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Noticias de un atasco coral

Carlos Mármol14 de septiembre de 2008 a las 1:02 pm

La falta de respuesta institucional al grave colapso de tráfico que esta semana sufrió el Aljarafe central es otra muestra más de la necesidad de articular una Autoridad Única Metropolitana que responda ante los ciudadanos.

EN los años setenta, década en la que nacieron los treintañeros de la generación del escepticismo, un director de cine italiano, Luigi Comencini, dirigió una coproducción cinematográfica célebre por su elenco –los mejores actores europeos de aquel momento, junto algunas estrellas ya algo vetustas– y por su motivo: los singulares avatares de un rosario de conductores atrapados durante varias e interminables horas en un increíble atasco de tráfico. Una especie de comedia coral que pretendía –pero lograría sólo a medias– simbolizar el absurdo de una civilización –la nuestra– que promete a cada momento el paraíso y la comodidad y, por contra, sólo ofrece frustración y problemas.

El film, algo así como una suerte de precedente bastante menor de las películas de contrapunto constante que, sobre la base de los gélidos y certeros relatos de Raymond Carver (Short Cuts), tan bien rodara Robert Altman –con todas las lógicas salvedades existentes en esta comparación–, tiene cierta similitud con el episodio que se ha vivido en Sevilla al inicio de la semana: el colapso circulatorio del área central del Aljarafe y de buena parte de la capital hispalense. Más de diez horas de un monumental atasco que, aparentemente, estuvo provocado por la masiva afluencia de personas a los centros comerciales de Castilleja de la Cuesta (Aire Sur e Ikea) en un mismo momento.

El episodio pudiera parecer un suceso aislado. Y lo cierto es que su envergadura fue bastante singular, aunque, desgraciadamente, hace tiempo que ha empezado a convertirse –aunque con una intensidad algo menor; en todo caso, muy relevante– en la moneda diaria de la Sevilla metropolitana de la que tanto hablan los mismos políticos que tan poco hacen por convertir en cierto el viejo y noble sueño de la Gran Sevilla. Un mismo territorio metropolitano proyectado hacia el futuro sobre los cimientos de un pasado irremediable, con sus luces y sus sombras, y algo superlativo.

Por lo que parece, esta aspiración –el proyecto que podría hacer que Sevilla cambiara de escala económica y urbana– está condenada a no salir nunca del papel porque la voluntad política de convertirla en cierta es puramente retórica. Los ensimismamientos de aldea pesan mucho más que el sentido común. Y los reinos de taifas –cada uno de los ayuntamientos que han hecho durante las últimas dos décadas la guerra por su cuenta sin importarles demasiado el resultado final ni caer jamás en la cuenta de que, en realidad, la batalla es otra muy distinta a la que mantienen con su vecino– perduran sobre la colaboración mutua.

Los socialistas, cuyo poder en la provincia es casi absoluto, tienen a su cargo el gobierno de la mayor parte de los consistorios metropolitanos. Pero es justo esta omnipresencia, paradójicamente, el principal obstáculo para aplicar una estrategia común que atenúe los problemas que sufren a diario los ciudadanos (votantes, en la terminología de los políticos). Probablemente porque el PSOE sevillano es una organización con tantos conflictos intestinos y abundancia de contradicciones como, mutatis mutandi, el peronismo argentino, donde la derecha y la izquierda –si es que estos términos todavía guardan algún sentido– se mudan en su contrario sin problema alguno.

En dirección contraria

Quizás la única reflexión posible tras el gran atasco no sea tanto cómo se ha llegado a la situación de colapso que vive la Sevilla metropolitana –parecen muy claras las razones: simple y pura dejadez institucional–, sino qué puede hacerse ahora para salir de él. Y, sobre todo, quién va a hacerlo. Porque lo más llamativo del asunto no son las fotos de los sevillanos presos en sus propios coches, ni los relatos de su experiencia –más de uno debería aprender que la gente tiene voz y puede hacerla oír con independencia de las regladas consultas electorales–, sino justo aquello que no se ha visto. Una imagen no contemplada: algún responsable político dando la cara ante la situación, explicando qué piensa hacer y tomando alguna decisión. Aportando liderazgo.

Ninguno de los numerosos cargos institucionales ha querido cargar con este muerto: ni Monteseirín, ni Viera, ni Zoido. Ni el alcalde de Castilleja, ni ninguno de los altos cargos de la Junta, empezando por Carmen Tovar, ex alcaldesa del municipio que autorizó la ubicación de los centros comerciales que, en teoría, provocaron el atasco –que no el colapso, que es pretérito y tiene legión de autores–, y ahora delegada del gobierno autonómico. Tampoco en la consejería de Obras Públicas o en la Diputación estaban por oír las quejas ciudadanas. Y no hablemos del Gobierno central, cuyos delegados de zona tendrían una agenda de trabajo apretadísima como para tener que preocuparse –y ocuparse– de que esto no vuelva a suceder.

Acaso el problema no consista ya en la discusión de si es necesario crear una Autoridad Única. Parece claro que sí. Al menos, para tener a alguien a quien exigir responsabilidades. Magro consuelo, de cualquier forma. La verdadera incógnita del asunto es quién va a ponerle el cascabel al gato. ¿Quién será capaz de caminar en la dirección correcta sin incrementar la abultada nómina institucional de ausentes y, al tiempo, podrá doblegar el inmenso océano de intereses creados que impiden que el proyecto de la Gran Sevilla salga adelante?

El imán imperfecto

Carlos Mármol29 de junio de 2008 a las 12:45 pm
Sevilla y la poblaciónSevilla, que ha perdido la cuarta posición en el ranking demográfico nacional en favor de Alicante, no consigue atraer inmigrantes suficientes para mantener su estatus poblacional, consecuencia de su fragilidad económica.

DESDE los griegos, la ciencia viene estudiando el singular fenómeno del magnetismo. La propiedad de atraer a otro cuerpo, generalmente contrario, hacia sí. Aunque hasta el siglo XIX no se certificaron con detalle las propiedades reales de los campos magnéticos –ese misterio de la física que, deo gratia, todavía fascina a los niños–, este fenómeno, además de una suerte de magia razonable, funciona como metáfora posible para un sinfín de situaciones. Sobre todo a la hora de analizar el peso de un determinado territorio, o de una urbe, en relación a su entorno.

La evolución de las ciudades, en especial en los países pobres, prima desde antiguo la concentración de personas y mercancías. Para muchos ambos conceptos vienen ya a ser casi lo mismo. Combustible que quemar. Algunas urbes han ido convirtiéndose así en infinitas megápolis, universos paralelos con su propia lógica –a menudo cruel– donde la vida late con ritmo raro. A veces, incluso, con claros síntomas de arritmia. Las razones de tal concentración demográfica suelen ser crematísticas: cuando el entorno es yermo parece lógico que todo el mundo acuda allí donde se supone que el agua corre. A los oasis aparentes, aunque al cabo estén rodeados de un enorme desierto de carestía.

En los países con cierto nivel de renta esta tendencia no se ha invertido, aunque está algo más matizada. No se discute en cualquier caso la mayor: hasta la sociedad más estructurada tiende a funcionar con parámetros centralistas. O con ese neocentralismo que se sustenta en la feroz crítica del centralismo añejo. Sevilla, en relación a Andalucía, sabe bastante de este vicio que consiste en multiplicar las pequeñas patrias sobre la base de negar una previo que, generalmente, nos suele venir dada por la historia.

Sea como fuere, en las economías avanzadas también las urbes y los territorios tienden a la concentración. Si este movimiento de atracción entre las ciudades y los lugares está inmerso en estos tiempos en cierto cambio de escala –las urbes antiguas pierden peso demográfico, aunque siempre a favor de su entorno metropolitano, que es el nuevo centro que crece hacia el infinito– se debe, entre otros factores, a los avatares urbanísticos y a los condicionantes inmobiliarios, que extienden el tablero de ajedrez, pero sin cuestionar nunca el principio general: donde existen transmisiones económicas, y por tanto empleo y posibilidades de negocio, es justo donde inevitablemente va la gente. Salvo aquella minoría que, habiendo logrado la libertad económica, es dueña de elegir su lugar de residencia y su destino. También sus compañeros de viaje.

En los últimos tiempos, con la irrupción de la inmigración en nuestro entorno, los flujos de población han dibujado en España un mapa de diferentes centros a distinta escala con algunos vértices claros: Madrid, como capital, es el máximo punto de referencia; junto a otras ciudades y territorios suburbanos –el concepto de lo municipal hace tiempo que quedó diluido– como Barcelona, Valencia y alguna que otra área del Levante español.

Sevilla, tradicionalmente, ha sido parte de las estaciones menores de este mapa de carreteras por donde circula el dinero, la gente y las oportunidades. Sin embargo, en los últimos tiempos parece haberse quedado descolocada en relación a las demás áreas metropolitanas, que han ido creciendo más en población en relación directamente proporcional a sus posibilidades económicas.

Hace meses se encendió la luz de alarma. Esta semana los datos del INE lo han ratificado: la provincia de Sevilla ha perdido el cuarto puesto en el ranking demográfico español en favor de Alicante, que se ha colocado por detrás de Madrid, Barcelona y Valencia como cuarto territorio más poblado del Reino. La noticia, que de momento no ha tenido más consecuencias que las anímicas –es sabido que esta ciudad relativiza aquello que aparentemente le disgusta; el siguiente paso consiste en engullir lo extraño–, se explica en base al único factor posible que, dado el evidente contexto de baja natalidad, viene a marcar los movimientos demográficos: la población extranjera.

Escasa atracción

Mientras en otros puntos de España la concentración de inmigrantes –buscando trabajo y abriendo negocios– es notable, en Sevilla este parámetro está estancado. Acaso algunos piensen que este dato es positivo: la provincia no tiene aún que enfrentarse a hipotéticos problemas de integración de población foránea. Pero también tiene su reverso: si no atraemos población extranjera significa que perdemos plazas en relación a otros territorios españoles, pesaremos políticamente menos y, además, nuestra economía no es capaz de tirar al tiempo de nosotros y de los demás. Los extranjeros no pasan en Sevilla del 3%. El 80% de los empadronados en la provincia nacieron en su interior. Si un imán es justo lo que atrae a su contrario, Sevilla hace tiempo que se quedó sin carga.

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

  • Tevoyadisirunacosa

    Bien tobarich, tú lo has dicho, esto es obsceno, impracticable como las obras de Hytasa, una...

  • Susana

    Yo personalmente me río de esas mediciones. Me imagino que a las viviendas que están pegadas a la...

  • manuel (sevilla) España

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