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La reivindicación de las minorías

Carlos Mármol | 15 de mayo de 2011 a las 6:00

Los grandes partidos defienden gobiernos municipales mayoritarios en su propio beneficio y obvian que la presencia de las minorías políticas, además de democráticamente sana, es muestra evidente de pluralismo

Se lo escuché el otro día en un almuerzo –político– a la candidata del PA a la Alcaldía de Sevilla, Pilar González. “Si volvemos al Ayuntamiento será porque nadie ha conseguido la mayoría absoluta”. Los andalucistas, extramunicipales desde hace ya cuatro años, tras doce largas anualidades, casi bíblicas, de notable poder local –Monteseirín no es el único que ha mandado en Sevilla durante tres mandatos seguidos; el PA también lo ha hecho, pero de forma distinta–, defienden ahora la imperiosa necesidad democrática de participar en la futura Corporación. ¿Interés? Evidentemente. Les va la supervivencia (política) en el trance.

Con independencia de lo que ocurra a partir del próximo domingo, cuando se cierren las urnas y todas las cartas queden sobre la mesa, el argumento de fondo que los andalucistas buscan trasladar a los votantes tiene validez por sí mismo: la presencia en las instituciones del mayor número posible de fuerzas políticas es una garantía (relativa pero cierta) de un mínimo pluralismo político.

Sospecho que algunos de ellos no pensaban exactamente esto mismo durante su significativa etapa de mando en Sevilla, pero, dado el escenario político actual, el discurso de la nueva candidata del PA, que intenta renovar el mensaje del andalucismo sin renunciar del todo (al menos sentimentalmente) al pasado reciente, tiene una buena parte de razón. Mientras más sean los partidos con opciones de trabajar en favor de los sevillanos, mejor. Así los ciudadanos tendrán más puertas a las que poder llamar. O más hombros en los que llorar.

El juego democrático, entre otros factores, se sustenta en dos conceptos básicos:la libre concurrencia de todas las opciones políticas a las elecciones –cosa que garantiza la ley salvo en los casos de terrorismo disfrazado de ideología– y el papel de los foros de representación política, en este caso el Pleno de la Corporación, en la vida pública. Ambos requisitos están aparentemente más que blindados en el marco político español, pero, si se analiza su aplicación, se verá que, en realidad, dada la partitocracia en la que vivimos, su verdadera función suele limitarse mucho más a lo meramente formal que a lo sustancial. Defectos intrínsecos del modelo.

El bipartidismo creciente fagocita casi todo. Anula la riqueza (hipotética) de las distintas opciones ideológicas y tiende a reducir todo el sistema político a una suerte de Leviatán. Quien obtiene la victoria en primera instancia –cualquiera que éste sea–, cuenta de partida con la ventaja, extraordinariamente peligrosa, de poder hacer casi todo lo que se le antoje durante el tiempo que dure el correspondiente mandato de gobierno. Su única obligación será, cada mes, cumplir con la usual puesta en escena.

Esto es: vestir el muñeco de sus decisiones, con demasiada frecuencia personalistas, tendentes en algunos casos incluso al capricho, con una simple reunión plenaria en la que la mayoría absoluta a su favor reducirá, como un rodillo, cualquier debate político a una mera cuestión de trámite. Para esto, aunque parezca una provocación, nos podríamos ahorrar los sueldos de la oposición, los grupos políticos y hasta de la mitad de los ediles. Los partidos que no gobiernan siempre tendrán garantizado el derecho al pataleo, pero a efectos prácticos no cuentan con vías para influir en las grandes decisiones políticas. Cosa que limita su tarea simplemente a las notas de prensa. Punto y final.

PSOE y PP, las dos grandes organizaciones políticas que optan a que sus respectivos candidatos en Sevilla –Juan Espadas y Juan Ignacio Zoido– conquisten dentro de una semana la Alcaldía hispalense, vienen haciendo desde hace tiempo un discurso que, con diferencias, pregona las bondades de contar con una “mayoría suficiente” que les permita gobernar la ciudad durante cuatro años sin las hipotecas de los partidos minoritarios. Sin contrapesos democráticos, querrán decir.

Basta analizar por encima la historia del sistema político norteamericano, pese a sus defectos, para darse cuenta de los peligros potenciales que tiene para la propia democracia el hecho de que un gobierno –cualquier gobierno– mande sin tener que someterse a determinadas reglas. La obsesión de los padres fundadores norteamericanos fue establecer desde el primer día un sistema de equilibrios en el que quien gobierna la república lo hace, pero respondiendo ante los electores no sólo cada cuatro años, sino de forma constante a través de las diferentes cámaras de representación y los demás poderes del Estado, diferentes al Ejecutivo.

En el caso de Sevilla, que salvo un breve periodo de cuatro años siempre ha sido gobernada mediante diferentes alianzas políticas coyunturales, los socialistas y los populares (más incluso éstos últimos, pues el PSOE sabe que necesitará forzosamente volver a pactar con IU para mantenerse en el poder)usan con frecuencia los argumentos de la estabilidad y la gobernabilidad para defender ante los ciudadanos la necesidad de tener una mayoría holgada. No le llaman absoluta, quizás, para evitar la inmediata asociación con el absolutismo, aunque tal recurrente eufemismo no sirve para tapar la realidad:cualquiera de los cabezas de lista de los distintos partidos políticos, en su fuero interno, sin excepción, desearían ejercer un gobierno unipersonal sin más ataduras que las formales. Es condición humana.

La cuestión clave es cómo limitar esta tendencia natural desde el punto de vista legal. Porque la democracia, no se olvide, no es sólo el gobierno de las mayorías, sino (sobre todo) el respeto a las minorías. Políticas, en el caso de los partidos. Civiles, en el caso de los ciudadanos. Conviene no olvidar nunca esta circunstancia.

La discusión sobre si es bueno o malo para Sevilla un gobierno con mayoría absoluta, por tanto, nace viciada por el interés de cada fuerza política. Aunque, dejando este aspecto de lado, parece evidente –al menos a mi juicio– que mientras más vivos estén los foros institucionales de gobierno, cosa sólo posible con la presencia de diferentes opciones ideológicas, y más obligaciones de rendir verdaderamente cuentas tenga que soportar un gobernante, mejor funcionará el sistema. La democracia es casi como un proceso infinito, no un punto fijo en el tiempo.

Hay quien considera que la presencia de minorías en los órganos políticos de representación es un problema. Obliga constantemente a negociar, pactar, ser capaz de llegar a acuerdos. Paradójicamente algo que muchos ciudadanos echan de menos dada la incapacidad de los partidos para, en situaciones como la actual, casi de emergencia social (no hay más que ver las cifras del paro), dejarse de duelos dialécticos –generalmente no llegan ni siquiera a eso– y acordar unas mínimas condiciones de funcionamiento comunes. Algo así como el famoso lema de esto lo arreglamos entre todos, pero de verdad. Sin trampas.

“Se puede gobernar en minoría, pero hace falta tener mucho talento”, proclamaba la candidata andalucista ante sus comensales. Cierto. Un talento que nadie quiere atreverse a ejercer. ¿No somos según PSOE y PP una ciudad con talento? Se tiende a aceptar que toda la negociación política se reduce exclusivamente al crítico periodo postelectoral que se abre durante los quince días posteriores a las elecciones. El momento en el que, si nadie obtiene un respaldo suficiente de los ciudadanos, inevitablemente se producirá el reparto.

Unos lo centran en el programa; otros, en la distribución de cargos. Otros demonizan el proceso sencillamente porque no se han salido con la suya. Se busca, en todos los casos, evitar una parte sustancial de la política: el diálogo de los grandes asuntos de gobierno con los demás. Nadie dijo que la democracia fuera cómoda (sobre todo para los políticos), pero sigue siendo el sistema menos malo que existe. ¿Tiene alguien alguna duda?

Por tanto, no debería suponer un quebranto para nadie ni la hipotética presencia de fuerzas políticas secundarias –IU, PA, Los Verdes, UPyD u otras opciones– ni la posibilidad de que Sevilla tuviera que contar con su opinión para ser gobernada. La ciudad sigue siendo de todos.

La incertidumbre herética

Carlos Mármol | 8 de mayo de 2011 a las 6:10

El sondeo del CIS trastoca los términos de partida de la campaña electoral en Sevilla hasta el punto de hacer reclamar a Zoido que gobierne la lista más votada mientras los socialistas sueñan con el milagro.

La política, en ciertos aspectos, todavía se parece a la teología. Es cierto: los rituales han cambiado. El latín se ha sustituido por los argumentarios y la misa (que en dos semanas quedará dicha) se reemplaza ahora por los soliloquios, las entrevistas y los mítines. Los candidatos juegan a ser sacerdotes, los secretarios generales, los coordinadores o los presidentes del partido (dependiendo del caso) funcionan como los nuevos papas y la palabra de Dios se ha suplantado por los lemas. Pero la esencia sigue siendo idéntica: intentar que la grey asuma como propios los valores de la correspondiente iglesia; todas ellas con la aspiración de fijar la verdad revelada, las normas del buen gusto y hasta la moral.

Estamos ya sumidos en el arranque de la campaña oficial del 22-M y, curiosamente, el principio de la fase final de la pugna por la Alcaldía de Sevilla ha empezado con un episodio de índole herética. El CIS hizo pública hace apenas unos días una encuesta que, por primera vez en meses, no garantiza la mayoría absoluta en el próximo Ayuntamiento a Juan Ignacio Zoido, el candidato del PP. Un augurio, todavía impreciso y algo débil, que de cumplirse va a dar un disgusto no sólo a los militantes conservadores (creyentes activos en la fe del triunfo), sino a los antiguos críticos del PSOE, empeñados en un resultado hostil a su propio partido para poder reivindicar que, con ellos al frente, la cosa hubiera ido mucho mejor. Magro consuelo, en todo caso.

El sondeo del CIS ha quebrado la posición de partida de la carrera por el poder municipal. Y lo ha hecho, en realidad, sin desvelar ningún secreto y sin abrir ningún arca perdida. Sencillamente los expertos de este organismo pronostican una horquilla en la asignación posible de ediles que no asegura al PP las 17 actas de concejales necesarias para tomar la Alcaldía. El instituto estatal de opinión pública no obvia la tendencia de los últimos sondeos (que vienen señalando desde hace más de un año que el viento sopla a favor de Zoido) pero confirma su dificultad para superar su techo electoral, que no es de cristal, sino sencillamente sociológico.

La noticia ha permitido coger ánimos a los socialistas (en segunda posición desde hace meses) y erosiona de forma notable (ya se verá si definitiva el día de las urnas) el dogma electoral que venía construyendo, en parte de forma bastante bronca, el equipo de campaña de Zoido alrededor de la inevitabilidad de la victoria del PP. Zoido, un candidato infalible, según la propaganda de los populares, tiene un obstáculo (la incertidumbre) en su camino a la Tierra Prometida.

No está claro que no vaya a ganar. Incluso puede llegar a gobernar en solitario. Pero la cuestión es que la mera posibilidad de que a dos semanas del día clave se discuta la victoria del PP pone en cuestión el mensaje nuclear del equipo su candidato, que ha escrito una novela sobre su llegada a la Alcaldía que, aunque con éxito de ventas (en buena parte dado el escaso talento de la actual dirección del PSOE de Sevilla para armar ficciones electorales), tiene el enorme inconveniente de que se adelanta en el tiempo al factor decisivo. Las urnas. ¿Y si los indecisos socialistas votasen al final a su partido aunque fuera con la nariz tapada?

Los populares, conscientes de la situación, han presentado esta semana un video de campaña con una significativa omisión: la de su propio candidato. ¿Estrategia o miedo? Hay opiniones para todos los gustos. Desde aquellos que dicen que el planteamiento electoral de los populares, que han cedido el protagonismo a un pequeño empresario de Su Eminencia para que defienda la necesidad del cambio, es un acierto, a quienes juzgan que si a estas alturas el PP, que ha centrado toda su campaña en la figura de Zoido, lo esconde es porque, dado como están las cosas, prefiere resaltar sólo el mensaje de alternancia (con independencia de que un hipotético giro vaya en su beneficio) más que insistir en la capacidad milagrosa de su líder local, visible (a su juicio) en lo que ellos mismos dieron en llamar el efecto Zoido.

Del mensaje utilizado por los populares para sumar votos entre los sevillanos de los barrios (ellos todavía los llaman así, como si todos los ciudadanos no viviéramos en uno) el aspecto más llamativo, y a mi juicio positivo, es el que pregona que el 22-M hay que ir a votar sin miedo. Sin temor. El resto ya es harina de otro costal: apelan a la necesidad de dar una oportunidad a Zoido aunque sin definir nunca los motivos que justificarían tal decisión. Los populares, en realidad, todavía no han resuelto esta incógnita en su paradójica campaña de baja intensidad, en la que rehúyen los verdaderos debates de fondo (sólo aceptan enfrentamientos superficiales) y todo viene a quedarse en la forma. En las fotos. Sin llegar nunca a entrar en sustancia.

El encuentro (llamarlo debate me parece excesivo) que Espadas y Zoido tuvieron el viernes por la mañana en la Ser es una buena muestra. Cada uno sacó su rosario de propuestas. Espadas prometió un mayor protagonismo municipal en los temas de empleo, urbanismo y movilidad. Zoido, con su mensaje apolítico, propuso un consistorio más delgado y resaltó los errores cometidos por la coalición PSOE-IU en los últimos años.

Una de las acusaciones más gruesas del candidato del PP consistió en criticar a los socialistas por practicar un supuesto sectarismo a la hora de invertir en los barrios. En su caso, prometen una gestión municipal “sin diferencias”. Argumento político bastante llamativo, pues parte de la base (incierta) de que todos los barrios de Sevilla tienen idénticos problemas, población, nivel de renta y oportunidades. Y que además presupone que el actual Ayuntamiento contará con suficientes recursos económicos para todos.

Ninguna de estas dos cuestiones se sostiene. La escasa cohesión social de Sevilla, la verdadera asignatura pendiente de la era Monteseirín, que la dejó conscientemente en segundo plano en favor de un ramillete de proyectos megalómanos pensados exclusivamente para intentar pasar a la historia, no es un problema de falso igualitarismo, sino sencillamente de justicia. Y la justicia, según reza la vieja tradición cultural, debe ser ciega pero no necesariamente neutral.

Zoido repitió en el encuentro radiofónico con Espadas uno de sus argumentos clásicos: que los socialistas e IU dejen gobernar a la lista más votada. Todo hace indicar que será la del PP. No es la primera vez que el aspirante popular pregona este mensaje, pero dado el contexto (condicionado ya por el sondeo del CIS) tal reiteración resulta harto ilustrativa. Zoido pide a Espadas que haga el favor de dejarle la Alcaldía. No parece encajar demasiado con la imagen de triunfador (natural) que venía construyendo el PP sobre la figura de su candidato.

Aquí es justo donde se percibe, a dos semanas para ir a las urnas, cierto temor del PP a la herejía (hipotética) que supondría el hecho que los votantes puedan terminar dando una ingrata sorpresa a sus estrategas. El mensaje del PP a este respecto siempre ha sido muy básico. Viene a decir que debe gobernar la lista más votada (la de Zoido) porque una nueva alianza entre los socialistas e IU estaría contaminada por la (inevitable) presencia política de éstos últimos. Incurre, sin embargo, en una inexplicable contradicción: el PP defiende en su video que hay que ir a votar sin miedo el 22-M y, al mismo tiempo, agita por tierra, mar y aire el fantasma del comunismo. ¿No es un claro error de perspectiva?

Seamos serios: las mayorías políticas son consecuencia directa de los resultados electorales. La legislación permite las alianzas entre dos partidos distintos. Una práctica gracias a la cual el PP mandó en Sevilla durante ocho años. Y que permitió a Soledad Becerril alcanzar en 1995 la Alcaldía con el PA tras cuatro años de haber gobernado pese a quedar en tercer lugar en los comicios de 1991. Es lícito defender lo contrario. Incluso cambiar ahora de opinión. Lo que no resulta lógico es modificar el discurso en función de los intereses. El PP gozó durante el Gobierno de Aznar de mayoría para intentar cambiar la actual ley electoral. ¿Por qué no lo hizo?

El miedo a las herejías es propio de las mentalidades tradicionales, donde la diferencia es vista como un peligro. Cristo fue un herético. ¿Una obsesión cristiana? La etimología nos saca de dudas: la palabra herejía viene del griego. Significa elección. Justo lo que sucederá el 22-M. El único resultado que cuenta.

Una victoria con incógnita

Carlos Mármol | 20 de febrero de 2011 a las 6:10

El sondeo de Commentia confirma la tendencia ascendente de Zoido aunque no despeja por completo la incógnita de la mayoría absoluta. Ahora la tiene, aunque con un 22% de ciudadanos todavía indecisos.

Zoido, si se cumple la tendencia que a algo menos de cien días para las próximas elecciones municipales del 22-M pronostica el sondeo realizado por la empresa Commentia para este diario, se convertirá en el próximo alcalde de Sevilla. El estudio demoscópico refleja con claridad no sólo que las expectativas de voto directo en favor del cabeza de lista del PP son actualmente superiores a las de su inmediato rival (Juan Espadas), sino que el singular relato construido por el alcaldable popular en los últimos meses –en los que ha presentado su victoria como un hecho casi natural, inevitable, lógico– ha calado ante una buena parte de la ciudadanía, que da por hecho que el ciclo socialista que durante doce años ha representado Monteseirín debe dar paso a la alternativa política que representa el partido conservador.

La conclusión del sondeo es una foto fija a algo más de tres meses de la cita con las urnas. Nada más. Nada menos. No desmiente las conclusiones de otros estudios anteriores –que venían a situar a Zoido más o menos dentro del espacio de la mayoría absoluta, el único resultado real que le permitiría gobernar en Sevilla– pero deja abierta por completo una incógnita sustancial: ¿qué harán el día de las elecciones los ciudadanos que forman el 22% de votantes que, aunque tienen decidido ir a las urnas, todavía no han tomado la decisión de a quién apoyarán?

Gran incertidumbre

Este factor es el único que nublaría la hipotética victoria del candidato popular. ¿Qué van a votar los indecisos? La Alcaldía depende de ellos. Si los índices de participación siguieran la tendencia histórica –con una abstención crónica que oscilaría entre el 41 y el 45% del electorado– a día de hoy el resultado sería favorable a los populares, aunque por un margen de votos estrechísimo de apenas dos puntos porcentuales. Apenas un edil de diferencia. El concejal de oro.

La bolsa de indecisos, al contrario de en otras elecciones, suma algo más del 45% del electorado. Esto es: tanto quienes no han decidido todavía su voto como los que no contestan a la pregunta de a quién van a votar son –por separado– casi el mismo porcentaje que los votantes que directamente apoyan al candidato del PP. ¿Qué se deduce de este dato? Aparentemente que existe una enorme bolsa de voto oculto cuya adscripción resulta imposible de asignar al día de hoy. Hasta el punto de ser en voto directo casi la mitad (45%) de todos los encuestados. El terreno sobre el que se apoyaría la victoria del candidato popular no es del todo sólido. Puede moverse.

Si se parte de la tesis –creíble– de que el electorado de centro-derecha ya está movilizado, mientras las huestes socialistas se encontrarían en un proceso depresivo que obedecería a la política económica de Zapatero, al impacto social del paro (el problema monotemático para la mayoría de los ciudadanos) y a otros factores económicos, un porcentaje considerable de este grupo de no alineados podría llegar al final a votar a opciones políticas distintas al PP. Esencialmente los socialistas o IU. También al PA, aunque el sondeo de Commentia sitúa a los andalucistas algo por debajo del 5% mínimo de votos que es necesario para poder entrar a formar parte de la corporación municipal.

El margen de acción de Espadas, candidato del PSOE a la Alcaldía, está justamente entre el grupo de indecisos que a estas alturas todavía no tienen claro, o no quieren explicitar en público, cuál es su apuesta política para la Alcaldía. La abstención, como siempre se ha dicho, beneficiaría en este escenario al PP, que ante el desencanto de los votantes socialistas podría alzarse con el triunfo con la mayoría requerida. ¿Irán los indecisos a las urnas con riesgo de modificar la situación actual?

UNA VICTORIA CON INCÓGNITAbaja

Los datos del estudio de Commentia auguran que sí, aunque lo que finalmente ocurra es un misterio. La polarización que se percibe en la vida política sevillana es tal que los electores, cuando son cuestionados sobre si piensan ir a votar el 22-M, responden mayoritariamente (en un 68%) que con toda seguridad lo harán. A esta cifra habría que sumar el 6,7% de quienes todavía no han decidido si participarán.

En lo que a la abstención se refiere quienes ya tienen en mente obviar la convocatoria de las municipales o no se pronuncian son relativamente escasos (3,5% de los cuestionados), lo que induce a pensar que, aunque en estos momentos dudan de la utilidad de su voto, la mayoría de la población sabe que la disputa por la Alcaldía en un asunto suficientemente crucial como para reclamar su atención.

Sevilla, por tanto, se debate entre dos grandes alternativas políticas –el PP y la coalición PSOE-IU, lo que resta credibilidad al discurso de los socialistas de tratar de gobernar en solitario– y, en consecuencia, del relato sobre la ciudad que ambos rivales han construido (con independencia de la realidad) en los últimos tiempos. Resulta llamativo que cuestiones como el caso Mercasevilla, en el que los populares están centrando casi toda su estrategia electoral en las últimas semanas, no son mencionados explícitamente por los ciudadanos como razón para votar en uno u otro sentido.

Frente a la tesis que defiende que la opinión de los ciudadanos terminará consolidándo la hipotética victoria de Zoido gracias a su labor de amplificación de los casos de supuesta corrupción, la sensación que deja el sondeo es otra: quienes tienen ya claro lo que van a hacer han decidido hace tiempo el sentido de su voto (un 46%, si sumamos la tendencia de voto de las cuatro principales fuerzas políticas).

La batalla pues consiste en que el PP tenga éxito y disuada de ir a las urnas a los ciudadanos críticos con la gestión socialista (insistiendo en la corrupción) mientras el PSOE trata de movilizar las bolsas de voto histórico con las que tradicionalmente cuenta en los distritos más poblados de Sevilla.

Hay, sin embargo, matices que quiebran algunos lugares comunes. El primero: la imagen de Zoido. De forma espontánea sólo dicen conocerlo el 46% de los entrevistados, cifra que, cuando se menciona su nombre, sube hasta el 73%. Espadas, en cambio, es reconocido libremente por un 27% de los electores, aunque cuando se le cita expresamente su grado de popularidad es del 51%. Parece indudable que la tardanza de los socialistas en cambiar de candidato (Monteseirín por Espadas) juega claramente en su contra.

Otro factor importante: el candidato del PP no genera un rechazo mayúsculo, como ha ocurrido con los candidatos de convocatorias anteriores. La valoración de Zoido (que ha construido su imagen política con la fórmula del populismo amable que ya puso en práctica el PP en Huelva) no es mala. De hecho, es el único de los alcaldables que aprueba. Hasta votantes socialistas lo puntúan con un 4,2. Espadas está medio punto por debajo en valoración global pero con un grado de conocimiento inferior.

De optimismo los sevillanos no andan generosos. La paradójica visión de los ciudadanos sobre su propia urbe (amor-odio relativo) vuelve a emerger. Un 57% está satisfecho con la vida en Sevilla, sobre todo los más jóvenes. Sin embargo, si se contrasta la evolución de la ciudad desde las pasadas municipales un 46% dice que ha empeorado, frente a un 37% que cree que es mejor. Es evidente que, a pesar de los esfuerzos del actual candidato socialista, la herencia de Monteseirín condiciona hasta el punto de que, tras doce años en la Alcaldía, su valoración no pasa de los 3,8 puntos. El PP tiene libre el camino hacia el poder municipal. Pero la derrota socialista todavía está por escribir.

Monteseirín: alegato de autodefensa

Carlos Mármol | 9 de enero de 2011 a las 12:33

El alcalde decide en la recta final de su mandato iniciar una campaña de propaganda pagada con dinero público para ‘vender’ una gestión que, lejos de acomodarlo en la historia, lo anula para cualquier responsabilidad política.

Decía Borges que amenazar a otro con una muerte prematura es un ejercicio tan vano como estéril. La muerte, antes o después, siempre termina presentándose ante la puerta. ¿Qué necesidad hay de apresurarla? Para el argentino, el hecho realmente aterrador consistiría más bien en amedrentrar a alguien prometiéndole la inmortalidad. Una condena eterna a no descansar nunca.

Alfredo Sánchez Monteseirín, al que sólo le quedan meses en la Alcaldía, probablemente sin haber leído al escritor porteño, que mejor le hubiera ido en el convento de haberle dedicado algún tiempo a sus magníficos ensayos, parece haber pensado lo mismo. Lo cual explica que lleve varias semanas amagando por tierra, mar y aire con dejar para la posteridad un señalado epitafio que, al tiempo que póstumo, porque esto ya parece irremediable, se asemeja bastante a aquella célebre sentencia que dejó dicha un jovencísimo Fidel Castro en cierto juicio militar: “La historia me absolverá”. Que viene a ser como sostener, en realidad, que el único tribunal facultado para tal ejercicio es el tiempo, no los ciudadanos, que siempre han sido los que sufren la historia.

Para que no queden dudas de su siempre elevado sentido de la prudencia y de la moderación, el regidor ha optado además por encargar con parte del exiguo presupuesto municipal existente tras el naufragio del Parasol de la Encarnación una campaña publicitaria cuyo principal objetivo es dejarnos claro a todos cuál es su visión personal de su propia gestión. Cosa que, por otro lado, no debería extrañar a nadie: ¿qué mejor juez de uno mismo que el propio autor de los hechos, que conoce al detalle los desvelos y los disgustos padecidos para convertir a Sevilla en la estación términi del paraíso?

Quien no sea capaz de comprender la necesidad de defender todo lo hecho (a medias) en estos años es, además de un mezquino, un ciego. El propio alcalde nos lo explica a su manera en su fecundo blog: “Quien quiera verlo mal lo entenderá por donde no es. Lo mismo me da que me da lo mismo. Esta iniciativa es parte irrenunciable de mi obligación”(sic).

Dicho queda. La obligación será suya, pero la factura va a ser nuestra: la campaña la vamos a pagar todos los sevillanos. Con ella el primer edil pretende poner en valor (acaso porque no lo tenga o ésta sea una cuestión espinosa y relativa) los cambios que se han producido en Sevilla en los últimos doce años, coincidiendo con su paso por la Alcaldía. El lema es efectista: Sevilla se ve. Y el sermón, como el urbi et orbi de la bendición del Santo Padre, que se repite dos veces cada año, viene precedido de una serie de estelares apariciones en los medios de comunicación (reclamadas, más que concedidas, aunque éste es otro asunto) en las que Monteseirín hace su peculiar análisis de la situación municipal y dibuja cuál debería ser su porvenir en los tiempos inmediatos, como si tal cuestión dependiera exclusivamente de su propia voluntad, más que de la actual dirección de su partido.

MONTES~1

El regidor, según su propia confesión, se ve en política “fuera de Sevilla” y en Sevilla “fuera de la política”. Con independencia de que ambas cuestiones pudieran ser posibles, que todavía está por ver, la frase tiene un sospechoso tono de misiva tardía a los Reyes Magos, aunque por el momento se desconoce si éstos (que siempre son los padres, no se olvide) han dado ya acuse de recibo de la epístola. El tiempo lo irá diciendo. Sobre todo a partir de mañana, cuando Juan Espadas, el nuevo candidato del PSOE a la Alcaldía de Sevilla, se presente en sociedad a tan sólo cuatro meses para las elecciones.

Como el azar es cruel e inmisericorde con los héroes, la casualidad ha hecho que el despliegue de liderazgo de Monteseirín coincida en el tiempo con los últimos datos del paro, que en la provincia han cerrado 2010 con casi 210.000 desempleados, de los que al menos 70.000 son ciudadanos censados en la misma capital en la que el alcalde prometió durante los dos últimos lustros ser capaz de conseguir el pleno empleo. Un sueño que se vino abajo a pesar del afán demostrado por el equipo de gobierno para colocar en la administración municipal a todo tipo de familiares, amigos y afines, que ya se sabe que la gente con criterio y sin filiación conocida tiene el notable peligro de no llegar a darte la razón ni siquiera cuando más lo necesitas.

El candidato del PP a la Alcaldía, Juan Ignacio Zoido, ha tardado muy poco en criticar la contratación de la campaña de autopromoción. Cosa bastante llamativa: como si el PP no utilizara también la publicidad institucional como una de sus principales herramientas políticas. Ni uno ni otro parecen reparar en que hay cosas que no se arreglan con carteles y que para algunos ciudadanos, el día de las elecciones se sabrá exactamente cuántos, ser y parecer siguen siendo cosas muy distintas. Incluso opuestas. Y ya se conoce que los contrarios quizás se atraigan pero no se mezclan.

La incógnita del futuro

El futuro inmediato del alcalde sigue siendo a día de hoy un misterio, aunque es evidente que esta incógnita no es la principal preocupación de Sevilla. Ni siquiera es seguro que sea un problema. Mucho menos un asunto de conversación, salvo en ciertos corrillos. La necesidad del todavía regidor de reivindicarse, que en su entorno se considera un derecho, parece más bien el fruto agrio del incierto porvenir, pues para poder seguir en política, que es lo que en el fondo desea, hay que tener algunos méritos contrastados. Y no hay nada peor que haber pasado doce años en el poder municipal sin haber conseguido ningún logro indiscutible. Situación que invalidaría a cualquiera para seguir ejerciendo responsabilidad pública alguna.

Si se mira hacia atrás, se verá que en realidad Monteseirín no ha hecho otra cosa en los doce años que lleva en la Alcaldía que venderse a sí mismo. Un caso singular de incontinencia política. Durante su lejana etapa de cohabitación con el PA estuvo obsesionado por arrogarse una iniciativa que nunca tuvo del todo al haber cedido, en virtud del pacto de gobierno de 1999, casi el 70% del poder municipal a los andalucistas. Desde 2003, cuando se inició el acuerdo con IU, ha intentado patrimonializar en su provecho una gestión tan bienintencionada como insuficiente con la tesis de ser víctima de los ataques de una Sevilla Eterna que en el fondo no ha sido más que un mero recurso retórico, a la que se ha querido utilizar indistintamente como enemiga, cuando convenía, o como embajadora para fortalecer un perfil institucional que en Plaza Nueva lleva más de una década desaparecido.

No importa, claro. Las contradicciones también las juzga la historia. Monteseirín tiene la extraña convicción de que el mero paso del tiempo provocará una extraña amnesia general en Sevilla. Igual que cree que para cambiar las cosas basta con decirlo, o simularlo, en lugar de hacerlo de forma permanente. Piensa que la historia, como decía Aristóteles de la poesía, contará lo que debió suceder, en lugar de los hechos ciertos. O que la libertad de expresión consiste en hablar de lo que guste, sin admitir lo mismo a los demás, intentando además aniquilar a cualquier posible disidente. Cree incluso que puede reconciliarse con Emilio Carrillo, su ex vicealcalde, al que cerró el camino a la Alcaldía por no secundar su guerra contra la dirección provincial del PSOE de Sevilla, en un hospital. Viniendo de alguien que lleva quince años elaborando listas negras, la cosa tiene mérito. Es cierto que la historia, en el caso de algunos ex alcaldes, acostumbra a ser benigna. Aunque siempre hay excepciones.

Tocqueville lo explica: “La historia no es más que una galería de cuadros en la que hay muy pocos originales y demasiadas copias”.