La Sevilla (inter)media

Carlos Mármol25 de Octubre de 2009 a las 19:38

La imagen de Sevilla, escindida entre quienes buscan imponer a los demás su ‘patrimonio sentimental’ y los que defienden el cambio sin respetar el pasado, está huérfana de referentes que la renueven sin traicionarla.

 AHORA que la Universidad Hispalense ha decidido actualizar su célebre colección sobre Historia de Sevilla –uno de los silenciosos bestsellers sevillanos, cosa rara en una ciudad en la que, por regla general, se lee poco– no estaría mal que el Secretariado de Publicaciones se plantease la conveniencia de elaborar un volumen específico sobre las distintas visiones de la ciudad. No hay materia más fecunda que las ideas que los propios sevillanos tienen sobre sí mismos y su entorno. Quizás porque los alrededores de cada uno son lo más parecido a nuestra esencia. A menudo incluso nos condicionan el mundo. Lo problemático acaso es que se transformen también en el único mundo que de verdad conozcamos.

Dogmas sevillanos

Esta semana la ciudad ha podido descubrir cómoun arquitecto de la tierra, Guillermo Vázquez Consuegra, piensa remodelar sus viejos astilleros, uno de sus edificios más antiguos, para transformarlos en un complejo cultural llamado Caixa Forum. Sobre Vázquez Consuegra se podrá tener la opinión que se quiera, pero lo cierto es que es alguien que siempre sorprende. Sobre todo, por su sobriedad. A poco que se ponga algo de atención, de su trabajo como arquitecto se aprende a contemplar la ciudad, el terruño, sin miedos. Sin posicionamientos previos. Sin prejuicios.

Sevilla intermedia baja Copiar

Su propuesta de remodelación de las Atarazanas, que ahora deberán juzgar los sevillanos, tiene la rara virtud de ser extraña. La razón: no se posiciona con ninguno de los dos grandes dogmas sobre la ciudad que tanto ruido hacen –el inmovilista, por un lado; el de los neofundadores, por otro– e intenta alcanzar el difícil equilibrio de reflejar el presente sin ignorar el pasado. Probablemente la modernidad consista justo en esto: saber mirar hacia atrás, extraer ciertas lecciones y tratar de proyectarlas hacia adelante siendo coherente. Lo moderno, en realidad, es un ejercicio muy viejo. Ocurre sólo que figura ser nuevo por el contexto social y cultural en el que se inserta y porque, en el fondo, hemos perdido el recuerdo de lo que fuimos antes o lo hemos ido sustituyendo por una visión sesgada, parcial y personal que, en ocasiones, termina inevitablemente por convertirse en excluyente. El proceso, natural, como la vida, no tendría que ser forzosamente perverso. Pero suele derivar en vicios totalitarios: pasa cuando una lectura única de la ciudad quiere imponerse a las demás. El patrón del buen gusto no es unívoco. Nos lo glosa el refranero: para gustos, los colores.

 Esta pandemia de interpretar toda la ciudad de una única forma está muy extendida en Sevilla. Los dos bandos que pugnan por imponer su imaginario sevillano a los demás cultivan además el enfrentamiento. Se crecen en el conflicto. En su visión sobre la ciudad, aparentemente dispar, late en el fondo un rasgo común: ninguno soporta ver la realidad. Tampoco aspiran a averiguarla. Pretenden tan sólo perpetuar la ficción que ellos mismos tienen de ellos. Si se les rompe su cómodo relato sobre cómo es y cómo debe ser Sevilla, se sienten huéfanos. Camus lo explicó en un ensayo, El Hombre Rebelde: algunas de las peores tragedias de la historia proceden de la literatura mal digerida. Es cierto: existen mitos que terminan siendo dictaduras.

La capacidad de mirar depende no sólo de la vista, sino del cerebro. De la cultura. Ese magma con el que a lo largo de la historia también se construyen ciudades. Su imaginario colectivo, al menos. El tiempo nos enseña que éste suele ser plural. Al contemplar cualquier urbe sucede igual que al leer un libro: quien tiene mayor formación mirará y verá muchas cosas. Quién carezca de ella se quedará en lo superficial, en la pura epidermis. La educación ayuda a hacer el tránsito entre ambos estadíos. Por eso es, quizás, la actividad más útil y solidaria que existe: consiste en que alguien te enseña a mirar por tí mismo. Empiezas usando primero sus ojos y terminas utilizando los tuyos. Pero para que funcione resulta necesario, al menos, tener cierto afán por aprender mirar.

La visión sentimental

Para unos, Sevilla debía quedarse quieta. Detenida en el tiempo. ¿No es acaso éste uno de los tópicos más sólidos de lo sevillano? Una ciudad donde los lustros parecen no sucederse porque todos los años se repiten determinados rituales colectivos. Donde todo es igual que cuando uno fue un niño. Esta ciudad sentimental tiene mucho que ver con cierta concepción de la infancia: para algunos es un periodo de la vida que pudiera ser hermoso, pero para otros puede ser una auténtica pesadilla. Sobre todo cuando no termina nunca. En el bando contrario, en cambio, se piensa que Sevilla tendría que ser derrumbada, como la bíblica Jerusalén, para volver a ser edificada sobre nuevos parámetros que, en realidad, le son ajenos. Extraños. Los primeros se reclaman herederos de la Sevilla tradicional, la ciudad eterna. Los segundos argumentan representar a los ciudadanos más progresistas, partidarios del cambio.Viendo las cosas con distancia, lo que se antoja casi eterno es el perpetuo conflicto entre ambos mundos. Una dialéctica sorda no nos lleva a ninguna parte. Como dice Vázquez Consuegra, lo único que funciona es aprender a mirar. Si se quiere.

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Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • Sevalber

    Muy interesante su análisis. En esta ciudad se habla con mucha facilidad de peatonalización, pero lo...

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