Carlos Mármol | 13 de mayo de 2012 a las 6:03
Sevilla carece de un proyecto urbano propio que la saque del marasmo económico. El Ayuntamiento se entretiene en cuestiones menores y golpes de efecto mientras la devastación sobre el empleo aumenta.
John Bunyan, el predicador inglés, autor de The Pilgrim´s Progress, una novela metafórica sobre la salvación del alma que es uno de los libros más leídos en lengua inglesa, debería haber nacido en Sevilla. El destino, en cambio, quiso que viera la luz primera en Elstow, una pequeña aldea británica. A pesar de la enorme distancia –en el tiempo y en el espacio– que nos separa de él, uno de los elementos dogmáticos que defiende en su obra, una suerte de embrión del puritanismo religioso, resulta ser mucho más aplicable a la situación por la que pasa la capital de Andalucía que a los villorrios baptistas por los que discurrió su existencia, marcada por el afán de predicar su evangelio sin el correspondiente permiso legal; costumbre que le llevó a prisión durante algo más de una década. Ya entonces se sabía que decir a los demás lo que se piensa en público era fuente segura de problemas. Nada nuevo bajo el sol.
Bunyan relata en este libro su viaje alegórico desde la Ciudad de la Destrucción a la Urbe Celestial. Una especie de sendero iniciático. La ardua búsqueda de la salvación. Camino similar deberíamos estar recorriendo los sevillanos en estos momentos de quiebra de todos los valores materiales y anímicos en los que hasta las cosas que parecían ser más seguras se tornan hipotéticas. Y, sin embargo, aquí estamos como siempre: parados, esperando los trenes de fuera –que no van a llegar– y con el discurso aldeano de que hay que ponerle una alfombra roja a quien quiera venir a salvar a Sevilla de la lamentable situación en la que se encuentra. Como si todavía existieran los profetas.
Paradójicamente, en estos tiempos de zozobra la gente cree, y hasta vota, a los políticos milagrosos. Lo que viene ser igual a pensar que los hechos inauditos existen. Sin entrar en materia de fe, la estadística desmiente a diario tal aserto, pero esto no impide que muchos se arropen en nuestros propios tejidos puritanos –las hondas tradiciones, las esencias– como única defensa ante la enorme incertidumbre, que crece por doquier. La actitud del avestruz: esconder la cabeza y mirar hacia el suelo. Disimular. No cruzar la mirada con el peligro. Fingir tranquilidad e ignorar la realidad: las cosas no dejan de empeorar.
Sevilla carece en estos momentos de un proyecto urbano propio para tratar de navegar en mitad de esta tempestad. El que se trazó hace ya un lustro –plasmado en un Plan General que apenas si se ha puesto a funcionar– es perfectamente válido pero, a efectos políticos, parece no contar demasiado. La mayoría absoluta del PP en el Ayuntamiento, al menos en el año que lleva en el poder, no ha hecho más que gritar que su validez es cero y defender que es necesario superarlo. Curiosamente, este discurso –que no es cosecha propia, sino que responde a otros intereses; legítimos pero partidarios– se hace sin que nunca aflore de quienes critican al Plan General ninguna alternativa distinta a la jurídicamente vigente.
No es extraño que esto ocurra. Si la mentalidad de muchos, entre ellos los políticos, es que debemos ser salvados desde el exterior –en realidad lo más probable es que nos intervengan, lo que sería bastante más traumático– parece descontado que se dediquen, sobre todo desde el Consistorio, a esperar a que sobrevenga ese incierto milagro mientras nos entretienen, como en la Feria, con sus golpes de efecto –el mandato comenzó con la obsesión por el tenis; así seguimos– y el revisionismo fácil.
Mala cosa. No tenemos futuro alguno como ciudad, que no es sólo un territorio, sino una comunidad, más allá de nosotros mismos. Frente a la ciudad celestial que, con variantes distintas, nos vienen vendiendo desde la Plaza Nueva desde hace un año, en la que las grandes reformas se limitan a cambiarle el nombre de una calle –Marinaleda hizo lo mismo en sus tiempos míticos; ya se sabe que una revolución no es nada si no modifica el nomenclátor–, es necesario reivindicar la ciudad posible, que es la depende de nosotros mismos. De los sevillanos.
Habría que invertir por completo los términos de la discusión: no esperar de fuera ninguna salvación, sino salir a conquistar un destino plausible. Porque las soluciones, los proyectos, no son el maná bíblico, que cae del cielo porque Dios ha decidido alimentar a su pueblo, sino el resultado del trabajo, la solvencia y el talento de quien persigue un horizonte. La supervivencia, en este caso.
Sevilla sigue presa de sus habituales discusiones sobre la estética patria y el idealismo infantil sobre la urbe predestinada y elegante, mientras sus cimientos –que son la gente– se hunden en el barro del desempleo, la ruina y la quiebra diaria. Quizás todo está escrito y a esta generación de sevillanos nos va a tocar revivir las famosas estampas del 98: las últimas colonias americanas perdidas sin remedio mientras se jalean los toros en la Maestranza. Puede ser. Pero también, aunque es difícil, puede pasar que seamos al fin capaces de reaccionar.
Las sociedades inteligentes son aquellas que, además de permitir la discrepancia y el intercambio de ideas, dejan a sus individuos avanzar por sí mismos sin tener que depender –más allá de lo estrictamente necesario– de los rituales del hormiguero. El futuro se gana, no se espera. Sentarse a sestear en la estación no tiene mérito alguno: el tiempo discurre por su sendero sin que movamos un dedo. Lo meritorio es caminar, trazar un plan colectivo –fruto del consenso ciudadano; no de los intereses de los habituales linajes hispalenses– y trabajar en una determinada dirección con el mayor impulso posible. Salir fuera. Aprender. Equivocarse. Volver a la carga. Dejarse de discursos, concentrarse en los hechos. Dedicarse a la tarea.
Urge impulsar una profunda discusión ciudadana sobre esta cuestión. Quien espere que la iniciativa salga de los foros políticos es un perfecto ingenuo. O peor. Ni existe suficiente conciencia ni probablemente haya suficiente capacidad intelectual para asumir este enorme reto. Su papel, con suerte, consistirá en reaccionar, cosa que sólo se producirá si perciben a su alrededor un verdadero movimiento civil independiente que no sean capaces de controlar. Alguien que baje el telón del teatro.
La ciudad posible que podría ser Sevilla no va a venir de la clase política, sino de los ciudadanos, que son algo muy distinto a lo que algunos llaman la sociedad civil. Es la gente la que tiene que asumir su propia responsabilidad como ciudadanos, resolver sus incógnitas –si las tienen– y modificar la percepción del mundo heredada –porque el mundo tal y como lo hemos conocido hasta ahora se viene abajo;no va a quedar nada en pie– si quiere llegar a sobrevivir con cierto grado de autonomía. Y todo empieza por lo mismo:perder el miedo a hablar.
Sevilla debería dejar de ser una ciudad de silencios por miedo a situarse en el lugar equivocado. Una ciudad en la que en lugar de rogar, rezar y pregonar –rituales de las civilizaciones primitivas– se empiece de una vez a argumentar, inventar y colaborar.
Todas las ciudades nacen por un motivo determinado, concreto. En ocasiones es la geografía –el vado de un río es nuestro caso–, la economía o el simple capricho de un príncipe –éste, por ejemplo, es el germen de la urbe barroca– pero lo que está comprobado, principalmente porque nos lo enseña la historia, maestra de la vida, es que cualquier ciudad, por sólida que nos parezca, incluso aunque como Roma sueñe con convertirse en una urbe eterna, puede morir –sin dejar de existir sobre un plano físico– si sus propios habitantes no son capaces de impedirlo.
Carlos Mármol | 6 de mayo de 2012 a las 6:06
El gobierno municipal orienta buena parte de su actividad a la promoción de lo que llaman ‘la marca Sevilla’, un concepto que, a juzgar por el funcionamiento de algunos servicios públicos, corre el riesgo de resultar fallido.
En estos tiempos extraños de las redes sociales y la tecnología milagrosa que cabe en la palma de la mano, la política, incluso la municipal, generalmente mucho más pedestre y pegada al suelo que otras de sus derivaciones, padece con sorprendente intensidad el síndrome de la metonimia:usar una parte de las cosas como si fuera el todo. La costumbre está tan extendida, entre otras cosas debido el nefasto vicio del lenguaje políticamente correcto, que para algunos se ha convertido en dogma de fe decir que algo tiene que ser de una cierta manera para que, acto seguido, casi sin solución de continuidad, suceda. No existe demasiado interés real en cambiar las cosas, tarea que es sinónimo de disgustos, sino tan sólo en alterar su nombre. Modificar los términos, sin plantearse otro tipo de mudanzas.
Casi podría decirse que muchos gobernantes se han convertido en magos –en el peor sentido del término– que se sacan de la chistera expresiones y palabras que únicamente buscan disimular ciertas carencias, ocultar el miedo a tomar determinadas decisiones y disfrazar la inactividad. Por ese orden. Puede ser también sinónimo de frivolidad o de incapacidad, depende; pero lo cierto es que en el discurso que proyectan muchos de nuestros próceres cuenta más que los ciudadanos asumamos su singular sentido de la terminología que los éxitos de su gestión. A veces, sencillamente, porque no hay gestión, sino una simple perversión del lenguaje, ese tesoro que fijó en castellano el sevillano Nebrija. El milagro de un alfabeto perfecto que algunos traicionan a diario.
En Sevilla sabemos mucho de esto. Desde antiguo. Ocurre todos los días. Los recortes de derechos y servicios públicos que están marcando la agenda política en España, derivados de la calamitosa situación económica de las arcas públicas y las haciendas privadas, se ocultan tras el término reformas, como si el personal fuera sordo, torpe o ingenuo. La reforma laboral, por ejemplo, es un programa para “crear empleo” en lugar de una herramienta para abaratar cualquier clase de despido. Hay quien cree que esto no es así, aunque en tal supuesto habría que preguntarse cuál es el concepto de empleo que tienen quienes han impulsado esta remodelación legal. Probablemente sea muy distinto al del resto del orbe.
En cuestiones de igualdad sucede otro tanto. Llamar violencia de género a las agresiones contra las mujeres se ha convertido casi en una obligación, como si lo trascendente fuera el segundo término –el género– en vez del primero –la violencia–. Establecer categorías morales sobre ciertas lacras puede servir a algunos para liberar complejos, pero no obvia la evidencia: cualquier violencia (sin adjetivos) debería ser condenable con idéntica intensidad. Sin atender a discriminaciones.
El Ayuntamiento de Sevilla está también preso de esta costumbre. En las últimas semanas, por ejemplo, hemos visto al alcalde, Juan Ignacio Zoido, intentar implicar a la Junta en una nueva entrega de la operación virtual para paralizar la Torre Pelli, cuya construcción sigue adelante, pese a todos los golpes de efecto del regidor, en el Sur de la Isla de la Cartuja. Los asesores del alcalde han concretado la responsabilidad de la Junta en ese tema –inexistente, en términos jurídicos– con el insólito término de “protección paisajística”.
Un concepto, bien lo sabe el geógrafo sevillano Florencio Zoido, cuyo apellido coincide con el del regidor hispalense, sobre el que habría mucho que discutir. Demasiado. En la Junta llevan años dándole vueltas y todavía no han conseguido convencer a todos de que el horizonte es un valor cultural. Algo a conservar.
La Torre Pelli, por cierto, padece idéntica enfermedad: se llama oficialmente Torre Cajasol, aunque no es descartable que dado como están las cosas también sufra un nuevo cambio de denominación siguiendo todo lo antes dicho. Será inútil: entre los sevillanos ya es, desde hace tiempo, sencillamente la Torre Pelli –diga lo que guste la entidad financiera que la construye– al igual que el Parasol de la Encarnación, desde antes incluso de existir, son las setas.
El poder disfruta utilizando su propio diccionario. Cree que es uno de los atributos que le equiparan a Dios: denominar las cosas a su antojo. La gente, sin embargo, sigue usando el diccionario de siempre. Un signo evidente de lo que antes de llamaba gramática parda: la inteligencia natural o aprendida, que desde antiguo explica que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Sin más aderezos.
La pandemia de rebautizar las cosas a capricho de los políticos es tal que buena parte de la gestión del equipo de gobierno del PP en su primer año de vida se está dirigiendo, según confesión propia, a lo que ellos llaman “recuperar la marca Sevilla”. Al parecer, había una marca que había sido mancillada durante los años de gobierno de la izquierda –la célebre coalición política de PSOE e IU– y era necesario volver a resucitarla.
La concepción de las ciudades como posibles marcas globales –una cuestión con tantos aspectos positivos como negativos– es uno de los asuntos clásicos de la política estratégica con la que los municipios han orientado su gestión durante las dos últimas décadas, cuando había dinero para viajar, promocionarse e invertir en marketing urbano. Según esta concepción de las cosas, una ciudad debe venderse al exterior, proyectar una determinada imagen ante los demás y dar una visión de sí misma que logre generar inversiones, atraer empleo e incrementar el bienestar de sus ciudadanos.
Nada que objetar: quién no sale a mostrarse en el mercado del mundo tiene difícil que alguien le haga caso. Y estamos en venta, al parecer. Aunque convendría reflexionar si Sevilla no es una ciudad antes que una mera marca. Esto es:un territorio donde viven personas con necesidades, aspiraciones y capacidades. Lo ideal es utilizar todos estos elementos en un proyecto común, acordado, discutido y testado para conseguir mejorar la vida de la gente. Quedarse en la simple propaganda no parece inteligente. Es lo que hizo el anterior gobierno, que elaboró dos planes estratégicos cuya relectura produce entre hilaridad y tristeza:conseguir el pleno empleo en la Sevilla del 2012.
Los expertos suelen resumir la estrategia para posicionar una ciudad en tres cuestiones: contar con un proyecto territorial (urbanístico), perseguir un determinado modelo económico (en función del cuál se orientan los esfuerzos) y ser capaz de articular un movimiento social y cultural propio. Tres cuestiones que deberían ir de la mano. Se da por descontado lo básico: los servicios públicos deben funcionar correctamente, ser eficaces y resultar suficientemente atractivos no sólo a los inversores, sino a los ciudadanos.
¿Sevilla puede vender todas estas cosas? Parece difícil. Mucho más en los tiempos en los que estamos: los recortes de gasto en las empresas municipales, pese a que el alcalde ha terminado incumpliendo sus propias previsiones y dilatando los ajustes hasta un año más en algunas sociedades públicas, repercutirán en los servicios públicos a corto plazo. Ya se verá exactamente en qué medida.
Con esta cuestión en el horizonte basta analizar el resto de requisitos antes citados para tener elementos para valorar con algo de criterio la estrategia de marketing urbano del Ayuntamiento. Contamos con un modelo urbanístico de vanguardia, pero la mayoría del PP en el Pleno no termina de asumirlo. Nuestro proyecto económico se limita a la vaga defensa del turismo patrio. ¿Existe un modelo social y cultural capaz de sobrevivir a esta crisis? No lo parece. De donde se deduce que la marca Sevilla del PP es como un soufflé. Muy bueno, pero no sabe a nada.
Carlos Mármol | 29 de abril de 2012 a las 6:05
La negra sombra de la crisis y el incremento del paro provocan que muchos sevillanos se vean forzados a salir al extranjero en busca de un futuro menos malo. Una contradicción en la ciudad que los políticos llaman del talento.
La crisis económica se ha convertido, sobre todo en Sevilla, en la negra sombra a cuya fúnebre memoria le dedicó un hermoso poema Rosalía de Castro hace más de dos siglos. Una negra sombra que nos asombra por su extraordinaria longevidad. El deterioro de la situación social en la provincia superó hace tiempo los límites de lo soportable –cinco años seguidos de paralización casi total de la economía real– y empieza a derribar sin piedad los proyectos de vida de una buena parte de los ciudadanos, en especial aquellos que sufren la extendida lacra del desempleo.
La génesis del infarto económico tuvo lugar hace ahora un lustro. Sus consecuencias más funestas han viajado a lo largo de todo este tiempo, como si fueran una bomba latente, gracias a la extrema capilaridad del sistema global en el que hemos convertido el orbe. Su devastador efecto alcanza ya, de una manera y otra, a casi todos. Cada cual lo soporta a su manera: unos con resignación, otros con ira;los más, con grandes dosis de desencanto. Algunos están mucho mejor que otros, como siempre. Pero casi nadie se atreve a mostrarse optimista, al menos en público, ante el sombrío porvenir general. No se vislumbra ni gota de esperanza.
Puede que lo peor –todavía– esté por llegar. Quién sabe. Los expertos financieros explican que, con independencia de cuál sea la evolución de la economía mundial, la situación española no va a verse aliviada hasta que no fluya el crédito bancario. “Hasta que haya una demanda solvente”, explicó hace unas semanas el gobernador del Banco de España, que sin embargo no aclara cómo se puede encontrar “una demanda solvente” –el prestigio bancario que una vez mencionó por estos pagos el ex presidente del Betis– en un país con nuestro índice de paro y con una deuda pública, pero también privada, que tardará en pagarse varias generaciones. Y sin que haya responsables de la burbuja inmobiliaria, el terrible cáncer que provocó la muerte.
Por eso no es raro, ni sorprendente, ni siquiera malo, sino todo lo contrario, que algunos –los más jóvenes, pero no únicamente ellos– empiecen a perseguir otros horizontes distintos a los que, según la retórica hispalense más costumbrista, nos ofrece el Guadalquivir a su paso por Sevilla. No es cosa nueva –otras generaciones de sevillanos lo han estado haciendo durante siglos– pero visto en relación a las tres últimas décadas, las de la autonomía, casi parece ser un hecho excepcional. Sevillanos marchándose de Sevilla. Una estampa casi irreal.
Y, sin embargo, sucede. Está pasando desde hace al menos tres años. Desde 2009 el porcentaje de emigrantes sevillanos ha crecido más de un 17%, una cifra que, aunque está lejos de la que registran otras provincias andaluzas como Almería, tierra de exilio económico atávico, supone una muestra –estadística– de que la percepción de los sevillanos sobre su futuro no está ya ligada al terruño, sino al pragmatismo. Hay que buscar fuera lo que aquí no existe, no se puede crear por las condiciones objetivas y ambientales o sencillamente es imposible que termine dando frutos. Cualquiera de las tres causas parecen razones más que suficientes.
El proceso de éxodo económico que han iniciado los sevillanos, y que irá a más si el rumbo de las cosas no gira, se nutre sustancialmente de la capital y de su entorno metropolitano. La ciudad difusa que nos ha dejado en herencia la historia, la política y el monocultivo inmobiliario que transformó la comarca del Aljarafe, antaño fértil y lírica, en una gigantesca urbanización a cielo abierto similar a Brasilia, donde el coche es necesario hasta para ir a la farmacia a comprar aspirinas.
Evidentemente, pensarán algunos, se trata de una cuestión de causa mayor. La política municipal tiene poco que ver con este exilio en camára lenta que dirige a muchos de los sevillanos mejor preparados –quizás no sean, frente a lo que dice el tópico, los mejores del mundo, pero está muy claro que los únicos de los que disponemos en Andalucía– hacia una diáspora cuyas raíces son económicas pero bajo la que late un sustrato cultural. Porque los sevillanos que se van, en cierto sentido, han aceptado la derrota:las cosas no se pueden cambiar, o no merece la pena cambiarlas, en Sevilla, donde la vida oficial sigue rigiéndose, con todas las variantes que queramos ponerle, por los mismos principios del siglo XIX.
Lo paradójico no es que este movimiento de huida alcance una intensidad que no recordábamos, sino que se produzca al mismo tiempo que el discurso de los políticos locales está vinculado precisamente a ideas que tendrían que impedir que la decisión de abandonar Sevilla fuera obligada, sino una opción voluntaria, libre y derivada de los proyectos personales, más que debido a las circunstancias económicas.
Durante la campaña electoral de las últimas elecciones locales –hace apenas diez meses– los socialistas, que en la carrera por conservar la Alcaldía partían con una desventaja que después terminó convirtiéndose en la mayoría absolutista de la que disfruta Juan Ignacio Zoido, el actual regidor, acuñaron un lema para su candidato –Juan Espadas– que buscaba identificar a Sevilla como “una ciudad con talento”.
El mensaje era hermoso –al menos se alejaba de las tradicionales esencias patrias o, quizás, las reformulaba en términos distintos– pero no era más que eso. Una frase. Un mensaje. Un simple anhelo. Poco más. Su falta de contenido real no fue, sin embargo, reparo alguno para que el actual regidor le robara la idea al hoy jefe de la oposición municipal en su discurso de investidura, donde habló mucho, de forma extrañamente reiterativa, del “talento de Sevilla” como uno de los atributos a conservar y potenciar durante su era. Su mandato lleva casi un año de vida. Y hasta el momento esta cuestión sigue absolutamente virgen. Por explorar.
Que en Sevilla a lo largo de su larga historia han existido altas dosis de inventiva, creatividad y genialidad no cabe ninguna duda. No sé si en esto somos mucho mejores o peores que en otros sitios, pero indudablemente nos encontramos lejos de determinados lugares comunes que en Madrid, por ejemplo, se tienen del Sur de España, donde nos retratan con desconocimiento y cierta prepotencia.
Baste recordar ciertos comentarios políticos tras las últimas elecciones autonómicas –en las que el PP ganó pero perdió, y socialistas e IU perdieron pero han ganado– para entender a qué me refiero. Aunque el mal en cuestión no es exclusivamente cosa exterior:la teoría de que África empieza en Despeñaperros es muy antigua y, por lo que se ve, ahora goza de notables profetas, acaso porque no soportan la caída de sus propios ídolos. No es tampoco muy de extrañar:les supone la ruina. Literalmente.
Ahora bien, todo esto no impide admitir la evidencia:el talento de Sevilla suele dar frutos más fácilmente en otros lugares, antes que aquí. Es así de simple. La lista de insignes expatriados hispalenses es nutrida y conocida. Desde Manuel Chaves Nogales a Cernuda; desde Machado a Velázquez. Con esta nómina difícilmente puede sostenerse que esta ciudad, más que la urbe del talento, no sea más bien la urbe del espanto y la resignación, un lugar del que hay que huir lo antes posible si realmente se quiere progresar en la vida.
La Sevilla Eterna acostumbra a utilizar dos tácticas simultáneas frente a aquello que no puede controlar. Primero –si puede– juega a ignorarlo. Después, si esto no le funciona, intenta fagocitarlo, integrándolo en su escala de valores; anulándolo, al cabo. El talento siempre es libre. No es de extrañar que viaje.
Carlos Mármol | 22 de abril de 2012 a las 6:04
La nueva ordenanza municipal de veladores consuma la conversión de los espacios públicos de Sevilla en una especie de abrevadero al aire libre. El Ayuntamiento, ineficaz para hacer cumplir sus propias normas, abre la mano.
Ante la figura de Miguel de Cervantes, el manco de Lepanto, el hombre adusto de la pequeña estatua que en Sevilla tenemos algo abandonada en la calle Entrecárceles, ignorada entre el océano de figurines y adefesios que últimamente colocan las fuerzas vivas de la ciudad para hacerse notar a sí mismos, hasta los ateos deberíamos arrodillarnos. No por la estatua, obra de Sebastián Santos, sino por el personaje. Es difícil encontrar alguien más sublime. Una extraña anomalía: por esta tierra del Sur caminó alguna vez alguien con verdadero amor a la mesura, a la inteligencia y al sentido común. Rara avis.
Véase, si no, uno de los consejos que Don Quijote da a su fiel escudero Sancho Panza cuando se dispone a gobernar la ínsula Barataria, a la que Sevilla cada día se parece más.
“No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan vienen a ser como la viga, rey de las ranas, que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella”.
Viene la cuestión al caso por un asunto mucho más pedestre pero, en términos urbanos, importante: la nueva ordenanza de veladores de Sevilla. Una muestra evidente de un conflicto de intereses entre un importante sector económico –los hosteleros– y el resto de los ciudadanos. Un ejemplo de cómo el gobierno local pretende contentar a dos partes en litigio sin conseguirlo y sin solventar la cuestión de fondo. Algo que, bien mirado, casi hace completamente innecesaria su propia existencia. ¿Para qué sirve un gobierno municipal que no soluciona los problemas?
La herencia meridional
Vayamos por partes. Sevilla es una ciudad tomada por las terrazas. Una costumbre heredada de la vieja cultura meridional –todo se hace en la calle– que entiende la vida como una ceremonia a cielo abierto. Sin puertas ni techos. Nada que objetar. Probablemente éste sea uno de nuestros atractivos como urbe de raíz mediterránea, lejos de la concepción puritana que tiende a planificar las ciudades en función de lo privado, limitando el espacio público al tránsito o a los desfiles. Militares, por supuesto.
En que nos gusta usar la calle se nota que somos una ciudad vieja, secular: la urbe moderna, definida a partir de las primeras décadas del pasado siglo, concibe el espacio colectivo como un ámbito mucho menos participativo y flexible que la ciudad clásica, donde el ágora es el centro de la vida. La sociabilidad sajona tiene un marcado componente difuso que explica dos cosas. Una: que las calles y plazas tengan una función bastante más instrumental que finalista –son sitios por donde se pasa; más que lugares donde se está–.
Y dos: que la política, que comenzó como una costumbre que se practicaba originariamente en el foro colectivo, donde la argumentación se convirtió en arte, se recluyera en los magnos edificios oficiales. Monumentales, enormes, mayestáticos. Tan aparatosos como las catedrales del gótico. Desde entonces la política es, sobre todo, una perpetua batalla de salón, una tarea conspirativa, llena de silencios y estancias de pasos perdidos. Una actividad de alfombras más que de adoquines. La calle se quedó fuera de los parlamentos. Muy rara vez entra.
En Sevilla casi nunca se ha visto como un problema que muchos negocios pongan sus salones en la calle. Se asume como algo natural, lógico y hasta positivo. ¿Lo es? Depende. Al igual que aconsejaba El Quijote –toda afectación es mala–, los excesos de los últimos tiempos han cambiado la percepción que los ciudadanos tienen de la utilización de las plazas por parte de la hostelería. Un rasgo que muestra que, sin dejar de ser meridionales, nos sentimos europeos. Y en Europa los reglamentos son una excelente costumbre para conciliar derechos.
El fenómeno, pues, hay que verlo en positivo. La demanda ciudadana para que los veladores de los bares no terminen convirtiéndose en dueños y señores de la ciudad responde en buena medida a la regeneración de las principales plazas del centro. Llenas de coches durante años, pasaron a ser peatonales –por un brevísimo intervalo– para mutar, debido a la ineficacia municipal, y convertirse en auténticos abrevaderos al aire libre. No porque se coma en la calle –cada uno llena el buche donde puede–, sino porque tal actividad no debería impedir otras.
Sevilla siempre ha tenido una norma para regular los veladores. Primero existió una ordenanza genérica de ocupación de la vía pública. Después se hizo una directiva concebida para las terrazas. La reforma que ahora plantea el gobierno de Zoido supone el tercer intento por cerrar una cierta regulación. Ocurre, sin embargo, que elige quedarse en un punto intermedio en una cuestión en la que las posiciones son extremas. Quizás aspiraba a la virtud, pero en este caso concreto incurre en un defecto. No se puede tratar igual a los desiguales.
El nuevo reglamento, contra el que ya se han levantado los hosteleros, a los que todo les parece poco, permite ampliar las terrazas y extender las existentes a cambio de restringir sus horarios. De esta forma no se frena la actividad hostelera pero, según la lectura oficial, se protege “el derecho al descanso”.
Al parecer, en Sevilla tal derecho sólo puede disfrutarse de noche, no durante el día. Lo cual significa que hay quien considera que todos vivimos de acuerdo al mismo horario y, obviamente, sometidos al mismo Dios. Cosas de las aldeas, donde un espacio público no se concibe con vida más que si hay terrazas o procesiones. Multitud de ejemplos demuestran lo contrario.
Las sanciones a los empresarios que no cumplan estas reglas se quedan más o menos igual que antes, aunque se incremente levemente su importe. Cabría aquí preguntarse lo que Don Quijote decía a Sancho: pocas leyes, pero que se cumplan. Porque lo cierto es que el grado de eficacia de la normativa de ocupación de la vía pública en Sevilla es lamentable.
La Policía Local está en otras cosas –en sus cosas– y raro es ver a un funcionario controlando que se respeten las normas. Abrir la mano, permitiendo todavía más veladores, sabiendo que no hay medios –o no se usan– para hacer cumplir la ley, supone, más que un ejercicio de conciliación, una decidida apuesta por consolidar la imagen de ciudad abrevadero que, por momentos, se percibe en determinadas plazas de Sevilla. Sin ir más lejos, en la vieja Plaza de San Francisco, por la que –es de suponer– pasan nuestros capitulares.
Nadie apela al buen gusto –cosa subjetiva– ni a la elegancia –también discutible–, sino a la coherencia. ¿Por qué los ciudadanos, que son los que pagan con sus impuestos las reformas de las plazas y costean los servicios de limpieza se ven cada día con menos espacio disponible mientras los hosteleros patrimonializan las ágoras sevillanas?
En lugar de permitir más veladores a cambio de una leve reducción horaria que todos sabemos que no va a cumplirse, o fijar unas sanciones que son baratas en relación a los beneficios que se obtienen incumpliendo las normas, más le hubiera valido al gobierno local conseguir que los bares abonen la limpieza integral de unas plazas y calles que sólo a ellos sirven, porque no hay quien camine por Sevilla sin sortear el comedor patrio. Quien ejerce una actividad privada gracias al patrimonio de todos debe asumir parte de los gastos.
En Estados Unidos es habitual. Hasta en Las Vegas las tiendas recogen y procesan toda la basura que generan sus negocios. Puro sentido común. Algo que en Sevilla no se ve desde los tiempos de Cervantes.
Carlos Mármol | 20 de abril de 2012 a las 6:05
La decisión de Zoido de levantar la Alameda de Hércules para sustituir este espacio ciudadano por un parking subterráneo eleva la intensidad de la política de corte revisionista que ha aplicado desde su llegada a la Alcaldía.
Para empezar, habría que preguntarse primero qué fue antes, si el huevo o la gallina. Es decir: la oferta de una empresa privada para convertir la Alameda de Hércules en un inmenso aparcamiento rotatorio –por tanto, un negocio– o la rotunda resolución del alcalde, Juan Ignacio Zoido, para arriesgarse por primera vez en los seis años que lleva en el Ayuntamiento –uno como candidato externo, cuatro en la oposición y ya prácticamente otro como regidor– a tomar una verdadera decisión de calado.
Me inclino por la primera opción: el PP, más que un modelo urbano para Sevilla, concibe la gestión municipal como una simple ventanilla para dar curso a proyectos externos, al estilo de la escuela marbellí. El Ayuntamiento está para el protocolo y poner las cosas fáciles. No para crear problemas.
El regidor parece con la toma de la Alameda querer marcar un hito después de consumido su primer año de mandato, caracterizado por la utilización del Ayuntamiento como plataforma política para allanar el camino del PP hacia la Junta de Andalucía, una estrategia que hizo que los primeros meses de gobierno, salvo ciertos episodios puntuales, se caracterizan por la falta de verdaderas decisiones, más allá de los habituales golpes de efecto.
Fracasado el asalto final a SanTelmo, un símbolo pero también la bolsa de oxígeno que requería Zoido para tener una gestión municipal presentable dentro de tres años, el PP ha optado por intensificar al máximo su política de revisionismo de la etapa municipal anterior, de la que ha dado abundantes muestras, aunque de inferior entidad, desde su acceso a la Alcaldía.
La derogación del Plan Centro fue el primer capítulo. La coartada de la herencia económica recibida, el segundo. Todos los abundantes escándalos previos –manipulados a capricho–, el tercero. Los cambios en el nomenclátor, el cuarto. Los sucesivos amagos de paralizar la Torre Pelli, a los que hasta ahora acompañan constantes marchas atrás, el quinto. El tono de la sinfonía era monocorde.
Hacía falta una disonancia, un paisaje abrupto. Y puesto que lo de Ikea sigue en barbecho y los plazos prometidos por Zoido –palabra de Dios, para algunos– se han ido incumpliendo de forma sistemática, no había más remedio que intentar elevar el listón de la deriva revisionista cuestionando por completo uno de los símbolos de la gestión política de la coalición PSOE-IU.
La Alameda es el terreno perfecto. Situada en el área Norte del Centro, segregada hasta hace una década del resto del casco histórico por una herencia de pobreza y marginalidad, su regeneración, impulsada por Izquierda Unida con el aval de los socialistas, que prefirieron erigir en la Encarnación el símbolo de la era Monteseirín, es el único espacio que quedaba ajeno al proceso de terciarización –transformación de zonas urbanas en meras plataformas comerciales– que en Sevilla comenzó en durante las décadas de los años 60 y 70, cuando en el centro de la capital de Andalucía la piqueta destruía el patrimonio para dejar paso libre a los coches y a los centros comerciales.
El asilvestramiento del antiguo arrabal diseñado por el Conde de Barajas –el paseo de damas de la Sevilla del siglo XVI– constituía toda una anomalía que, a lo largo de la historia reciente, siempre se intentó corregir, aunque con fórmulas distintas. Las más antiguas, en los años del tardofranquismo, pasaban por lo de siempre: convertir el bulevar en un gigantesco centro comercial. Arrasar con las sórdidas casas de meretrices, y de paso con buena parte del patrimonio de la Sevilla más contestataria, para dejar todo el espacio a las tiendas.
Aquella operación, recreada por Juan Sebastián Bollaín en sus películas underground sobre el urbanismo sevillano, quedó en nada gracias a la movilización de una parte de la ciudad ilustrada –inevitablemente roja, en algunos casos– que hizo bandera de la defensa de la población popular del único arrabal intramuros que ha tenido Sevilla en su historia. El movimiento detuvo la operación especulativa pero no frenó el intenso deterioro del barrio, que continuó durante años sumido en la carcoma. “Aquello es irrecuperable”, sostenía la Sevilla bienpensante, que se lamentaba pero no movía un dedo por sacar adelante un proceso de rehabilitación que no implicara la alteración del barrio histórico.
Tuvieron que ser los andalucistas, que gobernaron Sevilla en los noventa con el apoyo del PP, quienes comenzaron un proceso de rehabilitación que le tocó culminar a la coalición PSOE e IU. Eligieron un frente de batalla lateral –convertir la Casa de las Sirenas en un centro cívico, recuperar el Palacio de los Marqueses de la Algaba, captar fondos europeos para programas sociales y de empleo– porque un ataque directo parecía condenado al fracaso. Tuvieron el mérito de ser los pioneros, pero también cometieron errores: la destrucción del corazón del barrio de San Luis o la falta de acción ante el inicio del proceso de expulsión de los habitantes tradicionales, entonces mayoritarios y ahora, veinte años después, reducidos tan sólo al Palacio del Pumarejo.
Los andalucistas fueron los primeros a los que los comerciantes –Aprocom– presionaron para hacer un parking. El lobby al que ahora Zoido parece haber vinculado su futuro político –cosa inaudita– ya actuaba entonces a través del PP. Rojas Marcos se lo pensó, pero dado el tormento que Aprocom le dio con la peatonalización de Tetuán –la asociación decía que el gremio no quería; los asociados de la calle respaldaron al final la iniciativa del alcalde andalucista– el PA optó por dejar la cuestión, que ya entonces amenazaba con provocar una movilización social en beneficio de IU y los socialistas, sobre la mesa. El aparcamiento no se construyó.
Monteseirín, que en su primer mandato no hizo nada por cambiar la situación, decidió en 2003 dar a Izquierda Unida su cuota de protagonismo en este enclave urbano –el mayor espacio libre de un casco histórico que los ha ido configurando a lo largo de la historia por azar o gracias a la desamortización– a cambio de que la federación de izquierdas le dejara hacerse un mausoleo –el Parasol– en la Encarnación. Dicho acuerdo cerró la puerta a la idea del parking, que obligaba a destruir no sólo el espacio público, sino todo el arbolado.
Apostaron por un modelo de plaza pública que, si bien desde el punto de vista arquitectónico es discutible, ha logrado no sólo normalizar la Alameda, sino potenciarla como un enclave metropolitano donde el precio del metro cuadrado se ha multiplicado –la crisis inmobiliaria es mucho menor porque se la considera un área singular–, la proliferación de negocios una constante y las familias cuentan con los mínimos equipamientos para poder ir con sus hijos. La Alameda actual no tiene ningún problema urbanístico y, sin embargo, el alcalde ha decidido crearlo, arriesgando a todo o nada no sólo su imagen, sino, a largo plazo, puede que hasta la mayoría política que tiene en el Pleno. ¿Merece la pena?
A diferencia de lo que ocurrió en la etapa del PA, la resurrección del aparcamiento no se enmarca en un proceso de regeneración urbana, sino de destrucción manifiesta. La reciente reforma integral costó siete millones de euros. Dinero público que ahora se tira a la basura para facilitar un negocio particular. Una apuesta en la que la idea de ciudad está clara: Sevilla debe ponerse al servicio de algunos comerciantes, no de todos los ciudadanos.
El aparcamiento, innecesario si se tiene en cuenta que la demanda de plazas está más cubierta con las bolsas menores de estacionamiento que existen en el entorno, algunos de cuyos adjudicatarios –caso de la calle Mendigorría– hasta han devuelto las plazas asignadas por no poder pagarlas, convertirá Calatrava en otra calle Baños –colapsada por los coches– y transformará un jardín urbano vivo en la cubierta de un aparcamiento. Basta observar la plaza de la Concordia para percibir la diferencia. La destrucción de la Alameda ha sido concebida por Zoido como una operación con aspiraciones simbólicas. Se trata de revertir el modelo urbano previo. Pura involución.
Carlos Mármol | 19 de abril de 2012 a las 6:03
Hacía falta pasar de la retórica a los hechos. Entre otras cosas, porque la retórica ya no se la cree nadie. Ni ellos. Tanto es así que no extraña nada, sino todo lo contrario, que después del interruptus de las autonómicas, cuando ya no hay forma de sostener la ficción, el alcalde –a través del interestelar concejal de Urbanismo– se haya descolgado con una macromodificación del Plan General para, entre otras gestas, hacer un aparcamiento rotatorio en la Alameda que no reclaman más que los dirigentes de Aprocom, vanguardistas reconocidos tanto en materia textil como de movilidad.
Nadie le niega a Zoido la legitimidad para iniciar el proceso. Tiene mayoría en el Pleno. Ya lo sabemos. También sabemos, aunque ellos a veces lo olviden, que debe de cumplir la ley, lo que implica aceptar el criterio técnico de la Junta. Ayer lo admitía hasta Vílchez, que en su día vendió la recalificación de la Gavidia como inmediata. Veremos en qué termina esto, porque un cambio urbanístico que toca a un sistema general –la Gavidia es un equipamiento; la Alameda un espacio libre– es una alteración estructural de planeamiento de libro. Se mire por donde se mire.
El PP politizará la cuestión diciendo que la Junta perjudica a los sevillanos. No sé de qué le sirve. No se vota hasta dentro de tres años. El rédito electoral es ínfimo. La simple idea del parking ya debe estar costándole votos: los ciudadanos que disfrutan desde hace años de un espacio público singular no van a aceptar que se lo roben para satisfacer a un lobby, tirando además a la basura una inversión de más de siete millones de euros de dinero público sin necesidad.
En la Alameda ya no quedan hippies, sino clases medias, ilustradas y con sentido cívico. Zoido reproduce las mismas formas que Monteseirín: trata de imponer su modelo de ciudad –con coches– a los demás. Dirá que tiene la mayoría. También la tenía Monteseirín. No por eso dejó el PP se apelar al consenso al criticar el Plan Centro. ¿Ahora no?
“El PGOU no es un dogma”, se justifican.
G.K. Chesterton:“El mundo moderno está lleno de hombres que sostienen dogmas con tanta firmeza que ni siquiera se dan cuenta de que son dogmas”
Carlos Mármol | 15 de abril de 2012 a las 6:06
Sevilla llega al vigésimo aniversario de la Exposición Universal entre la indiferencia, la nostalgia, las medallas inmerecidas y la eterna obsesión por recrearse en un pasado estéril que no se traduce en ningún proyecto colectivo.
Veinte años después, cuando el tiempo, el único señor verdadero, se ha llevado por el sumidero de los días las ilusiones de la juventud, tragedia común y extendida, como las heridas, que no deja de sucederse desde hace siglos, la mejor frase que se me ocurre para conmemorar la efeméride en cuestión es la que pronuncia Michi Panero, uno de los infantes terribles del poeta falangista Leopoldo Panero, en El desencanto, la película que Jaime Chávarri rodó en la década de los 70 para mostrar en carne viva la debacle del concepto tradicional de familia: “¡Éramos tan felices!”.
Por supuesto, al igual que sucede en el documental de Chávarri –puro cinema verité–, la sentencia no es más que un exceso; acaso un pecado de juventud, esa etapa llena de tanta ingenuidad como de desconcierto que, con el correr del tiempo, a veces parece prolongarse hasta la madurez prematura. Hablo de esa sensación íntima, el lugar común de suscribir que cualquier época pasada fue más grata que la que vivimos en tiempo presente, que no suele ser verdad. No, al menos, de la manera que todos reiteramos al repetirla, como un lamento nostálgico, cuando viene al caso.
No es que fuéramos felices. Es más simple: éramos mucho más jóvenes, mucho menos sabios (de eso estoy seguro) y bastante más seguros de nosotros mismos, lo cual suele ser sinónimo de inconsciencia. El tiempo nos ha ido enseñando después, poco a poco, o de golpe, dependiendo de cada caso, la lección maestra: la fragilidad perpetua forma parte, es la inevitable consecuencia, de la verdadera sabiduría. No hay otra.
Dos décadas después de la Exposición Universal del 1992, el hecho histórico que los propios sevillanos estiman como el más relevante del pasado siglo XX –lo demuestran Pedro G. Romero y Armando Silva en su libro Sevilla Imaginada–, casi todo el recuerdo de aquellos días aparece tamizado por la nostalgia, la indiferencia, los cuentos, las batallitas de tirios contra troyanos –revividas de nuevo casi tres décadas después de que comenzase a gestarse un sueño que terminó convertido en un negocio– y, en general, un grado mayúsculo de autosatisfacción, más impostado que sincero. El viejo recurso de los cobardes, incapaces de mirarse al espejo y constatar el paso del tiempo.
No hay demasiados motivos para celebrar nada. A lo sumo, bastaría simplemente con recordar determinados hechos, un puñado de nombres que estuvieron a la altura de las circunstancias –sin que nadie, como suele pasar en la vida, se lo haya agradecido en tiempo y forma– y ciertos episodios menores, nada grandielocuentes, que fueron claves para aquel proyecto. Sería recomendable que lo hiciéramos sin incurrir en uno de los habituales vicios hispalenses –el autoengaño, que deviene la visión celestial que cierta Sevilla tiene de sí misma– si queremos obtener algún fruto, por magro que sea, de las azarosas circunstancias que impone el calendario.
Empecemos por los hechos. Primero: la Expo 92 sacó a Sevilla del profundo subdesarrollo latente en el que la ciudad vivía hace ahora dos décadas. Evitó que siguiéramos siendo durante algunos decenios más la Sicilia española –nos quedamos en Nápoles, sin llegar nunca al sueño de transformarnos en Roma– y nos abrió un nuevo horizonte, limitado pero ciertamente hermoso, que no supimos aprovechar del todo.
Segundo: la Muestra Universal, a pesar de transformar de forma profundísima el esqueleto urbano de Sevilla, un mérito que no fue precisamente de buena parte de los propios sevillanos –los creyentes al principio eran muy escasos; los conversos después fueron legión–, no cambió el tradicional imaginario hispalense, que continuamos padeciendo con más o menos intensidad dos décadas después de atisbar que el mundo se movía –algo que ya nos explicó Galileo, pero que algunos en Sevilla todavía no tienen claro– y que la ciudad acaso podía también caminar con un compás similar.
Si vinculamos estas dos cuestiones, el balance es agridulce: la Expo 92 nos hizo parecer mejores sin que en realidad llegáramos a serlo del todo. De ahí que su vigésimo aniversario, con independencia de aquellos que, por la falta de quórum y los decesos imprevistos de los verdaderos protagonistas, vienen ahora a ponerse medallas que jamás merecieron, se perciba como un instante fugaz. Una estampa entrevista desde un tren –el AVE– que podía alcanzar una velocidad de vértigo sin esfuerzo y sin hacer el más mínimo ruido. Tan estable como un avión. Moderno. Puntual. Inaudito.
Habrá quien crea que, desde entonces, Sevilla ha avanzado. Que ahora es una urbe adaptada a los tiempos y a las circunstancias, consecuente con el paradigma histórico concreto que le ha tocado vivir. Y quizás esté en lo cierto, pero de forma inversa, no precisamente positiva. En estos tiempos de la segunda Gran Depresión, la del crack de 2007, la ciudad está quebrada por la mitad, con unos índices de paro terribles, un tejido empresarial con vicios similares a los de entonces, una concepción del progreso sustentada en la singular paradoja de los subsidios públicos –que se critican en público, pero se ambicionan en privado– y una tendencia innata a celebrar la nada cotidiana en los habituales carruseles sociales con fondo costumbrista. Tan nuestros.
Si algunos sevillanos pensaron que la Exposición Universal iba a cambiar todo esto, el desencanto, después de tantos años, no puede ser mayor. Nadie esperaba un milagro, sino que el 92 fuera el inicio de un proceso evolutivo. En lugar de eso, Sevilla ha padecido en estos años uno de los males sociales más nefastos: el paternalismo. Nos hicieron la Expo desde fuera –con mucho talento sevillano que tuvo que luchar contra las habituales inercias de la ciudad oficial– para después dejarnos solos, abandonados a nuestra suerte: sin suficientes inversiones durante algo más de un decenio –por temor a las usuales acusaciones de centralismo que sólo esconden la voluntad de sustituir la capitalidad hispalense por algunas variantes menores, tan ridículas como los superlativos sevillanos– y con la vaga sensación de que nos regalaron un futuro que acaso no nos merecíamos.
Todavía algunos insisten en esta tesis de que no hemos sabido aprovechar las ocasiones históricas, venidas desde fuera, olvidando interesadamente que tras los dos certámenes internacionales que acogió Sevilla durante el pasado siglo –la Exposición Iberoamericana; la Muestra Universal– se sucedieron dos profundas crisis económicas que terminaron por convertir lo que debía haber sido un principio en un final abrupto. Una determinada Sevilla, que entonces pasó de las dentelladas a exigir barra libre en el recinto de la Isla de la Cartuja, probablemente no haya querido adaptarse a los tiempos porque sabe –con bastante certeza– que en el mundo en el que vivimos su protagonismo social sería minúsculo, ajado, hasta un punto ridículo.
Otra ciudad, sin embargo, probablemente en la diáspora habitual o en el exilio interior, bienintencionada, cosmopolita, presa del mal de la inteligencia –la costumbre de cuestionarse las cosas, el sentido del ridículo, la tendencia a argumentar en lugar de proclamar desde un atrio–, al dudar de sus posibilidades, ha terminado por dejar el campo abierto a los nostálgicos –siempre es un consuelo, pero el lirismo sólo sirve para pasar el rato–, a los que ahora se reivindican como héroes de una gesta que, como la Isla de la Cartuja, fue un hecho exógeno a Sevilla, y a los que, ante la ausencia de otras perspectivas, insisten en mirar hacia atrás. No es de extrañar: hacia delante sólo está el precipio.
Carlos Mármol | 8 de abril de 2012 a las 6:07
Sevilla recibe la misma semana dos pésimas noticias: el desempleo subió casi un 12% en apenas un año y el marco presupuestario estatal consuma el descenso de las inversiones públicas, que han caído hasta un 63% en un lustro.
Monteseirín nos prometió hace algunos años el sueño del pleno empleo para 2012. Zoido, alcalde desde hace nueve meses, el bíblico milagro imposible de multiplicar los panes y los peces. Ni uno ni otro acertaron. El año en curso ha superado ya el hito de su primer trimestre de vida sin dar señales de desfallecer en su tarea de hacer brotar el pesimismo por doquier. La profecía va camino de cumplirse antes de tiempo. Sin esperar al ecuador del calendario: 2012 será bastante peor que el nefasto año pasado, cuando los optimistas –que cada vez son menos– todavía hablaban de los míticos brotes verdes, tornados acaso en azules tras el intenso carrusel electoral de los últimos doce meses.
En este tiempo hemos votado tres veces en diez meses. Hemos cambiado al alcalde, al presidente del Gobierno y, de forma acaso singular, hasta se diría que llamativa, hemos fijado las condiciones para ensayar un nuevo statu quo político en Andalucía: el cambio inverso, la combinación que casi nadie esperaba, el singular pacto de gobierno entre los socialistas y la izquierda. En el fondo, en realidad, no hemos alterado casi nada la cuestión esencial, de fondo: las perspectivas para una recuperación económica continúan siendo escasas, inexistentes y virtuales. Ya ni siquiera se puede entonar un discurso en el que aparezca la palabra futuro. Se recibe como una cruel broma del destino.
Pareciera que votar sólo sirve para cambiar el reparto de los actores del cuadro de comedias sin que el libreto que se representa se modifique ni un ápice, salvo para llegar al nudo de la trama, justo cuando el sainete se transforma en tragedia y se hace verdad la gran frase de Shakespeare: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse nada de él. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.
Una sangría social
Ni siquiera la fuerza de la costumbre nos permite escapar de esta sensación, similar a ir caminando por las calles con la ropa empapada. Los datos oficiales del paro, que esta semana han sido el preámbulo de un largo rosario de malas noticias, confirman que el panorama económico de Sevilla no tiene visos de cambiar, por muchas reformas que anuncie el nuevo poder político, muy molesto, más que con esta crisis de vocación perpetua, con el inconveniente de la erosión –inevitable y creciente– que supone tener que decidir. Y, además, con el serio imprevisto de la cruenta etapa de confrontación política que se abre entre Andalucía y Madrid.
Esta pugna va a marcar la agenda pública de los próximos años. Sin duda. Pero mientras nuestros representantes públicos continúan jugando a sus batallitas particulares y planean sus golpes de efecto –San Telmo contra la Moncloa, Génova contra San Vicente– las estadísticas reiteran que todo esto no sirve absolutamente de nada: en el último año, mientras la prioridad única de las fuerzas políticas han sido las constantes citas electorales, el paro ha escalado casi un 12% en la provincia, situándose por encima de los registros anteriores. Sevilla tiene 25.000 personas más en las listas del Inem –cuya privatización parece inminente ante la falta de resultados para cumplir con su objeto social– que hace sólo doce meses. Hasta 81.000 familias viven –se dice pronto– sin ingresos regulares. Llevamos ocho meses sin tregua en los que la inmisericorde noticia del desempleo constante condiciona vida y haciendas hasta teñir de negro todo el horizonte.
Resulta hasta lógico que el ambiente reinante sea de profunda depresión. La reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) es como un parte del psicólogo. Los ciudadanos no ven luz al final del túnel. De hecho, ni ven la luz ni existe el túnel. Todo está fundido en negro. La situación se expresa, como todos los quebrantos, a través de una ecuación matemática, numérica. Un lenguaje extraño que siempre porta malas noticias. La crisis es económica, sí, pero también moral, ética, anímica.
Un ejemplo: junto al paro y a la degradación del tejido económico de Sevilla, las otras dos cuestiones que la sociedad percibe como preocupantes son los fraudes, la corrupción –el pan nuestro de cada día, sin diferenciaciones de signo político:los pecados no tienen ideología– y el propio comportamiento de la clase política. En teoría, son nuestros representantes. En la práctica, a juzgar por el cuadro que dibuja el CIS, nadie los considera así. Sencillamente aparecen como una casta ensimismada en sus juegos de posición, las ceremonias asociadas a la vanidad y el perpetuo veneno del poder.
Probablemente la crisis anímica –del alma, que dirían los clásicos– sea más profunda que la que atañe a la hacienda patria. Acaso por aquello que dejó escrito el autor de los Sonetos: “Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto”. Llevamos cinco años postrados en el diván, pero parece casi una década de cadenas, que son nuestras deudas morales y económicas. Porque si hay algo de lo que podamos estar seguros en esta vida –puede que incluso en la eterna, si es que existe– es que los débitos contraídos se cobran, con sangre, sudor y lágrimas. Siempre se abonan: hasta en libras en carne, si hiciera falta. Sangrienta forma de interés que reclamaba el prestamista judío Shylock en El Mercader de Venecia. De nuevo, Shakespeare: el gran dramatugo del teatro isabelino inglés, tan eterno como sucesivas son las tragedias humanas. El padre de la eterna duda ontológica que atenaza al ser humano.
Los presupuestos
Las dudas nacen de la incertidumbre vital y social. En cierto sentido, son síntoma de inteligencia. Quizás esta crisis nos haga –a la larga– mucho más sabios, al tiempo que pesimistas, pero lo que es indudable es que nos ha hecho ya mucho más pobres, frágiles y dependientes. Sevilla, que a lo largo de su historia no ha sido nunca capaz de entender que su verdadero porvenir depende esencialmente de sí misma, no de los demás, se ha quedado este año con una cuota casi testimonial en el exiguo reparto de los presupuestos generales del Estado. Desde que comenzó el final del mundo –2007– las inversiones del Gobierno central en la provincia han caído hasta un 63%. Sin contar el déficit inversor acumulado en los últimos diez años.
Los socialistas, que fueron los dueños de la tijera hasta el pasado año, y que la utilizaron sin reparos, ponen estos días el grito en el cielo acusando al PP de incumplir el estatuto de autonomía –que fijaba un umbral de inversión en base a la población– y condenar a esta tierra al desastre económico. El PP sevillano no abre la boca. Ni siquiera Zoido, que vive con asombrosa intensidad el eterno bucle melancólico de esta Semana Santa lluviosa, quebrada e interminente. Elocuente silencio.
Los socialistas tienen razón en una cosa: sin inversiones la recuperación es imposible. Aunque habría que preguntarse qué vale más: si un estatuto de autonomía votado por una minoría de ciudadanos –recuérdese la participación que tuvo la consulta del referendum estatutario– o un contrato con un banco. En la vida ocurre lo mismo: la hipoteca es un vínculo mucho más sólido que cualquier acta matrimonial, sea ésta religiosa o civil. Estamos unidos por nuestras deudas, no por nuestros sueños. Y éste es el gran problema.
Dejémonos de lírica. El estatuto quizás sea –vamos a ser generosos y a aceptar la mayor– el sueño de la Andalucía oficial. No es, sin embargo, la realidad en la que intenta sobrevivir la Andalucía real, presa de las deudas, el paro y la desesperanza. Shakespeare decía que somos el tejido de nuestros sueños. En Sevilla hace tiempo que ya ni siquiera soñamos, sólo sesteamos.
Carlos Mármol | 4 de abril de 2012 a las 6:05
Si esto no es el Apocalipsis, se le parece bastante. Sevilla, enredada de nuevo en el bucle eterno de su Semana Santa, quebrada este año –otra vez– por la inesperada lluvia, caprichosa en tiempo de sequía, recibió ayer la bofetada silenciosa de los presupuestos generales del Estado. Un golpe al ánimo con forma numérica: 270 millones de euros. Un 37,9% menos. Punto. Ni un céntimo más.
Sabíamos que las promesas de la reciente campaña de las elecciones autonómicas –ministros del PP prometiendo a Zoido pagar hasta aquello que nunca les correspondió, como la ronda urbana SE-35– quedarían más pronto que tarde en agua de borrajas con independencia del resultado, pero la intensidad del tijeretazo que Rajoy tiene que dar a las cuentas públicas del Reino –la deuda nacional supone el 80% del PIB y los bancos no entienden de barcos– resulta especialmente cruenta para Sevilla al coincidir con el día que se conocen los datos del paro, cuya evolución anual nos deja el regalo agrio de casi un 12% más de desempleados. El Armagedón: diluvia justo cuando no conviene, las cofradías ya salen a la calle hasta sin santos –vivimos tiempos de rigor y penitencia–, se intuye por todos lados la incertidumbre y, de una forma u otra, todos estamos a la intemperie.
No es raro que los empresarios sevillanos –su asociación patronal, sin líder oficial tras la dimisión de su presidente por no ser capaz de aceptar los resultados electorales–, después de lamentar ayer las negras estadísticas del Inem, se fueran a San Pedro (collación) a hacer una ofrenda floral al Cristo de Burgos, patrón benefactor de la organización empresarial. Llevan ya 35 años haciéndolo. Por lo que se ve, con escasos resultados: el cielo no termina de escuchar las plegarias. Aquí todavía no hemos llegado a hacer lo de México: poner a las imágenes sacras mirando hacia la pared de las iglesias cuando no nos conceden nuestros deseos primarios. No debe quedarnos demasiado, porque todo parece ir a peor.
Sevilla, sin estímulos públicos en forma de proyectos, está condenada al desempleo perpetuo y a seguir anclada en una decadencia sostenida de la que, algunos, todavía hacen bandera estética. Políticos milagrosos, nos sobran. Futuro cada vez tenemos menos. Sevilla: año cero.
Carlos Mármol | 1 de abril de 2012 a las 6:05
Los resultados autonómicos redibujan el panorama político en el Ayuntamiento hispalense. Las cosas aparentan seguir igual pero las percepciones han cambiado. Zoido no podrá ya apoyarse en Arenas. PSOE e IU toman aire.
Las grandes victorias, y por tanto las derrotas, que son su reverso, no obedecen simplemente a los azares de la aritmética, la suerte, los méritos o el capricho. También dependen –y bastante– de la psicología. De la mirada. Los comicios autonómicos de hace una semana, en los que el PP se quedó en el umbral de San Telmo –llamando a las puertas del cielo, por utilizar el símil dylaniano–, también han modificado la política municipal sin llegar en realidad a alterar la situación que hace nueve meses situó al PP al frente del Ayuntamiento de Sevilla con una mayoría histórica.
Todo continúa igual. Y, sin embargo, casi todo ha cambiado. Otra cuestión es que quiera aceptarse de esta forma. Resulta evidente que, según la lectura oficial, los populares no han perdido la mayoría –sólida– que los aupó a las alcaldías de las capitales andaluzas. El suelo electoral del PP es muy fuerte –decir lo contrario sería pecar de ingenuo– pero la tendencia subyacente que señala el 25-M parece fortalecer la tesis de que la cosecha municipal fue tan excepcional para los conservadores porque se situó justo en el punto en el que la marea popular subía. Los últimos indicios apuntan a que ha comenzado a bajar.
Y dicen algo más: a pesar de que el sistema electoral fija periodos de gobierno de cuatro años –por un criterio lógico de estabilidad política– la crisis económica en la que vivimos desde hace ya casi un lustro es capaz de cambiar en un plazo bastante más corto las fotos que arrojan las elecciones. Sin dejar de ser válidas, ya no son perdurables. Mutan a velocidad de vértigo. Cosa que debería hacer reflexionar a los legisladores sobre si la representatividad política no debería, como ocurre con la legislación laboral, empezar a explorar nuevas vías, más flexibles, que respondan a los cambios de opinión de los ciudadanos.
Cambio de percepción
El gran cambio que nos ha traído el 25-M no es el que señalaban los sondeos: la sustitución de los socialistas por los populares en la Junta de Andalucía. Tampoco el cambio seguro que, según la terminología de campaña, reivindicaban los socialistas, entre otras cosas porque después de más de tres décadas en el poder en el Sur de España tratar de obviar la idea de que las cosas deberían ser distintas resultaba argumentalmente obsceno. No.
El gran cambio ha sido mucho más sutil y, quizás justo por eso, bastante más profundo. Se trata de un cambio de percepción. De óptica. Los ciudadanos ya no dan cheques en blanco a nadie –no hay liquidez bancaria, mucho menos de confianza– y retiran los ahorros, que en política son el crédito y los votos, cuando creen que el sendero por el que caminan los gobernantes es equivocado. Lo hacen con independencia de cuál sea tiempo transcurrido y obviando los formalismos de propio sistema electoral. Sin problemas. Es natural: la situación social, económica y política es de urgencia nacional.
En el caso de Sevilla, uno de los focos de la batalla política que vienen librando populares y socialistas desde las municipales –unos para conseguir la supremacía plena; otros para sencillamente evitar su desaparición–, el movimiento sísmico sobre todo ha sido de perspectiva. Un terremoto silencioso y, en el caso del PP de Sevilla, excesivamente prematuro. Increíble.
Los populares tenían motivos para la confianza: todos los hitos que jalonaban su pugna con los socialistas parecían allanar el camino hacia el triunfo. Arrasaron en las municipales, triunfaron en las generales y, según todos los estudios, el pálpito social –más escénico que cierto, pero éste es otro tema– prácticamente daba por hecho que Roma –Andalucía, tierra por igual de vicios y oropel– caería de su lado. Pues no.
El desajuste ha cogido al PP tan a traspié que va a tardar en poder articular un discurso, siquiera defensivo: los leales estafados son peores que los aduladores interesados. La misma noche electoral el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, el símbolo de este ascenso al poder abortado en su última estación, repetió el mismo argumento de su particular campaña electoral: “La alianza PSOE-IU es un pacto de perdedores. No durará”. Quizás sea así, pero serán quienes gobiernen Andalucía cuatro años. Y eso, en cierto sentido, sí es una victoria. Incluso aunque la política no sea únicamente el poder.
No resultan nada extrañas las palabras de Zoido, aunque afortunadamente se haya desvinculado con ellas de la oleada de lugares comunes, insultos y reprobaciones que desde los creadores de opinión –llamativo término para referirse a los propagandistas de plantilla– de Madrid dedican a los andaluces por haber ejercido en un determinado sentido su derecho al voto. Zoido es quien más va a padecer que la última apuesta de Javier Arenas haya salido mal. En términos personales (una cuestión privada y, por tanto, respetable), pero también en el campo político. De forma directa.
El gobierno local, que tiene por delante casi la totalidad del mandato municipal,se enfrenta a un grave imprevisto con el nuevo panorama político que se dibuja en la Junta de Andalucía. Un escenario, porque la política es sobre todo una puesta en escena ante los ciudadanos, a los que hay que convencer, que va a condicionar toda su gestión. Hasta el momento –nueve meses después de la victoria– el plan de ruta de Zoido ha consistido en golpes de efecto –muchos fallidos por un exceso de confianza–, cambios aparentes en el seno del Ayuntamiento –caras nuevas, vicios eternos– y un sentido de la paciencia que sólo se explica por la estrategia del PP de dejar que el cambio se consumase.
Al contrario que Rajoy, forzado por las circunstancias, el alcalde ha evitado tomar cualquier medida impopular –cayendo repetidas veces en un revisionismo inexplicable– para que su enorme crédito político, avalado por las urnas, aunque discutible, no perjudicase las aspiraciones de Arenas. Una opción singular que se concreta en un gobierno que hace oposición a la oposición en lugar de gobernar asumiendo riesgos, apostando y enfrentándose al desgaste inherente al ejercicio del poder.
La nueva situación complica todo esto. Lo impide. Zoido tendrá que empezar a gobernar –si quiere sobrevivir en el tiempo– sin demora, sin aliados (Arenas no estará en San Telmo) y con su principal embajador exterior –el líder del PP andaluz– en horas bajas en Madrid. Bastante más solo que antes, cuando estaba en multitud. Si Arenas hubiera ganado, el PP sevillano lograba la cuadratura del círculo: interlocución privilegiada, flexibilidad legislativa, sintonía y presupuesto ajeno a su servicio.
La derrota autonómica limita el campo de acción a lo institucional. Es lo más razonable –avivar la confrontación desde las instituciones no es valorado por los ciudadanos– pero parece improbable. Veremos. Pero lo cierto es que incluso la vía de ataque –a una Junta controlada por PSOE e IU– ya no sirve: el campo de juego para la confrontación ha saltado de escala. La pelea, cruenta, va a ser entre Madrid y Sevilla, no entre San Telmo y Plaza Nueva. Es la tragedia de pasar de ser un actor principal al elenco de reparto. Comienza la cohabitación.
Espadas: nueva estación
Este proceso afecta también a la oposición. El cambio de percepción que pone en crisis el rol del PP como partido triunfante ayudará a que su papel, necesario, se evalúe sin los prejuicios de quienes tienen miedo a caminar lejos del poder. Espadas sostiene que Zoido ya ha perdido la mayoría absoluta que logró en las municipales. Los datos le avalan, pero si el análisis se hace sobre las generales –la última foto política– el saldo no induce tanto al optimismo. Los socialistas mejoran pero siguen perdiendo votos que van a parar a IU. La derrota dulce de Griñán le ayuda –a la espera de contemplar las tensiones orgánicas– pero sólo ha cumplido un hito (acelerar el desgaste de Zoido, que era previsible por sus propios excesos) del camino hacia la Alcaldía. La estación termini todavía queda lejos.