Dos disparan juntos

Carlos Navarro Antolín | 8 de abril de 2018 a las 5:00

salazarbajuelo

EN Sevilla hay dúos que forman parte del paisaje urbano y que generan afecto y simpatía. Personas que se llevan la mar de bien y a las que no se entiende por separado. Incluso tenemos un dúo histórico que sacamos en procesión el Jueves de Corpus: las Santas Justa y Rufina, mártires trianeras. ¿Usted se imagina al cardenal Amigo sin el hermano Pablo a su lado dispuesto a colocarle la mitra, pasarle las páginas de los textos sagrados durante la misa, o advertirle de que una señora está esperando con ilusión y paciencia su bendición detrás de una valla? Un dúo archiconocido en la vida social de la ciudad es el de las hermanas Cobo, ora en las butacas del teatro de la Maestranza, ora en la plaza de toros, ora en la salida de la Redención, la cofradía que atrae a los famosos en los últimos tiempos. Otros dúos actuales son los modistos Victorio y Lucchino, el ministro Zoido y Gregorio Serrano, los peperos locales Beltrán Pérez y Rafael Belmonte, el interventor y el secretario del Ayuntamiento, José Miguel Braojos y Luis Enrique Flores, el abogado Adolfo Arenas y el carpintero Andrés Martín. En la Sevilla de los 90, por ejemplo, eran muy conocidos el dúo del poeta Manuel Lozano y el pintor Francisco Maireles, y el del presidente del Consejo Antonio Ríos y su hermana doña Rosario.

El dúo que cuenta con mayor antigüedad en Sevilla es el de los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo. En Sevilla están los sevillanos de la Cámara con mayúscula al igual que están los sevillanos de la cámara con minúscula. La Cámara con mayúscula es ese organismo que no se sabe muy bien para qué sirve en la actualidad, pero que le da ocupación cotidiana a gente muy respetable y querida. Gracias a la Cámara con su mayúscula tenemos a don Francisco Herrero en todos los saraos de la ciudad, que da gusto saludarlo, siempre maqueado, tan sonriente como el metre de Becerrita y dispuesto para la fotografía de rigor que habremos de ver en todos los papeles al día siguiente e incluso en sucesivas jornadas. Un hombre, un voto. Un acto, una foto. Un tinglado sin Paco Herrero es un pregón sin versos, un Martes Santo al revés, una Feria sin Calle del Infierno. Y entre los sevillanos de la cámara con minúscula están en lugar preferente dos de la quinta del 52, nacidos ambos en la Puerta Real. Salazar y Bajuelo, Bajuelo y Salazar. Comparten vocación por la fotografía, pero no la ocupación profesional. Salazar ha sido mayorista del gremio de la joyería hasta su reciente corte de coleta, que se produjo el pasado Sábado Santo. En España las cosas importantes suceden en Sábado Santo: la legalización del Partido Comunista, la salida de la Canina y la jubilación de Fernando Salazar, que deja de transportar oro en su maletín de alta seguridad como un Melchor de la vida cotidiana, de cliente en cliente, de joyería en joyería.

Bajuelo, en cambio, es un sevillano que hasta hace poco te vendía una moto. Literal. Se ha pasado más de cuarenta años vendiendo motocicletas en un comercio de la calle Torneo. Cuando Salazar terminaba de descargar el oro en los mostradores de las joyerías y Bajuelo había colocado ya todas las motos a los clientes de la jornada, ambos se dedicaban (y aún siguen) a patrullar la ciudad con la cámara de fotos. Antes usaban las de carrete y ahora emplean la Fuji o la Nikon. Antes trabajaban con las diapositivas y ahora se afanan en el tratamiento digital. Quizás la clave de la permanencia del dúo es que Salazar y Bajuelo son completamente distintos. Fernando es la gracia, la guasa y esa otra modalidad de humor llevado al extremo que aparece mechado de acidez. Bajuelo es la discreción, el paso atrás, el silencio, la observación, los párpados a media altura que protegen unos ojos que lo escrutan todo calladamente mientras los demás hablan. Unidos por la fidelidad a la cofradía del Museo y por la afición a lucir barba, pero separados por los caracteres. Salazar tiene mando en plaza en muchas cofradías gracias a su popularidad. ¿Cuántas veces no hemos visto a un capataz preguntarle en plena faena?: “Fernando, ¿te lo paro aquí para la foto?”. Y se oye el martillazo, los zancos se van al suelo y Salazar y Bajuelo preparan la escalera y la cámara y se ponen a disparar.

Fernando es el trabajo con los métodos tradicionales. Bajuelo es el innovador, el primero de los dos en usar el palo, las máquinas digitales y las composiciones angulares. Fernando es el relaciones públicas, dicharachero, siempre con el sacapuntas preparado para afilar cualquier situación. Y Bajuelo disfruta si se libra de ir a un acto que exija hablar en público o de tener que recoger un premio. Cuando Fernando suelta una gracia de las buenas, quizás lo mejor es comprobar cómo Bajuelo se ríe para adentro, esa risa de nazareno que se intuye por los ojos del antifaz.

Fernando es la fuerza física. Bajuelo es la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías. A Salazar se le recuerda alzar victorioso los carretes tras un intenso día de Semana Santa, sabedor de que había conseguido las imágenes que buscaba: “¡Ocho, ocho orejas he cortado!”. Esos pasos de frente o de lado, con un encuadre perfecto, sin una farola, sin una banderola de comercio, sin un calvo estropeando la perspectiva.

Fernando ronea de sus fotos, exhibe al vuelo la capa brillante de sus triunfos. Le gustan los cielos celestones cuando la noche aún no es plena. Ángel es de ruan, la cola siempre recogida, y prefiere la luz potente del día. Cuando aparecieron los primeros teléfonos móviles con capacidad para hacer fotografías –aquellos Nokia muy básicos– ocurrió un hecho curioso en el retorno nocturno de San Roque. Salazar no aguantaba más y exclamó: “¡A ver los tontos con los móviles! ¡Ya está bien!”. Se esfumaron todos los usuarios de teléfonos y el dúo incombustible pudo entregarse a su afición.

Una singularidad de Salazar es que tiene un palco en la plaza donde es muy difícil sorprenderlo. Para Salazar, su amigo y socio Bajuelo es el “maestro”. Te lo encuentras solo, le preguntas por Ángel y te suelta una perla: “El maestro está en el puente con el palo”, en alusión a los nuevos artilugios que ofrece la técnica y que Salazar siempre ha mirado con recelo.

La vida son recuerdos comunes del colegio infantil de la calle Gravina y posteriormente del colegio San Luis Gonzaga de la calle Trajano. La vida es parar las tardes de Semana Santa para el avituallamiento en Martián, el comercio de Sierpes de Eduardo Martínez Angelina. La vida era levantar la diapositiva y disfrutar de la foto en ese formato, la vida es el ruido de las máquinas al disparar, la fundación del grupo de fotógrafos F-100 que tenía su sede en Jimios. La vida es encontrarse con monseñor Amigo hace unos años por la calle Tomás de Ybarra una tarde de Semana Santa:“Fernando, me debe usted la foto de cuando llegué a Sevilla”. Yya se sabe el lema general de Fernando, la leyenda de su escudo personal: “Mañana te llevo la foto”. Las fotos son siempre para un mañana que llega a la velocidad que dictan los autores de las imágenes. La vida es un dúo cuya heráldica bien podría basarse en tres elementos: el trípode, la escalera y la moto para los desplazamientos rápidos. La vida es beber de la fuente de Luis Arenas y tener discípulos predilectos como Javier Mejía, exquisito fotógrafo que suma lo mejor de cada uno de estos dos sevillanos.

Los sábados a mediodía son para la tertulia El Escapulario en el salón de Casa Ricardo, antigua Casa Ovidio, donde son fijos Juan Salas Tornero y su hijo, Joaquín Lopera, los Fernández Palacios, Antonio Escudero y Gabriel Camacho, entre otros.

Los tinglados que monta el personal para casarse en los últimos tiempos provocan que este dúo cada vez acepte menos los reportajes nupciales. ¿Ir a la playa a hacer fotos de los novios con el mar de fondo? No, gracias. ¿En los Jardines de Murillo? No, gracias. ¿En la Plaza de España? No, gracias. Y Salazar y Bajuelo van poniendo mesura y eso que cotiza cada vez menos en las celebraciones sociales: el criterio. Tonterías, las precisas. Y como dijo el tabernero de la calle Boteros cuando le pidieron con una pronunciación muy trabajada una copa de Marie Brizard: “Chucherías, al quiosco de la Alfalfa”.

Siempre vestidos con respeto para las cofradías, el Ateneo o cualquier acto social al que son reclamados. Siempre alejados de la estética de muchos fotógrafos de hoy que parecen yihadistas con cinturones de explosivos para trabajar. Siempre parcos en la palabra y con el tono de voz bajo. Son confundidos con asistentes al culto, a la procesión o a la conferencia de turno. Junto con Martín Cartaya ejecutan a la perfección la virtud de estar sin ser visto, trabajar sin molestar y acudir a los sitios sin hacerse notar.

La alegría de la fe

Carlos Navarro Antolín | 18 de marzo de 2018 a las 5:00

José Ignacio del Rey Tirado

COFRADE de ruan, vecino de Los Remedios, abogado de profesión y pregonero de la Semana Santa. Hay quien lo tiene todo para responder al prototipo de sevillano ortodoxo con el que una tarde de Feria podría ser una experiencia tan divertida como la lectura de la revista oficial del Colegio de Médicos en la sala de espera del dentista. Este año tenemos un pregonero de catálogo. Sí, pero es de los que pegan el regate en corto y exhiben el espíritu transgresor que llevan dentro cuando uno menos se lo espera. Cuidado porque hay guasa. Hay gente que se mete en las cofradías para trepar, gente que se introduce como una babosa aficionada para hacer cierta carrera social en Sevilla. Hay gente joven que se hace prematuramente vieja por estar tantas horas en una casa de hermandad, como también hay gente que mantiene un espíritu jovial pese al tiempo que invierte en una cofradía. José Ignacio del Rey Tirado (Madrid, 1972) no es lo que reza su tarjeta de presentación. Su vida tiene mas baches que el empedrado de la Lonja de la vieja Fábrica de Tabacos. Nunca se hará la víctima. Es un personaje divertido, cristianamente alegre y con un elevado grado de compromiso con su hermandad del alma y con su profesión de abogado. Este domingo pronunciará el Pregón de la Semana Santa con un chaqué cortado por el maestro Ibáñez. Dicen que el sastre está rezando para que el pregonero no coja más peso en estos días previos, cuando se le están poniendo hechuras de costalero de Los Caballos en la chicotá de vuelta por la Cuesta del Rosario. Defienden algunos entendidos en la materia que lo bonito del Pregón es que sea pronunciado por alguien no experto ni en la literatura ni en la oratoria, pero sí con unas vivencias y un conocimiento profundo sobre los pilares de la materia: la Semana Santa y sus hermandades. En eso no le quepa duda a nadie que este abogado tiene el cum laude garantizado. No es aburrido porque tiene guasa y acidez de sobra, como el día de su designación cuando afirmó, tras varios años con novedades musicales en el acto, que en su pregón podría haber maracas… De tonto está como la Canina: ni un pelo. De amor a las cofradías anda sobrado. Pilla al vuelo a los envidiosos taimados. Y siempre, siempre, arenga a todos para que tengan caridad cristiana con el prójimo. Claro que a veces hay que recordarle que la caridad debe ir de la mano de la justicia previa. Y ahí pueden surgir esas discrepancias que le encantan para organizar una buena y ordenada polémica. En ese momento, este José Ignacio se acerca a la barra y pide una copa “pregonero”, que consiste en un chorreón de ginebra con limón, siempre con limón, en ese bar de la calle Juan Sebastián Elcano donde tantas y tan buenas tertulias improvisa con algunos de sus hermanos en la cofradía de la Universidad, como sus inseparables Antonio Piñero, Antonio Gil Tejero o Juan Antonio González Marín. “Mi pregón será entretenido, ¿eh?”, anuncia para alivio del respetable, demostrando conocer cómo se las gastan sus paisanos cada Domingo de Pasión.

La vida son recuerdos de todo lo que ha oído de su abuelo, José María del Rey Delgado, un notario con despacho en la Plaza del Pan que se metió a ganadero y a escribir libros taurinos con el seudónimo de Selipe. Su abuelo, por cierto, protocolizó nada menos que la concordia entre el Gran Poder y la Macarena, el célebre acuerdo que sigue vigente más de cien años después. El tío de José Ignacio, José María del Rey Caballero, usó después ese mismo seudónimo. Y hasta su hermano Eduardo, hoy hermano mayor del Silencio, lo ha empleado alguna vez como Selipe III. La vida son diez años de crianza en Madrid antes de que a su padre, Eduardo del Rey García, le dieran plaza fija en Sevilla como funcionario del Ministerio de Agricultura. Son recuerdos de las aulas del colegio Marista y del instituto Carlos Haya de Tablada. La vida es vivir en la alegría de la fe con independencia de como sean de pronunciadas las curvas del camino de la existencia. Ahí se le nota que es nazareno del Silencio: en el abrazo a la cruz de las desgracias. La vida es ironía, sentido del humor y nervio, puro nervio, para bien y para mal.

Dicen que le ha pegado más recortes al texto original del Pregón que Montoro al estado del bienestar. Sabe que en la impresión del Pregón no se debe emplear más de un paquete de folios y que todos debemos llegar a tiempo (con comodidad) de oír las noticias de las dos de la tarde. Al menos tiene tanta facilidad para usar las tijeras como para responder a cualquier comentario. Este abogado es rápido, muy rápido, aprieta el gatillo con suma rapidez en cualquier reunión, y es un gran observador de cuanto le rodea. Es un tipo actual de los que se empapan los telediarios y las informaciones sobre la Iglesia. Pregúntenle por los movimientos eclesiales, los últimos documentos sobre asuntos del gobierno de la Curia o las quinielas para nuevos prelados.

Un día se hartó de pescao frito en su casa de hermandad. El hermano mayor de entonces tuvo la feliz idea de prescindir de los capataces, una decisión legítima, pero eligió con alguna torpeza el momento de comunicar dicha decision, porque lo hizo antes de una convivencia prevista con las cuadrillas y la junta de gobierno. Los costaleros, en cuantito se enteraron de los despidos, se sumaron voluntarios a esa suerte de ERE del martillo. En la mesa quedaron pavías, pescadas y croquetas para dos cuadrillas enteras de costaleros. Los entonces jóvenes de la cofradía que andaban por allí, entre ellos José Ignacio, se pusieron morados y nunca, nunca, olvidaron la noche en que los Ariza y el añorado Jesús Basterra dejaron el martillo de la cofradía universitaria. La vida es guardar lealtad al hermano mayor de su cofradía, sea quien sea, y a su maestro en la profesión como abogado, Alfonso Cano Bravo. Y la vida es ejercer gratis total el oficio cuando las condiciones del cliente lo requieren, pero de eso no le oirán hablar nunca, eso lo sabemos porque lo dicen algunos de sus compañeros con lágrimas de emoción en los ojos. Tampoco le oirán hablar mucho de su condición de orgulloso hermano de la Caridad, donde trabaja de manera muy activa en el proceso de beatificación del venerable Miguel Mañara (1627-1679).

Alegre, echado para adelante, sin complejos y con la enorme ventaja de no haber generado ninguna expectación para el Domingo de Pasión. Sí, es abogado, vecino de Los Remedios y doblemente cofrade de cola, pero se puede compartir una tarde de Feria con este letrado porque sabe dosificar esa acidez que en clave local se llama guasa y que, al fin, es el lubricante de los mejores momentos. El día que recibió la llamada del Consejo para ser designado pregonero estaba en la sede de su cofradía tras el acto de inauguración del curso académico universitario. Se metió con el teléfono móvil en el retrete de la casa de hermandad. Allí se quedó un buen rato para atender las principales llamadas y es de suponer que para hablar también con sus familiares. Al salir de ese reducido aseo, la gente de la hermandad estaba esperando oír de su propia voz la feliz noticia de su nombramiento. José Ignacio prefirió ser directo. A su estilo, que es hablar muy rápido porque piensa a la velocidad de Santa Marta: “¿Qué hacéis todos aquí? ¿Un pregonero no puede estar en el wáter, o qué?”.

Disfruta de la buena mesa tanto como cuando recorría la cofradía estudiantil en sus años de diputado mayor de gobierno: de cruz a palio con parada en el cántaro de agua. Porque los buenos nazarenos con funciones de enlace saben cómo y dónde hay que beber agua sin ser vistos. Creador del sistema de vigilancia de los monaguillos, con un cuerpo auxiliar y un dispositivo muy controlado de entrega de los menores a sus padres o tutores. Siempre ha tenido a los monaguillos como los hermanos predilectos de la cofradía, más importantes que los propios sagrados titulares en caso de lluvia repentina. Su casa está iluminada por una fe a prueba de vaivenes, simbolizada en un hachón de cera tiniebla que iluminó la última tarde de Martes Santo la faz amorosa de ese Cristo más humano por menos divino, el Señor que siempre espera los lirios morados que llegan frescos la mañana del Sábado de Pasión, la misma mañana en la que se descargan las cruces que son apiladas en las galerías de la Universidad. No hay más preciosa imagen de la alianza de la cultura y la fe que esas cruces que aguardan junto a las aulas a ser portadas por nazarenos de todas las edades y condiciones. Hay túnicas de tonalidad ala de mosca que salieron de la vieja Universidad de Laraña, donde se concentraban las cuatro facultades de los años cincuenta, como las hay de brillante ruan que quizás visten ya estudiantes de nuevas y emergentes universidades privadas.

El pregonero dice que no aburrirá. Escrito está que algunos ya hemos estado en el pregón de este madrileño que aprendió a hacerse sevillano en la distancia. Lo hemos oído varias veces en las reuniones preparatorias, cuando se ganaba la confianza de los monaguillos, de sus padres y de sus abuelos. Lo hacía con tacto, con exquisitez, con cariño, con mano izquierda. Sólo así se forja a los futuros nazarenos de Los Estudiantes, sólo así uno se queda de pie cuando la vida le golpea. Pasa la fuerte marejada de cualquier desgracia y allí sigue José Ignacio, empapado por fuera, abatido por dentro, pero agarrado a la cruz que recibió de sus padres, la del mástil más alto, carey y plata; la del Señor de ojos grandes, cuello erguido y potencias de oro. Y siempre hay alguien, siempre, que le da de beber del cántaro fresco de la Buena Muerte para, torbellino de nervios, seguir remontando la cofradía y buscar a su Virgen de Los Estudiantes.

El taller de la elegancia

Carlos Navarro Antolín | 4 de marzo de 2018 a las 5:00

Fernando Rodriėguez Avila

A las personas se las conoce cuando dicen que no. De grandes noes han surgido más largas relaciones que de esos abrazos fáciles de alcalde paseante por la Feria. La negativa genera un respeto que muchas veces desemboca en admiración. El no echa raíces, el sí se olvida. El no es la mejor tarjeta de presentación. El no está revestido de verdad, de riesgo, de la valentía de quien asume los efectos secundarios. El sí es como los pregones “hamburguesa”, que te hartas de aplaudir, te llenan, pero a los veinte minutos se te han olvidado… Y tienes hambre. El no es la prueba del algodón que revela la ausencia de ojana, el estar dispuesto a asumir el coste de la antipatía, la determinación firme de quedar como un malage. El no bien administrado es auténtico, el sí a todo es pura debilidad, es ganar cada día las oposiciones a una plaza fija de agradaor. Dos sevillanos se presentaron un día en el taller de Fernando Rodríguez Ávila (Sevilla, 1936), maestro sastre al que siempre oirán hablar de su “oficio”, nunca de su “trabajo”. Los dos visitantes irrumpieron en la paz del taller (telas, catálogos, tijeras, probador, mostrador, metro, fotografías…) para pedirle que hiciera un traje de servidor de una antigua cofradía. El encargo era un engorro desde el minuto número uno: por las medidas especiales, por los detalles del terno, por las fechas en que tenía que estar terminado el terno… Al maestro Ávila se le puso la cara del escultor Sebastián Santos cuando le encargaron el Señor de la Cena… con el regalito de los doce apóstoles. Con una serie de preguntas que reflejaban las dificultades de la encomienda, dejó entrever las cargas del pedido, evidenció que el sastre no tenía ningún interés ni siquiera en iniciar el dibujo. Macheteó el incómodo toro del encargo para quitarle las embestidas de la ilusión de aquellos dos incautos. Hasta que en un momento dado, sin acritud pero directo, sentenció en voz baja y mirando fijamente a uno de los visitantes: “Yo lo voy a hacer, pero ese traje es un latazo”. Los dos señores se fueron con el sí, pero al rato se sinceraron entre ellos: “A este señor lo llamamos mañana y le liberamos del encargo. Un encargo que para nosotros es tan bonito no puede generar incomodidad a nadie”.

Sevilla tiene en pleno centro a uno de los 30 mejores sastres de toda España, un club al que se accede por la unanimidad de los compañeros de oficio. Basta una bola negra para no ser admitido. Se trata de un señor de 81 años que sigue fiel a su concepto del oficio: todo hecho a mano y expresamente para la persona que lo encarga. Sin confección, sin patrones previos, sin un escaparate donde vender otras prendas. Sastrería pura y dura. Ávila se sigue echando al suelo para cortar una capa española, se agacha para tomar las medidas, enseña el muestrario de más de 700 telas, acepta realizar los uniformes militares de mayor dificultad, los trajes especiales para el cuerpo diplomático, el uniforme de gala de los maestrantes, y sigue cultivando la sastrería específica para sacerdotes.

Ávila es la quinta generación de maestros sastres. La primera sastrería de la familia ancla sus orígenes en Avilés (Asturias) en 1865. Posteriormente en La Habana (Cuba), donde aparece Ofelia Ávila Aróstegui, descendiente de vascos que contrajo matrimonio con el padre del actual maestro Ávila. Aún se conserva el baúl de madera que usó doña Ofelia en su viaje definitivo a España para estar junto a su marido.

La vida es una infancia en las aulas de los Escolapios y en la collación de San Pedro, una pelota de trapo para las tardes de fútbol, el recuerdo de la zapatería del capataz Manolo Santiago. La vida es dejar los estudios en el San Francisco de Paula con 16 años para aprender el oficio en el taller de su padre, en los tiempos en que se cortaban entre 25 y 40 trajes a la semana. Aprende el oficio de la mano de su primer maestro, Antonio Burgos, donde era el único varón en un taller de 16 costureras. Su segundo maestro, quien le enseñó la sastrería militar, fue José Barreiros, y el tercero fue Juan Rivera en el taller de General Polavieja. La vida es ser un taurino fiel, como es fiel a su pequeña copa de tinto al día, sin excesos ni alharacas, siempre como un pincel, siempre elegante cualquier día del año, siempre llevando en su interior cierta procesión con un estilo de discreción desgraciadamente en desuso.

Ávila es el sastre de la Universidad de Sevilla para cortar esas togas y mucetas que lucen catedráticos y profesores en las grandes solemnidades del paraninfo. Hussein de Jordania fue recibido como doctor honoris causa en 1985. Compareció en Sevilla con la reina Noor. Ávila fue invitado al acto, le quisieron dar una acreditación como profesor para que asistiera en una localidad destacada. Se negó. O la acreditación rezaba su oficio real o no aceptaba: “Yo soy sastre y a mucha honra”. Y así fue. Acudió a ayudar a vestirse al rey Hussein y después, efectivamente, al acto académico. Y en la identificación de solapa ponía lo que tenía que poner: “Sastre”. La vida es cortar como nadie el chaqué gris perla con sombrero de copa que lo elevó a las cotas de prestigio más altas del gremio. La vida es huir de la jubilación porque el trabajo tiene un sentido cristiano: es fuente de bienestar. La vida es oír el elogio público de Felipe González a su trayectoria como alfayate.

Es un gran especialista en el corte del chaqué, prenda que se hereda y se reutiliza no siempre con acierto. Y es toda una experiencia ver a su lado ciertas procesiones de esta ciudad, como la del Corpus. Una vez le oyeron decir en voz baja tras ver pasar a decenas y decenas de señores de tiros largos: “La de muertos que han salido hoy en el Corpus”. Diga usted que sí, don Fernando, que en Sevilla hay muertos que viven en los chaqués, como reviven en las túnicas de nazareno. Y casi siempre al muerto le quedaban bastante mejor las prendas.

En su casa de la Palmera ha realizado la toga de don Javier Benjumea Puigcerver. En silencio. Sin preguntar nada que no debe, sabiendo que el sastre es a veces un confesor y que el probador es su confesionario. Hay noches que se acuesta conociendo los secretos de una obra de ingeniería civil o los de una operación a la desesperada para extirpar los órganos para un trasplante. Morante luce sus trajes azules. Y El Cid, Javier Conde, Espartaco… Castella toreó en México con un terno suyo. Fue una estampa insólita. La chaqueta era cruzada y muy ceñida. Ese traje de paisano se quedó en un museo de ultramar.

Su gran empeño es que no se pierda el oficio. Su sueño sería montar una escuela de formación de sastres, poder enseñar la habilidad de ver al cliente entrar por la puerta y estar viéndole ya con el traje puesto. Enseñar a vender, medir y cortar. Instruir también en el arte de tratar a las personas hasta el mínimo detalle. Con la distinción propia de un maestro sastre. José María O’Kean era, por ejemplo, de los que enseñaba a dar el cambio en monedas en la mano del cliente: “No se tira en el mostrador”. Hoy se necesitan buenos oficiales de sastrería, pero no se enseña el oficio.

El maestro Ávila lleva a gala ser adorador nocturno con distintivo de veterano ejemplar por su constancia de más de 500 vigilias junto al Santísimo Sacramento. Hermano de número bajísimo en San Pedro. Y hermano de Santa Marta de los tiempos del padre de Otero Luna. A la Soledad de San Lorenzo, ay, siempre le es fiel. En el probador de su taller hay una réplica de la Gloria que luce en su palio de tumbilla la Virgen de los Reyes de la Hermandad de los Sastres de San Ildefonso. Ávila lleva cincuenta años de forma ininterrumpida en la junta de gobierno de esta hermandad .

Un traje es como un cuadro. No se cambia después de ser terminado. Si el cliente engorda no hay compostura que valga. Que pierda peso. Hay grandes pintores que le han pagado un traje con un cuadro. El pintor se evade cuando pinta, se deja llevar por las callejuelas de su mundo interior. El sastre se olvida de todo cuando está en el santuario de su sastrería de la calle Sauceda, la que se reconoce por la reja de estilo racionalista.

Su concepto de sastrería es la que realza la figura del varón con independencia de su resultado en la báscula o de sus hechuras. Hay gente que adelgaza al ponerse uno de sus ternos, porque descubre su cuerpo tras períodos de chaquetas grandes donde casi cabían dos personas. Detesta los logotipos de las marcas en las prendas. Cuida con primor los forros y las botonaduras. Ysabe que lo más complicado es cortar la caja del pecho. Por eso es un sastre que sufre al comprobar lo malamente que se viste hoy. “El hombre se ha desvestido”, le han oído decir en alguna de esas tertulias que se improvisan en su taller. Las tradiciones son una suerte de rompeolas del mal gusto que se extiende a la velocidad del aceite derramado y que tiene su período culmen y antihigiénico en el verano, cuando el calor todo lo justifica: incluso hacer el indio, e ir como un indio. Fue él quien en los años ochenta (terribles para la estética) alzó la voz contra los caballistas de la Feria que montaban en vaqueros y camisa abierta por el real. Admira cuando una familia se arregla para el Domingo de Ramos con lo que consideran sus mejores galas. Cada cual con lo que pueda. Como el que saca una colcha sencilla, humilde y de bajo coste para engalanar su balcón al paso de Su Divina Majestad. La clave no está en la calidad, sino en la buena intención. Lo importante, como en el ejemplo del Domingo de Ramos, es que se ha sacado su mejor colcha para honrar a Jesús Sacramentado.

Más allá de los varones, este Ávila es también un especialista en el corte de trajes de chaqueta para señoras. En reformar y transformar prendas especiales. De la capa pluvial de Bueno Monreal sacó la insignia del cardenal Spínola de la Soledad de San Lorenzo.

A la sastrería, como a misa o a los toros, hay que ir sin prisas. Como un ritual cotidiano, con la tranquilidad personal de quien siempre ha huido de las hipotecas. Con la seguridad de quien rechazó en su día nada menos que ser el sastre de El Corte Inglés, con sueldo fijo y clientela garantizada. Esa misma seguridad es la que le permite llamar al orden al cónyuge impertinente durante una prueba, cuando la paciencia queda colmada y el manual de Psicología aconseja pegar el corte: “Señora, el sastre soy yo”. Concibe el oficio como un sacerdocio en el que se cumple un doble horario: el de atención al público y el de trabajo interno. Por eso suele ser el ausente de muchos momentos familiares, lo que contrarresta con unos días de agosto en la Antilla, al sol limpio y claro que baña el Terrón.

Ibáñez, Cañete, O´Kean, Sierra, Ávila… Los apellidos vivos de una cofradía de románticos, de tijera y metro, acericos y catálogos, elegantes pañuelos en la chaqueta de quien se viste de media etiqueta para su oficio cotidiano, de guardianes de formas perdidas de atender al público, incluso de preguntas que ya no se oyen, ni mucho menos se saben responder. “¿Hacia dónde carga?”, preguntaba el recordado maestro sastre al cliente sonrojado al medir la zona de la cremallera… Hoy no se percibe tanta elegancia auténtica como sí mucha altanería cuando un comerciante se quiere dar importancia. Ávila es un símbolo de esta ciudad, un señor que busca alguien que quiera aprender el oficio con la humildad que él tuvo a los 16 años para empaparse de las enseñanzas de aquel maestro Burgos al que siempre está agradecido.

Sus trajes se reconocen de lejos, como los buenos palios. Un día entró un cliente con el objetivo firme de tener un Ávila. Don Fernando le mostró los catálogos durante largo rato. Y el señor, dubitativo, ya no sabía cómo romper hasta que exclamó: “Mire usted, yo lo que quiero es que el traje me quede como los que usted le corta a Joaquín Moeckel”.

La Real Maestranza de Caballería de Sevilla quiso regalarle a Don Juan Carlos el traje de gala de caballero maestrante. Sólo Ávila podía cortar ese traje. Pero la Reina Sofía quiso que lo realizara el sastre habitual del monarca en Madrid. El encargo se fue para la capital del reino. Pero desde cierto taller tuvieron que telefonear a la calle Sauceda para saber cómo se corta un traje de esas características. Y alguien en Madrid dijo hace muy pocos días: “¿Ávila? De los poquitos sastres que enseñan”. Está en Sevilla. Y sabe decir no.

Alta Velocidad de Huelva

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

GARCÍA PALACIOS

EL salón de actos de la Caja Rural estaba hasta las trancas de público aquella mañana de febrero de 2013. Se presentaba el cartel oficial de la Semana Santa, pintado por Nuria Barrera, por lo que una brisa de Quizás, perfume de Loewe, impregnaba buena parte de la estancia. El cofraderío oficial copaba las localidades de primera fila. La tropa se conformaba con las últimas, con el consuelo de estar más cerca de la salida que garantizaba un acceso rápido a las croquetas de rigor. Hacía tan sólo unos meses que había dimitido el presidente del Consejo de Cofradías, Adolfo Arenas. Las causas verdaderas de aquella renuncia nunca trascendieron, lo que siempre sirve en Sevilla para alimentar toda clase de leyendas. Y las leyendas son útiles, de alguna manera, para disfrutar de la condición de mito, rozar la inmortalidad y generar cierto morbo. Por ejemplo, Curro Romero era una leyenda, un personaje inalcanzable, misterioso, inaccesible, del que no conocíamos la voz, acaso tan sólo por la breve entrevista en el callejón que le hacía el periodista de TVE tras el segundo toro de su última tarde en el abono abrileño. Pero nada más. Ni Curro tenía cortijo, ni se vestía en el Hotel Colón, ni se prodigaba en las revistas de colores. Y todo ese estilo, esa discreción natural, hacía más grande su figura, más enigmática. Hasta que un día se rompió ese halo de misterio que hacía más grande al Faraón. Aquella dimisión de Adolfo Arenas –decíamos– nunca se explicó bien. Pasó a ser un asunto tabú. El día de la presentación del cartel de Nuria Barrera ninguno de los cofrades que tomaron la palabra tuvo un recuerdo hacia el anterior presidente, pese a que la designación de la artista se había hecho bajo su mandato y pese a que la dimisión estaba aún muy caliente. Esos silencios fueron una muestra más de la cobardía cofradiera, no fuera a molestarse la autoridad eclesiástica. Nadie de la que había sido su casa se acordó de Adolfo Arenas hasta que un señor que no es de Sevilla colocó al ausente en el sitio que le correspondía. Nada menos que el anfitrión, el presidente de la Caja Rural, José Luis García Palacios (Huelva, 1936), abrió su discurso con unas palabras hacia el presidente del Consejo con el que había colaborado durante varios años, cada uno desde su puesto. A Adolfo Arenas lo llamaron por teléfono en cuanto acabó el acto para darle el minuto y resultado de la cicatería cobardona cofradiera y del señorío onubense.

–Don Adolfo, los suyos ni le han mentado. Ha sido el señor de la Caja Rural, el que tiene todas las hechuras de Pepe Luis Vázquez, el que lo ha hecho con toda elegancia. Se han quedado los demás con la cara colorá.

Y Adolfo, abandonando su habitual prosopopeya y esa oratoria de cornucopia que es marca de su casa, acertó a sentenciar.

–Es que José Luis es un señor. El lunes lo llamaré para darle las gracias.

García Palacios ha sido durante décadas ese señor de Huelva, muy orgulloso de Huelva y que siempre vuelve a Huelva por muy tarde que se le haga en Sevilla, que forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Es uno de los nuestros, que diría aquel. Hay quien lo imita, como Perico Rodríguez, que siendo alcalde de Huelva estaba todo el día en Antares, pero no ha llegado a alcanzar tanto grado de arraigo en Sevilla. Si la Dirección General de Tráfico tuviera la potestad de crear títulos nobiliarios, don José Luis tendría que tener, por lo menos, el marquesado de la A-49 (sin nieve, por supuesto). Personifica como nadie la alta velocidad de Huelva. Se ha pasado la tira de años en su despacho de presidente de la Caja Rural en Sevilla, el que tiene vistas a la hoy denominada plaza Josefa Reina Puerto, antiguamente conocida como el Callejón de los Pobres, una ironía del destino la mar de sevillana, porque en la primitiva plazuela de los pobres se ha pasado este onubense casi dos décadas generando créditos para ayudar al empresario agrícola.

García Palacios ha sido un presidente de la Caja Rural tan sencillo que cuando iba rodeado de colaboradores muy trajeados por la calle San Eloy, el viandante no acertaba a señalar de pronto quién era el que ostentaba el mando. Con un rostro de bondad y un estilo pausado, procura siempre no generar envidia, sabedor de que la envidia es como la hipertensión: el enemigo invisible. Nunca ha querido tener casa en Sevilla, es usuario de coches de segunda mano, fiel a Punta Umbría y con un reloj de alta gama de estilo añejo.

García Palacios tenía la vida resuelta desde pequeño. Hijo único, criado en una familia de empresarios palentinos relativamente acomodados, dedicados a los cueros, las pieles y las lanas, apostó por fabricarse su propio destino. Nació en Huelva porque sus abuelos habían elegido el Sur para su actividad empresarial, porque era donde más ovejas había. Desde muy pronto puso el ojo en las necesidades del mundo cooperativo, donde apreció graves carencias. Una de las pasiones de García Palacios son ciertos dulces, ay esos romanitos, pero con la misma intensidad figura una pasión quizás más árida: el cooperativismo agrario y de crédito. Empezó muy joven en la Cámara Agrícola de Huelva, de donde fue reclamado por la Caja Rural de la misma ciudad para acabar siendo el presidente de la entidad, primero en la propia Huelva y después en Sevilla. Su gran labor se resume en pocas palabras: haber contribuido a la transformación del sector agrario a través del crédito cooperativo. Y hasta tuvo tiempo para entrar en política en los años de la Transición. Entrar en ese mundillo, trabajar como senador en dos legislaturas y saber decir eso tan difícil del ya estoy yo en mi casa cuando Adolfo Suárez se fue y se evidenció que la UCD era un nido de víboras. García Palacios continó teniendo esa fachada de senador, de patricio romano feliz en su Huelva natal.

Si hay un objeto que define a García Palacios es una libreta donde apunta las peticiones de la gente. Cuando se está más de cuarenta años en puestos de relevancia, uno se acostumbra a que le pidan favores, ayudas diversas y cualquier tipo de prebendas. Todas son apuntadas en esa libreta donde sigue la tramitación de las peticiones: el empresario que pide una cita directa con el presidente de la Caja, el cura que necesita un patrocinio para el libro, el hijo del amigo del amigo de Huelva que clama por un traslado a una oficina de Sevilla… A sus 81 años se mantiene muy activo porque no deja de pensar en el futuro. Siempre ha sido obsesivamente previsor, tanto que el día de su boda llevaba papel higiénico en el bolsillo: “Por lo que pueda pasar”.

La vida son horas de relajación en labores de jardinería. Pantalón corto, manguera, tijeras de podar, arriates que piden un repaso… La vida es montar a caballo en el Rocío. Este onubense de pura cepa no disfrutó de verdad de la romería hasta que un año lo llevó la malagueña con la que se casó. Desde entonces no falta. Yse puede afirmar, sin margen de error, que la vida es lisa y llanamente Pilar. Una vez le ocurrió que la tarde previa a la salida de la hermandad fue a comprobar que el caballo y todos los arreos estaban a punto. El picadero estaba ubicado junto a una carpintería de ataúdes. Literal. Cuando García Palacios llegó, no había nadie, pero de pronto se abrió un féretro y salió un hombre del interior. Don José Luis se olvidó del caballo, de los atavíos y huyó rápido del lugar. Se trataba simplemente del final de la siesta del carpintero… La vida es disfrutar de los helados de La Ibense, incluso resguardado en el interior del coche para que los hijos no se los quiten. Le gustan los de sabores añejos: mantecado y tutti frutti. Ha habido años que ha acumulado helados del verano en el congelador para tener suministro todo el invierno. La vida es ser taurino, muy taurino, llevar a gala ser el promotor del monumento a Pepe Luis Vázquez. Y la vida, cómo no, es haber sufrido ingratitudes, desgracias que sólo se soportan con la alegría de la fe y hasta algunos intentos taimados de rebelión… en la granja.

El día que fue proclamado Sevillano del Año agradeció el título con humildad: “Nunca he tenido casa en Sevilla”. Jamás ha sentido que Sevilla fuera una ciudad difícil para el que viene de fuera. “Eso es cosa de los torpes”, dicen que alguna vez ha afirmado cuando oye teorías sobre los cerrados círculos hispalenses.

El decano del sistema financiero español, con casi 50 años en el sector, sigue hoy al frente de la fundación Caja Rural, con sede en Huelva, la ciudad donde hay sexagenarios que recuerdan cómo les atendió don José Luis en los años 70 cuando, siendo jovenzuelos, fueron a pedirle ayuda a su casa a una “hora impertinente” para fundar una hermandad. Una de sus máximas es que los problemas que se resuelven con dinero no son problemas. Y se le atribuye haber sido pionero en concebir la Feria de Sevilla como una fiesta de eso que ahora llaman formato largo. Desde hace muchos años la ha empezado por su cuenta desde el fin de semana previo. Esos días, solo esos días, se queda a dormir en un hotel en Sevilla. Y la A-49 espera siempre a este hombre pausado y parsimonioso que se pirra por los dulces tanto como por una charla sobre el cooperativismo de crédito.

El vaivén de las células

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

HUGO GALERA

HAY gente que se sabe guapa, con la fuerza de la energía y, sobre todo, con la capacidad de presumir y exhibir sin complejos los dones que la naturaleza le ha concedido. Este tipo de gente no pasa nunca desapercibida. Como las cosas parecen según el cristal con que se miran y se interpretan en función de los gatos que maúllan en el vientre de cada uno, hay quienes ven en estos tipos la arrogancia personificada, mientras otros afirman que se trata simplemente de personas seguras de sí mismas. La seguridad es una virtud propia de personas brillantes. Los destellos de ese brillo pueden fruncir ceños y generar juicios recelosos. Los ciudadanos brillantes son, muchas veces, diamantes tallados en las aulas del esfuerzo, forjados en las coyunturas nada favorables, curtidos en la adversidad de hacerse un hueco en una ciudad muy alejada de la que nacieron. Los guapos pagan el precio de serlo. Los guapos y brillantes no tiene derecho a casi nada, simbolizan el triunfo. Y a Sevilla le encanta ver subir a alguien a la cima del éxito para dejarlo caer mientras desparrama la vista hacia otro lado.

Hugo Galera Davidson (Tenerife, 1938) recaló en Sevilla con poco más de 30 años con los riñones cubiertos y el título de catedrático de Anatomía Patológica bajo el brazo. Llegó siendo ya catedrático en los tiempos en que las cátedras todavía estaban revestidas del velo del prestigio. Sus primeras señas de identidad eran los ojos claros, el acento melifluamente canario, un pelazo y un segundo apellido que al personal le evocaba, con razón, a los fabricantes de las legendarias motos. Rico de Cuna (esquina Laraña), este médico responde al perfil del trabajador nato, del que se pone en planta a las cinco de la mañana y termina por agotar a sus colaboradores. Se le atribuyen leyendas propias de Petronio, árbitro de la elegancia; anécdotas para un libro y algunas frases lapidarias con las que él mismo apunta, también con razón, a sus fuentes de ingresos propias y no heredadas: “Vivo exclusivamente de mi trabajo”. E incluso a su éxito como médico y empresario: “Tengo el mejor hospital privado de Despeñaperros hacia abajo”.

Su especialidad médica no genera proyección social. Se trata de una actividad basada en mucho de trabajo en laboratorio, mucho microscopio y horas de estudio e identificación de las células y la observación de su comportamiento. La Anatomía Patológica, fundamental para los diagnósticos médicos, no es una rampa de lanzamiento para quien necesita dar salida a la fuerza de su ego. Aquí radica quizás una de las claves de este personaje: la capacidad de elevar el grado de conocimiento de una especialidad o incluso de una institución por medio del tirón de su fuerza personal, ese valor añadido por el que, por ejemplo, la Academia de Medicina disparó su actividad en los años en que fue presidida por este catedrático. Nunca esta antigua institución había tenido secretaria y jefa de prensa hasta que Galera, aseguran que de su bolsillo, pagó los gastos de ambos trabajadores. Tampoco había tenido músicos para solemnizar las aperturas de curso y las ceremonias de ingreso de nuevos miembros, siendo presidente, además, la Academia perdió el convenio con la Junta de Andalucía por el que se solicitaban a la institución los dictámenes médicos que necesitaba el SAS para los litigios judiciales. Cada informe estaba valorado en 1.500 euros. ¿La causa de la ruptura de esta línea de colaboración? Cuentan que el comité de admisión de nuevos miembros de la Academia se negó a aceptar por falta de méritos el ingreso de la pareja sentimental de una importante dirigente política. Y aseguran que Galera respetó escrupulosamente la decisión de sus colaboradores. Criterio se llama.

Es innegable su espíritu de empresario, esa voluntad perenne de emprender, de asumir riesgo. En esta faceta ha sido fundamental su relación con Rafael Álvarez Colunga y el doctor Jesús Loscertales. Galera compró la clínica trianera de la Cruz Roja, invirtió una ingente cantidad de dinero en su modernización y terminó por venderla. Hoy mantiene el hospital de San Agustín de Dos Hermanas. Presume de que sus servicios médicos tienen más encargos al año (biopsias, citologías, etcétera) que el Hospital Virgen del Rocío. Lo suyo siempre ha sido la gestión más que el trato directo con el paciente. Necesita vivir con intensidad las horas, no tiene tal vez la paciencia suficiente para dar malas noticias a los enfermos. En la facultad, donde dejó el grupo de Anatomía Patológica hecho una piña, aún se recuerda cuando se negó a dar una clase porque los bedeles, que estaban de huelga, no habían transportado el carrito con el proyector de las diapositivas hasta el aula. Galera exclamó: “¡Esto es inadmisible!”. Y se marchó sin dar la clase sobre el tiroides con el rosco de las diapositivas en la mano. Otro día le rayaron el coche, un Mercedes, hasta dejarlo impresentable. Tardó muy poco en comprarse uno nuevo y anunciarlo a los alumnos al inicio de una clase: “Muchas gracias a los autores de la broma, porque así tengo coche nuevo”. Y no le rayaron el coche por segunda vez.

El Betis, todo el mundo lo sabe, es su pasión personal. Cuando quiso buscar la relevancia social, eligió el mundo del fútbol y no la presidencia del Colegio de Médicos. Hoy sigue comprando acciones del club del que fue presidente, de cuya junta directiva salió huyendo ante los modos y el estilo personal del entonces ya inquietante y emergente Manuel Ruiz de Lopera. Es notorio que por el vecino del Fontanal no siente el más mínimo aprecio. El odio que se profesan tiene un indudable color negro africano. Galera dio una fiesta en su chalé de Bormujos en el verano de 2013 para, supuestamente, celebrar la clasificación del Betis para la Liga Europa. Pero, en realidad, era para festejar que el poder judicial tenía acorralado a Lopera. Galera nunca ha disimulado ante nadie el placer que le produce ver a don Manuel arrinconado por las togas y gastándose una fortuna en recursos.

Vecino de la Avenida República Argentina, tuvo un contencioso muy singular hace muchísimos años, allá por los ochenta, con Luis Cuervas porque el empresario del juguete se quejó de que el hijo de Galera había provocado desperfectos en su Mercedes color mostaza. El pleito llegó hasta el juzgado de Menores. Los dos vecinos se retiraron los embajadores, continuaron viviendo en el mismo bloque de la acera impar de la gran avenida de Los Remedios y, con el tiempo, se enfrentaron también siendo presidentes de los dos principales clubes de la ciudad.

La vida es perderse en un barco por la mar, renunciar a seguir siendo presidente de la Academia de Medicina por considerar cumplidos los objetivos, entre ellos el de rejuvenecer la edad media de los académicos e incorporar a la primera mujer: Salud Borrego, experta en Genética. Es disfrutar de los momentos de diversión personal junto a Jesús Loscertales, tan distintos y tan afines ambos. La vida es pagar un café en el Oriza de los años noventa sacando (exhibiendo) un fajo de billetes del bolsillo. La vida es la gestión de terrenos de su propiedad en las Islas Canarias, algunos destinados a construcciones inmobiliarias, otros acabarían en playas para turistas. La vida es disponer de la asistencia de un conductor fiel y discreto, seguir dedicando horas al estudio de la Medicina, lucir camisas de manga corta bajo la chaqueta en los meses de verano, participar en monterías. Y, por supuesto, la vida es cuidarse, comer poco, estar siempre delgado. Y así se puede presumir de porte y de lo que se quiera, como de haber impulsado la fundación de la facultad de Medicina de la Universidad de la Laguna. Mantiene el acento canario tanto como el uso del pisacorbatas y el color moreno de piel todo el año, propio de los presumidos. Se ha hartado de viajar con motivo de los (divertidos) congresos médicos, hasta el punto de que un día le dijeron: “Hugo, tienes más congresos que el PSOE”.

La vida son los almuerzos en los reservados de Oriza para las conspiraciones béticas, o los recuerdos de las cervezas en el bar Duero de la calle San Jacinto en los tiempos en que estaba al frente de la clínica Infanta Luisa. Una de sus penas es no haber podido contar con un aparcamiento subterráneo en la plaza de San Martín de Porres, un equipamiento vital para el centro sanitario. La vida es criticar la ostentación y los comportamientos horteras, en especial del personaje que toda Sevilla sabe que está en el centro de la diana de Galera y del que dicen que le puso “Hugo” a uno de sus perros.

Un día de la florida primavera hispalense se celebraba un acto social multitudinario en Triana al que asistía el periodista Luis Carlos Peris, quien en un momento concreto anunció al doctor Galera que debía marcharse porque tenía que asistir a una corrida de toros en la Maestranza. Galera le pidió que aguardara, que le aseguraba que llegaría a tiempo la plaza. Peris se quedó. Al rato apareció el coche del médico de guardia de la clínica Infanta Luisa, un vehículo con su rótulo oficial y dotado de gálibo, y se llevó a Peris para dejarlo en la Puerta del Príncipe antes del comienzo del paseíllo.

Exquisito para unos, altivo para otros. El precio del éxito es la división de opiniones. La pura verdad es que Galera no vino a Sevilla a llevárselo calentito, como tantos otros que aparecen prometiendo crecepelos o usándonos como tablao de sus juergas. Teniendo los riñones a buen recaudo y, además, el blindaje de una nómina del Estado por enseñar cómo se miran las células, este canario se metió en la aventura de ser empresario en Andalucía. Ambición productiva se llama. Necesidad de proyección social se crítica. Todo depende del microscopio con el que se observa. Las células se mueven, se empujan unas a otras, cambian de forma. Como Galera. Catedrático, académico, bético, empresario.

El brindis por el Rey

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

Juan Gómez de Salazar

HAY quienes por puro prejuicio quieren que los curas no salgan de las sacristías. La religión, mejor cuanto más orillada. Y en caso de que algo religioso deba ser exhibido, es preferible que sea en su versión más descafeinada: cabalgatas sin reyes magos o con adefesios que distorsionen, libros escolares de moral católica donde Dios no aparece ni en la portada, retransmisiones de Semana Santa limitadas a la coreografía de los costaleros o a elementos secundarios, libros sobre el Rocío para niños donde literalmente no aparece la Virgen ni tampoco Pentecostés (estos libros incluso se han vendido en la tienda oficial de la Hermandad Matriz)… Cuando el terrorismo se cebaba con los militares y los agentes del Instituto Armado, los uniformes desaparecieron de las calles. Pura cuestión de seguridad para nos dar pistas al enemigo. Las sociedades blandas por acomplejadas, en las que el compromiso cotiza a la baja, aprovechan cualquier coyuntura para arrinconar aquello que resulta incómodo. Hasta hemos asistido a desfiles militares sin bandera tanto en el Corpus como en la Virgen de los Reyes. Desfiles 0’0 como la cerveza insípida.

Los tiempos cambian cuando desaparecen los presidentes del Gobierno incompetentes, maliciosos y de cejas altas, cuando las amenazas son vencidas por el Estado de Derecho, y cuando surgen personajes limpios de corazón, sin complejos y con dos o tres ideas suficientemente claras. Juan Gómez de Salazar Mínguez (Madrid, 1957) es un soldado. Ante todo, un soldado que cada mañana se pone en planta a las 05:30 para correr seis kilómetros e ir encendiendo las farolas de la ciudad desde la que dirige la Fuerza Terrestre española como teniente general. Para los sevillanos es el capitán general. Porque sí. Se ha ganado el título. Como a Soledad Becerril le siguen diciendo alcaldesa, o a Alfonso Guajardo-Fajardo el teniente por su etapa en la Real Maestranza. Y, además, el edificio de la Plaza de España sigue manteniendo el rótulo: “Capitanía General”. Como sigue conservando los cañones en la fachada y a esos soldados de guardia que da gusto saludarlos y disfrutar con qué educación reciben y atienden al visitante. Cuántos conserjes de República Argentina, porteras de colegios privados internacionales y recepcionistas de consultas privadas de médico deberían aprender de la formalidad de estos servidores de la patria con uniforme, botas y arma reglamentaria.

El teniente general Gómez de Salazar será quizás el alto militar más longevo en Sevilla, lo cual no es muy habitual por la limitación de años en un destino. A sus años de jefe del Estado Mayor de la Fuerza Terrestre en Sevilla hay que sumar los que lleva de teniente general de la FUTER, un puesto que le tiene asegurada su estancia en la capital de Andalucía hasta noviembre de 2019. Está absolutamente integrado en la ciudad. Consagrado a la tarea de abrir las puertas del Ejército a la sociedad, empeñado en devolver a los militares el orgullo de llevar el uniforme por la calle, en que nadie mire a un soldado vestido como tal por Sierpes como si fuera un marciano. Mucho menos una amenaza. El Ejército es la garantía, siempre lo ha defendido. Lo que no se conoce, no se valora. Y lo que no se valora no se puede llegar a querer nunca como propio. Por eso se repiten los actos con escolares en Capitanía para izar la bandera, por eso se abre el salón de celebraciones a la mínima oportunidad, por eso se firman convenios con las universidades, por eso el rango de puertas abiertas que se le da a la festividad del patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, una jornada en la que hasta se enseña la sala de operaciones (el búnker de la Plaza de España) desde donde se dirigen las maniobras internacionales. 40.000 soldados tiene a su cargo este militar, hijo de general de la Guardia Civil y padre de militares.

El carácter lo es todo. La afabilidad de Gómez de Salazar, su educación exquisita, su porte de caballero cortés y elegante por sencillo, contribuyen y mucho a que la imagen del Ejército en Sevilla sea la más adecuada para los tiempos que corren. Un Ejército que es fundamental para la implantación de la cultura de defensa. Siempre se refiere a la necesidad de que la población adquiera esa cultura, indispensable para asegurar un orden. El orden facilita la convivencia. Y un Ejército prudentemente alejado de la política, al servicio de los ciudadanos, es la garantía. “El militar no debe ser apolítico, sino estar despolitizado”, se le ha oído decir alto y claro.

Es difícil verle enfadado o contrariado. Le gusta el contacto con la tropa. Le encanta el café en la cantina con sus más estrechos colaboradores tras esas carreras matinales a la vera del río. Casi todo es motivo de broma para desplegar ese sentido del humor que es el lubricante de los días que le ha tocado vivir. Es evidente que la gente lo quiere en Sevilla, y que él se siente querido en la ciudad. Al malage hispalense le pone buena cara. Se puede afirmar que es de esos personajes que han aportado a la ciudad más que la ciudad a ellos. Porque ha sacado ha sacado la mejor versión de la ciudad. Y no es por su cargo, porque otros ha habido en su mismo puesto que han pasado desapercibidos, o que es mejor que no sean recordados sino por el retrato oficial de rigor.

El teniente general es persona con escasas barreras. De fácil acceso. Se le ve por un supermercado, haciendo cola en la pescadería o comprando los avíos para los cocidos que él mismo prepara, o recibiendo las llamadas de compañeros con los que trató en sus años en la Brigada Paracaidista. Cede el honor de hacer el brindis de una celebración en el salón del trono si así lo estima oportuno. En la última festividad del patrón de la prensa lo hizo con Burgos: “Don Antonio, haga usted el brindis”. Y el escritor procedió con la copa en alto: “¡Por el Rey!”.

Duerme poco. Tiene más aguante que un nazareno del Polígono. Se ha aprendido la jerga local con rapidez. Habla de “tramos” y de “juntas de gobierno” con toda precisión. Su agenda es una losa que carga con una sonrisa. Disfruta a pie de campo en las maniobras castrenses mucho más que en el cuartel. Anota todo en el helicóptero en el que se desplaza, usa el teléfono inteligente para ir adelantando los encargos desde las alturas de la aeronave, para alertar de las deficiencias que haya observado durante los ejercicios. Aficionado taurino sin complejos con localidad en Las Ventas, abonado del Real Madrid, feligrés de la Parroquia de San Sebastián. Procura implicar a los menos subordinados posibles en la agenda social a la que está obligado por su cargo, al contrario que muchos políticos mediocres que se hacen esperar en la puerta por el séquito de asesores hasta cuando acuden a una cena.

La vida es ser fiel a un concepto de austeridad que escasea en la sociedad de hoy. Es abrir el Ejército, integrarlo en la vida cotidiana, fomentar las juras de bandera de civiles, actos cada vez más masivos, trabajar para que la ciudad se sienta orgullosa de ser la sede del mando operativo del Ejército de Tierra, llevar a los militares a colaborar con Andex, las bolsas de caridad, potenciar la Cáritas castrense, los centros de estimulación precoz, la cabalgata y otras iniciativas sociales, ciudadanas o solidarias. La vida es tratar de cumplir con todos, preocuparse por el futuro laboral de esos soldados de tropa que han de dejar la actividad a los 45 años, de los que se preocupa que se vayan con un certificado de todo lo que han aprendido para facilitarles el acceso a un empleo digno. La vida es combinar los uniformes y el traje de civil según la oportunidad, es superar cada año las pruebas físicas a las que se somete como un soldado más en Pineda, en la zona del antiguo Hospital Militar: correr seis kilómetros, la serie de flexiones con los brazos y la serie de abdominales. La vida es participar en la prueba física más original del año: correr la Raya Real. Y después participar en la jornada de convivencia en la casa de hermandad del Rocío de Sevilla. La vida es dejar que te sirvan el postre, no probarlo y pasárselo después al compañero o al invitado: “Así te comes dos”. Es ofrecer un trago largo al invitado con tono de camaradería que demuestra capacidad para paladear un momento agradable y estirarlo con prudencia algunos minutos.

La vida es disfrutar con la caza en fincas de Toledo o Extremadura, saborear las perdices escabechadas, hacer gala en todo momento de un carácter sereno e inquieto a la vez. Es tener la respuesta adecuada al político que se acerca preocupado en los días previos al referéndum catalán y lo aborda en un corrillo: “Mi teniente general, ¿qué va a pasar?” Y Gómez de Salazar contesta: “Tranquilo, estamos preparados”. La serenidad sólo se rompe cuando va en el tren, se acerca el final del trayecto y es el primero en estar listo para bajar. Tal vez sepa que de los trenes hay que bajar con celeridad, que en la vida hay que estar preparados para subir a otro vagón, para cambiar de etapa, para saber dar por cerrados los ciclos. En definitiva, en la vida siempre hay que estar preparados. Y tener claro que si Dios está en los pucheros, el Ejército ha de estar presente en la sociedad. Y el alto mando no ha de perder nunca ni el carácter operativo ni el contacto con la tropa. Ni tampoco el café en la cantina, ni el saludo afectuoso por videoconferencia al compañero que se la está jugando en Afganistán. Y cuando hay que corregir una actitud, mejor hacerlo con serenidad, con una sonrisa, como si no se notara, con un leve comentario acompañado por un gesto tenue. Esa forma resulta muchas veces la más enérgica, aunque no lo parezca. Ya se sabe que el arte de mandar consiste en buena medida en lograr que alguien haga con agrado lo que tú quieres que haga sin que se note que lo has pretendido, sin necesidad de haber forzado ningún comportamiento.

Gómez de Salazar es el capitán general de Sevilla por mucho que el cargo sea el de jefe de la FUTER. Que lo sevillanos sigan llamándole capitán general es la prueba de que ha caído de pie en la ciudad. Sobre todo porque lo de la FUTER suena a delantero portugués del Atlético de Madrid. Y porque a un taxista sevillano le pides que te lleve a la sede de la Jefatura de la FUTER y te toma por un trastornado.

Cuando el calendario anuncie las hojas caídas del otoño de 2019, la prueba del deber cumplido para este militar será que ningún sevillano se gire al ver por la calle a un militar de uniforme. Y que en miles de casas y en miles de perfiles de las redes sociales luzcan las fotografías de la jura de bandera de tantísimos civiles que quisieron cumplir con la patria. Entonces, el capitán general podrá repetir una de sus máximas: “Tómate mi postre, que yo estoy ya satisfecho”. Y con la misma generosidad cederá a otro el honor de brindar por el Rey. La felicidad sincera, al fin, consiste en ver que el otro prueba durante un instante aquello que a ti te hace feliz toda la vida.

La fuerza de la serenidad

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2017 a las 5:00

Jaime Rodríguez Sacristán

 

EN Sevilla hasta hace poco tiempo no existía una atención especializada para niños con discapacidad mental. El estigma caía sobre ellos como una losa de la que resultaba imposible zafarse. Alguien, un día, trajo a Sevilla el concepto de psiquiatría infantil. Y ocupó la hasta ahora primera y única cátedra de esta especialidad en la capital de Andalucía. Hay gente que ha dedicado toda su vida a luchar contra el estigma, a librar a estos pequeños pacientes de esas etiquetas que orillan al enfermo, lo condenan al gueto o, aún peor, lo recluyen a los manicomios con el desdén de quien emite una condena con un codo en la barra del bar y un palillo en la comisura del labio. Jaime Rodríguez Sacristán (Benaoján, Málaga, 1934) se fue muy joven a París a aprender la primera ciencia que trata a los niños con problemas mentales como pacientes, no como locos. Por eso dicen que es un desestigmatizador. Su psiquiatría humaniza al paciente. Autismo, asperger, atención temprana, estimulación precoz… Comenzó a promover en Sevilla una serie de conceptos y denominaciones que antes eran desconocidos o, mucho peor, eran concentrados en términos duros o, cuando menos, carentes de una mínima caridad. Inició los tratamientos especializados, comenzó a diferenciar patologías. En definitiva, apostó por tratar al niño como a un niño.

Puso los cimientos de la psiquiatría infantil en Sevilla como también puso los de la primera Facultad de Psicología. Porque en aquellos tiempos tampoco había psicólogos en Sevilla. Su formación como humanista está fuera de duda: tras hacer Medicina, se matriculó en Filosofía y Letras. Dicen que desde muy pequeño tenía ya cara de intelectual, interés por leer, por saber, por asistir a recitales de poesía, una de sus grandes pasiones. Es un gran activista intelectual desde una forma de ser reposada, un habla serena, una educación exquisita y un trato esmerado con los demás. Frente a quienes pregonan que los valores de siempre están en crisis, el doctor Rodríguez Sacristán replica que lo que ha cambiado sustancialmente es el contexto social, no los valores. Los valores de siempre, los que hacen más fácil la convivencia urbana, siguen siendo útiles. Quizás más que nunca. Y otra de sus grandes enseñanzas en las entrevistas periodísticas es que el mal existe. Las personas malas existen. La maldad humana habita entre nosotros. Hay que saber localizarla para alejarse de ella.

En la ciudad en la que se fundan tantas cosas cada día (clubes, asociaciones, peñas, cofradías, etcétera) este veterano vecino de la Palmera decidió crear el Instituto Doctor Rodríguez Sacristán, donde se comenzó a prestar los primeros tratamientos a menores con discapacidad intelectual. En las Administraciones estaba todo por hacer, no había equipos especializados en psiquiatría infantil, ni presupuesto, ni personal. Nada. El empuje personal de este profesional, sus años de formación en capitales europeas que estaban a la vanguardia en esta rama de la Medicina, hizo posible poner en marcha los primeros proyectos de atención a estos pequeños pacientes. Cuando Sevilla salía de su letargo en la atención a niños con problemas, el doctor Rodríguez Sacristán se iba forjando un currículum y un prestigio en la Unesco, donde fue llamado para los equipos de expertos en la infancia.

La vida es escribir en pequeños papeles que luego reúne y, quién sabe, si salen poemas o incluso párrafos de esos libros que después se leen con tanta facilidad que se podría decir que se leen cuesta abajo. Libros, sí, pero nunca ha editado sus poesías. La vida es el cultivo del intelecto, siempre observando el entorno cuando parece que está despistado, que es muy propio de los intelectuales hacerse el sueco. Los ojos amables del doctor Rodríguez Sacristán escrutan con minuciosidad todo su alrededor, ya sea en un restaurante, en un acto social, en un funeral, o en la sala de espera de urgencias. Ve, mira y observa sin que lo parezca, sin molestar a nadie. Siempre evitará el roce en cualquier situación de la vida cotidiana.

La vida son recuerdos de ver llegar el tren a Villanueva del Río y Minas, donde era de las pocas distracciones para los jóvenes de entonces; de la Ciudad Jardín, donde vivió y muchos vecinos aún lo recuerdan, y de una Avenida de la Palmera donde se podía comprar un solar y edificar una casa acogedora que tiene el nombre del río Guayas, en recuerdo de Ecuador, una de las naciones iberoamericanas donde ha llevado su magisterio en numerosas ocasiones en beneficio del objetivo de siempre: que nadie vea a un niño con discapacidad intelectual como a un loco. Porque no lo es. La vida es seguir recibiendo llamadas de pacientes con 65 años que pasaron por su consulta siendo niños.

Su lugar de trabajo está presidido por una mesa grande donde el aparente desorden de papeles es un orden perfecto para su principal usuario. Suenan el móvil y los pitidos del servicio de mensajería, lo que prueba su facilidad para adaptarse a las nuevas tecnologías. Tiene problemas para decir que no cuando es requerido para cualquier iniciativa. Hay quien dice que es de los médicos que va pasando consulta por la calle. Jamás le oirán hablar de dinero. Siempre le verán cuidarse mucho, pasar unas vacaciones tranquilas en un hotel recoleto del Puerto de Santa María. Hace años que dejó de fumar cigarrillos de la marca ‘Rumbo’. Y que dejó de salir de nazareno en La Estrella. No es un sevillano al uso, pero nunca ha despreciado las costumbres de la ciudad, ni ha mirado por encima del hombro a cofrades o feriantes para darse aires de importancia o de modernidad postiza. No es ácido ni irónico, pero aprecia la acidez y la ironía en quienes la practican al hablar o escribir. La hiperactividad ajena es de las pocas cosas que lo pueden alterar. Es un gran defensor del valor de la ternura, un consumado especialista en su análisis y en su utilidad en una sociedad de hoy marcada por la violencia, por los informativos cargados de imágenes crueles, en una sociedad acelerada, acerada y demasiado gélida.

Dicen que esta jubilado, pero la fuerza de la vocación le lleva a seguir atendiendo requerimientos como psiquiatra, como cuando salía a buscar pacientes a deshoras y llegaba a casa de noche y, tras cerrar la puerta, dejaba los tebeos de las joyas literarias que había podido comprar para sus hijos.

Un día lo vieron hipnotizar gallinas. Literal. Otro día le pidieron examinar la grafía de un criminal. Conoció mejor al malhechor a través de su letra. El rostro de este médico que Sevilla ha hecho suyo inspira paz, quizás sea la paz propia de quien sabe que la curación en un enfermo de psiquiatría no existe. Son pacientes crónicos. La guerra está perdida de antemano. Pero nadie le priva de la satisfacción de hacerle la vida más fácil a muchos niños, devolverles la autoestima, restarles angustia y ansiedad y, sobre todo, acompañar a sus familias. El psiquiatra, al fin, es una suerte de cirineo del alma. Pudo quedarse en París en su momento, pero quiso retornar a Sevilla por dar la máxima importancia al arraigo en la educación de sus hijos. Tiene claro que el arraigo hace posible la seguridad y la certidumbre que todo ser vivo necesita para vivir en plenitud. La plenitud es eso que ocurre cuando pasea por la Palmera plácidamente del brazo de Asunción, su mujer, y piensa, quizás, en qué bello es ejercer su vocación en Sevilla, donde no pudo estudiar aquello que quería ser de mayor. Porque no existía. Pero él fundó las aulas para que otros lo hicieran. Hizo camino al andar.

El fiscal paciente

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2017 a las 5:00

Santiago León

EN los códigos no escritos de la ciudad se tiene por aceptado que el vicario general de la Archidiócesis ocupe antes o después el cargo de deán de la Catedral, los tenientes de hermanos mayores de las hermandades lleguen a ser hermanos mayores, el hijo del tabernero garantice la continuidad de la tasca, los hijos de socios de las casetas de Feria alcancen la condición de socios titulares, el hijo del presidente de la caja de ahorros acabe ocupando el despacho del padre, el fiscal de la Real Maestranza de Caballería sea una suerte de coadjutor del teniente con derecho a sucesión, el decano del Colegio de Abogados sea siempre José Joaquín Gallardo (amén) y Antonio Pascual lleve todos los años una vara en un lugar destacado de la cofradía de la Universidad aunque haga la tira de años que dejó de ser consejero de Educación. Las cosas se aceptan con el razonamiento imbatible del Cabeza y elCulebra:“Eso es así”. Y punto. Y no hay argumentarios que valgan. Ydebe ser así. En Sevilla hay cosas que no se discuten, como el peculiar esquema sucesorio en instituciones y empresas, como hay cosas que se mantienen aunque no funcionen, como la máquina limpiabotas del Real Círculo de Labradores.

Javier Benjumea, marqués de la Puebla de Cazalla, tomó posesión como teniente de hermano mayor de la Real Maestranza el 25 de junio de 2011 en una junta general a la que asistió el Infante Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, duque de Calabria. Aquel día se rompió el código sucesorio no escrito, quedó en papel mojado lo que todos habían dado por hecho. El fiscal, Santiago León Domecq (Jerez de la Frontera, 1958), no llegó a teniente. Se quedó de fiscal seis años más. Le tocaba ser teniente, pero no lo fue. El Rey Don Juan Carlos quiso que lo fuera Javier Benjumea. El Rey –era quien podía hacerlo– cambió el rumbo. Y todos obedecieron. Santiago León, lejos de armar el taco, organizar una oposición para hacerle la vida imposible al elegido o ir largando por los rincones de la ciudad, se quedó en la junta de gobierno entrante de lo que ya estaba. De fiscal, de vigilar que los caballeros maestrantes cumplan las ordenanzas llamando al orden a quien haya que hacerlo. En 2011 se convirtió para siempre en el fiscal paciente, ese señor de la prenda de abrigo de cuello alto que viaja en moto y que alcanzó la tenencia de la Real Maestranza seis años después de lo que le correspondía.

Caballero maestrante desde 1983, este León Domecq supo esperar su turno con la disciplina de una señora que hace cola en la pescadería. Y en esos años de espera siguió cumpliendo con sus deberes de fiscal, como el día que tuvo que amonestar nada menos que a Cayetano Martínez de Irujo una tarde de farolillos en la plaza. El conde de Salvatierra se presentó vestido de corto en el palco de los maestrantes con la corrida más que empezada. Procedente del real de la Feria y con ganas de ver a Francisco Rivera Ordóñez. Por fortuna, el público más próximo de la plaza no se dio cuenta de la vestimenta del conde, pero todos los maestrantes presentes sí apreciaron aquellos botos y el sombrero de ala ancha, un atuendo absolutamente improcedente. Ese día, cierta Grandeza de España se quedó en la silla de montar. Y el fiscal hizo de fiscal.

Santi León fue paciente, supo esperar el día de su proclamación como teniente, una jornada para la que tenía reservada una corbata muy especial. Supo aguardar como aficionado a la caza que no se precipita en el tiro. Supo ser discreto, no comentar jamás la pasada de turno a la que se había visto obligado. Supo practicar el difícil arte de quedarse quieto, no hacer nada, aguantar el parón al estilo Paco Ojeda.

No es un caballero maestrante especialmente taurino, pero sí asiste a muchísimas corridas dejando ver camisas que no son de doble puño y un cigarro encendido cuando posa los brazos sobre la baranda del balconcillo. ¿Habrá un síntoma más claro de estatus social que el poder reclinar la espalda en un sillón de tendido? Sí. Poder descansar los brazos sobre el balconcillo del palco de los maestrantes. O el de invitados, que da derecho a puro, aseo con toalla y horchata o destilado escocés con hielo tras el tercer toro.

Simpático, muy sociable, con una notoria capacidad para las relaciones públicas. Algunos apuntan a que es demasiado abierto para el cargo que ahora ostenta, un puesto que las ordenanzas dictan que hay que ejercer “como el coronel del Ejército”. El tiempo dirá si le pone cara de coronel. Los perfiles de los tenientes han sido muy variados en los últimos tiempos. El conde de Peñaflor fue el gran teniente de los meses de brillo de la Exposición Universal. Fue un teniente joven que en la Maestranza impulsó el espíritu aperturista por el que ya había apostado Guajardo-Fajardo padre. El marqués de Caltójar fue el de perfil más discreto y no por ello menos fecundo. El desaparecido conde de Luna fue un caso de carrera meteórica, de no ser maestrante a ser nada menos que el teniente en pocos años. Y Alfonso Guajardo-Fajardo hijo llevó la Maestranza a todos los foros donde se requería su presencia y tuvo la determinación de realizar con éxito varias reformas en un monumento como la plaza de toros. Metió la piqueta, dio esplendor, recuperó diseños arquitectónicos antiguos. Y fue aplaudido.

Este teniente de hoy parece claro que picotea con éxito en todo lo que se propone (el golf, los toros las cofradías…), pero sin militar específicamente en nada. Su gran pasión es la Maestranza. La ilusión de su madre era que llegara a ser teniente.
La vida es una tarde de carreras de caballos en Sanlúcar de Barrameda junto a su íntimo amigo Manuel Laffón, sobrino de la pintora que representa la mejor Sevilla. Sanlúcar es punto y aparte en las evocaciones personales de este fiscal paciente, sobre todo por la preciosa casa Manjón del siglo XVII de su familia. La vida son horas de distensión con Jaime Fernández Argüeso, Rafael Domecq Solís, Ignacio Solís Guardiola o Rafael Pacheco Bohórquez. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la caseta de Feria Pepito el pollo, en alusión degradada a la calle donde se encuentra: Joselito El Gallo. Dicen que este maestrante se arranca a bailar con todo desparpajo, como se arrancó a montar un concesionario de la marca de coches Volvo en la Avenida de La Raza. Quien no le ha comprado un Volvo a Santi León en Sevilla antes de la crisis económica es que no tiene un Volvo. Pasó por los negocios de coches, como pasó por el sector de la banca y hasta por el de la telefonía móvil. La vida son recuerdos de un joven con menos de 23 años que asistía al palco de los maestrantes como hijo de maestrante.

El fiscal es el número dos. Es una suerte de malo de la película, quien recuerda la obligación de guardar la disciplina de carril en caso de descarrilamiento, quien está obligado a ser custodio del orden establecido. El número dos supo quedarse callado por orden del Rey. Los maestrantes obedecen al Rey. Al Rey no se le discute, ni jamás se le dice que está desnudo. Enseña Santa Teresa que quien espera todo lo alcanza. Ydecía un teniente de hermano mayor que Dios tenga en su gloria que la ambición era un gran motor para alcanzar cualquier meta en la vida: “Pero siempre que se trate de una ambición prudente”.

Más de escocés que de horchata al doblar el tercer toro, más de Galán que de Scalpers al elegir la ropa, más de moto que a pie para ir del centro a su casa en el entorno de la Palmera, más de Barbiana y Trifón que de lugares dados a los experimentos de cocina, más de la pecera del Aero que del patio del Mercantil, más de Vistahermosa que de Las Redes en los veranos portuenses. Al final, se hizo el nudo de aquella corbata, especialísima corbata, para el día más esperado: el de la proclamación del teniente que aún no tiene cara de coronel. Eso es así.

La sevillana que habla con Adriano

Carlos Navarro Antolín | 5 de noviembre de 2017 a las 5:00

PILAR LEÓN CASTRO

EN Sevilla hay demasiada gente que goza de notoriedad sin conocer la excelencia. En primavera brota el azahar en los árboles como irrumpe el chuflerío en las galerías gráficas. Trayectorias anodinas se inflan y obtienen el reconocimiento de una fotografía cuando no hay más que fatuidad donde se pretende vender mérito. La gente que de verdad se dedica a fines sustanciales, a objetivos realmente provechosos para la sociedad, que profundiza en el conocimiento científico de una parcela que permite obtener luz sobre hechos relevantes, esa gente se resiste siempre a salir en los medios de comunicación. Es la prueba del algodón. No falla. La gente seria –más aún en la coyuntura actual– no está dispuesta a mezclarse en una bulla donde los anhelos de notoriedad se revisten de ciencia y donde la ciencia verdadera no suele tener cabida. En Sevilla hay gente que pide a través de intermediarios que le cuelguen una medalla, como hay señores que rehuyen los focos, que les cuesta un mundo recoger un premio, porque no desean ser confundidos en una fauna donde todos los pájaros son en apariencia cum laude, todos los melones son en apariencia dulces y todos los jamones son en apariencia de pata negra. Lo peor de la apariencia es que siempre iguala por abajo. Ya se sabe que en la montanera todos son cerdos. Por eso es mejor salirse de ciertos terrenos, o pisarlos las menos veces posibles.

Pilar León-Castro Alonso (Sevilla, 1946) forma parte de la Sevilla más excelente y, por ende, menos conocida. Es de esa generación de alumnos universitarios que sigue recordando a sus maestros sin ningún complejo, tal vez también porque tuvieron la oportunidad de conocer a verdaderos maestros, creadores de escuela y con la auctoritas que hoy se echa en falta en las aulas. La sociedad de hoy no reconoce maestros, quizás por efecto de la crisis que repugna el concepto de autoridad. Esta doña Pilar es la arqueóloga sevillana que obtuvo permiso para excavar en Roma antes que en Itálica, ejemplo palmario de que los buenos, los auténticos, son siempre reconocidos fuera de Sevilla antes que en su ciudad natal. Es una sevillana que está considerada como la mejor arqueóloga en excavación adrianea. Todo lo que hoy se sabe de la Villa Adriana de Tívoli (Roma) es por su tenacidad, gracias a su trabajo en un recinto poco valorado por las autoridades locales. Hasta descubrió que en la Villa Adriana existía un sistema que tenía la función de generar frío o calor, una suerte de climatización a la romana.

Los primeros días de excavación en Roma se llevó las manos a la cabeza cuando le dijeron que hasta su llegada no se catalogaban restos ni se guardaban con la delicadeza debida: “Aquí lo que se encuentra se lo lleva el portero”.

La profesora León-Castro no sólo ha profundizado en el conocimiento riguroso de la Villa Adriana, sino que ha descubierto también la Córdoba romana cuando sólo se conocía y valoraba la musulmana. Pero a esta arqueóloga no la verán en las galerías gráficas, ni militando en el chuflerío de las vísperas. Lo suyo nunca ha sido prestar atención a la epidermis, al celofán u otros envoltorios de la vanidad, sino alcanzar la verdad y el rigor, esa verdad siempre oculta bajo la tierra, esa verdad que, en su caso, está en las piedras que hablan y que hay que saber interpretar, esa verdad que es hija del tiempo, la paciencia y el rigor, no de la fugacidad de un tuit.

Esta catedrática estudió en la Universidad de Sevilla de finales de los años 60 cuando su facultad se llamaba de Filosofía y Letras. El año que murió Franco se fue a Bonn para comenzar la línea de investigación a la que ha consagrado su vida:el estudio del retrato romano clásico en la Provincia Bética.

La juventud son recuerdos de las clases en el Colegio del Valle de Sevilla, del que aún conserva una escritura de letra picuda. Siempre que escribe a mano lo hace con un bolígrafo de tinta verde, de esos a los que algunos jamás les hemos visto la utilidad. La vida es una tesis titulada La concepción sociopolítica en la obra de Séneca el Viejo, dirigida por el profesor Blanco Freijeiro, su guía, su faro académico. Junto a otros profesores coetáneos, ha sido una de las introductoras y promotoras de la metodología alemana de excavación arqueológica en España. A su regreso impartió docencia en España en las universidades Complutense de Madrid, de Sevilla, de Santiago de Compostela, de Córdoba, Pablo de Olavide y de nuevo de Sevilla, donde hoy es catedrática emérita. En su retorno a la Universidad de Sevilla, en sus últimos años de actividad docente, le hizo especial ilusión ocupar la cátedra de su maestro, aunque ello supusiera tener que trabajar en un despacho de peores condiciones, lo que en la jerga se conoce como un gallinero. La vida, siempre, son cajas de piedras pendientes de clasificación, piedras a la espera de ser oídas y entendidas, piedras con ganas de que doña Pilar extraiga sus historias.

De trato afable, formas exquisitas, con la timidez propia de las personas educadas y de un estilo personal de otro tiempo. Siempre con el respetuoso usted por delante. De silueta inconfundible: enjuta, con falda tableada de cuadros y el puntero en una mano para explicar las diapositivas. Un día la vieron conduciendo por Roma a 80 kilómetros por hora y ningún colaborador se atrevía a decírselo, porque doña Pilar inspira ese respeto que se conoce como temor reverencial.

Su concepto de profesora universitaria es ante todo la de ser una formadora, lo que supone una muestra de generosidad y paciencia, afanarse en el cultivo a largo plazo que requiere sacar adelante a un discípulo, una tarea que tarda años en dar frutos, pero que concede la (denostada) auctoritas, porque hoy la sociedad se mueve por otras preferencias, a una velocidad mucho mayor y no tiene tiempo para aguardar los resultados del trabajo serio.

Un día acudió Emilio Botín, presidente del Banco Santander, a la sede de la Universidad Pablo de Olavide para firmar un convenio de colaboración con la institución académica. El rector tenía preparado un precioso obsequio para el banquero: una reproducción en terracota de una pieza hallada por doña Pilar en sus excavaciones en la Villa Adriana. Era una denominada antefija, un remate de edificio como el que se desprende en el arranque de la película Ben-Hur y que provoca el enojo de Messala que marca todo el largometraje. A Botín le asombró la pieza con tal intensidad que llamaron urgentemente a la arqueóloga para que fuera ella la que le explicara todos los detalles. Y en ese momento doña Pilar se ganó al banquero, que acabó aprovechando un reunión del Banco Mundial en Roma para visitar las excavaciones. En Roma vieron a Botín con una camiseta de la UPO recorriendo toda la villa. Botín se sintió identificado de alguna forma con el personaje histórico de Adriano, del que se interesó por las columnas que el emperador y arquitecto mandó levantar para generar el efecto de una cortina de agua a su alrededor. Dicen que Botín se inspiró en cuanto le narraba León-Castro para construir una estructura similar en la sede central del banco. Botín acabó patrocinando las excavaciones romanas dirigidas por esta sevillana, de la que también dicen que tiene una gran habilidad para lograr ayudas. Tanta o más como para hablar en público sin papeles y con la mayor naturalidad.

Hay quien se refiere a Pilar León-Castro como la Carmen Laffón de la arqueología por su discreción y autenticidad. Poco aficionada a la cafetería de la Universidad, nada amiga de frecuentar los pasillos, ni de vicios como el de fumar. Los discípulos, la investigación y la redacción minuciosa de las actas de excavación, son tres de sus pasiones. Cuando habla el currículum sobran las fotos. El verdadero mérito no se exhibe. Y en muchas ocasiones habita entre nosotros. A veces en la misma ciudad, en la misma calle, incluso cerca de usted cuando está desayunando cualquier mañana.

Otro Bretón es posible

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

JAIME BRETÓN

HASTA el pasado domingo estuvo expuesto en la Plaza Nueva un antiguo autobús de Tussam de color naranja, de los que circularon por Sevilla hasta que Monteseirín los sustituyó por vehículos coloraos. O, según la terminología cursi, de color carmesí. Las nuevas generaciones no conocieron esos horripilantes autobuses cítricos de los años 90. La denominada Semana de la Movilidad ha sido en realidad la semana de recordar el tiempo vivido, como quien dice, hace un cuarto de hora. Al ver ese autobús, algunos tuvimos que decir lo que Belmonte: “La verdad es que yo he nacido esta mañana”. Parecía que de la escalinata principal del Ayuntamiento iban a bajar Soledad y Alejandro, Alejandro y Soledad, con el pacto de gobierno reeditado. Y junto a la alcaldesa estaba el niño Bretón sonriente, todopoderoso, pujante, ambicioso, arrollador desde sus tiempos de recién afiliado. Jaime Bretón Besnier (Jerez, 1966) era eso: el niño de Arenas y el niño de Soledad, era la gran promesa del centro-derecha sevillano, el joven que tenía un crédito ilimitado en los medios de comunicación, hasta que un día cambiaron las tornas como los autobuses cambiaron de color. Del rosa al amarillo, del naranja al colorao, del color del presente al sepia del ayer.

Bretón se mueve hoy en los platós de la RTVA como lo hacía en los años 90 por los despachos de la Plaza Nueva y del PP hispalense. Como pez en el agua, como barca por la ría de la Plaza de España. El hijo de un funcionario del Ministerio de Agricultura fue concejal con sólo 21 años. A partir de ahí vendría un rosario de cargos municipales: desde la portavocía del grupo político a la delegación de Fiestas Mayores, de delegado de distrito a responsable de los mercados de abasto y del cementerio. Y, también, el enlace secreto del PP con los socios de gobierno del Partido Andalucista. Cuando la alcaldesa Soledad ya no soportaba más la sombra alargada de Alejandro Rojas-Marcos, el niño Bretón era el único del PP que acudía a la copa de Navidad que el andalucista convocaba en su célebre casa de la calle Castelar, donde tantos capítulos decisivos para la ciudad se han escrito durante décadas.

Antes de ser un llanero solitario por las emisoras públicas de Andalucía, una suerte de Aroca de derechas, este Bretón vivió su orto y ocaso en el ruedo municipal y, después, una travesía tan dulce como gris en la Oficina del Defensor del Pueblo Andaluz. Su despacho de la calle Reyes Católicos, amplio y luminoso, fue un prematuro retiro dorado a la sombra del cura Chamizo.

–¿Pero Pepe es cura?
–Sí, lo es. Y escritor.
–¿Y ahora qué hace?
–Sigue en sus líos, en su ONG y con sus historias sociales.

Atrás quedó esa vida municipal que condujo a Bretón al éxito prematuro, al estrellato efímero, a la condición de pujante valor de una formación que ya sufría en Andalucía la intratable hegemonía del PSOE. Bretón se pasó diez años firmando papeles por las mañanas, expedientes de quejas de oficio de asuntos de educación, y estudiando italiano y cultivando otras aficiones por las tardes. Trabajaba en una mesa ordenada, pulcra, y con una evidente obsesión por los horarios, propia de un estilo metódico que casa mal con el caos que lastra la política de hoy. Dicen que el cura Chamizo le tendió una pequeña trampa cuando le coló entre los expedientes su dimisión como adjunto. Bretón la firmó sin prestar mayor atención.

Bretón se refugió en el Defensor para, ironías del destino, ponerse a cubierto de sus propios destellos. Se convirtió en una especie de canónigo del PP, con derecho a sitial fijo en el coro de cargos. El personal se preguntaba qué fue de aquel concejal que portaba el Pendón en las solemnidades, qué había ocurrido de puertas para adentro. Cuentan que un día perdió la ambición, se acercó al burladero del partido, pidió el estoque de matar y acabó con el toro de su etapa municipal de dos golletazos. Se terminó. Silencio. Bretón sabe tela de los silencios de Sevilla. Sí, Sevilla guardó ese silencio que es marca de la casa, sello de su heráldica. El niño Bretón se fue, se esfumó de las páginas locales de los periódicos durante un tiempo. Su inconfundible dicción en las presentaciones de los pregoneros de Semana Santa quedó para el recuerdo de los capillitas que lo tuvieron como referencia municipal. Algunas leyendas corrieron –¡cómo no!– por esa ciudad tan aficionada a la voz baja, a la fabricación de ángeles caídos. Poco más. El juguete de Arenas, de Soledad, de todo el partido, se rompió. ¿Pérdida de confianza, celos de Javié, pelusilla de Soledad? Todos miraban hacia otro lado. La despedida de los periódicos de entonces fue discreta. Clamorosamente cicatera. O notablemente discreta.

Entidades, hermandades, empresas y particulares le siguen debiendo hoy, por ejemplo, disfrutar de una caseta en la Feria. En sus tiempos de concejal no había criterios establecidos de reparto. Bretón podía adjudicarlas a dedo como antes lo había hecho el socialista Manuel Fernández Floranes.

Bretón era, es y siempre será la figura enjuta del PP de los años 90. Sigue teniendo la juventud de los eternos delfines. Goza de sitio reservado en el banco de los que un día fueron presidentes provinciales, cuenta con ese espacio acotado en las vitrinas del partido. Muchos recuerdan con agrado su facilidad para gestionar asuntos de la vida municipal, sobre todo cuando había que acelerar algún entierro en el cementerio de San Fernando y tocaba negociar con la lenta burocracia en momentos de especial delicadeza. O cuando Soledad le encargaba el muerto, nunca mejor dicho, de atender la petición de un famoso para tener un panteón propio en el camposanto.

La infancia y la adolescencia son recuerdos de las aulas del colegio Nuestra Señora del Andévalo, en la Huerta de Santa Teresa, y del Instituto Martínez Montañés, donde tenía de compañero de clase al líder del grupo musical Reincidentes. El niño Bretón era de los que se presentaban a delegado, un echado para adelante, con vocación pública desde muy pronto. La vida son evocaciones de un mozalbete de 18 años que acude a afiliarse a Alianza Popular y se convierte rápidamente en un mirlo blanco en las filas de un partido que no se caracterizaba por su capacidad para atraer jóvenes. Eran los años ochenta y este niño se hace con las riendas de Nuevas Generaciones y se inventa la entrega de premios a personajes de la sociedad civil para hacer ruido, llamar la atención de los medios. Y lo consigue. Vive la transición de la presidencia de Pedro Albert a la de Ricardo Mena-Bernal. Aquellas juventudes fueron muy influyentes para decidir quién asumiría la presidencia provincial del partido. La vida es cocinar pasta y usar mucho las princeps, preparar las cenas de casa con el inconfundible sello de un gourmet, sin excesos ni empachos, todo medido, muy calculado. Los veranos son recuerdos de la casa de su tía en Fuentebravía (El Puerto de Santa María). Y, por supuesto, la vida es apuntarse al Silencio en una época dorada para la Juventud Nazarena, la de Juan Delgado Alba como hermano mayor. En aquellos comienzos de los años 80 frecuentaban la cofradía el hoy sacerdote Pablo Colón y el hoy senador Toni Martín Iglesias.

Bretón no tiene coche. En cierta manera desprecia los automóviles. Prefiere gastar sus dineros en otras aficiones que predican un gusto loable y refinado, como las figuras para sus Nacimientos. Bretón vive la Navidad desde el verano. Prepara las Pascuas con meticulosidad. La Navidad es junto a la Semana Santa su gran pasión. Dicen que en agosto le han visto hacer compras con vistas a la Navidad. Le gusta pedirse de descanso los días previos a la Nochebuena para vivirlos con intensidad. En su casa ha organizado muchos años las visitas por grupos a su imponente Belén con estadillo horario perfectamente organizado, con derecho a merienda de productos de La Despensa de Palacio si los turnos asignados son los de media tarde.

De niño promesa a tertuliano. De expuesto en los medios de comunicación con poco más de veinte años a político refugiado en la sede del Defensor. De presidente provincial del partido a ariete de la derecha en la televisión pública andaluza. De apartado de la vida pública a ser la cuota mediática del PP en La Nuestra. De buscar gente para llenar los mítines de Aznar en Los Remedios a cerrar las puertas del auditorio de la Cartuja porque ya no se cabe. De la sede de General Polavieja a la de Rioja.

Treinta años demuestran que otro Bretón siempre es posible. Su gran mérito es haberse reinventado, aguantar más que un buzo debajo de aguas embravecidas, incluso cuando algunos amigos le reprochaban su capacidad de espera de nuevos destinos. Su ausencia de complejos le ha llevado a pedir cada vez que la ha necesitado la ayuda del partido o de amigos influyentes. El partido, esa estructura cambiante que engulle las figuras políticas y carece de memoria, lo ha repescado siempre. Pedid y se os dará, ora en un despacho de la sede regional, ora en la Diputación. El custodio de los valores del centro-derecha de los años 90 ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir. “Vas a durar más en el PP que Jaime Bretón”, dicen algunos que lo tienen como vara de medir.

Este sibarita navegó en el barco de Álvarez Colunga. Cultiva su relación con Carlos Herrera, como la cuidó con Francisco Giménez Alemán. Tiene muchos cuadros de Juan Roldán y de Ricardo Suárez. Una vez acabó harto de estar tantos días seguidos en Florencia. La estancia de un mes en la capital italiana le resultó interminable. Saludó al Papa Juan Pablo II a los pies de la Giralda en 1993. Le tocó lidiar la crisis del Gran Poder a su paso por una Plaza de la Gavidia tomada por el golferío nocturno, precedente más próximo a la Madrugada amenazada que ha llegado a nuestros días. Tuvo un bar en Nervión junto a otros socios: el Tucker. Su figura alta, delgada y que revela ciertos achaques de espalda se ha divisado siempre como tradicional en las reuniones del PP desde hace casi veinte años. Trató mucho al recordado Alberto Jiménez Becerril, que de alguna forma lo sustituyó como figura prometedora en el Ayuntamiento hasta que cayó asesinado junto a su mujer en la calle Don Remondo, la calle donde siempre hace frío desde aquel enero de 1998.

Bretón sembró envidias cuando aparecía en los medios de comunicación por la belleza de sus belenes, por su condición de melómano, o por sus declaraciones como ex concejal, mientras otros cargos del partido se batían el cobre en los barrios. Al final la vida es ir subido a un autobús: naranja o carmesí, de concejal o de defensor, de consejero audiovisual o de asesor de la Diputación. Pero siempre subido. Y aplicar el lema de Tussam: déjate llevar. Los noventa fueron ayer. O esta mañana, como diría el Pasmo.