La orfandad de los argumentarios

Carlos Mármol | 10 de julio de 2011 a las 6:10

Los socialistas se enfrentan a los preámbulos electorales de los comicios generales y autonómicos con una sensación de fin de siècle. Su discurso flirtea con un giro a la izquierda que desde el poder nunca han ejercido.

Se acuerdan de los hipotecados cuando truena por Levante y por Poniente. Cuando la embarcación zozobra debido a una tempestad cuya violencia destroza cualquier esperanza. O, quizás, como diría un malvado, cuando aquellos que pueden tener pronto créditos en situación de impago son ellos mismos. Cada uno que saque sus propias conclusiones. El caso es que los socialistas empiezan a andar el largo y tortuoso sendero hacia los próximos comicios autonómicos y generales –sean juntos o por separado, que esto todavía es misterio– con un inevitable sentimiento de fin de siècle, decadente, decimonónico. ¿Se ha terminado para siempre la dorada fase del poder? ¿Andalucía, igual que Roma, va a ser conquistada por los bárbaros?

La resolución política que el PSOE de Sevilla aprobó en su último comité provincial, celebrado hace unos días, confirma sin decirlo explícitamente que el principal problema de los socialistas, el que quizás los lleve a la debacle, no es Zapatero, ni la crisis, ni tampoco el vendaval ascendente que arrima al PP a todos los poderes posibles, y casi imposibles, del Estado. Sencillamente es la falta de ideas. De fondo. La enorme dificultad para recuperar la coherencia entre lo que se dice en público y lo que se hace (cuando se gobierna). Una especie de orfandad de argumentarios que corre el riesgo de convertir las próximas elecciones en una metáfora extraña: la dación en pago del poder.

–Bueno, aquí tiene usted [póngase aquí el nombre del correspondiente candidato del PP] las llaves del piso [nombre de la administración que proceda]. Ya es todo suyo. Yo me marcho.

Más o menos así. Claro que en el caso del PSOE no habrá entidad financiera que le reclame la deuda pendiente tras la subasta, porque la finca no se venderá al propio banco por el 60% de su valor, sino en su totalidad. Lo más que puede ocurrirles es que, durante algunos años, les pongan la cara colorada recordando todos los errores previos cometidos. Pero el patrimonio (material;el moral es ya cosa distinta) no lo perderán. Les quedará el regusto, si saben apreciarlo, de la melancolía. Una diferencia significativa con respecto a las familias que pueden perderlo todo, hasta el futuro amargo, por no poder pagar la letra del piso.

En el último cónclave de los socialistas sevillanos, cuya vida interna suele caracterizarse por las luchas de poder y las diatribas fenicias –prueba de la profunda pérdida de valores que padece la izquierda–, se concluía que, además de la crisis económica, el profundo retroceso de apoyo popular se debe a “los errores de comunicación con la sociedad”. Y se llamaba la atención sobre el fenómeno del movimiento ciudadano 15-M, que ha conseguido lo que ningún partido político: resultar creíble.

¿Se debe todo a un problema de no saber transmitir las cosas? No lo parece. Esta misma semana un estudio sociológico daba un dato demoledor: el 85% de los ciudadanos piensa que la corrupción es la moneda de cambio de la vida pública española. La ingenuidad sólo funciona para el 15% de los encuestados. La gente, aunque los distintos poderes hagan todo lo posible por evitarlo, sabe o intuye mejor de lo que creemos lo que ocurre. Y cuando se descubre la verdad que hay bajo la alfombra lo heroíco es seguir creyendo en el sistema. Los partidos son una parte sustancial del sistema, aunque, según convenga, hagan un discurso educadamente demagógico contra él.

Parece además que ésta es la línea por la que van a optar los socialistas ahora que la marea azul del PP amenaza con arrasar Madrid y convertir el viejo bastión inexpugnable de Andalucía en el templo derruido de Salomón. Un giro a la izquierda que parece concretarse en un repentino discurso contra los bancos alimentado a partir de una reforma (levísima) de una de las injusticias de la legislación hipotecaria. Suficiente, les parece a algunos estrategas del PSOE, para fingir un loable humanismo.

El problema es que este señuelo tiene visos de no funcionar. Mayormente porque las clases medias –que deciden su voto en función de sus intereses– perciben que no se trata más que de teatro. Un escorzo demasiado forzado para captar más que ingenuos. Y no precisamente porque el PP genere mucho entusiasmo, sino porque sencillamente la sensación que han dejado determinadas políticas de los socialistas entre su propio electorado es muy parecida a una estafa.

En la convención del PSOE sevillano hubo hasta quien propugnó una reformulación integral del mensaje político del socialismo. Una cuarta variante que vendría a adaptar el viejo sueño de Pablo Iglesias a las circunstancias. El análisis partía de la base de que los socialistas empezaron siendo marxistas (primera etapa), posteriormente abrazaron la socialdemocracia (fase dos) y, al menos en España, descubrieron por último la tercera vía del republicanismo cívico que en su día encarnó Zapatero. Liquidada esta fase –más bien liquidado políticamente el todavía presidente del Gobierno– tocaría hacer otra destilación del proyecto político que fuera capaz de convencer a los ciudadanos de que no es del todo cierto lo que se ha coreado en todas las plazas ocupadas en los últimos meses por el 15-M: no existen realmente diferencias sustanciales entre PSOE y PP.

Si se profundiza en la lógica de este discurso aparecen dos omisiones. Yno son precisamente menores. Se resumen en dos preguntas: ¿Después de tantas adaptaciones queda realmente algo suficientemente puro del mensaje socialista original?¿El pragmatismo y el relativismo moral no son los motivos que han terminado por consumir la credibilidad del PSOE? Convendría formularse ambas cuestiones. El gran talón de Aquiles de los socialistas quizás sea que no recuerdan la célebre frase de Abraham Lincoln: “No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Seguramente a algunos esta afirmación les parecerá muy gruesa. Exagerada. Injusta. Puede ser. Aunque quizás su juicio sea fruto de una conveniente autoabsolución. A modo de razones uno recordaría varios episodios que pueden explicar “la desafección”, como la llaman los propios socialistas, “de la ciudadanía”. Formuladas de forma genérica, como preguntas retóricas, sin destinatario concreto, quizas se entiendan mejor y no provoquen la airada reacción de algún aludido, incapaz de soportar la prueba del espejo.

Son más o menos éstas:

  • ¿Quién renunció a desinflar la burbuja inmobiliaria que ha destrozado la economía?
  • ¿Quién negaba que la crisis era crisis?
  • ¿Quién renunció no ya a intervenir en el mercado inmobiliario (en el que se vende un producto básico que es de primera necesidad) sino sencillamente a crear, al menos a título informativo, un organismo oficial de tasaciones que facilitara una mínima referencia creíble a las familias que sopesaban la posibilidad de asumir una deuda hipotecaria eterna sobre una tasación ficticia que siempre pagaban ellas pero elegían las entidades financieras?
  • ¿Quién gobernó durante lustros, hasta la reciente reconversión, algunas de las principales cajas de ahorros de este país?
  • ¿En qué negocios invirtieron estas entidades durante la pasada década?
  • ¿De qué color político son los dirigentes de sus consejos?
  • ¿Por qué no se adapta la ley hipotecaria española a criterios equivalentes al de un país tan liberal como Estados Unidos?

El único argumentario factible debería escribirse tras responder, con sinceridad, a todas estas dudas. El camino es conocido. La iglesia lo hacía con un cura y la ética no confesional a través de uno mismo. Pero el proceso íntimo siempre es el mismo. Etapas de la expiación: examen de conciencia, acto de contrición, confesión, penitencia y, al final, absolución. Por ese orden.

  • Jose

    Muy convincente el artículo, muybien hilado y despegado de lo más inmediato, pero a poco que el autor se ponga, le salen muchos más argumentos que retratarían aún más felmente la realidad que explica


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