoral de la historia en Sevilla, que quería que la ciudad funcionase como un reloj (suizo). Una acertadísima expresión: denotaba algo de europeísmo, eficacia y puntualidad. Todo lo contrario a lo que históricamente ha sido la gestión de los sucesivos gobiernos municipales sevillanos, con independencia de su diferente signo político.

Pues sí: todo se resume en un reloj. Hasta los socialistas, una vez asumido su batacazo tras las elecciones, planificaron su primera etapa de oposición al PP sobre un sencillo eje de coordenadas: la primera fueron las promesas electorales múltiples de Zoido; la segunda, el tiempo. Hasta hicieron una web para medir los incumplimientos del gobierno municipal, lo que no deja de ser en cierto sentido un reconocimiento: no buscan todavía ilusionar los electores, sino decepcionar a los contrarios. Bautizaron el invento como El cronómetro, robándole el nombre a la célebre relojería de la calle Sierpes.

Su lectura, lógicamente, es interesada. Pero incluso si no se comparte su enfoque parece obvio tras más de un año y medio al frente del Ayuntamiento que el principal enemigo del PP no es Espadas –el portavoz socialista– ni el líder de IU, Antonio Rodrigo Torrijos, al que el equipo de Zoido castigó civilmente para llegar al poder tanto como ahora lo ignora, sino la figura del propio alcalde en relación al paso de los meses. Su famoso reloj. El tiempo va a ser el factor que inclinará en un sentido o en otro la valoración de este mandato municipal. Un recurso efímero, escurridizo y que dificulta la estrategia política porque, al contrario que otros elementos, las impresiones que fija el mero discurrir del calendario no pueden negarse, matizarse ni disfrazarse.

En la Plaza Nueva todo lo justifican por la mala herencia recibida. Un argumento que cada día está más amortizado. No por capricho: es el mero paso del tiempo quien lo desgasta. Muchos ciudadanos, entre ellos votantes del actual alcalde, han visto en este periodo cómo las promesas se han ido quedando en gestos y la buenas intenciones en reprobaciones hacia otros que ya no están. El ejecutivo local ha perdido mucho tiempo (que era su mayor activo) haciendo de oposición de la oposición, sin comprender que su problema no está en el pasado, sino en el futuro.

A medida que las elecciones quedan más lejos en la distancia se acorta el tiempo de gracia y se aproxima el momento del gran ajuste municipal, que viene obligado por la nueva ley municipal y la situación económica del Consistorio. El plan de adelgazamiento, que costará votos, sacrificios y disgustos, tiene fecha. Un calendario de hierro. El tiempo, que fue el gran aliado del PP en la oposición al contribuir al desgaste completo de Monteseirín, empieza a jugar ahora en su contra. Tanto por los meses  transcurridos sin fruto como por los dos años de previsibles quebrantos que restan de mandato. La maldita encrucijada del reloj.

Eurovegas: una lectura sevillana

Carlos Mármol | 23 de septiembre de 2012 a las 6:15

La guerra entre Madrid y Barcelona por cazar la versión europea de la ciudad de los casinos ilustra sobre la mentalidad que los políticos tienen de sus propias urbes: parques temáticos dedicados al negocio, no a la vida.

El paisaje urbano de Las Vegas tiene un perfil artificial. Onírico. La herencia de tantos sueños rotos. El aeropuerto no queda demasiado lejos del Strip –el escaparate del gran supermercado– y uno podría desplazarse andando. De todas formas, no es aconsejable: en las megaurbes norteamericanas cualquiera que se mueva con los pies es visto como un delincuente potencial. Un ser extravagante. Allí no se pasea, se deambula. Es inquietante. Incluso sospechoso. Lo corriente es coger un taxi e instalarse en el hotel. Da igual por cuál se opte: todos son lo mismo. Al llegar no te piden el pasaporte, sino la tarjeta de crédito. De entrada, sin respirar, ya te hacen un cargo de 400 euros netos semanales. “Es para su comodidad”, explican los recepcionistas. “Así usted puede moverse por la ciudad, jugar, comer, beber, comprar y hacer todo lo que se le antoje sin dinero. Basta decir en qué hotel y habitación se aloja. Si al final no lo gasta todo, por supuesto, se lo reintegramos”.

Una metáfora del mundo. Los casinos no están dentro de los hoteles. Son la propia ciudad, que es una ruleta difusa. En el aeródromo te reciben las tragaperras en las plataformas de recogida de equipaje. Ni siquiera tienes que moverte de allí. Todo lo que ves mientras estás en Las Vegas son reclamos con idéntico mensaje: gasta y serás feliz mientras tu tarjeta de crédito no salga ardiendo. Algunos creen que un lugar así puede ser el paraíso. Otros piensan que sólo es una ciudad pecadora, una sin city surgida de la nada gracias a la especulación y la avaricia; en contra de la lógica. En realidad, no estás dentro de una ciudad, sino en un escaparate. Un enorme parque temático que promete emociones infantiles. Las más populares. Las que dejan más beneficios.

En Europa, donde la cultura urbana ha ido construyéndose a lo largo del tiempo hasta cristalizar en un patrimonio extenso, secular, heterogéneo, todavía nos cuesta trabajo entender que la diversión, incluso cuando has logrado llegar a la jubilación, consista en llevar en el bolsillo un llavero de Visa para jugar a la ruleta. O que entre las mesas de juego siempre aparezca en el sitio justo un cajero automático por si te quedas sin cash. Pero así es el negocio de la ilusión. Exige flexibilidad –laboral, legal, medioambiental–, escasos principios y muchas sonrisas, pero sólo mientras haya crédito. Después, cesan. No existe mejor metáfora del mundo actual, concebido como un enorme mercado de luces de neón, rosas y azules, abierto aparentemente a todos pero cerrado a quien no disponga de posibles, que este remoto lugar de Nevada donde todo es tan falso como superlativo. Donde un día el azar tiene forma femenina y se pinta los labios y la jornada siguiente puedes ser un perfecto pordiosero. Fiel a su mito, Las Vegas es capaz de disfrazar la terrible verdad: nunca dejamos de ser mendigos, incluso aunque gastemos corbata.

Madrid y Barcelona se han llevado los últimos meses pugnando por atraer a su territorio la versión europea de esta urbe utópica cuyo mensaje esencial es que todos los deseos pueden comprarse con dinero. ¿Acaso no es cierto? La crítica situación económica y las expectativas de los gobiernos de las dos grandes urbes españolas coincidieron así en un mismo planteamiento. Terrible unanimidad: Eurovegas, la quintaesencia de los espejismos del pasado siglo, todavía es para ellos una aspiración deseable. Madrid ha terminado llevándose el regalo envenenado y ahora inicia una carrera sonámbula para poner patas arriba todo el marco legal existente con el fin de satisfacer los caprichos de un millonario –Sheldon Adelson– que mira a España como a Singapur o la tórrida Macao. Nosotros nos creíamos distintos. Un país avanzado. Está claro que para este tipo de inversores no lo somos. A juzgar por la actitud de los políticos, que celebran semejante iniciativa como una buena noticia, hemos retrocedido de golpe varias décadas en el tiempo hasta convertirnos en una réplica de la mayor de las Antillas. Formalmente somos un país democrático, pero nuestro destino se confía a la suerte y a los intereses ajenos. Curioso.

Desde Sevilla este panorama se ve con cierta ambivalencia. Algunos suspiran por no haber entrado en la puja de Eurovegas –hace unos días casi lo insinuaba el propio alcalde– y otros dan gracias a Dios por ser periferia, cosa que igual que nos condena a tantas otras cosas al menos en este punto nos salva de este tipo de proyectos y de la rendición social. De la intelectual, mejor ni hablamos.

Sevilla no puede aspirar a tener un Eurovegas. No tenemos ni el tamaño ni la escala necesaria. Pero muchas de las actitudes que van a posibilitar su instalación en Madrid llevamos oyéndolas aquí desde hace más de un año con insistencia. Parten del seno del Ayuntamiento, obsesionado, ante la falta de resultados tras año y medio de gobierno efectivo, con lograr algún tipo de campanazo que disfrace la magra cosecha de la era Zoido.

Hasta ahora se han refugiado, a falta de mejor sustento, en la propaganda turística y deportiva. La llegada de un crucero ha pasado a ser un acontecimiento planetario. Una final –deficitaria económicamente– de un evento deportivo se trata como si fuera un hito cósmico. La reorganización de los servicios municipales para atender las necesidades del nuevo Fibes se vende como un plan estratégico. Como lo de Ikea no sale, ni va a salir, es natural que en la Plaza Nueva haya quien suspire por encontrar su propio Eurovegas.

Es lógico: para ellos todo se reducía a poner la alfombra roja con el pretexto del empleo. Justo lo que ha pedido Sheldon a Madrid, una alfombra roja: leyes a medida, amnistías fiscales y laborales. Mucha manga ancha. Acaso, derecho de pernada. Quien paga manda. La democracia también puede ser un casino. A la vista de los acontecimientos habría que preguntarse para qué eligieron en Madrid y en Barcelona a sus respectivos alcaldes, si éstos confían el futuro posible de ambas ciudades al dueño de Las Vegas Sands Corporation y al empresario inmobiliario de la antigua Astroc. Ninguno necesita tener concejales.

El ‘síndrome Coney Island’. Si en Sevilla no estamos ya igual que en Madrid es por falta de ofertas, no de ganas. Los gobernantes, cada uno en su ámbito, abrazan con devoción estos negocios para ocultar su propia incapacidad. Lo grave es lo que subyace tras su elección: la concepción de sus propias ciudades sólo como parques temáticos, dedicadas a cualquier actividad que sea aparentemente lucrativa a corto plazo –Las Vegas es un gigantesco negocio inmobiliario y publicitario con la excusa del juego; dos de los males que explican la delicada situación financiera española– y alejadas de las necesidades de la vida corriente, que cada día es más difícil, incómoda, terrible.

Por supuesto, todos nos venden estas inversiones como un valor seguro. Igual decían de las preferentes. Milagros que nos permitirán trabajar a todos y, como se decía antes, sacarnos del arroyo. Pero nadie se pregunta si es lo que queremos los ciudadanos. Sólo lo suponen. Casi todas estas utopías urbanas terminan convertidas en irremediables infiernos. Pasó con las urbes ideales de los grandes arquitectos –la Brasilia de Lucio Costa, la Chandigarh de Le Corbusier–, frutos imperfectos de un idealismo que se oponía al sentido común. Es la semilla del síndrome de Coney Island, el deux est machina que explica esta obsesión de convertir en un parque de recreo la herencia urbana europea.

Koolhaas lo explica en su Delirious New York, el manifiesto dedicado a la congestión urbana. El gran supermercado comienza en la periferia pero termina contagiando a la ciudad histórica hasta convertirla en irreconocible. El monstruo se oculta tras cifras mareantes y rascacielos. Las mejores ciudades, sin embargo, no son las más fotogénicas. Ni la arquitectura creativa necesita inversores millonarios, sino puro sentido común. Criterio. Algo bastante escaso.

La obsesión centrípeta

Carlos Mármol | 16 de septiembre de 2012 a las 6:15

La inauguración de Fibes no sólo ha contribuido a la rauda conversión del gobierno local en favor de un proyecto que criticaba hasta hace sólo unos días, sino que demuestra que la tendencia centrípeta es una patología sevillana.

Digámoslo de frente. Por derecho. En Sevilla, según ciertas costumbres que también podríamos llamar vicios, parece que no existiera vida inteligente extramuros. Y sin embargo, como diría Galileo, existe. A Dios gracias. Lo cual no deja de ser un extraordinario consuelo si se tiene en cuenta lo que se oye a determinados personajes políticos. Por otra parte, también es una enorme lástima si la cuestión se contempla desde otro punto de vista: una buena parte de los problemas urbanos y sociales que lastran a esta ciudad obedecen a un mal –la obsesión centrípeta– que sin darnos cuenta nos limita el mundo visible, y hasta el intuido; nos ayuda a repetirnos sin mesura y nos hace bastante más aldeanos de lo que pensamos ser, que ya es bastante. Casi demasiado.

Bien es cierto que esta patología, intensamente sevillana, no sólo está avivada por el peso de la tradición y la historia. También viste ropajes de dolencia estrictamente voluntaria. Es una enfermedad deseada, incluso. Una especie de ceguera u obstinación que nos lleva a encerrarnos en un círculo que no existe desde hace más de un siglo. Cada cual es libre de elegir las fronteras que quiera para regir su existencia. Pero lo que está demostrado es que cuanto más escueto es el tablero en el que se sucede la vida diaria las opciones personales se acortan, la mente se atrofia y la existencia social se convierte en un teatro –siempre lo es, pero las calidades dramáticas varían– imposible y repetitivo. Descorazonador.

Fibes, un ejemplo. El Ayuntamiento de Sevilla decidió esta semana tomar posesión física del nuevo Palacio de Exposiciones y Congresos (Fibes). Un edificio deslumbrante diseñado por Guillermo Vázquez Consuegra, probablemente el arquitecto sevillano más importante de los últimos años. La discusión, una vez más, se ha centrado en su coste: algo más de 100 millones de euros. Una cifra notable, sin duda, pero que debería ponerse en comparación con otros proyectos de similar naturaleza y, sobre todo, contrastarse con la capacidad que tendrá para devolver a la ciudad –se ha pagado con dinero público– semejante inversión.

La discusión sobre su precio definitivo, siendo lícita y sana, está viciada, como casi siempre, por factores políticos ajenos al propio proyecto. Partiendo de la misma cifra que el responsable de Emvisesa, el gerente nombrado por el PP, puso encima de la mesa en la presentación oficial, con el alcalde presente. El acta oficial se ha firmado por 90 millones de euros, bastante menos de los 120 millones que, extrañamente, insiste todavía en vender el Consistorio.

Fibes ha sido un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas. La responsabilidad sólo es achacable al anterior equipo municipal, que lo contrató a un precio irreal –casi se podría hablar de una baja temeraria, un factor que debería haber hecho que se replantease la adjudicación– y después se prestó a las modificaciones requeridas por las empresas constructoras. Tal estrategia ni iba en beneficio del proyecto final –el estudio de Vázquez Consuegra advirtió desde el principio que el edificio no costaría 60 millones, cosa obvia si se compara con el coste de otros palacios de congresos inferiores en tamaño, como el de Vigo– ni de la salud de las arcas públicas. El segundo error consistió en segregar en tres partes el proceso de construcción del edificio: por un lado la arquitectura, por otro la ingeniería; en último extremo, la ejecución material. La coyuntura estaba abonada para los conflictos. Todo esto hizo de Fibes una obra demencial. Por eso se podría considerar casi un milagro el resultado final: un edificio soberbio, a la altura de una urbe europea.

Pese a esta evidencia, el gobierno municipal ha tardado mucho en admitir los hechos. Sólo ha cambiado de posición (oficial) a medida que ha ido atisbando la extraordinaria repercusión política que tendría su inauguración. No es faltar a la verdad decir que durante su etapa en la oposición el PP no evaluó la construcción del nuevo Fibes más que como un monumento al “despilfarro”. Ésta ha sido su tesis hasta hace apenas unas semanas, cuando intentó sacar algo de rédito al hecho –indiscutible– de que este equipamiento público es una de las escasas obras en las que Sevilla puede poner ciertas esperanzas para impulsar uno de sus sectores económicos: el turismo.

El tránsito se resume en una foto: Zoido visitando el egregio edificio junto al arquitecto, después de que su equipo presumiera por la celebración del reciente congreso de bioquímica –también una herencia ajena, aunque de naturaleza privada– y anunciase un plan estratégico para comercializar el nuevo palacio. El Ayuntamiento, sin embargo, no ha explicado todavía los motivos –que no son técnicos– por los cuales decidió ubicar este importante cónclave científico en el antiguo recinto congresual. Una decisión con la que la ciudad ha perdido dinero. Tampoco ha aclarado las razones de su cambio de posición política: de la oposición frontal a la asunción plena del proyecto. Un giro muy llamativo que de todas formas es de agradecer. Bienvenidos al sentido común. Cualquier otra cosa distinta hubiera ido en perjuicio de la ciudad, además de ofender la inteligencia de los ciudadanos. Ninguno de ambos factores además le hubieran beneficiado.

Fibes es ya una realidad rotunda. Y hay que felicitarse por ello: es la gran oportunidad de Sevilla para hacer algo por sí misma a pesar del signo (negro) de los tiempos que corren. Hay quien estos días ha comparado el coste del palacio de congresos con el Parasol. Me parece un ejercicio pertinente. Sobre todo si se aborda al calor de la creencia de Alejandro de la Sota sobre la arquitectura, en el sentido de si ésta es o no “necesaria”. ¿Era Fibes necesario? Desde hace más de una década nos faltaba un equipamiento adecuado a las necesidades del mercado de convenciones. ¿Lo era el Parasol? Para tratarse de un mercado de abastos –todavía– es evidente que no. Fibes, si el Ayuntamiento lo gestiona bien, devolverá la inversión. En el caso del Parasol este supuesto se antoja imposible.

Hacer ciudad. Dicho esto, la inauguración de Palacio de Congresos tiene otra lectura casi tan importante como la económica: su propia ubicación. Es gracioso: el Ayuntamiento, al vender su plan de servicios para Fibes, habla –literalmente– de “acercar el edificio a la ciudad”. ¿Sevilla Este no es Sevilla? De ahí parte el vicio de la obsesión centrípeta de la ciudad oficial. Un mal que explica que todavía se hable del centro y los barrios, como los nacionalistas catalanes hablan de su región y de España. Como si no fueran lo mismo. Claro que de esta pandemia ni siquiera se libraron los socialistas, que prometieron trabajar por los barrios pero concentraban sus proyectos en el centro.

El gran mérito del nuevo Fibes, cuya ubicación deviene de una decisión anterior incluso a Monteseirín, es que construye ciudad donde –para algunos– no existe. Amplía el límite mental del sevillano tradicional. Obliga a la Sevilla política a mirar a la ciudad de forma integral. ¿Qué hubiera ocurrido si los grandes proyectos del anterior mandato municipal se hubieran repartido por lo que llaman la periferia? Probablemente hubiéramos, siguiendo el símil de Vázquez Consegra, “monumentalizado” una Sevilla que existe pero que todavía no se atiende suficientemente en los foros municipales más allá de los intereses electorales. Fibes no sólo será un motor económico y es un edificio de notable calidad arquitectónica. Es un ejemplo cierto de que se puede construir una Sevilla digna, moderna e inteligente fuera de viejo círculo mental de la ronda histórica. El sueño de la ciudad integral.

Bagatelas de otoño

Carlos Mármol | 15 de septiembre de 2012 a las 6:15

Bueno, pues ya tenemos culebrón político para este otoño. La paralización del Metro, que más o menos se daba por descontada en los mentideros, vino ayer a tomar cuerpo –como en la misa– cuando el alcalde, al igual que Artur Mas tras la Diada, cogió la bandera hispalense, almagra pasional, y proclamó que no consentirá más “agravios” de la Junta contra Sevilla. Aunque uno, como Baroja, no lo llamaría precisamente agravio, sino una pura bagatela política. Entretenida para algunos, pero estéril.

Que el regidor del PP defienda el proyecto entra dentro del guión. Es natural. Razonable. Lo que ya no resulta tan comprensible es que haga una cruzada interesada de una desgracia común y extendida –la paralización de los contratos de obra pública– en la que el PP, que es quien administra el tijeretazo general, tiene bastante que decir, sin entrar a recordar que la línea 1, que ahora la Alcaldía pone como el ejemplo a seguir, la pagó la Junta, unos ayuntamientos de signo socialista y el Gobierno central, entonces del PSOE.

El PP nunca soltó un duro para el proyecto. Es así. La apelación a la gran batalla, pues, habría que ponerla, dados estos precedentes, entre comillas. Parece que el mensaje que quiere lanzar Zoido es: en Andalucía no se invierte porque los rojos no dan confianza. Bueno está. Para la cuestión que nos ocupa, en realidad, la retórica decimonónica sólo sirve para hacer barquitos de papel. Rojas Marcos y Becerril –en su difícil cohabitación municipal– reclamaron todas las semanas durante casi una década a la Junta que hiciera el Metro. Apelaban a la dignidad y al orgullo hispalense.

La cosa permitió manchar muchas páginas de periódico pero el proyecto no resucitó hasta que el PSOE vio que si quería retener la Alcaldía para Monteseirín había que pasar por el arco alejandrino. “O Metro o la Alcaldía será para la marquesa”. Hubo Metro.

La solución que ahora necesitamos no es política. Ni técnica. Sabemos cómo debe ser la red integral de Metro. Lo que no tenemos es una solución financiera. Y lo que se espera de los gobernantes es que lo arreglen, no que lo empeoren. Así que haya paz y talento. Por favor.