Vierismo y susanismo
AHORA que casi todos en el PSOE de Sevilla se han vuelto de golpe vieristas –todos no; el antaño líder natural, José Caballos, no pudo: fue castigado en la elección de delegados al congreso por su alianza táctica con los críticos de la agrupación Cerro-Amate– es cuando empieza a cobrar verdadero sentido una diferenciación que, de puertas adentro, algunos siempre han hecho en los mentideros del partido socialista sevillano, aunque a veces ésta no trascendiera con claridad hacia afuera. Y es: el vierismo no es lo mismo que el susanismo. Aunque, a veces, pudiera parecerlo.
El secretario general de los socialistas sevillanos, que ayer presidió el congreso regional por decisión personal de Griñán, tiene como mano derecha a Susana Díaz, secretaria de organización del partido, responsable de la agrupación del PSOE en Triana y enemiga íntima de Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. No siempre por ese orden. Díaz, cuya carrera política es relativamente corta (nació en octubre de 1974), lleva dos mandatos consecutivos dirigiendo el aparato del partido en la provincia sevillana y, según sus fieles, que los tiene, fue quien hizo que Viera ganase con más de un 88% de respaldo el último congreso provincial.
Estudió derecho, hizo el habitual curso de posgrado institucional de la Fundación San Telmo –moneda común entre muchos jóvenes cachorros del PSOE– y ocupó diversos cargos institucionales. En ninguno ha destacado demasiado. Primero fue edil en el Ayuntamiento durante el primer mandato de Monteseirín. Se encargó del área de recursos humanos y de la junta del distrito de Triana. Después fue diputada por Sevilla en el Congreso (2004-2008) y desde entonces ocupa un escaño por la circunscripción provincial en el Parlamento de Andalucía, donde ocupa la portavocía en la comisión de Presidencia. Sus funciones principales, sin embargo, consisten en hacer política, cuidar el poder provincial. Conspirar.
Al igual que otras jóvenes promesas de los socialistas –con las que Griñán quiere impulsar un proceso de renovación supuestamente basado en la meritocracia– su experiencia laboral, ajena a la política, es corta. Por no decir nula. Su trayectoria ha sido desde el principio fruto de su militancia. Desde las juventudes del partido. Un militante histórico del PSOE lo explicaba ayer de forma clara: “Antes, cuando la Transición, éramos de UGT además de del PSOE porque todos teníamos una profesión además de la actividad política. Ahora la principal ocupación de los jóvenes es militar en las Juventudes Socialistas”.
No es extraño que la figura política de Díaz sea objeto de todo tipo de calificativos y adjetivos por parte del sector crítico del PSOE que, tras la caída en desgracia de Monteseirín, y la súbita conversión de su delfín –Celis– prácticamente va a quedarse en Francisco Fernández, Alfonso Mir y algunas agrupaciones más. Muchas de ellas probablemente inicien ahora un elocuente tránsito tras los sucesos de las últimas semanas, durante las cuales el alcalde ha sido despedido por Griñán y Viera ha impuesto sus tesis en la operación para relevar a Monteseirín de la Alcaldía y en el proceso de la sucesión.
Al cierre de esta edición, su poder orgánico parecía capaz –aunque la noticia no estaba confirmada– de elevar a la secretaría de organización del PSOE andaluz a Díaz, que, de confirmarse, pasaría a ser la número tres del partido en Andalucía. Un nombramiento que obligaría a modificar la dirección del PSOE de Sevilla –¿otro congreso?– pero que, sobre todo, pondría a alguno en un trance. Porque parece claro que muchos de los críticos son capaces de convertirse, en horas veinticuatro, en vieristas, pero hacerse susanistas es otra cosa.





