Tempus fugit: Sevilla 2009

Carlos Mármol4 de enero de 2009 a las 4:34 pm

Sevilla inicia el nuevo año 2009 en la peor situación económica potencial desde 1993, cuando la última gran crisis reveló las debilidades del tejido productivo local. El paro subirá y las empresas lo pasarán bastante mal.

El año nuevo no trae buenas noticias. Ni siquiera permite hacer el ejercicio, con frecuencia estéril, pero humano al fin y al cabo, de soñar, siquiera por un momento, con una vida tranquila. El sentido del progreso, esa ficción mental compartida que consiste en creer que el mundo moderno siempre va a ir a mejor, es la primera víctima de casi todas las crisis económicas, que suelen ser el germen de otras dolencias sociales: crisis de pensamiento, filosóficas, psicológicas. Incluso generan cataclismos espirituales. Hasta guerras han llegado a provocar a la largo de la historia reciente las depresiones económicas, ese momento extraño en que parece que el tiempo se queda quieto de repente y el suelo sobre el que a diario pisamos se hunde.

Son tiempos raros. De arena. Una suerte de inmenso paréntesis en el acontecer de muchos (aquellos que pierden el empleo; o a los que se les hunde la empresa por la que luchaban) pero en el que, paradójicamente, no dejan de pasar cosas, aunque todas en el mismo sentido. A peor. Los analistas repiten desde hace meses que el factor clave para explicar lo que ocurre en el mundo es el concepto de confianza. El pilar de todo el sistema. Uno, disidente por carácter, lo ve de forma distinta: más que de confianza, habría que hablar de resignación. El mundo no avanza porque padezcamos la enfermedad del optimismo, sino por lo contrario. Estamos tan desesperados, somos tan frágiles antes las tormentas de la vida (la ruina, la muerte), que nos limitamos a remar en nuestra propia barca a falta de cosa mejor que hacer. A veces tenemos suerte y llegamos a puerto. Triunfamos. Otras nos hundimos gritando.

En Sevilla 2009 las cosas no pintan nada bien. Pese al espejismo de estos días de rebajas adelantadas (hasta de esto se quejan algunos comerciantes; decididamente éste es un gremio lleno de optimismo y confianza), con las calles inundadas de gente, bolsas por doquier y colas hasta en los estancos (fumar mata, pero una de las opciones de la libertad condicional en la que vivimos acaso sea elegir nuestra propia defunción), todos los indicadores económicos dibujan un panorama complicado para el año recién estrenado, víspera en el calendario del comienzo de la segunda década del siglo XXI. Un momento en la historia. El nuestro. Sencillamente porque no tenemos otro.

Uno no elige el tiempo que le toca vivir. Ni tampoco dónde. Tampoco, en los primeros años, a aquellos con quiénes va a cohabitar. Con el tiempo se tiende a pensar que la capacidad de elección personal crece justamente por ese sentido del progreso que muchos dicen compartir. No siempre pasa. Con frecuencia ocurre justo lo contrario: la suma de renuncias, desencantos y aceptaciones, a veces casi hasta la humillación, que implica la existencia reducen la libertad aún más. Hasta mínimos vitales. Todo contribuye, en teoría, a que la gente pueda elegir cómo debe vivir, pero es ilusión fútil: no hay elección posible si no existen alternativas o si éstas, objetivamente, son peores a los maderos que flotan en mitad de la tempestad. A los que estamos agarrados. Toda crisis es como una tormenta. Uno siempre se moja.

El mes de enero ha empezado en Sevilla, curiosamente, con lluvia. Los pantanos apenas sí lo han notado. Quizás porque el aguacero no es tanto hídrico, sino económico. Y se repite, al igual que ocurrió en 1993, cuando el repentino cambio de ciclo nos sumió en una caída económica, corta pero profunda, y el tejido productivo de la ciudad, de esa Gran Sevilla sobre la que Cervantes escribió un magnífico soneto con estrambote, incurrió en lo que pudiéramos llamar el síndrome del replicante. A saber: repetir la tendencia del devenir económico nacional pero con mayor énfasis. Por algo somos superlativos: cuando las cosas van bien, pregonamos que estamos mejor que los demás. Cuando nos van mal, nos suelen ir peor. Tardamos más en levantar la cabeza.

“Todo está parado”

Siendo esto así, como parece (y las cosas empiezan siendo justo lo que parecen), la parálisis en la que estamos sumidos desde hace meses, y que proseguirá durante 2009, no induce a la esperanza. La creación de empresas ha caído un 30%. El paro subió un 40% desde 2007. Pasamos ya del 15%. Vamos camino del 20% de desempleo. Las regulaciones de plantilla anuncian un horizonte sombrío. Los bancos han cortado el grifo. La gente ha dejado de consumir. “Están quietos”, dicen los expertos. “No se mueve nada”, lloran los comerciales. El tiempo, que tanto progreso prometía, parece haberse detenido. Aunque, sin embargo, en ningún momento dejan de suceder cosas: la morosidad sube, las letras dejan de pagarse y todo el mundo espera. Ni los funcionarios están del todo a cubierto: las administraciones públicas, que se nutren esencialmente de los ciudadanos, pueden llegar a tener problemas de liquidez, en especial dado el abuso histórico que los partidos han hecho de ellas.

Los latinos solían decir que el tiempo vuela (tempus fugit). Las hojas del nuevo calendario anual caen, pero todo sigue igual. La Gran Sevilla (el soneto de Cervantes era una inteligente burla, aunque algunos todavía no se han enterado y siguen adoptando dicha expresión como sinónimo de grandeza; algo falso) vivirá durante el nuevo año en mitad de un agujero negro. Feliz 2009.

Realidades y percepciones

Carlos Mármol28 de diciembre de 2008 a las 2:44 pm

Los sevillanos llevan casi diez años quejándose en las encuestas y estudios de opinión de los mismos asuntos sin que la gestión municipal de PSOE e IU haya logrado reducir la percepción ciudadana de ninguno de ellos.

EN POLÍTICA casi siempre rige una extraña paradoja: a la hora de la verdad las cosas probablemente terminan siendo más como parecen ser, como son percibidas por los demás, que como realmente son de entrada. Al principio. Cualquier gobernante, por novato que sea en las tareas de mando, y por reducido que sea su poder, sabe que cuando la ciudadanía tiene una opinión más o menos asentada sobre algo, que sea ésta acertada o errada es lo de menos, lo primero que hay que hacer, antes incluso de cambiar las cosas, es intentar que dicha evaluación se modifique. Algo que acaso sea más trascendente en estos tiempos de política virtual, donde parece contar más el hecho de aparentar que se modifican o se atenúan los problemas que la capacidad real de solucionarlos.

Tal reflexión viene al caso de los datos presentados esta semana por el Centro Andaluz de Prospectiva en su tradicional barómetro sobre la ciudad. En líneas generales, dicho sondeo de opinión, al igual que otros muchos que se hacen de forma más o menos periódica, no arroja grandes sorpresas. Y ésta es, quizás, la gran noticia: pese a todos los intentos hechos desde las administraciones públicas, en especial desde el Ayuntamiento, por cambiar la percepción de la realidad (campañas de propaganda, discursos maniqueos, aparatosas puestas en escena) el juicio subjetivo de los sevillanos sobre la ciudad se mantiene en líneas generales inalterable. No cambia en demasía.

De donde se deducen dos posibilidades: o bien la omnipresente publicidad institucional del gobierno local (PSOE e IU) no sirve de mucho o, quizás, aunque esto obviamente debe ser la opinión de gente mal encarada y con maldad manifiesta, detrás del proyecto oficial de transformación de la ciudad no exista toda la solidez que se cree en la Plaza Nueva.

¿Cómo se explica en caso contrario que durante los últimos diez años los ciudadanos repitan como una letanía la misma lista de problemas sin que este síntoma haga reaccionar a los gobernantes? El barómetro señala de nuevo al tráfico, la seguridad ciudadana, la limpieza, la movida y la vivienda como los grandes pecados capitales de los gobernantes locales. El paro vuelve a ser contemplado como la principal desgracia de Sevilla, algo lógico en el contexto de crisis económica (el derrumbe en el que nos encontramos inmersos no era cuestión opinable, como dijo en su día Zapatero, sino una realidad que se intentó camuflar hasta que emergió la tramoya) en el que todo el mundo Occidental está atrapado.

La reiteración en la lista de los problemas de Sevilla destaca precisamente por ser, en líneas globales, la misma que se repite desde el inicio del siglo. Incluso desde antes. Y resulta más llamativa porque toca algunos de los asuntos en los que el ejecutivo que preside Monteseirín ha hecho más esfuerzos por modificar las cosas. O acaso por intentar cambiarlas. Una de dos: o los resultados ciertos no acompañan demasiado o la práctica totalidad de la ciudadanía es ciega a los grandes avances que, a tenor de la versión oficial de PSOE e IU, se han producido en estos años. Cada uno puede elegir la opción que prefiera a la hora de resolver dicha ecuación.

Asuntos pendientes

Porque el panorama bien podría decirse que es casi estático. Si el tráfico sigue siendo un conflicto a los ojos de los sevillanos será porque no se ha hecho todo lo necesario para solucionarlo o lo hecho (cambio de sentido en la ronda histórica, peatonalizaciones parciales en enclaves singulares de la ciudad) son reformas muy menores, por efectistas que a alguno les parezcan. Ya lo dejó dicho el aserto clásico: una golondrina rara vez hace verano.

Otro tanto pudiera decirse de asuntos como la inseguridad ciudadana (cuya amenaza seguirá a buen seguro creciendo debido a la oleada de atracos en supermercados y otros episodios en los que la crisis se mezcla con la violencia) o la movida juvenil, donde la existencia de una ley autonómica no ha servido de mucho sencillamente porque quien reclamó esta norma (el gobierno local) ha decidido aplicarla de forma caprichosa en función de su propia conveniencia política. Una elección que, además, cuesta a las arcas públicas una cantidad considerable de dinero tras las sentencias que los ciudadanos están obteniendo en los tribunales por, entre otras cuestiones, el ruido.

Más extraña es la aparición de las viviendas protegidas en la lista de problemas de Sevilla. En especial porque, con independencia de la habitual propaganda, en este campo el gobierno local sí ha modificado, al menos, la antigua política de gestión del suelo municipal que predominó a lo largo de los años noventa en el Ayuntamiento, aunque los frutos de tal decisión no podrán evaluarse más que a muy largo plazo, dado lo dilatados que son los procedimientos urbanísticos y el cambio de ciclo inmobiliario.

¿Por qué los sevillanos opinan lo que opinan si tanto hace y ha hecho el gobierno local, como dicen sus voceros, por cambiar las cosas? Probablemente porque no se ha hecho en realidad todo lo que se pregona o lo acometido, pese a la satisfacción oficial, se ha abordado de forma fragmentaria y desordenada, exigiendo alabanzas inmediatas en lugar de tratar de mejorar lo iniciado con buen tino. Acaso la mejor fórmula para que, al cabo, nadie termine de percibir cambio alguno.

Solsticio de invierno en la Alameda

Carlos Mármol21 de diciembre de 2008 a las 12:52 pm

El gobierno municipal convierte la inauguración oficial de la gran plaza pública del centro de Sevilla en un acto de reivindicación propia frente a las críticas de los vecinos por el retraso en las obras y sus múltiples desperfectos.

FALTOS de cariño. Huérfanos de afecto. Acaso con cierto complejo de artistas incomprendidos. Así parecen sentirse los miembros del gobierno local, formado por PSOE e IU, que ayer se vieron en la necesidad –unos más que otros, claro está– de convertir la inauguración oficial de la Alameda de Hércules en una ceremonia de reivindicación propia frente a aquellos, a los que siempre citan sin concretar en demasía, que insisten en no aplaudir a manos llenas su gestión al frente de la ciudad. La situación recordaba vagamente a aquel verso del canto primero del Poema del Cid: “Esto (la desgracia) me han urdido míos enemigos malos”. O al Quijote, cuando el ilustre hidalgo insistía en ver malandrines y magos malignos por doquier. Obviamente, dicha comparación resulta algo injusta: ninguno de los concejales de PSOE e IU tienen el encanto de ambos personajes literarios.

Pero lo cierto es que el acto celebrado ayer en la principal plaza del centro de Sevilla fue una muestra de orfandad más que de fortaleza. Fruto más de la necesidad que del mínimo sentido de la oportunidad. Se notaba que, tras el socavón del Metro, algo había que inventar. O mejor dicho: reinventar lo ya inventado en busca del aplauso general y de una encuesta de autodefensa.

Uno siempre ha pensado que si una persona, incluso un gobernante, decide hacer determinadas cosas por convicción en lugar de por interés puntual raramente necesita los aplausos. Sobra y basta sencillamente con saber las razones por las que se actúa. Si se reciben felicitaciones, aunque a veces reconforten, en realidad éstas deben tenerse por irrelevantes cuando se tienen las cosas claras. Uno no deja de tener razón –o sigue sin tenerla– con independencia de los aplausos que reciba. Ya se sabe: esta tierra nuestra, y en especial Sevilla, está llena de palmeros.

Porque, en realidad, ¿qué es lo que ayer se inauguró oficialmente? ¿La Alameda? ¿Las fuentes? Nadie sabría decirlo, dada la continua puesta en abismo a la que ha jugado el gobierno local durante los últimos dos años, al simular inaugurar, pero sin llegar a inaugurar del todo, las distintas plazas del centro. Una táctica que peca de simpleza: la gente, al valorar una obra pública, suele reclamar presupuestos, plazos y calidad. Y en la mayor parte de los casos, a pesar de las buenas intenciones, que nadie les niega, no ha habido ninguna de las tres cosas.

En el caso de la Alameda de Hércules no existen demasiadas dudas. Mientras el alcalde y Torrijos resaltaban ayer en el escenario habilitado para la ocasión la importancia histórica del acto de inauguración de la plaza, una multitud de vecinos discutía sobre los resultados de la reforma. Y había de todo, como es lógico, aunque predominaba cierto sentimiento agridulce: “está mejor que antes, pero no está como debiera”. El lema oficial del proyecto diseñado por el arquitecto Elías Torres –La Alameda que te gusta– sencillamente no se cumplía a juicio de muchos de los presentes, en buena parte por cuestiones aparentemente menores, según el criterio del arquitecto, que el Ayuntamiento no ha querido solucionar a tiempo. Acaso lo haga dentro de meses.

Lo que más se echaba en falta fue una zona de juegos infantiles, dotación que el diseñador de la Alameda, aquel que prometió que el suelo del bulevar sería un tapiz verde, tildó de equipamiento reprobable. Habrá, como es lógico, opiniones para todos los gustos, pero lo cierto es que hasta ayer el Consistorio no se ha preocupado más que de llenar de veladores y estruendosos conciertos la plaza en vez de instalar los bancos públicos –ayer mismo sacaron algunos del almacén; colisionaban con las mesas de los bares– o habilitar zonas para niños.

Vista selectiva

La lectura municipal es demasiado unívoca. Discurre en dirección única:“la Alameda era antes un nido de prostitución y drogas. Un territorio lumpen donde la especulación expulsaba a los vecinos y nadie estaba seguro. Ahora está mejor”. Ante tal obviedad, que nadie niega, pero que tiene sus matices, al parecer hay que sacrificar la inteligencia y la vista. No deben mirarse las calles mal trazadas –algunas encharcadas con sólo cuatro gotas de lluvia–, los bolardos destrozados, las alcantarillas rotas o el pavimento grisáceo que no fue de color albero más que un par de días, y que el distrito ha tratado de limpiar durante meses con la misma arena que siempre hubo en el bulevar. Tampoco, al parecer, deben verse los problemas colaterales: el desvío del tráfico privado por las calles del entorno –más pequeñas, y con proyectos de reurbanización pendientes desde hace décadas– o la aplicación a capricho de la ley contra la botellona, un factor que explica muchos de los desperfectos de las obras después del año y medio de retraso que ayer se celebró por todo lo alto. Los vecinos son muy claros: “Faltan muchas cosas para que la Alameda esté bien”.

Admitir los fallos y recomponer lo quebrado fortalecería al gobierno local y dejaría a la oposición sin opción de crítica. Pero no hay manera: en Plaza Nueva creen que es imposible conseguir el éxito pleno y que, por tanto, debemos enjuiciar –y alabar– sus buenas intenciones más que sus actos. Creen que un fin noble justifica casi todos los métodos. Y no es eso. Pero claro, siempre es más fácil festejar el solsticio de invierno en la Alameda sin hacerse preguntas que admitir un error. No vaya a resultar ser cierto.

Oxígeno para Alfredo

Carlos Mármol14 de diciembre de 2008 a las 5:56 pm

Los fondos anticrisis del Estado y la Junta de Andalucía permitirán al gobierno local reactivar su programa de inversiones parala ciudad, cuya viabilidad era bastante cuestionable hace apenas unas pocas semanas.

NO ES que la situación sea exactamente como se cuenta en la fábula bíblica del maná milagroso, cuando Dios alimentó a los hebreos con una melaza de plantas en forma de escarcha, pero casi. Los 142 millones de euros que, en su conjunto, recibirá Sevilla en los próximos meses gracias a los programas extraordinarios anticrisis impulsados por el Gobierno central y la Junta de Andalucía supondrán un auténtico balón de oxígeno para un gobierno local (PSOE e IU) cuya capacidad de iniciativa estaba bastante mermada. Por no decir reducida al mínimo. En un caso, por los excesos –presupuestarios– hechos justo en los dos años previos a las últimas elecciones locales. En otros, en cambio, por el agotamiento derivado de llevar más de un lustro de gobierno conjunto. Una década, si se cuenta a partir de la llegada oficial de Monteseirín a la Alcaldía, aunque –entonces– gracias a los votos del PA.

En el año largo que dura la segunda fase de cohabitación entre socialistas e IU en Plaza Nueva, y pese a las promesas iniciales, plasmadas incluso en un documento conjunto de gobierno, su capacidad de gestión no ha sido precisamente notable. El ejecutivo que preside Monteseirín, bien avenido en lo aparente, ha centrado su agenda de prioridades en temas bastante tangenciales, se ha ocupado de conflictos de estricto consumo interno (orgánicos) o se ha dedicado únicamente a cuestiones aparentes, olvidando las sustanciales. Frente a las vísperas de los últimos comicios, cuando era evidente el alud de proyectos en marcha –otra cosa es su calidad de ejecución y su correcto remate técnico–, en esta nueva etapa los ediles que dirige el alcalde han perdido cierto sentido de la oportunidad y bastante empuje político. Algo que se aprecia no sólo en lo que se refiere a la gestión diaria del Consistorio, sino también a la hora de elucubrar sobre las grandes líneas de la política municipal venidera.

¿Fin de ciclo?

Todo apunta a una suerte de final de ciclo. O, en su defecto, a una especie de reproducción continua. Un repetirse no sólo retórico, sino político. Ontológico. El pregonado modelo de ciudad –concebido por el padre del Plan General, Manuel Ángel González Fustegueras, cuya zafia apropiación partidaria acordaron PSOE e IU como uno de sus principales ejes de acción– va convirtiéndose en un asunto amortizado. No porque sea una realidad –ojalá–, sino porque el propio gobierno local lo ha pervertido en numerosos aspectos, lo ha ido adaptado a su conveniencia y, en general, lo ha sobreexplotado tanto que ha terminado condenándolo a un tremendo desgaste como activo político. Una situación que no va a solucionar el nuevo Plan Estratégico, del que en la calle se sabe tanto como de los misterios de Fátima. Probablemente incluso menos. Monteseirín soñó en su día con mantener la llama de ideas de la factoría Fustegueras mediante la creación de una oficina de grandes proyectos, pero las cosas han cambiado demasiado en los últimos tiempos. Tanto que ya parece imposible.

De entrada, ya no manda Emilio Carrillo, quien logró formar un excelente tándem con el autor del PGOU –este área se le ha entregado ahora al edil Gómez de Celis, cuyo encaje con el urbanista radicado en Jerez hubiera sido curioso de contemplar– y, en realidad, a Fustegueras, pese a los anuncios hechos públicos en su día, en las caracolas de la Cartuja –sede de la Gerencia– ni se le espera ni en realidad se le quiere en demasía. Tener criterio propio tiene ciertos costes. Hay que pagar un precio. La mejor muestra: su ausencia en los actos de celebración del reciente 25 aniversario de Urbanismo, donde sí estuvieron algunos de los antiguos delegados municipales y gerentes, pero no se vio al verdadero hacedor de la nueva Sevilla de la que tanto presumen PSOE e IU.

Todos los frentes que tiene abierto el gobierno local son flecos del pasado reciente –si se pueden considerar así los prolongadísimos retrasos que se han producido en casi todas las grandes obras emprendidas en los últimos tiempos– o diatribas internas, en especial la derivada de la pugna entre críticos y oficialistas en el seno del PSOE. IU ensayó una especie de renovación con la salida del ejecutivo local del concejal Silva. Operación que le ha permitido atenuar las críticas de la oposición pero no ganar impulso político. En el caso de los socialistas, la batalla no cesa. La mitad del gobierno –afín a Viera– será castigada en la distribución de los nuevos presupuestos municipales, al igual que ocurrió tras la última remodelación interna. La otra mitad, mientras tanto, se ocupa más de usar la institución para no perder peso orgánico que de hacer trabajar a sus departamentos.

No es de extrañar que no se perciba dirección política clara: unos están esperando que se haga realidad la supuesta operación para defenestrar al regidor –si es que ésta sale adelante– y otros tratan de no perder posiciones para perpetuarse en Plaza Nueva. Todo se mueve en política. Nada se está quieto. Ni las alianzas ni las afinidades perduran. Lástima que, en el fondo, no ocurra lo mismo con la urbe, cuya verdadera transformación, en el fondo, ha dejado de interesar salvo como habitual argumento recurrente. Mera fórmula retórica.

Esperando a Obama

Carlos Mármol7 de diciembre de 2008 a las 12:17 pm

Los ediles del PSOE, divididos por la pugna orgánica que enfrenta a críticos y oficialistas en el seno del partido, contratan a asesores del presidente electo de EEUU para que les enseñen a ganar las elecciones.

REALMENTE, Obama, que es apellido pero parece nombre, debe estar harto. Dicen que una de las señales más evidentes del éxito es que la gente repita lo que uno dice o piensa. Que una multitud haga suya tus propias palabras. Si dicha afirmación fuera cierta, que uno a veces tiende a dudarlo, lo cierto es que el presidente electo de Estados Unidos debe ser un triunfador. Y no precisamente por haber llegado, siendo de raza negra, a la egregia silla de emperador del orbe actual. Sino porque todo el mundo repite al unísono, desde mucho tiempo antes de su victoria, su lema electoral. “Yes, we can”. Podemos, en la lengua de Cervantes. Se veía venir así que ganaría de calle.

La frase es simple. Y anima, lo que, en tiempos de crisis, no deja de infundir cierto alivio. Aunque ya es más cuestionable que sea verdad en según qué situaciones concretas. La vida se encarga de recordárnoslo todos los días: existen multitud de asuntos que sencillamente son imposibles. Y que, además, jamás serán factibles. Cada uno tenemos nuestra propia lista. Debemos aceptarlo sin que esto implique dejar de intentarlo. El triunfo acaso esté en el propio camino. En navegar.

Lecciones electorales

Probablemente seducidos por este inmenso triunfo del marketing político –los hechos dirán si el presidente norteamericano es sólo un producto o será también un gobernante capaz de abrir una nueva etapa–, los socialistas con sede en Plaza Nueva –más bien un sector de ellos– han tenido la ocurrencia de contratar los servicios de un grupo de sus asesores electorales para que les adoctrinen en unos cursos sobre las mejores tácticas y técnicas de mercadotecnia partidaria. Se dice que Barack –que significa el afortunado– ha revolucionado en EEUU toda la concepción electoral tradicional al canalizar sus mensajes a través de internet; sin olvidar, claro es, otros medios de información de masas, como la televisión y la radio.

Lo cierto es que cualquiera que paseara –bueno, allí algunos lo consideran deambular– por la urbe más perdida de Norteamerica apenas unos días antes de las elecciones podía perfectamente ignorar el alud de propaganda política que –por la vía de las pantallas líquidas– se vertía a diario ante la audiencia. Acaso ésta sea una buena lección para los políticos sevillanos, que tan ansiosos están de aprender algo de los americanos: hay que tratar a los electores con respecto y dignidad. Dejar de hablarles como si fueran menores de edad. Son ciudadanos, no meros contribuyentes.

Si durante los escasos días que dure el curso made in USA alguno de los concejales aprendiera esto –y obrase lógicamente en consecuencia– ya valdría la pena el gasto de 60.000 euros, que es la factura de las conferencias. Dinero público, por cierto, aunque administrado –en base al acuerdo político marco de derivar parte de fondos de todos a los grupos municipales– bajo el prisma de lo partidario. Nadie dice que sea ilegal, pero no es muy edificante que este dinero, en lugar de para la labor municipal de los ediles socialistas, se use en que aprendan –si pueden– cómo deben hacer las cosas para seguir en el poder. A los ciudadanos, se supone, quizás les interesen más sus gestiones para arreglar los problemas de la ciudad. No tanto su capacidad para seguir viviendo de la política. Ellos, lógicamente, no lo ven igual. Muestra de la concepción patrimonialista que tienen de las instituciones de todos. Es lo que suele pasar: cualquier poder se contempla a sí mismo como una representación de la totalidad de la sociedad. No hay más que ver los índices históricos de participación electoral –en especial el día que se votó el Estatuto andaluz– para desmentir dicha creencia. Pero, obviamente, no siempre interesa hacerlo.

El original y la copia

Si algo ha demostrado el equipo de Obama en Estados Unidos es que no hace falta tener el apoyo de los grandes grupos de presión –al menos a la hora de iniciar un movimiento político;otra cuestión es ya a la hora de expandirse– para que la gente se fije en uno y se coseche cierto respaldo popular. Quizás lo que haga falta es justo lo contrario: salir de los círculos cerrados, tan frecuentes en ciertos ambientes sevillanos, para ver que existe vida inteligente más allá del paisanaje habitual. La gente importante, al menos para un político, debería ser la gente anónima pero concreta. De ahí que Obama trabajase en internet a través de redes sociales, móviles y bases de datos. Quienes le consideran un político creíble –el mayor patrimonio de un líder– no es una selecta y repetitiva minoría, sino una inmensa mayoría que creyó que merecía la pena votar en favor de un heterodoxo, convirtiéndolo así en un referente social. No se atisba nada similar en Sevilla. Los partidos perpetúan el gregarismo. Y los discursos políticos no salen de los lugares comunes. No es extraño que todos repitan el Yes, we can. Parecen incapaces de utilizar sus propias palabras. El curso del PSOE acaso debería durar toda una eternidad. Su primera lección: quien sólo copia, renuncia a su esencia. ¿No les parece?

El hundimiento

Carlos Mármol30 de noviembre de 2008 a las 5:58 pm

Monteseirín, que confiaba en que la inauguración de la línea 1 del Metro le permitiría subir en las encuestas y consolidar así su permanencia en la Alcaldía, se encuentra ahora con el suelo moviéndose bajo sus pies.

NIETZSCHE decía que aquello que no te mata acaso te haga más fuerte. Con todas las salvedades necesarias, algo semejante parece ocurrirle a Monteseirín. Hace unos meses, en mitad de uno de los peores momentos de su trayectoria política, cuando los ataques y la presión sobre su figura como alcalde eran más intensos que nunca –división en el seno del PSOE local, sonora derrota en el congreso de los socialistas sevillanos, evidente cuestionamiento de sus opciones para continuar en el cargo–, el regidor sevillano confió toda su táctica de salvación a dos cartas y a una única baraja.

La primera es un clásico de los manuales sobre política. Dice más o menos así: si estás arriba y te mueven la silla, haz lo posible, no importa en exceso el método, para continuar sentado. Cualquier gobernante sabe que para perdurar, primero hay que intentar seguir a flote. Aguantar. La segunda baza es algo más compleja. Se asemeja a ese gesto recurrente, pero tan ilustrativo, que hacen ciertos vagabundos antes de adoptar una decisión importante; en su caso, ver si pueden tomarse la copa final. Se miran el bolsillo y cuentan las últimas monedas sueltas que les quedan sin gastar. Una metáfora de un principio universal: en apuros, todos anhelamos un asidero definitivo al que agarrarnos. Una suerte de último trago.

En el caso de Monteseirín, esta calderilla de última hora ha sido Metro. Si el alcalde, que en realidad no busca sino un punto definitivo de apoyo para salir del agujero, hubiese recurrido a los proyectos municipales habituales –la reforma de las plazas del Casco Histórico, la peatonalización o el tranvía– no hubiera logrado mucho. Casi todas las grandes obras sufren retrasos que han superado ya el listón de lo mínimamente razonable. Su ejecución, en muchos aspectos, es defectuosa. Además, han sido objeto de diversos encarecimientos y sobrecostes económicos. La mejor línea argumental para una oposición que insiste en relacionar al PSOE con supuestos manejos oscuros del dinero. Una amenaza frente a la que iniciativas tan singulares como la construcción del tranvía no sirven de nada. Sobre todo si el resultado final, como ha sido el caso, es poner en marcha una infraestructura cara y con limitada rentabilidad económica y social. Un capricho muy costoso que hipotecará durante varios años –el presupuesto en curso es un buen ejemplo– las cuentas municipales.

Con el Metro no ocurre esto. En contraste con otros proyectos, políticamente era mucho más seguro. La línea 1, que desde 2005 ha dado muchos problemas a la concesionaria de la línea (un consorcio de empresas privadas) y a su impulsora política –la Junta de Andalucía, que es la que lo paga–, parecía por fin haberse encarrilado definitivamente. Pese a los 15 incidentes acontecidos en el tramo de Sevilla capital, hasta esta semana hacía tiempo que no surgían imprevistos. El retraso sobre el calendario oficial había sido ya descontado por parte de los ciudadanos. Esperar dos años más después de tres décadas de dilación no parece demasiado.Y la tradicional devoción hispalense por los estrenos parecía ser elemento suficiente para cosechar un éxito casi seguro. Una opción potencial en la que Monteseirín confiaba (y aún confía) para levantar cabeza. No en vano, todas las encuestas hechas en los últimos tiempos coinciden en un mismo principio. Y es éste: con independencia de cuál sea la verdad, la mayoría de los sevillanos asocian en exclusiva las obras de la línea 1 con el gobierno local ( y por tanto con el alcalde) en lugar de ligarla a la imagen de la Administración regional.

Protagonismo dispar

Este factor resulta clave para entender el extraño papel jugado por el regidor hispalense a lo largo del lustro largo que han durado –todavía duran, en realidad– los trabajos. Para bien y para mal, una amplia mayoría de votantes creen que el ferrocarril metropolitano es únicamente cosa suya. De ahí que Monteseirín haya funcionado en este tema de forma interesada: evitando dar la cara cuando aparecían los problemas (dejaba a la ex consejera de Obras Públicas, Concepción Gutiérrez, esta ingrata tarea) y, en cambio, reivindicando cierto protagonismo (más virtual que real) cuando, como ahora, llegaba la hora de recoger la cosecha.

A semanas para la inauguración, todo aparentaba estar encauzado. Tanto, que el alcalde iba a encargar un sondeo con objeto de fijar ante terceros su índice real de popularidad. Su objetivo: tener argumentos para disuadir del todo a quienes aún sueñan con sacarle de la Alcaldía. El viento sopló en esta misma dirección hasta el miércoles. El conflicto interno en el PSOE local seguía congelado, el supuesto sucesor –Emilio Carrillo– continuaba como edil durmiente y el Metro se estrenaba en apenas veinte días. El horizonte no podía ser más favorable. Pero cuando se produjo el repentino hundimiento del suelo en la Puerta de Jerez, Monteseirín quizás empezara a preguntarse si la frase del filósofo alemán no sería acaso incierta. O justo de sentido inverso. La distancia entre el éxito y el fracaso, a veces, es tan fina como inútil. Imposible de sujetar.

Cuestión de perspectiva

Carlos Mármol23 de noviembre de 2008 a las 1:11 pm

La Junta y el Ayuntamiento han sido incapaces de llegar a un acuerdo para que los sevillanos puedan usar la futura red de transporte público del área metropolitana sin tener que comprar dos títulos de viaje distintos.

BAROJA, de natural adusto, pero magistral a la hora de escribir memorias, reconoce en un texto confesional publicado en la revista Índice que, pese a haberlo intentado con notable vehemencia a lo largo de muchos años, jamás en su vida consiguió tener la más mínima afición por esa fiebre que se llama optimismo. A pesar de sus intentos por contemplar la existencia cotidiana, incluso la historia, a través de esta lente amable, la realidad solía desmentirle tan a menudo, y con tanta e intensa reiteración, que convertía en estériles todos sus esfuerzos por ser visto como alguien razonable, casi como un ser sonriente. Algo parecido le ocurre a uno, si vive en Sevilla, cuando mira un poco alrededor.

Dentro de más o menos un mes comenzará a funcionar la línea 1 del Metro. La mayor obra de la historia de la autonomía andaluza. Emprendido oficialmente hace ya una década, justo cuando Monteseirín llegó a la Alcaldía hispalense, este proyecto, cuyas obras han generado un largo rosario de problemas, comienza por fin a ser tangible, aunque el estreno formal vaya a ser sólo parcial. El consorcio de empresas privadas al que la Junta de Andalucía encomendó la tarea de poner en funcionamiento el ferrocarril metropolitano lo inaugurará con dos años largos de retraso sobre el calendario previsto, sin que todas las paradas prometidas estén operativas –no estarán abiertas estaciones tan importantes como Puerta de Jerez, Guadaíra o las tres últimas del tramo de acceso a Montequinto– y con un sobrecoste más que considerable en relación a los presupuestos iniciales.

Cierto es que algunas de estas desviaciones obedecen a mejoras sobre el diseño original. En otros casos, sin embargo, devienen de otros compromisos mucho menos edificantes. La ejecución de la línea ha sido tan singular que ha terminado dando lugar (casi) a un subgénero del periodismo sevillano.

El último capítulo de este largo novelón es el de las tarifas, discutidas esta semana en los foros institucionales con un resultado inaudito: habrá títulos de viaje incompatibles para un sistema que, teóricamente, debe funcionar como un todo. Algo que evidencia que la Junta y el Ayuntamiento no han sido capaces en todo este tiempo de ponerse de acuerdo para que los sevillanos puedan moverse por la supuesta red integral de transporte colectivo (Metro, bus y Cercanías) con un único billete.

Pagar por triplicado

Pese a la abundante literatura técnica sobre los beneficios de la intermodalidad y los pregones sobre las ventajas de ir en tren (hay que ser muy ingenuo para creer que un autobús que circula a 12 kilómetros por hora o un tranvía tan corto como el sevillano son alternativas serias de movilidad), la cosa ha quedado fatal: los sevillanos tendrán que seguir comprando un bonobús de cartulina para viajar en Tussam y una tarjeta especial para moverse por una red de transporte que recién está acabando de nacer y, sin embargo, ya da problemas.

Cualquiera en su sano juicio se preguntaría cómo es posible, de inicio, cometer tal dislate. Dado el número de administraciones implicadas, parece lógico pensar que la cuestión debería haber estado más que prevista, estudiada y solucionada. No ha sido así. Más bien al contrario. Además, a ninguno de los políticos al cargo parece inquietarle el hecho de ser incoherente. La incompatibilidad de los títulos de viaje viola el Plan Metropolitano de Transporte, además de ignorar una de las máximas de la materia: cuánto más difícil sea transbordar, y más cueste cambiar de medio de transporte en una red pública, menos eficaz y rentable será.

Las razones del desacuerdo entre Junta y Ayuntamiento apuntan a un conflicto de índole económica, más que a la polémica (usada a modo de señuelo) sobre si las nuevas máquinas canceladoras de los autobuses sevillanos estarán instaladas a tiempo cuando la línea 1 se inaugure. Un árbol para no dejar ver el verdadero y frondoso bosque: existe una profunda discrepancia institucional sobre cómo debe gestionarse en Sevilla el transporte público; un litigio cuya clave es la situación económica de Tussam.

Llama también la atención, casi hasta extremos alarmantes, la obsesión de la Junta para que no se hable de este asunto –algo a todas luces inevitable a días de la inauguración oficial– so pretexto de que “lo realmente trascendente es que el Metro funcione”. Al parecer, no es suficiente hacer pagar a los ciudadanos por partida triple (una, vía impuestos; las otras dos, mediante los títulos duplicados) para usar la red de transporte de Sevilla, sino que tampoco se les concede el derecho a pensar solos. No digamos ya a criticar.

La Junta, en el fondo, puede incluso que sin quererlo, emula así al alcalde, decano de la liga de optimistas a la sevillana manera; que es, por lo general, superlativa. Un consorcio que cree que todos los que ven la botella medio vacía –en lugar de medio llena– no son más que tristes agoreros. Quienes llaman “preinauguración” al retraso en las obras de la Alameda o la Encarnación. Quienes en plena crisis sostienen que Sevilla es un mar de prosperidad. Ya lo decía Baroja: “la armonía moral sólo existe para los sacerdotes y quienes pregonan el optimismo en ciertos periódicos”. Por cierto, el Metro llega 30 años tarde. Aunque esto, claro es, debe ser cuestión de perspectiva.

Montaña rusa: tramo de descenso

Carlos Mármol16 de noviembre de 2008 a las 2:27 pm

La crisis económica muestra los dientes en Sevilla tras un año en el que el crecimiento no había sido malo. Los expertos auguran recesión, un desempleo que crecerá desde el 16% y una caída de la inversión en 2009.

EL PRESIDENTE de los empresarios, Antonio Galadí, sostiene que en Sevilla trabajan pocas personas y, en general, con muy escasa intensidad. Uno siempre ha creído algo parecido, pero con algunos matices. Esto es: que algunos trabajan en exceso mientras otros viven felices al no tener que sufrir la secular condena bíblica de laborar día, tarde y noche para sostener su propia existencia. Propiamente dicha, la cuestión no parece ser tanto de intensidad como de reparto de los esfuerzos. Unos mucho. Otros, nada o casi nada.

Claro que para que se trabaje con entusiasmo, además de ganas, tiene que existir un lugar donde poder hacerlo en unas condiciones mínimas. Un mercado laboral con competencia, donde los trabajadores y empresarios puedan elegir dónde asentarse y aportar lo mejor de su talento. ¿Existe esto en Sevilla? Las palabras del responsable de la patronal provincial, en cualquier caso, se apoyan en una lectura parcial de un frío dato estadístico: el índice de incapacitados permanentes, que, al decir de los expertos, aquí es superior al existente en otros lares. Tal singularidad se utiliza como argumento de carga para una especie de juicio moral. La Junta y los sindicatos han replicado sobre esta cuestión que la situación, más que a la picaresca (la Seguridad Social inspecciona dichos expedientes) o al fraude, tan sureño, se debe a la falta de atención de los empresarios sobre las condiciones generales del trabajo. Es cierto que en Sevilla hay más incapacitados que en otros lugares, pero –dicen– no es por voluntad de los empleados, sino por los accidentes que se producen en el mundo laboral.

Sea como fuere, lo preocupante sobre el porvenir inmediato no es tanto dicha polémica, interesada y escenario de la vieja lucha (afortunadamente, ya retórica) de clases, sino el negro diagnóstico de futuro que augura el informe socioeconómico que todos los años encargan la CES y la Cámara de Comercio de Sevilla, presentado casualmente en esta semana extraña en la que algunos clásicos del paisanaje local se tambalean tanto en las sillas de la jerarquía eclesiástica, referente para algunos, como en los pasillos y salas de la universidad o la justicia, herida por distintos costados a raíz del caso del juez Tirado. Los magistrados de todas las salas anuncian plantes por la falta de medios. Los estudiantes de la Hispalense y la Olavide salen estos días a la calle para dos cosas: escuchar al profesor John Elliott, insigne hispanista (un lujo momentáneo para la ciudad), y oponerse a una reforma (el llamado proceso de Bolonia) que los hará estudiar mucho menos y bastante peor. Todo anda bastante revuelto. Se avecina tormenta. Si es que no ha llegado ya.

El panorama no es demasiado hermoso. Así lo constatan los gurús cercanos: después de un año en el que Sevilla no había registrado malos índices de crecimiento económico, todo indica que la desaceleración se asentará en la ciudad, al igual que en casi todo Occidente. Y lo peor: parece que llega con intención de quedarse durante una temporada. Con vocación de permanecer aquí.

Manifiesto desastre

Los primeros resultados ya están en los juzgados: los conflictos laborales están creciendo exponencialmente. Otros dramas,llamativamente humanos, han pasado a ser materia de índole administrativa: el desempleo, que está ahora cercano al 16% en Sevilla, subirá en los proximos meses si nadie lo remedia. El estudio de la patronal no se atreve a pronosticar hasta cuánto. Los menos optimistas hablan de cifras cercanas al 25%. Se acercan las Navidades. Pero no parece haber demasiado que celebrar. Salvo que alguno se atreva a brindar por el manifiesto desastre que se nos viene encima.

El sector de la construcción ha caído en Sevilla en un agujero negro, al igual que el del motor. Además, no hay sustitutos cercanos a la vista. Los bancos piden en secreto ayudas al Gobierno con las que poder camuflar sus excesos. Y la administración pública, que en Sevilla tiene hasta cuatro niveles distintos, parece haber tirado la toalla, presa de su propia endogamia. Uno de los datos más llamativos del informe socioeconómico de la CES es el déficit acumulado de inversión que sufre la provincia sevillana. En los últimos siete años este desfase ronda los 5.000 millones de euros. En apenas unos meses, constata el citado estudio, la licitación pública se ha retraído un 30%.

En los años previos a esta crisis del sistema, los responsables públicos, que manejan el dinero fundamentalmente con la vocación cierta de mantenerse el poder (ya se sabe que mandar implica hacer grandes gastos), no apostaron por Sevilla. Y, con la recesión en puertas, no parecen que puedan hacerlo tampoco los privados. Sin inversión no es posible el desarrollo. El resultado es la sopa fría en la que nos encontramos. La economía especulativa enseña su cara menos radiante tras años de un aparente glamour que algunos estimaron que podría ser eterno. ¿Acaso hay algo que dure para siempre? Una cosa está clara: las montañas rusas tienen tramos de bajada. ¿Nos caeremos del tren?

El derecho al silencio

Carlos Mármol9 de noviembre de 2008 a las 12:57 pm

El Ayuntamiento aplica de forma caprichosa la ley contra el consumo de alcohol en la calle aprobada por el Parlamento y convierte la Alameda de Hércules, rodeada de viviendas y comercios, en un botellódromo.

NO ES QUE se haya declarado en rebeldía. Ni que Monteseirín haya resuelto, de pronto, echarse al monte. Pero lo cierto es que el Ayuntamiento de Sevilla ha pasado en los últimos tiempos de reclamar una ley para combatir el consumo de alcohol en la calle a dejar sin efecto precisamente este corpus jurídico que, a instancia suya, aprobara la cámara autonómica para diluir el botellón.

Semejante incoherencia, de la que dan buena muestra las casi dos mil denuncias presentadas ante diferentes instancias, entre ellas el Defensor del Pueblo, arroja un buen ejemplo del extraño sentido del interés general que suelen tener los políticos que afirman primero una cosa, al día siguiente hacen la contraria y, al cabo, niegan todos sus actos previos prometiendo de repente un hermoso amanecer de paz y esperanza. Cinismo se llama, en retórica, la figura.

Tal conducta, adoptada por la coalición que forman PSOE e IU, suele justificarse casi siempre desde Plaza Nueva bajo la premisa de la tolerancia y el sentido de la convivencia. No sabía uno que el cumplimiento del ordenamiento jurídico, esencial y obligado en un Estado de derecho, sobre todo en el caso de una administración pública, era cuestión de la magnanimidad o del sentido del buen rollito del regidor de turno. Aunque, al parecer, en Sevilla así es la cosa: uno cumple la ley si tiene el día generoso; en caso contrario, puede obviarla sin que le pase absolutamente nada.

El resultado de esta dejación salta a la vista en diferentes puntos de Sevilla, donde los jóvenes siguen bebiendo a su antojo, continúan orinando en la puerta de las viviendas y, en general, convirtiendo un trozo de esa ciudad, que tantos dicen amar pero tan pocos quieren, en una suerte de sumidero festivo. Especialmente grave es la situación en la Alameda de Hércules, donde, al problema de la ejecución caprichosa de la ley antibotellona, se suma la decisión del Consistorio de convertir la plaza pública en un escenario cortijero para mostrar su gestión política. No es que uno tenga nada contra la cultura –más bien al contrario– ni contra lo que ellos llaman la “dinamización de los espacios públicos”, sólo que en este caso ni se trata de lo uno –todo concierto no es cultura ni toda pretensión de trascendencia espiritual logra llevarnos al Parnaso– ni de lo otro. Sencillamente es que el Ayuntamiento, al igual que hacen los tapiceros en las ferias de pueblo, ha decidido vocear sus anuncios por las calles, a grito limpio y con altavoces, durante día, tarde y noche.

El conflicto ha llegado a tal punto que, tras sufrir cinco conciertos en seis días, con sus ensayos incluidos, un grupo de vecinos preparan un pleito contra el gobierno municipal –que si ganan tendremos que pagar todos los contribuyentes– por el incumplimiento de la norma sobre ruido. En la Alameda, en teoría, ya existía una asociación vecinal. Pero, al parecer, su margen de movimiento con PSOE e IU en el poder local es bastante limitado. Una verdadera lástima.

Los socios de gobierno, que esta semana han conocido la noticia, han reaccionado culpándose mutuamente de la situación, lo que no deja de ser edificante. Como los niños: “maestro: no fui yo; fue mi compañero”. A los vecinos, junto a cuyas casas el Ayuntamiento tiene a bien descargar cientos de decibelios, no les importa en demasía de quién fue la idea –como si esto no se supiera–, sino la razón por la cual el gobierno local, teniendo el auditorio municipal cerrado, el Estadio de la Cartuja vacío y un sinfín de edificios sin usar que bien podrían ceder regularmente a los grupos de música, prefiere organizar verbenas junto al salón de sus casas bajo el paraguas de tómbolas benéficas; fritanga incluida. Créanme: no hay escapatoria a dicha situación. Hace unos días, al tratar de huir del concierto más horrendo del año (al que el distrito llamó heavyllanos) uno se topaba, a apenas unas pocas calles de distancia, con una banda de cornetas de Semana Santa. Las dos Sevillas reventándole al ciudadano anónimo los oídos. Cofrades por un lado. Heavies, por otro. Todos gritando, en el fondo, más o menos lo mismo: “Esta ciudad es nuestra”.

“Daños colaterales”

La portavoz del gobierno local, Maribel Montaño, ha tenido la deferencia de explicar que, aunque comprende las protestas vecinales, estos conciertos deben entenderse como “daños colaterales” por el éxito que ha supuesto la reurbanización de la Alameda, donde, dice ella, se “vive de forma diferente”. Otro concejal, Alfonso Mir, justificaba unos días antes la no aplicación de la ley: “En algún lugar deben estar los jóvenes”. Que se sepa, Monteseirín aún no ha promulgado decreto alguno convirtiendo la Alameda en un botellódromo. En teoría, éste iba a ir en el Charco de la Pava. Pero, la creencia de los munícipes de que la ciudad carece de vida si ellos no la generan artificialmente –a la existencia particular parecen tenerle poco respecto; les aporta escaso rédito electoral–, ha terminado por hacerlo realidad. Es cierto. La Alameda es diferente: ni la ley se aplica, uno puede meterse coca bajo la cámara de seguridad de la comisaría de la Policía Nacional sin que nada ocurra, se puede orinar junto a una ventana sin que la Policía Local salga de su coche patrulla y los vecinos no tienen derecho no ya al descanso, sino al mero silencio. El paraíso en la tierra. Un paraíso, eso sí, diferente.

Estampas goyescas

Carlos Mármol21 de septiembre de 2008 a las 8:20 pm

La escisión del PSOE municipal en dos bandos irreconciliables, derivada de la no aceptación de los críticos del resultado del último congreso provincial, sienta un grave precedente para la gobernación de la ciudad.

EN la política, como en la vida, existen las afinidades peligrosas. Las relaciones de interés disfrazadas de afecto que en un momento dado, siempre de repente, emergen con rotunda violencia:el amor o la amistad, dependiendo de lo que se trate, se tornan de pronto en agresión. Y brota la irrefrenable voluntad de dominio. De poder. Tal mecanismo, cuya formulación más reciente deviene del Marqués de Sade (el primer ateo), y que pasa después por el filtro de Nietzsche hasta llegar al esbozo clásico, en forma de mito, que hizo Freud en su ensayo Tótem y Tabú, donde se explica en qué consiste el fenómeno psicológico de la muerte del padre, condiciona en buena medida todas las relaciones sociales, al ser –según el inventor de la psiquiatría moderna– el origen no sólo de la cultura, sino del propio individuo. Del sujeto que somos todos.

Se trata de un tópico psicológico –que nadie lo confunda con una muerte en sentido real, sino con un cambio brusco en las referencias vitales– que, a pesar de su gruesa representación (un parricidio), viene ser completamente natural. Funciona como una vía de afirmación propia que, por el sorprendente efecto de ciertas paradojas, al final convierte al hijo (asesino de su propio progenitor) en un defensor de la misma y discutida ley que instaurase el padre, personificación del concepto de autoridad. Del cuestionamiento se pasa así a la cerril profesión de fe. Y, en algunos casos, incluso al integrismo.

En la desgarradora lucha de poder que acontece en el seno del PSOE de Sevilla, cuya escisión ha sobrepasado esta semana un punto de no retorno, hay bastante de esto. Esencialmente porque el ejercicio del mando, con independencia de su grado, sea mayor o minúsculo, casi siempre suele discurrir por meandros similares. De ahí que no sea extraño que antiguos colegas –Monteseirín y Emilio Carrillo– anden a la greña por una sobrevenida desconfianza mutua y que, en dicha liza, el resto de actores hagan su papel con respecto a dicho divorcio.

En honor a la verdad hay que decir que Carrillo y Monteseirín nunca fueron un matrimonio político. Más bien se trataba de una relación fraternal: compañeros de la misma quinta e idéntico devenir, aunque en un caso –el del alcalde– posicionado siempre junto al aparato del PSOE provincial, lo que, indudablemente, le ha hecho tener mucho más éxito. Casi nadie alcanza la cima –salvo en contadísimas ocasiones– siendo un outsider, aunque en relación a este punto habría que hacerse una pregunta: ¿Qué es mejor? ¿Llegar a la supuesta cúspide renunciando a tu propia esencia o, por el contrario, siendo tú mismo? En la vida existen renuncias lógicas y otras que se tornan imposibles, fundamentalmente por implicar la propia anulación de aquel que las asume.

En cualquier caso, la batalla en el seno de los socialistas sevillanos –lo que, como diría Neruda, sucede; sin que nadie lo avive– no es tanto una pelea de antiguos hermanos de sangre sino la réplica de una derrota mal asumida: la del llamado sector crítico de los socialistas, que intentó hacerse con el control del partido en el último congreso provincial, en buena lid, y que por una simple cuestión aritmética –no contar con todos los avales necesarios para siquiera dar la batalla–, fracasó en el intento.

Hasta que se celebró el cónclave socialista cualquiera podría pensar que tal pugna era lógica, fruto del proceso de renovación de la dirección del partido. Pero, a partir de aquí, todo sale ya fuera de escala. Unos –los oficialistas– han empezado a tomar venganza de los antiguos disidentes –la destitución de Demetrio Pérez de la delegación del gobierno de la Junta en Sevilla es el caso más llamativo– y los otros –los críticos– se resisten a ser laminados y usan las instituciones para plantear una guerra casi terminal. O supervivencia o muerte.

La muerte del padre

En mitad de esta sopa espesa es donde hay que enmarcar el movimiento del alcalde de remodelar su gobierno sin consultar a los siete ediles que ya no le son afines y la propuesta de la dirección del PSOE de nombrar a Carrillo portavoz del grupo municipal, extremo al que se niega todo el entorno del alcalde, en especial el principal perjudicado: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, antiguo pupilo de Carrillo –su padre político, como él mismo ha recordado en varias ocasiones– que busca ser el sucesor de Monteseirín en caso de que éste deje la Alcaldía.

Celis, que quiere ser cabeza de ratón antes que cola de elefante, probablemente porque piense que es la única manera de llegar a ser algún día el elefante completo, ha sustituido a Carrillo al frente de Urbanismo sin dejar las competencias –ya importantes– que ejercía como mano derecha de Monteseirín, con quien se ha aliado frente a su antiguo mentor. Cada uno elige libremente qué quiere ser de mayor: si apocalíptico o integrado. Pero Celis, que dice sentirse como en el cuadro de Goya –Saturno devorando a sus hijos–, hace tiempo que mató psicológicamente al padre. Reivindicar a posteriori la bondad de su herencia, como ha hecho nada más tomar el poder en la Gerencia, acaso sea fruto de cierta conciencia de culpa. Y, en cuanto a Goya, pese al símil sugerido, sus aguafuertes son claros: “el sueño de la razón (del poder en este caso) produce monstruos”.

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

Archivo

Últimas entradas

Últ. comentarios

  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

  • Tevoyadisirunacosa

    Bien tobarich, tú lo has dicho, esto es obsceno, impracticable como las obras de Hytasa, una...

  • Susana

    Yo personalmente me río de esas mediciones. Me imagino que a las viviendas que están pegadas a la...

  • manuel (sevilla) España

    ¿Dónde está tal arrogante taxista? porque creo que él recuerda tal caso, o en su caso,...

  • manuel (sevilla) España

    Recuerdo la última huelga de taxis, creo que fue hace por lo menos tres años. No...

minibanner

Suscripción

Cerrar
Enviar por Correo