Primarias que no llegarán

Carlos Mármol10 de Marzo de 2010 a las 12:34

ALGUNO va a tener que meterse debajo de la mesa y no sacar la cabeza, si la tiene en buena estima, durante cierto tiempo. La peregrina idea que durante los últimos días han lanzado sotto voce ciertos miembros del sector crítico del PSOE de Sevilla amagando –porque ellos nunca llevan las cosas hasta el final– con la idea de forzar la convocatoria de elecciones primarias para elegir al candidato a la Alcaldía hispalense terminó ayer viniéndose abajo. Derrumbándose por completo. Claro que, como oficialmente nadie es en realidad el padre de tan sublime propuesta, ninguno de los afectados se dio –oficialmente– por aludido. Cosas que pasan gracias al anonimato.

La teoría de los críticos, cuyo referente hasta hace sólo una semana era Monteseirín –ahora no se sabe muy bien quién es; algunos dicen que Celis, pero éste juega a la media distancia;por ejemplo, no habló en defensa del regidor en el plenario del último congreso provincial extraordinario–, era que, puesto que José Antonio Griñán había amortizado, en seco y por agencia, a Monteseirín no existía otra salida políticamente válida más que las bases del partido eligieran al cabeza de lista.

Nadie apadrinaba con su rostro la idea. Según algunas fuentes, este planteamiento habría nacido de un grupo de añejos militantes del PSOE. Gente con trienios y experiencia… teórica. Ya. ¿Pero quién? Todos se cuidaban de no dar nombres. Acaso porque éstos no existían. Una de dos: o la cosa no era en plural, sino en singular, o no podía revelarse la procedencia so riesgo de aniquilamiento. En fin. Si imitamos a los clásicos, que para acertar casi siempre se preguntaban a quién benefician –qui prodest– las cosas, parece evidente que tal música procedería de ciertas sirenas más o menos cercanas a algunas agrupaciones locales contrarias a la Ejecutiva.

No es la primera vez además que se intenta introducir este elemento en el debate sobre el candidato a la Alcaldía. El propio Monteseirín, en sus frecuentes declaraciones al respecto, siempre dijo que él ganó en su día unas primarias –la verdad es que quien las ganó fue José Caballos, líder natural del PSOE sevillano; Monteseirín sólo iba de cartel– y que, por tanto, quien le sucediera en el cargo debía llegar de forma idéntica. Existe, claro es, quien piensa esto. Y también quien no lo ve así. Entre ellos, el presidente de la Junta y futuro secretario general del PSOE andaluz, José Antonio Griñán, que ayer descartó esta opción en el transcurso de una entrevista radiofónica.

tranvia

La celebración de primarias, en realidad, no era más que un mero recurso retórico. Algo para tratar de poner nerviosa a la Ejecutiva del PSOE sevillano. Previamente, la mayoría oficialista había hecho lo propio: ante la posibilidad de que Monteseirín se fuera de golpe y dejase –por su cuenta y riesgo– todo el poder municipal a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis a espaldas del partido, la dirección del PSOE habría intentado abortar la operación proponiendo que la alcaldesa interina fuera Rosamar Prieto. En realidad, cualquiera antes que Gómez de Celis.

Siempre dando por bueno el cuento, las agrupaciones de la capital afectas al edil de Urbanismo y Presidencia habrían tomado tal idea –su planteamiento es que el relevo natural de Monteseirín debe ser Celis– como afrenta y, en respuesta directa, zarandearían el fantasma de las primarias, que tanto miedo da a los aparatos de los partidos. Con primarias quien tendría las de ganar –en teoría– sería Celis. Primero porque tendría una vía para disputarle la decisión clave a Viera –también a Griñán; y aquí empieza el problema–; después porque quienes le votarían serían los militantes de las agrupaciones socialistas de Sevilla capital –en teoría 70 a 30 a favor de los críticos– y, por último, porque dotaba de cierta representatividad a lo que hasta ahora sólo es un deseo de sucesión. Vale. Pero llegaba al punto peligroso de forzar las cosas

Tan es así que la propuesta sería, de hecho, un suicidio político. Primero por un factor jurídico: los estatutos del PSOE no contemplan la celebración de primarias en aquellos municipios en los que el partido gobierna. Caso de Sevilla. De salida, la opción ya iba a contramano. En segundo término hay otro elemento, puramente aritmético:es necesario contar con más del 30% de los avales de los militantes –firmados y rubricados– para plantear tal trámite ante la poderosa dirección federal.

Hay quien interpreta –a su capricho, claro– que en Sevilla este mínimo puede ser aún menor porque, una vez descabalgado Monteseirín, no existe ningún “candidato que gobierne”. Parece una exégesis demasiado forzada. En cualquier caso, salvar la situación se antojaba muy complicado. Sobre todo dados los antecedentes: el sector crítico del PSOE ni siquiera pudo presentar lista propia en el último congreso provincial ante la falta de avales. Si no se consiguieron entonces todos estos apoyos, parece evidente que ahora no sería fácil. Sin entrar en el mérito de enfrentar a un tercio de las bases con las direcciones provincial, regional y estatal.

Porque lo que es evidente es que ninguno de los ámbitos de poder del PSOE iba a dar su bendición a tal idea. ¿Los promotores de la iniciativa iban a lanzarse al monte en su defensa? ¿Alguien veía a Viera dando por buena dicha propuesta? En ambos casos, no. ¿Griñán? Algunos esperaban ayer con ansia su diagnóstico sobre el particular, quizás en busca de alguna esperanza. El presidente de la Junta habló en una entrevista radiofónica largo y tendido. Lo dijo muy clarito. Niet. “Si quieren primarias habrá primarias sólo si lo dicen los estatutos, pero no creo que éste sea el caso”, sentenció. Zapatero, me temo, tampoco está por la labor: ¿estaría dispuesto el presidente del Gobierno a reabrir este proceso en una capital como Sevilla y no hacer lo propio en todas las demás grandes ciudades? Va ser que no

La ocurrencia pues pasará el resto de la eternidad en el limbo. Aunque quizás contribuyó a que la actitud de Griñán fuera ayer pura polisemia de gestos y movimientos. El presidente de la Junta no sólo se despegó de la tesis de forzar las primarias, sino que dijo no tener “un candidato” propio –mala cosa para alguno– y dejó la responsabilidad de elegirlo “a la dirección provincial del PSOE de Sevilla”. Un papel –la interlocución política– hasta cierto punto natural, pero que, en el contexto actual, es muy ilustrativo. Para algunos es bastante preocupante.

Griñán, sin citarlo, dijo al alcalde –que el día antes señaló en público que su salida del Consistorio se había comunicado mal, amagó con irse antes de que termine el mandato y reclamó un puesto institucional– que reactive su agenda municipal y no contribuya a que el debate abierto sobre su salida prematura siga vivo en la prensa. También hizo algo más: nombró a Viera presidente del congreso regional. Viera, hace unos días, hizo lo propio con el consejero Juan Espadas. Las cosas empiezan ya a aclararse. ¿ O quizás no?

La opción Viera

Carlos Mármol9 de Marzo de 2010 a las 17:58

SIN hoja de ruta definida para la fase previa a la carrera electoral –que, según la tradición, no debería demorarse más allá del año antes de los comicios– el PSOE tiene por delante una sola incógnita: ¿Quién va a ser el cabeza de lista? Con Monteseirín fuera del tablero y dos candidatos virtuales –Juan Espadas, inteligentemente discreto; Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, silente pero alerta– la resolución a dicha cuestión se presenta complicada, delicada y, sobre todo, azarosa. El capricho, bastante más que en otras ocasiones, tendrá un papel esencial en la elección final.

Mientras los analistas se distraen haciendo quinielas y con los nombres habituales, un sector del partido en Sevilla empieza a armar el argumento que se pondrá encima de la mesa de negociación, en la que –parece obvio– quien se sentará, en primer término, será José Antonio Griñán. El presidente de la Junta, que será investido secretario general en el inminente congreso del PSOE andaluz, tendrá que bendecir la designación. Lo que aún no está tan claro es si será él quien directamente proponga un nombre –y en consecuencia asuma solo la responsabilidad plena– o se limitará a avalar una propuesta ajena, obviamente cocinada desde la organización socialista sevillana. El aparato.

La batalla por Sevilla es clave para las autonómicas de 2012. Y, por tanto, para Griñán, que aunque lo relativiza sabe que todas encuestas señalan la misma tendencia: empate técnico con el PP en Andalucía e, incluso, una ajustadísima victoria de Javier Arenas. Otra cosa diferente es que el PP gobierne. De ahí que el escenario actual aconseje que la elección del candidato a la Alcaldía hispalense sea lo menos arriesgada posible y que la culpa, por si las cosas salen al final mal, o sea de otro o esté suficientemente compartida.

Hay quien dice que existe un candidato durmiente. ¿Y si el cabeza de lista estuviera ya bajo los focos y, como en las novelas de detectives, precisamente por eso esté tan bien oculto? ¿Y si el tapado de Viera fuera él mismo? El secretario general del PSOE de Sevilla, que en 2007 ya quiso quitar a Monteseirín como candidato a la Alcaldía –el terror de Chaves a tal mudanza fue la única razón por la que el alcalde siguió–, tiene clavada la espina de su abrupta salida del Consistorio al inicio de este mandato. Fue de número dos, acaso porque confiaba en una dimisión prematura del regidor, pero optó por marcharse cuando el alcalde rompió casi todos los puentes.

“Es lógico que después de que Griñán haya amortizado a Monteseirín acaricie la idea de volver como candidato”, reconocen algunos hombres cercanos al propio alcalde. En la Ejecutiva socialista no responden. Tampoco lo desmienten. Salvo que a última hora aparezca una estrella, la opción Viera es, a día de hoy, posible. Incluso probable. Tan sólo queda que Griñán la considere también la fórmula válida. O acaso la menos arriesgada. “Cuando existen opciones reales de ganar todo el mundo quiere opinar y decidir; cuando el escenario no es tan bueno, en cambio, son las direcciones provinciales las que tienen que asumir todos los riesgos”, sostiene un importante socialista. “Viera no decidirá solo, pero será quien hable primero”, afirma otro.

VIERA

¿Existe otra alternativa?¿Juan Espadas? La Ejecutiva provincial, que presume de que Espadas es una de sus cuotas en el Gobierno regional, deja que el globo del consejero de Vivienda se infle. Es fácil. Basta con no desmentir nada de lo que se diga y darle, como en el congreso extraordinario, protagonismo. Claro que no hace demasiado tiempo el candidato de la mayoría oficialista era Emilio Carrillo, ex vicealcalde y concejal de Urbanismo. Y, sin embargo, desde Luis Montoto –la sede provincial del PSOE– se le dejó caer cuando la presión de las huestes del alcalde hicieron imposible la vida inteligente en el Ayuntamiento. ¿Se pensaba ya entonces en la fórmula Espadas o en realidad Viera intuía que Carrillo había cumplido su función y no importaba su marcha? Este cambio de caballo hace pensar que a quien le interesa que todavía no esté claro quién será el candidato es justo a la dirección provincial. Mientras más dudas existan, más opciones tiene de convencer al resto de actores que participarán en la decisión. Sin alternativas a la vista, con un escenario electoral hostil y dado el grado de incertidumbre, todo conduce a confiar la suerte a la fortaleza de la marca PSOE en Sevilla. ¿Quién encarna dicho concepto? El secretario provincial.

La opción Viera tiene ciertos inconvenientes. Pero no distintos a la alternativa Espadas. El grado de conocimiento popular de ambos es bastante bajo, lo que, en cualquier caso, nunca ha sido motivo suficiente. A Zoido en 2007 tampoco lo conocía todo el mundo: ganó las elecciones. Quizás gracias más al rechazo del electorado hacia Monteseirín que por méritos propios. Con el alcalde ya fuera de juego, este elemento desaparece del todo del tablero de juego. La guerra sólo tiene dos combatientes: Zoido y el PSOE. Un PSOE que, al final, ha tenido el arrojo de sacar del poder a Monteseirín. Para muchos, aunque algo tardía, ya es una buena decisión.

Ni el perfil político de Viera ni su personalidad –adusta, desconfiada, según sus críticos; seria– permiten un candidato populista. Todo lo contrario al alcaldable del PP. Sería un cabeza de lista con experiencia de gobierno –ha sido delegado de la Junta en Sevilla, consejero de Innovación, delegado del Gobierno central en Andalucía–, responsable de la principal agrupación socialista de España –en resultados electorales, al menos– y con mando para movilizar a las bases del partido. Ganó con un respaldo de más del 80% el último congreso provincial. Controla el aparato y, aunque hay agrupaciones de la capital que ahora no le son afines –otras sí–, si Griñán respaldase la operación muy raro sería que muchos de los militantes que ahora son tenidos por críticos no terminen mudando, en horas venticuatro, en oficialistas. Cosas más sorprendentes se han visto en una organización que, como bien dice Antonio Gutiérrez Limones, alcalde de Alcalá de Guadaíra, cercano primero a los críticos y después alineado en el último congreso provincial junto a Viera, “siempre ha sido muy del aparato”.

El secretario general, además, llegado el caso de una derrota, tiene vía de escape: podría presidir la Diputación –basta ser concejal– y, desde aquí, plantar cara a Zoido, conservando los resortes institucionales que permiten conservar el poder orgánico. La oposición de las agrupaciones de la capital que durante los últimos dos años han sido afines a Monteseirín –entre otras cosas, por las prebendas del poder– no es un obstáculo. Podrá entorpecer, pero Viera cuenta con la estructura provincial del PSOE, la Diputación y la posibilidad de elegir junto a Griñán al nuevo rey socialista en el Ayuntamiento. No le preocupan las direcciones locales que, en teoría, controlaría Gómez de Celis.

Sólo tiene una obsesión: impedir la salida interina que plantean los críticos. Esto es: que el sucesor sea el edil de Urbanismo y Presidencia. Ésa era la jugada que se ensayó hace dos meses, previamente acordada entre Monteseirín y Celis, y que, según algunos, parece desinflarse porque, aunque Griñán tiene cierta simpatía personal por el delfín de Monteseirín –es militante de la agrupación que éste lidera–, esto no implica que sea forzosamente el elegido. Tampoco lo contrario.

La Ejecutiva lanza el nombre de Rosamar Prieto como piedra para taponar esta vía de agua. Nadie, sin embargo, cree que tal tesis pueda ser tomada en serio, lo que no implica que, llegado el caso, no termine sucediendo. Los motivos: con ella el PSOE seguiría sin referente durante demasiados meses ante un Zoido sin rival, cuando se nombre al candidato se entrará en una situación de bicefalia (justo el motivo por el cual se va a hacer un congreso regional) y una supuesta huida de Celis dejaría al Ayuntamiento sin una parte de su intelligentsia. Rosamar Prieto tendría problemas para contar con cuadros técnicos. La cuestión no es tanto quién va a reinar en el Ayuntamiento, sino quién va a terminar en condiciones todo lo que Monteseirín dejará a medias. Un requisito esencial para poder presentarse ante el electorado.

El ritual de seducción hacia el presidente de la Junta es intensísimo: Viera lo cortejó durante el congreso extraordinario de esta semana; Celis lanza, indirectamente, mensajes hacia la Ejecutiva federal y algunos de sus fieles insinúa una hipotética salida hacia responsabilidades autonómicas dentro del grupo de los jóvenes valores socialistas. Lo cierto es que Griñán tiene tan despistados a todos los aspirantes a algo en el PSOE que cualquiera puede decir una cosa y, al tiempo, pensar justo lo contraria. Estar aparentemente bien posicionado y quedarse fuera de foco. Males del cesarismo.

Un tablero sin rey

Carlos Mármol7 de Marzo de 2010 a las 0:51

montaje alcalde

DICE el clásico: “Uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. Alfredo Sánchez Monteseirín, el alcalde de Sevilla durante los últimos once años, afirmó en 2003: “No puedo prometer no equivocarme nunca. No puedo prometer actuar siempre al gusto de todas las opiniones. Pero sí hacerlo en conciencia, corregir cuando sea necesario y dialogar con todos, escuchar a todas las partes y explicar mis decisiones cuantas veces sea necesario”. El momento en el que las pronunció era solemne: su segunda toma de posesión como regidor hispalense, tras cuatro difíciles años de dura cohabitación política con los andalucistas.

Podría afirmarse que Monteseirín nació al destino –por decirlo con el mismo término que en su momento usó su antecesora, Soledad Becerril, en idéntica situación– en ese justo instante. Antes, es cierto, había presidido la Diputación Provincial e incluso gobernado la ciudad durante cuatro años. Pero nunca fue por méritos propios: su carrera política está marcada desde el principio por la suerte –que en general le ha sonreído, aunque él piense lo contrario–, por la inestimable ayuda de ciertos padrinos políticos y por su acierto para estar en el lugar conveniente en el momento justo. Demasiados elementos para que no piense que su devenir no es sino fruto de su capacidad como gobernante.

En 2003, sin embargo, quizás por primera vez, logró algo por sí mismo: ganó las elecciones (la única vez de las tres en las que se ha presentado) y consiguió un elevado grado de autonomía en el Consistorio gracias al pacto con Izquierda Unida que negoció José Caballos, el entonces líder natural de la agrupación socialista sevillana. El viento soplaba a su espalda. Sus huestes reclamaban la Gerencia de Urbanismo –la verdadera residencia del poder– y él, acaso animado por su entorno, que ha terminado llevándolo al desastre, soñó con ser el príncipe de lo que cierto perito en geografía llama el “nuevo renacimiento”. Una era de esplendor deslumbrante. Cualquier cosa.

Los méritos de su gestión, que existen, y no son pocos, en su mayoría proceden de este segundo mandato. Antes, ni tenía proyecto ni modelo de ciudad propio. Basta releer su primer discurso de investidura para darse cuenta. El cerebro del modelo urbano, que siempre se planteó con una clara vocación institucional, pero que Monteseirín quiso hacer exclusivamente suyo de forma interesada, fue Manuel Ángel González Fustegueras, el director del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) quien, paradójicamente, rompió silenciosamente amarras con Sevilla cuando se dio cuenta de la verdadera capacidad de gestión del gobierno local.

Después, a partir de 2007, su única guía ha consistido, de una u otra forma, en intentar silenciar a todos aquellos que, desde prismas distintos, y en el ejercicio de su libertad, eran críticos con su figura. Es una etapa, a la que Griñán ha puesto punto y final esta misma semana, marcada por el conflicto constante. Hacia el partido, que respondía con idéntica actitud; hacia antiguos amigos y compañeros políticos –el caso de Emilio Carrillo–; hacia ciertos sectores de la ciudad y, en general, hacia todo aquel que, con razón o sin ella, no marcara el paso. Es la herencia más negra de su etapa como alcalde. Sus palabras de investidura quedaron convertidas en mera retórica.

Las buenas intenciones

Si algo caracteriza estos dos lustros largos en los que el PSOEha gobernado Sevilla después de ocho años previos de exilio del poder en Plaza Nueva que, según pronostican los sondeos, pueden volver a repetirse a partir de 2011 si no se acierta con el nuevo candidato, ha sido la explosiva suma de buenas intenciones con altas dosis de ineficacia. De querer hacer cosas –actitud honrosa, por otro lado– y no sólo no saber hacerlas con relativo acierto, sino –y en este punto radica la clave del periodo político que ahora se cierra– exigir a los demás –ciudadanos, militantes, profesionales– la aceptación completa, integral y categórica de su triunfo.

Como si la vida pública consistiera en promulgar un decreto en favor de establecer una suerte de ceguera colectiva. O como un contrato de adhesión firmado en blanco y a la fuerza. Actitud poco democrática y excesivamente cercana al pensamiento único. Conducta que contrasta con la imagen bondadosa, cercana y extremadamente afable que Monteseirín siempre ha querido proyectar hacia el exterior. No hay más que ir al refranero para ver que de lo que se presume suele ser aquello de lo que se carece.

Todo ha terminado, al cabo, periclitando. Con el pie en el estribo, el alcalde ha sido sacado del tablero por un Griñán sobrado al que la tesis de Chaves –“a un alcalde lo echan los ciudadanos, nunca el partido”– ya no le sirve. El inmovilismo conducía a la derrota. Si la decisión se ha demorado en demasía –pudo haberse hecho de forma razonable en 2007– es un error que sólo perjudicará al PSOE, que si antes tenía un referente cuestionado ahora sencillamente no lo tiene. Salvo que éste sea Zoido. Laus Deo.

El candidato: más pronto que tarde

Carlos Mármol5 de Marzo de 2010 a las 19:56

EL MONTE ES ORÉGANO baja

EN política, en general, las decisiones se toman en base a dos elementos: la intuición y el análisis. La afinidad personal, huelga decirlo, entra dentro de la primera categoría. En función de cuál de las dos materias predomine más o menos a la hora de resolver una determinada cuestión, el resultado consecuente será fruto del genio –en el primer caso– o del cerebro –en el segundo–. O de la suma de ambos. A veces ni uno ni otro garantizan eso que llamamos triunfo.

El proceso de salida de Monteseirín de la Alcaldía hispalense, precipitado esta semana por el anuncio del presidente de la Junta, se antoja complicado y agrio. No sólo para él, que si ha cambiado de criterio en relación a sus conocidos deseos de encabezar una cuarta candidatura a la Alcaldía acaso sea como posible baza de negociación para lo que su entorno llama “una salida digna” del cargo. También para los otros actores presentes en el tablero de ajedrez. Unos, por la incertidumbre creada tras el sorprendente anuncio de Griñán. Otros, por el desconocimiento de cuáles son sus opciones reales de futuro.

Lo que parece evidente es que el calendario oficial tan sólo es eso: oficial. Cumplirlo se antoja una tarea imposible. Si el PSOE insistiera en posponer cualquier decisión hasta julio dejaría a Zoido –crecido tras la confirmación de la salida forzada de Monteseirín– campo abonado para liderar durante más de un año un Ayuntamiento cuyo gobierno municipal estaba desde hace tiempo en una fase de decadencia más que notable. Incluso aunque Monteseirín decidiera agotar todo el mandato –como le piden ahora Griñán y la Ejecutiva provincial– la ausencia de un referente político único y claro en las filas socialistas sólo contribuiría a dar alas al PP.

Tal situación, además, no se salva estableciendo una Alcaldía interina en la persona de Rosamar Prieto, opción con la que en su día amagó, aunque puramente a efectos retóricos, la Ejecutiva provincial. Un regidor a tiempo parcial no restaría protagonismo –por su propia naturaleza temporal– a Zoido, al que el escenario político de momento le beneficia. Notables representantes de la dirección del PSOE de Sevilla reconocen en privado que tal idea buscaba más evitar las opciones de Celis –como sucesor natural de Monteseirín– que otra cosa.

De hecho, la petición de Griñán para que Monteseirín agote el actual mandato fue ayer muy bien recibida por el partido en Sevilla. La dirección provincial, de hecho, ya trabaja con la hipótesis de que los tiempos deberán de acelerarse al máximo. ¿Cuándo? Todavía no está claro. Para abrir el proceso de designación del candidato habría que pedir antes el plácet de Madrid. Y éste, de momento, no se ha producido, aunque, vistas las cosas, no será nada difícil. Todas las fuentes consultadas coinciden en que no se puede esperar hasta julio. Que sea en abril o mayo entra dentro de lo razonable. Una vez despejado el escenario global tras la celebración del congreso regional en el que Griñán será investido oficialmente secretario general del PSOE andaluz.

La segunda cuestión es quiénes van a decidir sobre la sucesión. La opinión de Griñán, evidentemente, es el factor clave. Claro que, dada la singular coyuntura electoral de Sevilla, hasta ahora hostil a los socialistas debido a la distorsión que producía la figura política del alcalde, no sería raro que esta resolución no sea cosa de una única persona, sino resultado de las deliberaciones de una suerte de sanedrín en el que uno tome la iniciativa y los demás ponderen. La presencia de Monteseirín se da por descontada. Se le consultará por cortesía previa. Punto. Después la cosa será interna. Con esa hipótesis trabajan algunos de los hipotéticos alcaldables, que por ahora evitan postularse de forma directa ante el riesgo cierto de quemarse antes de tiempo.

Si la decisión es pues compartida, y el campo de batalla no garantiza la victoria, todo conduce a pensar que quien hable primero marcará el proceso. La postura de la dirección provincial es conocida al menos desde 2007: el cambio de candidato era necesario para combatir la tendencia electoral a la baja que acusa el PSOE en la capital. Misma tesis que alimentaba en su día la sustitución de Monteseirín por Emilio Carrillo, operación que frustró el regidor al negarse a aceptar la salida acordada con el partido para evitarse un sucesor no deseado.

Ido Carrillo, casi todos los nombres realmente con opciones se limitan a dos: Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, concejal de Presidencia y Urbanismo; y Juan Espadas, consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía. Ninguno de ambos se incluyen a sí mismos en quiniela alguna. Pero son las personas de las que todo el mundo –dentro y fuera del PSOE– habla. A favor del primero cuenta su cercanía con Griñán. En contra, su vínculo con Monteseirín y la antipatía que provoca en la dirección provincial del PSOE de Sevilla.

El segundo, que sería una posible opción por parte de la dirección socialista a pactar con Griñán, está el factor de la renovación. La llegada de un consejero a la batalla por la Alcaldía implicaría, según algunos, que el partido se toma el reto en serio. En contra, en cambio, al igual que Celis, tiene su escaso grado de conocimiento popular. Una de las claves de los estudios de opinión encargados por el PSOE en Sevilla es que es necesario tiempo suficiente para dar a conocer a un cabeza de lista. Espadas, por otro lado, contaría con el inconveniente de no poder hacer campaña desde Plaza Nueva –cosa que sí podría hacer Celis– y de no tener tampoco estructura orgánica propia, cosa que, en el caso de algunas agrupaciones de Sevilla capital, sí tiene el concejal de Urbanismo.

Fuentes de la dirección del PSOE insisten en que los nombres que salen a la palestra no son válidos. Aunque todo el mundo coincide en los mismos. “El partido no ha hablado con nadie”, se sostiene. “Se elegirá la opción que permita ganar”, recalcan. Y se pide que no se hagan elucubraciones. Esencialmente, más que por prudencia porque –sorprendentemente– no hay hoja de ruta. Esto es: los socialistas han precipitado la salida de Monteseirín –con la que venía especulándose desde 2007– en un momento procesal realmente difícil. Con todo el partido pendiente del reparto de poder que se consumará en el inminente cónclave regional, donde, salvo la figura de Griñán, la gran incógnita es saber quién jugará el papel de mayoral orgánico del presidente de la Junta y medir el protagonismo de los distintos secretarios generales, entre ellos el de Sevilla, José Antonio Viera.

Claro que desde que Emilio Carrillo decidió tirar la toalla, presionado por el entorno de Monteseirín, y renunciar a su acta de concejal, junto a los habituales nombres de Celis y Espadas, siempre ha existido la posibilidad –para unos, remota; para otros, cierta– de que quien encabece la lista del PSOE a la Alcaldía sea el propio secretario provincial. La falta de un referente claro abonaría esta tesis, que desde el PSOE se presentaría como un “sacrificio” debido a la difícil herencia a gestionar: el pacto con IU en Plaza Nueva –inevitable si se quiere gobernar–, los grandes proyectos pendientes y, sobre todo, el escenario electoral a partir del cual hay que empezar a trabajar. Con un PP ascendente –aunque aún, según los estudios, sin mayoría para gobernar solo– y con un PSOE en descenso y con la hipoteca de IU.

¿Y si pierde? ¿Puede un secretario provincial descabalgar a un alcalde y no revalidar después la mayoría? Para contestar a esta pregunta hay que mirar en dirección al cuartel de la Puerta de la Carne, sede de la Diputación Provincial. Para presidir la Corporación basta con ser concejal. No es necesario ser alcalde.

Orto y ocaso de Monteseirín

Carlos Mármol4 de Marzo de 2010 a las 12:23

EN junio del pasado año, cuando el ecuador de su tercer mandato como regidor fue celebrado por sus huestes como una victoria –momentánea– en la guerra con la dirección del PSOE de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín se atrevió a confesar que su aspiración política consistía en permanecer en la Alcaldía hasta 2020. Alguno de sus más directos colaboradores se puso lívido: el jefe no tenía la menor intención de renunciar. Ni a tiros. Mientras más voces –algunas, por cierto, bastante autorizadas– sostenían que reincidir en la fórmula Monteseirín no haría más que perjudicar al PSOE, más obsesionado estaba el regidor en seguir en su puesto. Cuestión de carácter. Tal fin justificaba además la utilización cualquier medio que fuera necesario para imponer su particular visión de la realidad. La moral, en lides políticas, siempre ha sido una carga demasiado pesada. Sobra.

Nueve meses después las cosas han cambiado. Hasta el punto de que José Antonio Griñán forzó ayer al regidor a confirmar en público su propia marcha. Quien lo conoce sabe que el tono de su voz en el corte emitido por Canal Sur Radio no era precisamente de felicidad. Más bien tenía algo de enfado contenido por el hecho de tener que poner de verdad punto final a una etapa de más de una década en la que ha gobernado una ciudad difícil, tan poco amante de los cambios como de la verdad, y extraordinariamente cruel con las almas cándidas.

No es éste su caso. Ni su situación, aunque ayer se presentara como víctima de una “campaña obsesiva de acoso”. Monteseirín dice adiós –sin confirmar aún si su marcha será inmediata, algo a concretar a medio plazo o cosa de cuando termine el mandato municipal– no sólo obligado por las circunstancias políticas objetivas, sino por la evidencia de que el tiempo de juego que le resta será más bien una continua sucesión de malas noticias en las cuales el fantasma de la corrupción irá haciéndose más próximo cada día.

MONTESEYFÍN baja

La ratificación por parte del Tribunal Supremo de la condena por las facturas falsas del distrito Macarena ha sido quizás el punto de inflexión. Una persona de su antiguo entorno personal va a ir a la cárcel. Frente a este hecho, tan rotundo, la usual retórica no sirve. Mercasevilla, el nuevo frente judicial, todavía no ha llegado a tal extremo. Todo hace indicar, sin embargo, que ciertos hombres de su confianza –que cada vez son menos– se verán salpicados por las consecuencias, directas e indirectas, del supuesto desfalco de esta empresa pública.

Ambas circunstancias marcan la coyuntura. Igual que la nula sintonía con la dirección provincial del PSOE, que fracasó en su día en la operación para sustituirlo por Emilio Carrillo. Paradójicamente, en la Ejecutiva de José Antonio Viera el deseo ahora es que Monteseirín agote, siquiera formalmente, el mandato para impedir que una salida antes de tiempo termine condicionando la elección del partido, que ahora apuesta por Juan Espadas, consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio de la Junta.

No son éstas sin embargo las únicas causas de la renuncia de Monteseirín. Hay otras. Las verdaderas razones son, en realidad, previas a los episodios de supuesta corrupción avivados por el PP para hacer perder el equilibrio a un político que, debido a sus propias decisiones, en realidad hacía mucho tiempo que había volado sus propios puntos de apoyo. Se había, por así decirlo, cortado los pies.

El orto de Monteseirín, como es sabido, fue cosa de los andalucistas, que le auparon a la Alcaldía en 1999 –frente al PP– gracias a un pacto de gobierno cuyo objeto era hacer el Metro. Su ocaso, en cambio, comienza en un momento indeterminado del primer año del tercer mandato, cuando el PSOE federal encarga estudios demoscópicos específicos sobre su gestión.

Estos informes, cuyas primeras versiones están fechadas incluso antes de la salida de Emilio Carrillo del Ayuntamiento, cuando el clan Monteseirín –en el que milita Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, aunque ahora éste marque ciertas distancias para no quedarse fuera de juego– fue objeto de un análisis específico por parte del equipo de Julián Santamaría, uno de los expertos en sociología electoral cuyo criterio cuenta con más peso en el seno de la organización socialista. Su conclusión, que desde entonces no ha hecho sino confirmarse a tenor de los estudios posteriores realizados, es que el talón de Aquiles del gobierno local no es fruto de ninguna conspiración, sino pura y simple consecuencia de él mismo. De su forma de hacer las cosas. Sencillamente: los sondeos de opinión confirman que el problema de Monteseirín no es ni su alto grado de iniciativa política ni su talante, personal, sino simplemente su notable “falta de eficacia”. Punto.

Así, al menos, lo piensa un 60% de los encuestados. Seis de cada diez. Una proporción que tratándose de un alcalde con dos mandatos previos –ocho años– en su haber resulta políticamente llamativa. Casi escandalosa. Según estos datos, apenas un 36% de los votantes ven en la figura de Monteseirín a un político eficaz. Si la pregunta a los encuestados es si lo ven como “un buen alcalde para Sevilla” la respuesta negativa suma hasta un 56% frente a un 39%.

La imagen pública de Monteseirín nunca fue buena. Llegó al cargo con el beneficio de la duda pero al poco tiempo desveló una de sus obsesiones: forzar que le dieran la razón a cualquier precio. Por encima de los datos objetivos. Durante la etapa de cohabitación con el PA quizás tal actitud fuera lógica: reinaba pero decidía bastante poco. Tras 2003, cuando se cerró el acuerdo con IU, ya parecía algo gratuita. La insistencia en sus rasgos más autoritarios fueron dibujando ante los ciudadanos, según los estudios demoscópicos, la idea creciente de que no era un alcalde adecuado para la ciudad. Éste era, al menos, el juicio del 76% de los encuestados por el PSOE federal.

De ellos, más de la mitad declaraban ser votantes del PSOE. Ni siquiera le daban a Monteseirín la opción de optar a la reelección y perder: la urgencia de cambiar de regidor era una opinión expresada por casi el 64% de los encuestados (un 41% de estos votantes eran del PSOE); un 83% de ellos, además, veían “bueno” para Sevilla un relevo en la Alcaldía. Idéntica idea era lugar común para el 98% de los votantes del PP –algo obvio– pero también entre los simpatizantes de IU (88%) y del PSOE (68%). La cosa era claramente personal: los partidarios de que el PSOEdejase de gobernar eran menos de los que rechazaban a Monteseirín. De ahí la teoría de que el factor Monteseirín perjudicaba a la marca PSOE. El alcalde, hasta ayer, siempre lo negó.

Otras certezas alimentaron esta tesis. Si la imagen del alcalde se contrastaba con la del partido, perdía. Ninguno de los grupos políticos municipales eran aprobados por los ciudadanos, pero el socialista quedaba siempre muy por encima de PP e IU. La gestión municipal –identificada siempre con el regidor– era otro cantar, al ser mayoritariamente criticada por los encuestados. La idea de que desde las elecciones de 2007 la ciudad había empeorado ganaba adeptos. No eran pocos: casi el 47% de los consultados. Los optimistas no sumaban más de un 26%. El descontento era sensiblemente creciente en los votantes del PSOE e IU, los dos partidos del ejecutivo local.

En ambos casos, más de un 27% de los consultados por el equipo de Julián de Santamaría recelaban del gobierno local. Las opiniones negativas, fruto de la ineficacia, crecían en número medida que el nivel de formación y de estudios se incrementaba. Sin embargo, no había vuelco: quienes más criticaban a PSOE e IU no veían forzosamente una alternativa en el PP. Votaban por rechazo, más que en positivo. La tendencia general –como han confirmado otros sondeos– es favorable al PP por la fidelidad de su electorado, su capacidad para fagocitar al PA y la posibilidad de que un 10% de los votantes socialistas pudieran votar a Zoido. Poco más. El gran error de Monteseirín acaso haya sido ignorar el título de la célebre farsa de Luigi Pirandello: “Así es (si así os parece)”. Todo lo que parece ser, termina siendo.

Los números primos

Carlos Mármol3 de Marzo de 2010 a las 13:29

Los datos sobre la calidad del empleo en la ciudad, publicados esta semana por Sevilla Global, desvelan que el tejido económico sevillano permite la subsistencia pero está muy lejos de garantizar el progreso personal.

LOS datos de la encuesta de calidad en el empleo de Sevilla, publicados esta semana por la agencia municipal de promoción económica, Sevilla Global, desvelan, con independencia de los estudios de índole macroeconómica, que vienen a decir lo mismo con variantes, cuál es el verdadero rostro del mercado laboral en la capital de Andalucía. Y, huelga decirlo, no son para enorgullecer a nadie. Se asemejan a los números primos, que aparentan ser el fruto de problemas más bien casuales pero, en el fondo, resultan imposibles de resolver.

El salario es uno de los parámetros técnicos que marcan la riqueza de un territorio. Junto a otros elementos –el número de empresas, la productividad, la inversión pública y privada– dibuja la posición real de un lugar en el orbe global en el que vivimos, donde todo el mundo puja por mejorar y, en algunos casos, sencillamente por sobrevivir. Ésta, a la luz de las estadísticas, y dada la cruenta crisis en la que nos hallamos, es justo la situación de Sevilla.

Economía sumergida

La encuesta municipal dice que el salario medio de un sevillano no pasa de los 1.191 euros. Obviamente, el estudio se basa en cifras medias. Si el dato se analiza en base a los ingresos familiares, criterio de renta que se usa para optar a muchas de las prestaciones sociales, lo que afirma el Ayuntamiento es que una familia convencional –de tres o cuatro miembros– administra como máximo 1.950 euros al mes. Algo menos de 2.000. Las cifras corresponden al pasado año 2009, cuando la crisis era más extrema.

El estudio ilustra, además, las enquistadas divergencias existentes en el mercado laboral. Mujeres que de media cobran hasta un 30% menos que los hombres y la usual fragilidad del empleo joven, que además de la temporalidad –en su caso el ajuste laboral es inmediato– está 507 euros al mes por debajo de los trabajadores considerados adultos, aquellos cuya edad oscila entre los 35 y los 44 años. La formación funciona como otro elemento diferenciador: sin estudios medios o superiores, el horizonte mejor se limita a cobrar un 35% menos que los demás. Si lo ordinario ya es justo en comparación con Europa, incluso con otras urbes españolas, en esta situación las perspectivas de futuro son bastante reducidas.

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El dato más revelador del estudio es el que se refiere a la economía sumergida. Un factor clave en las sociedades subdesarrolladas o débiles, donde la falta de perspectivas obliga a aceptar trabajos no regulados. Si tuviéramos que medir la economía de Sevilla en función de este parámetro, el diagnóstico estaría muy alejado de lo razonable. Un 14% del empleo que se realiza en la ciudad, según el Consistorio, es “irregular”. En consecuencia, ni tiene incidencia fiscal ni tampoco permite a quienes lo ejercen tener acceso al magro colchón social que –todavía– protege durante cierto tiempo a los españoles. Es mero empleo de subsistencia.

Los sectores sociales más débiles siguen siendo mujeres y jóvenes. Su libertad, a este respecto, resulta ser casi inexistente. Sus salidas vitales se antojan escasas. Casi todos estos empleados, por otra parte, trabajan en tareas de asistencia doméstica y en la hostelería. Elementos ambos que deberían reconsiderar ciertos tópicos sobre determinados gremios, que esgrimen el empleo como argumento para justificar ciertas prácticas de mercado.

Otro tanto sucede, aunque en lo que a la conciliación laboral se refiere, en otras actividades como el comercio, tan beligerante con determinadas políticas municipales. Según el Ayuntamiento, los comerciantes son, entre los empresarios privados de Sevilla, los que menos facilidades dan a sus empleados para combinar sus horarios vitales con los laborales. La innovación en este punto brilla por su ausencia. Si esta situación se pone en relación directa con los beneficios sociales que disfrutan los funcionarios, el resultado es desalentador. No es de extrañar que el sueño de los estudiantes continúe siendo llegar a la función pública. Hay razones objetivas, además de los tradicionales consejos familiares, para que la gente persista en esta aspiración.

Formación inexistente

Quienes trabajan –sobre todo dada la coyuntura económica actual– deben considerarse afortunados. Incluso aunque su salario sea justo. El estudio municipal reseña que las jornadas laborales reales son muy superiores a las 46 horas semanales. La teoría es una cosa; la realidad, otra. Casi todos los empleados con contratos a tiempo parcial concilian a costa de sus ingresos.

Así están las cosas. No deja de resultar llamativo si se tiene en cuenta que hace apenas un lustro era el propio gobierno local quien en su Plan Estratégico auguraba el “pleno empleo” para el año 2010. La crisis explicaría que dicha promesa se haya quebrado. Pero tampoco es la única razón. Parece confirmarse que el tejido productivo sevillano –dependiente de las mismas actividades desde hace demasiado tiempo– no es capaz de superar su secular debilidad. Un último dato ilustra cuál es la mentalidad dominante: sólo el 15% de los trabajadores ha realizado en el último año algún curso de formación por iniciativa de la propia empresa. En los tiempos que corren, una sociedad que evita invertir en conocimiento está condenada a sestear eternamente.

Por cierto, feliz Día de Andalucía.

Europa: dirección prohibida

Carlos Mármol21 de Febrero de 2010 a las 14:37

La decisión municipal de restringir el tráfico privado en el centro conecta con las políticas vigentes en toda Europa desde hace lustros. Una medida necesaria que, sin embargo, no se ha gestionado con mucho acierto.

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PERMISO para disentir. O la vieja costumbre de ir en dirección contraria. Por una vez, y sin que sirva de precedente, salvo que ahora muden de usos y costumbres, algo poco probable, hay que dar la razón al gobierno local: el cierre del centro al tráfico privado es una medida positiva que contribuirá a mejorar la ciudad. Por supuesto, habrá quien opine lo contrario. La libertad consiste justo en poder decirlo alto y claro y, sobre todo, en ser capaz de argumentarlo. Esto ya es más difícil. Depende de la credibilidad y de la capacidad de convicción de cada uno. Y en la Plaza Nueva, precisamente, no sobran. Casi escasean. Nada que, por otra parte, no sea fruto de la propia voluntad. En principio, casi todo el mundo goza de la credibilidad ajena. Son las propias decisiones las que después la quiebran.

Teoría del señuelo

En mitad del maremoto político provocado por el encallamiento del Parasol de la Encarnación y la investigación judicial del caso Mercasevilla –que ha cogido una línea ascendente tan interesante como peligrosa para Monteseirín–, el gobierno local se ha descolgado esta semana con el proyecto que, desde hace tres años, viene prometiendo sin llegar a poner en marcha. No parece ser fruto de la casualidad. Huele a señuelo.

El blindaje del centro al tráfico, en cualquier caso, retorna a la agenda política. Desde el propio término elegido, esta discusión –natural, sana, lógica– ha estado mal planteada desde el Ayuntamiento. Lo que defiende del Plan General de Sevilla no es tanto un cierre del centro, sino un drenaje: una operación que consiste en reducir la intensidad del tráfico particular en la Sevilla histórica. Un proceso que los redactores del PGOU armonizan en fases y donde una decisión implica otra. Sin incoherencias. Invertir los factores es la mejor manera para hacer tambalearse el modelo, testado desde hace décadas en Europa. Una idea acorde a los tiempos, en especial en las urbes de corte histórico.

Desde Barcelona a Cracovia, desde Vitoria a Londres, desde Cork a Bristol. Bremen. Odense. Hasta Roma –parcialmente– con la que tan aficionados son a compararse ciertos costumbristas, han ensayado fórmulas para que el exceso de tráfico no mate a las ciudades. La vida es peatonal. No nacemos con dos ruedas. Tampoco hay que viajar lejos para darse cuenta: Burgos, Zamora, Ávila, Salamanca están bien cerca. Todas ellas, con sus variedades, tienen sistemas para equilibrar el tránsito peatonal con el de los vehículos privados. Granada, gobernada por el PP, es otro buen ejemplo.

Estas experiencias tienen un lugar común: se ensaya primero; se evalúa después y, por último, se decide. Los pasos se dan en corto. Con prudencia. Y antes de darlos se saca adelante un programa de movilidad alternativo para dejar sin excusas a los sectores –que por uno u otro motivo; aquí nadie es inocente– ven con reparos la medida. En Sevilla la oposición a la limitación del vehículo privado es materia vieja. Casi añeja. Fruto del miedo de no ser capaces de adaptarse a nuevas situaciones.

Hay que recordar lo que le ocurrió a Rojas Marcos cuando era alcalde: la peatonalización de Tetuán supuso una batalla cruenta. La asociación de comerciantes, como ahora, se oponía. Los negocios de la calle, a los que el regidor andalucista visitó uno por uno, decían lo contrario. Pero en privado. En público se alineaban con el gremio. Propio de esta ciudad, donde a la cara se dice una cosa y por la espalda se defiende la contraria. Tetuán se peatonalizó. Hoy es un ejemplo de éxito comercial. Todavía hay quien insiste en que la operación salió mal. ¿No existirán otros factores que expliquen la decadencia del comercio tradicional? ¿Toda la culpa es sólo de no poder utilizar el coche? ¿La competencia, tan sana, no es acaso un elemento a tener en cuenta? Tanto simplismo, asusta.

Pedagogía cero

Extraña también que muchos de quienes critican el lamentable estado de las calles de la ciudad –mal ejecutadas y destrozadas por aparcamientos irregulares– sean quienes ahora se escandalicen ante una iniciativa que, con todos los matices que se quiera, debe implantarse en Sevilla. Acaso el principal problema del gobierno local, en este asunto, no sea su intransigencia, sino la falta de inteligencia. La ausencia del más mínimo sentido de la pedagogía política. Su incapacidad para dejar a sus opositores sin argumentario.

Desde que se anunció la medida han pasado tres años. Tiempo suficiente para reunirse con los comerciantes, los residentes y todos los sectores económicos afectados para convertirlos en aliados. O, quizás, pactar su no beligerancia. Tiempo de sobra para enseñarles cómo funciona el sistema en otras urbes. Pulir el asunto. Negociar. Hacer política. Nada de eso se ha intentado. Y aquí es donde radica el problema.

Para hacerlo primero hay que dominar la materia: no basta con contratar a una empresa de cámaras. Hay que conocer los modelos existentes, ponerlos en crisis, mejorarlos. Ser capaz de armar acuerdos. Demostrar eficacia. Construir los aparcamientos disuasorios y el Metro. Gobernar sin excusas. Sin inventos. Sin sacar conejos de la chistera. Ser europeos también consiste en esto. Es cuestión de carácter. Pura y simple cultura.

El Parasol sin parasol

Carlos Mármol16 de Febrero de 2010 a las 11:34

El candidato del PP, Juan Ignacio Zoido, salió ayer a la palestra para dar a conocer qué es lo que él haría con las famosas setas de la Encarnación. Dejarlas como están. Un Parasol sin parasol. Un mercado sin cubierta vanguardista. Una estructura de hormigón sin más aderezos. Las razones: el elevado sobrecoste y la incertidumbre sobre su viabilidad técnica. El gobierno local le respondió diciendo que la idea es propia de “un irresponsable” y es “técnica, jurídica y económicamente inviable”. Es evidente que la política de acercamiento táctico que, por mera conveniencia, ensayaba Celis no va a funcionar. Zoido no se deja manejar.

Claro que uno no sabe ya qué es más irresponsable: si dejar la obra a la mitad –teniendo en cuenta a cuánto asciende la factura real, no la maquillada– o seguir adelante, como ha hecho el gobierno local durante dos años y nueve meses, sin saber siquiera si podría terminarla y sin decir nada a nadie. El sentido de la prudencia no parece ser atributo común en la Plaza Nueva.

El PP invita a buscar soluciones para atenuar el impacto de una Encarnación sin parasoles, con la cimentación a la vista. Dice que existen fórmulas. Habrá que verlas para opinar. Repárese, en todo caso, en que Zoido no toca el modelo, que es el fondo de la cuestión: Sacyr seguiría con su contrato, con el derecho de explotación por 40 años y con los espacios comerciales a su disposición. Del programa financiero no se toca ni una coma. Se renuncia así a cualquier otra responsabilidad que no sea política.

PSOE e IU ocultaron la verdad a los ciudadanos. Es un hecho. Pero la empresa y el arquitecto tampoco respondieron. Mayer ha ingresado casi cinco millones de euros por un trabajo mal concebido. Y Sacyr, que ganó el concurso prometiendo un plazo y un coste irreal, tampoco cumplió. ¿No habría que exigirles daños también a ellos?El contrato permite sancionar. Basta con querer hacerlo. Eso sí que sería un cambio en Sevilla: que quien hace las cosas mal, las pague. Y con dinero, no dimitiendo. Eso sale gratis.

La verdad, tan temida

Carlos Mármol15 de Febrero de 2010 a las 13:05

Las ‘zonas oscuras’ del proceso de construcción del Parasol de la Encarnación ilustran a la perfección uno de los vicios del gobierno municipal: intentar que aparezca como cierto lo que no es más que media verdad.

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QUIERE la casualidad y el calendario, que a veces juega malas pasadas, que ahora que termina el Carnaval y comienza la Cuaresma, periodo que en Sevilla se vive de forma extrema, coincidan en el tiempo la visita de Albert Boadella –que estrena en el Lope de Vega la nueva obra de Els Joglars– y el ritual que reitera –en esta ciudad sin criterio y, sin embargo, tan llena de dogmas– la verdad incómoda que Miguel de Mañara dejó dicha, recogiendo la larga tradición clásica, en su célebre Discurso de la Verdad: no hay nada más real que la mortaja. Tremenda máxima, propia del barroco. Tan terrible como cierta.

Boadella, que ironiza siempre con el hecho de que la hipocresía sea uno de los grandes “avances” de la civilización, igual que Walter Benjamin decía que “quien cuida los modales pero rechaza la mentira se asemeja a alguien que se viste a la moda pero olvida llevar la camisa”, sabe que la honestidad radical es asunto peligroso. Nadie aspira a tan elevada condición, que es la de la plena libertad verbal. Aunque a decir verdad en este mundo de simulacros ciertas gotas de sinceridad en ocasiones ayudan a acostarse tranquilo.

Las medias verdades

En los países anglosajones la mentira tiene un coste político notable. Aquí en el Mediodía, donde habitamos, o lo intentamos, ocurre al revés: se da por supuesto que cualquier gobernante cuenta ficciones –y no siempre buenas, aunque ellos se empeñen en presentarlas de tal guisa– para evitar decirnos la verdad. Probablemente porque piensan que si la supiéramos el teatro social se terminaría y ellos no durarían ni dos días.

Pero ¿qué ocurre cuando lo que se cuenta no es del todo mentira, sino sencillamente media verdad? ¿No es peor que mentir? Ocultar la realidad es siempre un ejercicio íntimo. Cada uno elige su particular manera de engañarse. Lo que resulta evidente es que quien trata de ocultar algo no lo hace sólo por educación y sentido del civismo, como sarcásticamente decía el director de Els Joglars, sino porque trata de camuflar una inseguridad. Vista así, la mentira política tiene algo de ingenuidad, incluso de ternura. La tentación de mentir es tan grande y cómoda que con frecuencia acostumbra a olvidarse que en el juego democrático un político puede –algunos piensan que incluso debe– mentir, lo único que sucede es que, si es cazado, no le queda más salida que admitirlo, aceptarlo y hacer acto de contricción. En eso consisten las cosas.

El problema surge cuando no se quieren respetar estas reglas básicas. Cuando, presos del apuro de verse expuestos de forma nada edificante ante los demás, quiere torcerse el cuello a la verdad. Aplastar al que habla. Cortarle el dedo al que señala. Mucho de esto ha ocurrido en los últimos tiempos en Sevilla, aunque probablemente tal situación sea cosa de siempre. El poder no sólo quiere mandar, sino cincelar la imagen que los ciudadanos tienen de la realidad. Bien es sabido: el mejor poder siempre es invisible. Y éste requiere forzosamente que la grey –por usar la terminología eclesiástica– piense justo como sea más cómodo. La libertad individual siempre resulta un obstáculo.

En el diccionario esta conducta tiene un nombre concreto. No vamos a mencionarlo por ser educados. Pero basta mirar para encontrar esta semilla por doquier. Un ejemplo obvio es el episodio de la construcción del Parasol de la Encarnación. En este proyecto confluyen toda una serie de elementos susceptibles de convertirlo, si no lo es ya, en símbolo de una manera de gobernar la ciudad.

“Es amarga la verdad”

Las setas han sido en los últimos cinco años objeto de una honda polémica ciudadana en relación a su –supuesto– encaje en una urbe, aparentemente, tan refractaria a los cambios como es Sevilla. En la apuesta municipal por hacer teórica vanguardia arquitectónica en la ciudad histórica quizás había una buena intención previa. ¿Quién lo duda? Pero lo cierto es que, un lustro después de su inicio, si se profundiza en cómo se ha gestionado la cuestión, no puede sino concluirse que la eficacia es algo que en la Plaza Nueva no se ve por ningún lado, dicho sea, por otra parte, sin ánimo de ofender. Son hechos.

Entretenidos con el usual debate estético, tan querido a los sevillanos, que esbozan una teoría sobre cómo debe ser –o es– la verdadera Sevilla, que siempre es la suya y nunca la ajena, la ciudad desconocía los meandros y agujeros negros por los que ha discurrido el novelón del Parasol, cuyo coste para las arcas públicas asustaría a cualquiera que tenga un mínimo sentido de las cosas. E incluso sin él. “Es amarga la verdad/quiero echarla de la boca”, escribía Francisco de Quevedo. Si fuera cierto tal verso, habría que concluir que en el gobierno local hay quien tiene un marcado gusto por lo agrio, pues en este asunto no se ha hecho más que callar cuando había que haber hablado (en mayo de 2007), y hablar a medias cuando, sencillamente, bastaba con decir la verdad. En este punto radica toda la cuestión: ¿Pueden afrontar la realidad o seguirán aniquilando y sin escuchar a quien se atreve a decir que el rey está desnudo?

Juventud, egolatría

Carlos Mármol8 de Febrero de 2010 a las 12:48

La ‘guerra del Facebook’ que han protagonizado esta semana el portavoz municipal del PSOE, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y el edil del PP José Miguel Luque da una idea del nivel político del Consistorio.

AL César lo que es del César. El título del artículo lo tomo prestado de un jugoso libro de memorias de don Pío (Baroja, obviamente), el gran escritor vasco, antirretórico, anticastizo, cascarrabias, ácrata confeso, el hombre malo de Itzea, que es, además, el escritor del 98 que mejor puede leerse en estos tiempos turbulentos en los que la esperanza se ha convertido en un quiste negro. No ha perdido un ápice de vigencia. Certero y luminoso. Milagrosamente exacto.

Sirva el referente barojiano como introito menor para una reflexión improvisada sobre la edad y, como en sesgo, sobre el creciente infantilismo que inunda la sociedad circundante, en la que la juventud, desgraciadamente, se ha convertido en un valor per se, como tantos otros muchos conceptos (el feminismo, por ejemplo) sobre los que en realidad no importa en demasía su verdadero empaque. Conceptos de moda convertidos, a fuerza de reiteración, en meras etiquetas públicas. Cosas sin sustancia que se miran.

Jóvenes a los 40

Que la juventud es una epidemia que cura el tiempo lo demuestra un hecho: ahora uno todavía es joven a los 35, que es la edad tope reconocida por la Junta para el carnet joven. Ya saben: aquí hay que tener carnet para (casi) todo. A los 40 años, que antaño eran una edad más que respetable, se sitúa la primera quiebra vital más o menos seria. Según Julio Caro Baroja, a esos años el escritor vasco se dio cuenta de que ya era viejo. El plazo, que todos tenemos asignado, empezaba a acabarse.

En la política actual la juventud se prolonga más allá de los cuarenta años. La bisoñez de muchos representantes públicos se debe, con independencia de los estudios y la experiencia laboral de cada uno, al hecho de que la generación en el poder –la del 68– no sólo no ha sido capaz de cederles el relevo, sino que insiste –sobre todo en política– en permanecer. Es natural: se trata de una generación que, en el fondo, cultiva el dogma de haber tenido razón casi en todo. No es nada fácil desengañarles. Decirles la verdad.

JUVENTUD, EGOLATRÍA0 baja

En los mentideros políticos vuelve estos días a sucederse el lugar común sobre la necesidad de la renovación generacional. El debate ha surgido en el seno del PSOE a raíz del congreso regional que será en marzo, donde Griñán tomará las riendas orgánicas. Las crónicas de situación coinciden en que el presidente de la Junta tiene en sus planes dar más juego a “políticos más jóvenes”. Caras nuevas. Gente fresca. Al menos, ésa es la teoría oficial.

En el Ayuntamiento sevillano esta renovación generacional se hizo hace tiempo. El PSOE de Sevilla ha sido pionero: salvo el alcalde, que es de la llamada generación bocadillo –la que está entre los históricos y las eternas jóvenes promesas–, buena parte de la Corporación está formada por jóvenes políticos. Gente ambiciosa y, por lo general, con ansias de poder. Es lógico. Frente a lo que decía Baroja, todavía están en la típica fase de la “juventud animal”, que es justo lo que empieza a perderse a partir de los 40 años.

Este afán de notoriedad puede ser quizás el que explique episodios como el han protagonizado esta semana el portavoz socialista en el Consistorio, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, y el edil del PP José Manuel Luque. Ambos han sido partes de una polémica mutua basada en el supuesto uso de la red social Facebook como herramienta política. Los detalles se han contado en los periódicos: Celis, probablemente mal aconsejado por sus asesores, irrumpe un día en la sala municipal de prensa y, ante el asombro de los periodistas (que ya no se asombran de nada) asegura tener que dar una noticia gravísima. La cosa es más o menos así: “Hay un concejal del PP que maldice e insulta a los votantes del PSOE. No puede admitirse. Tiene que dimitir”. Lo peor es que el edil del PP citado responde. Su equipo –también de asesores; con la inestimable ayuda de las nuevas generaciones– se tiró toda la mañana colgando mensajes en el perfil de Facebook de Celis para demostrar lo que todo el mundo sabe. Quien forma parte de las redes sociales se arriesga a perder su intimidad.

Semana horribilis

Como es notorio, estamos en una crisis económica cruenta. Esta semana la bolsa se ha hundido por la falta de credibilidad del Gobierno –de Zapatero, en realidad; el ejecutivo es decorativo–, se ha producido un pensionazo interruptus, el PP mejora en las encuestas y se atisba en el horizonte una reforma laboral que, aunque será light, probablemente tendrá su propia bomba de relojería camuflada. El paro no deja de subir. Los indicadores económicos son un desastre. España se ha convertido en un problema para la economía europea. Sevilla probablemente es una de las ciudades donde los problemas de la economía nacional están más concentrados. Zapatero se marcha a Estados Unidos a rezar con Obama. Monteseirín ha vuelto al protocolo y a las cofradías. El mundo parece a punto de derrumbarse. Y Celis y Luque, mientras tanto, jugando con el perfil del Facebook.

Lo decía Baroja: “Cuando un hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta”.

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • Sevalber

    Muy interesante su análisis. En esta ciudad se habla con mucha facilidad de peatonalización, pero lo...

  • Ramón Espadas

    Enhorabuena por los dibujos tan poderosos que ilustran estos artículos. Creo sinceramente que...

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    Donde se puede obtener mayor información de esta nueva plataforma?? Estoy completamente de acuerdo con...

  • sevillano de adopción

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