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Tempus fugit: Sevilla 2009

Carlos Mármol4 de enero de 2009 a las 4:34 pm

Sevilla inicia el nuevo año 2009 en la peor situación económica potencial desde 1993, cuando la última gran crisis reveló las debilidades del tejido productivo local. El paro subirá y las empresas lo pasarán bastante mal.

El año nuevo no trae buenas noticias. Ni siquiera permite hacer el ejercicio, con frecuencia estéril, pero humano al fin y al cabo, de soñar, siquiera por un momento, con una vida tranquila. El sentido del progreso, esa ficción mental compartida que consiste en creer que el mundo moderno siempre va a ir a mejor, es la primera víctima de casi todas las crisis económicas, que suelen ser el germen de otras dolencias sociales: crisis de pensamiento, filosóficas, psicológicas. Incluso generan cataclismos espirituales. Hasta guerras han llegado a provocar a la largo de la historia reciente las depresiones económicas, ese momento extraño en que parece que el tiempo se queda quieto de repente y el suelo sobre el que a diario pisamos se hunde.

Son tiempos raros. De arena. Una suerte de inmenso paréntesis en el acontecer de muchos (aquellos que pierden el empleo; o a los que se les hunde la empresa por la que luchaban) pero en el que, paradójicamente, no dejan de pasar cosas, aunque todas en el mismo sentido. A peor. Los analistas repiten desde hace meses que el factor clave para explicar lo que ocurre en el mundo es el concepto de confianza. El pilar de todo el sistema. Uno, disidente por carácter, lo ve de forma distinta: más que de confianza, habría que hablar de resignación. El mundo no avanza porque padezcamos la enfermedad del optimismo, sino por lo contrario. Estamos tan desesperados, somos tan frágiles antes las tormentas de la vida (la ruina, la muerte), que nos limitamos a remar en nuestra propia barca a falta de cosa mejor que hacer. A veces tenemos suerte y llegamos a puerto. Triunfamos. Otras nos hundimos gritando.

En Sevilla 2009 las cosas no pintan nada bien. Pese al espejismo de estos días de rebajas adelantadas (hasta de esto se quejan algunos comerciantes; decididamente éste es un gremio lleno de optimismo y confianza), con las calles inundadas de gente, bolsas por doquier y colas hasta en los estancos (fumar mata, pero una de las opciones de la libertad condicional en la que vivimos acaso sea elegir nuestra propia defunción), todos los indicadores económicos dibujan un panorama complicado para el año recién estrenado, víspera en el calendario del comienzo de la segunda década del siglo XXI. Un momento en la historia. El nuestro. Sencillamente porque no tenemos otro.

Uno no elige el tiempo que le toca vivir. Ni tampoco dónde. Tampoco, en los primeros años, a aquellos con quiénes va a cohabitar. Con el tiempo se tiende a pensar que la capacidad de elección personal crece justamente por ese sentido del progreso que muchos dicen compartir. No siempre pasa. Con frecuencia ocurre justo lo contrario: la suma de renuncias, desencantos y aceptaciones, a veces casi hasta la humillación, que implica la existencia reducen la libertad aún más. Hasta mínimos vitales. Todo contribuye, en teoría, a que la gente pueda elegir cómo debe vivir, pero es ilusión fútil: no hay elección posible si no existen alternativas o si éstas, objetivamente, son peores a los maderos que flotan en mitad de la tempestad. A los que estamos agarrados. Toda crisis es como una tormenta. Uno siempre se moja.

El mes de enero ha empezado en Sevilla, curiosamente, con lluvia. Los pantanos apenas sí lo han notado. Quizás porque el aguacero no es tanto hídrico, sino económico. Y se repite, al igual que ocurrió en 1993, cuando el repentino cambio de ciclo nos sumió en una caída económica, corta pero profunda, y el tejido productivo de la ciudad, de esa Gran Sevilla sobre la que Cervantes escribió un magnífico soneto con estrambote, incurrió en lo que pudiéramos llamar el síndrome del replicante. A saber: repetir la tendencia del devenir económico nacional pero con mayor énfasis. Por algo somos superlativos: cuando las cosas van bien, pregonamos que estamos mejor que los demás. Cuando nos van mal, nos suelen ir peor. Tardamos más en levantar la cabeza.

“Todo está parado”

Siendo esto así, como parece (y las cosas empiezan siendo justo lo que parecen), la parálisis en la que estamos sumidos desde hace meses, y que proseguirá durante 2009, no induce a la esperanza. La creación de empresas ha caído un 30%. El paro subió un 40% desde 2007. Pasamos ya del 15%. Vamos camino del 20% de desempleo. Las regulaciones de plantilla anuncian un horizonte sombrío. Los bancos han cortado el grifo. La gente ha dejado de consumir. “Están quietos”, dicen los expertos. “No se mueve nada”, lloran los comerciales. El tiempo, que tanto progreso prometía, parece haberse detenido. Aunque, sin embargo, en ningún momento dejan de suceder cosas: la morosidad sube, las letras dejan de pagarse y todo el mundo espera. Ni los funcionarios están del todo a cubierto: las administraciones públicas, que se nutren esencialmente de los ciudadanos, pueden llegar a tener problemas de liquidez, en especial dado el abuso histórico que los partidos han hecho de ellas.

Los latinos solían decir que el tiempo vuela (tempus fugit). Las hojas del nuevo calendario anual caen, pero todo sigue igual. La Gran Sevilla (el soneto de Cervantes era una inteligente burla, aunque algunos todavía no se han enterado y siguen adoptando dicha expresión como sinónimo de grandeza; algo falso) vivirá durante el nuevo año en mitad de un agujero negro. Feliz 2009.

Realidades y percepciones

Carlos Mármol28 de diciembre de 2008 a las 2:44 pm

Los sevillanos llevan casi diez años quejándose en las encuestas y estudios de opinión de los mismos asuntos sin que la gestión municipal de PSOE e IU haya logrado reducir la percepción ciudadana de ninguno de ellos.

EN POLÍTICA casi siempre rige una extraña paradoja: a la hora de la verdad las cosas probablemente terminan siendo más como parecen ser, como son percibidas por los demás, que como realmente son de entrada. Al principio. Cualquier gobernante, por novato que sea en las tareas de mando, y por reducido que sea su poder, sabe que cuando la ciudadanía tiene una opinión más o menos asentada sobre algo, que sea ésta acertada o errada es lo de menos, lo primero que hay que hacer, antes incluso de cambiar las cosas, es intentar que dicha evaluación se modifique. Algo que acaso sea más trascendente en estos tiempos de política virtual, donde parece contar más el hecho de aparentar que se modifican o se atenúan los problemas que la capacidad real de solucionarlos.

Tal reflexión viene al caso de los datos presentados esta semana por el Centro Andaluz de Prospectiva en su tradicional barómetro sobre la ciudad. En líneas generales, dicho sondeo de opinión, al igual que otros muchos que se hacen de forma más o menos periódica, no arroja grandes sorpresas. Y ésta es, quizás, la gran noticia: pese a todos los intentos hechos desde las administraciones públicas, en especial desde el Ayuntamiento, por cambiar la percepción de la realidad (campañas de propaganda, discursos maniqueos, aparatosas puestas en escena) el juicio subjetivo de los sevillanos sobre la ciudad se mantiene en líneas generales inalterable. No cambia en demasía.

De donde se deducen dos posibilidades: o bien la omnipresente publicidad institucional del gobierno local (PSOE e IU) no sirve de mucho o, quizás, aunque esto obviamente debe ser la opinión de gente mal encarada y con maldad manifiesta, detrás del proyecto oficial de transformación de la ciudad no exista toda la solidez que se cree en la Plaza Nueva.

¿Cómo se explica en caso contrario que durante los últimos diez años los ciudadanos repitan como una letanía la misma lista de problemas sin que este síntoma haga reaccionar a los gobernantes? El barómetro señala de nuevo al tráfico, la seguridad ciudadana, la limpieza, la movida y la vivienda como los grandes pecados capitales de los gobernantes locales. El paro vuelve a ser contemplado como la principal desgracia de Sevilla, algo lógico en el contexto de crisis económica (el derrumbe en el que nos encontramos inmersos no era cuestión opinable, como dijo en su día Zapatero, sino una realidad que se intentó camuflar hasta que emergió la tramoya) en el que todo el mundo Occidental está atrapado.

La reiteración en la lista de los problemas de Sevilla destaca precisamente por ser, en líneas globales, la misma que se repite desde el inicio del siglo. Incluso desde antes. Y resulta más llamativa porque toca algunos de los asuntos en los que el ejecutivo que preside Monteseirín ha hecho más esfuerzos por modificar las cosas. O acaso por intentar cambiarlas. Una de dos: o los resultados ciertos no acompañan demasiado o la práctica totalidad de la ciudadanía es ciega a los grandes avances que, a tenor de la versión oficial de PSOE e IU, se han producido en estos años. Cada uno puede elegir la opción que prefiera a la hora de resolver dicha ecuación.

Asuntos pendientes

Porque el panorama bien podría decirse que es casi estático. Si el tráfico sigue siendo un conflicto a los ojos de los sevillanos será porque no se ha hecho todo lo necesario para solucionarlo o lo hecho (cambio de sentido en la ronda histórica, peatonalizaciones parciales en enclaves singulares de la ciudad) son reformas muy menores, por efectistas que a alguno les parezcan. Ya lo dejó dicho el aserto clásico: una golondrina rara vez hace verano.

Otro tanto pudiera decirse de asuntos como la inseguridad ciudadana (cuya amenaza seguirá a buen seguro creciendo debido a la oleada de atracos en supermercados y otros episodios en los que la crisis se mezcla con la violencia) o la movida juvenil, donde la existencia de una ley autonómica no ha servido de mucho sencillamente porque quien reclamó esta norma (el gobierno local) ha decidido aplicarla de forma caprichosa en función de su propia conveniencia política. Una elección que, además, cuesta a las arcas públicas una cantidad considerable de dinero tras las sentencias que los ciudadanos están obteniendo en los tribunales por, entre otras cuestiones, el ruido.

Más extraña es la aparición de las viviendas protegidas en la lista de problemas de Sevilla. En especial porque, con independencia de la habitual propaganda, en este campo el gobierno local sí ha modificado, al menos, la antigua política de gestión del suelo municipal que predominó a lo largo de los años noventa en el Ayuntamiento, aunque los frutos de tal decisión no podrán evaluarse más que a muy largo plazo, dado lo dilatados que son los procedimientos urbanísticos y el cambio de ciclo inmobiliario.

¿Por qué los sevillanos opinan lo que opinan si tanto hace y ha hecho el gobierno local, como dicen sus voceros, por cambiar las cosas? Probablemente porque no se ha hecho en realidad todo lo que se pregona o lo acometido, pese a la satisfacción oficial, se ha abordado de forma fragmentaria y desordenada, exigiendo alabanzas inmediatas en lugar de tratar de mejorar lo iniciado con buen tino. Acaso la mejor fórmula para que, al cabo, nadie termine de percibir cambio alguno.

Los dígitos malditos

Carlos Mármol8 de septiembre de 2008 a las 11:46 am

Las cifras del paro en Sevilla, que ha crecido un 20% en apenas doce meses, afectando a todos los ámbitos del tejido productivo, quiebran las promesas de los políticos de alcanzar el pleno empleo en un horizonte inmediato.

SI en cierto momento alguno, cándido e ingenuo, llegó de verdad a creerse aquella milonga que decían los socialistas en plena campaña electoral –no existe una crisis económica en España–, lo de ahora probablemente le parezca una suerte de espejismo. Una ficción que termina derivando en certeza repentina. Aunque en realidad no es más que otro ejemplo de la obligada desconfianza con la que tendríamos que acoger las categóricas afirmaciones de casi todos los dirigentes públicos, cuyas confesiones en voz alta, por lo general, deberíamos que invertir, como los espejos cóncavos del libreto de Ramón del Valle Inclán, para atisbar cuál es la auténtica verdad: generalmente justo la contraria de la que pregonan desde el atrio.

Si no hay crisis, es que la ciudad en la que vivimos –o sobrevivimos– no se llama ni nunca se llamó Sevilla. Ni estamos en el año 2008. Ni, al asomarse a la ventana, uno atisba ese tránsito magnífico del tiempo que discurre entre el verano y el otoño; estación ésta virtual, casi imperceptible o inexistente, en la capital hispalense. Tan secular como cruel. Similar a un buen sueño que casi nunca nos dejan terminar a gusto porque, antes del fin, suena el maldito despertador. Y nos deja en lo mejor.

Si se diera por bueno el símil onírico, bien podría decirse que esta semana ha tenido bastante de pesadilla. Y no precisamente por las guerras púnicas entre los socialistas orgánicos y los críticos institucionales –asunto que ha marcado una parte de la semana–, ni por aquellos que, verdes como helechos, se estrenan en difíciles y desconocidas lides, ni por el horizonte revuelto que se adivina en el inicio del nuevo curso político, sino por los datos del paro que, en Sevilla, implican un sinfín de dramas encadenados cuya música todos jugamos a ignorar, probablemente como autodefensa, tanto como prestamos oídos a otras cuestiones mucho más banales. Casi triviales.

Suele decirse que detrás de cada parado hay una dura historia. Y es cierto: existencias similares a la de cada uno de nosotros que, sin embargo, casi ninguno quisiéramos vivir. No sólo por cuestiones económicas, sino vitales: el trabajo es lo único que permite alcanzar cierto grado de integración social. Sin él, además de pasar aprietos, lo que se quiebra es la frágil sensación de pertenecer a una colectividad.

Los datos del Inem

Los últimos datos del Inem –cuya función ha consistido casi siempre en hacer el cómputo del problema más que en resolver una mínima parte de la angustia de los desempleados– hablan de un incremento del 20% de paro en apenas un año. Un total de 23.602 nuevos inscritos en las oficinas de empleo, lo que coloca el número total de sevillanos parados en la cifra de 143.00 personas. Un dato que tira por tierra las usuales cantinelas sobre el pleno empleo y el avance tecnológico de Sevilla, donde lograr y conservar un puesto de trabajo bien remunerado resulta cada vez más difícil.

La debacle es general en casi todos los sectores del tejido productivo, lo que no deja mucho margen para el optimismo ni ayuda a buscar una alternativa clara en un horizonte cada vez más negro. En el caso de la construcción, que en general ha sido el motor que explica la bonanza de años anteriores –pese a sus evidentes costes sociales, porque cuando hay crisis se resiente el empleo y cuando no quien sostiene la rueda económica es el bolsillo de los hipotecados–, se puede hablar, sin exagerar, de una auténtica caída al abismo: los despidos aumentaron un 61% en relación al año anterior, cuando todavía el futuro parecía ser una hermosa hipoteca a cuarenta años.

Casi un tercio del total de desempleados pertenecen a la construcción, donde se han hecho fortunas hasta anteayer y del que han vivido las entidades financieras, el Estado, la Junta y los ayuntamientos. Sobre todo éstos últimos, que ahora claman contra el nuevo quebranto financiero al que van a ser sometidos por parte del Gobierno central, que se ha llenado la boca de hablar del pacto local y de la descentralización sin llegar a practicarla más allá del marco regional. Los municipios dicen ser los grandes perjudicados por este ¿repentino? bajón del ladrillo. Aunque lo cierto es que la mayoría incrementaron sus plantillas por motivos políticos y asumieron competencias ajenas para que muchos alcaldes pudieran presumir de gestión. La crisis los ha dejado descolocados, sin decorado en el que representar su función.

En el resto de ámbitos productivos, aunque sin llegar a la sima de la construcción, el incremento del desempleo ha sido este año de dos dígitos. Cercano al número mágico del 20%, salvo en la agricultura –parte del sector primario–, donde el paro subió casi un 40% en apenas doce meses. La contratación se ha hundido un 24% y la afiliación a la Seguridad Social cae un 1,3%, justo el mismo índice de incremento de los autónomos. Ante la falta de alternativas ciertas, los sevillanos que son despedidos persiguen su primera salida en el llamado autoempleo. Acaso no sea espíritu emprendedor alguno, sino pura y simple desesperación. De sobra saben los parados que, además de la condena de estar inscritos en las listas del Inem, su destino inmediato es padecer, ojalá que durante un tiempo breve, el más duro de los castigos: la soledad en mitad de la adversidad. Mala cosa.

El imán imperfecto

Carlos Mármol29 de junio de 2008 a las 12:45 pm
Sevilla y la poblaciónSevilla, que ha perdido la cuarta posición en el ranking demográfico nacional en favor de Alicante, no consigue atraer inmigrantes suficientes para mantener su estatus poblacional, consecuencia de su fragilidad económica.

DESDE los griegos, la ciencia viene estudiando el singular fenómeno del magnetismo. La propiedad de atraer a otro cuerpo, generalmente contrario, hacia sí. Aunque hasta el siglo XIX no se certificaron con detalle las propiedades reales de los campos magnéticos –ese misterio de la física que, deo gratia, todavía fascina a los niños–, este fenómeno, además de una suerte de magia razonable, funciona como metáfora posible para un sinfín de situaciones. Sobre todo a la hora de analizar el peso de un determinado territorio, o de una urbe, en relación a su entorno.

La evolución de las ciudades, en especial en los países pobres, prima desde antiguo la concentración de personas y mercancías. Para muchos ambos conceptos vienen ya a ser casi lo mismo. Combustible que quemar. Algunas urbes han ido convirtiéndose así en infinitas megápolis, universos paralelos con su propia lógica –a menudo cruel– donde la vida late con ritmo raro. A veces, incluso, con claros síntomas de arritmia. Las razones de tal concentración demográfica suelen ser crematísticas: cuando el entorno es yermo parece lógico que todo el mundo acuda allí donde se supone que el agua corre. A los oasis aparentes, aunque al cabo estén rodeados de un enorme desierto de carestía.

En los países con cierto nivel de renta esta tendencia no se ha invertido, aunque está algo más matizada. No se discute en cualquier caso la mayor: hasta la sociedad más estructurada tiende a funcionar con parámetros centralistas. O con ese neocentralismo que se sustenta en la feroz crítica del centralismo añejo. Sevilla, en relación a Andalucía, sabe bastante de este vicio que consiste en multiplicar las pequeñas patrias sobre la base de negar una previo que, generalmente, nos suele venir dada por la historia.

Sea como fuere, en las economías avanzadas también las urbes y los territorios tienden a la concentración. Si este movimiento de atracción entre las ciudades y los lugares está inmerso en estos tiempos en cierto cambio de escala –las urbes antiguas pierden peso demográfico, aunque siempre a favor de su entorno metropolitano, que es el nuevo centro que crece hacia el infinito– se debe, entre otros factores, a los avatares urbanísticos y a los condicionantes inmobiliarios, que extienden el tablero de ajedrez, pero sin cuestionar nunca el principio general: donde existen transmisiones económicas, y por tanto empleo y posibilidades de negocio, es justo donde inevitablemente va la gente. Salvo aquella minoría que, habiendo logrado la libertad económica, es dueña de elegir su lugar de residencia y su destino. También sus compañeros de viaje.

En los últimos tiempos, con la irrupción de la inmigración en nuestro entorno, los flujos de población han dibujado en España un mapa de diferentes centros a distinta escala con algunos vértices claros: Madrid, como capital, es el máximo punto de referencia; junto a otras ciudades y territorios suburbanos –el concepto de lo municipal hace tiempo que quedó diluido– como Barcelona, Valencia y alguna que otra área del Levante español.

Sevilla, tradicionalmente, ha sido parte de las estaciones menores de este mapa de carreteras por donde circula el dinero, la gente y las oportunidades. Sin embargo, en los últimos tiempos parece haberse quedado descolocada en relación a las demás áreas metropolitanas, que han ido creciendo más en población en relación directamente proporcional a sus posibilidades económicas.

Hace meses se encendió la luz de alarma. Esta semana los datos del INE lo han ratificado: la provincia de Sevilla ha perdido el cuarto puesto en el ranking demográfico español en favor de Alicante, que se ha colocado por detrás de Madrid, Barcelona y Valencia como cuarto territorio más poblado del Reino. La noticia, que de momento no ha tenido más consecuencias que las anímicas –es sabido que esta ciudad relativiza aquello que aparentemente le disgusta; el siguiente paso consiste en engullir lo extraño–, se explica en base al único factor posible que, dado el evidente contexto de baja natalidad, viene a marcar los movimientos demográficos: la población extranjera.

Escasa atracción

Mientras en otros puntos de España la concentración de inmigrantes –buscando trabajo y abriendo negocios– es notable, en Sevilla este parámetro está estancado. Acaso algunos piensen que este dato es positivo: la provincia no tiene aún que enfrentarse a hipotéticos problemas de integración de población foránea. Pero también tiene su reverso: si no atraemos población extranjera significa que perdemos plazas en relación a otros territorios españoles, pesaremos políticamente menos y, además, nuestra economía no es capaz de tirar al tiempo de nosotros y de los demás. Los extranjeros no pasan en Sevilla del 3%. El 80% de los empadronados en la provincia nacieron en su interior. Si un imán es justo lo que atrae a su contrario, Sevilla hace tiempo que se quedó sin carga.

Una ley sin agujeros negros

Carlos Mármol22 de junio de 2008 a las 4:30 pm

Una ley sin agujeros negros

La excepción tácita que el Ayuntamiento aplica en la Alameda de Hércules a la hora de hacer cumplir la ley autonómica que prohíbe beber en la calle demuestra la falta de coherencia de los responsables municipales

DECÍA Ortega y Gasset en su Meditación del Escorial, una de las magníficas conferencias recogidas en El Espectador, que el esfuerzo estéril suele conducir a la melancolía. Y debe de ser verdad: no hay nada más triste, aunque la depresión también cuente con sus líricos de esquina, que intentar lograr algo y, una vez tras otra, no hallar como respuesta más que el duro suelo de la derrota. Frío e inmisericorde. Sin embargo, y en esto radica la paradoja de la existencia, que es al mismo tiempo una determinada cosa y su contraria, en cierto sentido tampoco hay nada más noble que tratar de alcanzar un meta siendo realmente conscientes de la dificultad de conseguirla. Gestos heroicos, les llaman. Porque la nobleza no viene de cuna ni de estirpe, sino, como nos enseñaron los tratadistas del XVI, bebiendo de los clásicos, de los méritos propios.

El hecho de elegir cualquiera de estos dos puntos de vista sobre un mismo hecho –la lucha del hombre contra su destino, si nos ponemos estupendos; o sencillamente la dificultad de mantener cierta coherencia entre lo que deseamos y el sacrificio necesario para lograrlo– es uno de los elementos que marcan el carácter de una persona. Y de un grupo social. En este caso que nos ocupa –la no aplicación de la ley antibotellón en Sevilla– este colectivo es el gobierno local formado por el PSOE e IU.

El punto de partida es conocido. El Consistorio hace una excepción al aplicar esta norma del Parlamento andaluz en el barrio de la Alameda, donde las patrullas policiales encargadas de disolver las concentraciones juveniles no actúan hasta las cuatro de la madrugada, mientras que en otras áreas de Sevilla los dispositivos disuasorios comienza a trabajar a las diez de la noche. Atal situación se une la obsesión de PSOE e IU de utilizar la simbólica Alameda de Hércules como escenario para celebrar actividades políticas y actos de propaganda, en lugar de dejar que –como ocurre en casi todas las ciudades del mundo– sean los propios ciudadanos los que llenen de vida estas ágoras colectivas. Una práctica que se traduce en la celebración de todo tipo de ceremonias –unas excelentes; otras ridículas– en la cabecera Norte del bulevar, que ha dejado der ser una plaza pública para convertirse en una especie de atrio partidario.

Todos estos elementos, sumados al actual debate sobre la utilización de la Alameda como una gran terraza al aire libre –donde los negocios de hostelería patrimonializan buena parte del espacio de todos–, han terminado cansando a un grupo de vecinos que, reunidos esta semana en un cónclave improvisado, han anunciado que piensan acudir a los tribunales para exigir su derecho al descanso.

El Ayuntamiento, que hace apenas unas semanas ya perdió un litigio por la botellona anterior a la promulgación misma de la ley andaluza, no ha acertado aún a dar una respuesta seria a este conflicto, desatado además por él mismo dada su auténtica fijación por controlar un espacio urbano que tradicionalmente se ha asociado en el imaginario urbano a lo contestatario, a lo maldito. A cierta idea asilvestrada de la vida.

Primero negó la mayor –que las patrullas policiales fueran con retraso– sin aportar prueba alguna. Puesto que existe la contraria –este diario reprodujo en sus páginas la orden oficial de organización de la Policía Local– parece evidente que la edil del ramo, Nieves Hernández, debe tomar por estúpidos a los ciudadanos que leyeron dicho escrito. Y, de paso, dejó por mentirosos, además de a los periodistas, que es lo de menos, a sus propios agentes, que han ratificado tal instrucción. Casualmente, el efecto que buscaba –aparentar credibilidad– ha sido el contrario. La imagen de incapacidad ofrecida es evidente si se tiene en cuenta que, puesto que las pruebas existen, sólo hay dos conclusiones posibles: o la Policía Local no hace caso a las instrucciones municipales –lo que convierte en inútil la figura de esta concejala– o ella misma da directrices contradictorias con sus declaraciones. En cualquiera de ambos casos, un éxito.

El Consistorio –esta vez por boca del edil del distrito, Lolo Silva– sigue dando la impresión de que no considera la botellona un problema, cuando no incentiva directamente su celebración a diario en la misma puerta del centro cívico de las Sirenas o en el bulevar central, al organizar un sinfín de conciertos semanales –hay hasta 15 solicitades cada fin de semana para actos en distintos horarios– pagados con dinero público.

Hasta aquí los hechos desnudos. En este punto habría que recordar, empero, que PSOE e IU prometieron en su día no transformar la Alameda en un botellódromo al aire libre. Sencillamente tenía que recuperar una plaza. La ley antibotellón la reclamó –junto a otros regidores andaluces– Monteseirín. Dato que arroja una pregunta: ¿Por qué este ayuntamiento tiene esta extraña forma de ser incoherente? Acaso en el Consistorio exista quien crea que cumplir esta ley es, en el fondo, un esfuerzo estéril y, por tanto, inevitablemente melancólico. En tal caso, ¿por qué la reclamó en su día? Sería conveniente ensayar otra vía: afrontar el problema con los medios disponibles, que son los legales. Lo que no vale es decir una cosa y hacer la contraria. Disfrazar de tolerancia la incapacidad. Ninguna ley puede permitirse tener agujeros negros. Otra cosa es que haya gobernantes que no sepan aplicarla.

Herencias efímeras

Carlos Mármol8 de junio de 2008 a las 10:46 am

Herencias efímeras

El saqueo de las pérgolas de la Expo 92, uno de los patrimonios más tangibles de la Muestra Universal, ilustra, por desgracia, la escasa capacidad de esta ciudad para reutilizar la herencia recibida de sus grandes proyectos

HABRÁ quien piense que se trata de un tema de índole menor. Más o menos de segunda división. No es el caso: a cualquier sevillano que se le pregunte por el largo caudal de herencias que la Expo 92 dejó en la ciudad –y en buena parte de Andalucía, aunque éste último es un factor que muchos se empeñan todavía en negar–, citará, entre otros ejemplos, el techo artificial que permitió que pasear por la Muestra no fuera, en una urbe tan inmisericorde en verano como es Sevilla, todo un ejercicio de alto riesgo. Las pérgolas de la Expo 92. Aparentemente, simple mobiliario urbano. En realidad, un notable ejemplo de minimalismo: conseguir lo máximo con lo mínimo. Una excelente idea con resultados magníficos.

Las pérgolas, que poblaron el recinto de la Cartuja durante toda la Muestra Universal, no tuvieron sin embargo mucha suerte en su corta existencia. Quedaron primero pudriéndose sobre la Isla durante los largos años en los que la ciudad deshojaba la margarita de cómo rentabilizar las inversiones recibidas en el 92. Después fueron retiradas.

Una parte de ellas fue trasladada a la entrada de la estación de Santa Justa –un edificio muy elogiado pero que no tuvo en cuenta el impacto del calor en su área exterior; caminar por el erial del gran intercambiador de transporte hispalense continúa siendo hoy día una odisea bastante poco amable– y el resto, al parecer, quedaron varadas en la Bancada de la Expo hasta que esta semana un grupo de chatarreros de origen rumano las empezaron a trocear, desmantelar y procesar para su posterior venta. Patrimonio público cuya reutilización debían de haber garantizado la Junta y el Ayuntamiento y que, igual que ha ocurrido con frecuencia pasmosa, al final es aprovechado justo por quien nada tiene dado el escaso interés demostrado por quienes son sus dueños.

Este episodio del saqueo de las pérgolas recuerda vagamente al affaire político de la cubierta de la Copa Davis, otro ejemplo más de cómo esta ciudad –sus gobernantes, pero también todos los ciudadanos– desprecia la inmensa potencialidad del patrimonio que hereda de los grandes proyectos. Esas mismas iniciativas estratégicas de las que tanto presumen después los políticos –el alcalde a la cabeza– en los discursos y en las presentaciones de los programas de gobierno. Sueños que se tornan pesadillas. O que se desvanecen.

Paradojas en clave sevillana: una ciudad que es capaz de vivir buena parte del pasado siglo discutiendo con obsesión el efecto de los grandes acontecimientos a los que sirve de marco físico –las dos exposiciones de la centuria recién ida; el sueño olímpico de los años noventa– pero que, al final, tiende a dejar sin barrer –en este caso sin reutilizar– el escenario de sus fiestas, mitificado acaso en el subconsciente colectivo. Pero totalmente olvidado.

No faltará quien considere que, por aquello de la constante renovación que marcan los tiempos, en realidad resultaba de todo punto absurdo conservar semejantes artefactos, cuyo valor económico se estimará limitado por su condición de simples estructuras con vegetación. Una opinión que suele dar por supuesto que el dinero de los contribuyentes puede gastarse cuantas veces haga falta para el mismo objetivo. A fin de cuentas, se tira con pólvora de rey. ¿Qué más da?

Pero lo cierto es que las pérgolas, parte esencial del programa de reforestación de la Expo 92, costaron a las arcas públicas 27 millones de euros de los de hace quince años. Una cifra nada despreciable y que, probablemente, no habría que volver a gastar si se hubieran cuidado, mantenido y repuesto en otra parte de Sevilla. O en la misma Cartuja, donde pasear continúa siendo aún todo un atrevimiento. Algo así como hacer una carrera agónica contra las vallas y los pasos vedados que han ido consolidando la privatización de la Isla. Un desierto para el paseante común; casi un oasis para sus actuales inquilinos.

¿Sostenibilidad?

En la Cartuja este vicio de dejar morir el patrimonio del 92 es tristemente cotidiano. Los ejemplos son tantos que constituyen un subgénero periodístico. Desde la muerte clínica de algunos de los grandes pabellones temáticos –el del Futuro o el de la Navegación, cerrados durante la mayor parte de la última década y media salvo en ocasiones especiales– al abandono de los canales, los jardines y los propios espacios públicos del recinto oficial, donde muchos ciudadanos fueron un día felices creyendo que su ciudad, aldeana en tantas cosas, universal en otras, por fin parecía capaz de moverse hacia adelante. Sin olvidar el telecabina, el monorraíl o el Omnimax, desmantelado con el silencio pactado de las administraciones públicas. La rentabilidad siempre manda sobre lo social.

No hay pues de qué extrañarse. La destrucción de las viejas pérgolas es un hito más en este camino hacia atrás de una urbe que llora los cielos que pierde –parafraseando el título de Romero Murube– pero que continúa muda y sin hacer nada por impedirlo. Una pequeña república en la que a los políticos se les llena la boca al hablar de sostenibilidad (obtener, con el mayor respeto por el entorno común, el máximo provecho de aquello que se ha recibido) pero que es incapaz de salvar simples estructuras de acero hilvanado. Pura arquitectura efímera. Así es Sevilla. Fugaz y estéril.

Semáforos y desidia

Carlos Mármol1 de junio de 2008 a las 12:55 pm

Semáforos y desidia

La trágica muerte de una funcionaria de la Junta en el cruce de la avenida de Hytasa, de cuya peligrosidad habían alertado tanto sevillanos como funcionarios municipales, tumba el discurso oficial sobre la atención ciudadana

UNO de los peligros, entre el sinfín de virtudes, que tienen las palabras es que en determinadas situaciones hacen aflorar el subconsciente. Por muy talentoso que sea el actor –y un político, si aspira a algo, debe dominar ciertas claves de la dramaturgia–, al final es fácil descubrir su técnica por dos procedimientos: o bucear en el fondo de sus ojos o contrastar su discurso con los hechos. De ambos ejercicios suele obtenerse más o menos lo mismo: escepticismo.

Esta semana en Sevilla ha muerto una mujer atropellada. Una funcionaria de la Junta con discapacidad que, al cruzar un paso de peatones –una actividad que todos realizamos a diario varias veces al día–, fue arrollada por un camión. Aparentemente, un desgraciado accidente. Pero como la realidad nunca es una foto fija, sino sobre todo un fluir previo, y posterior, que los periodistas detenemos en un momento dado para poder acaso atisbarla, el episodio, que ha vuelto a poner en situación de zozobra al gobierno municipal justo en la misma semana que celebra su primer aniversario, ha sacado a la superficie datos ocultos sobre el funcionamiento de la ciudad que no conducen precisamente al optimismo.

Nadie puede responsabilizar directamente de esta muerte a nadie. Aunque es evidente que podría haberse evitado si el Ayuntamiento hubiera sido más receptivo a la voz de la calle, que casualmente no es algo que flote en el viento, sino un folio que los ciudadanos, funcionarios, compañeros de la fallecida, sindicatos y hasta policía locales se tomaron la molestia de escribir y enviar al registro abierto al efecto. Pese a todas las advertencias existentes sobre la peligrosidad del cruce de Hytasa –donde sucedieron los hechos– nadie hizo nada por atenuarla. Hasta 24 horas después de el accidente, cuando, sorprendentemente, los servicios municipales atendieron las quejas que durante meses ignoraron o, a lo sumo, resolvieron con la plantilla prevista para estos casos. “No se preocupe. Gracias por avisarnos. Su propuesta está en fase estudio”. Y así, hasta la eternidad. O casi.

La zona del Cerro del Águila donde se produjo la muerte de Chelo, que es el nombre de la víctima, estaba manga por hombro desde hace meses como consecuencia de las obras que el Consistorio adjudicó, dentro del programa de inversión en barrios, a una empresa privada. Unos trabajos que, al igual que ocurre en otras muchas partes de Sevilla –el Plan de Barriadas sólo está ejecutado en un 50%, cuando ya debería haberse terminado–, iban con un retraso más que notable y que, no se sabe todavía muy bien la razón, provocaron la eliminación de todas las señales viarias, salvo el exiguo paso de cebra en el que murió la funcionaria. Cosa que tenía desde hace meses en vilo a cualquiera que pasara por allí. Extrañaba, al ciudadano normal, que el municipio no se hubiera ocupado de sustituir los semáforos –que fueron primero retirados y después reinstalados, pero nunca encendidos– por otro tipo de advertencias para los vehículos de circulan por la zona, gran parte de ellos camiones en dirección a las áreas industriales que rodean a Hytasa.

La versión oficial del gobierno local es, como desgraciadamente viene ocurriendo desde hace tiempo, otra disculpa. Pura justificación formal: las obras, en realidad, sostienen en Plaza Nueva, eran responsabilidad de la empresa adjudicataria, que era la que, por así decirlo, ejercía una especie de virreinato no sometido a control alguno. El Consistorio, aparentemente, se limitaba a dejar hacer –lo cual ya es grave– o, en todo caso, a emitir comunicaciones internas que no terminaban de servir para nada. Aunque algunos busquen ahora esos documentos para escurrir el bulto. El mismo patrón de siempre: derivar las culpas.

Lamentos tardíos

Porque lo cierto es que este caso vuelve, como ocurriera ya en el affaire del Bazar España o con la muerte del celador de la calle Isaac Peral, a poner patas arriba la operativa de la administración local, desgraciadamente con otra persona muerta encima de la mesa de discusión política. Ahora todos son lamentos y actos de contricción, como enviar después de la tragedia a la Policía Local –molesta porque el alcalde quiere ponerla a regular el tráfico; esta actividad, tan poco reconocida justo por quienes deben ejercerla, aquí habría servido quizás para salvar una vida– o dar electricidad a un simple semáforo. ¿Qué es lo que había que estudiar? ¿Cómo pelar el cable del regulador semafórico?

En una semana en la que Monteseirín vuelve a pregonar sus grandes proyectos como si fueran nuevos –son los mismos de hace nueve años– e IU se muestra satisfecha de la gestión del lustro de cohabitación con el PSOE, que no se hiciera algo tan sencillo como responder a múltiples quejas ciudadanas resulta obsceno. Y quiebra uno de los ejes del propio pacto de gobierno local: “mejorar la eficacia de los servicios municipales para lograr mayor proximidad con los sevillanos”. Queda hermoso sobre el papel. Pero lo cierto es que a los ciudadanos hay quien se empeña en no oírlos o les responden como los contestadores de los teléfonos de atención al cliente. Esa frustración de intentar hablar con una máquina. Construir una gran ciudad también consiste en que los semáforos funcionen. En que la gente no muera al ir a trabajar.

Divorcios con matrimonio previo

Carlos Mármol27 de abril de 2008 a las 2:41 am

Divorcios con matrimonio previo

Los divorcios y las separaciones legales se multiplican por tres en la provincia de Sevilla en apenas unos años. La mayor parte de ellos se producen de común acuerdo como resultado de las reformas legales del ‘divorcio exprés’

SOSTENÍA en público Marx –Groucho, por supuesto–, con sobrado grado de cinismo e ironía plena, que la principal causa de un divorcio suele ser un matrimonio, generalmente de naturaleza previa. Parece evidente que puede haber otras razones, incluso superiores en importancia, para llegar a consumar una ruptura, pero por pura lógica será obligatorio necesariamente cumplir antes con el requisito de la unión para poder llegar con opciones al momento de la separación.

Esta aparente obviedad, como muchas otras similares, esconde sin embargo una verdad profunda: acaso la causa oculta del fracaso (en este caso sentimental) que tantas y tantas personas sufren a diario en este campo obedezca precisamente justo a cómo plantaron, sobre qué terreno, fértil o yermo, la llamada semilla de la felicidad. Dicho de otra forma: la dicha personal probablemente dependa de cómo sea la particular lectura subjetiva que cada uno de nosotros hagamos de tal concepto. De ahí que el matrimonio, para algunos, aparente ser, al inicio, un regalo divino y se vuelva con el tiempo un verdadero infierno en la tierra, mientras que para otros todas las amenazas que usualmente suelen asociarse a la unión estable de una pareja terminen siendo más mitológicas que ciertas. Claro que en esto, como diría el Licenciado Vidriera de Cervantes, lo más inteligente es quedarse en el punto medio. Ser neutro. Ni frío ni calor. Ni devoción total ni maldición integral.

Las estadísticas

En Sevilla, durante los últimos tres años, los datos oficiales dibujan una clara tendencia de evolución social: las uniones eternas han dejado de ser la norma. La estadística señala además que el número de separaciones y divorcios se ha multiplicado por tres en toda la provincia, hasta el punto de suponer ya casi seis rupturas por cada diez nuevos matrimonios o uniones que se celebran formalmente. Parte de este notable incremento se debe a que han empezado a emerger los llamados litigios ocultos matrimoniales, situaciones con frecuencia relacionadas con la propia esencia de la unión marital. Esto es: separaciones que, con la antigua ley, acaso se producían de hecho, pero no tanto de derecho. Rupturas que ahora se formalizan con mayor comodidad, menos gastos y mucha más rápidez. Sin tantas preguntas. De donde se deduce que la reforma legal del llamado divorcio exprés ha sido, en términos globales, harto positiva, pues es evidente que nadie puede obligar a convivir a dos que han dejado de querer hacerlo. Y, en consecuencia, resultaba de todo punto absurdo tener que sufrir la burocracia establecida antes de la reforma legal para dar por terminada una sociedad de gananciales o una simple relación matrimonial. Nadie se separa por gusto, así que mientras más fácil sea el trance del final mucho mejor.

El acuerdo mutuo, además, facilita la gestión de las crisis de pareja, por decirlo en términos empresariales o políticos, ya que política, al fin y al cabo, es la institución matrimonial. Este aspecto es especialmente importante cuando hay vástagos por medio, ya que, además de la hacienda, en los divorcios, las separaciones y la quiebra de las ligaduras sentimentales, junto al patrimonio, a menudo se ponen en riesgo a los hijos, que acaso sean la única herencia real que una pareja puede dejar en el mundo. Un dato elocuente, dada esta evolución del registro civil sevillano, es que más de la mitad de las separaciones de los últimos tiempos se han rubricado de común acuerdo. Por consenso. Todo un avance cultural en unos tiempos en los que, desgraciadamente, todavía existen quienes piensan que el hombre o la mujer –sobre todo la mujer– tienen dueño. Como si la convivencia consistiera, en realidad, en una especie de esclavitud tácita o asumida. Desgraciadamente, existe otro porcentaje (todavía grueso) de rupturas mucho menos civilizadas, incluso muchas violentas. Una lacra contra la que se viene combatiendo desde hace mucho tiempo.

En todo caso, junto a este problema, también brota otro: el que padecen muchos de estos cónyuges separados y divorciados, generalmente los hombres, abocados de repente a una marginalidad social y económica de nuevo cuño tras sufrir determinadas modalidades no pacíficas de ruptura sentimental. El reajuste vital que cualquier individuo necesita acometer al salir de una agria disolución matrimonial se torna con frecuencia imposible por ciertas cargas derivadas de la situación previa. Con el actual mercado de la vivienda y la venidera crisis económica, determinados divorcios, lejos de ser una liberación, pueden tornarse en un infierno todavía mucho peor que un matrimonio mal avenido. No es extraño que, según los juzgados, los dos periodos más intensos de rupturas sean las navidades y el otoño (en Sevilla, casi una estación virtual). En las vacaciones suele haber tiempo para pensar y tratar de enderezar la existencia. Lejos del trabajo y de las obligaciones diarias, generalmente uno vuelve de pronto a ser uno mismo. Pero, al mismo tiempo, y en determinados momentos, paradójicamente justo al mirarse al espejo, deja de reconocerse.

Monipodio al frente de un taxi

Carlos Mármol21 de abril de 2008 a las 2:47 pm
Monipodio al frente de un taxi

El cobro de tarifas ilegales durante la Feria, sumado a los conflictos previos entre el gobierno local y un sector de los taxistas, certifica el nulo control que el Ayuntamiento ejerce sobre un servicio público clave para la ciudad

LA vida, a veces, parece un juego de naipes en el que algunos nunca dejan de tener las cartas marcadas. Un aparente divertimento que, sin embargo, puede llegar a convertirse en una trampa, dependiendo de cuál sea el espíritu de cada jugador. Si eres de naturaleza noble, probablemente terminarás mal, incluso aunque el adversario te reconozca cierta cuota de prestigio. Si por el contrario optas por el pragmatismo –en tiempos lejanos a este ejercicio se le tildaba como picaresca– existen probabilidades más que ciertas de que acaso triunfes por la vía rápida. Otra cuestión es que en el trance puedas conservar algo de eso que se llamaba dignidad y algunos todavía denominan honor. En todo caso, éste es un problema secundario: con las ganancias cosechadas en la partida siempre podrás tratar de adquirir este atributo en su vertiente más epidérmica y social. Comprar la honra. Ocurre de esta manera que, como ya nos enseñara Quevedo en sus célebres sátiras, y después han reformulado con éxito expresivo otros poetas y vates tangueros –Discépolo sin ir más lejos–, en el mundo real parece valer más incurrir en ciertos pecados mortales que optar justo por obviarlos. En especial, si se roba.

Toda una burla

Y de un robo hablamos, en definitiva. ¿O cómo debe denominarse al cobro irregular que ciertos taxistas sevillanos han exigido esta Feria de Abril a algunos ciudadanos? La vaina es simple: han llegado a cobrar hasta 50 euros por trayectos que no cuestan ni la mitad, obviando de esta manera todas las reglas, ordenanzas y normativas existentes, aprobadas en tiempo y forma por órganos democráticos y soberanos. Toda una burla. Es evidente que este tipo de prácticas no son la norma entre la mayor parte de los taxistas sevillanos. Probablemente, como recuerdan las principales asociaciones del sector, se trate de la célebre minoría de taxistas, pero lo cierto es que, de unos años a esta parte, la imagen que este gremio está dando ante la ciudadanía parece marcada por una voracidad recaudatoria mayúscula, la impunidad más obscena y el aprovechamiento sin mesura ni reparo alguno del desconocimiento y la falta de alternativas reales en materia de transporte público. Un rostro quizás desfigurado, pero cada vez más verosímil, que asoma tanto en su negativa a aceptar ciertos turnos en función de las necesidades de la ciudad –la famosa polémica sobre las jornadas nocturnas, amparada en falsas argumentaciones sobre su seguridad personal– como en su obsesión por presionar al gobierno local para incrementar, año tras años, sus tarifas.

La suma de todos estos factores, siendo defendida por una minoría o no, que lo mismo da, ha terminado creándole al taxista sevillano fama de cuatrero. Alguien que, en lugar de prestar un servicio a cambio de un justo precio, busca llenarse los bolsillos con la necesidad ajena. Algo parecido a lo que Cervantes simbolizara en el personaje de Monipodio, el hermano mayor de la cofradía de los pícaros sevillanos del Siglo de Oro, en la más célebre de sus Novelas Ejemplares. Un nombre que, curiosamente, deriva del concepto de monopolio, término que en realidad se ajusta bastante bien al tipo de concesión que, gracias a un permiso municipal, disfrutan todos los taxistas. Aquí y en otras muchas ciudades españolas.

Medidas de control

Ningún gremio está a salvo de tener en su seno un grupo que no guarde una mínima ética profesional. Incluidos los periodistas. Pero casi todos ellos intentan, en cierta manera, establecer controles para diferenciar a los verdaderos profesionales –la mayoría– de los simples arribistas. Lo que no se explica es que en Sevilla esto mismo no suceda en el taxi. Y, sobre todo, que a raíz de la denuncia formal de los ciudadanos afectados por esta estafa, el edil responsable, Francisco Fernández, concejal de Movilidad, haya dicho que no puede hacer absolutamente nada para evitar dichos abusos. Fernández, que fue jefe de gabinete del alcalde y ahora dedica más tiempo a las guerras intestinas del PSOE local que a la gestión municipal, alega que los jueces le tumban los expedientes sancionadores abiertos a los taxistas por irregularidades, además de ampararse, para lavarse las manos, en una normativa autonómica por desarrollar. Lo mismo hizo cuando el citado conflicto de los turnos nocturnos: alegar falta de sustento legal cuando las razones jurídicas necesarias dependían precisamente de su propia iniciativa.

Fernández sí ha podido y querido, en cambio, dejar en su mínima expresión las sanciones abiertas a los taxistas que, en repetidas ocasiones, han usado la violencia como argumento; así como dar luz verde a las constantes subidas en las tarifas del servicio. La Junta ha desmentido esta misma semana su argumentario de descargo. De la simple lectura de las ordenanzas en vigor se desprende que no hay otro responsable de estos abusos, junto a los taxistas, que él, al ser de su competencia “la fiscalización integral del servicio público del taxi”. No es la primera vez que echa balones fuera. Ni será la última. Como decía el clásico, en su caso se cumple el viejo aserto: carácter es destino. Aunque alguien debería plantearse hasta cuándo su singular idiosincrasia será un problema para los sevillanos. Un quebranto de 50 euros por trayecto.

Nociones de amistad

Carlos Mármol2 de marzo de 2008 a las 2:11 am

Nociones de amistad

Un episodio sucedido en China al historiador William J.R. Curtis viene a demostrar que, en determinadas situaciones, disentir de la opinión de la mayoría es justo lo que permite a una urbe acertar sobre su futuro

A mi me pidieron mi opinión. Y les dije, esencialmente, tres cosas. Primero: Que no entendía cómo era posible que una civilización tan antigua como la suya reprodujera, como si se tratase de una mera fotocopia, todos nuestros problemas, los que sufrimos a diario en Occidente, en un mismo espacio urbano. Segunda: les llamé la atención sobre su obsesión por la verticalidad de los edificios, que estimo absurda. Y tercero: les aconsejé que si lo que querían era realmente interesarse por el futuro de su gente, se tomaran el tiempo necesario e hicieran una discusión de la que obtuvieran la síntesis de cuál debía ser su modelo en lugar de dejarse colonizar con ideas estúpidas que no respetaban ni su historia ni la naturaleza”.

-¿Y cuál fue su reacción?

-“Todos se callaron. Un silencio bestial. Nadie se atrevió a decir nada. Quizás alguien perdió en ese mismo instante un contrato con Alcatel o cualquier otra multinacional de las que patrocinan este tipo de encuentros. Rem Koolhaas, el arquitecto holandés, dice siempre refiriéndose a estas presentaciones con fines publicitarios que un millón de gente –la mayoría– no puede estar equivocada. Yo creo justo todo lo contrario: a veces una voz sola es la que permite expresarse a quienes ni siquiera tienen voz. En el mundo contemporáneo se cree que hay que construir edificios que no son más que sueños estúpidos. Pero se olvida lo más importante: poner a la gente a pensar cuál es realmente la dimensión pública de las ciudades en las que viven”.

La escena es verídica. Se produjo hace unos años, tras una conferencia internacional de prensa organizada para presentar el nuevo barrio de negocios de la ciudad china de Shanghai (Pudong), lleno de rascacielos y edificios de oficinas. Un territorio consagrado a los negocios a la manera china, que consiste en empezar a ser liberales en lo económico mientras se mantienen totalitarios –comunistas, en este caso– en lo político. Dos extremos que, con demasiada frecuencia, pero con máscaras algo más dispares, casi siempre terminan tocándose. Los promotores de la iniciativa habían invitado a un grupo de expertos y urbanistas para que valoraran en público (de forma positiva, se entiende) los diferentes proyectos elaborados para transformar lo que hasta 1990 no era más que un suelo ocioso situado al otro lado del Shanghai histórico, precisamente el mismo lugar donde se fundara el PCCh de Mao Tse Tung. En apenas una década, este mismo lugar es ya una ciudad futurista, hecha ex novo, estéticamente como la urbe de Blade Runner, ubicada entre el río Huangpu y el Mar de China Oriental, frente a la parte vieja de la ciudad tradicional, presa por completo de la especulación y de las autovías y de la que sólo quedan en pie los edificios bancarios de aire decimonónico construidos durante los años del protectorado británico. La mítica era del opio.

El protagonista de tal intervención, tan crítica, que consiguió romper el ambiente de optimismo general que reinaba en el ambiente, fue William J.R.Curtis, un inglés, bon vivant, dicharachero y hablador, al que muchos otorgan el título oficioso del mayor experto en arquitectura contemporánea. Autor de La Arquitectura Moderna desde 1900 (Phaidon), estuvo hace unas semanas en Sevilla con motivo de un seminario –de pago; el dedicado a Jon Utzon– y narraba, entre sonrisas, aquel episodio que hizo de su viaje a China un asunto delicado, por aquello de escupir en el plato que te da de comer. “Claro que a uno nadie, salvo uno mismo, le da de comer”, precisaba el británico, al que disentir del lugar común no le preocupa. Más bien al contrario: lo tiene como un ejercicio harto saludable. Un signo de inteligencia siempre que no incurra en la caricatura, dado el contexto de papanatismo y la frivolidad imperante en las relaciones sociales.

El vicio de disentir

Curtis, igual que hizo en China, donde las multinacionales y el Gobierno chino han destruido su pasado para crear, pese a sus advertencias, uno de los territorios más fotografiados del orbe global –junto con la City de Londres, el Wall Street de New York, La Defense de París o la Isla de Hong Kong–, pero donde no vive nadie, tampoco tuvo miedo de disentir del discurso oficial que en Sevilla vienen haciendo desde hace tiempo tanto el gobierno local –con Monteseirín a la cabeza– como otras instituciones públicas –la Junta; el Estado– y hasta privadas, empeñadas en simular ante los ciudadanos un renacimiento urbano que no es tal porque confunde el sentido del progreso exclusivamente con lo aparente: la cáscara de los edificios (en lugar de la arquitectura), las reducciones de salsas en las comidas (en lugar de la gastronomía), el diseño de las cubiertas en los libros (en sustitución de la literatura) y el espectáculo (en lugar del periodismo). Curtis decía que, tras sus palabras, sólo una persona se acercó a él: el ingeniero jefe de Shanghai, un técnico que trabajaba para los políticos (en lugar de para los ciudadanos). Su frase se le quedó clavada: “Es usted un gran amigo”.

–“Pero usted no me conoce de nada. Además, acabo de criticar el proyecto de su ciudad”, dijo.

–“Es cierto. Pero yo llamo amigo a aquel que se atreve a decirme la verdad; aunque duela. Es lo único que nos permite acertar o saber que nos hemos equivocado”.

Autor

Licenciado en Filología. Periodista y articulista. Subdirector de DIARIO DE SEVILLA

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  • PER

    a sevilla todo esto le viene a pelo.

  • Tevoyadisirunacosa

    Bien tobarich, tú lo has dicho, esto es obsceno, impracticable como las obras de Hytasa, una...

  • Susana

    Yo personalmente me río de esas mediciones. Me imagino que a las viviendas que están pegadas a la...

  • manuel (sevilla) España

    ¿Dónde está tal arrogante taxista? porque creo que él recuerda tal caso, o en su caso,...

  • manuel (sevilla) España

    Recuerdo la última huelga de taxis, creo que fue hace por lo menos tres años. No...

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