El hundimiento

Carlos Mármol30 de noviembre de 2008 a las 5:58 pm

Monteseirín, que confiaba en que la inauguración de la línea 1 del Metro le permitiría subir en las encuestas y consolidar así su permanencia en la Alcaldía, se encuentra ahora con el suelo moviéndose bajo sus pies.

NIETZSCHE decía que aquello que no te mata acaso te haga más fuerte. Con todas las salvedades necesarias, algo semejante parece ocurrirle a Monteseirín. Hace unos meses, en mitad de uno de los peores momentos de su trayectoria política, cuando los ataques y la presión sobre su figura como alcalde eran más intensos que nunca –división en el seno del PSOE local, sonora derrota en el congreso de los socialistas sevillanos, evidente cuestionamiento de sus opciones para continuar en el cargo–, el regidor sevillano confió toda su táctica de salvación a dos cartas y a una única baraja.

La primera es un clásico de los manuales sobre política. Dice más o menos así: si estás arriba y te mueven la silla, haz lo posible, no importa en exceso el método, para continuar sentado. Cualquier gobernante sabe que para perdurar, primero hay que intentar seguir a flote. Aguantar. La segunda baza es algo más compleja. Se asemeja a ese gesto recurrente, pero tan ilustrativo, que hacen ciertos vagabundos antes de adoptar una decisión importante; en su caso, ver si pueden tomarse la copa final. Se miran el bolsillo y cuentan las últimas monedas sueltas que les quedan sin gastar. Una metáfora de un principio universal: en apuros, todos anhelamos un asidero definitivo al que agarrarnos. Una suerte de último trago.

En el caso de Monteseirín, esta calderilla de última hora ha sido Metro. Si el alcalde, que en realidad no busca sino un punto definitivo de apoyo para salir del agujero, hubiese recurrido a los proyectos municipales habituales –la reforma de las plazas del Casco Histórico, la peatonalización o el tranvía– no hubiera logrado mucho. Casi todas las grandes obras sufren retrasos que han superado ya el listón de lo mínimamente razonable. Su ejecución, en muchos aspectos, es defectuosa. Además, han sido objeto de diversos encarecimientos y sobrecostes económicos. La mejor línea argumental para una oposición que insiste en relacionar al PSOE con supuestos manejos oscuros del dinero. Una amenaza frente a la que iniciativas tan singulares como la construcción del tranvía no sirven de nada. Sobre todo si el resultado final, como ha sido el caso, es poner en marcha una infraestructura cara y con limitada rentabilidad económica y social. Un capricho muy costoso que hipotecará durante varios años –el presupuesto en curso es un buen ejemplo– las cuentas municipales.

Con el Metro no ocurre esto. En contraste con otros proyectos, políticamente era mucho más seguro. La línea 1, que desde 2005 ha dado muchos problemas a la concesionaria de la línea (un consorcio de empresas privadas) y a su impulsora política –la Junta de Andalucía, que es la que lo paga–, parecía por fin haberse encarrilado definitivamente. Pese a los 15 incidentes acontecidos en el tramo de Sevilla capital, hasta esta semana hacía tiempo que no surgían imprevistos. El retraso sobre el calendario oficial había sido ya descontado por parte de los ciudadanos. Esperar dos años más después de tres décadas de dilación no parece demasiado.Y la tradicional devoción hispalense por los estrenos parecía ser elemento suficiente para cosechar un éxito casi seguro. Una opción potencial en la que Monteseirín confiaba (y aún confía) para levantar cabeza. No en vano, todas las encuestas hechas en los últimos tiempos coinciden en un mismo principio. Y es éste: con independencia de cuál sea la verdad, la mayoría de los sevillanos asocian en exclusiva las obras de la línea 1 con el gobierno local ( y por tanto con el alcalde) en lugar de ligarla a la imagen de la Administración regional.

Protagonismo dispar

Este factor resulta clave para entender el extraño papel jugado por el regidor hispalense a lo largo del lustro largo que han durado –todavía duran, en realidad– los trabajos. Para bien y para mal, una amplia mayoría de votantes creen que el ferrocarril metropolitano es únicamente cosa suya. De ahí que Monteseirín haya funcionado en este tema de forma interesada: evitando dar la cara cuando aparecían los problemas (dejaba a la ex consejera de Obras Públicas, Concepción Gutiérrez, esta ingrata tarea) y, en cambio, reivindicando cierto protagonismo (más virtual que real) cuando, como ahora, llegaba la hora de recoger la cosecha.

A semanas para la inauguración, todo aparentaba estar encauzado. Tanto, que el alcalde iba a encargar un sondeo con objeto de fijar ante terceros su índice real de popularidad. Su objetivo: tener argumentos para disuadir del todo a quienes aún sueñan con sacarle de la Alcaldía. El viento sopló en esta misma dirección hasta el miércoles. El conflicto interno en el PSOE local seguía congelado, el supuesto sucesor –Emilio Carrillo– continuaba como edil durmiente y el Metro se estrenaba en apenas veinte días. El horizonte no podía ser más favorable. Pero cuando se produjo el repentino hundimiento del suelo en la Puerta de Jerez, Monteseirín quizás empezara a preguntarse si la frase del filósofo alemán no sería acaso incierta. O justo de sentido inverso. La distancia entre el éxito y el fracaso, a veces, es tan fina como inútil. Imposible de sujetar.

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Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

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