Realidades y percepciones
Los sevillanos llevan casi diez años quejándose en las encuestas y estudios de opinión de los mismos asuntos sin que la gestión municipal de PSOE e IU haya logrado reducir la percepción ciudadana de ninguno de ellos.
EN POLÍTICA casi siempre rige una extraña paradoja: a la hora de la verdad las cosas probablemente terminan siendo más como parecen ser, como son percibidas por los demás, que como realmente son de entrada. Al principio. Cualquier gobernante, por novato que sea en las tareas de mando, y por reducido que sea su poder, sabe que cuando la ciudadanía tiene una opinión más o menos asentada sobre algo, que sea ésta acertada o errada es lo de menos, lo primero que hay que hacer, antes incluso de cambiar las cosas, es intentar que dicha evaluación se modifique. Algo que acaso sea más trascendente en estos tiempos de política virtual, donde parece contar más el hecho de aparentar que se modifican o se atenúan los problemas que la capacidad real de solucionarlos.
Tal reflexión viene al caso de los datos presentados esta semana por el Centro Andaluz de Prospectiva en su tradicional barómetro sobre la ciudad. En líneas generales, dicho sondeo de opinión, al igual que otros muchos que se hacen de forma más o menos periódica, no arroja grandes sorpresas. Y ésta es, quizás, la gran noticia: pese a todos los intentos hechos desde las administraciones públicas, en especial desde el Ayuntamiento, por cambiar la percepción de la realidad (campañas de propaganda, discursos maniqueos, aparatosas puestas en escena) el juicio subjetivo de los sevillanos sobre la ciudad se mantiene en líneas generales inalterable. No cambia en demasía.
De donde se deducen dos posibilidades: o bien la omnipresente publicidad institucional del gobierno local (PSOE e IU) no sirve de mucho o, quizás, aunque esto obviamente debe ser la opinión de gente mal encarada y con maldad manifiesta, detrás del proyecto oficial de transformación de la ciudad no exista toda la solidez que se cree en la Plaza Nueva.
¿Cómo se explica en caso contrario que durante los últimos diez años los ciudadanos repitan como una letanía la misma lista de problemas sin que este síntoma haga reaccionar a los gobernantes? El barómetro señala de nuevo al tráfico, la seguridad ciudadana, la limpieza, la movida y la vivienda como los grandes pecados capitales de los gobernantes locales. El paro vuelve a ser contemplado como la principal desgracia de Sevilla, algo lógico en el contexto de crisis económica (el derrumbe en el que nos encontramos inmersos no era cuestión opinable, como dijo en su día Zapatero, sino una realidad que se intentó camuflar hasta que emergió la tramoya) en el que todo el mundo Occidental está atrapado.
La reiteración en la lista de los problemas de Sevilla destaca precisamente por ser, en líneas globales, la misma que se repite desde el inicio del siglo. Incluso desde antes. Y resulta más llamativa porque toca algunos de los asuntos en los que el ejecutivo que preside Monteseirín ha hecho más esfuerzos por modificar las cosas. O acaso por intentar cambiarlas. Una de dos: o los resultados ciertos no acompañan demasiado o la práctica totalidad de la ciudadanía es ciega a los grandes avances que, a tenor de la versión oficial de PSOE e IU, se han producido en estos años. Cada uno puede elegir la opción que prefiera a la hora de resolver dicha ecuación.
Asuntos pendientes
Porque el panorama bien podría decirse que es casi estático. Si el tráfico sigue siendo un conflicto a los ojos de los sevillanos será porque no se ha hecho todo lo necesario para solucionarlo o lo hecho (cambio de sentido en la ronda histórica, peatonalizaciones parciales en enclaves singulares de la ciudad) son reformas muy menores, por efectistas que a alguno les parezcan. Ya lo dejó dicho el aserto clásico: una golondrina rara vez hace verano.
Otro tanto pudiera decirse de asuntos como la inseguridad ciudadana (cuya amenaza seguirá a buen seguro creciendo debido a la oleada de atracos en supermercados y otros episodios en los que la crisis se mezcla con la violencia) o la movida juvenil, donde la existencia de una ley autonómica no ha servido de mucho sencillamente porque quien reclamó esta norma (el gobierno local) ha decidido aplicarla de forma caprichosa en función de su propia conveniencia política. Una elección que, además, cuesta a las arcas públicas una cantidad considerable de dinero tras las sentencias que los ciudadanos están obteniendo en los tribunales por, entre otras cuestiones, el ruido.
Más extraña es la aparición de las viviendas protegidas en la lista de problemas de Sevilla. En especial porque, con independencia de la habitual propaganda, en este campo el gobierno local sí ha modificado, al menos, la antigua política de gestión del suelo municipal que predominó a lo largo de los años noventa en el Ayuntamiento, aunque los frutos de tal decisión no podrán evaluarse más que a muy largo plazo, dado lo dilatados que son los procedimientos urbanísticos y el cambio de ciclo inmobiliario.
¿Por qué los sevillanos opinan lo que opinan si tanto hace y ha hecho el gobierno local, como dicen sus voceros, por cambiar las cosas? Probablemente porque no se ha hecho en realidad todo lo que se pregona o lo acometido, pese a la satisfacción oficial, se ha abordado de forma fragmentaria y desordenada, exigiendo alabanzas inmediatas en lugar de tratar de mejorar lo iniciado con buen tino. Acaso la mejor fórmula para que, al cabo, nadie termine de percibir cambio alguno.









