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‘Un ballo in maschera’

Carlos Mármol15 de junio de 2008 a las 10:25 am

Un ballo in maschera

La guerra por el poder en el PSOE de Sevilla, cuyo acto central ha sido la proclamación de Demetrio Pérez como líder del sector crítico, opuesto a la actual dirección, está marcada por el miedo a alinearse con el bando perdedor

ACONSEJAN los manuales con los que, a lo largo de la historia antigua, se han educado a los reyes, que el primer requisito para poder lograr el poder, y después ser capaz de conservarlo durante cierto tiempo, es justamente querer hacerlo. Desear el hecho salvaje de conseguirlo. Tener fe en uno mismo, que es, como es sabido, la principal condición para que esta misma percepción se contagie después a los demás y termine convirtiéndose en una aparente verdad de condición irrefutable.

Debe ser verdad el axioma, pues buena parte de la guerra civil en la que vive inmerso el PSOE de Sevilla en los últimos tiempos puede entenderse bajo este prisma de que para resultar vencedor en cualquier pugna lo primero que debe hacerse es creer en las propias posibilidades de victoria, sean ciertas o no. Si hay un problema de convicción personal, rara vez se obtendrá un triunfo.

Todo lo que viene sucediendo en el socialismo sevillano durante la larga víspera que conduce a su congreso provincial, cuyo hito más significativo ha sido la proclamación formal de Demetrio Pérez como líder de un sector crítico que hasta hace días era más o menos difuso y anónimo, cobra curiosamente lógica si se tiene en cuenta la psicología subyacente de buena parte de la militancia de este partido político –todopoderoso en Andalucía, omnipresente en Sevilla– y el grado de incertidumbre que guía los pronunciamientos de muchos sus principales referentes, todavía equidistantes entre las dos facciones en liza –oficialistas de Viera y críticos de Pérez– hasta que sea más o menos posible leer cuál de los dos grupos se llevará el gato al agua.

La táctica seguida estos meses tanto por unos como por otros en los escarceos previos –elección de los delegados al congreso, actos públicos, declaraciones, proclamas escritas en lugares afines– responde a un mismo denominador: ambas partes intentar construir con los argumentos y recursos a su alcance una ficción en la que, obviamente, ellos aparezcan como héroes cristalinos mientras sus oponentes se tornan sombras negras y peligrosas. Los oficialistas eligieron en primer témino la aséptica fórmula de los datos: se arrogan un 75% de los compromisarios al congreso con el voto cerrado. Una forma de resaltar ante terceros el mensaje de que no hay nada que hacer lejos de su órbita. Que en realidad no hacía falta ni siquiera jugar el partido.

Pero al final habrá enfrentamiento. Y directo. No se augura cordial. Los críticos, hasta que esta misma semana Pérez ha lanzado su mensaje de renovación –aunque muchos de los que le acompañen en el barco no sean precisamente amantes de los cambios y de las caras nuevas; sobre todo cuando éstas no son las suyas–, habían venido compensando las andanadas numéricas de los oficialistas con apelaciones a la lírica y a la poesía –los socialistas no son números, sino personas, decían–, negando la mayor, que es el cómputo de compromisarios de la dirección política, argumento que pudiera tener parte de verdad –se verá el día 19 de julio– pero que, en todo caso, también sería aplicable a sus valedores.

Lo trascendente al comparar ambas estrategias, y al analizar la tendencia en los episodios posteriores de afirmación y negación mutua, es, en todo caso, que ambas facciones están obsesionadas en aparecer como ganadoras potenciales, sea verdad o no. Probablemente porque en caso de lograr tal objetivo la ficción terminará por hacerse cierta. Habría que preguntarse la razón por la que fingir que uno va a ganar es tan efectiva y permite lograr el triunfo. Parece lógico concluir que acaso se deba al contexto en el que se desarrolla, que no es otro que la tradición, existente en el PSOE sevillano, pero aplicable a otras organizaciones, de que nadie quiera aparecer junto al bando perdedor. Cosa nada rara cuando se vive de la política. Lo que está en riesgo no es tanto una opinión, sino un status. Por eso estos días todos los socialistas se susurran cosas. Miran hacia ambos lados al cruzar una calle y lo mismo dicen una cosa y justo su contraria. Amagan. Simulan. Tratan de ganar tiempo esperando ver –ejercicio absolutamente sevillano, tanto como el Giraldillo– hacia dónde va a girar el viento del éxito. Sin decantarse hasta que sea inevitable.

Conspiraciones

Existe una ópera de Verdi, con libreto firmado por Antonio Somma, que cuenta, con la habitual artificiosidad del género lírico, todo esto. O su trasunto: la conspiración que devino en el asesinato de Gustavo III de Suecia el 16 de marzo del año 1792 en un baile de máscaras, donde la ceremonia lúdica derivó de pronto en conspiración política. Acaso no haya mejor metáfora para la vida, y la disputa del PSOE, donde casi todos quieren saber los partes de guerra antes de apostar. Hay excepciones, claro. Gente, como el edil Emilio Carrillo, que ha tenido el coraje de decir lo que piensa –justo lo contrario a lo que ha defendido el alcalde– y continuar a su lado con lealtad.

La discrepancia no es una traición sino para aquellos que no creen en la libertad de juicio o no son capaces de mirar de verdad más que desde el maniqueísmo. Otros, en cambio, como Limones, el alcalde de Alcalá de Guadaíra, hacen lo contrario. Aguantar todo lo posible hasta cambiar de bando. Es el signo de los tiempos convulsos. Donde bajo cualquier sonrisa inocente late una enorme decepción. Y los viejos amigos dejan de hablarse.

Tentarse el bolsillo al coger un taxi

Carlos Mármol20 de enero de 2008 a las 2:09 pm
Tentarse el bolsillo al coger un taxiLos ciudadanos que quieran coger untaxi de noche durante los fines de semana tendrán que pagar casi seis euros.
El resultado de una política municipal que no defiende a los consumidoresni tampoco garantiza el servicio público.

Acostumbra a decirse que el liberalismo, como categoría mental, suele terminar justo en ese mismo punto donde a uno empiezan a tocarle el bolsillo. A partir de ese momento la cordialidad se altera, las buenas formas se pierden y la mirada se endurece. A veces se hiela hasta el mismo semblante. Si fuera cierto tal axioma, bien podría decirse que los sevillanos perfectamente pueden dejar de ser liberales con el servicio municipal de taxis a partir de esta misma semana. El Ayuntamiento, haciendo una nueva cuadratura del círculo, ha dado luz verde a un singular incremento de tarifas cuya principal virtud es, al tiempo, toda una paradoja: incrementar los precios nocturnos de forma lineal como vía para “compensar” a los conductores que trabajen de noche pero sin garantizar justo que en este horario nocturno circulen el mínimo de vehículos necesarios para cubrir las necesidades ciudadanas.

El coste de la vida

Que el taxi incremente de esta forma sus precios públicos a muchos –evidentemente, empezando por los taxistas– debe parecerles algo de lo más natural. Ahora que todo sube por motivos más o menos relativos ¿por qué iba a ser una excepción el caso de este gremio? Respetando dicha opinión, que resulta lógica sobre todo para quien vive de este negocio, lo cierto es que este nuevo incremento, que se suma al del autobús y al de otros servicios y suministros colectivos como el gas y la energía, supone un ejemplo más de la extraña connivencia que mantienen los dirigentes municipales –empezando por el gobierno local, pero incluyendo también en el saco a la oposición– con determinados grupos de presión de la ciudad que, en defensa de sus intereses particulares, que pudieran ser muy honorables–nadie lo duda–, no tienen sin embargo empacho en horadar eso que todavía se llama el interés común. Esto es: lo que nos afecta a todos. Una dialéctica que suele dar como síntesis frecuentes atentados contra el bolsillo del común. Las organizaciones que representan a los consumidores sevillanos, usualmente muy bondadosas con ciertas decisiones municipales, han decidido en esta ocasión negarse a comulgar con esta enorme rueda de molino. Han reclamado públicamente al edil responsable de este asunto, el socialista Francisco Fernández, que negocie y apruebe con urgencia un calendario de servicios obligatorios para que, ya que hay que pagar mucho más por coger un taxi de noche, al menos exista un mínimo de vehículos en activo. Según la Facua, “la normativa actual (del taxi) no responde a las necesidades de la ciudad”. Al parecer, esta organización social lleva meses solicitando un encuentro formal para tratar este tema con el concejal del ramo, pero no hay manera. Fernández ni está ni –parece– se le espera, lo que no deja de resultar previsible. Es el concejal del equipo de gobierno con más frentes abiertos de forma absurda. Polémicas que, lejos de amainar, tienen la recurrente costumbre de seguir vivas en el tiempo. Desde el célebre episodio del cocheponemultas –aquella herramienta que nunca funcionó– a los aparcamientos, pasando por la regulación del tráfico ordinario. En el anterior mandato municipal era uno de los hombres fuertes del autodenominado tridente alfredino (por el alcalde) junto a Emilio Carrillo (edil de Urbanismo) y Alfonso Rodríguez Gómez de Celis (portavoz). Tras el nuevo acuerdo de gobierno con IU ha perdido algo de peso político –ya no lleva la Policía Local– pero aún retiene todas las políticas de movilidad, un área sensible en la que –todo hay que decirlo– a veces tampoco es fácil acertar, pero a cuya imagen no contribuye nada su estilo de gestión. Si a los abundantes errores, digamos involuntarios, se suma su nula cintura, el resultado no puede ser bueno.

Un servicio de todos

No hay que olvidar que el taxi es, al igual que el autobús y el futuro Metro –si es que llegamos a verlo–, un servicio público. Como tal, está supeditado a las decisiones del órgano representativo de la ciudad, que no es otro que el Pleno. Esta evidencia no es un mero formalismo –las nuevas tarifas han tenido que pasar por este foro para poder aplicarse– sino una condición sustantiva: es el gobierno local, PSOE e IU en este caso, quien debe garantizar el correcto funcionamiento de este servicio básico. Una fórmula (la más cómoda) era la subida de tarifas; otra (la lógica), una orden, previa modificación de la normativa vigente, para obligar a trabajar por la noche a un número fijo de conductores. Ambas vías estaban abiertas para el Consistorio. Sin embargo, ha hecho una extraña mezcolanza entre ambas bendiciendo el incremento de precios sin garantizar –salvo elección de los propios conductores– el servicio nocturno. En lugar de buscar la virtud, que suele encontrarse en ponderar, ha dejado sin explorar justo el sendero que reclaman los sevillanos, que no es otro que el hecho de coger un taxi por la noche no obligue a tener que tentarse el bolsillo. Que a esta situación se llegue después de haber gastado dinero público en retirar licencias para evitar la libre competencia y hacer más rentable el negocio de ciertos taxistas no deja de resultar curioso. La carrera nocturna mínima ronda ya los seis euros. Bienvenidos a la ciudad de la alegría.

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

  • Tevoyadisirunacosa

    Bien tobarich, tú lo has dicho, esto es obsceno, impracticable como las obras de Hytasa, una...

  • Susana

    Yo personalmente me río de esas mediciones. Me imagino que a las viviendas que están pegadas a la...

  • manuel (sevilla) España

    ¿Dónde está tal arrogante taxista? porque creo que él recuerda tal caso, o en su caso,...

  • manuel (sevilla) España

    Recuerdo la última huelga de taxis, creo que fue hace por lo menos tres años. No...

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