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Cansado de Képler

Antonio Galiano | 24 de enero de 2012 a las 18:40

Pepe. Seguramente uno de los nombres más comunes que se escuchan en la vida diaria de cualquier español. ¿Quién no tiene un familiar Pepe, amigo Pepe o conocido Pepe? Pues ahora también hay que oír y leer el dichoso nombre ya martilleante en todos los medios bajo hasta llegar a aborrecerlo.

El pisotón con premeditación que Képler Laveran Lima Ferreira -su nombre real, por el que le voy a llamar de aquí hacia abajo, para no saturar más- plantó en la mano de Lionel Messi cuando éste yacía en el césped tras una falta ha sido el tema que ha acaparado la larga resaca de la ida del Real Madrid-Barcelona de la Copa del Rey. Primero con el debate sobre si el Real Madrid debería sancionarlo de forma interna; luego por su poca creíble disculpa alegando que fue inintencionada; y ahora sobre si debe ser alineado en el Camp Nou por su entrenador, compatriota y defensor acérrimo, José Mourinho.

Lo que opino de Képler ya lo expuse no hace mucho tiempo en otro artículo en el que me sorprendía su falta de fechorías en el arranque de la temporada. Un jugador de condiciones defensivas innegables, por su rapidez y anticipación, con cierta carencia táctica y proclive a la locura transitoria, pero recuperable. Ahora, vista su continua reincidencia en acciones violentas, de verdad parece que ya no tiene remedio, ni con Mourinho ni sin él.

Porque sólo un certificado que dijera que de vez en cuando pierde el juicio explicaría que un jugador vuelva a jugarse la roja sin miramientos en un partido de tal importancia. No sólo con el juego al límite, sino también con agresiones que las cámaras nunca dejan pasar. Alguien debería decirle, primero, que ese tipo de juego sucio da asco. Y segundo, que ésta ya no es la época de los temibles centrales con bigote, en la que el número de cámaras que se utilizaba en la retransmisión de un partido no abarcaba a veces ese tipo de acciones. Lo que se hace ahora, el ojo lo acaba viendo gracias al objetivo.

Dejando la salud mental de Képler al margen, no se le ve mucho sentido a la polémica de si debe jugar o no en el Camp Nou. Si yo fuera Mourinho, no le pondría a menos que le practicara una reprogramación de urgencia, pero no será ésta la opción por la que se decidirá el entrenador, considerando lo que le gusta provocar y que no se fía de Rafael Varane ni de Raúl Albiol y que Ricardo Carvalho está para el arrastre -el que no cometiera fallos garrafales en la ida no esconde que Ramos tuvo que multiplicar sus esfuerzos para tapar la lentitud de su compañero-. Si está bien físicamente, y como ha declarado el técnico, Képler jugará pese al riesgo añadido de que se encuentre un ambiente como el que recibió a su compatriota Luis Figo en su vuelta al Camp Nou y acabe de volverse majara de remate.

Tampoco se puede dejar escapar que es cierto, como se ha encargado de recordar la prensa madridista, que el Barcelona no castigó a Hristo Stoichkov cuando pisó al árbitro Urizar Azpitarte y creyó a Busquets cuando negó que hubiera llamado a Marcelo “Mono” la temporada pasada. Si no está sancionado, Mourinho también está en su derecho de excusar y utilizar a su jugador si le hace falta, aunque no se crea la explicación ni él.

El mayor problema de todo esto es que no se debía haber llegado al último debate. ¿Cómo un comité, con las imágenes en la mano, no actúa de oficio y corta este tipo de conducta violenta de raíz sancionándolo? Y es que tiene razón Sandro Rosell cuando compara -salvando las distancias de la gravedad- el caso de Képler con el de Balotelli, que será castigado con cuatro partidos por pisar la cabeza de Parker, del Tottenham. El jugador no vio ni amarilla y ahora será sancionado. Es lo normal. Sólo con un castigo ejemplarizante así, quizás la próxima vez el futbolista luso se piense dos veces hacer de las suyas. O no. Por su pateo a la espalda de Casquero le cayeron diez partidos y parece que eso no le hizo aprender la lección. Lo que decía, Pepe-Képler, una misión imposible.

El ‘nuevo’ Pepe

Antonio Galiano | 28 de noviembre de 2011 a las 18:28

Temporada nueva, vida nueva. El Real Madrid parece haber salido más fuerte con creces de los varapalos de humildad que el Barcelona le ha asestado hasta ahora con la eliminación de la Liga de Campeones, la consecución de la Liga y la victoria en la Supercopa de España. Los de José Mourinho se han empeñado en corroborar la máxima que sostiene que los equipos del luso son mucho mejores en su segunda temporada y, tras pasar un ligero bache frente al Levante y el Racing de Santander, se han convertido en una máquina de ganar que acumula 13 victorias seguidas.

¿Qué ha cambiado? Pues no sabría decirlo con certeza, pero parece que tienen más hambre y que no sólo juegan al contragolpe. Pero lo que sí parece modificado es el chip de Pepe, que podría haberse arreglado. Al internacional portugués se le ha aparecido la Virgen y todavía no ha protagonizado ninguna de sus locuras en el presente ejercicio. Ahora, hasta se cree con potestad para denunciar el juego duro de los contrarios.

En apenas tres meses, Pepe ha pasado de intentar cazar cualquier pierna con una media azulgrana a recriminar a los jugadores del Atlético de Madrid la agresividad con la que se emplearon en el Bernabéu durante el derbi madrileño. El zaguero luso parece haber calmado sus ansias y ha dejado de entrar como un criminal. Sigue yendo fuerte al balón, pero no se le ve que esconda intención mala alguna en sus acciones. Va con una renovada limpieza.

Hay que celebrar sin duda que el jugador del que he visto más idas de cabeza agresivas en un campo de fútbol -a la par con un maestro premeditado como Roy Keane- cambie de actitud de repente. Sin embargo, lo que no puede pretender ahora es dar lecciones a los demás. Estamos hablando de un central que pateó la espalda de un rival, Javier Casquero, tras hacerle penalti. No parece digno que de golpe y porrazo tenga el poco decoro de echar en cara a otros compañeros que vayan al límite cuando ninguna de sus entradas se acerca ni por asomo a la colección que él exhibió en el carrusel de clásicos de la temporada pasada -bueno, la de Perea a Cristiano quiere imitarlo pero no llega-. Todas esas patadas -y algunas de las que dio ante el Olympique de Lyon en cuartos de Champions afilando los dientes de cara al Barça- eran propias de partidos de no federados y podrían tener cabida en un manual en el que cualquier central con bigote, de los antiguos, haría con orgullo el prólogo. Aún así ha tenido suerte y no ha lesionado a nadie de gravedad.

La transformación de Pepe -no daría por segura ni la suya ni la del Madrid hasta que no pase el partido ante el Barcelona el 10 de diciembre- parece encuadrada dentro de un lavado de imagen general de la entidad blanca encabezada por Mourinho con la famosa barbacoa de hace dos meses. Con el viento a favor, ahora no hay quejas de los árbitros y el propio técnico se ha propuesto superar en descaro a su defensa central denunciando también el juego duro del Atlético. “Las espinilleras de carbono son caras pero merecen la pena“, dijo tras el partido con ironía. ¿De qué tendrá Pepe hechos los tacos que intentó marcar en en la espinilla de Alves? Es más, ¿de qué material serán las espinilleras de Messi? Interesaría saberlo, visto lo que aguantaron el año pasado.

Está bien que el Madrid se apunte al juego limpio, pero es indecente que pongan el grito en el cielo después de lo propuesto en la final de Copa del Rey y las semifinales de la Liga de Campeones. No hay que demonizar a Pepe. Desde que lo vi debutar en la ida de la Supercopa con el Sevilla en el mismo Sánchez Pizjuán me pareció un central con unas condiciones físicas y de anticipación extraordinarias al que le falta -aparte de un poco de cabeza-  moderación y que alguien le enseñe condiciones tácticas. Fernando Hierro por ejemplo le podría dar unas clases de esto último para convertirlo en un referente. Tampoco a Mourinho, al que es muy fácil hacerlo y del que es de admirar su capacidad de convencer y motivar a un grupo de veinteañeros millonarios, algunos casi sin educación, para que hagan lo que el quiere en un campo de juego. Pero les vendría bien a ambos recordar de vez en cuando que la gente tiene memoria.