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Solsticio de invierno en la Alameda

Carlos Mármol21 de diciembre de 2008 a las 12:52 pm

El gobierno municipal convierte la inauguración oficial de la gran plaza pública del centro de Sevilla en un acto de reivindicación propia frente a las críticas de los vecinos por el retraso en las obras y sus múltiples desperfectos.

FALTOS de cariño. Huérfanos de afecto. Acaso con cierto complejo de artistas incomprendidos. Así parecen sentirse los miembros del gobierno local, formado por PSOE e IU, que ayer se vieron en la necesidad –unos más que otros, claro está– de convertir la inauguración oficial de la Alameda de Hércules en una ceremonia de reivindicación propia frente a aquellos, a los que siempre citan sin concretar en demasía, que insisten en no aplaudir a manos llenas su gestión al frente de la ciudad. La situación recordaba vagamente a aquel verso del canto primero del Poema del Cid: “Esto (la desgracia) me han urdido míos enemigos malos”. O al Quijote, cuando el ilustre hidalgo insistía en ver malandrines y magos malignos por doquier. Obviamente, dicha comparación resulta algo injusta: ninguno de los concejales de PSOE e IU tienen el encanto de ambos personajes literarios.

Pero lo cierto es que el acto celebrado ayer en la principal plaza del centro de Sevilla fue una muestra de orfandad más que de fortaleza. Fruto más de la necesidad que del mínimo sentido de la oportunidad. Se notaba que, tras el socavón del Metro, algo había que inventar. O mejor dicho: reinventar lo ya inventado en busca del aplauso general y de una encuesta de autodefensa.

Uno siempre ha pensado que si una persona, incluso un gobernante, decide hacer determinadas cosas por convicción en lugar de por interés puntual raramente necesita los aplausos. Sobra y basta sencillamente con saber las razones por las que se actúa. Si se reciben felicitaciones, aunque a veces reconforten, en realidad éstas deben tenerse por irrelevantes cuando se tienen las cosas claras. Uno no deja de tener razón –o sigue sin tenerla– con independencia de los aplausos que reciba. Ya se sabe: esta tierra nuestra, y en especial Sevilla, está llena de palmeros.

Porque, en realidad, ¿qué es lo que ayer se inauguró oficialmente? ¿La Alameda? ¿Las fuentes? Nadie sabría decirlo, dada la continua puesta en abismo a la que ha jugado el gobierno local durante los últimos dos años, al simular inaugurar, pero sin llegar a inaugurar del todo, las distintas plazas del centro. Una táctica que peca de simpleza: la gente, al valorar una obra pública, suele reclamar presupuestos, plazos y calidad. Y en la mayor parte de los casos, a pesar de las buenas intenciones, que nadie les niega, no ha habido ninguna de las tres cosas.

En el caso de la Alameda de Hércules no existen demasiadas dudas. Mientras el alcalde y Torrijos resaltaban ayer en el escenario habilitado para la ocasión la importancia histórica del acto de inauguración de la plaza, una multitud de vecinos discutía sobre los resultados de la reforma. Y había de todo, como es lógico, aunque predominaba cierto sentimiento agridulce: “está mejor que antes, pero no está como debiera”. El lema oficial del proyecto diseñado por el arquitecto Elías Torres –La Alameda que te gusta– sencillamente no se cumplía a juicio de muchos de los presentes, en buena parte por cuestiones aparentemente menores, según el criterio del arquitecto, que el Ayuntamiento no ha querido solucionar a tiempo. Acaso lo haga dentro de meses.

Lo que más se echaba en falta fue una zona de juegos infantiles, dotación que el diseñador de la Alameda, aquel que prometió que el suelo del bulevar sería un tapiz verde, tildó de equipamiento reprobable. Habrá, como es lógico, opiniones para todos los gustos, pero lo cierto es que hasta ayer el Consistorio no se ha preocupado más que de llenar de veladores y estruendosos conciertos la plaza en vez de instalar los bancos públicos –ayer mismo sacaron algunos del almacén; colisionaban con las mesas de los bares– o habilitar zonas para niños.

Vista selectiva

La lectura municipal es demasiado unívoca. Discurre en dirección única:“la Alameda era antes un nido de prostitución y drogas. Un territorio lumpen donde la especulación expulsaba a los vecinos y nadie estaba seguro. Ahora está mejor”. Ante tal obviedad, que nadie niega, pero que tiene sus matices, al parecer hay que sacrificar la inteligencia y la vista. No deben mirarse las calles mal trazadas –algunas encharcadas con sólo cuatro gotas de lluvia–, los bolardos destrozados, las alcantarillas rotas o el pavimento grisáceo que no fue de color albero más que un par de días, y que el distrito ha tratado de limpiar durante meses con la misma arena que siempre hubo en el bulevar. Tampoco, al parecer, deben verse los problemas colaterales: el desvío del tráfico privado por las calles del entorno –más pequeñas, y con proyectos de reurbanización pendientes desde hace décadas– o la aplicación a capricho de la ley contra la botellona, un factor que explica muchos de los desperfectos de las obras después del año y medio de retraso que ayer se celebró por todo lo alto. Los vecinos son muy claros: “Faltan muchas cosas para que la Alameda esté bien”.

Admitir los fallos y recomponer lo quebrado fortalecería al gobierno local y dejaría a la oposición sin opción de crítica. Pero no hay manera: en Plaza Nueva creen que es imposible conseguir el éxito pleno y que, por tanto, debemos enjuiciar –y alabar– sus buenas intenciones más que sus actos. Creen que un fin noble justifica casi todos los métodos. Y no es eso. Pero claro, siempre es más fácil festejar el solsticio de invierno en la Alameda sin hacerse preguntas que admitir un error. No vaya a resultar ser cierto.

Escenarios en disputa

Carlos Mármol11 de mayo de 2008 a las 7:53 pm
Escenarios en disputaLa pretensión de los hosteleros de ocupar con terrazas todas las plazas ganadas a los coches gracias a las reformas municipales abre un debate sobre la gestión de los espacios públicos y, en definitiva, sobre la misma idea de ciudad

SI ES VERDAD que el ejercicio del poder, cualquiera que éste sea, requiere necesariamente de ciertas dotes de teatralidad y escenografía, la mejor platea desde donde medir tal tesis es una ciudad. Cualquier ciudad. Desde su origen, la civilización humana ha traducido al espacio que le es propio –el más próximo– una serie de símbolos que cuyo único fin es dar a entender quién es quién en el circo vital de la existencia. Las urbes se convierten así en las mejores metáforas de los sucesivos cambios políticos –también de su ausencia– y en muestra de la inevitable colisión de intereses que marca la convivencia.

Quien es capaz de leer bajo este prisma la fisonomía de cualquier ciudad, incluso del pueblo más remoto del orbe, obtiene una idea bastante aproximada de cómo es la obra dramática que se representa en ese lugar en ese momento. Sabrá así si se trata de un sainete o de una comedia. Incluso si la materia devendrá de pronto en tragedia. Porque es justamente en lo urbano donde se hacen expresos casi todos los mecanismos de dominación entre los distintos grupos sociales. Al fin y al cabo, la historia de cualquier lugar puede resumirse en una suerte de noria en la que todos giramos.

espacios públicos

No es por tanto de extrañar que en las ciudades, con independencia de su tamaño, su importancia o su personalidad, se suceda el viejo ritual que consiste en la pugna sostenida por ocupar los espacios comunes, que es donde, según los clásicos, radica la propia esencia de lo urbano. Quien ocupa el espacio colectivo, sea de forma estable o temporal, dejando una marca circunstancial o instaurando una huella algo más permanente, no hace en realidad sino intentar tornar a su favor toda la potencialidad –económica, visual y presencial– del gran foro que es cualquier urbe. El escenario físico y sentimental de nuestras múltiples vidas. A veces este proceso nos viene dado: todos vivimos en ciudades que hicieron quienes nos precedieron de acuerdo con sus valores y sus creencias. Somos pues parte de esa corriente. Lo normal es que hagamos lo propio: tratar de adaptar la urbe que recibimos a la ciudad que queremos.

En Sevilla, durante los últimos tiempos, el Ayuntamiento ha acometido siguiendo este sendero una serie de reformas en determinados enclaves de la ciudad histórica –la que sirve de referente común a casi todos los ciudadanos– que pretendían, al tiempo que generar cierta idea de transformación global, salvar determinadas ágoras antiguas de la acción del tráfico particular. Convirtiéndolas en espacios peatonales, el Consistorio entraba, aunque con un retraso de varias décadas, por la senda del urbanismo civilizado y europeo, que consiste en intentar hacer amable la ciudad ordinaria destinando sus mejores lugares a la vida ciudadana. Este proceso, que ha recibido críticas de determinados sectores y elogios de otros muchos, con todos los reparos de la inevitable subjetividad estética que ha condicionado la mayoría de estas discusiones, ha resultado ser, en líneas generales, positivo para un centro que todavía está en buena medida preso de los coches. Sin embargo, ahora se ha abierto otra etapa en la que ciertos colectivos sociales –peatones y hosteleros, esencialmente; aunque también los ciclistas– empiezan a pugnar por copar los beneficios de estos foros peatonalizados. Alguno debe dibujar una sonrisa de satisfacción al contemplar el espectáculo: ¿si tan lesivas resultaban ser estas reformas por qué ahora se inicia una lucha por intentar aprovecharse de sus beneficios?

La cuestión esencial, en todo caso, es otra. La discusión hace tiempo que dejó de ser si estas remodelaciones urbanas se abordaron con más o menos acierto –la mayoría están ya hechas o han sido iniciadas, aunque algunas sufran retrasos y padezcan una más que deficiente ejecución–, sino cuál será, al cabo, su resultado definitivo. La patronal de la hostelería lleva varios meses intentando introducir en la agenda política un proyecto global que esta misma semana por fin ha hecho expreso. Se trata de ocupar con veladores buena parte de los espacios ganados para el paseo y el disfrute –gratuito; y este factor no es baladí– de los ciudadanos, que son los que –a través de sus impuestos– han pagado estas reformas.

El argumento de los dueños de los bares, que no han financiado ninguna de las citadas reurbanizaciones, es que no pueden “competir con el comercio” y, por tanto, tienen un supuesto derecho a ocupar con sus instalaciones lucrativas “los espacios públicos”. Esta fórmula ya se planteó hace tiempo para la Plaza Nueva y la Avenida –se dejó en suspenso–, después llegó a pactarse en la Alameda –el PSOE quería transformar en un inmenso velador para 2.500 personas el bulevar–, y ahora vuelve a resucitarse para la Alfalfa. Hasta ahora el Consistorio se había mantenido prudente por miedo a la reacción ciudadana. Esta semana ha optado por tomar partido en favor de los hosteleros. Alegan ambos que los veladores dan vida a la plazas. Y así es, siempre que no sobrepasen su justa medida y se atengan a las normas. Rara vez sucede esto. Esta ciudad se caracteriza justo por todos lo contrario: aceras inundadas de obstáculos y mesas por doquier. Los sevillanos están acostumbrados a vivir en la calle. Cierto. Pero para hacerlo necesitan espacios sin tasas donde no haya que pagar. Ágoras libres. Alamedas llenas de bancos y paseos. No de terrazas.

Barojiana de las plazas sevillanas

Carlos Mármol9 de marzo de 2008 a las 1:35 pm
Barojiana de las plazas sevillanasEl Ayuntamiento altera en el Salvador su criterio para remodelar las principales plazas del casco histórico mientras los barrios y los distritos de la ciudad siguen esperando reformas en profundidad que nunca llegan

DECÍA Baroja que el hombre es un constructor de grandes ilusiones hasta que un buen día cambia de criterio y hace todo lo posible por destruirlas. Algo de eso –el fatalismo lúcido que emana de la obra del escritor vasco, el ogro de Itzea– deben probablemente de haber sentido estos últimos días los responsables del gobierno de Sevilla a juzgar por el anuncio –aparentemente imprevisto, pero en realidad preparado– de sacar la plaza del Salvador del ámbito del proyecto global de remodelación de espacios históricos bautizado con el nombre de La Piel Sensible. El Salvador, según ha prometido el alcalde Monteseirín, será ahora transformado sobre la base de un diseño clásico hecho a mediados del siglo XIX por Balbino Marrón, uno de los arquitectos que más han condicionado la fisonomía de la Sevilla tradicionalista.

Extraña tal viraje. Fundamentalmente porque se produce después de que la coalición PSOE e IU haya mantenido contra viento y marea que su lectura contemporánea de ciertos espacios sensibles de Sevilla no los estropea, como sostienen determinados sectores sociales, sino que busca justamente mejorarlos. La tesis oficial del Ayuntamiento, en todo caso, es que este cambio de opinión en relación al Salvador no obedece a una suerte de rectificación –en tal caso avalaría la mayor: las reformas de la Alfalfa y las plazas del Pan y la Pescadería, por tanto, serían erróneas– sino al fin de la rehabilitación de la Iglesia del Salvador, pórtico de la plaza. Algo tienen que decir, obviamente. Aunque dicha aseveración no se sostiene en demasía: de sobra sabían en la Alcaldía cuando se incluyó al Salvador dentro del proyecto del arquitecto José Carlos Mariñas que llegaría un día en el que la rehabilitación de la iglesia culminaría.

Si el argumento ahora es la conveniencia de velar por la estética patrimonial de esta histórica plaza parece obvio que, al menos desde el punto de vista del equipo de gobierno, en la Encarnación, la Alameda de Hércules, el Pan o la Alfalfa no había en realidad patrimonio alguno al que proteger. No se sabe muy bien qué es peor: si la contumacia –para algunos en el error; para otros, en el acierto– o semejantes razones para explicar este giro.

ausencia de modelo

Lo que viene a demostrar el nuevo catecismo aplicable al Salvador es precisamente la ausencia de coherencia en buena parte de las decisiones municipales adoptadas durante los últimos cuatro años, en su mayoría circunscritas al casco histórico y a esa nuez de Sevilla que es la urbe central. Extrañan dos cuestiones: primero, el reparto político acordado entre los dos socios de gobierno en relación a los grandes espacios públicos del centro de la ciudad; segundo, la ausencia de iniciativas de peso en la mayoría de los distritos y barrios de la ciudad, esa Sevilla que no es la oficial, sino el escenario real de la vida diaria de la mayoría de los ciudadanos.

En el primer aspecto, la cosas quedaron claras desde el principio: PSOE e IU pactaron el aprovechamiento político de las dos grandes remodelaciones urbanas de ágoras históricas –la Encarnación (PSOE) y la Alameda (IU)– confiando el resto de operaciones sobre la ciudad antigua –de índole menor– a un programa de cambios bastante más superficiales, basados esencialmente en modificaciones del pavimento y el mobiliario urbano. La piel de la ciudad. No esperaban, a este respecto, generar excesivas polémicas. Pero lo cierto es que se equivocaron como mínimo en lo que se refiere a la plaza del Pan: un espacio de la memoria íntima de la ciudad cuya transformación se vivió por parte de muchos como una auténtica afrenta. En la Alfalfa y en la Pescadería, en cambio, casi todos los cambios han sido para mejor sencillamente por eliminar los coches. Otra cuestión es la estética final, sobre la que cada uno emite, usualmente de forma categórica, su propia opinión.
En la Alameda y la Encarnación las remodelaciones previstas, además de por su mayor escala, implican cambios de uso: la primera dejó de ser un jardín, aunque estuviera asilvestrado, para convertirse en un decorado imperfecto y monocolor con algunas cosas buenas –la ausencia de coches; salvo excepciones que pueden llegar a convertirse en norma– y otras más que cuestionables, como el escaso, por no decir nulo, mantenimiento de su pretenciosa nueva imagen. La Encarnación directamente se ha privatizado al convertirla en un complejo comercial, aparatoso y gesticulante que, además, ahora no se sabe cómo construir.

En todo caso, lo más ilustrativo es que estos cambios estén circunscritos al centro histórico: el territorio donde la ciudad, probablemente por un vicio de índole psicológica, se mira a sí misma precisamente para poder reconocerse. En la ciudad real –los distritos; los barrios– los cambios de peso han sido, en cambio, muy escasos o casi imperceptibles. Curiosamente es justo donde están verdaderamente los problemas urbanos de Sevilla. ¿Había miedo a coger el toro por los cuernos y se optó por simular una transformación que en realidad sigue pendiente? En Barcelona, hace más de quince años, empezaron por los distritos y la ola de renovación terminó por llegar al centro. Aquí lo hemos hecho justo al revés y a medias. La mayoría de los barrios aún siguen esperando su momento. ¿Hasta cuándo?

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

  • Tevoyadisirunacosa

    Bien tobarich, tú lo has dicho, esto es obsceno, impracticable como las obras de Hytasa, una...

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    Yo personalmente me río de esas mediciones. Me imagino que a las viviendas que están pegadas a la...

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