Carlos Mármol | 17 de junio de 2012 a las 6:15
La hipótesis de que Zoido termine liderando el PP andaluz tras la renuncia de Arenas mantendría a la ciudad en la pesadilla de unas elecciones perpetuas, una coyuntura que no contribuirá a resolver sus problemas.
No es ninguna sorpresa. Y, sin embargo, lo parece. Desde que en marzo el camino hacia San Telmo se cerró de golpe para Javier Arenas, líder de la derecha andaluza desde hace ya dos décadas, la figura de Juan Ignacio Zoido, alcalde hispalense apenas hace un año escaso, era la mejor posicionada, por numerosos factores tanto de índole institucional como personal, para protagonizar un proceso de sucesión que algunos –por la cuenta que les traía– no querían ni plantearse.
Pues bien: el tiempo ha pasado y el relevo político de Arenas ya es oficial. Zoido no es que aparezca en las quinielas, sino que ha sido ungido por la mayoría orgánica establecida, cosa que resulta inquietante si se tiene en cuenta que ni siquiera se ha esperado a la celebración del congreso propiamente dicho, después de que el difunto líder lo señalara directamente con el dedo. Igual que hizo Aznar con Rajoy. Por consenso, sobre todo, con respecto a sí mismo.
Junto a este paralelismo, donde la opinión de los militantes parece no contar demasiado, el relevo de Arenas al frente del PP confirma otra vieja tesis sobre el poder: dirigimos como somos. Incluso aunque no se buscase, la Operación Zoido termina teniendo cierta coherencia en relación al estilo de mando con el que Arenas ha dirigido su organización durante dos largos decenios. La figura se llama rotación. Pero en los mentideros populares se usa otro nombre más malévolo y, por eso, acertado: el síndrome de los moros de Queipo.
Consiste en trasladar sin descanso a los mismos nombres –cuatro o cinco, apenas– por los sucesivos puestos claves, institucionales u orgánicos, para poder controlar la dirección de un partido político. Es lo que ha hecho Arenas durante estos cuatro lustros en los que su guardia de corps se ha repartido sin cesar los cargos internos, electorales, parlamentarios o municipales. Los mismos en todos sitios. Llamativa manera de modernizar una organización política.
Zoido, políticamente hablando, es consecuencia directa de esta singular forma de dirigir. Por eso en el ámbito municipal, en el que lleva ya seis años, el próximo jefe de filas del PP regional la adoptó como propia llevándola casi al extremo. Hasta el punto de anular literalmente cualquier hipotético protagonismo político de sus colaboradores, que apenas son unos meros figurantes en un decorado prefabricado donde la única estrella cuyo brillo resulta tolerable, o conveniente, bajo pena de excomunión si se incumple el mandamiento, es la del alcalde.
No es por tanto nada extraño que Zoido vaya ahora a ser designado presidente del PP andaluz con idéntico procedimiento –gracias a una decisión digital, aunque de paternidad discutida– cuyo brevísimo atenuante, impostado en realidad, son las cautas declaraciones que el regidor hizo en las horas previas a que el aparato decidiera que, en realidad, no es necesaria discusión alguna porque todo está ya consumado.
La fórmula usada fue un motivo retórico clásico. Una captatio benevolentiae basada en la apelación pública y expresa a la propia humilitas. Generalmente funciona. Pero los buenos oradores saben que no es más que puro teatro. Que Arenas no confiaba en demasiada gente a su alrededor –cosa natural si se ha leído a Maquiavelo– era cuestión sabida. Que uno de ellos –apenas son cuatro más– era Zoido, también, a quien el todavía jefe popular impuso en la carrera municipal de Sevilla hace seis años manu militari, sin importarle nada relegar a puestos secundarios en la política autonómica a Jaime Raynaud, su antecesor en la Plaza Nueva, uno de los escasos políticos realmente liberales que militan en el PP andaluz.
Zoido siempre ha sido una prolongación política de Javier Arenas. De nadie más. De ahí que, al igual que en su momento le sucedió a Rajoy tras el dedazo, su primera misión será ganarse la legitimidad real, que es distinta a la formal. Lograr un verdadero liderazgo que, de entrada, le viene ancho, ya que no ha sido objeto de una auténtica discusión interna. Arenas juega todavía a ser su mentor aunque en el PP existe la tesis –no del todo incierta– de que se ha producido un cierto distanciamiento entre ambos a raíz de la derrota de las autonómicas. Una teoría que explicaría la abrupta marcha del líder del PP andaluz tras perder un pulso interno –el segundo– con la actual secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal. Su victoria parece no haber sido muy costosa a tenor del batacazo electoral del mes de marzo.
Todas estas cuestiones, que son estrictamente partidarias, resultado de la eterna guerra por el poder, las alianzas y las traiciones que se producen en cualquier organización humana, por diminuta que ésta sea, y que nada tienen que ver con los problemas reales de la gente, son las que probablemente van a marcar la agenda política de Sevilla en los próximos años. Una coyuntura tan desgraciada como anómala.
La pregunta salta a la vista: ¿cómo va a afectar a la ciudad que su alcalde, recién elegido casi, se lance a la arena política autonómica? ¿Debe hacerlo? ¿Puede? No vamos a incurrir aquí, como han hecho otros, en los habituales consejos que buscan disuadir al regidor de su derecho a postularse como el sucesor de Arenas.
Él sabrá. Es cosa estrictamente suya. Nadie le puede criticar que tenga ambición –cuestión distinta es su capacidad para defenderse en la tarea de ejercer un rosario de cargos que superan incluso a los múltiples heterónimos de Fernando Pessoa, el poeta portugués afectado por la patología del desdoblamiento múltiple– y que su éxito electoral de hace menos de un año le avale realmente como posible opción para liderar su partido en Andalucía.
El problema no es si puede o debe hacerlo, sino si Sevilla necesita –justo en estos momentos– un alcalde a tiempo parcial, dedicado, junto al protocolo de la Alcaldía, a una larga carrera electoral para la que, aunque es cierto que quedan todavía cuatro años, es necesario comenzar a correr una vez cerradas las urnas de la elección previa.
Hay quien cree que todo esto juega a favor de Zoido. Que la Alcaldía es mucho mejor trampolín que el Parlamento autonómico –al que renunciaría, igual que a la FEMP– y que su gestión en Sevilla constituye una excelente herramienta para hacer oposición a la Junta. Todas estas teorías, fruto de la herencia cortesana que ha marcado la política española desde el Siglo de Oro, obvian una cuestión trascendente: los juegos políticos no sirven de mucho –salvo como espectáculo sangriento, igual que ciertas comedias y dramas de Shakespeare– si no resuelven algunos de los verdaderos problemas de los ciudadanos. Mucho más en este devastador contexto económico.
Zoido, que repite que su sitio es Sevilla –la cuestión no es el lugar, sino el cargo–, parece haber optado por una especie de extraña huida hacia adelante. ¿Huir un triunfador? se preguntarán su exégetas. Pues sí. Cualquiera que conozca la política municipal sabe que los proyectos que no se acometen en los 24 primeros meses de mandato son inviables. Zoido ha consumido ya doce sin excesivo éxito. Una encuesta confirma estos días que ésta es la opinión mayoritaria. Lo que significa que, probablemente, las cimas electorales de hace un año ya no son tales.
Gobernar implica decidir, lidiar con el descontento, desgastarse. Un terreno en el que el alcalde jamás se ha movido bien. Zoido lleva más de un lustro en una campaña electoral perpetua: primero, como aspirante a la Alcaldía; después, como opositor contra un gobierno que él acusó de ilegítimo y, ya en la Alcaldía, como ariete del asalto de Arenas a San Telmo. De repente, la rueda se ha detenido.
¿Qué hacer? Continuar con la estela electoral usando a la ciudad como pretexto. Mala cosa: Sevilla no es un argumento político, sino una urbe que necesita soluciones. Todo induce al pesimismo. Quizás por aquello que nos dijo Quintiliano en sus Institutio Oratoria: “Facilius est multa facere quam diu” [Es más fácil hacer muchas cosas que hacer una durante mucho tiempo].
17 de junio de 2012 a las 1:29 pm | Enlace permanente
Enhorabuena!! De lo mejor que he leído sobre el PP y Zoido en los últimos tiempos. Votante de centro. El PSOE me defraudó, estoy en las antípodas de IU. Voté a Zoido. No termino de ver nada ilusionante en la ciudad. Me temo que el círculo que le aupó desde la oposición no sirve para ayudarle a gobernar. Una cosa es la oposición y otra hacer cosas, ilusionar y obtener resultados: gobernar. Se acabó el tiempo de las fotos diarias, la gente queremos ver resultados, que para eso les pagamos con nuestros impuestos. No quiero ni pensar en tres años de oposición desde la alcaldía. Ah!: no me gustan los dedazos. Deberían haber dado la oportunidad a los militantes. Así no.. Tres votantes menos en mi familia.
17 de junio de 2012 a las 3:07 pm | Enlace permanente
Se le acaba el tiempo sin haber hecho nada y sin ideas para acometer la segunda mitad del mandato. Los tiempos en política son implacables y todo lo que no esté iniciado a estas alturas, ya no se hará. Necesitamos políticos con ideas y ganas de acometerlas no timoratos que viven a expensas de los errores de los otros y que, con inédita mayoría absoluta no son capaces de iniciar tareas que temporalmente superen su mandato. ¡pensad en la ciudad y los ciudadanos! no en vuestros cargos y resultados electorales. ¿Será verdad que Espadas va a presentar un listado de ideas? Me da igual de quien sean, pero veamoslas y, si interesan a la ciudad, empujemos para que se inicien (se acaben cuando se acaben).
17 de junio de 2012 a las 5:41 pm | Enlace permanente
Pero ¿qué va a hacer si no hay dinero? El anterior gobierno ya despilfarró todo lo que había. Qué poca memoria. Adelante Zoido.