Juventud, egolatría

Carlos Mármol8 de Febrero de 2010 a las 12:48

La ‘guerra del Facebook’ que han protagonizado esta semana el portavoz municipal del PSOE, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y el edil del PP José Miguel Luque da una idea del nivel político del Consistorio.

AL César lo que es del César. El título del artículo lo tomo prestado de un jugoso libro de memorias de don Pío (Baroja, obviamente), el gran escritor vasco, antirretórico, anticastizo, cascarrabias, ácrata confeso, el hombre malo de Itzea, que es, además, el escritor del 98 que mejor puede leerse en estos tiempos turbulentos en los que la esperanza se ha convertido en un quiste negro. No ha perdido un ápice de vigencia. Certero y luminoso. Milagrosamente exacto.

Sirva el referente barojiano como introito menor para una reflexión improvisada sobre la edad y, como en sesgo, sobre el creciente infantilismo que inunda la sociedad circundante, en la que la juventud, desgraciadamente, se ha convertido en un valor per se, como tantos otros muchos conceptos (el feminismo, por ejemplo) sobre los que en realidad no importa en demasía su verdadero empaque. Conceptos de moda convertidos, a fuerza de reiteración, en meras etiquetas públicas. Cosas sin sustancia que se miran.

Jóvenes a los 40

Que la juventud es una epidemia que cura el tiempo lo demuestra un hecho: ahora uno todavía es joven a los 35, que es la edad tope reconocida por la Junta para el carnet joven. Ya saben: aquí hay que tener carnet para (casi) todo. A los 40 años, que antaño eran una edad más que respetable, se sitúa la primera quiebra vital más o menos seria. Según Julio Caro Baroja, a esos años el escritor vasco se dio cuenta de que ya era viejo. El plazo, que todos tenemos asignado, empezaba a acabarse.

En la política actual la juventud se prolonga más allá de los cuarenta años. La bisoñez de muchos representantes públicos se debe, con independencia de los estudios y la experiencia laboral de cada uno, al hecho de que la generación en el poder –la del 68– no sólo no ha sido capaz de cederles el relevo, sino que insiste –sobre todo en política– en permanecer. Es natural: se trata de una generación que, en el fondo, cultiva el dogma de haber tenido razón casi en todo. No es nada fácil desengañarles. Decirles la verdad.

JUVENTUD, EGOLATRÍA0 baja

En los mentideros políticos vuelve estos días a sucederse el lugar común sobre la necesidad de la renovación generacional. El debate ha surgido en el seno del PSOE a raíz del congreso regional que será en marzo, donde Griñán tomará las riendas orgánicas. Las crónicas de situación coinciden en que el presidente de la Junta tiene en sus planes dar más juego a “políticos más jóvenes”. Caras nuevas. Gente fresca. Al menos, ésa es la teoría oficial.

En el Ayuntamiento sevillano esta renovación generacional se hizo hace tiempo. El PSOE de Sevilla ha sido pionero: salvo el alcalde, que es de la llamada generación bocadillo –la que está entre los históricos y las eternas jóvenes promesas–, buena parte de la Corporación está formada por jóvenes políticos. Gente ambiciosa y, por lo general, con ansias de poder. Es lógico. Frente a lo que decía Baroja, todavía están en la típica fase de la “juventud animal”, que es justo lo que empieza a perderse a partir de los 40 años.

Este afán de notoriedad puede ser quizás el que explique episodios como el han protagonizado esta semana el portavoz socialista en el Consistorio, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y el edil del PP José Manuel Luque. Ambos han sido partes de una polémica mutua basada en el supuesto uso de la red social Facebook como herramienta política. Los detalles se han contado en los periódicos: Celis, probablemente mal aconsejado por sus asesores, irrumpe un día en la sala municipal de prensa y, ante el asombro de los periodistas (que ya no se asombran de nada) asegura tener que dar una noticia gravísima. La cosa es más o menos así: “Hay un concejal del PP que maldice e insulta a los votantes del PSOE. No puede admitirse. Tiene que dimitir”. Lo peor es que el edil del PP citado responde. Su equipo –también de asesores; con la inestimable ayuda de las nuevas generaciones– se tiró toda la mañana colgando mensajes en el perfil de Facebook de Celis para demostrar lo que todo el mundo sabe. Quien forma parte de las redes sociales se arriesga a perder su intimidad.

Semana horribilis

Como es notorio, estamos en una crisis económica cruenta. Esta semana la bolsa se ha hundido por la falta de credibilidad del Gobierno –de Zapatero, en realidad; el ejecutivo es decorativo–, se ha producido un pensionazo interruptus, el PP mejora en las encuestas y se atisba en el horizonte una reforma laboral que, aunque será light, probablemente tendrá su propia bomba de relojería camuflada. El paro no deja de subir. Los indicadores económicos son un desastre. España se ha convertido en un problema para la economía europea. Sevilla probablemente es una de las ciudades donde los problemas de la economía nacional están más concentrados. Zapatero se marcha a Estados Unidos a rezar con Obama. Monteseirín ha vuelto al protocolo y a las cofradías. El mundo parece a punto de derrumbarse. Y Celis y Luque, mientras tanto, jugando con el perfil del Facebook.

Lo decía Baroja: “Cuando un hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta”.

Maquillaje de cinco estrellas

Carlos Mármol31 de Enero de 2010 a las 17:17

La auditoría definitiva de Mercasevilla, conocida esta semana, desvela el proceso de saqueo al que ha sido sometida dicha empresa municipal por los anteriores gestores, avalados por los dos partidos del gobierno local.

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COSAS veredes, Sancho, que harán hablar a las piedras”.

La frase, todo un clásico, acostumbra a vincularse a Cervantes, que la habría puesto en boca del Quijote. Hay sin embargo quien defiende –basta con ir a internet para contemplar cómo los españoles nos matamos a discutir incluso por estas cosas– que en realidad data de los tiempos remotos del romancero castellano, la tradición oral que permitió nacer, entre otras obras, el Cantar de Mío Cid, poema que glosa las gestas de Ruy Díaz y que oculta otra grandiosa lección de vida:

“Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor…”.

Epopeya triste de un destierro injusto.

Sobre las autoridades

Los filólogos suelen utilizar este tipo de sentencias, entre otras cosas, como muestras de autoridad. Literaria, se entiende. El primer diccionario de la lengua editado por la Academia en el siglo XVIII se conoce con el nombre de compendio de autoridades porque la regulación de la lengua se ejemplifica mediante citas de escritores célebres. Rúbricas capaces de refrendar con su docto ejemplo lo que se sostiene en público. Curiosamente, en el mundo empresarial ocurre lo mismo sólo que, por lo que señalan los hechos recientes, uno puede fiarse más de los escritores que de los auditores. Quién iba a decirlo.

Mercasevilla es un buen ejemplo. El consejo de administración de la empresa municipal de alimentación ha conocido esta semana el contenido del escrutinio técnico definitivo de la etapa en la que los anteriores directivos de la entidad, ahora procesados en los juzgados por dos causas distintas, gobernaron el barco. Da miedo. Por no decir terror. El diagnóstico económico, encargado a Deloitte, desvela que durante el último lustro las cuentas oficiales de Mercasevilla han sido falseadas, saqueadas y maquilladas de forma sostenida. Con premeditación y alevosía. Sin cortarse.

La radiografía augura además un cáncer societario: pérdidas reales de 5 millones de euros mientras los balances hablaban de reparto de beneficios. Dividendos. Superávit. Y lo peor es que hay riesgo de metástasis: la empresa pública está abocada a la quiebra si la Junta de Andalucía no asume directamente el pago del expediente de regulación de empleo aprobado para “rejuvenecer a la plantilla”, calculado en unos nueve millones de euros. La Junta ya ha emitido su veredicto: no hay nada firmado, no hay nada que pagar. Punto.

El gobierno local (PSOE e IU), que fue quien nombró a los directivos cuya gestión está en cuestión, dice sentirse engañado por su conducta. Oficialmente los representantes municipales en el consejo de administración –de todos los partidos políticos; en esto no hay distingo alguno– lamentan no haber conocido antes estas irregularidades, descubiertas tan sólo a raíz de la instrucción judicial que lleva la jueza Alaya, con la que algunos socialistas parece que han perdido el Norte hasta el punto de cuestionar al propio poder judicial.

Extraña esta ignorancia teniendo en cuenta que quienes firman las cuentas son ellos. Quienes cobran dietas por evaluar la marcha de la empresa –que se nutre de fondos públicos– son ellos. Y quienes fueron elegidos por el Pleno para tal misión son ellos. Ni uno solo de los ediles –tanto del gobierno como de la oposición– ha reconocido este extremo. Andan ensimismados con el guión de la función de la tarde: los socialistas, haciéndose los suecos; los populares, jugando con los truenos de Júpiter. Los ciudadanos, mientras tanto, atónitos.

Sin responsabilidad

Aquí nadie tiene culpa de nada. Por no tener, probablemente no la tiene ni la empresa que en esos cinco años en los que se ha saqueado Mercasevilla bendijo las cuentas oficiales. Se llama Price Waterhouse y se dedica a elaborar auditorías. Es una autoridad en la materia, aunque los hechos no contribuyen mucho. Obviamente, hay excusas para todos los gustos: “Se nos facilitó información incorrecta e inexacta para la realización del trabajo”. Si se tiene en cuenta que es Mercasevilla quien elige y paga a su autoridad financiera, se entiende casi todo. Demasiado se entiende. El cazador no planeaba ser cazado. Maquillaje de cinco estrellas.

Claro que las responsabilidades tocan a todos. Incluidos los trabajadores ¿Hay necesidad de hacer un expediente para rejuvenecer la plantilla en una empresa que, aparentemente, va bien? ¿Es lógico duplicar los gastos de una sociedad pública para que siga pagando parte del sueldo a quienes se iban a acoger a este plan y, al tiempo, también a los nuevos trabajadores contratados para cubrir bajas? Barra libre de prejubilaciones con cargo, como siempre, a la bolsa del común. La noticia, por mucho que se mire, no tiene perfil bueno. Si esto ocurre en una empresa local de Sevilla, ¿qué es lo que no pasará en el sinfín de organismos, fundaciones y empresas municipales y autonómicas? Laus Deo.

Hechos ciertos y frases cortas

Carlos Mármol27 de Enero de 2010 a las 13:51

El estancamiento por falta de financiación de las obras del complejo comercial Metropol Parasol de la plaza de la Encarnación corre el riesgo de convertirse en símbolo involuntario de la gestión de PSOE e IU.

LEVI-STRAUSS, el antropólogo francés que murió hace sólo unos meses, autor, entre otros, del célebre ensayo sobre la tristeza de los trópicos, ese mítico territorio de la utopía que ahora lo es también del horror infinito, dejó dicho que, en ocasiones, para derrocar al poder no es necesario contar más que una buena frase corta. Con eso basta. No siempre ocurre. Pero es bueno saberlo. Sobre todo para algunos de quienes nos dedicamos a escribir.

Claro que también puede suceder que el poder no sepa leer. Mejor dicho: que el gobierno, cualquiera que éste sea, lea y en realidad no se entere del rastro que señala su propia mirada. O que, como sucede en Sevilla, el poder (local), en lugar de temblar ante una frase ingeniosa –como, según Neruda, temblaría un notario ante un lirio cortado– se empeñe en perseverar en el ejercicio de suicidarse. En estos casos una frase certera se hace del todo innecesaria. No hay nada que decir. Los hechos hablan por sí mismos. Basta sencillamente con observar.

Cuestión de evidencias

En Sevilla esto es justo lo que, en cierto sentido, está ocurriendo. Se escribe y se discute mucho sobre la gestión del gobierno municipal (PSOE-IU), probablemente más que en otras épocas y con equipos de gobiernos anteriores. Pero, con independencia de las opiniones de cada cual, resulta muy obvio que, al margen de lo que cada uno diga o piense, existen una serie de evidencias empíricas que marcan una tendencia.

Por ejemplo: cualquier ciudadano que haya paseado durante los últimos meses por el entorno la plaza de la Encarnación se habrá dado cuenta de que las obras del Metropol Parasol no avanzan. Es un hecho. No una opinión. Si el ciudadano en cuestión tiene además la costumbre de ser lector de periódicos probablemente recordará haber leído que en el lustro largo de ejecución que lleva consumido el rutilante proyecto diseñado por el arquitecto berlinés Jürgen Mayer se han incumplido ya hasta cuatro plazos distintos. A este respecto también hay muy poco que añadir. Ni la propaganda, oficial tan habitual, ni los comentarios jocosos aportan demasiado. El Parasol se encuentra completamente encallado. No navega.

Ningún gobierno pierde del poder por cometer errores al ejecutar una obra, incluso aunque pudieran ser mayúsculos. No será tampoco éste el caso. Lo que sí parece probable, incluso muy posible a tenor de lo que se ha visto a lo largo de la última semana, es que la coalición PSOE-IU pase a la historia de la ciudad por operaciones urbanísticas tan singulares como la de la Encarnación. Remodelaciones urbanas que una buena parte de la población no entiende –por criterios estéticos, esencialmente– y que, además, se abordan con un coste económico desmesurado en relación al supuesto beneficio que generan. Igual que el tranvía.

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Con la Encarnación el debate no ha salido casi nunca de los mismos raíles: estética, patrimonio, adecuación paisajística, nociones de escala. Las setas de Jürgen Mayer, si llegan a existir, provocarán alergia en algunos y devoción en otros. Serán uno de esos asuntos en los que Sevilla se divide de nuevo en dos bandos: los defensores de lo tradicional y los amantes de lo nuevo. Sin término medio. Las setas están llamadas a ser una especie de símbolo. Un icono a partir del cual cada uno articulará un pensamiento –generalmente único– sobre la ciudad. Algo tremendamente peligroso en caso de no acertar en su elección o no ser capaz de culminar en tiempo, plazo y coste su ejecución.

El talón financiero

La paradoja, sin embargo, es que la razón real por la que esta obra, tan polémica, ha entrado en crisis no es su concepción estética, sino su vertiente económica. Detrás de los discursos sobre el buen gusto casi siempre existe una motivación de índole financiera. No falla. El gran error político del Parasol no radica tanto en el que le achacan sus detractores –su impacto sobre la Sevilla histórica–, sino en su modelo financiero. Justo aquello que durante un lustro de obras ha pretendido camuflarse, al ser el verdadero bosque, bajo el inmenso árbol de la estructura de madera que no llega.

El Parasol no es un aderezo o un capricho. No es sólo un artefacto. Es un negocio. Un negocio que se basa –como dice el pliego de condiciones con el que se adjudicó su construcción– en hacer un “edificio” cuya explotación comercial se delega en una empresa constructora a la que se le dan 25 millones de euros a fondo perdido para que le cuadren las cuentas. La plaza de la Encarnación se privatizó de un día para otro sin consultar a nadie. Por decreto. Ésa es la única verdad.

Y cualquiera puede preguntarse: ¿Para qué, si al final la obra va a tener que terminarse con más fondos públicos?

Es una buena pregunta que nadie va a contestar. Cinco años después de culminada esta decisión y comenzados los trabajos del inmenso Parasol, ni los restos arqueológicos se han restituido a su sitio, ni el mercado de abastos se ha inaugurado, ni las hipotéticas cuentas perfectas cuadran. De hecho, están tan abiertas que ni se sabe cuánto terminará costanto la broma. Es un hecho. No una opinión. Mejor que cualquier frase corta.

Nieve en Sevilla

Carlos Mármol18 de Enero de 2010 a las 17:46

Los sevillanos citan las obras municipales y el tráfico, junto al paro, como los principales problemas de la ciudad según el último sondeo de la Fundación Antares. Dos de ellos, asuntos de estricta competencia del Consistorio.

SUMIDA en la discusión sobre si lo del pasado fin de semana era nieve o simplemente agua más o menos densa, Sevilla ha hecho honor al viejo tópico de seguir mirándose al ombligo. Sobre el particular, en esencia, hay dos tesis. Una: que la nevada del domingo, siendo llamativa, no es hito histórico alguno al no haber cuajado en la capital. Ésta, por así decirlo, es la visión intramuros. La de aquellos que no conciben la existencia de vida inteligente más allá de la antigua cerca amurallada. Hay otra teoría que sí cataloga la noticia como singular: el Aljarafe, el único escarpe geográfico de Sevilla, porque, como dejó dicho Chaves Nogales, esta ciudad, siendo llana, cree ser cima de sí misma, no aparece con un manto de nieve todos los días.

Con independencia de cuál de las dos se elija, lo cierto es que el episodio ha tenido dos ventajas. En primer lugar ha hecho que muchos redescubran la provincia. Siendo una urbe ensimismada, ante la ausencia de nieve en el justo y más que estricto término municipal –bastante exiguo en comparación con otras localidades– muchos ciudadanos se fueron en coche a la Sierra Norte para que sus hijos –y ellos mismos– conocieran la nieve patria.

El segundo beneficio ha consistido en diluir, en parte, la presión que vive el gobierno local estos días inciertos del inicio de año, en los que, pese a lo ordenado por los dirigentes del PSOE andaluz, la discusión sobre lo que ocurrirá con la candidatura a la Alcaldía continúa siendo objeto de cábalas y disquisiciones varias. Más que nada porque, debido a la creciente sensación de final de etapa –cierto horror vacui, por decirlo a la manera clásica–, tampoco hay nada mucho mejor de que hablar. Las cosas, en general, siguen sin estar para tirar cohetes.

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Basta ver el sondeo presentado esta semana por la Fundación Antares para confirmarlo. Pese a su limitado universo –440 encuestas; los expertos dan más credibilidad a estudios demoscópicos con el doble de trabajo de campo– certifica un cambio de opinión entre los ciudadanos sobre el estado de Sevilla. Y apunta una tendencia: la gestión municipal influye de forma directa y notable en la impresión que los sevillanos tienen de su propia ciudad. El tópico acostumbra a sostener que ésta es inmutable y superlativa. El barómetro de Antares relativiza tal lugar común. El tradicional optimismo sevillano esconde, en realidad, un talón de Aquiles. Acaso porque toda exageración, en el fondo, camufle una debilidad íntima. En tiempos difíciles estos desajustes tienden a salir a la luz mucho más.

El Miedo ante el paro

El paro, como es obvio, aparece como la principal preocupación. Va en alza. Teniendo en cuenta que el cambio de ciclo económico ha producido un ajuste inmediato en las plantillas de las empresas –en especial en el sector de la construcción–, no resulta raro que en ocho de los once distritos de Sevilla el empleo sea una obsesión. Casi la mitad de los habitantes de los barrios más populares de la ciudad (Este, Alcosa, Torreblanca, Sur) declaran estar inquietos ante la perspectiva de perder su trabajo, en caso de que lo tengan. Un tercio dice lo mismo en la Macarena y el Norte de Sevilla. Incluso en Triana. El miedo, como decía el viejo lema municipal, va por barrios. No hace excepciones.

La segunda gran novedad del estudio de la Fundación Antares radica en el cambio de visión de muchos sevillanos en relación a su entorno. La mayor parte de las encuestas hechas en la última década solían colocar la inseguridad ciudadana en el primer puesto de las inquietudes ciudadanas. Con independencia de los datos fríos, los sevillanos siempre han considerado que Sevilla es una urbe peligrosa. Alguien dijo que esto era más una sensación que una realidad. Claro que a la hora de recabar la opinión de los demás, lo lógico es que éstos expongan su punto de vista. Y éste no tiene que coincidir con el de quien hace la pregunta. Todavía menos con la visión del gobernante de turno.

El tráfico y las obras

La nueva situación sitúa al tráfico y a las obras como los dos grandes problemas. Ambos asuntos son de estricta competencia municipal. La circulación es materia de preocupación en Sevilla hace lustros. Pero que, justo en el año de la inauguración de la línea 1 del Metro y la puesta en marcha de tranvía, se coloque como segundo conflicto urbano da que pensar. Una de dos: o la apuesta por la movilidad sostenible no es comprendida por la población –que sin embargo apoya sus proyectos emblemáticos– o, más bien, la ejecución de estas políticas, pese a las buenas intenciones, no termina de cuajar. Más que de principios, parece ser cuestión de método.

Las obras son ya otro cantar. Es el tercer problema de Sevilla. Su mención creciente por parte de los encuestados ha subido casi un 13% en sólo unos meses. Y siempre con una valoración negativa. ¿Es que los sevillanos no quieren que se hagan obras? Parece obvio que no. Más bien la impresión es que lo que desean es que éstas se ejecuten con un mínimo de calidad y eficacia. Algo que en Sevilla parece ser una utopía. A algunos quizás tal asunto les parezca de índole menor. Pero a apenas algo más de un año para las próximas elecciones municipales, en términos políticos al menos, se antoja trascendente. Claro que los que quieran pueden continuar hablando de la nieve. A fin de cuentas, es un tema blanco. No hace daño.

Profecías de Año Nuevo

Carlos Mármol11 de Enero de 2010 a las 13:07

2010 será el año en el que Sevilla medirá su propia capacidad para salir de la crisis, se resolverá judicialmente el caso Mercasevilla y se dilucidará la gran incógnita política: quién será el candidato del PSOE a la Alcaldía.

 

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CUANDO el calendario, ese amigo cruel, marca la entrada de un nuevo año es usual hacer balance de la anualidad ida y avanzar una somera previsión de la venidera. El gran problema de esta tradición –íntima, en unos casos; pública, en otros– es incurrir en los mismos riesgos que Casandra, la mujer griega, convertida en personaje mitológico, a la que el dios Apolo –a cambio, por cierto, de un encuentro carnal– le otorgó el preciado don de predecir el futuro. Una vez que la sacerdotisa, tras la coyunda, decidió ser libre –esto suele ocurrir antes o después– y rechazó a su antiguo amante, éste le respetó la capacidad visionaria pero, en señal de desprecio por su conducta, hizo que los demás desconfiaran por norma de sus profecías.

De tal episodio se desprende una lección muy útil para la vida: cada vez que uno, aplicando la lógica, intenta anticipar a los demás lo que ocurrirá a medio plazo, la mayoría de las veces tropezará con el mismo obstáculo. El auditorio no oirá lo que uno dice, sino tan sólo lo que desea oír. Con el poder suele ocurrir igual. Algunos sólo gustan de escuchar lo que previamente dictan. La justicia poética no es su fuerte. Pero ampliando un poco la vieja sentencia clásica, bien podríamos decir que cumplir tan incómoda función es cosa de oficio: la verdad no sólo la dicen los niños y los borrachos. A veces también los periodistas.

Lo que viene

2010 será un año clave para Sevilla. En primer lugar porque después de la debacle económica y social de 2009 –basta ver las cifras de paro para confirmar los adjetivos previos– es de esperar que se produzca el inicio de la recuperación. La mayoría de los países occidentales están ya en dicha senda. En España la situación no es tan clara: todos los analistas señalan que el Reino sufrirá las consecuencias de la recesión durante mucho más tiempo que su entorno europeo. Las perspectivas, además, siguen siendo negativas: incluso aunque los indicadores económicos empiecen a mejorar en relación al último año, los expertos auguran un presente marcado por una leve recuperación pero sin capacidad de restituir los índices de empleo previos.

Sin trabajo, cualquier discurso sobre la mejora de la economía se torna irónico. Quien no tiene ingresos deja caer primero el optimismo. Después, los lazos de vinculación social. Si la situación se prolonga, la escala de valores muta. A partir de entonces cualquier supuesto es posible. Sevilla, con un tejido económico relativamente débil, dependiente de lo público, y sin la inyección de dinero que suponía la actividad inmobiliaria, tiene escasos motivos para mirar al futuro con una sonrisa. Depende sólo de ella. Y probablemente, conociendo a esta ciudad, ésta es la peor situación.

A nivel institucional, la coyuntura tendrá su correspondiente traducción. Parece poco probable que los ciudadanos presten oídos con la confianza de antaño a los cantos de modernidad impulsados por el gobierno municipal, que –por ahora– insiste en la misma vía retórica de la última década: tratar de vender un futuro luminoso –el pleno empleo, dijeron en su día– que no termina de llegar nunca. Salvo en los reportajes televisivos de rigor.

Con el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) lastrado en lo económico –por el reventón de la burbuja inmobiliaria–, la política pública de vivienda bastante atenuada por la falta de respaldo bancario y las empresas con dificultades reales para salir del pozo de la crisis, el mensaje de un inminente futuro mejor no es de esperar que coseche mucha credibilidad. O se cambia de tono, o la cosa puede volverse contra sus pregoneros, que además tienen que administrar una hacienda municipal deteriorada. Mala cosa en un año previo a unas elecciones locales que, por primera vez en mucho tiempo, aparecen como una ceremonia de fin de siècle. El momento trascendente de tener que optar entre dos mundos, aparentemente antagónicos, que acaso en Sevilla en realidad no lo sean tanto.

Asuntos pendientes

El rito electoral será en 2011. Pero huelga decir que casi todo estará cocinado antes. En primer lugar porque es de esperar que en los próximos meses se cierre la segunda pieza de la investigación judicial del caso Mercasevilla –el verdadero hito del tercer mandato de Monteseirín, atrapado entre su esfuerzo por tratar de cerrar los flecos pendientes de sus gobiernos anteriores y el eterno debate sobre su futuro político– y se resuelvan en una vista oral los dos frentes de este escándalo político. Del resultado de dicha causa pende el futuro de buena parte del gobierno local, que además tendrá que trabajar, al menos hasta el verano, con la incertidumbre de quién será el candidato a la Alcaldía de su fuerza mayoritaria: el PSOE.

En ocasiones anteriores, y sin estar en el gobierno de la ciudad, la costumbre socialista ha sido adaptar el poder institucional a las decisiones orgánicas. Hasta ahora, y hace ya cierto tiempo del último congreso provincial, esta tarea está pendiente. La designación, cualquiera que sea la opción elegida, alterará la armonía virtual en el seno del ejecutivo local. 2010 será año de ganadores y perdedores. De victorias y derrotas. Como todos. Laus Deo.

Las cábalas de junio

Carlos Mármol11 de Enero de 2010 a las 13:03

Los hipotéticos ‘alcaldables’ del PSOE de Sevilla juegan sus cartas con la vista puesta en el momento en el que la dirección federal decidirá quién será el candidato a la Alcaldía de Sevilla. Lo decidirán las encuestas.

MOMENTÁNEO compás de espera en el PSOE de Sevilla.¿Hasta cuándo? Nadie lo sabe con exactitud. Teóricamente debería durar unos pocos meses. Los movimientos de finales de año tienen una lógica interna aunque se hayan hecho de cara a la galería. A la vista. Eran los pasos previos a la calma, que suele ser el preámbulo de la tempestad. Porque la elección del futuro candidato socialista a la Alcaldía de Sevilla será tempestuosa. De eso cabe poca duda.

Los máximos dirigentes regionales han llamado estos últimos días a la mesura después de varias semanas en las que cada parte en litigio –en el socialismo sevillano la paz completa se antoja difícil– ha jugado sus cartas con objeto de posicionarse de la mejor manera posible para el día cierto de la carrera. Los mensajes de Chaves y Pizarro son coincidentes con el de Griñán. “El alcalde debe agotar el mandato”. Lo mismo ha dicho el propio regidor, aunque añadiendo un matiz: su partido –sostiene– le ha dejado las manos libres para tomar sus propias decisiones. Ya se verá.

Madrid decide

Resulta evidente que la resolución final no será cosa de la Alcaldía, sino de Madrid. La dirección federal del PSOE es quien, oídas las partes, tendrá la última palabra. Y no la pronunciará hasta que cuente con un escenario demoscópico nítido que oriente o sirva para justificar la decisión. Con esta inamovible certeza trabajan todos los alcaldables. De ahí que su objetivo, sus gestos, sus palabras, no tengan otro fin que tratar de incrementar sus posibles opciones para ese momento, que será la hora de la verdad. Y acaso también la de los justos. De momento, más que jugar a poder ser candidatos, los hipotéticos –conocidos y confesos unos; desconocidos, otros– intentan convertirse al menos en protagonistas de encuesta. No se juegan aún la inclusión en las listas, sino el simple hecho de aparecer con opciones en los sondeos que terminarán inclinando la balanza de un lado o hacia otro.

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Es obvio, de cualquier forma, que los plazos oficiales no van a respetarse. Aunque la dirección federal ha dado orden de no abrir el debate sobre los candidatos a las municipales durante la presidencia española de la UE, nadie cree que la situación actual pueda sostenerse hasta otoño. Al menos, en Sevilla. Probablemente la cosa estallará bastante antes. Los hipotéticos lo saben. Quien se esté quieto y asuma a rajatabla el calendario oficial puede acabar quedándose con la brocha en la mano y sin pared alguna en la que pintar algo.

Todas las partes en liza sitúan en junio el punto de inflexión. El momento de las encuestas. Quizás, algo antes. Depende de quién haga los sondeos. Con este escenario temporal en mente, los movimientos y las escaramuzas de finales de 2009 se entienden a la perfección. En primer lugar, la táctica del actual alcalde, al que algunos dan por amortizado. Desde su entorno –cada vez más limitado– se ha alimentado en las últimas semanas el mito de que piensa dejar la Alcaldía antes de que termine el mandato. Como estas cosas no se dicen directamente, la estrategia ha consistido en resaltar los detalles a aquellos que puedan picar el anzuelo. “Su agenda ha caído en picado: por las tardes ya casi no se dedica a actos institucionales”, cuentan.

Este fingido paso atrás, hábil, permite alimentar el segundo argumento: el delfín es Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, el edil de Urbanismo y Presidencia. Quien –no casualmente– está ganando protagonismo en los últimos meses. Monteseirín quiere que se especule –como ya se está haciendo– con su nombre. Los beneficios de tal postura son dos: si finalmente decide dejar el poder, condicionaría –a través de Celis– la sucesión en Sevilla. En caso contrario, y si su candidato genera rechazo (cosa obvia, a juzgar por la posición de la dirección provincial, que prefiere a cualquier otro concejal como sustituto), su figura quizás podría volver a aparecer como la solución menos mala. Al fin y al cabo, ya es el alcalde. Más que suscitar consenso (cosa imposible), lo que pretendería es medir el grado de rechazo interno de su sustituto, acaso para reiterar su firme voluntad de ir él mismo, llegado el caso, hacia el filo del precipio (dados los sondeos existentes) de una hipotética derrota electoral. No hay como jugar al contraste para que las cosas muten de aspecto.

¿Qui prodest?

Celis, que en público niega que aspire a la sucesión, gana en esta coyuntura la posibilidad de empezar a ser visto –para bien y para mal– como una alternativa plausible. Algo clave de cara a las encuestas, en las que hasta ahora aparece con un perfil político relativamente bajo (cosa que tiene arreglo si le dejan tiempo) y demasiado vinculado a Monteseirín (situación más complicada). En política acostumbra a decirse que la apariencia es el primer paso de la esencia. El edil de Urbanismo hace tiempo que evita las fotos conjuntas con el regidor –salvo cuando no hay otro remedio– e intenta volar solo. Tiene a su favor el apoyo de algunas asambleas locales –controladas de forma directa o indirecta– y en contra el veto de la dirección provincial del PSOE. Los sondeos, que dicen desde hace un año que con Monteseirín el PSOE perderá Sevilla, apuntan a un cambio de caballo. Pero, para eso, hay que tener alternativa. ¿Existe?

Misivas sinfónicas

Carlos Mármol27 de Diciembre de 2009 a las 15:07

Todos los regidores democráticos de Sevilla se han puesto de acuerdo esta semana para reclamar al actual alcalde que no recorte las subvenciones que el Ayuntamiento destina a la Orquesta Sinfónica de la ciudad.

SOSTENÍA Marco Tulio Cicerón, senador romano, ilustre abogado y escritor, que no existe en el mundo nada que sea tan increíble que el ejercicio correcto de la oratoria no pueda transformar, de una u otra manera, en una cuestión aceptable. Una manera algo cínica, la verdad, de destacar la utilidad de las palabras. Sobre todo en política, donde el arte de saber argumentar se antoja requisito básico, aunque la realidad, en especial en Sevilla, prácticamente lo desmienta a diario. Los italianos, como siempre, resumen esta misma idea de forma más poética: se non è vero, é ben trovato. Es cierto. Aunque no sea del todo verdad lo que se afirma, si se presenta con cierta astucia, las cosas terminan casi por parecer lo que no son. O lo que son.

De tales consejos se desprende la necesidad no tanto de ocultar ciertas cuestiones –al final, casi todo se termina sabiendo–, sino de presentarlas de tal manera que su impacto sea menor, soportable. Incluso agradable. Cada uno elige a posteriori el nivel de lectura que le resulte más conveniente. El gobierno municipal de Sevilla no es precisamente habilidoso a la hora de realizar este ejercicio. Es cuestión de carácter. Como es sabido, ni la pedagogía ni la convicción expresiva son parte de sus fortalezas. Y, siguiendo con los clásicos, el carácter acostumbra a ser el propio destino. O casi.

El recorte de fondos

Un ejemplo ilustrativo de esta carencia lo ha protagonizado Maribel Montaño, responsable de Cultura, portavoz del gobierno local y presidenta de la TV municipal. Montaño, que formó parte de la Ejecutiva Federal socialista –este hecho explica en parte su inclusión como cargo no electo en el ejecutivo que preside Monteseirín–, anunció hace unos días que su departamento recortaría sustancialmente la aportación económica que destina a la Orquesta Sinfónica de Sevilla y al Teatro de la Maestranza. Su argumento era el habitual: la crisis no respeta nada. Ni vidas ni haciendas. Tampoco la cultura.

La noticia provocó la lógica preocupación en ambas instituciones –dos de los escasos referentes culturales de una ciudad que no tiene precisamente abundancia de ellos– y, sorprendentemente, motivó un hecho inaudito: todos los alcaldes de Sevilla durante la democracia –cuatro, de partidos políticos dispares– remitieron una carta conjunta al alcalde para que reconsidera tal posición.

MISIVA~1

Tras conocerse la iniciativa, hecha con toda la buena fe, Montaño calificó –por escrito– de “injustificada” la misiva y tildó la actitud de los ex regidores de “fuera de lugar”. Unos días después, en el foro institucional en el que se discuten estos temas –el Consejo rector del Maestranza–, el Ayuntamiento se reafirmó en su posición pero, sorprendentemente, no sólo negó la información de cuál será finalmente su aportación al teatro y la Sinfónica, sino que forzó una suerte de pacto de silencio –en el que participaron el resto de administraciones– para que este dato, clave para poder entrar a valorar con cierta seguridad su libre decisión, no saliera a la luz pública.

Es una mera cuestión de tiempo que se conozca. Los presupuestos, más tarde que pronto, debido a la delicada salud financiera del Consistorio, serán aprobados en Pleno. Y posiblemente haya quien entonces se tome la molestia de comparar dicha partida presupuestaria con la del año anterior. La ley les obliga a rendir cuentas. ¿Es inteligente esta actitud de no dar cifras? Objetivamente, no lo parece. Claro que lo sustancial en este caso, como en casi todo en la vida, radica más en la actitud que en los detalles. En el ánimo con el que se hacen ciertas cosas, que en las cosas mismas. Que las administraciones, cuyos recursos salen de los ciudadanos, manejen el dinero de todos con este grado de secretismo se antoja inaceptable. E ilustra la concepción de la política que aún rige en ciertas instituciones, quizás heredada del franquismo, cuando lo público y lo privado se confundían de forma constante. De nuevo, todo se reduce a una cierta mentalidad.

Una buena iniciativa

El gesto de los ex alcaldes merece un análisis propio. Es una excelente noticia para la ciudad, aunque acaso no para sus actuales dirigentes. En relación a los gobernantes del pasado siempre se corre el riesgo de caer en la adoración y el excesivo respeto derivado de la nostalgia. Del mero paso del tiempo. No es el caso. Cualquier tiempo pasado no fue forzosamente mejor, pero, dada la coyuntura en la que ahora se encuentra Sevilla, a veces lo parece.

El tono de la misiva –constructivo– es muestra de una forma de hacer política que, desgraciadamente, ya no se estila. Los ex alcaldes ofrecen su colaboración personal y desinteresada al actual regidor para salvar a la Orquesta Sinfónica del recorte, como símbolo de la vocación de Sevilla de no desandar el camino recorrido en su afán por mejorar. Que se sepa, el regidor no les ha contestado. Quien les respondió fue Montaño. No parece lo más adecuado. Monteseirín quiso en su día darles la medalla de la ciudad. Rojas Marcos la rechazó. Los demás, la aceptaron. Fue un gesto honorable. Pero lo más honroso que pueden hacer por uno no es darle un galardón, sino, quizás, hacerle cierto caso.

Mercasevilla: la ‘pieza’ del cohecho

Carlos Mármol20 de Diciembre de 2009 a las 12:27

La juez estima la existencia de un supuesto delito de cohecho en la primera causa jurídica derivada de las irregularidades existentes en la empresa municipal de alimentación, cuya gestión está siendo investigada.

LA magistrada que instruye las diligencias judiciales abiertas en los juzgados de Sevilla por el llamado caso Mercasevilla, relacionado con la gestión económica de la empresa municipal de alimentación, ha cerrado esta semana la primera de las dos piezas derivadas de su investigación. Se trata de la parte aparentemente secundaria de dicho affaire, que curiosamente fue la que provocó su entrada en los juzgados –donde se ramificó posteriormente en dos vías distintas y complementarias– y provocó la consiguiente derivación política, una auténtica bomba de relojería tanto para el gobierno local como para la Junta de Andalucía.

Como se recordará, todo parte de una serie de conversaciones grabadas por los empresarios del grupo de restauración La Raza, que en dos reuniones consecutivas celebradas con los máximos ejecutivos de Mercasevilla (Fernando Mellet y Daniel Ponce), son invitados por éstos, presuntamente, a dejar olvidado un maletín de dinero en un despacho como colaboración (des)interesada con, según sus propias palabras, la Junta de Andalucía. No se trataba de una mera charla de café, sino de una conversación de despacho. Seria y, como parece desprenderse de las grabaciones aportadas por los empresarios, vinculante para lograr la subvención que dicha empresa había solicitado para sacar adelante una escuela de hostelería.

La verosimilitud

Si se entra a analizar los hechos desnudos, la causa, que será juzgada por un tribunal popular, tiene poco recorrido. Y no precisamente por carecer de importancia. Más bien todo lo contrario:las grabaciones son tan descarnadas que poca cosa puede añadirse a lo que muestran. Al menos, así lo ha estimado la instructora, que deduce la existencia un episodio de presunta corrupción. Otra cuestión es si existen elementos para que todos los imputados sean condenados. Este extremo dependerá de los ciudadanos del tribunal.

La instrucción judicial, que hay que recordar que llegó al juzgado debido a la decisión del PP de presentar una denuncia, porque el asunto llevaba meses en la Fiscalía, que en el momento de recibir la querella impulsada por Zoido no tuvo más opción que derivarla, se sustenta casi por completo en el registro de audio presentado por los empresarios. Y en su declaración en sede judicial, donde ratificaron su denuncia. Punto.

El resto del caso salta de escala –reducida entonces a los ejecutivos de Mercasevilla y a los empresarios– debido a las declaraciones de Fernando Mellet y Daniel Ponce. Especialmente el primero, que es quien –ante la Policía– sostiene que fue el delegado de Empleo de la Junta de Andalucía, Antonio Rivas, quien, en dos llamadas telefónicas, presuntamente le instó a reclamar a los empresarios el pago de la citada comisión.

MERCASEVILLA COHECHO baja

Aquí es donde el episodio, hasta ese momento limitado a los actores que participaron en la grabación, muta y empieza, como un escalador sordo, a ascender por el organigrama de la Consejería de Empleo. Rivas, en sus sucesivas comparecencias ante el juzgado, siempre ha negado estos hechos. Por activa y por pasiva. El PSOE de Sevilla, que se incorporó al caso con cierto retraso, y después de que el PP, al ser el único partido personado, amplificara mediáticamente buena parte de la instrucción, ha salido en su defensa. Tratando, evidentemente, de cortar cualquier posibilidad de que lo que pudiera ser un teórico cohecho cometido por responsables de una empresa municipal –y este factor se antoja esencial para entender todos los hechos– termine salpicando al final a cargos políticos de máximo nivel.

La juez, sin embargo, otorga la credibilidad necesaria al testimonio de Mellet. En él se apoya para ampliar el abanico de procesados y, tras conocer la posición de las partes, ordenar la apertura de un juicio oral por un supuesto delito de cohecho. Algo inusual en la historia reciente del Ayuntamiento. Muchos casos municipales habían sido hasta ahora objeto de litigio judicial. Pero, en su mayor parte, o quedaban en nada o se limitaban a la jurisdicción administrativa. El apartado penal, sobre todo con políticos de por medio, es toda una novedad. Será el tribunal ciudadano quien tendrá que avalar o cuestionar la verosimilitud que la instructora otorga a las palabras de Mellet. La clave se sabrá el miércoles, cuando la Fiscalía, que es quien comenzó la investigación, fije su posición. De ella depende el futuro de Rivas.

La ‘rama’ urbanística

Claro que la trascendencia política del caso Mercasevilla no radica ya, sin dejar de ser importante, en este supuesto cohecho. La madre del cordero está en la segunda pieza jurídica: la investigación sobre un supuesto acuerdo para beneficiar a la inmobiliaria Sando frente a Osuna en la adjudicación de los terrenos del mercado, cuya operación de traslado –fijada en el PGOU– está en cuestión a raíz de la denuncia inicial. En este asunto es donde el gobierno local tiene encima de la cabeza una espada de Damocles. De momento, junto a los técnicos imputados por la juez aparece ya un cargo electo: el ex concejal Gonzalo Crespo, presidente de la empresa en el momento de los hechos. El gobierno municipal no debería seguir mirando hacia otro lado.

Antes volar que andar

Carlos Mármol13 de Diciembre de 2009 a las 17:20

El primer vuelo de prueba del avión A400M, cuyo montaje se hace en Sevilla, coincide en el tiempo con el bloqueo de la construcción de la nueva ronda de circunvalación SE-35. Cara y cruz de la realidad sevillana.

LA actualidad de Sevilla es una fuente inagotable de paradojas. Ya saben: esa figura retórica o de pensamiento que consiste en emplear expresiones y frases que se envuelven voluntariamente en una aparente y fecunda contradicción. Basta repasar a los tratadistas para caer en la cuenta de que detrás de este singular recurso expresivo se esconde todo un mundo, entre irónico e inteligente, con el que con frecuencia puede explicarse la realidad cotidiana mejor que con cualquier afirmación ortodoxa y lineal. Ya lo dijo Luis Buñuel: “Evidentemente, soy ateo. Gracias a Dios”.

Tal es así que basta mirar los dos acontecimientos más importantes de la última semana en Sevilla para confirmar la infinita capacidad expresiva de esta aparente contradicción lógica. Un ejercicio intelectual que sirve, entre otras cuestiones, para quebrar ciertos dogmas y poner en solfa buena parte del relato oficial que, como acostumbra a suceder, inspiran, de una u otra manera, los diversos poderes (todos ellos terrenales; no se hagan ilusiones místicas) que gobiernan a diario nuestra humilde existencia.

El sueño aeronáutico

Un ejemplo es la feliz noticia de estos días inciertos: el vuelo de prueba del A400M, el avión militar que Airbus ha montado en Sevilla. Un ejemplo de cómo la industria local puede colaborar con la foránea en un proyecto tecnológico de referencia en el que se viene trabajando desde 2003. Bien es cierto que con algo de retraso (dos años), el avión flotó el viernes sobre el cielo de la ciudad durante varias horas y provocó el regocijo de muchos de los tres mil asistentes –una multitud– que asistieron al acto oficial. En un momento tan delicado en términos económicos como el actual, quizás sea un buen presagio de algo que se dice desde antiguo. A saber: cuando uno toca el suelo durante mucho tiempo (incluso el subsuelo, entendido en términos metafóricos) llega un día en que sólo cabe mejorar. Ascender. Acaso hasta volar.

El despegue del A400M es fruto además de una larga, y en cierto sentido desconocida, tradición sevillana. Ya se sabe: en Sevilla, a veces, las costumbres parece que no dependieran de la reiteración en el tiempo, sino más bien del acuerdo (tácito o expreso) de determinados grupos sociológicos.

Antes volar que andar- BAJA

Hasta hace apenas unos años, cuando surgió la iniciativa del A400M, plantear que Sevilla podría ser referente en el complicado mundo de la industria aeronáutica parecía ser una utopía.

El articulista, que ya va siendo perro viejo –muy a su pesar suyo, por otro lado– recuerda de sus tiempos de infantería una ilustrativa estampa: las risas de ciertos ediles el día que en un Pleno de los años noventa un determinado grupo político municipal planteó ante la Corporación una moción en este sentido. El efecto generado por la propuesta fue un jolgorio general. Eso que algunos llaman fino ingenio hispalense: frases malévolas o las comparaciones costumbristas habituales, dichas para restar valor a la idea. Pasado el tiempo, muchos de los que entonces se sonreían al calor de tal propuesta están entre la multitud oficial que el protocolo ha seleccionado para presenciar el vuelo de prueba. Son cosas que con frecuencia pasan: los sueños de algunos terminan siendo a veces los méritos de otros para los que soñar consiste sencillamente en sestear. Es lo que hay.

Sevilla, en todo caso, no es nueva en estos pagos aeronáuticos. En los últimos setenta años la ciudad ha visto pasar algunos antecedentes previos que nos hablan de una constante: el afán de la urbe hispalense por poder volar. Mejorar. Situarse, de una u otra forma, a la vanguardia industrial. Casi todos estos intentos fueron episódicos.Eventos coyunturales. La nueva gesta del A400M es una variante más de este mismo y largo sendero. Es de esperar que, esta vez, termine llevándonos a todos a algún sitio mejor.

La cruz de la SE-35

Claro que no hay alegría completa. Ni cara sin su cruz. El bloqueo de la construcción de la nueva ronda de circunvalación SE-35, fruto de los informes negativos de las administraciones estatal y autonómica, viene a ser algo así como un golpe de arena sobre los débiles engranajes de la ciudad en su búsqueda de salidas contra la crisis. Coincide además en el tiempo con el vuelo de prueba del A400M. La cosa no deja de tener cierta lectura agria: en Sevilla, y no precisamente por realismo mágico, es posible que volemos antes de que podamos siquiera caminar. Dicho de otra forma: esta ciudad, que tiende a estar vuelta hacia el poder, por aquello de que su símbolo máximo es el Giraldillo (una veleta), que huye del riesgo como un vampiro del ajo, acostumbra a ser escenario de inesperados éxitos sobrevenidos. Pero, paradójicamente, continúa siendo incapaz de lograr victorias más mundanas. La inconstancia como supuesta grandeza.

La SE-35 parecía ser una aspiración plausible: se contaba con fondos propios (obtenidos gracias a las recalificaciones urbanísticas negociadas en el marco del PGOU) para construirla y existía un consenso general –con el resto de administraciones– que ahora parece en cuestión. Es el eterno destino de Sevilla: triunfar a veces en lo imposible y fracasar en lo doméstico. Volar y, al tiempo, no llegar en realidad a levantar un palmo del suelo.

De ruina

Carlos Mármol6 de Diciembre de 2009 a las 20:20

La grave situación financiera del Ayuntamiento de Sevilla, que ha decidido retrasar la presentación de sus presupuestos para 2010, pone en solfa la capacidad del gobierno local para administrar los recursos públicos.

Al final, casi todo en la vida termina siendo, de una manera u otra, un problema de cartera. Del vulgar dinero, que dirían los clásicos españoles. El dios más común. Algo así le sucede al Ayuntamiento de Sevilla, que esta semana ha decidido retrasar la presentación de sus cuentas para 2010 alegando que tiene que elaborar un plan de viabilidad a tres años que le permita salir del pozo económico en el que se encuentra. Casi todo el dinero previsto para inversiones se irá en cubrir el agujero financiero de Tussam. La mayor empresa de la ciudad –el Consistorio– dejará de invertir durante al menos un año. Puede que incluso más.

Se dirá –como se dice– que ésta es una situación normal. Previsible. La crisis económica obliga a las administraciones públicas, empresas privadas y ciudadanos a apretarse el cinturón –en algunos casos hasta ahogarse– para tratar de salir de la recesión. Vale. En el caso de Sevilla hay algunas singularidades notables. Esencialmente una: el Ayuntamiento hispalense, que sacó adelante hace apenas un mandato –en el año 2006– su nuevo Plan General de Ordenación Urbana (PGOU), contaba hasta hace poco, gracias precisamente a este factor, con más recursos económicos disponibles que durante casi todos los periodos recientes de su historia.

El cabildo sevillano, como se le conoce históricamente, nunca fue excesivamente boyante. Vivía de las transferencias estatales y de lo que recaudaba anualmente de los ciudadanos –algunos– en concepto de tributos locales. Desde la reinstauración de la democracia nunca fue dado a las alegrías. La transformación de la ciudad acometida con motivo de la Exposición Universal de 1992 se pagó gracias a programas de los gobiernos central y autonómico o con fondos procedentes de la gestión del anterior Plan General de Ordenación.

En términos económicos, desde el fin de la Muestra Universal se ha ido, digamos, trampeando. Poco más. Háganse una idea: el volumen de inversiones ordinario en áreas como Urbanismo, en un ejercicio ordinario (2005), no llegaba ni a los 30 millones de euros. Con una única obra de cierta entidad –el bulevar de Bellavista, por poner un caso– se agotaba la hucha. Casi todo el dinero municipal se destina a gastos de personal y funcionamiento. En una parte, notable, heredados de la secular estructura consistorial; en otra, nada despreciable, fruto de la conveniencia política de los distintos regidores.

La era monteseirín

Monteseirín llegó a la Alcaldía en 1999 gracias al PA. Su primer mandato estuvo marcado por esta situación. No es raro que se sintiera estrecho de costuras. La coyuntura cambió a partir del segundo mandato: la revisión del PGOU –no hay máquina más potente a la hora de generar dinero que el urbanismo– permitió al gobierno local ingresar una ingente cantidad de dinero. Había fondos en metálico y avales bancarios. A estos recursos hay que añadir, en tiempos de la burbuja inmobiliaria, la enorme bolsa de patrimonio municipal de suelo procedente de la gestión urbanística ordinaria. Una magnífica herramienta política y de inversión al servicio del gobierno municipal.

DE ruina baja

Esta vía de autofinanciación, a sumar a los recursos ordinarios municipales, que durante todo este tipo no fueron escasos, han permitido que en estos años se pongan en marcha muchos de los proyectos de los que presume Monteseirín. La trascendencia de estos fondos urbanísticos no es sólo cuantitativa: el nuevo PGOU casi agotó el suelo del término municipal, salvo Tablada y alguna zona más. Los ingresos obtenidos gracias a él constituían una reserva económica clave para poder construir la nueva Sevilla y mejorar la ciudad existente, evitando que volvieran a producirse los graves desajustes producidos a lo largo de la historia urbana reciente de la ciudad. Desajustes que, como casi siempre ocurre, padecen esencialmente los barrios situados más allá de la ronda del Tamarguillo.

¿Qué ha ocurrido con este dinero?¿Dónde están los fondos de las recalificaciones? Ésta es la gran pregunta que nunca ha aclarado –ni aclarará– el gobierno local. Parte de estos recursos se derivaron –con autorización autonómica– a los dos grandes programas de inversión en barrios, cuyo grado de ejecución ilustra la capacidad de gestión del ejecutivo de Monteseirín. Desde el gobierno local se admite que son un auténtico desastre. Otra cantidad se utilizó en proyectos como la Encarnación –subvencionado a fondo perdido–, el tranvía –licitado por un empresa oficialmente en situación casi de quiebra, es de suponer que con permiso del interventor– y otras muchas muestras de grandeur.

El problema financiero del Consistorio no es sólo fruto de la coyuntura económica –caída de los ingresos estatales en 52 millones de euros o reducción del orden de un 35% en la recaudación tributaria ordinaria– sino de una determinada política. Antecedentes existen. Basta mirar los informes de fiscalización de la Cámara de Cuentas sobre la Diputación bajo la etapa de Monteseirín. Débitos crecientes y dinero sin justificar cuya falta quedó prescrita. Dada la conocida celeridad del organismo fiscalizador, no es de extrañar que esta innovadora gestión se repita en el Ayuntamiento. Se podrá apelar a la coyuntura lo que se quiera, pero lo cierto es que las causas de la ruina municipal están muy claras.

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • Sevalber

    Muy interesante su análisis. En esta ciudad se habla con mucha facilidad de peatonalización, pero lo...

  • Ramón Espadas

    Enhorabuena por los dibujos tan poderosos que ilustran estos artículos. Creo sinceramente que...

  • Cesar Garcia

    Donde se puede obtener mayor información de esta nueva plataforma?? Estoy completamente de acuerdo con...

  • sevillano de adopción

    Algo no huele bien cuando es la Junta y no el Gobierno Municipal quien se lleva los laureles,...

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