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Después de tantos años

Carlos Mármol | 15 de abril de 2012 a las 6:06

Sevilla llega al vigésimo aniversario de la Exposición Universal entre la indiferencia, la nostalgia, las medallas inmerecidas y la eterna obsesión por recrearse en un pasado estéril que no se traduce en ningún proyecto colectivo.

Veinte años después, cuando el tiempo, el único señor verdadero, se ha llevado por el sumidero de los días las ilusiones de la juventud, tragedia común y extendida, como las heridas, que no deja de sucederse desde hace siglos, la mejor frase que se me ocurre para conmemorar la efeméride en cuestión es la que pronuncia Michi Panero, uno de los infantes terribles del poeta falangista Leopoldo Panero, en El desencanto, la película que Jaime Chávarri rodó en la década de los 70 para mostrar en carne viva la debacle del concepto tradicional de familia: “¡Éramos tan felices!”.

Por supuesto, al igual que sucede en el documental de Chávarri –puro cinema verité–, la sentencia no es más que un exceso; acaso un pecado de juventud, esa etapa llena de tanta ingenuidad como de desconcierto que, con el correr del tiempo, a veces parece prolongarse hasta la madurez prematura. Hablo de esa sensación íntima, el lugar común de suscribir que cualquier época pasada fue más grata que la que vivimos en tiempo presente, que no suele ser verdad. No, al menos, de la manera que todos reiteramos al repetirla, como un lamento nostálgico, cuando viene al caso.

No es que fuéramos felices. Es más simple: éramos mucho más jóvenes, mucho menos sabios (de eso estoy seguro) y bastante más seguros de nosotros mismos, lo cual suele ser sinónimo de inconsciencia. El tiempo nos ha ido enseñando después, poco a poco, o de golpe, dependiendo de cada caso, la lección maestra: la fragilidad perpetua forma parte, es la inevitable consecuencia, de la verdadera sabiduría. No hay otra.

Dos décadas después de la Exposición Universal del 1992, el hecho histórico que los propios sevillanos estiman como el más relevante del pasado siglo XX –lo demuestran Pedro G. Romero y Armando Silva en su libro Sevilla Imaginada–, casi todo el recuerdo de aquellos días aparece tamizado por la nostalgia, la indiferencia, los cuentos, las batallitas de tirios contra troyanos –revividas de nuevo casi tres décadas después de que comenzase a gestarse un sueño que terminó convertido en un negocio– y, en general, un grado mayúsculo de autosatisfacción, más impostado que sincero. El viejo recurso de los cobardes, incapaces de mirarse al espejo y constatar el paso del tiempo.

No hay demasiados motivos para celebrar nada. A lo sumo, bastaría simplemente con recordar determinados hechos, un puñado de nombres que estuvieron a la altura de las circunstancias –sin que nadie, como suele pasar en la vida, se lo haya agradecido en tiempo y forma– y ciertos episodios menores, nada grandielocuentes, que fueron claves para aquel proyecto. Sería recomendable que lo hiciéramos sin incurrir en uno de los habituales vicios hispalenses –el autoengaño, que deviene la visión celestial que cierta Sevilla tiene de sí misma– si queremos obtener algún fruto, por magro que sea, de las azarosas circunstancias que impone el calendario.

Empecemos por los hechos. Primero: la Expo 92 sacó a Sevilla del profundo subdesarrollo latente en el que la ciudad vivía hace ahora dos décadas. Evitó que siguiéramos siendo durante algunos decenios más la Sicilia española –nos quedamos en Nápoles, sin llegar nunca al sueño de transformarnos en Roma– y nos abrió un nuevo horizonte, limitado pero ciertamente hermoso, que no supimos aprovechar del todo.

Segundo: la Muestra Universal, a pesar de transformar de forma profundísima el esqueleto urbano de Sevilla, un mérito que no fue precisamente de buena parte de los propios sevillanos –los creyentes al principio eran muy escasos; los conversos después fueron legión–, no cambió el tradicional imaginario hispalense, que continuamos padeciendo con más o menos intensidad dos décadas después de atisbar que el mundo se movía –algo que ya nos explicó Galileo, pero que algunos en Sevilla todavía no tienen claro– y que la ciudad acaso podía también caminar con un compás similar.

Si vinculamos estas dos cuestiones, el balance es agridulce: la Expo 92 nos hizo parecer mejores sin que en realidad llegáramos a serlo del todo. De ahí que su vigésimo aniversario, con independencia de aquellos que, por la falta de quórum y los decesos imprevistos de los verdaderos protagonistas, vienen ahora a ponerse medallas que jamás merecieron, se perciba como un instante fugaz. Una estampa entrevista desde un tren –el AVE– que podía alcanzar una velocidad de vértigo sin esfuerzo y sin hacer el más mínimo ruido. Tan estable como un avión. Moderno. Puntual. Inaudito.

Habrá quien crea que, desde entonces, Sevilla ha avanzado. Que ahora es una urbe adaptada a los tiempos y a las circunstancias, consecuente con el paradigma histórico concreto que le ha tocado vivir. Y quizás esté en lo cierto, pero de forma inversa, no precisamente positiva. En estos tiempos de la segunda Gran Depresión, la del crack de 2007, la ciudad está quebrada por la mitad, con unos índices de paro terribles, un tejido empresarial con vicios similares a los de entonces, una concepción del progreso sustentada en la singular paradoja de los subsidios públicos –que se critican en público, pero se ambicionan en privado– y una tendencia innata a celebrar la nada cotidiana en los habituales carruseles sociales con fondo costumbrista. Tan nuestros.

Si algunos sevillanos pensaron que la Exposición Universal iba a cambiar todo esto, el desencanto, después de tantos años, no puede ser mayor. Nadie esperaba un milagro, sino que el 92 fuera el inicio de un proceso evolutivo. En lugar de eso, Sevilla ha padecido en estos años uno de los males sociales más nefastos: el paternalismo. Nos hicieron la Expo desde fuera –con mucho talento sevillano que tuvo que luchar contra las habituales inercias de la ciudad oficial– para después dejarnos solos, abandonados a nuestra suerte: sin suficientes inversiones durante algo más de un decenio –por temor a las usuales acusaciones de centralismo que sólo esconden la voluntad de sustituir la capitalidad hispalense por algunas variantes menores, tan ridículas como los superlativos sevillanos– y con la vaga sensación de que nos regalaron un futuro que acaso no nos merecíamos.

Todavía algunos insisten en esta tesis de que no hemos sabido aprovechar las ocasiones históricas, venidas desde fuera, olvidando interesadamente que tras los dos certámenes internacionales que acogió Sevilla durante el pasado siglo –la Exposición Iberoamericana; la Muestra Universal– se sucedieron dos profundas crisis económicas que terminaron por convertir lo que debía haber sido un principio en un final abrupto. Una determinada Sevilla, que entonces pasó de las dentelladas a exigir barra libre en el recinto de la Isla de la Cartuja, probablemente no haya querido adaptarse a los tiempos porque sabe –con bastante certeza– que en el mundo en el que vivimos su protagonismo social sería minúsculo, ajado, hasta un punto ridículo.

Otra ciudad, sin embargo, probablemente en la diáspora habitual o en el exilio interior, bienintencionada, cosmopolita, presa del mal de la inteligencia –la costumbre de cuestionarse las cosas, el sentido del ridículo, la tendencia a argumentar en lugar de proclamar desde un atrio–, al dudar de sus posibilidades, ha terminado por dejar el campo abierto a los nostálgicos –siempre es un consuelo, pero el lirismo sólo sirve para pasar el rato–, a los que ahora se reivindican como héroes de una gesta que, como la Isla de la Cartuja, fue un hecho exógeno a Sevilla, y a los que, ante la ausencia de otras perspectivas, insisten en mirar hacia atrás. No es de extrañar: hacia delante sólo está el precipio.

Navegación: la catedral fluvial

Carlos Mármol | 5 de febrero de 2012 a las 6:05

La reforma del Pabellón de la Navegación, una de las joyas arquitectónicas de la Expo, compartimenta para usos mercantiles un edificio cuya vocación es albergar un museo integral sobre la relación de Sevilla con el Guadalquivir.

A los museos con vocación lúdica a veces les sucede como a ciertos libros del añejo costumbrismo sevillano: debajo del aparente aderezo no hay nada. Ni siquiera el vacío, que en su defecto bien podría ser una suerte de propuesta existencialista. Todo en ellos se reduce a la retórica. A un discurso insustancial lleno de colores. Curiosamente, de un tiempo a esta parte se ha consolidado entre mucha gente la creencia de que esto –el vacío colorista– es lo que uno debe comprender cuando se acerca a un museo. Al museo, según esta singular visión, hay que ir a divertirse, a jugar, a disfrutar con toda la familia; incluso a merendar. A casi todo menos a aprender. Como si ambas cuestiones, divertirse y aprender, fueran incompatibles en lugar de ser complementarias.

Hace unos días, cuando ya habían quedado prudentemente lejos las inauguraciones oficiales, las fotos de los políticos y la información a conveniencia, tan abundante últimamente, decidí, dada mi condición de peatón vocacional, darme una vuelta por el extraordinario edificio que Guillermo Vázquez Consuegra, el arquitecto sevillano, diseñó para la Exposición Universal. Una catedral contemporánea para la ciudad fluvial que es –y debería seguir siendo– Sevilla. Encontré un edificio soberbio –lo era ya durante la Muestra Universal, tan dada a la arquitectura banal y efímera de la que nos ha quedado tan poca cosa de verdadero valor– y en su interior contemplé justamente eso: el vacío. A casi cinco euros la entrada, por cierto.

A algunos les parecerá algo ingrato que después de una inversión de casi once millones de euros se critique la operación autonómica para salvar al pabellón de la Navegación. Es normal. Sin embargo, si se repara en que buena parte de este presupuesto (casi la mitad) se ha destinado sólo a los nuevos contenidos expositivos del pabellón, y se comprueba que su principal característica es que han sido diseñados como si fueran la atracción de un parque temático en lugar de piezas para un museo con verdadera vocación cultural, quizás esta opinión contraria al habitual regocijo institucional no parezca tan descabellada. Ni de lejos. La obsesión lúdica suele resultar tan cara como estéril.

La Navegación ha estado casi veinte años cerrado. Abandonado. Inundado a ratos por las crecidas del Guadalquivir y sin un destino que fuera realmente acorde con sus enormes cualidades arquitectónicas. Ahora, el viejo y noble edificio de madera y acero ha vuelto a abrir aunque su interior, que recuerda el vientre de un barco, está demasiado vacío. Casi se diría triste. Melancólico.

Que una ciudad mantenga abandonada esta joya de la arquitectura moderna durante casi dos décadas dice bastante del sentido de Sevilla para valorar su propio patrimonio. Nulo. Pero que cuando se acuerde del edificio, que está protegido pero nunca estuvo conservado, lo recupere con el actual programa de usos casi se antoja peor. En la Navegación no se ha creado ningún museo, sino simplemente una feria para niños sobre la fotogenia relativa de un océano de leds similares a los que se venden en los chinos. Pura apariencia. Probablemente estemos, como otras muchas veces ocurre en Sevilla, ante un problema de concepción. De origen.

El Pabellón de la Navegación, al igual que otros activos de la Expo 92, pasó a depender tras la muestra de una empresa pública instrumental –Agesa– que comenzó siendo estatal y después devino en autonómica como resultado –gran paradoja– del pago de la deuda del Gobierno central con Andalucía. Una inmobiliaria de capital público cuyo objetivo social desde el principio fue sacar toda la rentabilidad económica posible al patrimonio del certamen universal. A corto plazo. Sin matices. Sin un proyecto global.

Su gestión, vista con la distancia, ha sido bastante calamitosa para Sevilla. No sólo porque en su afán de rentabilizar de cualquier forma determinadas cuestiones haya dejado a la ciudad sin importantes activos turísticos –el caso del Cine Omnimax, por poner un caso–, sino porque ha ido destruyendo espacios tan significativos como el Palenque, el Canal de la Expo y otras herencias del territorio del 92 sin que las posibles alternativas para reemplazarlas estuvieran cerradas. El resultado:la Isla sigue teniendo múltiples lugares ociosos que, dada la actual coyuntura económica, tardarán todavía lustros en ocuparse. La Cartuja es el condominio de algunos privilegiados que compraron el suelo público a buen precio y se beneficiaron de las generosas exenciones fiscales. El distrito urbano resultante es hijo del interés inmobiliario de las sucesivas administraciones políticas en lugar de ser una parte más de la propia ciudad. Algo de todos.

Agesa también fue quien vendió a Puerto Triana los terrenos del Sur de la Cartuja para levantar un complejo comercial sin un marco urbanístico consensuado. Aquel proyecto privado fue mutando, sin respeto a la normativa urbanística, que siempre quiso torcer, hasta derivar en la actual Torre Pelli, cuya construcción se ha demorado casi 15 años y es objeto ahora de una de las más intensas polémicas políticas de los tiempos recientes. Otra buena muestra de que la política patrimonial del Estado, primero;y de la Junta, después, ha creado en la Isla de la Cartuja a Sevilla más problemas que ventajas. Probablemente porque ninguno de los sucesivos presidentes de Agesa contemplaron su papel al frente de esta entidad más que como una estación de paso. Un cementerio dorado para los jarrones chinos de la política. El ex alcalde Monteseirín lo resumió con una frase: “Agesa no tiene corazón; sólo cartera”. Claro que la dijo cuando quien mandaba en el condominio era el PP; no el PSOE.

Un mirador secreto

La recuperación de la Navegación aparece así como el único hito en positivo –al menos, en términos ciudadanos– de esta cuestionable gestión. Pero llega tarde –si Sevilla hubiera tenido este edificio en uso durante el pasado ciclo económico sus datos turísticos hubieran sido mejores– y se ha concebido con una mentalidad provinciana, mediocre, al obligar al arquitecto a dividir la propia unidad conceptual del magnífico edificio, cuya vocación desde su más remoto origen fue convertirse en un museo integral sobre Sevilla y la navegación –la Sevilla americana–, en una sucesión de espacios lucrativos que hipotecan la enorme potencialidad de este contenedor cultural.

La Junta ha abierto una exposición menor como reclamo de ocasión, pero sus fines al rehabilitar el inmueble son crematísticos: alquilarlo para congresos de aforo medio y vender los servicios de restauración asociados. Evidentemente, es mejor que tener el pabellón cerrado. ¿Quién lo duda? La pregunta es otra: ¿Es lo mejor que Sevilla puede hacer con este edificio singular? La catedral contemporánea del Guadalquivir que Vázquez Consuegra concibió en uno de los recodos del antiguo cauce fluvial se merece bastante más. Un verdadero museo integral, en lugar de un parque de atracciones.

La exposición existente niega además las virtudes del propio edificio, alobligar a los visitantes a ver sólo el itinerario del parque temático recién inaugurado cuando, si algún valor tiene la recuperación del Pabellón de la Navegación, es descubrir a los sevillanos una visión distinta de su propia ciudad. Vista desde las zonas incomprensiblemente cerradas al público –esencialmente la galería exterior, donde el arquitecto logró el milagro de reinventar la luz del Guadalquivir– Sevilla parece distinta. Soberbia. Lo de menos es la pregonada exposición. El espectáculo real es el propio edificio. Y la ciudad que todavía nos descubre.

La memoria reversible

Carlos Mármol | 24 de abril de 2011 a las 6:30

Sevilla deja atrás una Semana Santa marcada por la lluvia y camina hacia la Feria ajena por completo al 19 aniversario de la inauguración de la Exposición Universal de 1992, el evento que nos salvó del subdesarrollo.

Sevilla, tan dada a vivir de los recuerdos, tan amante de las viejas historias épicas sobre los años en los que fue puerto y puerta de Indias, tan prendada de esa generosa espiral nostálgica que consiste en creer en el dogma de que cualquier tiempo pasado fue mucho mejor sencillamente por el hecho (inevitable, por otra parte) de ser pretérito, acostumbra a ser una dama caprichosa con respecto a la lista de sus olvidos.

Hay quien sostiene que esta ciudad es extremadamente hábil, a la par que cruel, a la hora de recompensar con el silencio sostenido las obras de sus mejores hijos. Doy fe. Prácticamente desde que tengo cierto uso (relativo) de razón, en público y en privado no he visto nunca poner en crisis la extendida tendencia social que consiste en despreciar todo aquello que signifique un determinado cuestionamiento de la realidad más íntima y aceptada. En cambio, por estos pagos se acostumbra con frecuencia a jalear sin rubor, incluso con bastante entusiasmo, ciertas ceremonias tribales que sólo tienen como beneficio inmediato el gratificante sentimiento de la autocompasión colectiva. Ya lo escribió Cervantes: “Gran Sevilla/Roma triunfante en ánimo y nobleza”.

No es pues extraño que esta semana la vida pública de la ciudad haya estado concentrada exclusivamente en una única cuestión (la incidencia de la lluvia en los desfiles procesionales de Semana Santa; un asunto trascendente) o, en otros casos, haciendo sencillamente tiempo hasta el arranque de la semana de vísperas de la Feria (la primavera consume en nuestra tierra toda la atención), mientras ignoraba por completo el 19 aniversario de la inauguración de la Exposición Universal de 1992, el evento –por usar la terminología de aquella época– que impidió que nos hundiéramos en el más absoluto de los subdesarrollos.

Efectivamente: un 20 de abril de hace ahora 19 años se abrían en la Isla de la Cartuja las puertas de la Muestra Universal. Como en Sevilla casi todos los hechos tienden a filtrarse bajo el prisma de los sentimientos, de aquella mítica fecha, además de las evidencias del paso del tiempo, que es inmisericorde, buena parte de los sevillanos conservamos aún la sensación agradable que consiste en la evocación de los ratos pasados en la Cartuja (irrepetibles, porque muchos no han vuelto a pisarla desde aquellos días) y la añoranza de los símbolos (la mascota, los días nacionales, los conciertos, los pabellones) que todavía nos recuerdan que en aquellos momentos Sevilla se sintió de nuevo (otra cosa es que realmente lo fuera) capital de sí misma.

Teniendo en cuenta que estamos en una ciudad que presume de ser madre y maestra en la recreación artística de la muerte de Cristo (acontecida en Palestina hace más de veinte siglos), resulta harto llamativo que no seamos capaces ni siquiera de evocar discretamente hechos muchos más cercanos a nuestra historia que sucedieron hace menos de veinte años.

Sin ignorar los beneficios económicos que las tradiciones suministran al sector turístico local (una de nuestras escasas industrias), lo cierto es que la Expo 92 no tiene ya quien le escriba. Ni cuenta con pregoneros (porque no ha vuelto a repetirse) ni los historiadores locales han sido lo que se dice generosos a la hora de estudiar su repercusión real. La añeja retórica hispalense, que ante el pavor de perder sus viejas jerarquías decidió ignorar la Muestra Universal antes, durante e incluso después (en ciertos casos) de su celebración, nunca quiso hacer protagonista de la posteridad a un evento que se planteó como exógeno a Sevilla, pero que con la distancia adquiere más importancia que cualquier otra conmemoración a la que tan dados somos los indígenas de la tierra.

La Exposición Universal evitó que nos hundiéramos en el Tercer Mundo y, durante unos años, permitió que pudiéramos soñar con estar ligados (aunque de forma humilde) a las economías modernas. No logró sin embargo salvarnos de nosotros mismos: si casi dos décadas después de su inauguración en Sevilla aún tenemos graves problemas de cohesión social (la ciudad interna) y nuestra imagen económica sigue anclada en los mismos viejos tópicos de siempre (la ciudad externa) se debe –sospecho– fundamentalmente a nuestra forma de ser. A la personalidad de nuestras élites, tan obsesionadas con las viejas estirpes de conveniencia, y a la escasa exigencia general de una ciudadanía que todavía no ha asumido que el desarrollo económico requiere siempre sacrificio, trabajo y eficacia, más que pregones, funciones principales de instituto y ciertos actos de vanidad social.

Sobre la Expo se sustentó el mito de un hipotética Sevilla moderna. Abierta al mundo. Universal. Un discurso que conectaba con lo mejor de la historia de esta ciudad pero que no hemos sido capaces de reinventar desde entonces. Basta mirar las cifras del desempleo, el deterioro de nuestro tejido productivo (débil y endogámico) y los habituales usos y costumbres locales para certificar que nuestro gran pecado no ha sido tanto no saber sacar partido al recinto que albergó la Muestra Universal (una Cartuja convertida en una sucesión de condominios empresariales cerrados a su propio entorno), sino no tener como horizonte colectivo la cultura de la modernidad que en cierto sentido nos mostraron hace ahora 19 años desde fuera de nuestras fronteras.

Antes del 92, Sevilla no era una ciudad contemporánea, por mucho que ciertos heterodoxos estuvieran (secretamente) al cabo de determinadas vanguardias. El 92 nos evitó el destino de convertirnos en una especie de Sicilia española (hermosa y cruel a partes iguales) pero desde entonces sesteamos en lo de siempre, sin sacar enseñanzas profundas de aquellos años.

El gobierno municipal saliente (PSOE e IU) ha querido ahora que se cierra su ciclo económico y político, con independencia de lo que suceda en las próximas elecciones locales, presentar su gestión de los últimos años como una réplica, con ciertas variantes, del espíritu reformista de la Exposición Universal. No hay caso. Con independencia del deseo personal de determinados políticos (Monteseirín, fundamentalmente), el contraste no resulta posible.

La Expo 92, de cuyo tema nadie se acuerda (en realidad su motivo era lo de menos), tuvo la virtud, a pesar de todos sus excesos (gestión económica, incrementos de coste, irregularidades de índole contable), de concentrar el enorme caudal de inversión pública (y privada) generada durante esos años en el esqueleto de la ciudad. En su columna vertebral: las infraestructuras. Una apuesta política que durante un tiempo permitió avanzar a toda la economía regional (no sólo a la sevillana) y que casi nunca valoran muchos de los ciudadanos que viven fuera de Sevilla, acostumbrados como están, casi dos décadas después, a continuar agitando las banderas del agravio centralista. Autonómico, en este caso.

La gestión municipal de los últimos tiempos, en cambio, ha concentrado todos los recursos económicos disponibles (que en esta ocasión no han venido de fuera, puesto que llevamos más de una década sufriendo un sostenido déficit inversor por parte del resto de las administraciones públicas que se intensificará en los años venideros) en la cabeza de la ciudad. Léase en el centro histórico, donde la imagen de transformación global es probablemente mucho más fácil de construir (esencialmente sobre la base de una serie de hitos arquitectónicos) sin que esto signifique necesariamente que los cambios aparentes de la última década en realidad sean tales ni, sobre todo, suficientemente profundos.

La gran asignatura pendiente del 92 (la cohesión social) todavía sigue sin resolver. No es raro que nuestra memoria sea tan caprichosa y reversible. Son recuerdos amargos. El mayor: ver cómo hemos terminado siendo muy distintos a lo que entonces soñamos ser.

Herencias efímeras

Carlos Mármol | 8 de junio de 2008 a las 10:46

Herencias efímeras

El saqueo de las pérgolas de la Expo 92, uno de los patrimonios más tangibles de la Muestra Universal, ilustra, por desgracia, la escasa capacidad de esta ciudad para reutilizar la herencia recibida de sus grandes proyectos

HABRÁ quien piense que se trata de un tema de índole menor. Más o menos de segunda división. No es el caso: a cualquier sevillano que se le pregunte por el largo caudal de herencias que la Expo 92 dejó en la ciudad –y en buena parte de Andalucía, aunque éste último es un factor que muchos se empeñan todavía en negar–, citará, entre otros ejemplos, el techo artificial que permitió que pasear por la Muestra no fuera, en una urbe tan inmisericorde en verano como es Sevilla, todo un ejercicio de alto riesgo. Las pérgolas de la Expo 92. Aparentemente, simple mobiliario urbano. En realidad, un notable ejemplo de minimalismo: conseguir lo máximo con lo mínimo. Una excelente idea con resultados magníficos.

Las pérgolas, que poblaron el recinto de la Cartuja durante toda la Muestra Universal, no tuvieron sin embargo mucha suerte en su corta existencia. Quedaron primero pudriéndose sobre la Isla durante los largos años en los que la ciudad deshojaba la margarita de cómo rentabilizar las inversiones recibidas en el 92. Después fueron retiradas.

Una parte de ellas fue trasladada a la entrada de la estación de Santa Justa –un edificio muy elogiado pero que no tuvo en cuenta el impacto del calor en su área exterior; caminar por el erial del gran intercambiador de transporte hispalense continúa siendo hoy día una odisea bastante poco amable– y el resto, al parecer, quedaron varadas en la Bancada de la Expo hasta que esta semana un grupo de chatarreros de origen rumano las empezaron a trocear, desmantelar y procesar para su posterior venta. Patrimonio público cuya reutilización debían de haber garantizado la Junta y el Ayuntamiento y que, igual que ha ocurrido con frecuencia pasmosa, al final es aprovechado justo por quien nada tiene dado el escaso interés demostrado por quienes son sus dueños.

Este episodio del saqueo de las pérgolas recuerda vagamente al affaire político de la cubierta de la Copa Davis, otro ejemplo más de cómo esta ciudad –sus gobernantes, pero también todos los ciudadanos– desprecia la inmensa potencialidad del patrimonio que hereda de los grandes proyectos. Esas mismas iniciativas estratégicas de las que tanto presumen después los políticos –el alcalde a la cabeza– en los discursos y en las presentaciones de los programas de gobierno. Sueños que se tornan pesadillas. O que se desvanecen.

Paradojas en clave sevillana: una ciudad que es capaz de vivir buena parte del pasado siglo discutiendo con obsesión el efecto de los grandes acontecimientos a los que sirve de marco físico –las dos exposiciones de la centuria recién ida; el sueño olímpico de los años noventa– pero que, al final, tiende a dejar sin barrer –en este caso sin reutilizar– el escenario de sus fiestas, mitificado acaso en el subconsciente colectivo. Pero totalmente olvidado.

No faltará quien considere que, por aquello de la constante renovación que marcan los tiempos, en realidad resultaba de todo punto absurdo conservar semejantes artefactos, cuyo valor económico se estimará limitado por su condición de simples estructuras con vegetación. Una opinión que suele dar por supuesto que el dinero de los contribuyentes puede gastarse cuantas veces haga falta para el mismo objetivo. A fin de cuentas, se tira con pólvora de rey. ¿Qué más da?

Pero lo cierto es que las pérgolas, parte esencial del programa de reforestación de la Expo 92, costaron a las arcas públicas 27 millones de euros de los de hace quince años. Una cifra nada despreciable y que, probablemente, no habría que volver a gastar si se hubieran cuidado, mantenido y repuesto en otra parte de Sevilla. O en la misma Cartuja, donde pasear continúa siendo aún todo un atrevimiento. Algo así como hacer una carrera agónica contra las vallas y los pasos vedados que han ido consolidando la privatización de la Isla. Un desierto para el paseante común; casi un oasis para sus actuales inquilinos.

¿Sostenibilidad?

En la Cartuja este vicio de dejar morir el patrimonio del 92 es tristemente cotidiano. Los ejemplos son tantos que constituyen un subgénero periodístico. Desde la muerte clínica de algunos de los grandes pabellones temáticos –el del Futuro o el de la Navegación, cerrados durante la mayor parte de la última década y media salvo en ocasiones especiales– al abandono de los canales, los jardines y los propios espacios públicos del recinto oficial, donde muchos ciudadanos fueron un día felices creyendo que su ciudad, aldeana en tantas cosas, universal en otras, por fin parecía capaz de moverse hacia adelante. Sin olvidar el telecabina, el monorraíl o el Omnimax, desmantelado con el silencio pactado de las administraciones públicas. La rentabilidad siempre manda sobre lo social.

No hay pues de qué extrañarse. La destrucción de las viejas pérgolas es un hito más en este camino hacia atrás de una urbe que llora los cielos que pierde –parafraseando el título de Romero Murube– pero que continúa muda y sin hacer nada por impedirlo. Una pequeña república en la que a los políticos se les llena la boca al hablar de sostenibilidad (obtener, con el mayor respeto por el entorno común, el máximo provecho de aquello que se ha recibido) pero que es incapaz de salvar simples estructuras de acero hilvanado. Pura arquitectura efímera. Así es Sevilla. Fugaz y estéril.