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Misivas sinfónicas

Carlos Mármol27 de Diciembre de 2009 a las 3:07 pm

Todos los regidores democráticos de Sevilla se han puesto de acuerdo esta semana para reclamar al actual alcalde que no recorte las subvenciones que el Ayuntamiento destina a la Orquesta Sinfónica de la ciudad.

SOSTENÍA Marco Tulio Cicerón, senador romano, ilustre abogado y escritor, que no existe en el mundo nada que sea tan increíble que el ejercicio correcto de la oratoria no pueda transformar, de una u otra manera, en una cuestión aceptable. Una manera algo cínica, la verdad, de destacar la utilidad de las palabras. Sobre todo en política, donde el arte de saber argumentar se antoja requisito básico, aunque la realidad, en especial en Sevilla, prácticamente lo desmienta a diario. Los italianos, como siempre, resumen esta misma idea de forma más poética: se non è vero, é ben trovato. Es cierto. Aunque no sea del todo verdad lo que se afirma, si se presenta con cierta astucia, las cosas terminan casi por parecer lo que no son. O lo que son.

De tales consejos se desprende la necesidad no tanto de ocultar ciertas cuestiones –al final, casi todo se termina sabiendo–, sino de presentarlas de tal manera que su impacto sea menor, soportable. Incluso agradable. Cada uno elige a posteriori el nivel de lectura que le resulte más conveniente. El gobierno municipal de Sevilla no es precisamente habilidoso a la hora de realizar este ejercicio. Es cuestión de carácter. Como es sabido, ni la pedagogía ni la convicción expresiva son parte de sus fortalezas. Y, siguiendo con los clásicos, el carácter acostumbra a ser el propio destino. O casi.

El recorte de fondos

Un ejemplo ilustrativo de esta carencia lo ha protagonizado Maribel Montaño, responsable de Cultura, portavoz del gobierno local y presidenta de la TV municipal. Montaño, que formó parte de la Ejecutiva Federal socialista –este hecho explica en parte su inclusión como cargo no electo en el ejecutivo que preside Monteseirín–, anunció hace unos días que su departamento recortaría sustancialmente la aportación económica que destina a la Orquesta Sinfónica de Sevilla y al Teatro de la Maestranza. Su argumento era el habitual: la crisis no respeta nada. Ni vidas ni haciendas. Tampoco la cultura.

La noticia provocó la lógica preocupación en ambas instituciones –dos de los escasos referentes culturales de una ciudad que no tiene precisamente abundancia de ellos– y, sorprendentemente, motivó un hecho inaudito: todos los alcaldes de Sevilla durante la democracia –cuatro, de partidos políticos dispares– remitieron una carta conjunta al alcalde para que reconsidera tal posición.

MISIVA~1

Tras conocerse la iniciativa, hecha con toda la buena fe, Montaño calificó –por escrito– de “injustificada” la misiva y tildó la actitud de los ex regidores de “fuera de lugar”. Unos días después, en el foro institucional en el que se discuten estos temas –el Consejo rector del Maestranza–, el Ayuntamiento se reafirmó en su posición pero, sorprendentemente, no sólo negó la información de cuál será finalmente su aportación al teatro y la Sinfónica, sino que forzó una suerte de pacto de silencio –en el que participaron el resto de administraciones– para que este dato, clave para poder entrar a valorar con cierta seguridad su libre decisión, no saliera a la luz pública.

Es una mera cuestión de tiempo que se conozca. Los presupuestos, más tarde que pronto, debido a la delicada salud financiera del Consistorio, serán aprobados en Pleno. Y posiblemente haya quien entonces se tome la molestia de comparar dicha partida presupuestaria con la del año anterior. La ley les obliga a rendir cuentas. ¿Es inteligente esta actitud de no dar cifras? Objetivamente, no lo parece. Claro que lo sustancial en este caso, como en casi todo en la vida, radica más en la actitud que en los detalles. En el ánimo con el que se hacen ciertas cosas, que en las cosas mismas. Que las administraciones, cuyos recursos salen de los ciudadanos, manejen el dinero de todos con este grado de secretismo se antoja inaceptable. E ilustra la concepción de la política que aún rige en ciertas instituciones, quizás heredada del franquismo, cuando lo público y lo privado se confundían de forma constante. De nuevo, todo se reduce a una cierta mentalidad.

Una buena iniciativa

El gesto de los ex alcaldes merece un análisis propio. Es una excelente noticia para la ciudad, aunque acaso no para sus actuales dirigentes. En relación a los gobernantes del pasado siempre se corre el riesgo de caer en la adoración y el excesivo respeto derivado de la nostalgia. Del mero paso del tiempo. No es el caso. Cualquier tiempo pasado no fue forzosamente mejor, pero, dada la coyuntura en la que ahora se encuentra Sevilla, a veces lo parece.

El tono de la misiva –constructivo– es muestra de una forma de hacer política que, desgraciadamente, ya no se estila. Los ex alcaldes ofrecen su colaboración personal y desinteresada al actual regidor para salvar a la Orquesta Sinfónica del recorte, como símbolo de la vocación de Sevilla de no desandar el camino recorrido en su afán por mejorar. Que se sepa, el regidor no les ha contestado. Quien les respondió fue Montaño. No parece lo más adecuado. Monteseirín quiso en su día darles la medalla de la ciudad. Rojas Marcos la rechazó. Los demás, la aceptaron. Fue un gesto honorable. Pero lo más honroso que pueden hacer por uno no es darle un galardón, sino, quizás, hacerle cierto caso.

Cuestiones líricas

Carlos Mármol15 de Marzo de 2009 a las 5:37 pm

La postura del gobierno local en relación al proyecto de la Casa de los Poetas, cuya sede iba a ser el convento de Santa Clara, ejemplifica cómo el poder político intentó patrimonializar algo tan privado como la cultura.

LA SITUACIÓN recuerda bastante a una vieja anécdota que se contaba en los tiempos en que el Ayuntamiento de Sevilla concedía su premio anual de poesía. Se abría una convocatoria, se otorgaba el galardón y se daba un cóctel. Cuando el autor preguntaba por la publicación de su obra (en teoría, parte del premio) el edil de turno, sinceramente atroz, le explicaba –con toda diplomacia, claro está: las formas son importantes– que en realidad ésta era una cuestión baladí. Lo trascendente no era el texto premiado (que o no se publicaba o se hacía en una de esas ediciones casi secretas e inencontrables de las administraciones públicas), sino sencillamente la fiesta, las imágenes y la apariencia. Vanitas se llama, en latín, la figura.

Sirva el ejemplo para ilustrar la tendencia, cada vez más intensa entre cierta clase política, de aparentar un interés superlativo por materias usualmente con buena prensa, pero a cuya atención, a la hora de verdad, no dedican ni un minuto. Sí acaso algunos segundos: los que demora hacer la correspondiente foto. En Sevilla, donde en los últimos tiempos ha surgido una polémica por la muerte de un proyecto tan minoritario –pero no por ello menos curioso– como la creación de una casa dedicada a los poetas, cuya sede iba a ser parte del convento de Santa Clara, nada parece capaz de cambiar esta pauta de conducta. Igual que ocurrió cuando el alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, anunció la remodelación de los terrenos de la Cruzcampo –donde una inmobiliaria prometía hacer un proyecto urbanístico de corte singular, con las mejores firmas de la arquitectura moderna–, en el caso de la Casa de los Poetas el patrón ha sido similar. A saber: se anuncia la iniciativa a bombo y platillo, se invita al promotor a sentarse en la mesa del poder –en el caso de Heineken, la inmobiliaria Urvasco; en el de la Casa de los Poetas, al escritor Francisco José Cruz, de Alcalá del Río– y, si la cosa marcha, se prepara una gran puesta en escena. Esta fase es la más costosa, pues implica traer a referentes de fuera de la ciudad para que respalden la idea.

En ambas situaciones, el centro de la imagen siempre es el político. Monteseirín se hizo una hermosa foto en el balcón consistorial con los grandes arquitectos de Urvasco –incluyeron en el grupo a Guillermo Vázquez Consuegra para no dejar tampoco fuera el usual discurso localista; como si la cultura no fuera apátrida y universal– y, en el caso del Convento de Santa Clara, el regidor llegó a retratarse con ilustres vates, entre ellos Juan Gelman, Caballero Bonald, Gonzalo Rojas y Antonio Gamoneda. Todos arropaban el proyecto. En ambos casos, una vez hecha la foto, como decía el célebre soneto de Cervantes, “fuese (todo) y no hubo nada”. Urvasco ha dejado colgado el proyecto de la Cruzcampo alegando el duro cambio de ciclo inmobiliario. Y todos los arquitectos de cinco estrellas, salvo Consuegra, que sigue en su estudio sevillano –donde siempre estuvo– luchando contra los elementos, se esfumaron. Sin dinero, al parecer, no es posible hacer arte.

En el caso de la Casa de los Poetas el asunto presenta un matiz diferente: en realidad, aquí nunca llegaron a existir los posibles. Al no estar el urbanismo de por medio –se rehabilitaba el convento, pero de él no se obtenía plusvalía económica alguna– la cosa nunca pintó muy segura y, una vez ido Marset, el anterior delegado municipal de Cultura, hacedor de todas estas cuestiones, y una vez presentado Monteseirín en sociedad como un alcalde obsesionado con respaldar la cultura, la nueva responsable del ramo, Maribel Montaño, todo un caudal periodístico, ha decidido dejar el asunto en barbecho. Su mayor error, acaso, no haya sido tanto haber desechado la vieja idea de crear un refugio para los poetas sin patria, sino más bien la fórmula elegida para justificarlo. Pues es el método, y no otra cosa, lo que ha generado la citada controversia.

Decir la verdad

Montaño podría haber elegido decir sencillamente la verdad. No en vano, es también portavoz del gobierno local. Recuerden a Rubalcaba: “Nos merecemos un gobierno que no nos mienta”. Pero, en lugar de ser sincera, optó por contar –en territorio amigo, sin preguntas incómodas– que aquel proyecto de poetas universales en realidad era poco menos que un geriátrico elitista de escritores retirados. Un coto cerrado que nadie podía respaldar. Tan simple como demagógico. Y sobre todo: incierto. Al día siguiente el promotor de la iniciativa, tan querido antes como prescindible ahora, tuvo que precisar que desde que presentó la idea aspiró a hacer un espacio abierto a los ciudadanos. Nada que ver con el obsceno pliego de descargo de Montaño. Curiosa situación: el poder político, una vez exprimida la buena prensa de la cultura, no tiene reparos en dejar al pie de los caballos a cualquier particular –en este caso, a Francisco José Cruz– para evitar confesar sus caprichos. Bien es cierto que esta cosas no pasarían si no hubiera tanto amor a las subvenciones y tanto miedo a la verdadera libertad, que como dijo Erich Fromm, tiene bastante que ver con la soledad. Los políticos utilizan a los poetas y a quien se tercie. Y éstos, ¿por qué se dejan utilizar?

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • Sevalber

    Muy interesante su análisis. En esta ciudad se habla con mucha facilidad de peatonalización, pero lo...

  • Ramón Espadas

    Enhorabuena por los dibujos tan poderosos que ilustran estos artículos. Creo sinceramente que...

  • Cesar Garcia

    Donde se puede obtener mayor información de esta nueva plataforma?? Estoy completamente de acuerdo con...

  • sevillano de adopción

    Algo no huele bien cuando es la Junta y no el Gobierno Municipal quien se lleva los laureles,...

  • Ricardo Marqués

    Solo aclarar que la Ordenanza de Circulacion de Peatones y Ciclistas no ha sido...

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