Misivas sinfónicas
Todos los regidores democráticos de Sevilla se han puesto de acuerdo esta semana para reclamar al actual alcalde que no recorte las subvenciones que el Ayuntamiento destina a la Orquesta Sinfónica de la ciudad.
SOSTENÍA Marco Tulio Cicerón, senador romano, ilustre abogado y escritor, que no existe en el mundo nada que sea tan increíble que el ejercicio correcto de la oratoria no pueda transformar, de una u otra manera, en una cuestión aceptable. Una manera algo cínica, la verdad, de destacar la utilidad de las palabras. Sobre todo en política, donde el arte de saber argumentar se antoja requisito básico, aunque la realidad, en especial en Sevilla, prácticamente lo desmienta a diario. Los italianos, como siempre, resumen esta misma idea de forma más poética: se non è vero, é ben trovato. Es cierto. Aunque no sea del todo verdad lo que se afirma, si se presenta con cierta astucia, las cosas terminan casi por parecer lo que no son. O lo que son.
De tales consejos se desprende la necesidad no tanto de ocultar ciertas cuestiones –al final, casi todo se termina sabiendo–, sino de presentarlas de tal manera que su impacto sea menor, soportable. Incluso agradable. Cada uno elige a posteriori el nivel de lectura que le resulte más conveniente. El gobierno municipal de Sevilla no es precisamente habilidoso a la hora de realizar este ejercicio. Es cuestión de carácter. Como es sabido, ni la pedagogía ni la convicción expresiva son parte de sus fortalezas. Y, siguiendo con los clásicos, el carácter acostumbra a ser el propio destino. O casi.
El recorte de fondos
Un ejemplo ilustrativo de esta carencia lo ha protagonizado Maribel Montaño, responsable de Cultura, portavoz del gobierno local y presidenta de la TV municipal. Montaño, que formó parte de la Ejecutiva Federal socialista –este hecho explica en parte su inclusión como cargo no electo en el ejecutivo que preside Monteseirín–, anunció hace unos días que su departamento recortaría sustancialmente la aportación económica que destina a la Orquesta Sinfónica de Sevilla y al Teatro de la Maestranza. Su argumento era el habitual: la crisis no respeta nada. Ni vidas ni haciendas. Tampoco la cultura.
La noticia provocó la lógica preocupación en ambas instituciones –dos de los escasos referentes culturales de una ciudad que no tiene precisamente abundancia de ellos– y, sorprendentemente, motivó un hecho inaudito: todos los alcaldes de Sevilla durante la democracia –cuatro, de partidos políticos dispares– remitieron una carta conjunta al alcalde para que reconsidera tal posición.
Tras conocerse la iniciativa, hecha con toda la buena fe, Montaño calificó –por escrito– de “injustificada” la misiva y tildó la actitud de los ex regidores de “fuera de lugar”. Unos días después, en el foro institucional en el que se discuten estos temas –el Consejo rector del Maestranza–, el Ayuntamiento se reafirmó en su posición pero, sorprendentemente, no sólo negó la información de cuál será finalmente su aportación al teatro y la Sinfónica, sino que forzó una suerte de pacto de silencio –en el que participaron el resto de administraciones– para que este dato, clave para poder entrar a valorar con cierta seguridad su libre decisión, no saliera a la luz pública.
Es una mera cuestión de tiempo que se conozca. Los presupuestos, más tarde que pronto, debido a la delicada salud financiera del Consistorio, serán aprobados en Pleno. Y posiblemente haya quien entonces se tome la molestia de comparar dicha partida presupuestaria con la del año anterior. La ley les obliga a rendir cuentas. ¿Es inteligente esta actitud de no dar cifras? Objetivamente, no lo parece. Claro que lo sustancial en este caso, como en casi todo en la vida, radica más en la actitud que en los detalles. En el ánimo con el que se hacen ciertas cosas, que en las cosas mismas. Que las administraciones, cuyos recursos salen de los ciudadanos, manejen el dinero de todos con este grado de secretismo se antoja inaceptable. E ilustra la concepción de la política que aún rige en ciertas instituciones, quizás heredada del franquismo, cuando lo público y lo privado se confundían de forma constante. De nuevo, todo se reduce a una cierta mentalidad.
Una buena iniciativa
El gesto de los ex alcaldes merece un análisis propio. Es una excelente noticia para la ciudad, aunque acaso no para sus actuales dirigentes. En relación a los gobernantes del pasado siempre se corre el riesgo de caer en la adoración y el excesivo respeto derivado de la nostalgia. Del mero paso del tiempo. No es el caso. Cualquier tiempo pasado no fue forzosamente mejor, pero, dada la coyuntura en la que ahora se encuentra Sevilla, a veces lo parece.
El tono de la misiva –constructivo– es muestra de una forma de hacer política que, desgraciadamente, ya no se estila. Los ex alcaldes ofrecen su colaboración personal y desinteresada al actual regidor para salvar a la Orquesta Sinfónica del recorte, como símbolo de la vocación de Sevilla de no desandar el camino recorrido en su afán por mejorar. Que se sepa, el regidor no les ha contestado. Quien les respondió fue Montaño. No parece lo más adecuado. Monteseirín quiso en su día darles la medalla de la ciudad. Rojas Marcos la rechazó. Los demás, la aceptaron. Fue un gesto honorable. Pero lo más honroso que pueden hacer por uno no es darle un galardón, sino, quizás, hacerle cierto caso.



