Alta Velocidad de Huelva

Carlos Navarro Antolín | 11 de febrero de 2018 a las 5:00

GARCÍA PALACIOS

EL salón de actos de la Caja Rural estaba hasta las trancas de público aquella mañana de febrero de 2013. Se presentaba el cartel oficial de la Semana Santa, pintado por Nuria Barrera, por lo que una brisa de Quizás, perfume de Loewe, impregnaba buena parte de la estancia. El cofraderío oficial copaba las localidades de primera fila. La tropa se conformaba con las últimas, con el consuelo de estar más cerca de la salida que garantizaba un acceso rápido a las croquetas de rigor. Hacía tan sólo unos meses que había dimitido el presidente del Consejo de Cofradías, Adolfo Arenas. Las causas verdaderas de aquella renuncia nunca trascendieron, lo que siempre sirve en Sevilla para alimentar toda clase de leyendas. Y las leyendas son útiles, de alguna manera, para disfrutar de la condición de mito, rozar la inmortalidad y generar cierto morbo. Por ejemplo, Curro Romero era una leyenda, un personaje inalcanzable, misterioso, inaccesible, del que no conocíamos la voz, acaso tan sólo por la breve entrevista en el callejón que le hacía el periodista de TVE tras el segundo toro de su última tarde en el abono abrileño. Pero nada más. Ni Curro tenía cortijo, ni se vestía en el Hotel Colón, ni se prodigaba en las revistas de colores. Y todo ese estilo, esa discreción natural, hacía más grande su figura, más enigmática. Hasta que un día se rompió ese halo de misterio que hacía más grande al Faraón. Aquella dimisión de Adolfo Arenas –decíamos– nunca se explicó bien. Pasó a ser un asunto tabú. El día de la presentación del cartel de Nuria Barrera ninguno de los cofrades que tomaron la palabra tuvo un recuerdo hacia el anterior presidente, pese a que la designación de la artista se había hecho bajo su mandato y pese a que la dimisión estaba aún muy caliente. Esos silencios fueron una muestra más de la cobardía cofradiera, no fuera a molestarse la autoridad eclesiástica. Nadie de la que había sido su casa se acordó de Adolfo Arenas hasta que un señor que no es de Sevilla colocó al ausente en el sitio que le correspondía. Nada menos que el anfitrión, el presidente de la Caja Rural, José Luis García Palacios (Huelva, 1936), abrió su discurso con unas palabras hacia el presidente del Consejo con el que había colaborado durante varios años, cada uno desde su puesto. A Adolfo Arenas lo llamaron por teléfono en cuanto acabó el acto para darle el minuto y resultado de la cicatería cobardona cofradiera y del señorío onubense.

–Don Adolfo, los suyos ni le han mentado. Ha sido el señor de la Caja Rural, el que tiene todas las hechuras de Pepe Luis Vázquez, el que lo ha hecho con toda elegancia. Se han quedado los demás con la cara colorá.

Y Adolfo, abandonando su habitual prosopopeya y esa oratoria de cornucopia que es marca de su casa, acertó a sentenciar.

–Es que José Luis es un señor. El lunes lo llamaré para darle las gracias.

García Palacios ha sido durante décadas ese señor de Huelva, muy orgulloso de Huelva y que siempre vuelve a Huelva por muy tarde que se le haga en Sevilla, que forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Es uno de los nuestros, que diría aquel. Hay quien lo imita, como Perico Rodríguez, que siendo alcalde de Huelva estaba todo el día en Antares, pero no ha llegado a alcanzar tanto grado de arraigo en Sevilla. Si la Dirección General de Tráfico tuviera la potestad de crear títulos nobiliarios, don José Luis tendría que tener, por lo menos, el marquesado de la A-49 (sin nieve, por supuesto). Personifica como nadie la alta velocidad de Huelva. Se ha pasado la tira de años en su despacho de presidente de la Caja Rural en Sevilla, el que tiene vistas a la hoy denominada plaza Josefa Reina Puerto, antiguamente conocida como el Callejón de los Pobres, una ironía del destino la mar de sevillana, porque en la primitiva plazuela de los pobres se ha pasado este onubense casi dos décadas generando créditos para ayudar al empresario agrícola.

García Palacios ha sido un presidente de la Caja Rural tan sencillo que cuando iba rodeado de colaboradores muy trajeados por la calle San Eloy, el viandante no acertaba a señalar de pronto quién era el que ostentaba el mando. Con un rostro de bondad y un estilo pausado, procura siempre no generar envidia, sabedor de que la envidia es como la hipertensión: el enemigo invisible. Nunca ha querido tener casa en Sevilla, es usuario de coches de segunda mano, fiel a Punta Umbría y con un reloj de alta gama de estilo añejo.

García Palacios tenía la vida resuelta desde pequeño. Hijo único, criado en una familia de empresarios palentinos relativamente acomodados, dedicados a los cueros, las pieles y las lanas, apostó por fabricarse su propio destino. Nació en Huelva porque sus abuelos habían elegido el Sur para su actividad empresarial, porque era donde más ovejas había. Desde muy pronto puso el ojo en las necesidades del mundo cooperativo, donde apreció graves carencias. Una de las pasiones de García Palacios son ciertos dulces, ay esos romanitos, pero con la misma intensidad figura una pasión quizás más árida: el cooperativismo agrario y de crédito. Empezó muy joven en la Cámara Agrícola de Huelva, de donde fue reclamado por la Caja Rural de la misma ciudad para acabar siendo el presidente de la entidad, primero en la propia Huelva y después en Sevilla. Su gran labor se resume en pocas palabras: haber contribuido a la transformación del sector agrario a través del crédito cooperativo. Y hasta tuvo tiempo para entrar en política en los años de la Transición. Entrar en ese mundillo, trabajar como senador en dos legislaturas y saber decir eso tan difícil del ya estoy yo en mi casa cuando Adolfo Suárez se fue y se evidenció que la UCD era un nido de víboras. García Palacios continó teniendo esa fachada de senador, de patricio romano feliz en su Huelva natal.

Si hay un objeto que define a García Palacios es una libreta donde apunta las peticiones de la gente. Cuando se está más de cuarenta años en puestos de relevancia, uno se acostumbra a que le pidan favores, ayudas diversas y cualquier tipo de prebendas. Todas son apuntadas en esa libreta donde sigue la tramitación de las peticiones: el empresario que pide una cita directa con el presidente de la Caja, el cura que necesita un patrocinio para el libro, el hijo del amigo del amigo de Huelva que clama por un traslado a una oficina de Sevilla… A sus 81 años se mantiene muy activo porque no deja de pensar en el futuro. Siempre ha sido obsesivamente previsor, tanto que el día de su boda llevaba papel higiénico en el bolsillo: “Por lo que pueda pasar”.

La vida son horas de relajación en labores de jardinería. Pantalón corto, manguera, tijeras de podar, arriates que piden un repaso… La vida es montar a caballo en el Rocío. Este onubense de pura cepa no disfrutó de verdad de la romería hasta que un año lo llevó la malagueña con la que se casó. Desde entonces no falta. Yse puede afirmar, sin margen de error, que la vida es lisa y llanamente Pilar. Una vez le ocurrió que la tarde previa a la salida de la hermandad fue a comprobar que el caballo y todos los arreos estaban a punto. El picadero estaba ubicado junto a una carpintería de ataúdes. Literal. Cuando García Palacios llegó, no había nadie, pero de pronto se abrió un féretro y salió un hombre del interior. Don José Luis se olvidó del caballo, de los atavíos y huyó rápido del lugar. Se trataba simplemente del final de la siesta del carpintero… La vida es disfrutar de los helados de La Ibense, incluso resguardado en el interior del coche para que los hijos no se los quiten. Le gustan los de sabores añejos: mantecado y tutti frutti. Ha habido años que ha acumulado helados del verano en el congelador para tener suministro todo el invierno. La vida es ser taurino, muy taurino, llevar a gala ser el promotor del monumento a Pepe Luis Vázquez. Y la vida, cómo no, es haber sufrido ingratitudes, desgracias que sólo se soportan con la alegría de la fe y hasta algunos intentos taimados de rebelión… en la granja.

El día que fue proclamado Sevillano del Año agradeció el título con humildad: “Nunca he tenido casa en Sevilla”. Jamás ha sentido que Sevilla fuera una ciudad difícil para el que viene de fuera. “Eso es cosa de los torpes”, dicen que alguna vez ha afirmado cuando oye teorías sobre los cerrados círculos hispalenses.

El decano del sistema financiero español, con casi 50 años en el sector, sigue hoy al frente de la fundación Caja Rural, con sede en Huelva, la ciudad donde hay sexagenarios que recuerdan cómo les atendió don José Luis en los años 70 cuando, siendo jovenzuelos, fueron a pedirle ayuda a su casa a una “hora impertinente” para fundar una hermandad. Una de sus máximas es que los problemas que se resuelven con dinero no son problemas. Y se le atribuye haber sido pionero en concebir la Feria de Sevilla como una fiesta de eso que ahora llaman formato largo. Desde hace muchos años la ha empezado por su cuenta desde el fin de semana previo. Esos días, solo esos días, se queda a dormir en un hotel en Sevilla. Y la A-49 espera siempre a este hombre pausado y parsimonioso que se pirra por los dulces tanto como por una charla sobre el cooperativismo de crédito.

El vaivén de las células

Carlos Navarro Antolín | 4 de febrero de 2018 a las 5:00

HUGO GALERA

HAY gente que se sabe guapa, con la fuerza de la energía y, sobre todo, con la capacidad de presumir y exhibir sin complejos los dones que la naturaleza le ha concedido. Este tipo de gente no pasa nunca desapercibida. Como las cosas parecen según el cristal con que se miran y se interpretan en función de los gatos que maúllan en el vientre de cada uno, hay quienes ven en estos tipos la arrogancia personificada, mientras otros afirman que se trata simplemente de personas seguras de sí mismas. La seguridad es una virtud propia de personas brillantes. Los destellos de ese brillo pueden fruncir ceños y generar juicios recelosos. Los ciudadanos brillantes son, muchas veces, diamantes tallados en las aulas del esfuerzo, forjados en las coyunturas nada favorables, curtidos en la adversidad de hacerse un hueco en una ciudad muy alejada de la que nacieron. Los guapos pagan el precio de serlo. Los guapos y brillantes no tiene derecho a casi nada, simbolizan el triunfo. Y a Sevilla le encanta ver subir a alguien a la cima del éxito para dejarlo caer mientras desparrama la vista hacia otro lado.

Hugo Galera Davidson (Tenerife, 1938) recaló en Sevilla con poco más de 30 años con los riñones cubiertos y el título de catedrático de Anatomía Patológica bajo el brazo. Llegó siendo ya catedrático en los tiempos en que las cátedras todavía estaban revestidas del velo del prestigio. Sus primeras señas de identidad eran los ojos claros, el acento melifluamente canario, un pelazo y un segundo apellido que al personal le evocaba, con razón, a los fabricantes de las legendarias motos. Rico de Cuna (esquina Laraña), este médico responde al perfil del trabajador nato, del que se pone en planta a las cinco de la mañana y termina por agotar a sus colaboradores. Se le atribuyen leyendas propias de Petronio, árbitro de la elegancia; anécdotas para un libro y algunas frases lapidarias con las que él mismo apunta, también con razón, a sus fuentes de ingresos propias y no heredadas: “Vivo exclusivamente de mi trabajo”. E incluso a su éxito como médico y empresario: “Tengo el mejor hospital privado de Despeñaperros hacia abajo”.

Su especialidad médica no genera proyección social. Se trata de una actividad basada en mucho de trabajo en laboratorio, mucho microscopio y horas de estudio e identificación de las células y la observación de su comportamiento. La Anatomía Patológica, fundamental para los diagnósticos médicos, no es una rampa de lanzamiento para quien necesita dar salida a la fuerza de su ego. Aquí radica quizás una de las claves de este personaje: la capacidad de elevar el grado de conocimiento de una especialidad o incluso de una institución por medio del tirón de su fuerza personal, ese valor añadido por el que, por ejemplo, la Academia de Medicina disparó su actividad en los años en que fue presidida por este catedrático. Nunca esta antigua institución había tenido secretaria y jefa de prensa hasta que Galera, aseguran que de su bolsillo, pagó los gastos de ambos trabajadores. Tampoco había tenido músicos para solemnizar las aperturas de curso y las ceremonias de ingreso de nuevos miembros, siendo presidente, además, la Academia perdió el convenio con la Junta de Andalucía por el que se solicitaban a la institución los dictámenes médicos que necesitaba el SAS para los litigios judiciales. Cada informe estaba valorado en 1.500 euros. ¿La causa de la ruptura de esta línea de colaboración? Cuentan que el comité de admisión de nuevos miembros de la Academia se negó a aceptar por falta de méritos el ingreso de la pareja sentimental de una importante dirigente política. Y aseguran que Galera respetó escrupulosamente la decisión de sus colaboradores. Criterio se llama.

Es innegable su espíritu de empresario, esa voluntad perenne de emprender, de asumir riesgo. En esta faceta ha sido fundamental su relación con Rafael Álvarez Colunga y el doctor Jesús Loscertales. Galera compró la clínica trianera de la Cruz Roja, invirtió una ingente cantidad de dinero en su modernización y terminó por venderla. Hoy mantiene el hospital de San Agustín de Dos Hermanas. Presume de que sus servicios médicos tienen más encargos al año (biopsias, citologías, etcétera) que el Hospital Virgen del Rocío. Lo suyo siempre ha sido la gestión más que el trato directo con el paciente. Necesita vivir con intensidad las horas, no tiene tal vez la paciencia suficiente para dar malas noticias a los enfermos. En la facultad, donde dejó el grupo de Anatomía Patológica hecho una piña, aún se recuerda cuando se negó a dar una clase porque los bedeles, que estaban de huelga, no habían transportado el carrito con el proyector de las diapositivas hasta el aula. Galera exclamó: “¡Esto es inadmisible!”. Y se marchó sin dar la clase sobre el tiroides con el rosco de las diapositivas en la mano. Otro día le rayaron el coche, un Mercedes, hasta dejarlo impresentable. Tardó muy poco en comprarse uno nuevo y anunciarlo a los alumnos al inicio de una clase: “Muchas gracias a los autores de la broma, porque así tengo coche nuevo”. Y no le rayaron el coche por segunda vez.

El Betis, todo el mundo lo sabe, es su pasión personal. Cuando quiso buscar la relevancia social, eligió el mundo del fútbol y no la presidencia del Colegio de Médicos. Hoy sigue comprando acciones del club del que fue presidente, de cuya junta directiva salió huyendo ante los modos y el estilo personal del entonces ya inquietante y emergente Manuel Ruiz de Lopera. Es notorio que por el vecino del Fontanal no siente el más mínimo aprecio. El odio que se profesan tiene un indudable color negro africano. Galera dio una fiesta en su chalé de Bormujos en el verano de 2013 para, supuestamente, celebrar la clasificación del Betis para la Liga Europa. Pero, en realidad, era para festejar que el poder judicial tenía acorralado a Lopera. Galera nunca ha disimulado ante nadie el placer que le produce ver a don Manuel arrinconado por las togas y gastándose una fortuna en recursos.

Vecino de la Avenida República Argentina, tuvo un contencioso muy singular hace muchísimos años, allá por los ochenta, con Luis Cuervas porque el empresario del juguete se quejó de que el hijo de Galera había provocado desperfectos en su Mercedes color mostaza. El pleito llegó hasta el juzgado de Menores. Los dos vecinos se retiraron los embajadores, continuaron viviendo en el mismo bloque de la acera impar de la gran avenida de Los Remedios y, con el tiempo, se enfrentaron también siendo presidentes de los dos principales clubes de la ciudad.

La vida es perderse en un barco por la mar, renunciar a seguir siendo presidente de la Academia de Medicina por considerar cumplidos los objetivos, entre ellos el de rejuvenecer la edad media de los académicos e incorporar a la primera mujer: Salud Borrego, experta en Genética. Es disfrutar de los momentos de diversión personal junto a Jesús Loscertales, tan distintos y tan afines ambos. La vida es pagar un café en el Oriza de los años noventa sacando (exhibiendo) un fajo de billetes del bolsillo. La vida es la gestión de terrenos de su propiedad en las Islas Canarias, algunos destinados a construcciones inmobiliarias, otros acabarían en playas para turistas. La vida es disponer de la asistencia de un conductor fiel y discreto, seguir dedicando horas al estudio de la Medicina, lucir camisas de manga corta bajo la chaqueta en los meses de verano, participar en monterías. Y, por supuesto, la vida es cuidarse, comer poco, estar siempre delgado. Y así se puede presumir de porte y de lo que se quiera, como de haber impulsado la fundación de la facultad de Medicina de la Universidad de la Laguna. Mantiene el acento canario tanto como el uso del pisacorbatas y el color moreno de piel todo el año, propio de los presumidos. Se ha hartado de viajar con motivo de los (divertidos) congresos médicos, hasta el punto de que un día le dijeron: “Hugo, tienes más congresos que el PSOE”.

La vida son los almuerzos en los reservados de Oriza para las conspiraciones béticas, o los recuerdos de las cervezas en el bar Duero de la calle San Jacinto en los tiempos en que estaba al frente de la clínica Infanta Luisa. Una de sus penas es no haber podido contar con un aparcamiento subterráneo en la plaza de San Martín de Porres, un equipamiento vital para el centro sanitario. La vida es criticar la ostentación y los comportamientos horteras, en especial del personaje que toda Sevilla sabe que está en el centro de la diana de Galera y del que dicen que le puso “Hugo” a uno de sus perros.

Un día de la florida primavera hispalense se celebraba un acto social multitudinario en Triana al que asistía el periodista Luis Carlos Peris, quien en un momento concreto anunció al doctor Galera que debía marcharse porque tenía que asistir a una corrida de toros en la Maestranza. Galera le pidió que aguardara, que le aseguraba que llegaría a tiempo la plaza. Peris se quedó. Al rato apareció el coche del médico de guardia de la clínica Infanta Luisa, un vehículo con su rótulo oficial y dotado de gálibo, y se llevó a Peris para dejarlo en la Puerta del Príncipe antes del comienzo del paseíllo.

Exquisito para unos, altivo para otros. El precio del éxito es la división de opiniones. La pura verdad es que Galera no vino a Sevilla a llevárselo calentito, como tantos otros que aparecen prometiendo crecepelos o usándonos como tablao de sus juergas. Teniendo los riñones a buen recaudo y, además, el blindaje de una nómina del Estado por enseñar cómo se miran las células, este canario se metió en la aventura de ser empresario en Andalucía. Ambición productiva se llama. Necesidad de proyección social se crítica. Todo depende del microscopio con el que se observa. Las células se mueven, se empujan unas a otras, cambian de forma. Como Galera. Catedrático, académico, bético, empresario.

El brindis por el Rey

Carlos Navarro Antolín | 14 de enero de 2018 a las 5:00

Juan Gómez de Salazar

HAY quienes por puro prejuicio quieren que los curas no salgan de las sacristías. La religión, mejor cuanto más orillada. Y en caso de que algo religioso deba ser exhibido, es preferible que sea en su versión más descafeinada: cabalgatas sin reyes magos o con adefesios que distorsionen, libros escolares de moral católica donde Dios no aparece ni en la portada, retransmisiones de Semana Santa limitadas a la coreografía de los costaleros o a elementos secundarios, libros sobre el Rocío para niños donde literalmente no aparece la Virgen ni tampoco Pentecostés (estos libros incluso se han vendido en la tienda oficial de la Hermandad Matriz)… Cuando el terrorismo se cebaba con los militares y los agentes del Instituto Armado, los uniformes desaparecieron de las calles. Pura cuestión de seguridad para nos dar pistas al enemigo. Las sociedades blandas por acomplejadas, en las que el compromiso cotiza a la baja, aprovechan cualquier coyuntura para arrinconar aquello que resulta incómodo. Hasta hemos asistido a desfiles militares sin bandera tanto en el Corpus como en la Virgen de los Reyes. Desfiles 0’0 como la cerveza insípida.

Los tiempos cambian cuando desaparecen los presidentes del Gobierno incompetentes, maliciosos y de cejas altas, cuando las amenazas son vencidas por el Estado de Derecho, y cuando surgen personajes limpios de corazón, sin complejos y con dos o tres ideas suficientemente claras. Juan Gómez de Salazar Mínguez (Madrid, 1957) es un soldado. Ante todo, un soldado que cada mañana se pone en planta a las 05:30 para correr seis kilómetros e ir encendiendo las farolas de la ciudad desde la que dirige la Fuerza Terrestre española como teniente general. Para los sevillanos es el capitán general. Porque sí. Se ha ganado el título. Como a Soledad Becerril le siguen diciendo alcaldesa, o a Alfonso Guajardo-Fajardo el teniente por su etapa en la Real Maestranza. Y, además, el edificio de la Plaza de España sigue manteniendo el rótulo: “Capitanía General”. Como sigue conservando los cañones en la fachada y a esos soldados de guardia que da gusto saludarlos y disfrutar con qué educación reciben y atienden al visitante. Cuántos conserjes de República Argentina, porteras de colegios privados internacionales y recepcionistas de consultas privadas de médico deberían aprender de la formalidad de estos servidores de la patria con uniforme, botas y arma reglamentaria.

El teniente general Gómez de Salazar será quizás el alto militar más longevo en Sevilla, lo cual no es muy habitual por la limitación de años en un destino. A sus años de jefe del Estado Mayor de la Fuerza Terrestre en Sevilla hay que sumar los que lleva de teniente general de la FUTER, un puesto que le tiene asegurada su estancia en la capital de Andalucía hasta noviembre de 2019. Está absolutamente integrado en la ciudad. Consagrado a la tarea de abrir las puertas del Ejército a la sociedad, empeñado en devolver a los militares el orgullo de llevar el uniforme por la calle, en que nadie mire a un soldado vestido como tal por Sierpes como si fuera un marciano. Mucho menos una amenaza. El Ejército es la garantía, siempre lo ha defendido. Lo que no se conoce, no se valora. Y lo que no se valora no se puede llegar a querer nunca como propio. Por eso se repiten los actos con escolares en Capitanía para izar la bandera, por eso se abre el salón de celebraciones a la mínima oportunidad, por eso se firman convenios con las universidades, por eso el rango de puertas abiertas que se le da a la festividad del patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, una jornada en la que hasta se enseña la sala de operaciones (el búnker de la Plaza de España) desde donde se dirigen las maniobras internacionales. 40.000 soldados tiene a su cargo este militar, hijo de general de la Guardia Civil y padre de militares.

El carácter lo es todo. La afabilidad de Gómez de Salazar, su educación exquisita, su porte de caballero cortés y elegante por sencillo, contribuyen y mucho a que la imagen del Ejército en Sevilla sea la más adecuada para los tiempos que corren. Un Ejército que es fundamental para la implantación de la cultura de defensa. Siempre se refiere a la necesidad de que la población adquiera esa cultura, indispensable para asegurar un orden. El orden facilita la convivencia. Y un Ejército prudentemente alejado de la política, al servicio de los ciudadanos, es la garantía. “El militar no debe ser apolítico, sino estar despolitizado”, se le ha oído decir alto y claro.

Es difícil verle enfadado o contrariado. Le gusta el contacto con la tropa. Le encanta el café en la cantina con sus más estrechos colaboradores tras esas carreras matinales a la vera del río. Casi todo es motivo de broma para desplegar ese sentido del humor que es el lubricante de los días que le ha tocado vivir. Es evidente que la gente lo quiere en Sevilla, y que él se siente querido en la ciudad. Al malage hispalense le pone buena cara. Se puede afirmar que es de esos personajes que han aportado a la ciudad más que la ciudad a ellos. Porque ha sacado ha sacado la mejor versión de la ciudad. Y no es por su cargo, porque otros ha habido en su mismo puesto que han pasado desapercibidos, o que es mejor que no sean recordados sino por el retrato oficial de rigor.

El teniente general es persona con escasas barreras. De fácil acceso. Se le ve por un supermercado, haciendo cola en la pescadería o comprando los avíos para los cocidos que él mismo prepara, o recibiendo las llamadas de compañeros con los que trató en sus años en la Brigada Paracaidista. Cede el honor de hacer el brindis de una celebración en el salón del trono si así lo estima oportuno. En la última festividad del patrón de la prensa lo hizo con Burgos: “Don Antonio, haga usted el brindis”. Y el escritor procedió con la copa en alto: “¡Por el Rey!”.

Duerme poco. Tiene más aguante que un nazareno del Polígono. Se ha aprendido la jerga local con rapidez. Habla de “tramos” y de “juntas de gobierno” con toda precisión. Su agenda es una losa que carga con una sonrisa. Disfruta a pie de campo en las maniobras castrenses mucho más que en el cuartel. Anota todo en el helicóptero en el que se desplaza, usa el teléfono inteligente para ir adelantando los encargos desde las alturas de la aeronave, para alertar de las deficiencias que haya observado durante los ejercicios. Aficionado taurino sin complejos con localidad en Las Ventas, abonado del Real Madrid, feligrés de la Parroquia de San Sebastián. Procura implicar a los menos subordinados posibles en la agenda social a la que está obligado por su cargo, al contrario que muchos políticos mediocres que se hacen esperar en la puerta por el séquito de asesores hasta cuando acuden a una cena.

La vida es ser fiel a un concepto de austeridad que escasea en la sociedad de hoy. Es abrir el Ejército, integrarlo en la vida cotidiana, fomentar las juras de bandera de civiles, actos cada vez más masivos, trabajar para que la ciudad se sienta orgullosa de ser la sede del mando operativo del Ejército de Tierra, llevar a los militares a colaborar con Andex, las bolsas de caridad, potenciar la Cáritas castrense, los centros de estimulación precoz, la cabalgata y otras iniciativas sociales, ciudadanas o solidarias. La vida es tratar de cumplir con todos, preocuparse por el futuro laboral de esos soldados de tropa que han de dejar la actividad a los 45 años, de los que se preocupa que se vayan con un certificado de todo lo que han aprendido para facilitarles el acceso a un empleo digno. La vida es combinar los uniformes y el traje de civil según la oportunidad, es superar cada año las pruebas físicas a las que se somete como un soldado más en Pineda, en la zona del antiguo Hospital Militar: correr seis kilómetros, la serie de flexiones con los brazos y la serie de abdominales. La vida es participar en la prueba física más original del año: correr la Raya Real. Y después participar en la jornada de convivencia en la casa de hermandad del Rocío de Sevilla. La vida es dejar que te sirvan el postre, no probarlo y pasárselo después al compañero o al invitado: “Así te comes dos”. Es ofrecer un trago largo al invitado con tono de camaradería que demuestra capacidad para paladear un momento agradable y estirarlo con prudencia algunos minutos.

La vida es disfrutar con la caza en fincas de Toledo o Extremadura, saborear las perdices escabechadas, hacer gala en todo momento de un carácter sereno e inquieto a la vez. Es tener la respuesta adecuada al político que se acerca preocupado en los días previos al referéndum catalán y lo aborda en un corrillo: “Mi teniente general, ¿qué va a pasar?” Y Gómez de Salazar contesta: “Tranquilo, estamos preparados”. La serenidad sólo se rompe cuando va en el tren, se acerca el final del trayecto y es el primero en estar listo para bajar. Tal vez sepa que de los trenes hay que bajar con celeridad, que en la vida hay que estar preparados para subir a otro vagón, para cambiar de etapa, para saber dar por cerrados los ciclos. En definitiva, en la vida siempre hay que estar preparados. Y tener claro que si Dios está en los pucheros, el Ejército ha de estar presente en la sociedad. Y el alto mando no ha de perder nunca ni el carácter operativo ni el contacto con la tropa. Ni tampoco el café en la cantina, ni el saludo afectuoso por videoconferencia al compañero que se la está jugando en Afganistán. Y cuando hay que corregir una actitud, mejor hacerlo con serenidad, con una sonrisa, como si no se notara, con un leve comentario acompañado por un gesto tenue. Esa forma resulta muchas veces la más enérgica, aunque no lo parezca. Ya se sabe que el arte de mandar consiste en buena medida en lograr que alguien haga con agrado lo que tú quieres que haga sin que se note que lo has pretendido, sin necesidad de haber forzado ningún comportamiento.

Gómez de Salazar es el capitán general de Sevilla por mucho que el cargo sea el de jefe de la FUTER. Que lo sevillanos sigan llamándole capitán general es la prueba de que ha caído de pie en la ciudad. Sobre todo porque lo de la FUTER suena a delantero portugués del Atlético de Madrid. Y porque a un taxista sevillano le pides que te lleve a la sede de la Jefatura de la FUTER y te toma por un trastornado.

Cuando el calendario anuncie las hojas caídas del otoño de 2019, la prueba del deber cumplido para este militar será que ningún sevillano se gire al ver por la calle a un militar de uniforme. Y que en miles de casas y en miles de perfiles de las redes sociales luzcan las fotografías de la jura de bandera de tantísimos civiles que quisieron cumplir con la patria. Entonces, el capitán general podrá repetir una de sus máximas: “Tómate mi postre, que yo estoy ya satisfecho”. Y con la misma generosidad cederá a otro el honor de brindar por el Rey. La felicidad sincera, al fin, consiste en ver que el otro prueba durante un instante aquello que a ti te hace feliz toda la vida.

La fuerza de la serenidad

Carlos Navarro Antolín | 17 de diciembre de 2017 a las 5:00

Jaime Rodríguez Sacristán

 

EN Sevilla hasta hace poco tiempo no existía una atención especializada para niños con discapacidad mental. El estigma caía sobre ellos como una losa de la que resultaba imposible zafarse. Alguien, un día, trajo a Sevilla el concepto de psiquiatría infantil. Y ocupó la hasta ahora primera y única cátedra de esta especialidad en la capital de Andalucía. Hay gente que ha dedicado toda su vida a luchar contra el estigma, a librar a estos pequeños pacientes de esas etiquetas que orillan al enfermo, lo condenan al gueto o, aún peor, lo recluyen a los manicomios con el desdén de quien emite una condena con un codo en la barra del bar y un palillo en la comisura del labio. Jaime Rodríguez Sacristán (Benaoján, Málaga, 1934) se fue muy joven a París a aprender la primera ciencia que trata a los niños con problemas mentales como pacientes, no como locos. Por eso dicen que es un desestigmatizador. Su psiquiatría humaniza al paciente. Autismo, asperger, atención temprana, estimulación precoz… Comenzó a promover en Sevilla una serie de conceptos y denominaciones que antes eran desconocidos o, mucho peor, eran concentrados en términos duros o, cuando menos, carentes de una mínima caridad. Inició los tratamientos especializados, comenzó a diferenciar patologías. En definitiva, apostó por tratar al niño como a un niño.

Puso los cimientos de la psiquiatría infantil en Sevilla como también puso los de la primera Facultad de Psicología. Porque en aquellos tiempos tampoco había psicólogos en Sevilla. Su formación como humanista está fuera de duda: tras hacer Medicina, se matriculó en Filosofía y Letras. Dicen que desde muy pequeño tenía ya cara de intelectual, interés por leer, por saber, por asistir a recitales de poesía, una de sus grandes pasiones. Es un gran activista intelectual desde una forma de ser reposada, un habla serena, una educación exquisita y un trato esmerado con los demás. Frente a quienes pregonan que los valores de siempre están en crisis, el doctor Rodríguez Sacristán replica que lo que ha cambiado sustancialmente es el contexto social, no los valores. Los valores de siempre, los que hacen más fácil la convivencia urbana, siguen siendo útiles. Quizás más que nunca. Y otra de sus grandes enseñanzas en las entrevistas periodísticas es que el mal existe. Las personas malas existen. La maldad humana habita entre nosotros. Hay que saber localizarla para alejarse de ella.

En la ciudad en la que se fundan tantas cosas cada día (clubes, asociaciones, peñas, cofradías, etcétera) este veterano vecino de la Palmera decidió crear el Instituto Doctor Rodríguez Sacristán, donde se comenzó a prestar los primeros tratamientos a menores con discapacidad intelectual. En las Administraciones estaba todo por hacer, no había equipos especializados en psiquiatría infantil, ni presupuesto, ni personal. Nada. El empuje personal de este profesional, sus años de formación en capitales europeas que estaban a la vanguardia en esta rama de la Medicina, hizo posible poner en marcha los primeros proyectos de atención a estos pequeños pacientes. Cuando Sevilla salía de su letargo en la atención a niños con problemas, el doctor Rodríguez Sacristán se iba forjando un currículum y un prestigio en la Unesco, donde fue llamado para los equipos de expertos en la infancia.

La vida es escribir en pequeños papeles que luego reúne y, quién sabe, si salen poemas o incluso párrafos de esos libros que después se leen con tanta facilidad que se podría decir que se leen cuesta abajo. Libros, sí, pero nunca ha editado sus poesías. La vida es el cultivo del intelecto, siempre observando el entorno cuando parece que está despistado, que es muy propio de los intelectuales hacerse el sueco. Los ojos amables del doctor Rodríguez Sacristán escrutan con minuciosidad todo su alrededor, ya sea en un restaurante, en un acto social, en un funeral, o en la sala de espera de urgencias. Ve, mira y observa sin que lo parezca, sin molestar a nadie. Siempre evitará el roce en cualquier situación de la vida cotidiana.

La vida son recuerdos de ver llegar el tren a Villanueva del Río y Minas, donde era de las pocas distracciones para los jóvenes de entonces; de la Ciudad Jardín, donde vivió y muchos vecinos aún lo recuerdan, y de una Avenida de la Palmera donde se podía comprar un solar y edificar una casa acogedora que tiene el nombre del río Guayas, en recuerdo de Ecuador, una de las naciones iberoamericanas donde ha llevado su magisterio en numerosas ocasiones en beneficio del objetivo de siempre: que nadie vea a un niño con discapacidad intelectual como a un loco. Porque no lo es. La vida es seguir recibiendo llamadas de pacientes con 65 años que pasaron por su consulta siendo niños.

Su lugar de trabajo está presidido por una mesa grande donde el aparente desorden de papeles es un orden perfecto para su principal usuario. Suenan el móvil y los pitidos del servicio de mensajería, lo que prueba su facilidad para adaptarse a las nuevas tecnologías. Tiene problemas para decir que no cuando es requerido para cualquier iniciativa. Hay quien dice que es de los médicos que va pasando consulta por la calle. Jamás le oirán hablar de dinero. Siempre le verán cuidarse mucho, pasar unas vacaciones tranquilas en un hotel recoleto del Puerto de Santa María. Hace años que dejó de fumar cigarrillos de la marca ‘Rumbo’. Y que dejó de salir de nazareno en La Estrella. No es un sevillano al uso, pero nunca ha despreciado las costumbres de la ciudad, ni ha mirado por encima del hombro a cofrades o feriantes para darse aires de importancia o de modernidad postiza. No es ácido ni irónico, pero aprecia la acidez y la ironía en quienes la practican al hablar o escribir. La hiperactividad ajena es de las pocas cosas que lo pueden alterar. Es un gran defensor del valor de la ternura, un consumado especialista en su análisis y en su utilidad en una sociedad de hoy marcada por la violencia, por los informativos cargados de imágenes crueles, en una sociedad acelerada, acerada y demasiado gélida.

Dicen que esta jubilado, pero la fuerza de la vocación le lleva a seguir atendiendo requerimientos como psiquiatra, como cuando salía a buscar pacientes a deshoras y llegaba a casa de noche y, tras cerrar la puerta, dejaba los tebeos de las joyas literarias que había podido comprar para sus hijos.

Un día lo vieron hipnotizar gallinas. Literal. Otro día le pidieron examinar la grafía de un criminal. Conoció mejor al malhechor a través de su letra. El rostro de este médico que Sevilla ha hecho suyo inspira paz, quizás sea la paz propia de quien sabe que la curación en un enfermo de psiquiatría no existe. Son pacientes crónicos. La guerra está perdida de antemano. Pero nadie le priva de la satisfacción de hacerle la vida más fácil a muchos niños, devolverles la autoestima, restarles angustia y ansiedad y, sobre todo, acompañar a sus familias. El psiquiatra, al fin, es una suerte de cirineo del alma. Pudo quedarse en París en su momento, pero quiso retornar a Sevilla por dar la máxima importancia al arraigo en la educación de sus hijos. Tiene claro que el arraigo hace posible la seguridad y la certidumbre que todo ser vivo necesita para vivir en plenitud. La plenitud es eso que ocurre cuando pasea por la Palmera plácidamente del brazo de Asunción, su mujer, y piensa, quizás, en qué bello es ejercer su vocación en Sevilla, donde no pudo estudiar aquello que quería ser de mayor. Porque no existía. Pero él fundó las aulas para que otros lo hicieran. Hizo camino al andar.

El fiscal paciente

Carlos Navarro Antolín | 26 de noviembre de 2017 a las 5:00

Santiago León

EN los códigos no escritos de la ciudad se tiene por aceptado que el vicario general de la Archidiócesis ocupe antes o después el cargo de deán de la Catedral, los tenientes de hermanos mayores de las hermandades lleguen a ser hermanos mayores, el hijo del tabernero garantice la continuidad de la tasca, los hijos de socios de las casetas de Feria alcancen la condición de socios titulares, el hijo del presidente de la caja de ahorros acabe ocupando el despacho del padre, el fiscal de la Real Maestranza de Caballería sea una suerte de coadjutor del teniente con derecho a sucesión, el decano del Colegio de Abogados sea siempre José Joaquín Gallardo (amén) y Antonio Pascual lleve todos los años una vara en un lugar destacado de la cofradía de la Universidad aunque haga la tira de años que dejó de ser consejero de Educación. Las cosas se aceptan con el razonamiento imbatible del Cabeza y elCulebra:“Eso es así”. Y punto. Y no hay argumentarios que valgan. Ydebe ser así. En Sevilla hay cosas que no se discuten, como el peculiar esquema sucesorio en instituciones y empresas, como hay cosas que se mantienen aunque no funcionen, como la máquina limpiabotas del Real Círculo de Labradores.

Javier Benjumea, marqués de la Puebla de Cazalla, tomó posesión como teniente de hermano mayor de la Real Maestranza el 25 de junio de 2011 en una junta general a la que asistió el Infante Don Carlos de Borbón-Dos Sicilias, duque de Calabria. Aquel día se rompió el código sucesorio no escrito, quedó en papel mojado lo que todos habían dado por hecho. El fiscal, Santiago León Domecq (Jerez de la Frontera, 1958), no llegó a teniente. Se quedó de fiscal seis años más. Le tocaba ser teniente, pero no lo fue. El Rey Don Juan Carlos quiso que lo fuera Javier Benjumea. El Rey –era quien podía hacerlo– cambió el rumbo. Y todos obedecieron. Santiago León, lejos de armar el taco, organizar una oposición para hacerle la vida imposible al elegido o ir largando por los rincones de la ciudad, se quedó en la junta de gobierno entrante de lo que ya estaba. De fiscal, de vigilar que los caballeros maestrantes cumplan las ordenanzas llamando al orden a quien haya que hacerlo. En 2011 se convirtió para siempre en el fiscal paciente, ese señor de la prenda de abrigo de cuello alto que viaja en moto y que alcanzó la tenencia de la Real Maestranza seis años después de lo que le correspondía.

Caballero maestrante desde 1983, este León Domecq supo esperar su turno con la disciplina de una señora que hace cola en la pescadería. Y en esos años de espera siguió cumpliendo con sus deberes de fiscal, como el día que tuvo que amonestar nada menos que a Cayetano Martínez de Irujo una tarde de farolillos en la plaza. El conde de Salvatierra se presentó vestido de corto en el palco de los maestrantes con la corrida más que empezada. Procedente del real de la Feria y con ganas de ver a Francisco Rivera Ordóñez. Por fortuna, el público más próximo de la plaza no se dio cuenta de la vestimenta del conde, pero todos los maestrantes presentes sí apreciaron aquellos botos y el sombrero de ala ancha, un atuendo absolutamente improcedente. Ese día, cierta Grandeza de España se quedó en la silla de montar. Y el fiscal hizo de fiscal.

Santi León fue paciente, supo esperar el día de su proclamación como teniente, una jornada para la que tenía reservada una corbata muy especial. Supo aguardar como aficionado a la caza que no se precipita en el tiro. Supo ser discreto, no comentar jamás la pasada de turno a la que se había visto obligado. Supo practicar el difícil arte de quedarse quieto, no hacer nada, aguantar el parón al estilo Paco Ojeda.

No es un caballero maestrante especialmente taurino, pero sí asiste a muchísimas corridas dejando ver camisas que no son de doble puño y un cigarro encendido cuando posa los brazos sobre la baranda del balconcillo. ¿Habrá un síntoma más claro de estatus social que el poder reclinar la espalda en un sillón de tendido? Sí. Poder descansar los brazos sobre el balconcillo del palco de los maestrantes. O el de invitados, que da derecho a puro, aseo con toalla y horchata o destilado escocés con hielo tras el tercer toro.

Simpático, muy sociable, con una notoria capacidad para las relaciones públicas. Algunos apuntan a que es demasiado abierto para el cargo que ahora ostenta, un puesto que las ordenanzas dictan que hay que ejercer “como el coronel del Ejército”. El tiempo dirá si le pone cara de coronel. Los perfiles de los tenientes han sido muy variados en los últimos tiempos. El conde de Peñaflor fue el gran teniente de los meses de brillo de la Exposición Universal. Fue un teniente joven que en la Maestranza impulsó el espíritu aperturista por el que ya había apostado Guajardo-Fajardo padre. El marqués de Caltójar fue el de perfil más discreto y no por ello menos fecundo. El desaparecido conde de Luna fue un caso de carrera meteórica, de no ser maestrante a ser nada menos que el teniente en pocos años. Y Alfonso Guajardo-Fajardo hijo llevó la Maestranza a todos los foros donde se requería su presencia y tuvo la determinación de realizar con éxito varias reformas en un monumento como la plaza de toros. Metió la piqueta, dio esplendor, recuperó diseños arquitectónicos antiguos. Y fue aplaudido.

Este teniente de hoy parece claro que picotea con éxito en todo lo que se propone (el golf, los toros las cofradías…), pero sin militar específicamente en nada. Su gran pasión es la Maestranza. La ilusión de su madre era que llegara a ser teniente.
La vida es una tarde de carreras de caballos en Sanlúcar de Barrameda junto a su íntimo amigo Manuel Laffón, sobrino de la pintora que representa la mejor Sevilla. Sanlúcar es punto y aparte en las evocaciones personales de este fiscal paciente, sobre todo por la preciosa casa Manjón del siglo XVII de su familia. La vida son horas de distensión con Jaime Fernández Argüeso, Rafael Domecq Solís, Ignacio Solís Guardiola o Rafael Pacheco Bohórquez. La vida es eso que ocurre cuando no se está en la caseta de Feria Pepito el pollo, en alusión degradada a la calle donde se encuentra: Joselito El Gallo. Dicen que este maestrante se arranca a bailar con todo desparpajo, como se arrancó a montar un concesionario de la marca de coches Volvo en la Avenida de La Raza. Quien no le ha comprado un Volvo a Santi León en Sevilla antes de la crisis económica es que no tiene un Volvo. Pasó por los negocios de coches, como pasó por el sector de la banca y hasta por el de la telefonía móvil. La vida son recuerdos de un joven con menos de 23 años que asistía al palco de los maestrantes como hijo de maestrante.

El fiscal es el número dos. Es una suerte de malo de la película, quien recuerda la obligación de guardar la disciplina de carril en caso de descarrilamiento, quien está obligado a ser custodio del orden establecido. El número dos supo quedarse callado por orden del Rey. Los maestrantes obedecen al Rey. Al Rey no se le discute, ni jamás se le dice que está desnudo. Enseña Santa Teresa que quien espera todo lo alcanza. Ydecía un teniente de hermano mayor que Dios tenga en su gloria que la ambición era un gran motor para alcanzar cualquier meta en la vida: “Pero siempre que se trate de una ambición prudente”.

Más de escocés que de horchata al doblar el tercer toro, más de Galán que de Scalpers al elegir la ropa, más de moto que a pie para ir del centro a su casa en el entorno de la Palmera, más de Barbiana y Trifón que de lugares dados a los experimentos de cocina, más de la pecera del Aero que del patio del Mercantil, más de Vistahermosa que de Las Redes en los veranos portuenses. Al final, se hizo el nudo de aquella corbata, especialísima corbata, para el día más esperado: el de la proclamación del teniente que aún no tiene cara de coronel. Eso es así.

La sevillana que habla con Adriano

Carlos Navarro Antolín | 5 de noviembre de 2017 a las 5:00

PILAR LEÓN CASTRO

EN Sevilla hay demasiada gente que goza de notoriedad sin conocer la excelencia. En primavera brota el azahar en los árboles como irrumpe el chuflerío en las galerías gráficas. Trayectorias anodinas se inflan y obtienen el reconocimiento de una fotografía cuando no hay más que fatuidad donde se pretende vender mérito. La gente que de verdad se dedica a fines sustanciales, a objetivos realmente provechosos para la sociedad, que profundiza en el conocimiento científico de una parcela que permite obtener luz sobre hechos relevantes, esa gente se resiste siempre a salir en los medios de comunicación. Es la prueba del algodón. No falla. La gente seria –más aún en la coyuntura actual– no está dispuesta a mezclarse en una bulla donde los anhelos de notoriedad se revisten de ciencia y donde la ciencia verdadera no suele tener cabida. En Sevilla hay gente que pide a través de intermediarios que le cuelguen una medalla, como hay señores que rehuyen los focos, que les cuesta un mundo recoger un premio, porque no desean ser confundidos en una fauna donde todos los pájaros son en apariencia cum laude, todos los melones son en apariencia dulces y todos los jamones son en apariencia de pata negra. Lo peor de la apariencia es que siempre iguala por abajo. Ya se sabe que en la montanera todos son cerdos. Por eso es mejor salirse de ciertos terrenos, o pisarlos las menos veces posibles.

Pilar León-Castro Alonso (Sevilla, 1946) forma parte de la Sevilla más excelente y, por ende, menos conocida. Es de esa generación de alumnos universitarios que sigue recordando a sus maestros sin ningún complejo, tal vez también porque tuvieron la oportunidad de conocer a verdaderos maestros, creadores de escuela y con la auctoritas que hoy se echa en falta en las aulas. La sociedad de hoy no reconoce maestros, quizás por efecto de la crisis que repugna el concepto de autoridad. Esta doña Pilar es la arqueóloga sevillana que obtuvo permiso para excavar en Roma antes que en Itálica, ejemplo palmario de que los buenos, los auténticos, son siempre reconocidos fuera de Sevilla antes que en su ciudad natal. Es una sevillana que está considerada como la mejor arqueóloga en excavación adrianea. Todo lo que hoy se sabe de la Villa Adriana de Tívoli (Roma) es por su tenacidad, gracias a su trabajo en un recinto poco valorado por las autoridades locales. Hasta descubrió que en la Villa Adriana existía un sistema que tenía la función de generar frío o calor, una suerte de climatización a la romana.

Los primeros días de excavación en Roma se llevó las manos a la cabeza cuando le dijeron que hasta su llegada no se catalogaban restos ni se guardaban con la delicadeza debida: “Aquí lo que se encuentra se lo lleva el portero”.

La profesora León-Castro no sólo ha profundizado en el conocimiento riguroso de la Villa Adriana, sino que ha descubierto también la Córdoba romana cuando sólo se conocía y valoraba la musulmana. Pero a esta arqueóloga no la verán en las galerías gráficas, ni militando en el chuflerío de las vísperas. Lo suyo nunca ha sido prestar atención a la epidermis, al celofán u otros envoltorios de la vanidad, sino alcanzar la verdad y el rigor, esa verdad siempre oculta bajo la tierra, esa verdad que, en su caso, está en las piedras que hablan y que hay que saber interpretar, esa verdad que es hija del tiempo, la paciencia y el rigor, no de la fugacidad de un tuit.

Esta catedrática estudió en la Universidad de Sevilla de finales de los años 60 cuando su facultad se llamaba de Filosofía y Letras. El año que murió Franco se fue a Bonn para comenzar la línea de investigación a la que ha consagrado su vida:el estudio del retrato romano clásico en la Provincia Bética.

La juventud son recuerdos de las clases en el Colegio del Valle de Sevilla, del que aún conserva una escritura de letra picuda. Siempre que escribe a mano lo hace con un bolígrafo de tinta verde, de esos a los que algunos jamás les hemos visto la utilidad. La vida es una tesis titulada La concepción sociopolítica en la obra de Séneca el Viejo, dirigida por el profesor Blanco Freijeiro, su guía, su faro académico. Junto a otros profesores coetáneos, ha sido una de las introductoras y promotoras de la metodología alemana de excavación arqueológica en España. A su regreso impartió docencia en España en las universidades Complutense de Madrid, de Sevilla, de Santiago de Compostela, de Córdoba, Pablo de Olavide y de nuevo de Sevilla, donde hoy es catedrática emérita. En su retorno a la Universidad de Sevilla, en sus últimos años de actividad docente, le hizo especial ilusión ocupar la cátedra de su maestro, aunque ello supusiera tener que trabajar en un despacho de peores condiciones, lo que en la jerga se conoce como un gallinero. La vida, siempre, son cajas de piedras pendientes de clasificación, piedras a la espera de ser oídas y entendidas, piedras con ganas de que doña Pilar extraiga sus historias.

De trato afable, formas exquisitas, con la timidez propia de las personas educadas y de un estilo personal de otro tiempo. Siempre con el respetuoso usted por delante. De silueta inconfundible: enjuta, con falda tableada de cuadros y el puntero en una mano para explicar las diapositivas. Un día la vieron conduciendo por Roma a 80 kilómetros por hora y ningún colaborador se atrevía a decírselo, porque doña Pilar inspira ese respeto que se conoce como temor reverencial.

Su concepto de profesora universitaria es ante todo la de ser una formadora, lo que supone una muestra de generosidad y paciencia, afanarse en el cultivo a largo plazo que requiere sacar adelante a un discípulo, una tarea que tarda años en dar frutos, pero que concede la (denostada) auctoritas, porque hoy la sociedad se mueve por otras preferencias, a una velocidad mucho mayor y no tiene tiempo para aguardar los resultados del trabajo serio.

Un día acudió Emilio Botín, presidente del Banco Santander, a la sede de la Universidad Pablo de Olavide para firmar un convenio de colaboración con la institución académica. El rector tenía preparado un precioso obsequio para el banquero: una reproducción en terracota de una pieza hallada por doña Pilar en sus excavaciones en la Villa Adriana. Era una denominada antefija, un remate de edificio como el que se desprende en el arranque de la película Ben-Hur y que provoca el enojo de Messala que marca todo el largometraje. A Botín le asombró la pieza con tal intensidad que llamaron urgentemente a la arqueóloga para que fuera ella la que le explicara todos los detalles. Y en ese momento doña Pilar se ganó al banquero, que acabó aprovechando un reunión del Banco Mundial en Roma para visitar las excavaciones. En Roma vieron a Botín con una camiseta de la UPO recorriendo toda la villa. Botín se sintió identificado de alguna forma con el personaje histórico de Adriano, del que se interesó por las columnas que el emperador y arquitecto mandó levantar para generar el efecto de una cortina de agua a su alrededor. Dicen que Botín se inspiró en cuanto le narraba León-Castro para construir una estructura similar en la sede central del banco. Botín acabó patrocinando las excavaciones romanas dirigidas por esta sevillana, de la que también dicen que tiene una gran habilidad para lograr ayudas. Tanta o más como para hablar en público sin papeles y con la mayor naturalidad.

Hay quien se refiere a Pilar León-Castro como la Carmen Laffón de la arqueología por su discreción y autenticidad. Poco aficionada a la cafetería de la Universidad, nada amiga de frecuentar los pasillos, ni de vicios como el de fumar. Los discípulos, la investigación y la redacción minuciosa de las actas de excavación, son tres de sus pasiones. Cuando habla el currículum sobran las fotos. El verdadero mérito no se exhibe. Y en muchas ocasiones habita entre nosotros. A veces en la misma ciudad, en la misma calle, incluso cerca de usted cuando está desayunando cualquier mañana.

Otro Bretón es posible

Carlos Navarro Antolín | 1 de octubre de 2017 a las 5:00

JAIME BRETÓN

HASTA el pasado domingo estuvo expuesto en la Plaza Nueva un antiguo autobús de Tussam de color naranja, de los que circularon por Sevilla hasta que Monteseirín los sustituyó por vehículos coloraos. O, según la terminología cursi, de color carmesí. Las nuevas generaciones no conocieron esos horripilantes autobuses cítricos de los años 90. La denominada Semana de la Movilidad ha sido en realidad la semana de recordar el tiempo vivido, como quien dice, hace un cuarto de hora. Al ver ese autobús, algunos tuvimos que decir lo que Belmonte: “La verdad es que yo he nacido esta mañana”. Parecía que de la escalinata principal del Ayuntamiento iban a bajar Soledad y Alejandro, Alejandro y Soledad, con el pacto de gobierno reeditado. Y junto a la alcaldesa estaba el niño Bretón sonriente, todopoderoso, pujante, ambicioso, arrollador desde sus tiempos de recién afiliado. Jaime Bretón Besnier (Jerez, 1966) era eso: el niño de Arenas y el niño de Soledad, era la gran promesa del centro-derecha sevillano, el joven que tenía un crédito ilimitado en los medios de comunicación, hasta que un día cambiaron las tornas como los autobuses cambiaron de color. Del rosa al amarillo, del naranja al colorao, del color del presente al sepia del ayer.

Bretón se mueve hoy en los platós de la RTVA como lo hacía en los años 90 por los despachos de la Plaza Nueva y del PP hispalense. Como pez en el agua, como barca por la ría de la Plaza de España. El hijo de un funcionario del Ministerio de Agricultura fue concejal con sólo 21 años. A partir de ahí vendría un rosario de cargos municipales: desde la portavocía del grupo político a la delegación de Fiestas Mayores, de delegado de distrito a responsable de los mercados de abasto y del cementerio. Y, también, el enlace secreto del PP con los socios de gobierno del Partido Andalucista. Cuando la alcaldesa Soledad ya no soportaba más la sombra alargada de Alejandro Rojas-Marcos, el niño Bretón era el único del PP que acudía a la copa de Navidad que el andalucista convocaba en su célebre casa de la calle Castelar, donde tantos capítulos decisivos para la ciudad se han escrito durante décadas.

Antes de ser un llanero solitario por las emisoras públicas de Andalucía, una suerte de Aroca de derechas, este Bretón vivió su orto y ocaso en el ruedo municipal y, después, una travesía tan dulce como gris en la Oficina del Defensor del Pueblo Andaluz. Su despacho de la calle Reyes Católicos, amplio y luminoso, fue un prematuro retiro dorado a la sombra del cura Chamizo.

–¿Pero Pepe es cura?
–Sí, lo es. Y escritor.
–¿Y ahora qué hace?
–Sigue en sus líos, en su ONG y con sus historias sociales.

Atrás quedó esa vida municipal que condujo a Bretón al éxito prematuro, al estrellato efímero, a la condición de pujante valor de una formación que ya sufría en Andalucía la intratable hegemonía del PSOE. Bretón se pasó diez años firmando papeles por las mañanas, expedientes de quejas de oficio de asuntos de educación, y estudiando italiano y cultivando otras aficiones por las tardes. Trabajaba en una mesa ordenada, pulcra, y con una evidente obsesión por los horarios, propia de un estilo metódico que casa mal con el caos que lastra la política de hoy. Dicen que el cura Chamizo le tendió una pequeña trampa cuando le coló entre los expedientes su dimisión como adjunto. Bretón la firmó sin prestar mayor atención.

Bretón se refugió en el Defensor para, ironías del destino, ponerse a cubierto de sus propios destellos. Se convirtió en una especie de canónigo del PP, con derecho a sitial fijo en el coro de cargos. El personal se preguntaba qué fue de aquel concejal que portaba el Pendón en las solemnidades, qué había ocurrido de puertas para adentro. Cuentan que un día perdió la ambición, se acercó al burladero del partido, pidió el estoque de matar y acabó con el toro de su etapa municipal de dos golletazos. Se terminó. Silencio. Bretón sabe tela de los silencios de Sevilla. Sí, Sevilla guardó ese silencio que es marca de la casa, sello de su heráldica. El niño Bretón se fue, se esfumó de las páginas locales de los periódicos durante un tiempo. Su inconfundible dicción en las presentaciones de los pregoneros de Semana Santa quedó para el recuerdo de los capillitas que lo tuvieron como referencia municipal. Algunas leyendas corrieron –¡cómo no!– por esa ciudad tan aficionada a la voz baja, a la fabricación de ángeles caídos. Poco más. El juguete de Arenas, de Soledad, de todo el partido, se rompió. ¿Pérdida de confianza, celos de Javié, pelusilla de Soledad? Todos miraban hacia otro lado. La despedida de los periódicos de entonces fue discreta. Clamorosamente cicatera. O notablemente discreta.

Entidades, hermandades, empresas y particulares le siguen debiendo hoy, por ejemplo, disfrutar de una caseta en la Feria. En sus tiempos de concejal no había criterios establecidos de reparto. Bretón podía adjudicarlas a dedo como antes lo había hecho el socialista Manuel Fernández Floranes.

Bretón era, es y siempre será la figura enjuta del PP de los años 90. Sigue teniendo la juventud de los eternos delfines. Goza de sitio reservado en el banco de los que un día fueron presidentes provinciales, cuenta con ese espacio acotado en las vitrinas del partido. Muchos recuerdan con agrado su facilidad para gestionar asuntos de la vida municipal, sobre todo cuando había que acelerar algún entierro en el cementerio de San Fernando y tocaba negociar con la lenta burocracia en momentos de especial delicadeza. O cuando Soledad le encargaba el muerto, nunca mejor dicho, de atender la petición de un famoso para tener un panteón propio en el camposanto.

La infancia y la adolescencia son recuerdos de las aulas del colegio Nuestra Señora del Andévalo, en la Huerta de Santa Teresa, y del Instituto Martínez Montañés, donde tenía de compañero de clase al líder del grupo musical Reincidentes. El niño Bretón era de los que se presentaban a delegado, un echado para adelante, con vocación pública desde muy pronto. La vida son evocaciones de un mozalbete de 18 años que acude a afiliarse a Alianza Popular y se convierte rápidamente en un mirlo blanco en las filas de un partido que no se caracterizaba por su capacidad para atraer jóvenes. Eran los años ochenta y este niño se hace con las riendas de Nuevas Generaciones y se inventa la entrega de premios a personajes de la sociedad civil para hacer ruido, llamar la atención de los medios. Y lo consigue. Vive la transición de la presidencia de Pedro Albert a la de Ricardo Mena-Bernal. Aquellas juventudes fueron muy influyentes para decidir quién asumiría la presidencia provincial del partido. La vida es cocinar pasta y usar mucho las princeps, preparar las cenas de casa con el inconfundible sello de un gourmet, sin excesos ni empachos, todo medido, muy calculado. Los veranos son recuerdos de la casa de su tía en Fuentebravía (El Puerto de Santa María). Y, por supuesto, la vida es apuntarse al Silencio en una época dorada para la Juventud Nazarena, la de Juan Delgado Alba como hermano mayor. En aquellos comienzos de los años 80 frecuentaban la cofradía el hoy sacerdote Pablo Colón y el hoy senador Toni Martín Iglesias.

Bretón no tiene coche. En cierta manera desprecia los automóviles. Prefiere gastar sus dineros en otras aficiones que predican un gusto loable y refinado, como las figuras para sus Nacimientos. Bretón vive la Navidad desde el verano. Prepara las Pascuas con meticulosidad. La Navidad es junto a la Semana Santa su gran pasión. Dicen que en agosto le han visto hacer compras con vistas a la Navidad. Le gusta pedirse de descanso los días previos a la Nochebuena para vivirlos con intensidad. En su casa ha organizado muchos años las visitas por grupos a su imponente Belén con estadillo horario perfectamente organizado, con derecho a merienda de productos de La Despensa de Palacio si los turnos asignados son los de media tarde.

De niño promesa a tertuliano. De expuesto en los medios de comunicación con poco más de veinte años a político refugiado en la sede del Defensor. De presidente provincial del partido a ariete de la derecha en la televisión pública andaluza. De apartado de la vida pública a ser la cuota mediática del PP en La Nuestra. De buscar gente para llenar los mítines de Aznar en Los Remedios a cerrar las puertas del auditorio de la Cartuja porque ya no se cabe. De la sede de General Polavieja a la de Rioja.

Treinta años demuestran que otro Bretón siempre es posible. Su gran mérito es haberse reinventado, aguantar más que un buzo debajo de aguas embravecidas, incluso cuando algunos amigos le reprochaban su capacidad de espera de nuevos destinos. Su ausencia de complejos le ha llevado a pedir cada vez que la ha necesitado la ayuda del partido o de amigos influyentes. El partido, esa estructura cambiante que engulle las figuras políticas y carece de memoria, lo ha repescado siempre. Pedid y se os dará, ora en un despacho de la sede regional, ora en la Diputación. El custodio de los valores del centro-derecha de los años 90 ha demostrado una capacidad notable para sobrevivir. “Vas a durar más en el PP que Jaime Bretón”, dicen algunos que lo tienen como vara de medir.

Este sibarita navegó en el barco de Álvarez Colunga. Cultiva su relación con Carlos Herrera, como la cuidó con Francisco Giménez Alemán. Tiene muchos cuadros de Juan Roldán y de Ricardo Suárez. Una vez acabó harto de estar tantos días seguidos en Florencia. La estancia de un mes en la capital italiana le resultó interminable. Saludó al Papa Juan Pablo II a los pies de la Giralda en 1993. Le tocó lidiar la crisis del Gran Poder a su paso por una Plaza de la Gavidia tomada por el golferío nocturno, precedente más próximo a la Madrugada amenazada que ha llegado a nuestros días. Tuvo un bar en Nervión junto a otros socios: el Tucker. Su figura alta, delgada y que revela ciertos achaques de espalda se ha divisado siempre como tradicional en las reuniones del PP desde hace casi veinte años. Trató mucho al recordado Alberto Jiménez Becerril, que de alguna forma lo sustituyó como figura prometedora en el Ayuntamiento hasta que cayó asesinado junto a su mujer en la calle Don Remondo, la calle donde siempre hace frío desde aquel enero de 1998.

Bretón sembró envidias cuando aparecía en los medios de comunicación por la belleza de sus belenes, por su condición de melómano, o por sus declaraciones como ex concejal, mientras otros cargos del partido se batían el cobre en los barrios. Al final la vida es ir subido a un autobús: naranja o carmesí, de concejal o de defensor, de consejero audiovisual o de asesor de la Diputación. Pero siempre subido. Y aplicar el lema de Tussam: déjate llevar. Los noventa fueron ayer. O esta mañana, como diría el Pasmo.

El poder del reparo

Carlos Navarro Antolín | 17 de septiembre de 2017 a las 5:00

José Miguel Braojos

SEVILLA es una ciudad en la que el temor es sinónimo de respeto. En la ciudad de las fotos de grupo con los brazos extendidos sobre los hombros ajenos, las escenas de besos entre sudorosos costaleros, los continuos manoseos de la palabra hermano en referencia al que se conoce desde hace un cuarto de hora, la adulteración del concepto de amistad y otras prácticas similares que embadurnan las relaciones sociales, lo mejor, lo más conveniente y lo más saludable es inspirar cierto temor, porque la masa hispalense tiene un poderoso agujero negro que tiende a absorber a todo bicho viviente. Y en esta ciudad los bichos montan una cofradía en dos minutos y hasta trincan subvención por recorrer la carrera oficial de la ojana en el sentido que ustedes quieran, que eso es lo de menos. La distancia, como aconseja la Dirección General de Tráfico que dirige Gregorio Serrano, es la seguridad, saber mantenerla en una ciudad que pisa continuamente la raya de picadores subida a lomos del jaco del desahogo, el tuteo y su mejor rima asonante: el compadreo. En Sevilla, pese a todo, pululan personas serias por la calle. No es casualidad que muchos de estos vecinos no hayan nacido aquí, sino que procedan de pueblos castellanos y que, poco a poco, se hayan hecho, en silencio y con discreción, con el manejo de las claves de una ciudad tan sencilla y tan compleja al mismo tiempo.

José Miguel Braojos (Gálvez, Toledo, 1952) es el interventor general del Ayuntamiento. Es un alto funcionario al que no le gusta el adjetivo por delante de su condición laboral, sino simplemente que le digan funcionario, a secas. Y si la referencia es a la Intervención General, sin alusiones personales, mucho mejor. Tiene estética de respetable árbitro de primera división, de los años de García de Loza y Guruceta Muro, y, por eso, sabe que lo mejor para su puesto es pasar absolutamente desapercibido, aunque en ocasiones eso sea poco menos que un metafísico imposible.

Este interventor es el garante de la legalidad para algunos y el malo de la película para otros, según el espejo con el que se mire en la ciudad que se pirra por los espejitos, los reflejos, las miradas indirectas y el parecer lo que no se es, o tratar de no ser el que se parece. Los políticos pasan, Braojos permanece. Es como los canónigos, que siguen cuando se va el cardenal. Braojos tiene plaza fija en la curia municipal, a la que llegó procedente de la Cádiz de Téofila.

El político decide en qué se gasta el dinero, el interventor dicta cómo se gasta. El presupuesto que se aprueba cada año es su biblia particular, el carril al que se debe disciplina, la hoja de ruta obligada. La legislación de las entidades locales, el marco. Y el ministro Montoro es su pesadilla, el que ha mandado a los interventores a ejercer de soplones ante el Tribunal de Cuentas si un alcalde usa su potestad para levantar uno de sus reparos suspensivos. El reparo suspensivo es la bicha para los alcaldes, el coco más temido. El reparo suspensivo es el botón rojo que el interventor Braojos puede apretar en caso de alarma para frenar un dislate. De formación humanista, nadie podrá dudar de que intenta buscar soluciones a los problemas que sobre gastos e ingresos son planteados cada día en su despacho por concejales, asesores, directores de distrito y esa larga letanía de cargos municipales que viajan en carrozas con caducidad de cuatro años y desde las que lanzan golosinas con cargo al presupuesto municipal.

A Braojos intentan todos los días meterle goles para que firme gastos imposibles, desvíos de partidas más que sospechosos y contabilidades opacas. Su despacho es una suerte de fortaleza en la calle Fabiola, al que los concejales acuden con cara de póker como los toreros cuando entran en la plaza por el callejón de Iris. Para los ediles del gobierno es una práctica habitual ir a negociar a su despacho, explicar o proponerle asuntos para que se tramiten con fluidez. Muchas veces desespera a propios y extraños con enfoques percibidos como rocosos, aunque la palma hoy se la lleva el viceinterventor, conocido como el viceinterruptor por varios ediles, capaz de echar para atrás un expediente por no ajustar el precio de mercado de las arandelas que se pretende adquirir (0,35 euros de media) en el pliego de licitación.

Braojos es un profesional querido por sus colaboradores. Y no será, precisamente, porque frecuente con ellos los bares del entorno los mediodías de los viernes. Persona austera en el mejor sentido, difícilmente lo verán en uno de los cientos de saraos a los que es invitado por su condición y responsabilidad. Para encontrarse con el temido Braojos en un acto social del Ayuntamiento tiene que ser, por lo menos, porque el Rey o el presidente del Gobierno presidan la convocatoria en el Real Alcázar.

La oposición usa los informes del interventor para erosionar al gobierno. El gobierno trata de hacerle la rosca al interventor. Un día de hace ya mucho años cometió el pecado de asistir de buena fe a un almuerzo ofrecido por un alto cargo que deseaba limar asperezas con algunos funcionarios. La factura bailó por las redacciones de los periódicos porque fue remitida al Ayuntamiento para ser abonada con fondos públicos, cuando los asistentes a la comida habían dado por hecho que se trataba de una invitación personal. Una y no más, se dijo desde aquellos hechos.
Antes de ganar las oposiciones a interventor ejerció de gerente en una empresa de productos cárnicos. Se dice que desde entonces no prueba una salchicha. ¡Qué no habrán visto sus ojos! Y aconseja a sus amigos que no lo hagan.

La vida es Cádiz. Es perderse por cualquier mercado de abastos y examinar los precios de las viandas. La vida es una visión economicista por deformación profesional. Es ser un paciente testigo de las reivindicaciones de colectivos profesionales ante una clase política acomplejada y lastrada por el buenismo. Es cultivar un saludable espíritu crítico con los hechos que marcan la actualidad, es revelarse ante prácticas abusivas de los políticos para contentar a sus administrados (¿La banda municipal puede ser calificada como “servicio esencial” del Ayuntamiento?), por ese cortoplacismo que hace imposible la seriedad y el rigor al afrontar proyectos que necesariamente requieren de gestión y tiempo. La vida es ser del Atlético de Madrid, pero con carnet del Sevilla Fútbol Club para disfrutar del espectáculo que le apasiona: el fútbol. Su parecido con Vicente del Bosque le ha generado anécdotas simpáticas, como la del niño que hace varios años estaba convencido de haberse encontrado en la calle con el mismísimo seleccionador de fútbol y al que costaba trabajo dejarle sin la ilusión de creer que tenía delante a “don Vicente”. La vida es caminar por el centro con el secretario, Luis Enrique Flores, camino de algún consejo directivo de las empresas u organismos municipales. Flores y Braojos, Braojos y Flores. Forman parte de los dúos más conocidos de la ciudad: el cardenal y Pablo, Zoido y Serrano, Monteseirín y Marchena, Salazar y Bajuelo, Victorio y Lucchino, Carlos Herrera y Manolo Marvizón, Manolo Sainz y Pedro Lissén.

Ni se acude a comidas con políticos, ni se prueban las salchichas. Mejor la distancia, la seguridad, ser un poco temido. Es el problema de saber demasiado. Que conoce cómo se elaboran las salchichas… de una política demasiadas veces salchichera. Y ante las salchichas sólo caben los reparos. Suspensivos. Como los puntos…

El músculo de la memoria

Carlos Navarro Antolín | 10 de septiembre de 2017 a las 5:00

LUCIANO ROSCH

CUÁNTOS sevillanos quedan que hayan conocido la Plaza Nueva sin pavimentar y con farolas de gas, las corridas de toros en la Real Maestranza con caballos sin petos, la España del general Primo de Rivera, la Sevilla de Queipo de Llano, Franco pronunciando un discurso desde la balconada del Palacio de Yanduri… Luciano Rosch Nadal (Sevilla, 1925) es todo un desafío a esas pirámides de población que se quedan casi a cero cuando cifran los habitantes mayores de 90 años. Gracias a este incombustible de la vida siempre hay color –aunque sea una mínima rendija– en esa franja reservada a los nonagenarios de un municipio. Ha pasado de las tabernas con serrín de la Sevilla de su infancia a los restaurantes de varias estrellas en las guías más reputadas. Todos sus recuerdos son de una sociedad que ya no existe. O que existe en una memoria, la suya, limpia de resentimientos, teñida del color azul de la infancia y marcada por las curvas pronunciadas de una trayectoria no siempre fácil, pero sí siempre intensa. A sus 92 años se le puede ver ejerciendo de procurador en Madrid, toga y corbatas negras, o sentado en el restaurante A Poniente del Puerto de Santa María, camisola de hilo, pantalón de pinza, náuticos de ante y su inseparable reloj Rado.

Con cuatro años estuvo en la Plaza de España de la mano de su padre, constructor de profesión, para asistir nada menos que a la inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929, un acto presidido por el general Primo de Rivera, presidente del directorio civil que gobernaba la nación bajo el reinado de Alfonso XIII. La memoria es un músculo que esta vaca sagrada de la procuraduría ha ejercido a diario.

En su infancia vivió en un chalé de Nervión que su familia vendió a Manuel Jiménez Moreno Chicuelo en los años previos a la Guerra Civil. No era un barrio seguro para un empresario. Los asesinatos de algunos compañeros de su padre obligaron a la búsqueda de un lugar con menos riesgos. De Nervión pasó a Almirante Ulloa y, en una tercera etapa, al bloque de pisos grandes del número 11 de la entonces emergente Avenida de República Argentina, donde en la acera de los soportales se conservan –perfectamente apreciables– las iniciales LR en el pavimento de chinos. Es la firma de su padre, Luciano Rosch Ibáñez, constructor del edificio, de la Plaza Nueva y de tantas y tantas reurbanizaciones de una ciudad que levantaba el vuelo tras los terribles años cuarenta y encaraba el desarrollismo de los sesenta.

A Manuel Clavero, que sigue siendo uno de sus íntimos amigos, debe su licenciatura en Derecho en la Universidad de la calle Laraña, donde empezó Filosofía y Letras, pero tras dos años cambió la vocación por influencia del catedrático y ex ministro. Con Clavero sigue hoy hablando por teléfono. Corrían los años cuarenta cuando su padre le preguntó al niño Luciano con qué podía decorar el pavimento de la Plaza Nueva: “Con el escudo del Betis”. Y ahí sigue la heráldica de las trece barras a los pies de San Fernando, como también está el dibujo empedrado de un casco de soldado alemán en recuerdo del origen germánico del apellido Rosch.

Nazareno de la Buena Muerte con farol de cruz de guía en los tiempos de la Anunciación. Nunca dice Los Estudiantes, es de los que emplea una suerte de hermosa metonimia: “Soy de la Buena Muerte”. La parte por el todo. Su inscripción de hermano data del 7 de febrero de 1945, el día que pagó dos pesetas como cuota de entrada. Forma parte de la cofradía apócrifa de los sevillanos sin carnet de conducir. Nunca le hizo falta. Estuvo casado más de cuarenta años con una leonesa, una corredora de rallies que en alguna ocasión lo llevó a 180 kilómetros por hora por las carreteras españolas.

Pasó muchos veranos en la paradisiaca Matalascañas de finales de los años 70 y parte de los 80, hospedado en el hotel Tierra-Mar, cuando el turismo alemán de calidad ocupaba los escasos y buenos hoteles de ese tramo de la Costa de la Luz, antes de la invasión del ceceo y el tuteo de las provincias de Sevilla y Huelva. Aquellos años se encontraba uno en la librería Cernuda a escritores comoAntonio Burgos, catedráticos como Antonio Garnica, periodistas como Nicolás Salas o Antonio Colón, la vaticanista Paloma Gómez Borrero, el entrenador Helenio Herrera, Juanita Reina y hasta al cardenal Bueno Monreal. Con los años y la decadencia llegó todo eso que la chancla simboliza a la perfección. Luciano Rosch conoció una playa sin paseo marítimo urbanizado, pero acogedora y con una oferta hostelera de mantel gordo y sin fritangas, una playa donde una vez sufrió la picadura de una víbora, metáfora del final de los años buenos. Vivió en directo episodios de contaminación del mar, motivo definitivo para dejar la playa por excelencia del Coto y buscar un nuevo refugio estival en Vistahermosa (Cádiz).

De estatura alta, muy alta en comparación con la media de su generación, cuentan que fue un metrosexual cuando los hombres en España no contemplaban ni la posibilidad de usar cosméticos. Ni por supuesto se usaba el vocablo metrosexual. A los 28 años dejó Sevilla, donde había hecho amistad con la duquesa de Alba, que era de su quinta. En su nueva etapa trató a personajes como Sinatra, Dalí, Onassis o Manolo Santana. Llegó a vender un Sorolla. Jamás revela quién fue el comprador. Viajó por Nueva York, Londres, París y parte de Sudáfrica. Siempre ha sido un animal social que se ha cuidado como un dandi y que ha tomado las medicinas justas Ha practicado yoga hasta hace pocos años y el tenis hasta los 87. Le horroriza que le llamen abuelo o bisabuelo. Mejor simplemente “Luciano”. Acostumbró a su hija Patricia a visitar el Tribunal Supremo los fines de semana desde que era muy pequeña.

Asistió a la inauguración de la Expo del 29 y vivió intensamente la del 92, donde se abonó al restaurante del pabellón de Turquía. Como procurador tuvo que intervenir en Madrid en el proceso de liquidación de la sociedad estatal Expo 92. Y ha trabajado para despachos de Sevilla como el de su querido Manuel Olivencia o el de Montero y Aramaburu.

Los juristas dicen que este procurador fue pionero en practicar el denominado turismo de notarías. ¿No existe un turismo de congresos o un turismo sanitario? Pues don Luciano inventó el turismo de notarías, consistente en hacer la ruta de los despachos de los fedatarios de toda España para pedir que en el otorgamiento de poderes para pleitos se le designara como procurador en Madrid. Si el caso llegaba al Supremo, don Luciano ya estaba nombrado como procurador y se llevaba el gato al agua. Y los clientes, encantados de ahorrarse un trámite.

La juventud son recuerdos de la milicia universitaria en Ronda. La vida cotidiana es una liturgia donde ciertos hábitos tienen su justificación. La sabiduría marca que la cerveza hidrata, el oporto tiene poca graduación, el tinto es cultura de los romanos y el whisky es un vasodilatador. A don Luciano lo siguen viendo almorzar y cenar con generosidad, tomar en ocasiones hasta dos postres distintos y encenderse por la noche un habano regado con dos dedos de escocés con hielo. La vida son también recuerdos de salidas nocturnas con esmoquin blanco. Son sufrimientos como presidente de la comunidad de vecinos en Madrid. Y almuerzos en el hotel Los Jándalos de Vistahermosa, donde el metre Javier Domínguez sabe que el aperitivo de este Petronio del siglo XXI siempre incluye una cerveza cortita. La vida es una enseñanza continua: “Hay que tener baraka y tratar siempre por igual al príncipe que al camarero”. La vida es recordar una Sevilla que acaso sólo está ya en algunos libros, el azulejo de la Encarnación donde el Cristo de la Buena Muerte de su juventud recibe oraciones a deshoras y los meandros de una dilatada existencia mientras el humo de un veguero dibuja espirales en el aire y los minutos pasan. Todo pasa, Luciano se queda. Alguien tiene que vigilar que siga viva la llama de la memoria.

Tengo un argumento para usted

Carlos Navarro Antolín | 2 de julio de 2017 a las 5:00

Juan Carlos Blanco

EL catedrático fue enérgico aquel día. En respuesta al uso creciente de las nuevas tecnologías y de dispositivos aplicados a la docencia, que pocos años antes hubieran sido tomados como una muestra de locura, el viejo profesor zanjó cualquier debate con una sentencia rotunda: “Los buenos alumnos se defienden escribiendo mucho en el examen, con mucha tinta, como los calamares”. Ni pruebas tipo test, ni prácticas para sustituir los ejercicios de razonamiento por escrito. Se trataba de escribir, exponer, argumentar, relacionar hechos, demostrar que se controlaba la doctrina de varios autores y la del propio catedrático. Inventos, los precisos. Con los políticos ocurre algo muy parecido. Tienen que demostrar locuacidad, capacidad de razonamiento, sagacidad verbal, dominio de los asuntos que son de su competencia y hasta de los que escapan a su jurisdicción. Si se adolece de falta de argumentario, hay que saber adquirirlo fuera. Si no se tiene capacidad para explicar lo sabido y convencer, hay que externalizar los servicios.

Juan Carlos Blanco de la Cruz (Ginebra, Suiza, 1967) siempre tiene un argumento para usted. Es el calamar de la oratoria. Mucha tinta, mucha labia, mucha voz. Escribe textos que se leen cuesta abajo. Y elabora argumentarios que son platos combinados de actualidad pasada por la parrilla de San Telmo con guarnición variada de pedagogía y didactismo, con la sal del optimismo vitalista y la pimienta de eso que se llama comunicación política o comunicación institucional, según convenga.

La vida lo llevó por la radio y la prensa escrita mucho antes de ser lo que es hoy: el portavoz del gobierno andaluz en un período delicado para su presidenta. La verdad es que Blanco nunca hablaría de coyuntura delicada. Calificaría de reto cualquier momento difícil y vería una oportunidad en todo período de crisis. Susana Díaz ha tenido que replegar sus tropas y retirarse a Andalucía tras el frustrado asalto a Ferraz. No hay problema, este Juan Carlos Blanco verá la parte positiva: la dirigente andaluza se humaniza al perder, genera afectos en una sociedad que empatiza con los derrotados, y amabiliza su figura tantas veces presentada con perfiles duros. ¿Se dan cuenta? El argumentario está hecho, sólo hay que exponerlo. Sólo hay que hacer el calamar. Mucha tinta, mucha labia. Es fácil: la derrota no hunde a nadie, suaviza las aristas.

Este licenciado en Derecho es un gran conversador tanto como un gran conservador. Se ha pasado su vida a la búsqueda del centro político. Lo suyo siempre fue lamentar no haber vivido en directo los tiempos de la UCD y añorar el CDS como la opción de centro que necesitaba una nación como España, tan aficionada a los pendulazos. Criado en el barrio de Los Remedios, socio del Mercantil, cada año más aficionado a la Semana Santa, algunas veces se le ha visto en los tendidos de sombra de la plaza de toros. Su interior está sociológicamente decorado con los hábitos de la derecha. Su fachada exterior está pintada ahora con los colores del PSOE. La misma semana recibió las ofertas de trabajo del equipo de Susana Díaz y del de Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz. Al final pudo más en su conciencia la adscripción al partido que tradicionalmente hace de las políticas sociales su estandarte.

No milita, pero se compromete. Navega entre la comunicación y el periodismo. Dice que no tiene enemigos. De acuerdo, pero sí tiene una legión de envidiosos a la que ahora se suma el ejército de pelotas que lampan por estar próximos al poder establecido. Los envidiosos son potenciales enemigos a los que conviene alimentar cada mañana como a los canarios, a los que hay que poner su poquito de agua, su puñadito de alpiste y su ramita de perejil para que sigan felices en la jaula de la mediocridad. Ocurre que este periodista metido a portavoz nunca reconoce la existencia de enemigos, se autoaplica una suerte de terapia por la que prefiere pensar que todo el mundo es bueno. En el fondo sabe y tiene muy claro que no es así. Como dice el doctor Rodríguez Sacristán, la maldad humana existe. Pero Blanco se hace el sueco. Y silba. Los malajes hispalenses le provocan cierto rechazo, aunque procura disimularlo, tanto como los opinadores contundentes que no dan lugar a debate, que no le dejan libre una rendija donde colar alguno de sus argumentos. En esos momentos tira de paciencia. Porque este vecino del centro es más paciente que un usuario del C-2.

Sonó con fuerza para dirigir la RTVA, donde llegó a trabajar en sus inicios y donde después se perdieron contar con su colaboración como contertulio. Alguna quizás se arrepiente hoy de no haberle dado el sitio. Tiene pendiente un curso sobre cómo hacerse el nudo de corbata. Es de los que un día se declararon abstemios para siempre después de haber vivido sus buenas ferias. Si se tiene en cuenta su alergia al pelo de caballo y su aversión al alcohol, dicen que pasar un día de Feria con Blanco es todo un ejemplo de equilibrio emocional. Es un gran cliente de Emasesa y de las botellitas de agua mineral, de las que bebe poquito a poco, como recomiendan los médicos para estar bien hidratado.

En los años noventa se decía que Juan Carlos Blanco era el doble del juez Garzón, antes de que al magistrado le dieran varios golpes de bimba y se le avinagrara el carácter, claro está. Este portavoz del gobierno tiene un perfil poco conocido de humorista. Tiene una innegable habilidad para imitar a personajes públicos, una faceta donde demuestra su capacidad para fijarse y reproducir tonos de voces y ademanes.

La vida son recuerdos de un joven especialmente travieso, calificado de verdadero trasto y alma inquieta. Muy inquieta. De aquella frenética actividad adolescente ha quedado quizás un viajero hiperactivo que prefiere conocerse todos los pueblos de una comarca antes que apostar por una estancia tranquila y permanente en sólo uno. Siempre en movimiento, siempre programando, siempre alerta. Devorador de libros y de periódicos en formato digital. La vida es el dedo índice ajustando el puente de las gafas, una mesa de pocos papeles, pero con cierto desorden; un andar con cierta dejadez en brazos y piernas, una actitud entusiasta por los asuntos sustanciales de la vida y un uso continuo de las redes sociales. La vida es pasar de la Suiza natal al País Vasco, después a Tánger y finalmente a Andalucía. La vida es licenciarse en Derecho por amor a su madre. La vida es perder la templanza y toda muestra de equilibrio cuando al Real Madrid le meten un gol. En esos casos experimenta un proceso de transformación radical donde la búsqueda del centro político se torna en una quimera. Parece poseído por el diablo durante unos instantes. La vida es recibir en la redacción del periódico a principios de los años noventa una llamada telefónica con un inicio muy singular: “¿Juan Carlos? ¿Eres tú, canijo? ¡Soy Susana, la concejal!”. Y, en efecto, era la muy trianera edil de Juventud, que promovía un botellódromo en la Cartuja por aquellos tiempos en los que San Telmo quedaba lejos, muy lejos.

El lenguaje sencillo para hablar y para escribir. El calamar siempre en guardia. El argumentario preparado. La prudencia en público, la acidez en privado. El empleo de los términos exactos para calificar unos hechos. El dardo en la palabra. Un seguidor de Lázaro Carreter en el viejo San Telmo. Uno de sus temas favoritos son los nuevos modelos de negocio en la información. Cuánto durarán los periódicos, hacia dónde irá internet, cómo evolucionarán los hábitos sociales de consumo de la información. Juan Carlos Blanco tiene un argumento para usted sobre cada uno de estos enigmas de futuro. Si le pregunta sobre estos temas, agárrese porque vienen curvas. Por el momento mantiene intacta la salud mental y no se ha contagiado en sus intervenciones y escritos del todos y todas, los andaluces y las andaluzas, las arrobas y otras gaitas del escaparatismo verbal de la ideología de género imperante.

En el vestir es como un árbol de Navidad: se cuelga lo que ponen. Estilo ortodoxo: de sota, caballo y rey. Pantalón chino, camisas formales y chalecos de cuello de pico. También es aficionado a los náuticos de suela gorda. Cualquier día, al llegar a la Puerta de Jerez, se mete en la sede regional del PP en vez de seguir hacia San Telmo y el conserje de la calle San Fernando le da los buenos días con toda naturalidad. Es capaz de llevar la comunicación institucional de un mastodonte como la Junta de Andalucía, pero incapaz de controlar su propia cuenta del banco. En asuntos domésticos recibe un cero patatero. Nadie podrá dudar de su honradez. De algún mullido sillón se ha marchado con premura antes de estampar una firma que le hubiera conducido al corredor de los imputados. Ha preferido perder ciertos abrigos antes que correr riesgos seguros. Para abrigarse ya tiene chaquetas de pana fina y camisas azules de tonalidad ‘congresista del PP’.

Vive enganchado a las redes. Se sienta en el consejo de gobierno de la Junta. Con voz pero, por fortuna, sin voto. El cardenal Amigo, hijo predilecto de Andalucía, siempre dice que si se le rasca la sotana púrpura aparece el hábito franciscano de cardenal. A Juan Carlos Blanco se le rasca el traje de portavoz y aparece el bañador de veraneante de La Antilla dispuesto a debatir con usted sobre el futuro del mundo de la comunicación. A poner en sus manos un enjambre de estudios, opiniones, análisis y discursos sobre el tema. Piquito de oro, analista consumado, calamar que derrocha tinta.