Los números primos
Los datos sobre la calidad del empleo en la ciudad, publicados esta semana por Sevilla Global, desvelan que el tejido económico sevillano permite la subsistencia pero está muy lejos de garantizar el progreso personal.
LOS datos de la encuesta de calidad en el empleo de Sevilla, publicados esta semana por la agencia municipal de promoción económica, Sevilla Global, desvelan, con independencia de los estudios de índole macroeconómica, que vienen a decir lo mismo con variantes, cuál es el verdadero rostro del mercado laboral en la capital de Andalucía. Y, huelga decirlo, no son para enorgullecer a nadie. Se asemejan a los números primos, que aparentan ser el fruto de problemas más bien casuales pero, en el fondo, resultan imposibles de resolver.
El salario es uno de los parámetros técnicos que marcan la riqueza de un territorio. Junto a otros elementos –el número de empresas, la productividad, la inversión pública y privada– dibuja la posición real de un lugar en el orbe global en el que vivimos, donde todo el mundo puja por mejorar y, en algunos casos, sencillamente por sobrevivir. Ésta, a la luz de las estadísticas, y dada la cruenta crisis en la que nos hallamos, es justo la situación de Sevilla.
Economía sumergida
La encuesta municipal dice que el salario medio de un sevillano no pasa de los 1.191 euros. Obviamente, el estudio se basa en cifras medias. Si el dato se analiza en base a los ingresos familiares, criterio de renta que se usa para optar a muchas de las prestaciones sociales, lo que afirma el Ayuntamiento es que una familia convencional –de tres o cuatro miembros– administra como máximo 1.950 euros al mes. Algo menos de 2.000. Las cifras corresponden al pasado año 2009, cuando la crisis era más extrema.
El estudio ilustra, además, las enquistadas divergencias existentes en el mercado laboral. Mujeres que de media cobran hasta un 30% menos que los hombres y la usual fragilidad del empleo joven, que además de la temporalidad –en su caso el ajuste laboral es inmediato– está 507 euros al mes por debajo de los trabajadores considerados adultos, aquellos cuya edad oscila entre los 35 y los 44 años. La formación funciona como otro elemento diferenciador: sin estudios medios o superiores, el horizonte mejor se limita a cobrar un 35% menos que los demás. Si lo ordinario ya es justo en comparación con Europa, incluso con otras urbes españolas, en esta situación las perspectivas de futuro son bastante reducidas.

El dato más revelador del estudio es el que se refiere a la economía sumergida. Un factor clave en las sociedades subdesarrolladas o débiles, donde la falta de perspectivas obliga a aceptar trabajos no regulados. Si tuviéramos que medir la economía de Sevilla en función de este parámetro, el diagnóstico estaría muy alejado de lo razonable. Un 14% del empleo que se realiza en la ciudad, según el Consistorio, es “irregular”. En consecuencia, ni tiene incidencia fiscal ni tampoco permite a quienes lo ejercen tener acceso al magro colchón social que –todavía– protege durante cierto tiempo a los españoles. Es mero empleo de subsistencia.
Los sectores sociales más débiles siguen siendo mujeres y jóvenes. Su libertad, a este respecto, resulta ser casi inexistente. Sus salidas vitales se antojan escasas. Casi todos estos empleados, por otra parte, trabajan en tareas de asistencia doméstica y en la hostelería. Elementos ambos que deberían reconsiderar ciertos tópicos sobre determinados gremios, que esgrimen el empleo como argumento para justificar ciertas prácticas de mercado.
Otro tanto sucede, aunque en lo que a la conciliación laboral se refiere, en otras actividades como el comercio, tan beligerante con determinadas políticas municipales. Según el Ayuntamiento, los comerciantes son, entre los empresarios privados de Sevilla, los que menos facilidades dan a sus empleados para combinar sus horarios vitales con los laborales. La innovación en este punto brilla por su ausencia. Si esta situación se pone en relación directa con los beneficios sociales que disfrutan los funcionarios, el resultado es desalentador. No es de extrañar que el sueño de los estudiantes continúe siendo llegar a la función pública. Hay razones objetivas, además de los tradicionales consejos familiares, para que la gente persista en esta aspiración.
Formación inexistente
Quienes trabajan –sobre todo dada la coyuntura económica actual– deben considerarse afortunados. Incluso aunque su salario sea justo. El estudio municipal reseña que las jornadas laborales reales son muy superiores a las 46 horas semanales. La teoría es una cosa; la realidad, otra. Casi todos los empleados con contratos a tiempo parcial concilian a costa de sus ingresos.
Así están las cosas. No deja de resultar llamativo si se tiene en cuenta que hace apenas un lustro era el propio gobierno local quien en su Plan Estratégico auguraba el “pleno empleo” para el año 2010. La crisis explicaría que dicha promesa se haya quebrado. Pero tampoco es la única razón. Parece confirmarse que el tejido productivo sevillano –dependiente de las mismas actividades desde hace demasiado tiempo– no es capaz de superar su secular debilidad. Un último dato ilustra cuál es la mentalidad dominante: sólo el 15% de los trabajadores ha realizado en el último año algún curso de formación por iniciativa de la propia empresa. En los tiempos que corren, una sociedad que evita invertir en conocimiento está condenada a sestear eternamente.
Por cierto, feliz Día de Andalucía.




