Los dígitos malditos
Las cifras del paro en Sevilla, que ha crecido un 20% en apenas doce meses, afectando a todos los ámbitos del tejido productivo, quiebran las promesas de los políticos de alcanzar el pleno empleo en un horizonte inmediato.
SI en cierto momento alguno, cándido e ingenuo, llegó de verdad a creerse aquella milonga que decían los socialistas en plena campaña electoral –no existe una crisis económica en España–, lo de ahora probablemente le parezca una suerte de espejismo. Una ficción que termina derivando en certeza repentina. Aunque en realidad no es más que otro ejemplo de la obligada desconfianza con la que tendríamos que acoger las categóricas afirmaciones de casi todos los dirigentes públicos, cuyas confesiones en voz alta, por lo general, deberíamos que invertir, como los espejos cóncavos del libreto de Ramón del Valle Inclán, para atisbar cuál es la auténtica verdad: generalmente justo la contraria de la que pregonan desde el atrio.
Si no hay crisis, es que la ciudad en la que vivimos –o sobrevivimos– no se llama ni nunca se llamó Sevilla. Ni estamos en el año 2008. Ni, al asomarse a la ventana, uno atisba ese tránsito magnífico del tiempo que discurre entre el verano y el otoño; estación ésta virtual, casi imperceptible o inexistente, en la capital hispalense. Tan secular como cruel. Similar a un buen sueño que casi nunca nos dejan terminar a gusto porque, antes del fin, suena el maldito despertador. Y nos deja en lo mejor.
Si se diera por bueno el símil onírico, bien podría decirse que esta semana ha tenido bastante de pesadilla. Y no precisamente por las guerras púnicas entre los socialistas orgánicos y los críticos institucionales –asunto que ha marcado una parte de la semana–, ni por aquellos que, verdes como helechos, se estrenan en difíciles y desconocidas lides, ni por el horizonte revuelto que se adivina en el inicio del nuevo curso político, sino por los datos del paro que, en Sevilla, implican un sinfín de dramas encadenados cuya música todos jugamos a ignorar, probablemente como autodefensa, tanto como prestamos oídos a otras cuestiones mucho más banales. Casi triviales.
Suele decirse que detrás de cada parado hay una dura historia. Y es cierto: existencias similares a la de cada uno de nosotros que, sin embargo, casi ninguno quisiéramos vivir. No sólo por cuestiones económicas, sino vitales: el trabajo es lo único que permite alcanzar cierto grado de integración social. Sin él, además de pasar aprietos, lo que se quiebra es la frágil sensación de pertenecer a una colectividad.
Los datos del Inem
Los últimos datos del Inem –cuya función ha consistido casi siempre en hacer el cómputo del problema más que en resolver una mínima parte de la angustia de los desempleados– hablan de un incremento del 20% de paro en apenas un año. Un total de 23.602 nuevos inscritos en las oficinas de empleo, lo que coloca el número total de sevillanos parados en la cifra de 143.00 personas. Un dato que tira por tierra las usuales cantinelas sobre el pleno empleo y el avance tecnológico de Sevilla, donde lograr y conservar un puesto de trabajo bien remunerado resulta cada vez más difícil.
La debacle es general en casi todos los sectores del tejido productivo, lo que no deja mucho margen para el optimismo ni ayuda a buscar una alternativa clara en un horizonte cada vez más negro. En el caso de la construcción, que en general ha sido el motor que explica la bonanza de años anteriores –pese a sus evidentes costes sociales, porque cuando hay crisis se resiente el empleo y cuando no quien sostiene la rueda económica es el bolsillo de los hipotecados–, se puede hablar, sin exagerar, de una auténtica caída al abismo: los despidos aumentaron un 61% en relación al año anterior, cuando todavía el futuro parecía ser una hermosa hipoteca a cuarenta años.
Casi un tercio del total de desempleados pertenecen a la construcción, donde se han hecho fortunas hasta anteayer y del que han vivido las entidades financieras, el Estado, la Junta y los ayuntamientos. Sobre todo éstos últimos, que ahora claman contra el nuevo quebranto financiero al que van a ser sometidos por parte del Gobierno central, que se ha llenado la boca de hablar del pacto local y de la descentralización sin llegar a practicarla más allá del marco regional. Los municipios dicen ser los grandes perjudicados por este ¿repentino? bajón del ladrillo. Aunque lo cierto es que la mayoría incrementaron sus plantillas por motivos políticos y asumieron competencias ajenas para que muchos alcaldes pudieran presumir de gestión. La crisis los ha dejado descolocados, sin decorado en el que representar su función.
En el resto de ámbitos productivos, aunque sin llegar a la sima de la construcción, el incremento del desempleo ha sido este año de dos dígitos. Cercano al número mágico del 20%, salvo en la agricultura –parte del sector primario–, donde el paro subió casi un 40% en apenas doce meses. La contratación se ha hundido un 24% y la afiliación a la Seguridad Social cae un 1,3%, justo el mismo índice de incremento de los autónomos. Ante la falta de alternativas ciertas, los sevillanos que son despedidos persiguen su primera salida en el llamado autoempleo. Acaso no sea espíritu emprendedor alguno, sino pura y simple desesperación. De sobra saben los parados que, además de la condena de estar inscritos en las listas del Inem, su destino inmediato es padecer, ojalá que durante un tiempo breve, el más duro de los castigos: la soledad en mitad de la adversidad. Mala cosa.




