Tablada: un mito pertinaz

Carlos Mármol27 de Septiembre de 2009 a las 11:21

La decisión de Monteseirín de iniciar un proceso de negociación sobre el futuro de Tablada provoca que se reabra un viejo debate que el Plan General ya dejó cerrado hace sólo tres años: el destino de estos terrenos.

LOS mitos sevillanos acostumbran a ser pertinaces. No dan tregua. Tablada hace tiempo que funciona como uno más. ¿La razón? Es un ejemplo más de una vieja historia que, desde los tiempos clásicos, no deja de sucederse: la constante lucha por el poder. Nada nuevo. Nada más viejo. Detrás de esta controversia, en la que la ciudad lleva enredada hace ya casi quince años, subyace la resolución imposible de una única pregunta. ¿Quién manda realmente en Sevilla? ¿Los ciudadanos, representados en el Pleno, o los intereses de determinados sectores? De eso se trata. Sencillamente. Los usos urbanos y los parques son secundarios.

Como en la historia las cosas nunca son lineales –aunque así lo parezca dada la narración ortodoxa que de ella se hace en los libros–, la disquisición pública sobre el futuro de la antigua dehesa, que estos días vuelve a reabrirse, no hace sino aflorar una antigua carencia, una suerte de debilidad. ¿Por qué Sevilla no es capaz de sacarle partido a la enorme energía que se desprende de la lucha entre contrarios? ¿Por qué la ciudad sigue sumida en pulsos eternos en lugar de aprender a obtener cierto fruto de la vieja dialéctica?

Debe ser, como tantas cosas en la vida, pura y simple cuestión de carácter. Ya saben lo que suele decirse: carácter acostumbra a ser destino. Y en Sevilla parece más importante dejar muy claro quién manda que gobernar de la forma perfecta: aquella que consiste en que parezca que no manda nadie, que todo simule ser natural. En esta ciudad hay quien considera molesto que cada sector, cada sensibilidad, incluso cada individuo, tenga su propio sitio. Sevilla presume de universal. Pero es excluyente y totalizadora. Cree ser el centro del mundo –acaso lo sea para alguno de sus vecinos; eso se cura viajando– y, como tal, aspira a representarlo por completo. Lo fácil, claro, es hacerlo sin matices. Sin estorbos. Las consecuencias saltan a la vista: no hay día que, a nivel político o ciudadano, igual da, dejemos de una u otra forma de estar condicionados por las interminables guerras púnicas

Tablada es una más. Una batalla virtual que se reproduce cada cierto tiempo. Pero no hay que confundir el escenario con la obra: la antigua dehesa es donde se dirime la batalla; los actores son otros. Los de siempre. Al principio, cuando el Ejército subastó estos suelos, desde el Ayuntamiento –Soledad Becerril regía entonces la ciudad– no se movió un dedo por impedirlo. Hubiera bastado una mera declaración de intenciones. Pero nada. Los terrenos cambiaron de dueño y los compraron las cajas sevillanas durante la presidencia de los denominados primos –Beneroso y Benjumea–, que lograron que los motivos que entonces aconsejaban que dichos terrenos volvieran a manos públicas –a lo largo de la historia siempre fueron comunales– desaparecieran.

De nuevo la misma historia: en Sevilla las cosas no tienen importancia por sí mismas, sino en función de quién sea quien las proponga. Las dificultades políticas posteriores para sacar adelante la idea de colonizar la dehesa con 15.000 pisos hicieron ver a las entidades financieras la oportunidad de revenderla. Así terminó donde está: en manos de un consorcio inmobiliario –Tablada Híspalis– que agrupa a las grandes firmas del sector, alguna de ellas antaño muy boyante y hoy, debido al cambio de ciclo económico, con dificultades. Lo que parecía fácil se fue complicando hasta tornarse casi imposible.

¿Los motivos? En unos casos la voluntad popular –los partidos más críticos con la iniciativa articularon una mayoría política–; en otros, el apuro de aquellos que apoyando su urbanización no querían mostrar su faz. Entre unos y otros se llegó a un pacto tácito: Tablada, de momento, podría ser un parque. Tal acuerdo se aprobó por unanimidad en Pleno. El PGOU, que durante su elaboración recibió miles de alegaciones en defensa de una zona verde, oficializó la decisión. Hasta la Junta, que aprobó definitivamente el Plan General de Sevilla, refrendaba la apuesta. Hasta ahora.

Porque las cosas –parece– han cambiado. Otra cuestión es que no se quiera decir. Hay indicios: el alcalde abrió en julio –sin que acontecimiento alguno lo motivase– la puerta a una negociación. ¿Malo? No necesariamente. Lo que extraña es que el proceso se abra cuando, hace apenas tres años, el propio regidor lo dio por cerrado. Que el cambio de criterio obedezca a los pleitos judiciales es un mero señuelo. La ley estatal del suelo ha cambiado. El PGOU vigente refuerza la postura municipal. ¿Qué necesidad hay en Plaza Nueva de modificar ahora su posición? Otra elocuente señal: el PSOE, que desde la Junta prometió cautelar el suelo para que fuera un parque, y nunca lo hizo, se ha negado ahora en el Parlamento a tramitar su declaración como zona protegida. Algo pasa.

Esta semana una plataforma civil –de la que algunos de sus padrinos comenzaron a descolgarse nada más conocerse su existencia– proponía transformar la dehesa en una marisma. La idea se acompaña de edificios, aunque se oculta por táctica. El mito de Tablada resurge. Hegel decía que la historia no es un suelo donde crezca la felicidad. Tablada es un terreno con una vieja historia en la que la felicidad de unos se confunde con la satisfacción de otros. Sevilla mira el espectáculo sin saber qué decir. O quizás es que ha optado por no decir nada. Como siempre.

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Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • Sevalber

    Muy interesante su análisis. En esta ciudad se habla con mucha facilidad de peatonalización, pero lo...

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