Extrapolaciones
Los comicios europeos no alteran las líneas maestras del mapa electoral de Sevilla capital pero sí dibujan una tendencia a la baja de los grandes partidos y un ascenso, leve pero significativo, de UPyD, el partido de Rosa Díez.
CON los datos electorales sucede igual que con la estadística. Teóricamente son materia infalible. Algo numérico. Exacto. Después, a la hora de la verdad, no tanto. Una de las escasas cosas interesantes que todavía tiene la política –cada vez menos, la verdad– es el caprichoso factor sorpresa de las jornadas electorales. Prácticamente el único aliciente a la hora de contemplar la constante puesta en escena en que se ha convertido la vida pública.
Los datos, en teoría, son fríos. Certeros. Pero todo el que haya tratado con ellos sabe que hasta los números son manipulables. Y que incluso con los dígitos en contra siempre hay margen, si se sabe argumentar, para distraer la atención (cuando se pierde), disfrazar las derrotas de victorias (cuando se gana pero no se gana) e, incluso, adoptar ante un resultado electoral hostil una posición, digamos, neutra. Los políticos se juegan su imagen y bastantes más cosas en las urnas. Aunque el resto del tiempo su actividad dependa del partido, ese inmenso poder jeráquico que se administra por cauces raramente democráticos.
Los últimos comicios europeos, planteados por todos los partidos en clave nacional, han arrojado en Sevilla capital un mapa político sin demasiados cambios notables. No es de extrañar: con una abstención de más de la mitad de los votantes (un 55%) es lógico que la muestra resultante sea escasa para sustentar cualquier teoría. Todo el sistema de valoración electoral –político, ciudadano, particular– se basa en los que han votado. Nunca en los que no lo han hecho. Consecuencia quizás del terror a reconocer que el sistema, tal y como está organizado, cada vez resulta más ajeno a buen número de ciudadanos. Más de la mitad del censo.
De ahí que las comparaciones no puedan ser exactas. Sin embargo, los resultados electorales sí dibujan tendencias que descubren cuál es la valoración de los partidos políticos –las marcas; otra cosa, como ya sabemos, son los candidatos– en un contexto de crisis económica que, además de llevarse por delante la vida y hacienda de mucha gente, hace que los principios de casi todos se muevan. O, como mínimo, se cuestionen muy seriamente.
Algo de esto sucede en Sevilla, donde el panorama político parece moverse en un sentido llamativo: la pérdida de peso, aún leve, pero significativa, de las grandes fuerzas políticas tradicionales en favor de alternativas que, aunque en algunos casos son un melón por calar, representan –o quieren hacerlo; otra cosa es que al final lo consigan– otra oferta diferente. Una hipotética tercera vía ante la partitocracia que domina todo el horizonte. Señal manifiesta de que lo que ahora mismo existe en el mercado político –no tiene sentido llamarlo de otra forma– no entusiasma mucho.
Por supuesto, el statu quo suele minimizar estos sucesos. Las magnitudes, aún enormes, ayudan. Pero, se hagan como se hagan los números, lo cierto es que los votantes sevillanos –cada vez menos, factor que también tiende a ignorarse– empiezan a dar señales de desconfianza hacia los partidos más asentados. En la vieja dicotomía de Umberto Eco, el gran semiólogo italiano, serían los llamados integrados los que empiezan a ser cuestionados. Y los apocalípticos, aunque el adjetivo no les sea de estricta aplicación semática, los que pudieran tener opciones de sacar la cabeza.
Nadie sabe lo que durará dicha tendencia: si será únicamente flor de un día o un movimiento electoral de bastante más enjundia. Pero lo cierto es que las cosas están así: el PSOE, la fuerza política más votada de Sevilla, empieza a sufrir el desgate de la crisis económica. En Sevilla capital ha perdido 9.888 votos si se comparan los datos con las anteriores europeas (2004). Puede parecer mucho –casi cinco puntos porcentuales– pero si el contraste es con los últimos comicios generales (2008), la caída global es de casi 100.000 votos. La abstención desdibuja todo el análisis, pero el retroceso objetivo es de casi siete puntos porcentuales. No es para estar muy contentos.
Al PP le sucede otro tanto. Si en relación a 2004 ha ganado sufragios –4.252; algo menos de un punto estadístico– la tendencia en relación al 2008, más lógica, dada la irrupción de la crisis económica, es de 55.070 votos menos. Los porcentajes globales todavía le favorecen, pero un dato disipa dudas en relación a una posible lectura en clave municipal: la distancia entre el PSOE y el PP era en las elecciones de 2004 de más de diez puntos. Ahora se ha reducido a casi cinco, pero ni sumando a la tercera fuerza política desbancaría a PSOE e IU en porcentaje neto de votos. Otra cosa ya sería en el número de concejales.
La sorpresa ha sido UPyD, el partido de Rosa Díez, que se ha colocado como tercera fuerza política. Ha ganado 3.530 votos en relación a 2008. No parecen muchos. Pero, en paralelo al descalabro de IU, que ha perdido 6.572 sobre las últimas generales, le dan opciones de meter la cabeza en Plaza Nueva. Una hipótesis que sí modificaría el panorama, al traer caras nuevas al Consistorio, donde todo el juego se reduce a una diléctica gobierno-oposición que hace que el debate se limite a lo que interesa a ambos bandos. Si esta tendencia se asentará o se diluirá, nadie lo sabe aún. Son hipótesis. Pero hay un hecho cierto: UPyD es la única fuerza política que ha ganado votos en relación a 2008. Todas las demás los pierden. Y eso da que pensar.



