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Que la figura no eclipse a la leyenda

Antonio Galiano | 15 de febrero de 2011 a las 0:00

Ronaldo Luis Nazario de Lima lo deja.  Si hace poco se retiró en una de las facetas en las que era más efectivo -decidió poner fin a su saga de vástasgos con un cortecito donde más duele cuatro hijos reconocidos después-, el lunes 14 de febrero de 2011, el fenómeno anunció su otra retirada: las dolorosas secuelas de sus lesiones y un problema de tiroides -que le hace engordar y que no puede tratarse sin dar positivo por dopaje- le han empujado a abrazar lo que el mismo ha definido como  “su primera muerte”.

Hoy es el día para mirar atrás y reflexionar sobre esta figura. Soy de los que pienso que el fútbol no ha sido justo con Ronaldo. Sí, lo ha ganado todo menos la Champions -incluido dos veces el balón de oro, uno después de estar al borde de la retirada por una lesión de rodilla que todo el mundo no supera-, sin embargo, da pena la probabilidad de que los mas jóvenes  lo recuerden por  su exagerado peso en el declive de su carrera. Esa imagen de ex futbolista cuarentón no hace justicia a la del delantero más letal que recuerdo haber visto con uso de razón. Por eso, cuando ha anunciado su retirada, pese a lo duro de la noticia, me ha parecido una excepcional y alegre decisión.  La ovalada figura de un jugador al que la suerte ha maltratado da así paso por fin a una leyenda a la que, en su ocaso, le han robado hasta el nombre.

No sé por qué es un futbolista al que le tengo una estima especial, aunque supongo que será porque, casualidad o afición, he visto en directo los momentos clave de su carrera. Lo vi en televisión por primera vez cuando contaba yo diez años, en mi primer Mundial con un uso de razón como dios manda, el del 94. Del de Italia sólo recuerdo el gol de Stojkovic a España en octavos -la primera de muchas decepciones que al final han visto recompensa-. Cuando Carlos Alberto Parreira dio la convocatoria, lo incluyó pese a sus insultantes 17 años.  Por entonces también le llamaban Ronaldinho y se decía de él que era otra de esas tantas reencarnaciones de Pele, pero como era la primera que yo escuchaba, pues le di importancia.  No jugó ni un partido en un equipo conservador dirigido por Mauro Silva y Dunga y encomendado a la calidad de Bebeto y Romario, pero su imagen festejando la copa, con el pelo corto rizado y esos dientes XL, servirían de presentación mundial a lo que luego vendría.

Dos años mas tarde, en la temporada 1996/97, fichó por el Barcelona previo paso por el PSV Enindhoven, curiosamente, el mismo club desde donde llego Romario al club catalán. Para mí, ese Ronaldo, en su demarcación, ha sido el mejor jugador que he visto en un terreno de juego. Lo tenía todo: rapidez, disparo, regate, desborde, remate, honestidad -no importa que le dieran una patada dentro del área, por aquel entonces, si podía seguir, seguía-, y sobre todo potencia. Estuvo sólo una temporada en el Barcelona, pero lo ganó todo menos la Liga, que perdió ante el Madrid de Capello-. Ese año dejó goles imborrables, como el que  marco ante el Valencia o, el más sonado, el del Compostela, por el que el ya fallecido Bobby Robson se echaba las manos a la cabeza enloquecido  junto a un joven Mourinho en el banquillo del Multiusos de San Lázaro. Particularmente, lo que más me impactó de esa temporada es que siempre que escuchaba el típico “Gol en Barcelona” del Carrusel o a toro pasado veía los resúmenes, había marcado. Tremendo.

Cuando se marchó al Inter de Milán le perdí un poco la pista. Excepto algún partido trasnochando viendo el Tercer Tiempo de Canal + o algún resumen de las mejores jugadas del fútbol internacional en Más deportes o El Día después, la mejor jugada que le recuerdo con el Inter es la del amago que le hizo al portero del Lazio en un gol que marcó en una final de la antigua Copa de la UEFA. Por  supuesto que también tengo grabado en la cabeza el día en el que volvía a jugar tras lesionarse gravemente la rodilla y se partió nada más salir intentado hacer una bicicleta, pero ese episodio trágico merece mención a parte.

Al Mundial del 98 llegaba como el indiscutible mejor jugador del mundo. Marcó goles e hizo un buen mundial, pero los rumores sobre su desvanecimiento antes de la final del campeonato y la contundente derrota de la verdeamarella en la final le prohibieron de hacer historia en esa cita. Un año más tarde vendría su primera gran lesión.

Era la temporada 1999/2000 y se partía el tendón rotuliano de la rodilla derecha. Un año de baja para cortar la progresión fulgurante del delantero. Se especuló incluso con que tenía que dejar el fútbol, pero volvió a jugar, ya en la temporada 2000/2001.  Como decía antes,  si algo recuerdo especialmente es que una noche de entre semana,  haciendo zapping, y  sin saber ni siquiera que se jugaba la final de la Copa de Italia en Canal +, di con el partido de su vuelta. Había pasado el minuto 15 de la segunda mitad y Ronaldo iba a volver jugar. Salía desde la banda. Recibió cerca de la frontal del área, encaró a dos jugadores del Lazio, bicicleta con la pierna derecha y, al pasarla por encima del balón y apoyar, crack. Caía desplomado delante de Mihailovic. El árbitro paraba el partido pese a que no hubiera habido falta consciente de la gravedad. Los gestos de dolor dejaban frío a cualquiera, más aún sabiendo el año que había pasado. De nuevo se le dio por muerto, por segunda vez, y esta vez con más razón.

Pero la fuerza y el esfuerzo del que en estos últimos años ha servido de chiste para muchos, le hizo volver otra vez. Esta vez con más fuerza,  para jugar y ganar el primer Mundial disputado en el continente asiático, el del 2002 en Corea y Japón. Encima, pichichi del campeonato, con un aspecto muy peculiar: un visera de pelo encima de la frente en su habitual cabeza rapada. Esa resurrección le valió para recalar en el Real Madrid ese mismo año, pero ni allí, donde Zidane y Figo recalaron en busca de ganar de Champions, pudo ganar el título sin el que se va a jubilar. Sí ganó la Liga, que en su anterior periplo español se le escapó. En Madrid, a parte de en el terreno de juego, dio mucho que hablar en la prensa rosa. Tras toparse de nuevo Capello -esta vez en su propio equipo, acabó traspasado al Milán en el mercado de invierno de principios de 2007.  Allí poco hizo,  excepto cambiar de peinado -dejándose el pelo a lo afro- y lesionarse gravemente por tercera vez. La misma lesión de siempre, diferente pierna.

¡Sorpresa! Se recuperó, otra vez, y se marchó al Corinhintians, donde la imagen de su cuesta abajo se ha perpetuado hasta que el dolor le ha empujado por fin a la dignidad. Ahora toca empezar a olvidar la imagen física que ha dejado para que no emborrone lo que ha sido. Esto por  fortuna quedará en las videotecas, las hemerotecas e internet para que se recuerde como debe, como yo lo hago, y no pase a la historia como el otro Ronaldo.  No se lo merece.