Carlos Mármol | 19 de agosto de 2012 a las 6:15
La instalación del monumento dedicado a Juan Pablo II en la plaza Virgen de los Reyes, junto a la Catedral, provoca una controversia pública en la que se mezclan la disparidad estética y el sentido de la identidad urbana.
En Sevilla la obsesión por las estatuas va camino de convertirse en una patología grave. Intratable. Esta semana, durante el ritual del ecuador de agosto que para los sevillanos más tradicionalistas significa la festividad de la asunción (mariana, por supuesto), el Ayuntamiento y la autoridad eclesiástica, que en estas cosas y en otras muchas siempre van de la mano, inauguraron con el máximo protocolo el monumento en honor a Juan Pablo II que una asociación civil llevaba seis años intentando colocar en alguno de los espacios públicos del centro.
Para celebrarlo hubo un concierto de la banda municipal, discursos varios de congratulación y la constatación del éxito que todavía tiene en una parte de esta ciudad aquello que –antaño– se llamaba una cuestación popular. Esto es: hacer una colecta para una determinada causa piadosa o benéfica. Una variante patria de los famosos rastrillos.
Claro que en este episodio lo primero que habría que preguntarse es si el fin –honrar la memoria del anterior Papa, convertido por la Iglesia en beato gracias a un procedimiento express– es realmente una causa benéfica. No tanto porque se atisbe en tal iniciativa lucro económico –cosa que sí sucedía en tiempos no demasiados lejanos– o el supuesto objetivo piadoso sea discutible en el caso de un líder religioso como Karol Wojtyla, tan adorado por algunos como cuestionado por muchos otros. Como todos los personajes relevantes.
El orgullo promotor. No se trata de todo esto. Tiene que ver con otra cosa. Una característica intrínseca de Sevilla: cuando aquí alguien propone erigir una estatua para mayor gloria de un tercero la lógica habitual, que se supone basada en la generosidad, se trastoca. Al final termina siendo mucho más importante quién promueva la cuestión que la iniciativa misma. Se aprende mucha sociología mirando a quienes forman el grupo habitual de sevillanos civiles. En Sevilla el homenajeado termina siendo un puro pretexto, aunque inevitablemente su elección proyecte (sobre el espacio colectivo) una determinada creencia, ideología y escala de valores.
La patología de las estatuas, en esto, es muy similar al incesante medalleo institucional: algunos han convertido en materia intrascendente al premiado –en algunos casos con motivo, porque hay demasiados honores para tan escasos méritos– sólo para que toda la atención pública se concentre en los inductores de la cruzada. Los que dan las cosas. ¿A quién le importa el personaje de la estatua o la medalla si los protagonistas reales son aquellos capaces de hacer su propia muesca en un lugar simbólico?
No es casual. Ninguna de estas iniciativas buscan cobijo en la Sevilla real (la urbe extramuros), sino reconquistar –al modo de don Pelayo– una parte noble de la ciudad ideal que sigue encerrada mentalmente dentro de las antiguas murallas. Obsesiva costumbre hispalense que se disimula con el argumento de que para hacer estas cosas hay que buscar lugares dignos. Como si determinadas partes de Sevilla no lo fueran o pudieran llegar a serlo precisamente por ubicar en ellas este tipo de hitos.
Siendo Sevilla, como es, una ciudad escénica, teatral, hipócrita en tantos sentidos, no es extraño que esta ceremonia de las estatuas se preste a una lectura (nada sutil, por otra parte) en términos de poder. Incluida su vertiente aldeana. Algunos disfrutan de la capacidad de reinventar el paisaje colectivo, que no tiene dueño pero se quiere manejar en función de determinados valores particulares, mientras otros tienen que esperar sentados durante años a que se produzca un milagro que jamás llega: que algunas autoridades municipales se dignen a atenderles. No es cosa nueva. Ni patrimonio local. Pero aquí no deja de suceder.
Sevilla rinde culto a las imágenes por un evidente afán de emulación, principio sobre el que pivota la vida social. Sobre el culto a las figuras se sustenta la gran representación histórica y social –la Semana Santa– y la posteridad todavía se confunde a ojos de muchos sevillanos con el honor de tener una escultura propia. Quizás porque sea una de las bellas artes más concretas que existen. Una disciplina que admite una escasísima polisemia –al contrario que la música, por ejemplo;pura forma– y que acota la capacidad de interpretación del espectador.
En Sevilla no entendemos el arte abstracto ni el conceptual. Sólo nos mueve el afán de estar. La ciudad sigue indefensa ante los caprichos de los grupos de influencia. Unos son bienintencionados. Otros están obsesionados con la gloria –siempre efímera– de creer ser mucho más de lo que son. Y no por sus méritos, sino por la mera presencia.
No hay mayor signo de prepotencia –como nos demostró el caso de Monteseirín con el célebre Parasol– que tratar de condicionar el paisaje colectivo con los propios caprichos, sean éstos del signo que sean. Bajo estos intentos sólo late un espíritu de patrimonialización de la ciudad que tiende a ignorar que la sociedad ya no es la de antes y que la lectura de los espacios públicos debe ser plural, que no es lo mismo que ecuménica. Entre la diversidad y el cosmopolitismo hay una diferencia nítida: consiste en la calidad de la mirada, no en la absurda repetición de un cómodo sistema de cuotas.
El mal, de todas formas, viene de lejos. Con Rojas Marcos y Becerril en el Ayuntamiento ya se perpetraba la reinvención a capricho del nomenclátor. Los gobernantes que en teoría representaban a todos dieron aliento a la sustitución del callejero histórico –herencia cultural y, por tanto, patrimonio– por una Sevilla folclórica y cofrade cuya fijación es rendirse culto a sí misma. Sin límites.
Un concejal de aquellos años –Manuel García (PP)– terminó después siendo elegido hermano mayor de la Macarena. Entre sus méritos en favor de la hermandad, que nadie discute, probablemente estuviera sustituir la antigua calle Escuderos por Jesús de la Sentencia. Dejó hasta una placa para que no hubiera dudas de la autoría.
Desde entonces todo ha ido a peor: el anterior gobierno local (PSOE e IU) se repartió los honores escénicos por cuotas. Los comunistas rindieron homenaje a sus héroes –José Díaz, primer secretario general del PCE– mientras los socialistas, siempre temerosos de cuestionar el histórico statu quo sevillano, terminaron poniendo estatuas por doquier. Desde a la duquesa de Alba, que ya gozaba de palacio y de una rotonda en Torneo, a pagar con el dinero de todos una parte del monumento a la madre del Rey que la patronal andaluza puso frente a la Maestranza. A caballo, para que no hubiera confusión.
Zoido da ahora alas al mismo revisionismo del nomenclátor (le ha puesto el nombre de un capataz a la vieja encrucijada de Los Terceros) y abraza cualquier iniciativa –deportiva y religiosa, sobre todo– que le permita hacerse fotos. Nada ha cambiado demasiado. Es cierto que los actores son distintos. Pero el teatro permanece. Inmutable.
Una mirada discreta. No es que haya forzosamente que discutir los méritos de los perpetuados en mármol o bronce, que serán (o no) estimables. Se trata de reivindicar, porque es lo que aconseja el sentido común, que, siendo imposible la coincidencia plena, estas cuestiones se decidan con cierto consenso. Es lo mejor si se quiere guardar respeto a los personajes elegidos y a la propia historia de la ciudad. Pero se antoja difícil: las fiebre de las estatuas es ya una ceremonia tan lamentable como aparatosa.
Salta a la vista al contemplar el escaso respeto a la escala de las últimas aportaciones: un Papa casi a tamaño natural o la irreal amazona regia. En Sevilla hay ejemplos de cómo hacer estas cosas con algo más de sentido de la proporción: figuras respetuosas con la propia ciudad, hechas para mejorar el espacio público, no para ocuparlo. Estatuas que no gritan, sino que son síntoma de cultura. Es el caso de la de Cervantes, en Entrecárceles, o Mozart, frente al río.
Homenajes que no necesitaron ni bendiciones ni incienso para encarnar a una Sevilla cosmopolista, capaz de mirarse a sí misma y al mundo, de la que cada vez quedan menos señales. Al menos, en las plazas.