Torre Pelli, vicios capitales

Carlos Mármol | 24 de junio de 2012 a las 6:06

Sevilla no ha sido capaz a lo largo de su historia de construir una imagen de sí misma compartida por la mayoría de los ciudadanos. Su configuración urbana nace de la eterna oposición entre los contrarios, nunca de la síntesis.

Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago, espía y poeta, señor de la Torre de Juan Abad, un diminuto villorrio manchego cercano al Campo de Montiel, lo dejó escrito en su excelente tratado sobre el poder de las monarquías: Política de Dios, Gobierno de Cristo. “A vuestro cuidado, no a vuestro albedrío, confió las gentes Dios nuestro Señor”.

Otro tanto podría decirse de los alcaldes y la ciudades: las grandes urbes, igual que los pueblos y las naciones, son dejadas en custodia a los sucesivos gobernantes para que éstos las mejoren o al menos no las empeoren durante su mandato, no para que las descompongan a su antojo y capricho.

Sevilla siempre ha ignorado este consejo. Su configuración mental y urbana, en lugar de ser fruto de un cierto consenso, obedece a una sucesión de decisiones arbitrarias tomadas por los sucesivos linajes con mando en plaza, muchos de ellos efímeros, pero aspirantes perpetuos a capitalizar las tareas de su gobierno.

No somos pues una ciudad con vocación ecuménica ni armoniosa, sino el resultado de ese vicio tan sevillano que consiste en superponer las propias ficciones sobre las ajenas, imponer nuestras obsesiones jerárquicas sobre la realidad y preferir la decoración y el aderezo a la solidez de los buenos edificios. El lugar donde perduró durante más tiempo la arquitectura efímera.

Hace falta mirar hacia atrás para poder comprenderlo. En el Renacimiento, los humanistas hispalenses, de vida breve y herencia escasa, proyectaron la sombra de su ciudad ideal –Roma– sobre el territorio de la Colonia Rómula Iulia. La urbe en la que habían nacido no les satisfacía: era una ciudad medieval, abigarrada, sin plazas, llena de adarves. La conquista cristiana se limitaba a un pendón sobre una de las torres del Alcázar y a un cuerpo de campanas en la cima de las viejas mezquitas.

Prefirieron negar esta realidad –renunciando en consecuencia a mejorarla– para sustituirla por su aspiración. Recurrieron a la tecnología de los artefactos: instalaron, con motivo de las celebraciones públicas más tracendentes, un rosario de decorados virtuales –de inspiración clásica, en su mayoría– sobre un tejido urbano cerrado y difícil. Durante un tiempo hicieron cierto su sueño mediante el recurso de la suplantación.

El problema fue que, fracasando, crearon escuela. Desde entonces hasta ahora muchos continúan negando en Sevilla la ciudad cierta porque no pueden comprenderla o no son capaces de transformarla de verdad, más allá de la epidermis.

Cuando uno contempla la Sevilla actual, en cierto sentido visualiza la ciudad de los nobles arcos triunfales que podían ser barridos por el viento, hechos para el Corpus, o los túmulos dedicados a conmemorar los decesos regios. La capital del soneto con estrambote de Cervantes. Roma triunfante en ánimo y nobleza donde todo resulta majestuoso un instante y, al punto, se esfuma. Un lugar pretencioso y falso. Pues su ánimo era bastante corto y los linajes se compraban en las gradas.

Cinco siglos después, estas dos ciudades no desentonan en demasía. Todavía padecemos una sucesión de arquitecturas frustradas, muchas de ellas con vocación grandilocuente, que persiguen sustituir la Sevilla anterior confiando en los milagros. La única diferencia es que lo que antes era efímero ahora es sólido. Por lo demás, seguimos peleándonos con enorme furia por gritar a los demás cómo somos en lugar de pensar cómo deberíamos ser.

Sevilla conocerá dentro de cuatro días el resultado de la asamblea de la Unesco que decidirá si nos retira el máximo sello patrimonial que disfrutamos por el mejor cahíz de la tierra, como llamaban en el XVI al conjunto monumental formado por la Catedral, el Alcázar y la Lonja.

En función de lo que pase se harán distintas lecturas, pero todas –me temo– esquivarán el problema de fondo: ¿Por qué no asumimos de una vez la ciudad que tenemos e intentamos mejorarla en lugar de dedicarnos a enfrentar las banderas de la nostalgia costumbrista y la modernidad aparente?

Si retenemos nuestro prestigio patrimonial –relativo, en todo caso–, muchos dirán que habremos salvado el buen nombre de Sevilla. Alguno se creerá un héroe. Si nos dejan sin él, el sermón más previsible nos culpará por haber pecado de soberbia al poner en peligro nuestra alma por el capricho de la atalaya que se levanta, desafiante, al Sur de la Cartuja, que más que competir con la Giralda, la emula.

Ambas posturas prolongan el eterno bucle de Sevilla, que consiste en reinventar sin descanso una ciudad que existe desde hace siglos. Que tenemos delante de los ojos y que no queremos ver, cegados por nuestras propias ideas sobre ella. Sevilla es la suma de todas las urbes previas y la antesala de todas las futuras. Un nombre polisémico. Pero no hemos sabido configurarlo como un bien compartido, común. Preferimos tirarnos a la cara nuestros respectivos decorados.

La Sevilla antigua dejó su sitio a la musulmana; la medieval, a la renacentista. Después vinieron la urbe de la Contrarreforma y la Inquisición. La ruina y los señoríos agrarios se consolidaron algo más tarde, con el breve paréntesis de Olavide, el sueño de una hermosa ilustración hispalense que, como tantas otras cosas, nos llegó desde América. Desde entonces, añoranzas y exposiciones universales, seguidas de las correspondientes crisis. Cíclicas. Constantes.

Al calor del polémico dictamen de la Unesco discutimos de nuevo si tradición o modernidad, si paisaje histórico o rascacielos. ¿Importa demasiado si todos seguimos mirando en la dirección equivocada? Los sucesivos tránsitos históricos reproducen siempre un mismo canon: niegan la ciudad existente para prometer una utopía modernizadora, en lugar de hacer el camino contrario, que pasaría por mejorar primero la Sevilla real para justo después alcanzar los sueños.

Ninguna de estas dos visiones enfrentadas quiebra nuestra aspiración de seguir siendo una urbe celestial. Nuestro problema quizás radica justo en esto: no somos capaces de ser una ciudad normal. Llevamos siglos obsesionados con imponer a los demás nuestra propia ficción sobre Sevilla. Es controversia infinita: al fin y al cabo lo que queremos consolidar es un relato sobre nosotros mismos. Nunca lo lograremos.

Sevilla nos parece destinada a encarnar este decorado capaz de cambiar en función de las circunstancias históricas o económicas. Pero en el fondo para nosotros mismos sigue siendo un misterio íntimo, el gran secreto. Escondido y a la vista, al mismo tiempo. Si aún no lo hemos comprendido antes es porque no dejamos de inventarla, superponiendo espectros para simular transformaciones que no llegan.

En la Sevilla del Renacimiento los humanistas usaban arcos triunfales para camuflar espacios impuros que igual servían como tentaderos que para los autos de fe. La Torre Pelli, el Parasol o la difunta biblioteca del Prado tienen idéntico objeto aunque su génesis sea diferente; mientras los renancentistas ignoraron la ciudad real por su ansia de alcanzar la urbe ideal, los falsos arcos de la gloria de Monteseirín nacieron del absolutismo, el mal de quienes gobiernan sobre la regla de sus caprichos, en lugar de garantizar las necesidades generales.

Las ocurrencias más recientes de Zoido –destruir la Alameda de Hércules o instalar un azulejo de cerámica en la zapata de la calle Betis para anunciar lo evidente: que Triana sigue donde siempre, idea que parece más propia de Las Vegas que de Europa– acaso son menos aparatosas pero igualmente estériles. Porque mientras unos se regodean en la gloriosa involución y otros pregonan el futuro, del presente de Sevilla no se ocupa nadie. La verdadera ciudad sigue esperando. Extramuros.

Unos piensan en Sevilla como un organismo perfecto que no debe cambiar. Una momia que nunca envejece. Otros la ven como un pueblo pobre y con pretensiones que necesita hacer ruido para llamar la atención. ¿Por qué hay que conformarse con estos extremos? Elegir entre la urna de San Fernando y la Torre Pelli no soluciona nada.

Nuestro problema es cultural. La verdadera Sevilla se nos antoja misterio porque es evanescente. Desconocida hasta para sus hijos, queda oculta tras el velo de las polémicas. La Unesco puede condenarnos pero no resolverá esta duda. No descubrirá cómo somos porque esto –la identidad– depende de nosotros. De nadie más.


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