El sueño de Huidobro

Carlos Mármol | 22 de mayo de 2011 a las 6:07

Los ciudadanos acuden hoy a las urnas para elegir a sus nuevos representantes municipales con el fondo de las concentraciones del 15-M. Un movimiento heterogéneo que sólo reivindica más y mejor democracia.

Para afirmar que la vida es absurda, decía Camus en su soberbio El hombre rebelde, la conciencia necesita estar viva. A juzgar por lo que durante la última semana ha ocurrido en las plazas de más de cien ciudades españolas, entre ellas la Encarnación, convertida en un singular enclave lleno de llamativas contradicciones –la mayor: los indignados apropiándose, aunque sea de forma temporal, de un espacio público que en realidad nunca ha dejado de ser privado–, estamos de suerte. Todavía nos queda algo de conciencia.

Los ciudadanos acuden hoy a las urnas para votar a sus representantes en los ayuntamientos con el fondo de esta inesperada revuelta, pacífica y masiva, cuya rebeldía mayor consiste en acampar tranquilamente en una plaza para reivindicar –por las nuevas autopistas de las redes sociales– una democracia distinta, diferente, auténtica. Sin más mentiras que las estrictamente necesarias ¿Dónde está el peligroso nihilismo de los famosos anarquistas? ¿Dónde la enmienda a la totalidad de los viejos ácratas?

El gesto de la protesta ha sido tan inesperado como hermoso, probablemente porque detrás de toda rebeldía, adolescente o madura, igual da, humana en definitiva, no exista más que un secular acto de afirmación. La vindicación de uno mismo. Algo que, por otra parte, ya estaba, como tantas otras cosas, en la Biblia. Jeremías 2:20. Lucifer se dirige a Dios y proclama: Non serviam [No te serviré]. Tan sencillo como esto.

Hay quien piensa que la revuelta del 15-M durará apenas unos pocos días. Que será pasajera. Que se diluirá con el tiempo o, acaso, como consecuencia de las inevitables contradicciones en las que, antes o después, terminarán incurriendo los heterogéneos grupos que forman este movimiento de indignación civil animado tanto por la voluntad de emulación de las rebeliones del Norte de África como por la doctrina del opúsculo panfletario (en el mejor sentido de la palabra) del viejo Stephane Hessel, el último autor vivo de la Declaración de los Derechos Humanos. Sin desmerecer la importancia de internet en el episodio, resulta curioso comprobar que casi todos aquellos que sueñan con cambiar el mundo terminan inspirándose al final en libros, por lo general, breves y luminosos. Estamos de enhorabuena: Gutenberg todavía no ha muerto.

Cada uno tendrá su opinión sobre el fenómeno. Su juicio sobre si el Gobierno tenía o no que haber cumplido la ley electoral (precisamente lo que los manifestantes quieren cambiar) para desalojar por la fuerza de las ágoras (las ciudades, en definitiva) a los rebeldes. Es lícito. Lo que ya no parece tan razonable –al menos en mi opinión– es que se diga que los concentrados no tienen otra vía para manifestar su enfado que el voto, precisamente el derecho que hoy se ejerce. Cuando se producen este tipo de movimientos suele acontecer que el criterio de la gente se quiebra en bandos maniqueos. Por un lado aparecen los que sólo ven en las concentraciones una especie de réplica (cuatro décadas más tarde) del célebre Mayo del 68; por otro, quienes estiman que no responden más que al infantilismo de una sociedad inmadura que es totalmente incapaz de convivir con la crisis y la ruina.

Al parecer nadie es capaz de pensar en la posibilidad de un punto intermedio: sencillamente es gente (normal) diciéndole a la gente (normal) que hay que salir a la calle no en contra nada, sino a favor de todos. Frente a quienes creen que la spanish revolution es una revuelta al viejo estilo –la rebeldía es un concepto histórico, pero también metafísico– yo me inclino por pensar que su finalidad, con independencia de la terminología de ocasión, es más bien reformista. Los indignados no pretenden derribar la democracia formal en la que intentamos sobrevivir (y que sólo ejercemos con el limitado acto político de votar), sino lograr que la participación de los ciudadanos en la vida común no se circunscriba a ponerse frente a una urna cada cuatro años. La democracia no es votar y callar, sino votar, pensar, hablar y actuar. Ser.

Causa cierto rubor contemplar los posicionamientos de los grandes partidos políticos en relación al fenómeno. Mientras los socialistas intentan evitar el cuestionamiento directo que las concentraciones suponen con respecto a su forma de entender la política –la distancia entre lo que dicen defender y lo que realmente hacen–, Izquierda Unida trata de apropiarse del descontento general para su proyecto republicano y el PP, siempre inquieto ante cualquier tipo de concentración de ciudadanos que no se deba a una procesión, dice ver en la mecha de la reivindicación una maniobra del Gobierno –cosa del pérfido Rubalcaba, como el 11-M– para atenuar el batacazo que el PSOEdebe darse en las urnas. Decididamente ninguno de ellos parece haber entendido nada. Quizás porque son incapaces de comprender todo aquello que no pueden controlar, manipular, utilizar o fagocitar.

Aquí radica precisamente la cuestión de fondo: los intermediarios no escuchan y la democracia es demasiado importante para dejarla únicamente en manos de los actuales partidos políticos, que han demostrado que su afán por el poder (con su posterior fase de degeneración:la corrupción) es mucho más fuerte que la coherencia o el respeto a los ciudadanos. La vieja tesis de la fractura creciente entre la sociedad y la política se ha convertido en real. Ya es un abismo.

Basta comparar el contenido de los programas con los que los grandes partidos concurren a las elecciones con las demandas de los indignados para darse cuenta de la enorme distancia que existe entre estas dos variantes de la democracia. La real y la formal. Los despachos y la calle.

Mientras los partidos prometen empleos que no pueden crear –sin entrar a comentar la vieja costumbre meridional de colocar a la familia en la administración pública, costumbre practicada tanto por socialistas como por populares–, auguran inversiones que no pueden financiar –las arcas del Estado han sido repartidas entre un sinfín de virreinatos territoriales–, defienden servicios sociales que ellos mismos destruyen –reforma laboral, cambio en el sistema de pensiones, imposibilidad de tener acceso a una vivienda– el 15-M, que es la sociedad civil que no va a los cócteles ni sale retratada en los periódicos en las habituales tardías reuniones del cuerpo consular y diplomático, reclama sencillamente más cauces de participación y un sistema de representación efectivo que trascienda el usual teatro parlamentario. Listas abiertas, elección directa de los legisladores, una norma electoral que no impida el pluralismo, el fin de los privilegios de la casta política, menos corrupción, la separación de los poderes del Estado, un mercado de trabajo que no explote indefinidamente a la gente y unos servicios públicos de calidad en educación y sanidad. ¿Dónde diablos aparece la toma del Palacio de Invierno?

No piden ni un nuevo estatuto autonómico, ni un sistema fiscal similar al Concierto Vasco. Tampoco ninguna de esas cuestiones, al parecer trascendentes, que acostumbran a ocupar la agenda de trabajo de políticos, periodistas y de todos aquellos que nos movemos (mejor o peor; e incluso por obligación) dentro del ámbito de la España –Sevilla, en nuestro caso– oficial.

Hoy se vota. Es cierto. Aunque hay matices: probablemente no lo haga, como suele ocurrir, casi la mitad de la población (cosa que el sistema ignora para no minar su propia legitimidad). Tampoco elegiremos al alcalde. Lo harán por nosotros los concejales (intermediarios de nuestra voluntad) que, en listas cerradas, votaremos. Nadie afirma que todo esto no sea democrático. Sencillamente resulta insuficiente. ¿Por qué los principales actores de la comedia tienen tanto miedo a la historia real?

Acaso teman que suceda lo que Huidobro, el poeta chileno, escribió, como un sueño, en su manifiesto rebelde:

“Una buena mañana, después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas, el poeta se levanta y grita a la madre Natura: No te serviré. La madre Natura iba ya a fulminar al joven poeta rebelde, cuando éste, quitándose el sombrero y haciendo un gracioso gesto, exclamó: Eres una viejecita encantadora. No era un acto de rebeldía superficial. Era el resultado de toda una evolución, la suma de múltiples experiencias. Hemos aceptado, sin mayor reflexión, que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro”.

  • Carlos Rolod

    Qué bonito, Mármol. Vente a la Plaza. Yo te reconoceré. Salud