Opúsculo sobre escenografía urbana

Carlos Mármol22 de Noviembre de 2009 a las 16:44

El Ayuntamiento cede durante días el corazón de la ciudad para el rodaje de la película ‘Knight&Day’ y abre todavía más la mano a la instalación de estatuas de gusto más que dudoso en los mejores enclaves de Sevilla.

HAY quien dejó dicho, y por escrito, que uno de los rasgos ciertos de la gente que en su fuero interno no se considera suficientemente importante es justamente el hecho contrario: su tendencia a darse importancia. A ser posible, hasta el exceso. No es raro. Uno de los atributos básicos de cierta concepción del poder consiste en el hecho de aparentar. Posiblemente porque el primer requisito inexcusable de aquel que aspira a ser poderoso sea fingir que ya lo es –precisamente dado el molesto inconveniente de no serlo aún– para que los demás lo acepten y, con su asentimiento tácito o expreso, engorden la ficción.

Un viejo método que, cuando funciona, que no siempre ocurre, permite que el cuento (del poder) se torne realidad gracias al asentimiento ajeno. Se comprende de esta forma que determinadas muestras de dominio vayan ligadas a la escenografía. Así ha sido a lo largo de la historia. No hay más que ver a la Iglesia. Un ejemplo cercano: la puesta en escena de la ceremonia vivida hace sólo unos días en Sevilla con motivo del relevo del pastor diocesano, por utilizar uno sus términos más clásicos, siempre tan reveladores.

OPÚSCULO DE ESCENOGRAFÍA URBANA baja

Dentro de las múltiples variantes de estas demostraciones externas existen categorías diferentes. Una de ellas es la omnipresencia mediática, a la que tan cara es la clase política municipal, con mayor intensidad cuanto menor importancia objetiva. Otra pudiera bautizarse con el nombre irónico de las luchas del nomenclátor. Es curioso ver cómo determinadas concepciones del mando –de uno y otro signo; en esto no hay distingos– pugnan con frecuencia por poblar el callejero con los nombres que estiman más representantivos y acordes con lo que, a su juicio, debería ser Sevilla. Lo que en realidad es y necesita la ciudad les importa bastante poco.

La tercera variante es la obsesión por ocupar el espacio común, que viene a ser –si nos ponemos algo griegos– algo así como la patrimonialización de la ciudad misma, porque una urbe no es otra cosa que sus enclaves colectivos. Sus ágoras. Dentro de esta categoría podríamos hacer una nueva diferenciación: los rituales colectivos, por un lado; y la colocación de las imágenes públicas, por otro.

Los primeros, en Sevilla, son lugar común. De ellos viven, en sentido literal y figurado, legiones de personas cuya vida, y mayor o menor talento, carecería de sentido si tales ceremonias no llegaran a llevarse a cabo. Unos, aparentemente, son de índole religiosa; otros, deportiva. Pero también, como puede verse estos mismos días, de motivación comercial y publicitaria. Basta ver la facilidad con la que la ciudad, representada por su cabildo municipal, ha entregado durante días enteros los escenarios de todos a este tipo de divertimentos, en este caso cinematográficos. Probablemente se trate de algo inevitable, puesto que para muchos la tradición suele confundirse con el derecho de pernada, aunque lo llamativo del asunto resulta ser la forma de justificar tal conducta: apelando siempre a un beneficio económico. Como si el criterio único a la hora de tomar la decisión de ceder la ciudad como escenario excluyente [en caso contrario, no habría problema] fuera el dinerario.

Cada uno tendrá su propia opinión al respecto. En eso justo consiste la libertad. Pero no deja de ser significativa la última variante, que no es otra que esa viejísima costumbre de intentar erigir estatuas a personajes teóricamente valiosos y ejemplares. Materia en la que también pueden encontrarse antecedentes más que significativos. En Sevilla, ciudad de la arquitectura efímera y del egregio túmulo funerario al que Miguel de Cervantes dedicara su soneto con estrambote (…fuese y no hubo nada), existe desde hace tiempo una profunda desazón por la flexibilidad con la que el Ayuntamiento permite la presencia de estatuas dedicadas a determinados personajes que no gozan de un respeto unánime.

Este tipo de iniciativas, impulsadas por círculos y lobbys sociales cuyo deseo es emparentar en afecto con el homenajeado (como si las carencias propias disminuyeran con tal ejercicio), más que rendir verdadero tributo –para ellos el fin cuenta; los medios no–, han convertido algunos de los mejores espacios urbanos de Sevilla en una galería de los horrores donde el buen gusto –en esto no hay escuela única, pero sí existen ciertas nociones más o menos compartidas– brilla por su ausencia. No sólo en la elección misma de determinados personajes, sino en su ubicación. Y hasta en su factura.

¿Saben de alguna de estas iniciativas que se haya hecho en un barrio extramuros? Todos quieren su parcela de gloria (efímera; las palomas suelen tratar muy mal a las estatuas) en la Sevilla eterna, como si no existiera otra y aunque haya que encaramarse a enormes pedestales como los que cierto asesor municipal colocó con satisfacción en la Alameda a modo de apócrifo besamanos. Hay quien piensa que este tipo de episodios no son más que muestras del aldeanismo sevillano, tan enraizado en ciertos usos y maneras. Como en tantas otras ocasiones, ésta es una cuestión de nivel cultural. Hay quien sueña con una Sevilla poblada de muñecos desmesurados que sirvan para encarnar su poder e influencia y quienes piensan que una buena ciudad consiste en tener las plazas y calles tan libres de basura como de doctrinas. Sin estatuas. Libres.

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Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • Sevalber

    Muy interesante su análisis. En esta ciudad se habla con mucha facilidad de peatonalización, pero lo...

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