El ensimismamiento judicial
La profunda crisis que el caso Mari Luz ha abierto en la Justicia nacional, y en especial entre los jueces sevillanos, denota cómo la burocracia, con una lógica ajena al sentido común, termina por no dar servicio a los ciudadanos
Es sabido que el ejercicio de la Justicia, casi desde su nacimiento, no tiene demasiada buena prensa. “Tengas pleitos y los ganes”, decía el clásico refrán castellano. Antecedentes al respecto existen miles: desde la célebre causa contra Sócrates celebrada en la colina del Aerópago de Atenas –donde la coherencia del acusado chocaba con las expectativas del tribunal– a los famosos escritos de Montaigne y Quevedo sobre este particular. Todos ellos vienen a coincidir en un mismo punto:no es la profusión de leyes, ni toda la escenografía y teatralidad que resulta casi inherente a la propia función judicial, la que garantizará a las víctimas de afrenta que se les haga justicia. Más bien al contrario. Llegan a estorbar.
Errores judiciales
Tal reflexión cobra especial interés al calor de la crisis abierta en el corazón de la judicatura sevillana –y por extensión en el ámbito judicial nacional– a raíz del llamado caso Mari Luz, la niña de Huelva presuntamente asesinada por Santiago del Valle, un reo –ya está preso– que, supuestamente, cometió tal delito en un momento en el que, si el sistema judicial hubiera funcionado de forma correcta, habría tenido que estar en prisión por los abusos previos que cometió contra su propia hija. Un dato desgraciado que da alas a los que creen que la Justicia es más un ceremonial huero que un instrumento efectivo para dirimir los litigios ciudadanos.
Habría, en primer lugar, que evidenciar lo obvio: el responsable esencial del caso Mari Luz, si así lo ratifican los jueces, que todavía tienen que ver la cuestión en profundidad, es aquel que la mató. Dicho esto, resulta, en todo caso, harto ilustrativo de cómo están las cosas en la Justicia patria el largo rosario de errores judiciales –por ser suaves– que, uno tras de otro, sumados entre sí, han ido creando las condiciones necesarias para que el teórico responsable de la muerte de la niña cometiera su vil acto. Y es justo esta sucesión de dejaciones, en la que están implicados todos los estamentos de la Justicia –Juzgado, Fiscalía, Audiencia y Junta de Andalucía–, la que resulta reveladora de las carencias, conductas y vicios existentes a la hora de ofrecer un servicio básico no sólo para los ciudadanos, sino para la propia democracia. Que la Justicia llegue tarde, como suele decirse, termina quebrando su propia función de apaciguadora social. Pero que, como parece haber ocurrido en este caso, ni llegue a tiempo y, al ser descubierta, tampoco ofrezca más que formalismos a modo de excusa para tratar de justificar su falta de efectividad no deja de causar entre la gente del común el mayor de los pavores, al quedarse sin instancia alguna donde recurrir ante un problema jurídico de gravedad. De la orfandad judicial a la reinstauración de la ley del talión apenas hay un paso. Y algunos están deseando darlo.
El debate necesario, de todas formas, no consiste en si hay que restaurar la cadena perpetua, como en algunos sectores se empieza a sugerir. No es la ausencia de leyes ni de instancias jurídicas lo que ha dado lugar a la crisis actual, sino más bien lo opuesto: la proliferación de órganos que no funcionan bien, que se contradicen entre sí o que –sencillamente– se limitan a atender sólo aquellos asuntos de su agenda de trabajo que entran por escrito o, como ocurre en el caso del Ministerio Público, que llegan recomendados por directriz superior. Aparece así una Justicia ensimismada, no ciega sino con orejeras, que frente a las evidencias y al sentido común –los hechos reales que ocurren, entre ellos los que aparecen en la prensa seria– se limita a mirar a otro lado para seguir tramitando los expedientes previstos sin más iniciativa que la derivada de los ritos del orden burocrático por el que se rigen todas las administraciones desde las que nos gobiernan. Organismos que no dejan de crecer en función de las componendas políticas.
Sentencias sin ejecutar
Esta inmensa maquinaria judicial y de papel –sólo en Sevilla los juzgados penales tienen 7.000 condenas firmes sin ejecutar– vive de esta forma su propia existencia, ignorando lo que ocurre en la calle y, a veces, lo que le pasa a la gente. De ahí que se sucedan a diario situaciones asombrosas, calificadas de ordinarias por cualquier conocedor del orbe judicial, como que los magistrados dejen sin aplicar durante años los fallos que ellos mismos imponen –el caso del juez Tirado es uno más de los miles que existen; no existe pues razón alguna para convertirlo sólo a él en cabeza de turco cuando el problema es del sistema judicial al completo–, que a los condenados se les entregue la orden de ingreso en prisión como si se tratara de un billete del AVE –no todo el mundo va a la cárcel por su propio pie– o que los sistemas informáticos de policía y juzgados sean completamente incompatibles. Ante este cúmulo de paradojas, oír a los políticos hablar de estatutos de autonomía, de urgentes reivindicaciones nacionalistas o de la necesidad de impulsar iniciativas legislativas para resolver asuntos que sólo son fruto de su nefasta gestión causa cierta vergüenza ajena. Se constata así aquello que dejara escrito Francisco de Quevedo en sus célebres Sueños: “En los tiempos pasados, la Justicia estaba más sana y tenía muchos menos doctores”.



