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Once sentencias, once años

Carlos Mármol10 de febrero de 2008 a las 7:44 pm
Once sentencias, once añosEl drama de Carmen Fernández, la madre de Iván y Sara, por cuya custodia luchó ante la Junta durante más de una década, demuestra la indefensión de los ciudadanos ante una administración de justicia lenta, endogámica e ineficaz

Suele decirse que la justicia que se aplica demasiado tarde deja de ser justicia. Platón, bastante más descreído, no daba siquiera opción a la duda: “Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte”. Basta con retrotraerse al juicio que le hicieron a Sócrates en el aerópago de Atenas -escenificado con todo detalle en el diálogo Apología, un tratado sobre la dignidad y la coherencia que es necesario mantener precisamente en esos momentos de zozobra- para darse cuenta de cómo demasiadas veces detrás de lo que aparenta ser un proceso justo se encuentra, furtiva y agazapada, la fría trampa de la venganza personal.

Algo así parece haber pasado en la historia de Carmen Fernández, la madre de Iván y Sara, los dos menores sevillanos cuya custodia le retiró la Junta de Andalucía en 1996 por sus problemas de alcoholismo. Su progenitora, tras su rehabilitación, emprendió una lucha judicial sin descanso por recuperar a sus vástagos -dados ya entonces en preadopción a otra familia de Dos Hermanas- que jamás ganó, aunque un sinfín de sentencias -hasta once distintas- le dieran impuntualmente la razón. La última, del Tribunal Constitucional, esta misma semana.

“flores en un ataúd”

La victoria que buscaba esta mujer consistía en recuperar a Iván y Sara a tiempo para poder verlos crecer. Pero la justicia no le ofreció lo que su mismo nombre designa -dar a cada uno lo que le corresponde-, sino que intentó tapar sus errores -la dilación imperdonable del proceso durante once años, el irresponsable enfrentamiento entre sus ministros (los jueces) y su irritante tranquilidad ante una tragedia humana que clamaba al cielo- mediante una indemnización económica para “compensar” precisamente su confeso y negligente proceder. ¿De qué le sirve a nadie pedir justicia si ésta no es capaz de funcionar?

Algunos, incluidos los jueces, todavía creen que todo puede compensarse con dinero. Incluso la maternidad robada. Carmen Fernández murió hace apenas dos meses víctima de cáncer. Su abogado, , ha estado líricamente certero al explicar lo que significa el último fallo del Constitucional: “apenas un ramo de flores en su ataúd”. Porque incluso la indemnización a la que tenía derecho como única compensación, cifrada por la Audiencia de Sevilla en 1,7 millones de euros, se le retuvo gracias a unos y otros -el juez de familia que alargó el proceso hasta en seis ocasiones; la Consejería que le retiró a sus hijos y alegó contra dicho pago justo un día después de decir lo contrario- hasta que el tiempo, que no se detiene ni tropieza, como dijera Quevedo, ha terminado dejando casi sin sentido a la propia indemnización. Se inicia ahora otro culebrón sobre cuál será el destino de este dinero, que teóricamente debería ser para sus hijos (los legítimos herederos) pero que -tremenda y asombrosa paradoja- puede terminar siendo administrado en parte por la familia a la que la Junta de Andalucía entregó los menores en 1996 debido a su aspiración de ser reconocida como tutora de -por lo menos- uno de ellos. Ni la mente más cruel podría haber diseñado con esta precisión semejante trama. Pero no es una artificiosa ficción. Es la realidad desnuda.

La ardua batalla de Carmen contra el sistema que, en teoría, debía de haber velado por sus derechos -las distintas administraciones y los intereses, no siempre del todo confesables, que las mueven- tiene, desgraciadamente, cierto halo heroico. Quizás lo que mejor la defina sea su pathos: esa voluntad por seguir adelante a pesar del constante intento de los adversarios de sembrar la duda sobre su figura. Si según los tratadistas clásicos los atributos de cualquier héroe trágico -frente al modelo instaurado en la épica- son la soledad, la constancia, el dolor y la fe, lo cierto es que todos ellos encajarían a la perfección con su figura. Estuvo sola, salvo por su abogado, en su sostenido intento por que se le hiciera justicia. Persistió en su lucha a sabiendas de que se trataba de una liza desigual y padeció además heridas por partida doble -al mantener el pulso contra un poder judicial e institucional que no quería escucharla- con el cáncer sobre su cabeza y la amputación anímica que suponía no volver a ver a sus hijos, algo que jamás comprenderán quienes no son padres. Acaso sólo le faltara la fe. No es de extrañar.

sobre las disculpas

Con todos estos antecedentes, resulta obsceno contemplar cómo el juez y la Junta todavía siguen -a estas alturas- culpándose mutuamente de la singular dilación del proceso -cada parte trata así de salvar los muebles sin hacer el menor atisbo de autocrítica- mientras a todos los demás, espectadores involuntarios, se nos hiela la sonrisa. Hasta el presidente de la Junta ha salido esta semana a perdir perdón “por si la Junta hubiera cometido algún error” en este caso. La misma forma verbal, el pluscuamperfecto de subjuntivo, resulta llamativa. ¿Todavía no está claro quién se equivocó? ¿Aún hay que discutir quién reincidió en el error de manera cerril después de que quedase claro hasta en once ocasiones la verdad última de los hechos? Oscar Wilde lo dijo con exactitud meridiana: “Una justicia llevada demasiado lejos termina transformándose en la peor injusticia”.

Ni en tiempo ni en forma

Carlos Mármol27 de enero de 2008 a las 9:00 pm
Ni en tiempo ni en forma. Cárlos MármolEl sobrecoste de las obras de la línea 1 del Metro, que supera ya el40%del presupuesto oficial anunciado en su día, unido al retraso en los trabajos, es la mejor metáfora de la capacidad de gestión de la Junta de Andalucía.

No está claro si es por suerte o por desgracia (unos tendrán una opinión; otros, justo la contraria), pero lo cierto es que es una realidad indiscutible: el Metro de Sevilla –la línea1;el resto aún son meras entelequias electorales– se terminará bastante más tarde y a un coste sustancialmente más elevado de lo que en origen de prometió. Nada trágico, obviamente, pero sí relativamente grave si se tiene en cuenta que la administración promotora de este transporte público –la Junta de Andalucía– cada cierto tiempo se encarga de recordarnos a todos que los efectos de su gestión convierten a Andalucía en una comunidad imparable que da el máximo en cuanto proyecto se propone, por difícil que éste sea. Es el peligro que tienen los lemas publicitarios: suelen volverse contra aquel que los lanza, como boomerang, si no son capaces de mantener en el tiempo un mínimo de credibilidad. O si la conducta de su promotor no guarda cierta coherencia con su discurso. Ya lo dijo hace mucho tiempo el clásico: una cosa es predicar; otra, dar trigo.

Tres décadas tarde

El Metro, que en Sevilla llega más de tres décadas tarde –no así en otras ciudades andaluzas–, es, a efectos de historia local, todo un culebrón. Primero, por los agrios episodios que provocó el antiguo proyecto, enterrado por los socialistas hace años; después, en esta segunda etapa, por las dificultades existentes para poner en pie una iniciativa que la ciudad, por su tamaño y sus necesidades, debía de haber tenido en marcha hace décadas. En este último capítulo se enmarca el serial sobre la construcción de la línea 1, en el que ha ocurrido casi de todo: socavones, hundimientos de calzada, tuneladoras sin dientes y un sinfín de anécdotas mayores y menores, entre las que se encuentra la falta de compromiso con el calendario y la falta de rigor en materia presupuestaria, porque, aunque la obra dependa de un consorcio de empresas privadas, no hay que olvidar que se trata de una concesión administrativa cuyo billete se subvenciona con dinero de todos los contribuyentes.

Se dirá que muchas de las razones que explican estos dos talones de Aquiles del proyecto –su coste y su dilatado plazo– son perfectamente justificables. En el primer caso, por las mejoras introducidas en el proyecto original. En el segundo, dados los requisitos de seguridad que necesitaba el proyecto por su complicación. Ambos argumentos, al menos, son los que ha usado en su versión oficial el Gobierno andaluz a la hora de dar explicaciones. Con independencia de las evidencias –siempre será mejor un Metro seguro a uno inseguro y un ferrocarril urbano con un trazado ciudadano en lugar de uno dibujado por los políticos en los despachos–, ambos argumentos pueden volverse del revés como un calcetín. Esto es: si ha sido necesario modificar una y otra vez el proyecto original acaso se deba a que éste se diseñó mal en origen; asimismo, si las medidas de seguridad han dilatado tanto las obras, puede deberse a que, a la hora de su concepción técnica, se fue extremadamente ligero en estas cuestiones. No estamos hablando de los imponderables inherentes a una iniciativa de tanta envergadura –una gran obra civil–, sino a una forma muy singular de plantear un proyecto que, al cabo, aún no ha cumplido ninguna de las expectativas abiertas cuando se prometió a los sevillanos que contarían con un metropolitano moderno, europeo y ejemplar.

En los tiempos que corren, las buenas intenciones no sirven para hacer política. Es más: resultan bastante cuestionables. La demanda ciudadana a este respecto es absolutamente pragmática: después de tres decenios oyendo promesas y buenas palabras por parte de los políticos, es lógico que la gente reclame hechos. Y los hechos consistían en hacer la mejor obra posible, en el menor plazo y a un coste económico razonable. Sencillamente: ser capaz de cumplir las propias previsiones. Un ejercicio de rigurosidad que, dadas las evidencias puestas sobre la mesa, la Junta no parece en condiciones de cumplir.

Sobre la politización

Porque, si el Metro que todavía está en obras se ha encarecido un 40 por ciento más (hasta los 600 millones de euros) sólo puede responsabilizarse de tal situación a la Junta, que es la que ha terminado fagocitando al Ayuntamiento tras la difícil génesis de la obra, cuya realización fue la contraprestación exigida en 1999 por el PA para darle la Alcaldía a Monteseirín. Si entonces el Metro era cosa de dos instituciones –Consistorio y Gobierno andaluz– y de dos partidos –andalucistas y socialistas– pronto quedó claro que el PSOE terminaría devorando todo el escenario político. Así, el gobierno local pasó a un segundo plano –el alcalde se centró en el tranvía ante la situación de la línea1–ylos andalucistas terminaron siendo incapaces de rentabilizar electoralmente su impulso. Todo quedó en manos de la Administración autonómica. Si entonces los socialistas parecían haber conseguido la jugada maestra de rentabilizar públicamente un Metro en el que jamás creyeron –así lo demuestra la historia– parece justo que ahora que las cosas van regular no oculten la verdad bajo los habituales paños calientes. El Metro estará, pero ni en tiempo ni en forma. Ésta es la única verdad. Todo lo demás no son más que gaitas.

Sensación de desconfianza

Carlos Mármol13 de enero de 2008 a las 6:48 pm
Sensación de desconfianzaLos comerciantes sufren un descenso de ventas en la campaña de Navidad del 20%y confían en las rebajas para levantar cabeza mientras el paro se coloca, según un estudio, a la cabeza de las preocupaciones de los sevillanos.

Hay quien dice que la economía, entre otros factores, funciona esencialmente debido a una larga cadena de confianzas individuales. Una suerte de certeza relativa y extendida que, como casi todo en la vida, parte en origen de personas concretas para terminar siendo lugar común –durante un cierto tiempo y en determinadas circunstancias– para toda una colectividad. En términos literarios, acaso el símil que mejor permitiría explicar tal fenómeno sea el mismo que hace que una narración funcione: la verosimilitud. Al igual que una pieza literaria no se sostiene si ésta no resulta creíble –incluso la mayor fantasía, en su contexto interno, debe ser razonablemente cierta– la maquinaria económica que impulsa el mundo contemporáneo, en especial en estos tiempos de globalización integral, no tira igual si falta lo que los analistas denominan “confianza en el futuro”.O en el presente, en su defecto. ¿En qué reside esta sensación? Esencialmente en la creencia, basada en elementos razonables, de que el día de mañana será algo mejor que el de hoy. Una especie de máxima ilustrada consistente en profesar que casi todo es susceptible de progresar. Que el mundo, en términos macroeconómicos al menos, va a avanzar.

La cadena rota

A veces, sin embargo, esta cadena se rompe. Entonces, según los expertos, es cuando el castillo de naipes que muchas veces parece ser la economía, una ficción con múltiples exégesis, empieza a quebrarse. Que se derrumbe del todo o no –que se produzca una verdadera crisis– es ya otra cuestión, pero lo cierto es que la mera creencia en aquello que dejara escrito Ferlosio en un ensayo –Vendrán años peores y nos harán más ciegos– basta para estropear las cosas y empezar a extender el mal aire de que más pronto que tarde se van a pasar apuros.

Esta semana en Sevilla, que lógicamente no es ajena a los conflictos del orbe por mucho que algunos todavía sueñen con el paraíso provincial de la infancia al sevillano modo, se han producido dos episodios que ponen de manifiesto, sin llegar al drama, que el optimismo ciudadano sobre el futuro empieza a virar con fuerza en relación a los tiempos previos, caracterizados por cierta seguridad de que la vida iría a mejor.

Uno es el cierre de la campaña comercial de Navidad. Al decir de los comerciantes –cuyo peso económico es considerable en la ciudad pero no siempre se corresponde con las condiciones laborales mínimas; de hecho, tienen un conflicto planteado a este respecto– el descenso en las ventas ha sido notable. De orden del20porciento.Una cifra elevada, en especial en un periodo –el final de año– en el que debían generarse ingresos con relativa facilidad debido al consumismo que inunda la vida, las calles, la existencia. El parón en las ventas, según la impresión de los propios afectados, no se debe ni a la peatonalización –más bien al contrario; ésta ayudó a que la caída fuera relativa– ni a ninguno de los conflictos que el gremio mantuvo en los últimos tiempos con el Consistorio. Más bien parece obedecer al encarecimiento de las hipotecas –el euríbor galopante– y a la inflación –un 4,3 en un año– registrada por el petróleo y el alza de los alimentos básicos. Tiene lógica: uno primero paga el techo y llena el estómago. Después, si tiene margen de endeudamiento –contar con liquidez es ya un milagro– acaso pueda plantearse otras alegrías, aunque a muchos éstas les parezcan disgustos más que placeres.

El segundo elemento que viene a confirmar esta tendencia es el estudio socieconómico presentado por la Fundación Antares. Pese a su limitado limitado ámbito –440 encuestas hechas a las puertas de la Navidad– el dibujo que ofrece apunta a una alteración en la escala de preocupaciones ciudadanas. Un cambio de perspectiva que tiene bastante que ver con la confianza en el futuro, aunque –según los autores del informe– la visión de los sevillanos todavía se refiera más a su entorno que a ellos mismos, algo que, por otro lado, es normal. Uno ve que las cosas malas –ruinas, muertes, desgracias– le suceden primero a los demás. Cuando a uno le llega la hora de enfrentarse a todas estas cuestiones siempre resultan ser como cosas inesperadas, aunque en ocasiones sean más que previsibles.

El paro, a la cabeza

Pues bien, la lista de los miedos ciudadanos está encabezada de nuevo por el desempleo. Hasta el punto de que la inseguridad, que durante la última década ha sido la principal queja de los sevillanos, ha pasado ya a un segundo plano. Siendo cínico bien podría decirse que el augurio del alcalde de llegar al pleno empleo en 2012– hecho cuando el Plan Estratégico de Sevilla recién amanecía– va a cumplirse pero a la inversa. Aunque la situación tiene otras ventajas para Monteseirín: las obras han dejado de ser un problema dramático. Será porque se ha bajado el ritmo y, como muestra el retraso de dos años que sufre la Encarnación, y la dilación que también se produce en la Alameda, todavía queda pendiente mucho de lo iniciado. Las cosas, resulta obvio, están cambiando. La rueda del progreso gira en sentido inverso al que traía. La Junta –por boca del consejero de Empleo– dice que lo del paro en Sevilla es más una sensación que una realidad. Pero en economía las sensaciones cuentan. Y mucho. ¿O acaso no es precisamente una agria sensación esta desconfianza?

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

  • Tevoyadisirunacosa

    Bien tobarich, tú lo has dicho, esto es obsceno, impracticable como las obras de Hytasa, una...

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    Yo personalmente me río de esas mediciones. Me imagino que a las viviendas que están pegadas a la...

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