Carlos Mármol | 1 de julio de 2012 a las 6:12
Sevilla se ha salvado de la condena pública de la Unesco pero se enfrenta a una encrucijada que consiste en saber gestionar las pulsiones que, al igual que antes se inclinaron hacia lo efectista, ahora reclaman la tradición.
La biblia nos enseña que no existe mejor propagandista que un converso. Véase el caso de Pablo de Tarso. Esta semana, mientras la ciudad oficial vivía en vilo por saber el resultado del examen de la Unesco sobre la Torre Pelli, convertido por unos en una enmienda a la totalidad sobre Sevilla al completo, probablemente para enaltecer el orgullo patrio; al mismo tiempo que reproducíamos una vez más la controversia eterna sobre la identidad del predio hispalense, fluvial y antiguo; cuando algunos insistían en salvar lo que llaman la marca Sevilla (una ciudad, en realidad), nuestro prestigio, en cierto sentido, dependía más de la impresión personal de William J.R. Curtis, un historiador y crítico que es considerado por casi todos los organismos que entienden algo de arquitectura como el mejor juez (después del tiempo) del arte que consiste en construir edificios contemporáneos.
Curtis no vino a conocer el Parasol ni la Torre de la Cartuja. Viajó para ver San Telmo y, entre otros edificios, el olvidado poblado de Esquivel. Este historiador, que es un escritor brillante y, a ratos, impertinente, aunque acostumbre a acompañar sus opiniones con su eterna sonrisa de inglés bonachón, tiene la virtud de, además de tener un criterio propio, algo que se echa de menos sobre todo en la política municipal, argumentar sus decisiones (prueba de que las ha reflexionado) y aportar, en el océano de populismo y demagogia por el que discurre el debate sobre Sevilla, una visión externa, ajena a los compromisos y a los intereses que condicionan la discusión sobre la ciudad. Quizás por eso sus enseñanzas sean tan fecundas.
Su discurso, además de un profundo conocimiento de la historia de la arquitectura, nos deja una enseñanza sorprendente. Podría resumirse así: Sevilla continúa sin llegar a ninguna conclusión sobre cómo debería evolucionar, moviéndose siempre entre los extremos del efectismo moderno y el dogma del clasicismo porque, en realidad, no sabe leerse bien a sí misma. No reconoce los versículos de su propio libro urbano.
Si una ciudad es un pergamino antiguo, noble, gastado, donde se superponen las distintas escrituras del tiempo, como una atlántida sumergida que hay que descubrir para poder seguir navegando sin naufragar, la capital de Andalucía parece haber olvidado por completo algunas de las lecciones que la historia, maestra de la vida, nos enseñó hace décadas. Incluso siglos: la modernidad consiste en saber reinventar lo antiguo en función del contexto, del lugar y de la verdadera identidad.
No se trata de ninguna teoría académica. Ni de un concepto de corte intelectual. No. Los edificios que son realmente excepcionales casi siempre tienen dos méritos: son impuros, en el sentido de que mezclan diversos lenguajes en un único discurso, generalmente nuevo; y son el fruto de la síntesis inteligente entre las lecciones del pasado y la sabiduría del presente. No es fácil dar con la combinación precisa. Por eso todas las ciudades, en cierto sentido, resultan proyectos fallidos. Y, sin embargo, el verdadero reto consiste en no dejar de buscar.
Sevilla tiene, en la Giralda y en algunos otros edificios más, desconocidos incluso para los propios ciudadanos, algunos ejemplos de esta extraordinaria capacidad de la que goza la arquitectura para poder encarnar las aspiraciones de un tiempo o una época. Curtis lo explica con otras palabras: “Los grandes edificios son aquellos que transmiten antes incluso de que se les entienda”. La pedagogía viene después.
La reflexión del crítico inglés resulta conveniente justo en este preciso momento. Cuando Sevilla, tras la certeza de que la Torre Pelli será terminada, parece condenada a repetir la pulsión de los años previos, aunque con la variante opuesta. Si en la etapa de Monteseirín se optó por una arquitectura efectista, cara y de resultados discutibles, la era Zoido parece adentrarnos en el peligroso terreno de la ciudad como parque temático, sólo que de corte tradicional en lugar de futurista. Con independencia de las preferencias que tenga cada uno, el hecho evidente es que siempre nos movemos como un péndulo salvaje (en los extremos), sin acertar a encontrar el término medio, el punto en el que, según los clásicos, radica la virtud.
Sevilla ha llegado tarde a todas estas estaciones. Los políticos, porque las ciudades las construye el poder, rara vez los ciudadanos, optaron hace una década por reproducir, a nuestra escala, mucho más provinciana, el circo de artefactos formalistas de la arquitectura de la globalización. La ciudad quedaba reducida así a una imagen, un único símbolo que permitiera su comprensión inmediata, sin tener que pensar demasiado, capaz de ser reproducido en una revista de aeropuerto.
Frutos de esta megalomanía son el Parasol de la Encarnación, cuya relación con la arquitectura es tan discutible como su estética o su rentabilidad económica; y la Torre Pelli, que quedará (ya es inevitable) como ejemplo de un tiempo marcado por la desmesura. Siendo el proyecto más sobrio de todos los posibles para el Sur de la Cartuja (el concurso de ideas tenía propuestas aún más surrealistas), reproduce la misma patología icónica de la globalización. Esto es: una ciudad (la clásica o la moderna) debe poder resumirse sólo con una única imagen. Una foto.
Habría que preguntarse si somos tan simples. Si Sevilla no será en realidad bastante más compleja. El nuevo escenario que se abre tras la Torre Pelli, por los escasos signos legibles del discurso municipal, parece augurar una especie de vuelta a las raíces, aunque con variantes. La tesis de que la Sevilla tradicional debe prevalecer en el centro y que los experimentos, si se hacen, porque ahora no hay dinero, mejor en lo que el Ayuntamiento todavía denomina “los barrios”, que es la Sevilla extramuros. La ciudad real.
El modelo, a pesar incluso de su escasa solidez conceptual, se resume en una receta: el centro debe ser un parque temático para el turismo, con azulejos en Triana; y la periferia (relativa) el territorio para dar carta blanca al inversor. La célebre alfombra roja. Y, sin embargo, ninguna ciudad puede ser un organismo armónico si se mueve entre estos dos extremos. Más bien será una ciudad dual, sin cohesión no sólo social, sino urbana.
La receta de William J.R. Curtis es de naturaleza distinta. Y, sorprendentemente, viniendo de alguien de fuera demuestra conocernos mejor que nosotros mismos. Probablemente porque, por muy singulares que creamos ser, somos iguales a otras muchas urbes. Su propuesta está llena de sentido común: hay que aprender del pasado, pero renovándolo, reinventándolo.
Sevilla nunca tuvo necesidad de acudir a modelos ajenos porque su modernidad está, aunque no sepamos atisbarla, en su raíz. Es ella misma. Tan a la vista está (en la Giralda, un edificio donde el Renacimiento se cimenta sobre el pasado musulmán y los sillares más antiguos son romanos y visigodos) que no sabemos ni mirarla.
No se trata de reproducir los modelos heredados, imitándolos, como si el tiempo no hubiera pasado, o de convertir la ciudad intramuros en un parque temático destinado al turismo para situar los edificios en altura fuera del centro. Se trata, en palabras de William J.R. Curtis, de “recordar que lo mejor de lo nuevo a veces puede depender de la metamorfosis inteligente de lo antiguo”. Toda una lección.
Carlos Mármol | 2 de marzo de 2008 a las 2:11
Un episodio sucedido en China al historiador William J.R. Curtis viene a demostrar que, en determinadas situaciones, disentir de la opinión de la mayoría es justo lo que permite a una urbe acertar sobre su futuro
A mi me pidieron mi opinión. Y les dije, esencialmente, tres cosas. Primero: Que no entendía cómo era posible que una civilización tan antigua como la suya reprodujera, como si se tratase de una mera fotocopia, todos nuestros problemas, los que sufrimos a diario en Occidente, en un mismo espacio urbano. Segunda: les llamé la atención sobre su obsesión por la verticalidad de los edificios, que estimo absurda. Y tercero: les aconsejé que si lo que querían era realmente interesarse por el futuro de su gente, se tomaran el tiempo necesario e hicieran una discusión de la que obtuvieran la síntesis de cuál debía ser su modelo en lugar de dejarse colonizar con ideas estúpidas que no respetaban ni su historia ni la naturaleza”.
-¿Y cuál fue su reacción?
-“Todos se callaron. Un silencio bestial. Nadie se atrevió a decir nada. Quizás alguien perdió en ese mismo instante un contrato con Alcatel o cualquier otra multinacional de las que patrocinan este tipo de encuentros. Rem Koolhaas, el arquitecto holandés, dice siempre refiriéndose a estas presentaciones con fines publicitarios que un millón de gente –la mayoría– no puede estar equivocada. Yo creo justo todo lo contrario: a veces una voz sola es la que permite expresarse a quienes ni siquiera tienen voz. En el mundo contemporáneo se cree que hay que construir edificios que no son más que sueños estúpidos. Pero se olvida lo más importante: poner a la gente a pensar cuál es realmente la dimensión pública de las ciudades en las que viven”.
La escena es verídica. Se produjo hace unos años, tras una conferencia internacional de prensa organizada para presentar el nuevo barrio de negocios de la ciudad china de Shanghai (Pudong), lleno de rascacielos y edificios de oficinas. Un territorio consagrado a los negocios a la manera china, que consiste en empezar a ser liberales en lo económico mientras se mantienen totalitarios –comunistas, en este caso– en lo político. Dos extremos que, con demasiada frecuencia, pero con máscaras algo más dispares, casi siempre terminan tocándose. Los promotores de la iniciativa habían invitado a un grupo de expertos y urbanistas para que valoraran en público (de forma positiva, se entiende) los diferentes proyectos elaborados para transformar lo que hasta 1990 no era más que un suelo ocioso situado al otro lado del Shanghai histórico, precisamente el mismo lugar donde se fundara el PCCh de Mao Tse Tung. En apenas una década, este mismo lugar es ya una ciudad futurista, hecha ex novo, estéticamente como la urbe de Blade Runner, ubicada entre el río Huangpu y el Mar de China Oriental, frente a la parte vieja de la ciudad tradicional, presa por completo de la especulación y de las autovías y de la que sólo quedan en pie los edificios bancarios de aire decimonónico construidos durante los años del protectorado británico. La mítica era del opio.
El protagonista de tal intervención, tan crítica, que consiguió romper el ambiente de optimismo general que reinaba en el ambiente, fue William J.R.Curtis, un inglés, bon vivant, dicharachero y hablador, al que muchos otorgan el título oficioso del mayor experto en arquitectura contemporánea. Autor de La Arquitectura Moderna desde 1900 (Phaidon), estuvo hace unas semanas en Sevilla con motivo de un seminario –de pago; el dedicado a Jon Utzon– y narraba, entre sonrisas, aquel episodio que hizo de su viaje a China un asunto delicado, por aquello de escupir en el plato que te da de comer. “Claro que a uno nadie, salvo uno mismo, le da de comer”, precisaba el británico, al que disentir del lugar común no le preocupa. Más bien al contrario: lo tiene como un ejercicio harto saludable. Un signo de inteligencia siempre que no incurra en la caricatura, dado el contexto de papanatismo y la frivolidad imperante en las relaciones sociales.
Curtis, igual que hizo en China, donde las multinacionales y el Gobierno chino han destruido su pasado para crear, pese a sus advertencias, uno de los territorios más fotografiados del orbe global –junto con la City de Londres, el Wall Street de New York, La Defense de París o la Isla de Hong Kong–, pero donde no vive nadie, tampoco tuvo miedo de disentir del discurso oficial que en Sevilla vienen haciendo desde hace tiempo tanto el gobierno local –con Monteseirín a la cabeza– como otras instituciones públicas –la Junta; el Estado– y hasta privadas, empeñadas en simular ante los ciudadanos un renacimiento urbano que no es tal porque confunde el sentido del progreso exclusivamente con lo aparente: la cáscara de los edificios (en lugar de la arquitectura), las reducciones de salsas en las comidas (en lugar de la gastronomía), el diseño de las cubiertas en los libros (en sustitución de la literatura) y el espectáculo (en lugar del periodismo). Curtis decía que, tras sus palabras, sólo una persona se acercó a él: el ingeniero jefe de Shanghai, un técnico que trabajaba para los políticos (en lugar de para los ciudadanos). Su frase se le quedó clavada: “Es usted un gran amigo”.
–“Pero usted no me conoce de nada. Además, acabo de criticar el proyecto de su ciudad”, dijo.
–“Es cierto. Pero yo llamo amigo a aquel que se atreve a decirme la verdad; aunque duela. Es lo único que nos permite acertar o saber que nos hemos equivocado”.