Carlos Mármol | 15 de julio de 2012 a las 6:06
El guión estaba escrito antes de empezar: los ‘susánidas’ logran la mayoría orgánica en el congreso del PSOE de Sevilla y relegan a los ‘críticos’ a las catacumbas, paradójicamente cuando por fin habían logrado un líder y avales.
El congreso provincial del PSOE de Sevilla de ayer tuvo algo de cuadro descompuesto y grotesco. Expresionista. Lo digo sin ánimo de ofender, aunque seguro que algunos –los de siempre– se van a dar inevitablemente por aludidos. Allá ellos. Es igual. Mientras en la calle el grado de cabreo civil sube en intensidad –la última vuelta de tuerca del Gobierno de Rajoy ha provocado que no haya otro tema en la agenda doméstica, que a efectos políticos es la única que cuenta– en el Hotel Alcora estuvieron hasta bien entrada la noche las respectivas tribus socialistas para elegir a su nueva dirección política, hablar de cómo va lo suyo, maldecir con cariño y afecto a los compañeros y resituarse, dependiendo de si la suerte les ha sido más o propicia, en el statu quo que va a dirigir la organización durante los próximos años.
El guión ya estaba escrito de antemano. Tan sólo los aficionados y los voluntariamente intoxicados, algunos con sumo gusto, cegados probablemente por la sensación de sentirse importantes en la sobremesa, víctimas del aparato de propaganda habitual, tan hábil en los reservados cercanos a las Cinco Llagas como inconsistente después en determinados foros públicos, creyeron de verdad que los críticos, como se denominan a sí mismos desde los tiempos pretéritos –Deo gratia– de Monteseirín, contaban realmente con una oportunidad cierta para plantar una batalla de fondo por el control de la agrupación más importante del PSOE en España.
La guerra era desigual desde los mismos términos de origen:un sector tenía la caja de las nóminas de los delegados que formaban el cuerpo electoral y el otro constituía una alianza heterogénea de antiguos enemigos –hoy compañeros de un extraño viaje que parece no ir a ninguna parte– cuya única aspiración confesa era no quedarse a partir de ahora varados en la cuneta, fuera del poder institucional, que es el único alfa y omega de la política que se hace en nuestros días, donde si tienes una idea eres un peligro pero si practicas la adulación tu futuro será grande.
Estrictamente hablando, en el cónclave socialista lo que ha predominado no ha sido ni el sentido de la ambición ni aquello que el filósofo Nietzsche llamó la “voluntad de dominio”. No. Todo ha sido mucho más pedestre, provinciano, de andar por casa. Parecido a la famosa academia científico-literaria de chapelaudienses que el gran Baroja, el hombre malo de Itzea, se inventó para desmenuzar en un soberbio libro menor ese engendro político que es el nacionalismo extremo.
Su singular tesis, esbozada en este divertidísimo ensayo breve titulado Momentum catastrophicum, viene a cuestionar, con un sentido del humor que desmiente su leyenda de hombre huraño, los principios defendidos por aquellos que consideran, como si fuera un dogma, que un hecho tan banal como el lugar de nacimiento debería contar con una traducción política estable. Doctrina absurda, por otro lado, porque ni importa mucho donde se viene al mundo, ni existen las razas –salvo que se asesine para lograrlas– y ni siquiera el idioma hace patria alguna. No digamos ya la militancia política. Y menos en el PSOE de Sevilla, donde todos se han acostado –en el sentido platónico del término– con todos y la promiscuidad política no puede estar mal vista salvo que ésta no termine dando los resultados deseados. No se trata de una cuestión moral, sino de un singular sentido del pragmatismo, que es la doctrina ambigua de los hipócritas, el escudo bajo el que se cobijan los apetitos insaciables.
Que la guerra púnica entre los socialistas sevillanos es una cuestión de vanidades frustradas, antipatías personales e intereses –las mismas razones que para Baroja explican el nacionalismo– lo demuestran, además de los personajes principales, un somero análisis de los mensajes de las dos candidaturas en duelo. Empezando por los lemas.
Para unos la cosa se trataba de “sentir a Sevilla”, frase que, además de ambigua –los sentimientos pueden ser tan variados como las personas; el odio es lo único que siempre es igual–, viene a ser una réplica del populismo huero que tan bien ha usado Juan Ignacio Zoido, encumbrado ayer a la presidencia del PP andaluz en un congreso abrupto que terminó antes de lo previsto para evitar que las protestas sociales terminaran estropeando la foto a “los vencedores” que, de momento, siguen en la oposición en la Cinco Llagas.
Para los otros, en cambio, la disyuntiva era de otra índole. Había que demostrar que “juntos, somos más”. Cosa realmente notable, pues se trata de una obviedad aritmética: dos siempre suman más que uno. Tres más que dos. Y así sucesivamente. La cuestión en realidad no era tanto sumar más, sino ver si los elementos en confrontación podían llegar a soportarse. Y en el caso del PSOE sevillano está claro que no. El grado de incompatibilidad mutuo es alto y manifiesto. Desde antiguo.
Al final, se impusieron los susánidas –nombre del ejército institucional encabezado por Susana Díaz, la nueva general secretaria del PSOE sevillano– al conseguir casi siete de cada diez votos en disputa. No ha sido una victoria espectacular –en el anterior congreso el tándem ya roto que formaron Viera y Díaz obtuvo un 88% de apoyos– pero sí holgada para poner en práctica sin problema la doctrina Griñán, que consiste en ignorar a los críticos a pesar de que éstos, a la desesperada, intenten hacerse notar votando en blanco (como pasó en Almería) y enarbolando listas alternativas cuyo objetivo no es ganar, sino no morir. La integración propia era el único móvil que orientaba su discurso. Un claro síntoma de debilidad.
A tenor de los resultados, el pulso de los críticos ha sido fallido. Motivos: pierden dos puntos porcentuales en relación al congresillo del pasado mes de junio –del 35 al 33%– y han sido laminados por la nueva mayoría en los órganos de dirección, paradójicamente justo en el momento en el que habían dejado de ser anónimos –Gutiérrez Limones es ahora su referente– y contaban con avales para poder presentarse ante el aparato. Hace cuatro años ni siquiera pudieron intentarlo.
Ahora lo han hecho, aunque muy tarde y sin más mensaje que la peregrina idea de que Sevilla capital forme una agrupación independiente a la provincial, un asunto que sólo persigue zafarse de la incomodidad que para las aspiraciones personales de algunos implica que la mayoría crítica en la ciudad –cada día más débil– esté supeditada al ámbito provincial. Su mensaje heroico –somos David contra Goliath– era exagerado. En esta ocasión sí contaban con refugio institucional en los grandes municipios metropolitanos. Los alcaldes son los que corrían menos riesgos. Otros lo van a pasar peor. Ansiaban revalidar la gesta de José Caballos (45% de votos en 2004 con todo el aparato regional en su contra). Han sacado doce puntos menos. Muy lejos del cielo. Demasiado cerca de un infierno llamado Susana Díaz Pacheco.
Carlos Mármol | 6 de julio de 2012 a las 6:06
Las tribus del socialismo sevillano tocan los tambores de una nueva guerra en la que lo que está en juego no es quienes serán los vencedores, sino la propia supervivencia de una de las dos corrientes internas del partido.
Las tribus del socialismo patrio, que es lo mismo que decir sevillano, porque para ellas el partido en Sevilla es como su familia, y en los clanes unidos por el parentesco ya se conoce que puede suceder de todo, tienen reunión en Almería este fin de semana. Toca congreso regional. Una cita en la que se ratificará a Griñán como guía supremo –gracias a la carambola que le permitió conservar el poder en las últimas elecciones autonómicas– y la novedad, si descontamos los nombres de la próxima dirección, que es un asunto que sólo les interesa a ellos, consistirá en evaluar el peso –relativo– de un posible núcleo opositor construido sobre los restos del descontento en las distintas agrupaciones provinciales –cada una con sus particulares batallas–, la larga herencia del chavismo, ese sistema de equilibrios que ya parece lejanísimo, y los espontáneos. Poco más.
Una semana después, en plena canícula de julio, la agrupación sevillana (el 25% del partido en Andalucía) tiene convocado su particular duelo interno para dirimir si durante los próximos cuatro años –o quizás antes, porque en política nunca se sabe– seguirán existiendo dos corrientes orgánicas, desiguales y en confrontación o, por el contrario, la organización girará de forma irremediable hacia una mayoría perdurable, lo que no quiere decir tranquila. Los socialistas sevillanos son de natural correosos. No es posible la paz si no es armada.
Estos días se están produciendo los primeros movimientos con cierta profundidad en el tablero donde se juega el poder orgánico provincial, que quedará, como siempre, manchado con sangre. El sector susánida, que según la última foto fija –la elección de los delegados al congreso regional– goza de una mayoría holgada (65%) ha presentado su propia candidatura a la secretaria general mientras los críticos –una amalgama de nuevos aliados y enemigos pretéritos– sopesan si dan –o no– la batalla por el poder interno. Los susánidas han presentado ya un manifiesto, los avales suficientes para presentarse, dicen tener a su lado a 50 de los 61 alcaldes sevillanos y, tan seguros están de su próximo triunfo, que incluso se reparten los cargos. Para secretario de organización suena el nombre de Carmelo Gómez, aunque otras voces señalan al concejal Alberto Moriña y hasta al ex alcalde de Mairena del Aljarafe, Antonio Conde.
La lucha, en todo caso, será más teórica que real. Lo que se juega en el cónclave sevillano no es tanto quién será el triunfador –esto ya parece más o menos claro antes de comenzar, aunque los congresos del PSOE son imprevisibles–, sino si la organización seguirá marcada por la cohabitación más o menos agresiva de las dos tribus mayores. Para unos el congreso se presenta pues como la consumación formal de un mando más o menos tácito; para otros, en cambio, el simple hecho de sobrevivir al duelo viene a ser como ganar. Seguir vivos no implica tampoco que algún día, lejano, puedan vencer, aunque lo que es seguro es que los muertos (incluso los fenecidos en vida) nunca triunfan, aunque sus expectativas se sustenten más en los deméritos del rival que en los logros propios.
La foto del congreso regional de Almería marcará la pauta. En función de cómo quede la cosa pueden producirse dos situaciones. Una: que los críticos, que siempre han jugado a ser anónimos (el único que dio la cara por la corriente fue Demetrio Pérez, candidato a la secretaria provincial en el pasado congreso), sigan sin líder reconocido. Dos: que el grado de respaldo a la Ejecutiva de Griñán no sea absoluto, en cuyo caso la opción es derivar la batalla al ámbito de las guerrillas provinciales. Se trata de una tradición: los socialistas sevillanos planifican sus guerras púnicas en función de las distintas legitimidades de índole orgánica. Tienen donde elegir para matarse.
Como lo previsible es que Griñán apenas si encuentre contrapeso –más allá de lo testimonial– en la cita regional, la gran incógnita es si el supuesto nuevo referente de los críticos –Antonio Gutiérrez Limones, alcalde de Alcalá de Guadaíra– dará el paso de armar una mayoría para oponerse a la de Susana Díaz. Los críticos no las tienen todas consigo. Con Limones, esto es imposible. El también senador quiere marcar sus propios tiempos para anunciar su hipotética candidatura pero, en realidad, espera a orientarse mejor según sea el panorama del congreso regional. No quiere inmolarse sin necesidad.
La fórmula Limones, de hecho, se basa en un liderazgo relativo y, en cierto sentido débil. Las causas son múltiples. Tienen que ver con las relaciones personales entre el grupo crítico –que son circunstanciales, más que sustantivas– y las consecuencias que implica plantear un desafío al poder institucional, que es quien controla las nóminas de los cargos públicos y asimilados (los delegados de los congresos). El maná que explica casi todos los movimientos internos en el seno del socialismo sevillano.
Limones, oficialmente, medita qué hacer. Se ha rodeado de un equipo que viene celebrando encuentros con militantes desde hace tiempo. En él figuran algunos de los grandes alcaldes metropolitanos –Dos Hermanas, La Rinconada–, referentes históricos del PSOE –el caso de José Rodríguez de la Borbolla es el más notable– y los jóvenes (aunque ya no tanto) que aspirarían a encarnar un relevo generacional diferente al de los susánidas. También están los habituales discrepantes por principio: el caso de Evangelina Naranjo, secretaria local de Miraflores y ex consejera con Chaves, que es la opción en la recámara si Limones al final no se atreve a dar el paso. Una candidatura de puro pataleo, condenada a un rotundo fracaso.
¿Se presentará Limones? Se verá este mismo lunes, después de que se despejen las dudas sobre el peso –directo o indirecto– que su adversaria mantendrá en la futura Ejecutiva regional. La número dos del PSOE-A dejará la sala de máquinas del partido pero quiere conservar su influencia en la dirección regional sin abandonar tampoco la Junta. A lo largo de su carrera política, Limones no se ha caracterizado por ser alguien que asuma riesgos, una actitud que, precisamente, le resta potencialmente algunos de los apoyos que necesitaría en este congreso provincial.
Hace cuatro años, en el duelo entre oficialistas y críticos que ganó el tándem formado por Viera y Díaz (cuya posterior ruptura provocó la crisis que terminó con la actual gestora), dejó sólo ante el abismo a Demetrio Pérez, que, además de su amigo, fue su primer jefe de gabinete. Una posición dubitativa que define al candidato crítico –en el cónclave de los delegados a Almería se posicionó primero con una lista y después se pasó a la candidatura contraria– y que puede pasarle factura en este duelo, si es que llega a producirse. ¿Votarían a Limones antiguos aliados a los que abandonó a última hora en congresos anteriores con el argumento de que el PSOE de Sevilla es un partido de aparato?
Por otra parte, entre los críticos anónimos la sintonía interna depende de una meteorología variable. Hay quien piensa que Limones se ha apuntado al carro a última hora –es la creencia en el entorno de Gómez de Celis, el frustrado delfín de Monteseirín– y quien piensa –como Francisco Toscano, alcalde de Dos Hermanas– que llega muy tarde y que se corre el riesgo de no tocar ni la orilla. El propio Toscano tuvo que dar esta semana la réplica a la presentación de la candidatura susánida por la indecisión del líder teórico. Toscano se excluyó de la batalla tras encabezar la delegación crítica sevillana al congreso de Almería. El alcalde de La Rinconada, primera opción de los críticos, también se desmarcó entre bambalinas.
Hasta ahora el único que ha salido al ataque ha sido Borbolla, un notable, que no se juega nada porque su reino ya no es de este mundo. Los críticos saben que todo induce al fracaso. La llave de la caja –Diputación, Junta– está en manos de los susánidas. Su disyuntiva no es ganar, sino sobrevivir. Convertir en gris lo que ahora es negro sería un éxito. Lograr un 40% de votos –en la designación de los delegados consiguieron un 35%– que les permitan seguir contando algo en el PSOE de Sevilla. Ése es su reto. Su problema es que no tienen líder, su pasado no es edificante y todo su discurso se basa en reivindicar una integración que sólo pasa por ellos mismos. A priori, un mensaje de perdedores. O quizás no. Veremos.