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La innecesaria herencia del ‘tercer hombre’

Antonio Galiano | 13 de septiembre de 2011 a las 12:32

Será el mejor tenista del año, del mes, del siglo y de la historia -ya puestos a adorarlo- pero cosas como la que ha hecho en la final del Abierto de Estados Unidos ante Rafael Nadal empañan cualquier elogio que se le pueda dedicar a Novak Djokovic.

Después de un gran tercer set de tenis, en el que Nadal metió miedo al serbio dando una lección de pundonor y resistencia, éste, tras conservar apurado su saque en el primer juego de la cuarta manga, pidió la atención del médico. Su show de estiramientos en cada pausa de los juegos previos  -con una actitud exagerada parecida a la que adopta cuando parodia al español- anunciaba que a poco que el partido peligrara tiraría de esa artimaña tan habitual en él cuando era el tercero en discordia, cuando su impotencia ante dos portentos como Nadal o Federer le empequeñecían tanto. Pero con el nivel de tenis que exhibe en sus mejores momentos, este  juego sucio no le hace falta al ahora mejor jugador del mundo, sino que  hace dudar de su deportividad.

Así le rompió el ritmo y el primer servicio del a la postre set definitivo a un resucitado Nadal y comenzó a allanar el camino hacia la victoria. Cierto que un tenista del nivel de Nadal no tiene que perder la concentración con esos trucos -de hecho Djokovic ya intentó lo mismo en la final del año pasado y no le dio tanto resultado-, pero tiene que ser muy complicado mantener la intensidad de antes después de 15 o 20 minutos en frío. Vuelta a empezar y al Nadal fuera de sitio de los dos primeros sets.

También hay quien puede pensar que los problemas del número uno eran reales, pero ¿quién se cree que alguien con problemas en la espalda pudiera pegarle a la pelota como lo hizo luego él? Si los dolores existían, que le den el Nobel de Medicina a ese hombre que le masajeó la espalda a pie de pista, porque fue milagroso. Nada más reanudarse el encuentro, rompió el saque a Nadal en blanco dándole  a la pelota como si fuera un martillo. Inaudito.

Y toda esta crítica no viene del mal perder patriótico – aprecio que el reto de vencer a Djokovic que se le plantea a Nadal lo hará más grande- o de una mala leche derivada de la falta de sueño – más bien le tendría que estar  agradecido a Djokovic porque su picardía ha hecho que durmiera tres horas y media en lugar de unas dos-. Sale del mal sabor de boca que deja que a un set memorable deportivamente como el tercero  le siga tal argucia. Ta vez por eso, como he escuchado esta mañana en alguna radio, comparto que Djokovic nunca será un campeón señorial e incuestionable como el propio Nadal o Federer -dejando aparte lo lejos que se encuentra del palmarés de ambos-.

Los seguidores a pares que le han salido al pragmatismo -gracias sobre todo a Mourinho pensarán que con ser campeón basta, pero los verdaderos amantes del deporte no deberían encumbrar a nadie que se ponga en duda en un deporte tan puro como el tenis. Quizás la enésima ansiada revancha de Nadal esté más cerca y los bríos de Djokovic acaben justamente donde empezaron: en la final de una Copa Davis. Si es así que gane el mejor, pero limpiamente si es posible.