Zoido: la inevitable metamorfosis

Carlos Mármol | 29 de mayo de 2011 a las 6:15

El nuevo alcalde electo, que llega a la Alcaldía con un respaldo social mayúsculo, tiene durante los primeros cien días de gobierno un cheque en blanco para poder fijar las líneas maestras del futuro escenario municipal.

Existe una cita célebre de Jorge Luis Borges, el escritor argentino, que afirma que la democracia viene a ser algo así como un abuso (extremo) de la estadística. Entendida como una frase entre provocadora e ingeniosa, más que en su estricta literalidad, la sentencia sirve para resumir la reciente y atronadora victoria electoral del PP en Sevilla.

Conseguir 20 de los 33 ediles en juego, evidentemente, no es sólo una mayoría suficiente –como se ha dicho eufemísticamente durante la campaña para evitar el matiz negativo que implica el absolutismo–, sino también un exceso (democrático), si me permiten el término. Sustancialmente por el extraordinario desequilibrio que introduce en un escenario –el mapa político de Sevilla– marcado durante las últimas cuatro décadas por la promiscuidad de los distintos partidos políticos.

Bromas aparte, el triunfo de Juan Ignacio Zoido, el nuevo alcalde electo, es ya un hecho que ha venido a cerrar definitivamente una etapa –la llamada era Monteseirín– y a abrir otra que, de momento, se caracteriza con su notable grado de incertidumbre. Ni la situación económica general ni la salud financiera del Ayuntamiento que hereda el candidato del PP auguran una etapa de excesivas alegrías en la gestión municipal. Los parámetros a examinar, cuando llegue el momento, serán la administración inteligente de los recursos disponibles y el éxito en la tarea de sacarles partido.

La tradición manda que a cualquier gobernante que accede al poder –la Alcaldía, en este caso– deben concedérsele al menos cien días de plazo para que pueda organizarse, diseñar sus prioridades políticas y empezar a trabajar sin ser criticado a fondo. Nobleza obliga, pues. Así que hasta entonces Zoido (Juan Ignacio), que aún tiene que ser formalmente investido regidor de Sevilla por el Pleno, dispone de cierta carta blanca, además de suficiente apoyo popular, algo que nadie puede negar, para decidir qué va a hacer, cómo va a hacerlo y cuáles son los parámetros a partir de los cuales deberemos evaluar su gestión.

A pesar de que los políticos suelen a ignorar, por conveniencia, esta cuestión, su trabajo acostumbra a ser objeto de escrutinio público fundamentalmente en función del marco concreto que ellos mismos definen –a veces sin darse cuenta– en el momento mismo de fijarsus prioridades, redactar su programa de gobierno, hacer sus promesas y, en general, lanzar los mensajes que dirigen a los ciudadanos. Las campañas electorales, más que en todos estos aspectos, tienen la costumbre de incidir en los detalles personales para vender un cierto perfil político. Un recurso habitual cuando de lo que se trata es de persuadir al elector para alcanzar el poder.

La etapa que ahora comienza es distinta. El PP es ya el poder municipal. Una vez estás al frente de un gobierno, los factores personales importan menos (aunque expliquen en ocasiones determinadas decisiones) y el análisis político, en cambio, debe basarse en lo dicho por contraste con lo hecho. En el grado justo de coherencia existente entre estas dos orillas. El punto exacto donde se sustenta el pilar básico de la credibilidad no sólo de un político, sino de cualquier persona.

La llegada de Zoido al poder, anunciada por los suyos desde hace ya varios meses como una especie de buena nueva, casi mesiánica, se ha hecho realidad. En determinados casos, ha despertado una oleada de simpatía que, vista con algo de cierta distancia, como es necesario mirar todas las cosas, casi se diría que es incluso superlativa. Teniendo en cuenta que el CIS afirma de que los ciudadanos ven a (todos) los políticos como el tercer gran problema de España, resulta cosa bastante sorprendente que la victoria de Zoido en Sevilla provoque de pronto un entusiasmo tan superlativo como para convertirse en la única noticia de los primeros compases de la nueva partitura municipal. La historia nos enseñó hace mucho tiempo las razones:los triunfos tienen multitud de padres;las derrotas siempre son huérfanas. Una frase atribuida a Napoleón.

Que Zoido firme autógrafos, se retrate en grupo con los vecinos que lo han votado, que lo aplauden y lo vitorean y, en general, que presuma de despertar una cierta ilusión colectiva entre algunos sevillanos no es algo malo, aunque uno –por oficio– tienda a preguntarse cuánto de alegría sincera hay en estas singulares estampas y cuánto de desesperación. ¿La razón? Que el panorama social al que deberá enfrentarse el nuevo regidor va a ser todo menos fácil: un paro desbocado, barrios con unas necesidades sociales mayúsculas y, sobre todo, una caja de caudales mermada. Casi todos los ingredientes necesarios para que, en términos políticos, al menos, puedan producirse experiencias desagradables.

La nueva situación

El PP, que ha marcado en los últimos cinco años una determinada línea de trabajo en la oposición, basada en la judicialización de la vida política y en la propaganda de sus propias virtudes, tendrá ahora que readaptar su mensaje a la nueva coyuntura. Desde hace una semana es el futuro gobierno municipal. Y esto implica que, inevitablemente, en lugar de ser sus concejales quienes denuncien a los demás, serán justamente ellos los analizados y escrutados por la oposición (PSOE e IU), la prensa y los ciudadanos que han dado su confianza a Zoido durante cuatro años para dirigir la ciudad. Así funciona el sistema.

El cambio de enfoque es total. Sin olvidar además un factor añadido:mientras más expectación genera una persona en los demás –sea político, escritor, músico o empresario– más difícil resulta no defraudarles. No tanto por los méritos propios, sino por la extraordinaria presión que supone tener que gestionar los anhelos colectivos de los demás. El reto de Zoido es más que considerable.

Es de suponer que el nuevo alcalde electo debe ser perfectamente consciente de este hecho y se preocupará de que su gobierno cuide el talante –la forma de gobernar–, la transparencia –el libre acceso de los ciudadanos a toda la información municipal–, la participación y la eficacia en la gestión de los servicios públicos. Y es deseable también que tenga la cintura suficiente para, a partir de ahora, encajar las críticas que su trabajo pueda generar. Al menos, tanta como ha tenido en los últimos tiempos para recibir el caudal de elogios que al final se ha traducido en respaldo electoral.

La primera decisión adoptada por el PP ha sido encargar una auditoría para conocer de primera mano la verdadera situación económica del Ayuntamiento. Parece natural: el anterior gobierno ha sido opaco en muchas de estas cuestiones y los ciudadanos –gobierne quien gobierne– tienen derecho a saber cómo se usa su dinero. Del resultado de este análisis probablemente salga una foto del Consistorio peor de la esperable. Aunque esta hipótesis no debería servir al nuevo gobierno local para, una vez llegado al poder, quedarse exclusivamente en el mero revisionismo político.

Zoido ha sido elegido por los sevillanos para solucionar problemas, no para continuar denunciando eternamente los errores de sus antecesores. Debe hacer cosas (bien o mal; eso ya se verá), no sólo decirlas. Y es de suponer que, aunque sea un alcalde reivindicativo, no limitará su acción de gobierno al enfrentamiento constante con la Junta de Andalucía, como pasó en la etapa de Soledad Becerril. Queda sólo un año para las elecciones autonómicas. El PP sueña con alcanzar la Junta. La tentación de utilizar a Sevilla de ariete debe ser grande. Pero no contribuiría ni a que Zoido cumpliera sus promesas ni a consolidar en la ciudad las bases de un poder perdurable para el PP. Sería un error. Zoido debe gobernar. Sevilla así lo ha decidido.

Los comentarios están cerrados.