La ministra responde

Carlos Navarro Antolín | 19 de febrero de 2017 a las 5:00

FÁTIMA BAÑEZ
HAY gente que se da importancia llegando tarde a las citas, haciendo esperar a los convocados o simplemente dejando sin respuesta los mensajes de teléfono móvil. Otra gente remite a intermediarios para dar un capotazo:secretarias, jefes de gabinete, responsables de prensa o cualquier suerte de colaborador a sueldo. El día de 2003 que falleció Regla Jiménez, la eterna alcaldesa de Espartinas, telefoneé al gabinete de don Manuel Fraga a la sede de la Presidencia de la Xunta de Galicia para recabar sus recuerdos sobre la figura de una fraguista consumada. No tenía mucha esperanza en que el padre natural de la derecha española se pusiera al teléfono. Dos días después del funeral, sonó mi móvil cuando viajaba en un autobús de Tussam. “Buenos días, le paso a don Manuel Fraga unos minutos”. Me bajé apresuradamente, entré en la Facultad de Económicas, supliqué un bolígrafo al conserje, saqué una propaganda que llevaba en el bolsillo, tomé notas en los márgenes de cuanto me dijo aquel señor mayor de acento inconfundible. Al salir del patio de la facultad, devolví el bolígrafo al conserje. “Disculpe, es que era don Manuel Fraga”. Yel buen hombre me miró con la desconfianza con la que se mira a un desequilibrado al que se quiere tener cuanto más lejos mejor. Fraga devolvía las llamadas. Sin intermediarios. Sin darse importancia. Sin escrutar previamente con quién iba a mantener una conversación. Y lo hacía, sencillamente para homenajear a una alcaldesa de un pueblo del Aljarafe.
La actual ministra de Empleo, Fátima Báñez (San Juan del Puerto, Huelva, 1967), también devuelve los mensajes porque es de esas personas hiperactivas a las que les gusta ser secretarias de sí mismas. Y no es que los devuelva rápido a sus amigos que están en el machito:Soraya Sáenz de Santamaría, Álvaro Nadal, Cristóbal Montoro o José Luis Ayllón. Se los devuelve también a sus queridos Perico Rodríguez o Adolfo González. Hay concejales de la oposición o alcaldes de medio pelo incapaces de gestionar su propio teléfono móvil y que han pretendido gobernar una ciudad.

–Si a Fátima le mandas un whatsapp tarda, como mucho, pero como mucho, dos horas en darte una contestación.

El Partido Popular en Andalucía es una creación de un señor llamado Javier Arenas. Todos los rostros principales de la formación proceden de la factoría de este político que tiene más vidas que un gato y más recorrido que el C-2 los días de Feria. Cada vez que lo dan por muerto, la realidad es que estaba de parranda, que quiere decir que estaba preparando los congresos con anticipación para no dejar un cabo suelto. Arenas ha sobrevivido a todos los dirigentes nacionales del PP y ha condicionado (y condiciona) a los que le han sucedido en distintas etapas. Un mérito suyo, incuestionable, es haber ido haciendo una plantilla de dirigentes andaluces políticamente centrados, haber presentado listas en pueblos donde el centro-derecha no se comía un rosco, o donde los vecinos más conservadores votaban al PSOE ante la falta de una lista del PP. Arenas fue quitando caciques y señoritos de la antigua Alianza Popular y fue reclutando empresarios, tenderos o estudiantes universitarios para abrir sedes y conformar listas electorales desde Pulpí hasta Ayamonte. Arenas ficha, descubre promesas y trata de moldearlos a su imagen y semejanza. El resultado, como se puede comprender, es dispar.

Como veedor de jóvenes valores, un día se fijó en una chica de Huelva, Fátima Báñez, que le presentó Matías Conde, presidente provincial en los años 90. Arenas apostó por ella porque reunía lo que buscaba para el PP andaluz: joven, mujer y sobradamente preparada. Báñez había cursado la doble formación de Derecho y Económicas de ICADE. Fue aupada en poco tiempo al Consejo de Administración de la RTVA, donde también estaba José Luis Sanz, otro cachorro de Arenas que ejercía también por aquel entonces de coordinador de la presidencia regional del partido. Arenas tampoco tenía muchas plazas fuertes que ofrecerle a Báñez, pues el PP andaluz carecía prácticamente de puestos relevantes. Tras dos intentos frustrados por alcanzar la Presidencia de la Junta, Arenas se marchó a Madrid para ser ministro de Trabajo con Aznar en 1996. El lince de Olvera cedió entonces la presidencia regional del partido a la gaditana Teófila Martínez, que también se quedó encantada con Báñez, esa joven formal, culta y de familia más que acomodada. Teófila la nombró coordinadora de su presidencia.

Báñez se convierte entonces en el pañuelo de lágrimas de la presidenta andaluza. ¿Por qué lloraba Teófila? Por los palos en la rueda que Javié le ponía desde Madrid continuamente para dejar claro quién seguía siendo –por control remoto– el factótum del centro-derecha andaluz. Para ayudar a Javier estaba también Antonio Sanz en el puesto de secretario general, siempre leal a Javié desde cualquier destino. Teófila ejercía una suerte de presidencia monitorizada desde Madrid por Arenas y fiscalizada por Sanz desde la misma sede regional de la calle San Fernando. Si Teófila convocaba un acto en Cádiz el sábado por la mañana, el ministro Arenas se anunciaba en otro en Córdoba a la misma hora. Si Teófila montaba una intermunicipal en Carmona, el ministro Arenas se reunía con empresarios en los salones de Antares en Sevilla. Agendas paralelas, contraprogramación evidente. Y, claro, los peces gordos preferían estar junto al ministro. Arenas se llevaba el boato y el minuto de telediario. Arenas fue labrando su fama de mejor ministro de Trabajo de la democracia y filtrando hábilmente la archiconocida historia del día que se encontró la hucha de las pensiones con telarañas y, cómo no, con sus esfuerzos y gestiones logró pagar en fecha a todos los pensionistas del reino de España.

Arenas nunca se lo puso fácil a Teófila. Y Teófila se consolaba en el hombro de aquella muchacha eficaz y discreta, más inteligente que lista, risueña con todos. Ocho años de lamentos, ocho sabiéndose una presidenta interina. ¿Cuándo le reconocerá el PP su sacrificio a Teófila Martínez? Nunca. Pocas como Fátima Báñez fueron testigos de cuánto penó aquellas gaditana que se pegó dos trastazos electorales en las urnas autonómicas. Teófila pudo haber sido ministra, embajadora o lo que hubiera querido. Y acabó bailando con la presidencia del PP andaluz: la más fea del salón de danza de la política.

En 2004 se produce el retorno repentino del Jedi Arenas a la política andaluza en el halcón milenario de AVE junto a Juan Ignacio Zoido. El PP cae en depresión tras perder el gobierno por los atentados del 11-M. Teófila deja la presidencia regional en favor de Arenas, quien convierte a Zoido en el secretario general. El magistrado pasa de no estar afiliado al PP a ser nada menos que secretario general en el transcurso de una junta directiva manejada al antojo de Arenas en el Hotel Sevilla Center. El poder del índice de Javié era certero. Fátima Báñez abandona la estructura regional y se ve de diputada nacional en Madrid, de nuevo junto a Teófila, en un Grupo Popular anímicamente abatido, cariacontecido como el rostro de Acebes, y con un portavoz correoso como Zaplana, el señor de los nudos de corbata perfectos. El PP tenía que reinventarse en la Carrera de San Jerónimo, levantarse tras el mazazo de haber perdido la Moncloa cuando se daba por garantizada. Báñez, una vez más, es valorada por quien ejerce el mando en ese momento. Tiene la virtud de ganarse con cierta rapidez la confianza del que está arriba. Entra en la dirección del Grupo Popular y, cuando Rajoy sustituye al correoso Zaplana en la portavocía del grupo por la desconocida Soraya Sáenz de Santamaría, comienza quizás la etapa más apasionante para la onubense. En esos años duros congenia con Cristóbal Montoro, retornado del Parlamento Europeo. Pocos confían entonces en las aptitudes de Soraya, cierta prensa de Madrid cuestiona su capacidad de liderazgo en un grupo político cargado de pesos pesados del aznarismo. Báñez se metió en el núcleo duro de Soraya, la apoyó y ahí sigue.

Muchos entienden que Soraya y Báñez son un tándem perfecto. Hay una diferencia importante entre las dos. Soraya no conoce el PP como sí lo controla Báñez. Es probable que sea porque la andaluza es muchísimo más cariñosa y pronuncia menos eses distantes. La onubense ha sembrado entre los afiliados, se ha ganado el afecto mayoritario y se ha esforzado en tener una noción clara de las entrañas del partido. Báñez es una hormiguita trabajadora, mientras Soraya es la tecnócrata incuestionable. Si fueran papisas, Báñez sería como el argentino Francisco, y Soraya como el alemán Ratzinger. Aquella chica que Arenas descubrió en el 96 ha terminado por quitarle el título de mejor ministro de Trabajo, una distinción que le han atribuido a Arenas una buena ristra de cargos del PP en esos actos de consumo interno, donde los elogios fáciles se lanzan desde el atril como petaladas huecas, donde se reparten abrazos sonoros y se dan pellizcos en las mejillas.

Báñez se ha subido al podio de la política pese a la crisis, pese a los seis millones de parados, pese a la irrupción de nuevos partidos amenazando los cimientos del bipartidismo, que pretenden dinamitar el espíritu de la Transición, pese a la reforma laboral y la de las pensiones, y pese a que pocos daban un duro por ella cuando Rajoy la puso al frente del ministerio más ingrato. No hay nadie que haya durado tanto en un ministerio tan árido, un sillón del que se suele salir achicharrado. Ni la reforma laboral más polémica ha lastrado su fama. Dicen que a Báñez la ha salvado el enorme paraguas que abre cuando estalla cada polémica, que tiene esa habilidad como dicen que tiene un defecto: ser ingenua, demasiado buena gente y no guardar rencor con quien le ha jugado una mala pasada. Feminista sin militar en la ideología de género, austera en el vestir, rociera sin complejos y aficionada a la coca-cola zero con una tapa en cualquier bar de Madrid de los que ofrecen los calamares aneumaticados arrullados en una vitrina.

La vida son los veranos en Islantilla, donde recibe a Soraya algunos agostos, y una casa en Pozuelo de Alarcón (Madrid) dotada con las últimas tecnologías. Dicen que la ministra no solo da órdenes en el Ministerio, también en el hogar: “Persiana sube”. Y la persiana de la residencia de La Finca se eleva. Domótica se llama. La vida es vivir siendo ministra en sesión continua. Desayuna con los hijos y a la calle. La vida son los fines de semana por toda España por razones del cargo. No se procura una agenda cómoda cerca de Pozuelo para los sábados y domingos. Si hay que ir a Santiago, Santander o Sevilla, se va. Sabe que algún día le pueden pedir que asuma el reto andaluz y eso sería un verdadero vuelco en su esquema de vida, arraigado en la capital de España. “No quiere Andalucía ni en pintura”, aseguran quienes la tratan y estiman. La infancia son recuerdos de San Juan del Puerto y de estar acostumbrada desde muy joven a crecer en autonomía por sus años de interna en Huelva y posteriormente en Madrid. La vida es haber pasado por la empresa privada antes que por la política, es haber batido el récord de iniciativas presentadas en la IX legislatura. Es sentir orgullo por haber sido ponente de la reforma del Estatuto de Autonomía de Andalucía hace ahora diez años. La vida son viajes en el AVE de charlas largas con diputados como el sevillano Adolfo González, o sus amigos hispalenses Ricardo Tarno y José Luis Sanz. Tiene por norma un lema: “La ministra responde”. Y es como una orden dada a sí misma. Como a la persiana: “Persiana baja”. Y se hace la sombra.

El fuego sin humo

Carlos Navarro Antolín | 12 de febrero de 2017 a las 5:00

ELÍAS HERNÁNDEZ
PARA conocer al hijo hay que indagar en la figura del padre. Sin uno no se entiende al otro. A la moneda brillante le faltaría una cara. Al reloj suntuoso le faltaría una aguja. A toda una vida de impulso y fortaleza le faltaría su verdadero motor. Elías Hernández Barrera (Ólvega, Soria, 1937) combina el ser empresario reconocido con el ser poco conocido. Lo ha tenido y lo tiene todo para estar presente en los actos donde se reúnen los gerifaltes del Ibex 35, las recepciones reales, los organigramas de las organizaciones empresariales, los enganches de la Feria y toda esa ristra de escaparates de las vanidades que son, muchas veces, el rollo del bollo sin manteca. Su vida no se entiende sin su padre. Su vida es el arroz. Es un continuo llamamiento al trabajo, al alejamiento del chuflerío local: “Vamos al arroz”. Su padre, Antonio Hernández Villar (1894-1970), hizo casi de todo como emprendedor. Todos dicen que era eso: un emprendedor puro y duro que no necesitó jamás de cursos especializados en dirección de empresas, ni de un máster en institutos de rótulos impronunciables, ni de acudir a la ayuda de incubadoras de nuevas sociedades. Lo llevaba en la sangre. Y punto. Durante la Guerra Civil tuvo un negocio que abastecía al Ejército, organizó encierros taurinos en Pamplona, promovió la búsqueda de tesoros en el mar y cultivó arroz en Calahorra hasta que descubrió las enormes posibilidades de las marismas del Guadalquivir, un lugar al que envió a dos de sus doce hijos: Félix y Elías. Ellos debían explotar el que habría de ser un filón que dura ya más de 50 años, un verdadero imperio de ese grano oval rico en almidón que es el arroz, un imperio levantado por un soriano en el Sur de España. En aquellos años sesenta, el padre y sus dos hijos se dedicaron a comprar tierras, levantar fábricas, contratar trabajadores y producir. Todo un proceso que consiste en lo que hoy se conoce como crear riqueza.

Elías es el varón pequeño de los doce hermanos. Es formado en los jesuitas de Madrid. El primer año de la carrera universitaria de Empresariales se lo pasó con más alegría de la debida. Su padre lo sacó de las aulas y lo puso a trabajar. Su vida cambió para siempre. Castellano recio, austero y fuerte. Muy pronto aprendió de su padre que el secreto del empresario radica tanto en comprar bien y vender mejor, como en levantarse tras sufrir la zancadilla del fracaso, salir airoso del charco pisado y tratar de enmendar cuanto antes los errores propios. Ha pagado caros sus triunfos. Una vaquilla le pegó una voltereta que le dejó un hombro dislocado. No se limita a explotar las tierras, sino que viaja a los Estados Unidos y Japón para conocer otros tipos de cultivos y las maquinarias más modernas: “Creo que ya habré dado siete veces la vuelta al mundo”, comentó hace unos años. La empresa Herba (Hernández Barrera) despegó pronto. Su vida es un continuo homenaje a la figura de su padre. El caballo engorda gracias al ojo del amo. Elías es un modelo de I+D sin haber pasado por las clases de sesudos profesores en esos cursos que acaban con una foto de familia en una suntuosa escalinata. El Grupo Hisparroz se convertiría con el tiempo en el mayor agricultor arrocero de Europa y acabaría integrado en Ebro Foods, primer grupo alimentario español por facturación.

El soriano se integra en Sevilla, entre otras razones, por la vía del matrimonio y haciendo el ruido justo en sociedad. Pronto debió captar que quien irrumpe en Sevilla genera desconfianza. Y su estilo no es el de hacer ruido. La mejor forma de entrar en Sevilla es no tener interés en entrar. Elías se dedicó a cuidar del arroz. Y nunca se le pegó. Jamás se le ha oído una crítica al estereotipo andaluz, ni se le ha visto un gesto de desprecio hacia agricultores locales. Ni siente envidia ni le ha preocupado nunca si la genera.

A sus hijas ha enseñado a ir por la vida con el silenciador conectado: “Haced el fuego sin que se vea el humo”. Sabe que por el sumidero de la vanidad se van las aguas más bravas. “Para vender arroz no hacen falta ciertas cosas”, le han oído decir cuando ha rechazado agasajar a políticos o entrar en maniobras dudosas. “El arroz es el único cereal de España que nunca ha dado pérdidas”, sentencia para insistir en que no hay que mezclarse en asuntos raros, ni arrastrarse por una subvención, ni frecuentar compañías sospechosas en la aventura de ser empresario. “Ser honrado es también una buena forma de hacer negocio”. Enemigo del pelotazo, no cree en el triunfo exprés, sino en la parsimonia calculada como cuando juega una partida de dominó. Convencido de que no hay meterse en una sociedad cuyo capital no se controle en un porcentaje mayoritario, tiene claro que le gusta tener el control, coger las riendas con fuerza y marcar la velocidad. Depender del juicio de otros socios es estar sometido a la presión de un incómodo corsé.

Hoy ya no hace tratos de compraventa en el José Luis de la Plaza de Cuba, pero sigue exigiendo estar informado de todo cuanto ocurra en la compañía que ahora dirige su sobrino, sobe todo si se trata de algún problema. Aquel comprador fuerte de los años ochenta y noventa, que admiraba al rival que se hacía respetar en la mesa de negociación, no conoce hoy la jubilación como etapa de júbilo. El trabajo y la continua actividad son su fuente de vida.

La vida es usar relojes finos que no aprieten la muñeca. Ni Rolex ni Omega . Basta con un Swatch. ¿Cuánto dura un Mercedes? A este empresario del arroz le duran veinte años. La vida es una copita diaria de oloroso, es estar en los toros junto a su paisano Emiliano Revilla en el tendido 2 de la Real Maestranza y seguir a José Tomás por todas las plazas, es no hablar de dinero y es educar a los hijos en la austeridad. Los viajes en AVE, en clase turista cuando las hijas eran pequeñas para evitar confusiones. Y, cosa curiosa y reveladora, tiene claro que hay que conocer bien España antes de viajar a extraños destinos del extranjero. Los pequeños lujos, como algunos caldos de la Ribera del Duero, se disfrutan en privado. Sin focos. Al cine, una vez a la semana. Al golf, todo lo que se pueda. En una primera etapa, en Pineda. Después, en el club sevillano del que ha acabado siendo propietario. Es fijo en los espectáculos de la Bienal de Flamenco. Al teatro de la Maestranza, los jueves. A las hijas cuando eran jóvenes, un consejo: “Buscad novios que trabajen”. Elías cierra los ojos en el teatro, pues entiende poco de música, se aísla y dicen que se pone a pensar en sus cosas. La notoriedad le importa muy poco. Tiene casa en la urbanización de Vistahermosa, de las conocidas como cabos, para los veranos relajados, en esos días que dedica al dominó con un ojo puesto en el arroz.

Su hermana Carmen (1930-2016) fue la cofundadora de las comunidades neocatecumenales. Gran amiga de Juan Pablo II. La familia de Elías vivió el privilegio de disfrutar de una audiencia privada con el Santo Padre, en esa intimidad de las siete de la mañana que no es posible en el Aula Pablo VI. “Santidad, mi hermano Elías sólo piensa en el trabajo, todo el día con lo mismo”, dijo Carmen al Papa con cierto tono cómplice por la confianza que tenía con el pontífice. Aquel polaco de expresión tierna se quedó mirando al empresario fijamente durante unos instantes: “Carmen, tu hermano es una buena persona”. Dicen que aunque ha jugado el papel de “poli malo” años atrás, este Elías demuestra su bondad en los detalles. Durante el año guarda todas las cajitas de pelotas de golf que gana en las partidas con sus amigos. Le encanta ganar en todo. Cuando llega Navidad, abre el maletero del coche y las devuelve a sus anteriores dueños. No se queda con ninguna pese a haberlas ganado en buena lid.

La clave de este empresario es pensar a largo plazo, muy a largo plazo. Por eso tiene que claro que no se va a morir, ni se quiere morir. Hay mucho arroz por cultivar. En Sevilla se entra paso a paso, grano a grano y sin ventear el humo. Cuando menos te lo esperas, este oriundo de Ólvega no es que salga en las fotos, es que las fotos de Sevilla las está haciendo él con su cámara. Cuando Sevilla despertó, Elías estaba allí. Su padre se fijó en el río. Todas las grandezas de Sevilla han venido siempre por el río.

Vivir sin edad

Carlos Navarro Antolín | 29 de enero de 2017 a las 5:00

MARIBEL GOÑI
Al borde de los 65 años hay gente que hace tiempo que dejó de agacharse para ponerse los zapatos, está consultando el tríptico publicitario para hacer el crucero soñado en los primeros meses de jubilación, o consume los días ante el televisor a la espera de algún ruido callejero que justifique levantarse para correr el visillo y palpar algo de vida exterior. Defiende un empresario de los verdaderamente importantes de esta ciudad, que haberlos haylos, que de los treinta a los cuarenta años se aprende de verdad un oficio, de los cuarenta a los cincuenta se da el máximo de rendimiento en el puesto de trabajo, y de los cincuenta a los sesenta se enseña el know how a los que empiezan. Existe una minoría de personas que se salen del carril que conduce al triunfo ortodoxo, que rompen los cánones establecidos para conseguir eso que se llama éxito. Son los considerados fines de raza, aquellos que imprimen un sello personal a todas sus acciones. Son esas personas sin edad, las que siempre se agachan antes que nadie cuando se les cae el bolígrafo porque, en el fondo, disfrutan presumiendo de reflejos, las que cuando se les suelta el cordón de un zapato flexionan con celeridad las rodillas para hacerse la lazada y presumir de agilidad con la discreción de la mirada baja. La carencia de edad se exhibe en la disposición de emprender siempre una aventura. Para los fines de raza nunca es tarde para casi nada, mucho menos con 64 años. Jamás dicen que están ya para tomar sopita y pasar el invierno de la vida en posición sedente cuando nunca se sabe si, tal vez, están en la enésima primavera.

Maribel Goñi Fernández (Sevilla, 1933) tenía 64 años cuando afrontó la apertura de la Escuela Infantil del Colegio San Francisco de Paula. Llevaba entonces cuatro décadas de docencia a sus espaldas, impartiendo Química, Física, Matemáticas, Inglés y Francés. Doña Maribel es un torrente de energía pura, un modelo de vitalidad y un ejemplo de que la Tercera Edad puede tener una subcategoría particular: los Sin Edad. Veinte años después sigue sin abandonarse al sofá y continúa al frente de la escuela, dirigiendo el proceso de admisión de nuevos alumnos y vigilando cada día personalmente la salida de cientos de pequeños para que los carritos no taponen los accesos y, sobre todo, para que ninguno de sus queridos diminutos abandone el centro entre el bullicio sin la compañía de un adulto.

La docencia, como el periodismo, no tiene horarios. La vocación no se puede tasar en horas. Es una suerte de sacerdocio. Hay alumnos que necesitan ayuda en horas no lectivas, sobre todo cuando se tiene claro que la arquitectura de la formación descansa sobre los pilares del cariño y la actitud de servicio al educando. La docencia es mucho más que un temario y un reparto de horarios y materias entre profesores antes del inicio de cada curso. Goñi, lo dicen sus antiguos alumnos, forma personas antes que químicos, físicos o matemáticos. Ella misma protagonizó y desarrolló un concepto de enseñanza vanguardista en la Sevilla de los años 60, cuando las mujeres que estudiaban en la antigua Universidad de la calle Laraña cabían en un taxi negro de franja amarilla. Cuando nació su único hijo decidió hablarle en francés desde el primer día, aplicando una educación bilingüe que ni se soñaba en los planes de estudio de una España en sepia que empezaba a despertar en lo económico tras años de autarquía. Goñi traía el francés casi de cuna por sus años de crianza en París, donde su padre regentaba un negocio familiar que hubo de cerrar por la Segunda Guerra Mundial, y se lo brindó a su hijo como lengua materna. Aquel París, aquella mentalidad abierta de sus padres y abuelos, le permitió crecer en un ambiente marcado por la amplitud de miras al mismo tiempo que paladear después los encantos de una ciudad como Sevilla. Cuentan que nunca olvida cuánto aprendió al pasar del París de la Belle Epoque a la Sevilla de la posguerra. En Sevilla, tras regresar de Francia, se crió en María Auxiliadora 13, rodeada del cariño de su bisabuela y de sus abuelos, padres y tíos. Aquella niña traviesa bailaba, reía y era una reconocida polvorilla en las aulas del Colegio del Valle, donde una vez le colocaron un “deficiente por agitación”.

Muy joven conoció Marruecos cuando acompañó a su hermana en el viaje de fin de carrera de una promoción de Derecho de la que formaba parte un jovencísimo Manuel Olivencia. También muy pronto viajó a los Estados Unidos y, a su regreso a finales de la década de los 50, se plantó en la Cátedra de don Francisco González García para hacer la tesis doctoral. Su maestro le advirtió : “De acuerdo, pero al final va a hacer usted como todas. Se casará, tendrá hijos y dejará la tesis”. El maestro instó a la discípula a comenzar a trabajar en una mesa de laboratorio, donde estaba sentado un joven llamado Luis Rey Romero (1935-2009). Entre ellos surgió la química, otro tipo de química. El maestro acertó, pero sólo parcialmente. La joven Maribel, aquella alumna despierta y enjuta, comenzó en 1960 un noviazgo que acabaría en boda en 1963. En 1966 nació el primer y único hijo del matrimonio. Pero, tenacidad pura, leyó su tesis siendo ya madre. Y de 1966 a 2003 sin dejar de dar clases, con una etapa de residencia en el propio colegio, en los tiempos en que funcionaba como internado.

La vida son recuerdos de las clases del 2 de febrero, con los alumnos de Francés haciendo crepes en el laboratorio de Química por la festividad de la Candelaria, mientras sonaban letras de cantautores galos para que el idioma entrara por el oído y la cultura francesa por el apetito. La vida es coser con sus propias manos hace sólo unos días el toldo que cubre el patio central del colegio, es hacer las botitas de fieltro donde se meten los caramelos que se regala a los niños en Navidad, y es estar al quite por si en la tristeza de un alumno de tres, cuatro o cinco años se esconde un conflicto en casa, la preocupación por un abuelo enfermo o, simplemente, que se no se duermen las horas necesarias o no se llega desayunado al aula. La vida es saber que la amistad verdadera es un plato que se cuece a fuego lento, muy lento. Doña Maribel es lo que se entiende por persona de luces largas, cala rápido los melones y, sobre todo, suele hablar bastante clarito, sin recovecos y con las perífrasis justas. Si un zagalón no saluda a la directora como es debido, doña Maribel saca tarjeta amarilla: “Se dice buenos días”. Eso, por ejemplo, hacía don Antonio Gordillo Cañas, jesuita y catedrático de Derecho Civil de la Universdad de Sevilla, cuando afeaba a algunos jovenzuelos desahogados, bastante más talluditos que los de Infantil o Primaria, que le saludaran en el mejor de los casos con un simple “hola” o un terrible “qué hay”. La urbanidad es el lubricante de las relaciones sociales, el área de seguridad donde debe desenvolverse la relación cordial y de respeto entre el alumno y el profesor. Como otros profesores de su generación, lo ha tenido y lo mantiene claro sin necesidad de que ningún Gobierno imponga la Educación para la Ciudadanía. Educan las personas, no el BOE. La vida son recuerdos de amazona por la Feria en sus años de moza y de sentir orgullo al ser hermana de la primera letrada que intervino en un juicio en la Audiencia de Sevilla. La vida es una escuela infantil donde no hay niños malos, sino caobas que hay que saber pulir.

Apasionada de los viajes y de la lectura tanto como de la genial combinación de andar rápido y vivir sin prisas. Forma parte de esos sevillanos a los que resulta difícil verlos subirse a un taxi. Siempre a pie, aunque haya que ir de la calle Imagen a Kansas City. A pie y a una velocidad cardiosaludable. Hace no mucho la vieron subir en bici las empinadas cuestas que hay en el entorno del Hotel Flamero de la playa de Matalascañas, y también la vieron jugar al tenis en una cancha que tiene montada en la azotea de su casa del centro de Sevilla. La lectura es un rito de la vida cotidiana. Cultiva géneros muy variados, donde Dominique Lapierre y Larry Collins tienen un lugar preferente.

Censura a las personas flojas, fulleras y que hacen las cosas de cualquier modo. El genio bien administrado es uno de los motores de la vida. Si un padre accede al colegio antes de tiempo por donde ella administra la entrada, no tiene un pelo en la lengua: “Oiga, que me he dado cuenta de que se ha colado usted”. Hija de un señor de mentalidad progresista y con un alto grado de inquietud cultural, doña Maribel siempre ha estado dispuesta a los cambios. Su padre le inculcó que debía estudiar para ser independiente, lo cual en los años 50 tenía mucho más merito que hoy. Usa tablet y teléfono inteligente, artilugios con los que de vez en cuando se pelea en voz alta. Cocina bien y come poco, muy poco. Comer le aburre. Se alimenta de la actividad. Es de menú frugal tanto como austera en el vestir, siempre correcta, arreglada especialmente cuando la ocasión lo exige, pero nada aficionada a la ostentación de joyas o complementos. Pasea mucho por las aulas en horario lectivo. Es el ojo del amo. El Gran Hermano de la escuela de sus desvelos. La juventud es su estado de espíritu. Aquella alumna agitada sigue siendo hoy una directora hiperactiva. La vida ha puesto a prueba el barco de su fortaleza anímica con tormentas de las que muchos hubieran salido náufragos. Se cayó, se rompió la cadera y siguió atendiendo a los padres que tenía citados antes de ir a Urgencias. Le dijeron un jueves que a su marido le quedaban días y decidió llevárselo a un concierto en el Teatro de la Maestranza. Que no se detenga la orquesta. Don Luis murió y ella estaba en su puesto de directora a las cuarenta y ocho horas del funeral. Nada de instalarse en la queja, nada de tirar la toalla con la aprobación unánime garantizada. Levantarse temprano y elegir siempre el camino más difícil, la calle mas empinada, nunca el atajo o la cuesta abajo. Andando se llega siempre, en taxi puede cogerte un atasco. Lo cuentan Lapierre y Collins en Arde París como lo narra Chaves Nogales en La agonía de Francia: los parisinos oían el zumbido de los tanques nazis entrando en la ciudad y ellos seguían yendo a los cafés y al teatro. La vida sigue, los alumnos llegan, hay que coser el toldo, agacharse para abrir los pestillos de la puerta de la escuela y velar para que ninguno salga sin el control de un adulto. Educar es tener vocación perpetua de sacrificio. En la vida nunca hay invierno para los fines de raza. En la sociedad que concede gloria efímera a personajes insustanciales, sólo los modelos auténticos sobreviven y gozan de la carencia de caducidad. Muchas gracias, no se moleste, yo misma me abrocho el zapato.

El poder de las ideas fijas

Carlos Navarro Antolín | 22 de enero de 2017 a las 5:00

MORANTE DE LA PUEBLA
HAY gente que no veranea donde no hayan estado antes los romanos, gente que no se sienta en un restaurante de mesas sin manteles, gente que desconfía de quien no bebe vino, gente que no puede entrar en un aseo de dos orinales si alguien está usando uno, gente que jamás acepta la tónica de sabores innovadores, que rechaza el asiento del tren si no es de ventana, o que prefiere dormir en la moqueta de una suite antes que en una cama ajena. Hay gente de ideas fijas, de pequeñas obsesiones o de criterios tremendamente claros, según se mire. Los psiquiatras les llaman pequeñas neuras, los antropólogos meros usos o costumbres, y los analistas de cuota emplean el término de frikis para los casos más extravagantes.

José Antonio Morante Camacho (La Puebla del Río, Sevilla, 1979), conocido como Morante de la Puebla, es un matador de toros que tiene pasión por las cosas antiguas y aversión por los firmes de los ruedos que no están completamente alisados. Se pirra, por ejemplo, por comprar un mueble a un anticuario si ha formado parte del despacho de Joselito El Gallo, o por recuperar el paseo a pie hasta la plaza de toros de la Real Maestranza los días de festejo porque así lo hacía Pepe Hillo en el siglo XVIII, o incluso se mete a reeditar y prologar un libro donde se defiende con pasión el toreo (El arte de birlibirloque, de Bergamín). Le encantaría recuperar su primer vestido de torear, prestado por Domingo Valderrama para una novillada en Montellano (Sevilla). El pasado trufa el presente de un torero de éxito que sabe lo que es encallar, buscar el refugio de una posada lejos de España, darle a la tecla f5 particular y volver a empezar. Morante hizo en 2003 unas Américas muy personales que jamás olvidará. En las desgracias se conoce a los amigos, decían los sabios clásicos.

Hoy es propietario de fincas arroceras, el sector donde precisamente trabajó su padre. La primera vez que vio un vestido de torear fue en un mercadillo. Nadie le ha encontrado antecedentes familiares relacionados con la tauromaquia. Su afición por el pasado, por los objetos rancios y los ritos atávicos contribuyen a forjar su leyenda de torero de época. Torero antiguo con gusto por las antigüedades, excéntrico, un punto histriónico y otro punto provocador. “Debo estar loco”, dice en ocasiones quien tiene claro que el toreo sin arte pierde toda la pureza. El toreo es arte o no es toreo. El toreo no es una profesión ni una técnica.

Este Morante inquieto, que parece un niño que se pregunta continuamente el por qué de las cosas, sigue al día la información política. Entre sus preferencias están las intervenciones del pensador republicano Antonio García Trevijano en la denominada Radio Libertad Constituyente.

Mucho más de Joselito que de Belmonte. Bético con residencia en la calle Betis de su pueblo. Consumidor de pipas. En Medellín estaba en un mano a mano sin suerte en los dos primeros toros, cuando, antes de que saliera el tercero, el público tuvo una reacción inusual: aplaudirle para animarle. Dicen que se quedó impresionado. Lástima que, ay, todos los días no se pueda pintar un cuadro, ni cuajar una faena de ensueño de las que colocan al toreo en el sector de la creatividad y lo sacan del de la factoría. Capaz de arreglar toda una feria en los últimos diez minutos, como ocurrió con la última de Sevilla. Perfeccionista y puntilloso. Capaz de meter la gubia en el moldeado de su propio monumento, de estar dos horas eligiendo la tela para un vestido de torear, o de echar una tarde para decidir el diseño de sus corbatas. Cuentan que fue interminable la sesión en la que decidió cómo serían las viseras que regaló al público de sol en Jerez, otra costumbre recuperada por esa afición a los hábitos del pasado. Como en España ya no se podían hacer viseras porque ya no se venden cartones de tabaco, las encargó a un amigo. Uso recuperado otra vez. Le interesa toda liturgia antigua, todo uso que haya seguido alguna ilustre figura del toreo por la que sienta admiración. Los ritos están para ser respetados. Aunque le perjudique ser cabeza de cartel por aquello del frío ambiental que sufre el primer actuante, Morante exige que se cumpla la norma. No quiere alteraciones. Ni hablar, por supuesto, de la introducción de extrañas modificaciones en la suerte del descabello. Siente horror por los ruedos con pendientes en el firme, preferidos por las empresas para reducir el riesgo de formación de charcos y, por lo tanto, idóneos para evitar la suspensión del festejo en días de lluvias. Morante quiere bien lisos los pisos de las plazas. Su concepto del toreo así lo exige. Si la Comunidad de Madrid no alisa el ruedo, no se anuncia en Madrid. Y así, además, se ahorra soportar la chacota del tendido 7, los maullidos de saludo, los pañuelos verdes a destiempo, el cabreo capitalino. Escrito está que la auténtica fiera ruge en el tendido.

Este vecino de La Puebla es un gran conservador, escaso amigo de los cambios, lo contrario a un revolucionario. Con su círculo de confort es generoso. Él lo justifica con tono de filósofo: “El toreo es grandeza”. El misterio de este torero radica en parte en no dejarse conocer con facilidad. Ser torero en los años cincuenta era ser un héroe. Serlo hoy es estar obligado a la cansina lucha de defender lo obvio. Y estar obligado también a cuidar y cultivar una imagen pública coherente con su personalidad, de guardián de las esencias del toreo, en una sociedad de medios que no existía en aquella España en sepia.

La vida son recuerdos de haber actuado en la conocida como “parte seria” del espectáculo del Bombero Torero, con aquellos hombrecitos que se consideraban a sí mismos “artistas diminutos”. La vida son los conocimientos adquiridos en las aulas de Formación Profesional en la rama del metal. La vida es ilusión por jugar todos los partidos del equipo de fútbol llamado Los Warriors, obsesión por los colores rojo y azul de la bandera de su pueblo, afición por los puros y hasta por hacer sus pinitos como boxeador. La vida es tomar el camino hacia el juzgado porque le han llamado asesino con la misma determinación que coge con celeridad el estoque de verdad si el toro no sirve para su toreo. La vida es decirle a los banderilleros que, si hay triunfo, corten un trozo mínimo de oreja, cuanto más pequeño mejor. Le horroriza dar la vuelta al ruedo con un orejón despeluchado y sanguinolento. La vida es un contraste donde en la misma semana recibe un premio y asiste al funeral de su tío carnal. Las fincas hablan de la personalidad del torero. En la de Malvaloca, en Las Cabezas de San Juan, hay una colección de fotos de grandes matadores de toros sobre la chimenea. Él no aparece en ninguna. Se ve a Pepe Luis Vázquez, Manuel Vázquez, Rafael de Paula, Curro Romero… En otro lugar de la estancia sí hay una de Morante, concretamente del día de su alternativa en Burgos apadrinado por el colombiano César Rincón con Fernando Cepeda de testigo. Pero nunca enmarca fotos suyas toreando porque, al final, le está sacando defectos al pase cada vez que las contempla. En la finca La Huerta de San Antonio, en La Puebla del Río, se concentran sus aficiones: el despacho de Joselito El Gallo, su perra, un azulejo de San Antonio recién adquirido, un escudo de los tiempos de Franco… Por cierto, en la plaza de tientas de esta finca hay dos árboles plantados en el ruedo. ¿Por qué? Las cosas del genio.

Maniático, metódico, obsesionado por la estética, temperamental que ha pagado el precio de algunos de sus impulsos. Sus ideas fijas le acompañan como su cuadrilla. “El toreo no es una factoría”. Acepta las broncas del público, pero no los ataques de los antitaurinos, con los que se acercó a hablar en Ronda mientras comía pipas. En la Puerta de Sol de Madrid se acercó a una manifestación en defensa de la memoria histórica: “¿Aquí también se recuerda a las víctimas de Paracuellos del Jarama?”. Y en Valladolid cenó con Vargas Llosa e Isabel Preysler tras un día de corrida. El escritor le confesó que nunca tiene tantos problemas como cuando escribe o hace declaraciones sobre los toros, ni siquiera recuerda tantas tensiones de su etapa como candidato a la presidencia de Perú. Morante es de los pocos que hoy llenan las plazas y, además, ha acercado a los toros a personalidades de la cultura como Andrés Calamaro.

Sabe que le comparan, sabe que le sacan las estadísticas de puertas grandes para restarle mérito a su trayectoria, sabe que le cuestionan por las tardes aciagas. Es el precio del éxito, el coste de ser leyenda viva desde hace lustros y tener aún menos de 40 años. Si Morante hubiera existido en los años 40 hubiera sido un héroe. Su mérito quizás es que genera hoy la misma expectación que un torero de éxito de entonces, pero teniendo que sufrir en la muleta las rachas de viento añadido del odio a todo lo que simboliza cierto concepto de España.

El maestrante descalzo

Carlos Navarro Antolín | 15 de enero de 2017 a las 5:00

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EN los suntuosos salones de la planta alta de la Casa de la Real Maestranza se presentó aquel año al pregonero y al cartelista de la temporada taurina. El desaliño de los fotógrafos y los cuellos abiertos de los redactores contrastaban con los ternos de los caballeros maestrantes, la potente luz de las arañas, la cerámica fina de bordes dorados, los lienzos cotizados de personajes de la realeza, la caoba de los muebles y los destellos de la platería. Aquel caballero maestrante, con efigie de marqués de Sotoancho escapado de los libros de Alfonso Ussía, se acercó con discreción a uno de los informadores, que estaba con los mocasines hundidos en las mullidas alfombras de la Real Fábrica de Tapices de La Granja. Lo saludó con la exquisitez y el afecto de siempre, compartieron unas cuñas de queso servidas por un camarero de batín blanco, y cuando se aseguró de que nadie los oía, el caballero maestrante, con un chaleco de cuello de pico por el que asomaba una corbata con motivos de cacería, recriminó al periodista:“Por cierto, a la Maestranza hay que venir siempre con corbata. Sobre todo tú”.

Luis Manuel Halcón de la Lastra (Sevilla, 1939) fue el teniente de hermano mayor de la Real Maestranza en los fastos del 92. Se sabe todas las genealogías que hay que saber. Si en una tertulia dudaba de alguna, acudía a su madre, Dolores de la Lastra, para aclarar las líneas de descendencia y llamar después por teléfono a su interlocutor.

–Te confirmo que somos familia por Carlos de la Lastra Romero de Tejada, marqués de Torrenueva, que era mi bisabuelo.
–Bueno, don Luis Manuel, eso cae muy lejos.
–¡Por Dios, por menos hay gentes que se llaman familia!

Es un aristócrata inquieto, hiperactivo, educado, comprometido con causas nobles, muy popular, con sentido del humor y con golpes de genio cuando son precisos, que dicen que su padre demostraba una gran autoridad cuando era hermano mayor y tocaba formar la cofradía de la Quinta Angustia. Luis Manuel ha pasado con toda naturalidad de ser el teniente de la Maestranza a orgulloso marido de la presidenta de Andex, María Luisa Guardiola, una de las grandes marcas blancas de las que puede presumir la ciudad de Sevilla. Un acto sin Luis Manuel y María Luisa es un acto menos serio y con menos relumbrón.

Este conde de Peñaflor rompe los estereotipos. Fue un teniente joven que en la Maestranza impulsó el espíritu aperturista por el que ya había apostado Guajardo-Fajardo padre. Hasta hubo quien dijo, tal vez con pelusilla revestida de casaca, medalla y placa, que Luis Manuel abrió demasiado una institución cerrada a cal y canto hasta los tiempos de Contadero. La verdad es que Peñaflor estuvo consagrado a la tenencia. Se lo tomó como un sacerdocio. La Real Maestranza estuvo representada en todos los actos de la ciudad en su gran año, incluso en los meses de verano, con aquel calor tórrido que convertía cualquier corbata en una soga por mucha bola que pulverizara agua para crear un microclima propio.

Este conde del pueblo, simpático y de puertas abiertas, conserva la costumbre de recibir en batín al mensajero que le entrega la invitación de una hermandad en la casa solariega de la calle Zaragoza. Su compromiso no sólo es con la Real Maestranza. Peñaflor está muy vinculado a la Quinta Angustia, el Museo, la Macarena, San Onofre, la Caridad, Focus, la Real Academia de Bellas Artes… Y ejerce de sevillista. De muy rojiblanco. Con toda la familia ha acompañado varias veces al Cabildo Catedral en las recepciones al club de Nervión en el templo metropolitano. Dicen que su pasión por la Plaza de Toros de Sevilla se nota hasta en el jardín de su casa de la Palmera, donde hay banquitos de madera muy, pero que muy parecidos a los de las localidades de balconcillo.

Nunca quiso ser hermano mayor de la Quinta de Angustia. Luis Manuel ha sido un nazareno fiel a su cofradía, siempre descalzo desde que llevaba a su hijo de monaguillo en una Sevilla sin cafeterías franquiciadas en la calle San Pablo y con los taxis pintados de negro y amarillo. Era el maestrante descalzo en los tramos de ropones morados, bocamangas y cruces arbóreas que lastiman el hombro en las tardes de cruces veladas y Cristo cimbreante. Aquel nazareno de pies desnudos se vio con los años ante el reto de presidir la Archicofradía Sacramental del Sagrario tras haberlo sido todo en la Sevilla del 92. Lo asumió con el mismo espíritu de dedicación que si fuera una nueva tenencia de la Real Maestranza. Algunos creyeron que el conde sería un presidente que reinaría, pero no gobernaría, que haría el papel de hombre de paja, sólo para los tiros largos y las fotos. Pero Peñaflor se empeñó en imprimir un estilo propio en la primera hermandad sacramental de la ciudad. Abrió la nómina a cofrades de base mientras algunos creían que había que salir a buscar apellidos ilustres. Potenció la solemnidad de la hermandad en los tiempos de José Gutiérrez Mora como párroco (¡Qué gran obra impulsó el cardenal con la casa sacerdotal en Santa Clara, ¿verdad don José?), se preocupó de dar a conocer el vastísimo patrimonio histórico de la corporación y tuvo una inusual altura de miras en el mundillo de las hermandades.

La hermandad se benefició de su prestigio, que ya es difícil encontrar ejemplos similares en las últimas décadas. Cuando algunos esperaban un tipo rancio, casposo, pasado de moda, anclado en el pasado y de actitudes altivas, se encontraron con alguien capaz de atender con mimo lo que muchos conocen como asuntos de micropolítica. Creían que el conde sería el Lampedusa del Sagrario y resultó ser una suerte de revolución con la que la corporación pasó de cortijo a centro comercial abierto. Lógico en alguien que, al igual que las hermanas de la Cruz, tiene obsesión por poner nombre a cada persona para ofrecer un trato individual. Joaquín de la Peña es Joaquín. Y Francisco Cuéllar es Paco. Los que creían que sería paloma se encontraron con un Halcón con mayúscula, pero también con minúscula.

La juventud son recuerdos de las aulas del Portaceli y de las del Instituto de Química de Sarriá. La vida es lucir guantes cuando se va de chaqué portando el palio de respeto del Santísimo Sacramento. Es hasta participar en cuestiones más prosaicas, como las recientes elecciones a compromisario del PP de Sevilla, donde estuvo guiado por Macarena O´Neill. La vida es formar parte de esa apócrifa cofradía hispalense de los que fuman pero nunca compran tabaco, que es la forma más efectiva de fumar menos. La vida es una finca de Carmona, La Viña, los cultivos de secano, los veranos en el Puerto de Santa María y la casa Villasís de la Palmera. La vida son los paseos por donde nadie pasea. ¿Cuánta gente pasea al día por la Avenida de la Palmera o por la Avenida Eduardo y Fernando Osborne de Vistahermosa? Arterias solitarias, abandonadas al zumbido del motor de los coches. Pues a este conde alto, de ojos claros y con porte señorial, se le puede ver pasear por la Palmera camino de misa al Corpus Christi, y por la avenida de Eduardo y Felipe Osborne cualquier día de agosto luciendo gorrita protectora para el sol.

No tiene pelos en la lengua para poner en su sitio a un canónigo si se trata de defender los criterios propios. No se mete en míseras peleas de altares, flores o privilegios. Para eso sigue dejando el espacio libre a quienes disfrutan con esas luchas vanas. No busca ocupar sitios de privilegio cuando no le corresponden, pero monta en cólera cuando no se le tiene en cuenta, poniendo por delante el trabajo, las horas y los recursos empleados a favor de la institución que organiza el acto. Dicen que Luis Manuel es uno de los que establecieron el nuevo manual de estilo de la aristocracia española, del que han aprendido buena parte de los actuales cachorros del Gotha español y en el que se dicta huir de las cámaras, mantenerse en la sombra y, sin embargo, seguir mandando, pero mandando de verdad, no mangoneando, términos que, aunque parecidos, tienen significados profundamente diferentes.

Quizá la mayor cualidad de este sevillano sea haber convertido en fuerza productiva la mayor desgracia que Dios puede reservar a un ser humano, como es sobrevivir a una hija, y no haber dejado de sonreir y ser amable. Con la mayor naturalidad, con el rostro sereno de un retrato de Carmen Laffón. Como el que pasea por donde no pasea nadie, que es una forma de pasear consigo mismo. Como el nazareno descalzo que nunca ha dejado ser. A Luis Manuel Halcón de la Lastra se le nota que es de la Quinta hasta en los andares. A la Real Maestranza, siempre con corbata. A la Quinta, siempre descalzo.

El Rey y los guisos

Carlos Navarro Antolín | 19 de diciembre de 2016 a las 13:27

CONCHA YOLDI
LA sencillez es un lujo al alcance de pocos. Ser accesible es propio de la gente de verdad importante. Los despachos del poder están en las últimas plantas, hay que seguir recovecos para llegar a ellos, están defendidos por secretarias de tono monocorde, protocolo frío y miradas vigilantes; el firme es de moqueta para que se hunda el mocasín y el sujeto tenga clara esa sensación mullida de pisar un espacio de influencia, o de sentir el frío vacío de las estancias de mármol, que es el otro material preferido para representar el estatus. Cuantas más puertas haya que cruzar para llegar al despacho principal, mucho mejor. Lo inaccesible genera morbo. Sin embargo, ocurre muchas veces que cuanto mayor es el triunfo, menos importancia se da el protagonista. Es la diferencia entre el que está seguro de lo que es y el del inseguro, que necesita la cohorte de libreas, secretarias y abanicadores de plantilla.
Concepción Yoldi García (Sevilla, 1954) es un señora importante que vive en Sevilla cuando podía estar yendo y viniendo de las principales capitales europeas. El miércoles estuvo con Felipe VI en el Palacio Real y ayer cocinando patatas con tomate para una celebración familiar. En el fondo disfruta con esos contrastes. No deja de ser la hija de Conchita, que así es conocida su madre, y de don Francisco Yoldi Delgado, un químico que se forjó en la empresa familiar de Persán, fundada por el abuelo materno de Concha y la familia Santos.

Concha Yoldi es una VIP de la sociedad sevillana que jamás pone esa cara de siesa habitual en las señoras que pretenden poner cara de importantes. Cuando en un canapé esas señoras de catálogo aletean las fosas nasales y estriñen el rostro hablando del monotema del servicio doméstico, esta Yoldi sale en defensa de las limpiadoras y recuerda que la ley sólo ofrece contratos marcados por la falta de garantías y unas indemnizaciones muy pobres. Sabe de lo que habla. Entonces todos los loros emperifollados se quedan callados. Todas las cotorras enmudecen. Su fundación mueve un millón de euros para fines estrictamente sociales. La Yoldi no restaura cuadros ni campanarios, sino personas descarriadas. No regala pescados al parado, enseña a coger la caña y lanzarla en el caladero del empleo. El dinero se gana con la cabeza y se gasta con el corazón. ¿Para qué sirve el dinero? Para ser libre siempre que previamente se tenga una forma de ser libre, porque hay mucha gente con dinero que rema a diario en las galeras de sus debilidades. Esta Yoldi es libre porque necesita poco y porque ha vivido con intensidad desde que nació en la misma fábrica de Persán, donde sus padres tenían un chalé que hace pocos días, por cierto, se ha terminado de demoler. Sus aficiones son de bajo coste. Entre ellas, hacer punto por las noches mientras la televisión emite una serie, a veces de tiros, y en un vasito hay un dedito de destilado escocés, sin agua ni hielo, que mete el cuerpo en calor las noches en que el grajo no quiere saber de los azules altos de la Contratación. Hay quienes recuerdan la cantidad de ropita de punto que la Yoldi ha regalado a los hijos recién nacidos de los trabajadores de Persán. El chalequito de punto es la máxima condecoración que ella puede regalar, porque en ese obsequio se conjugan el tiempo personal dedicado y su creatividad, valores que no tienen precio y que son los que, precisamente, la gente se quiere ahorrar cuando tira de una lista de regalos predeterminada.

Fue testigo directo de uno de los acontecimientos más relevantes de la Semana Santa contemporánea, que figura en todos los libros y hasta en un cómic. Ocurrió el Viernes Santo de 1972, cuando su padre, criado en la calle Mateo Alemán, era hermano mayor de la Soledad de San Buenaventura. La cofradía comenzó a salir a la hora prevista, pero los costaleros no se presentaron. ¡Una huelga en toda regla! La Hermandad de Montserrat cedió los de su paso de misterio para que la Soledad pudiera salir. Desde entonces los Yoldi se hicieron de la cofradía de la Magdalena en testimonio de agradecimiento. Muchos fijan en esa huelga los orígenes de las cuadrillas de hermanos costaleros. Esta Yoldi, alta, de complexión fuerte y mirada escrutadora, era una niña cuando sus generosas trenzas sirvieron para colocarle pelo natural a la Dolorosa de la calle Carlos Cañal, una hermosa donación. La Virgen de la Soledad es la de los franciscanos, la del padre Patero, la del Horno de San Buenaventura y, sí, la del pelo de Concha Yoldi.

Cuando era la jefa de compras de Persán y tocaba recibir a un vendedor, Concha se maquillaba especialmente. Hay quien dice que, en realidad, se aplicaba “pinturas de guerra”. Aún se recuerdan sus dimes y diretes con Ramón Ybarra Llosent, que abastecía de botellas de plástico a la compañía por medio de la sociedad Cydeplas. A Concha no le convencían los envases. Aquella empresa fue comprada por catalanes y las funciones comerciales fueron asumidas por un directivo exento de seny que sacaba de quicio a esta sevillana. Hasta que un día fue el último: “Mire, ni Ramón Ybarra antes ni usted ahora me solucionan los problemas con las botellas. No nos entrevistaremos más. Pero al menos con Ramón, que es mucho más agradable que usted, me reía y me ponía al día de las cofradías, sobre todo, de la Candelaria”.

La única afición cara de esta empresaria hoy consagrada a las obras sociales son los corales que le regala su marido, José Moya, más conocido como Pepemoya el de Persán.

Hace los viajes en AVE como cargo de la Hispalense en clase turista, las comidas familiares se organizan en casa y las viandas de un tentadero de fin de semana de El Parralejo se preparan a mano. Nada de contratar un cáterin ni a camareros profesionales, sino patatas con chocos elaboradas por ella misma. Desde los toros a las vituallas son de casa, no se externaliza nada.

La vida son recuerdos de una joven ya casada cuando aún le quedaban seis asignaturas de Económicas por cursar. Es saber dirigir a trabajadores y también rendir cuentas a un ejecutivo de la compañía. Es tener claras las necesidades primarias que se han disparado por la crisis económica y que son las que debe abordar la Fundación Persán. Es delegar la gestión de las peticiones de ayuda de los curas en su marido, Pepe, que podría ser considerado como el patrono de las sotanas de la Fundación Persán. Cuántas veces sale Pepe de misa y el oficiante, que se ha percatado de su presencia, manda al capiller para que vaya a buscarlo rápido al término de la ceremonia: “¡Don José, don José! El párroco dice que si se puede acercar usted a la sacristía un momentito”. La vida es paladear una copa de tinto de Rioja: “El Ribera es peor y encima más caro”. Y aconsejar a su marido que no asuma la presidencia del Betis, un quite que muchos consideran providencial.

Esta Yoldi, fuerte y de carácter duro, conoce con rapidez al que tiene delante. Es lo que tiene estar curtida en la montaña rusa de un negocio, en las tribulaciones de la gestión del día a día. Tiene una relación fluida con el clero. Ella es muy del cardenal Amigo, con el que ha estado en Tierra Santa; como lo era de Manuel del Trigo, aquel inolvidable párroco del Salvador, y de Manuel Benigno García Vázquez, el cura que negoció la venta de San Telmo y que entraba y salía de la Moncloa con frecuencia en tiempos de Felipe. También conecta con los nuevos valores del sacerdocio local, como con José Miguel Verdugo, el Bergoglio del Plantinar.

Como presidenta del Consejo Social de la Universidad de Sevilla le asignaron un despacho. “¡Pero esto es enorme!”, dijo muy sorprendida. Y sólo ha pedido una atención desde que ocupa el cargo en la institución: que el coche de su madre pueda entrar en la lonja y llegar hasta la Capilla de la Universidad los domingos. La vida son caminos del Rocío de la mano de Javier Molina y Julia Candau, y de una organización con Gines en la que estaban Juan Moya, Antonio Ojeda, Jaime Artillo y Aurelio Verde, y por la que merodeaba un personaje singular, El Triana, que proclamaba la escasez de langostinos: “Aquí hay muchas cremas para pintarse las mujeres y muchas latitas de conservas, pero muy pocos bigotes”. Y la vida son recuerdos de dos cuñadas, Margarita y Joaquina, que fueron como dos hermanas.

Concha siempre ha estado a favor de la igualdad en el mundo de las cofradías, siempre ha defendido que haya nazarenas en todas las hermandades, y siempre ha tenido claro que ella jamás saldría en una cofradía, pero es partidaria de que la mujer decida en libertad. Con su ciudad y con las cofradías ejerce el espíritu critico de quien ama de verdad las cosas.

La gente verdaderamente importante es accesible y de estilo sencillo. Siempre. Porque saben decir que no si hay que decir que no, no le temen a la cofradía de los pedigüeños con corbata. Es lo que tiene la gente alta, que ve llegar los palios antes que nadie y saben si se mecen al compás del interés personal o de una justa causa. Y avisa al resto.

Concha Yoldi forma en la cofradía de las redes sociales como una más, sin intermediarios, sin asesores que le escriban los mensajes. Por delante hay muchas horas para hacer punto. Los jerseys de Concha Yoldi son el toisón de oro que concede su particular Casa Civil. En ellos va su mano de obra, su escaso tiempo libre, su dedicación, su gusto, todos esos valores que no caben en una hoja de Excel po’rque son esos valores añadidos que lo dicen todo de una persona. Regresa de sentarse con el Rey como patrona de la Fundación Princesa de Girona y se pone a cocinar. Otras se van a Pineda a contarlo mientras aletean las fosas nasales para darse un barniz de importancia por la vía de la altivez impostada. Y encima lucen corales falsos.

Lady Diz en la Plaza Nueva

Carlos Navarro Antolín | 11 de diciembre de 2016 a las 5:00

CARMEN DIZ
CUANDO el grupo de cofrades eufóricos por la victoria electoral terminó con las existencias de pescadas y pedacitos fritos, bien regados por la pilsen de turno y el tinto cosechero, el primero de ellos en marcharse preguntó si se debía algo, dando por hecho que la nueva mayordomía se haría cargo de los gastos. ¡La ocasión era especial!, pensó alguno. “Claro que se debe, divide y se paga como en Bollullos, cada uno lo suyo”, respondió el hermano mayor. Nadie cuestionó si se refería al termino municipal del sevillano Bollullos de la Mitación o si se trataba de Bollullos Par del Condado. Eso era lo de menos, sobre todo porque lo mejor estaba por llegar. El candidato victorioso dio una buena nueva que a alguno le sentó como un jarro de agua fría en enero: “Aquí se ha acabado eso de dejarle las ronchas a la hermandad, entramos en un nuevo tiempo. Los mil cuatrocientos hermanos no tienen que pagar las cuchipandas de diez o doce”.

Carmen Diz García (Trujillo, Cáceres, 1954), funcionaria, fue una brillante concejal del PP, lo cual se puede decir de muy poquitos de los ediles que han pasado por la Plaza Nueva desde las primeras elecciones locales. Estuvo al frente de Medio Ambiente y de Parques y Jardines. Y ejerció también de vicepresidenta de Emasesa, lo que, en la práctica, suponía estar en la máquina de mandos de la joya de la corona de las empresas municipales.

Una vez que se escapó a Munich con su marido, Sebastián Herrero, la alcaldesa Soledad Becerril le puso deberes: “¡Qué bien, qué bien, Carmen…! Aprovecha el viaje para conocer las nuevas técnicas de limpieza del viario público, que me han dicho que hay unas máquinas que las pasan por la calle, hacen muy poco ruido [Soledad se esfuerza en una onomatopeya] y dejan todo estupendo. Me encargaré de que te reciban. Verás cómo a Sebastián le encantan las máquinas”. Y cuando en otra ocasión fue a París, la alcaldesa también le hizo encomiendas. Lo mejor de todo es que los viajes estaban pagados con la técnica de Bollullos, que no se sabe como la denominarán los sabuesos interventores municipales, ni los sesudos preceptos de la Ley de Haciendas Locales o de la Ley de Bases de Régimen Local. Pero la Diz se pagó de su bolsillo varios de aquellos viajes, ¿verdad Carmen?, y los aprovechaba para traerse la información de las barredoras de última generación. Y si el viaje era oficial, su marido se pagaba su plaza. Que le cuenten a cierto recepcionista de París, no muy diestro, por qué tenía que hacer dos facturas para que cada miembro del matrimonio pagara su mitad: una a nombre del Excelentísimo Ayuntamiento de Sevilla y otra al de don Sebastián Herrero. Enseguía ocurrió eso en los tiempos que vinieron después, cuando algunos concejales y sus asesores comían con la ansiedad de cierto notario ya desaparecido, el mismo que estaba un día poniéndose púo en un velador del centro y al que interpelaron:

–¡Vaya usted despacio, don […], que la comida no es robada!

Algunos comieron en las corporaciones posteriores a Soledad como si las viandas fueran eso: robadas. Criaturas. Y cómo viajaron, cuantísimo aspirante a Willy Fog en versión gañote. En el Ayuntamiento se pasó de Soledad y Carmen apagando las luces de la Casa Consistorial, a enviar escoltas al restaurante Casa Yebra para coger mesa con tiempo porque no se hacían reservas. Cierto escolta aún recuerda la de fantas que se bebió durante la espera.

A Diz le tocó literalmente cerrar el grifo de la ciudad antes de que otros lo abrieran en sentido figurado. Esta edil cortó el suministro de agua a los sevillanos en aquella sequía larga (1991-1994) regulada por bandos del alcalde Rojas-Marcos, aquellos años de carencia en los que los presidentes de las comunidades de vecinos eran responsables incluso si se usaba el agua de los aljibes privados en horario prohibido. Diz cerró bares de la movida y negocios ilegales. Puso a Sevilla tan limpia que nos dieron la escoba de oro y nunca se vieron tantas plantas bonitas en los lugares monumentales de la ciudad. Cuando el pasado julio adornaron la Plaza del Triunfo con motivo de la visita frustrada de Obama, muchos ya sabíamos hacía años por Carmen Diz cómo quedan de lustrosos los parterres de la Plaza del Triunfo sin necesidad de recibir a grandes personalidades que, encima, nos dejan con las croquetas servidas y el vino descorchado. Pregúntenle a Carmen por algún tipo de planta. Se las sabe todas, a lo padre Mundina pero con glamour.

Hija de extremeños. Su padre fue un ingeniero militar que acabó de director de la Fábrica de Artillería de Sevilla después de una etapa en Asturias. De hecho, cuando Carmen llega a la Facultad de Derecho de Sevilla es conocida como “la asturiana”, pese a que sus orígenes están en Trujillo. Es la mayor de seis hermanos, acostumbrada a mandar, a supervisarlo todo, tanto como a administrar. Dejó la política el 12 de diciembre de 2000. Soledad había renunciado a seguir de alcaldesa en 1999 al no ceder a las pretensiones abusivas de Rojas-Marcos. “Alejandro, ¿vas a pactar con ese que suda tanto?”, le dijo en alusión a Monteseirín.

Cuando Soledad dimitió, el tiempo en política de Carmen estaba finito. Ella lo sabía, pero siguió unos meses de líder de la oposición porque Soledad así se lo pidió antes de marcharse como vicepresidenta del Congreso de los Diputados. Los niños de Arenas empezaron a meter palos en la rueda de su portavocía. Y la Diz dijo eso tan de sevillano serio cuando en un banquete de boda comienza a sonar Paquito, el chocolatero: “Ya estoy yo en mi casa”. A los niños de Arenas que los aguante Javié, a muchos de los cuales, precisamente ahora, el de Olvera los está sufriendo en sus propias carnes.

–¡Críe cuervos, don Javié! Ahora lo quieren dejar a usted de florero en el PP sevillano los mismos a los que usted enseñó el arte de la guerra. Perdón, de la política.

Como esta Diz tenía una plaza ganada por oposición hacía muchos años sin necesidad de pegar codazos, se volvió a su puesto en el Ayuntamiento. El gobierno socialista, se dice pronto, le confió la jefatura de servicio de Gobierno Interior, donde muchos años más tarde, el gobierno del PP de Zoido –¡Al suelo que vienen los nuestros!– colocó a un anarquista de director general. Atrás quedaron unos años de camaradería con socialistas y comunistas. Adolfo Cuéllar, aquel portavoz de Izquierda Unida, aquel señor en toda regla, siempre le decía a Sebastián Herrero: “Tienes una mujer excepcional, cuídala”. La Diz era Lady Diz para los grupos políticos de la izquierda de aquellas corporaciones en las que las diferencias políticas se quedaban en los plenos.

La vida es obsesión por el rigor, la búsqueda de lo perfecto, el gusto por las cosas bien hechas. Son recuerdos de Antonio Fontán animándola a entrar en el Grupo Popular como asesora cualificada, y de Soledad convenciéndola años después para que aceptara ir con ella de concejal. La vida es pedir varios presupuestos para atender un almuerzo institucional del Ayuntamiento y no disparar a lo loco con la pólvora de los ciudadanos. Con muchos políticos en España con estos criterios, la crisis económica hubiera sido más llevadera. La vida es una noche de enero de 1998 cuando, ay, sonó el teléfono pasadas las tres de la madrugada: “Han matado a Alberto y Ascen”. Y Carmen y Sebastián se fueron para la Plaza Nueva siguiendo las instrucciones de seguridad: en un taxi, nada de vehículo particular. Días después, la alcaldesa le encomendó la parcela de gobierno de Alberto: la Hacienda local. “No puedes decirme que no”, le dijo Soledad. Se hizo el silencio. Carmen dijo que sí, llegó al despacho de Alberto y se encontró con que todo estaba en orden y al día. La vida son recuerdos de la finca de Gabriel Rojas donde pasar los días azules con Alberto y Ascensión y otros compañeros del gobierno. Apostó por la limpieza sin olvidar detalles como la recuperación de los nidos de cigüeñas en los campanarios del centro.

Esta funcionaria es una persona seria en el mejor sentido. A nadie extrañó que acabara siendo el brazo derecho de Soledad. Seria, pero nada de aburrida. Hacendosa y puro nervio. Sólo teme a los perros. Guau. Juvenil en el estilo. Cose, cocina, canta, baila, toca la guitarra y, sobre todo y por encima de todo, camina siempre a gran velocidad. Ver a Carmen Diz por la calle es el mejor anuncio sobre hábitos saludables. Siempre a paso de mudá, siempre a la dizvelocidad. Carmen hace camino al andar. Su vida es siempre volver del Ayuntamiento a casa. Por eso no le costó trabajo dejar el palomar en 2000. Dieciséis años después sigue haciendo lo mismo: trabajar en el Ayuntamiento. Otros, dieciséis años después, también siguen haciendo lo mismo: culebrear. Y nunca pasan por Bollullos, aunque al final, acaban pagando lo suyo.

El verso libre de las ondas

Carlos Navarro Antolín | 4 de diciembre de 2016 a las 5:00

JESÚS VIGORRA
EN un restaurante tiene que haber manteles. Y en la carta no pueden faltar los guisos. Gastar tiempo y dinero en viajar al África romana sin haber pisado Itálica es de catetos. Pasar por la vida sin leer es para hacérselo mirar en un diván. Se debe desconfiar de quien rechaza el vino. Y a la gente, a la hora de la verdad, se le conoce por sus obras tanto comopor sus enemigos. Se trata de criterios elementales de quien tiene claro que en el ruedo de la vida hay que moverse con una cuadrilla tan leal como reducida.

Jesús Rodríguez Vigorra (Villanueva de Córdoba, 1960) no soporta que haya hilo musical en los restaurantes. Prefiere oír con exclusividad a su acompañante antes que esas melodías propias de la sala de espera de un dentista con pretensiones. Y se rebela cuando el servicio no tiene oficio. Se le nota que antes que periodista fue camarero en un hotel y maestro en una escuela.

Perfeccionista, se frustra cuando algo no sale bien. Un punto maniático. Es como la leyenda de las etiquetas de ciertos caldos de la Rioja:con genio, valiente y noble. No le faltan notas de rebeldía y algún trazo de vehemencia con un barniz de fino observador. Vigorra es un verso libre en Canal Sur, que no es lo mismo que ser un verso suelto. Se ha ganado su libertad a golpe de resultados. Cuanto mejores son los resultados, más son los enemigos.

Tiene ganada por oposición su plaza de redactor en la RTVA, por lo que recuerda a los antiguos canónigos, que cambian los obispos pero ellos siguen en maitines largando sobre lo mal que funciona la diócesis. Como los canónigos son ahora digitales, ninguno se atreve a decir ni pío.

Cuando muchos oímos los anuncios de La Nuestra en referencia a Canal Sur, pensamos en Vigorra y algunos pocos más, porque si no fuera por ciertas excepciones sería realmente La de Ellos. Vigorra en la RTVA recuerda a la aldea de los irreductibles galos, aquellos locos que resistían “ahora y siempre” al invasor. A Vigorra lo salva de ciertas presiones la poción mágica de las sucesivas olas del Estudio General de Medios (antes de que le recortaran los horarios) y las olas de la playa de Los Caños de Meca.

Para seleccionar con tino los programas de radio hay que aplicar criterios infalibles, como al elegir un buen restaurante de carretera. Sólo hay que pararse en una venta donde haya camiones aparcados. Y hay que sintonizar los programas que oyen los taxistas. A Vigorra le oyen un ejército de taxistas de cuatro a cinco de la tarde. La gente no quiere problemas, pero le pirra oír los problemas de los demás, le encanta cómo Vigorra, con la cuadrilla de banderilleros de Joaquín Moeckel y Francisco Arévalo, lidian por antena con el encargado golfete de un taller mecánico de Almería, el ayuntamiento de la provincia de Huelva que abusa a la hora de cobrar dos veces los recibos del IBI, o con el director cobardón del hotel de Sanlúcar de Barrameda que ocultó al cliente de movilidad reducida que el establecimiento carecía de ascensor.

La vida son recuerdos de la emisora de su tiera natal que impulsó este Vigorra criado entre los algodones de tres mujeres: su madre y sus dos hermanas. La vida es refugiarse en un restaurante de Valdezorras caracterizado por los platos de cuchara. Es escaparte al Corte Inglés, donde el dependiente de siempre, una suerte de asesor personal, guarda las ofertas más selectas para que este periodista siga cultivando el culto por las marcas. La vida es conducir un Mercedes e ir siempre a pie de casa a la radio y de la radio a casa, con la pausa gastronómica del telediario, rutina convertida en liturgia. La vida es sufrir la cornada de Ausbanc y comprobar, una vez más, que el tramo de las amistades es siempre reducido. La vida es vivir conectado a los orígenes, que están en Villanueva de Córdoba, de donde se trae los táper con platos guisados por sus hermanas. La vida son las charlas con Justo Molinero, los preparativos de última hora de cada programa con Esther Menacho y Yelu, las funciones de teatro donde se relaja, los miércoles de cine y las corbatas de Dolce & Gabbana. Y, sobre todo, la vida es leer, leer y leer. Vigorra disfruta más con un libro que con un viaje. Forma parte de esa minoría que prefiere estar en su casa, que le cuesta un mundo salir de su hábitat, de su particular orden establecido, de sus manías y ritos propios, entre los que está la lectura diaria de un poema.

Torpe con las nuevas tecnologías, es de los que las pasan canutas para hacer una transferencia bancaria vía internet, se pelea con el ordenador y acaba enredando por teléfono al del servicio de atención al cliente. Cuando Julio Iglesias canta hay quienes se acuerdan de este Vigorra que disfruta con las mujeres y el vino sin ser un truhán. Seductor con la palabra, interesante, más alegre que divertido. Bueno para conversar, menos bueno para una tarde de Feria o un camino del Rocío. Orgulloso de su alopecia total: “Los calvos no envejecemos”. Su fortaleza está en que sabe estar solo y es un improvisador nato. Cuentan que tiene pocos amigos porque, en realidad, se aburre con la mayoría de la gente. Tal vez sea porque se sacia con los libros.

Arturo Pérez Reverte lo trata de hermano en las veladas de asueto en Las Teresas, reuniones a las que en tiempos acudía el desaparecido Rafael de Cózar. Vigorra tiene adoración por el autor de Alatriste tanto como por Moeckel.

El cocinero antes que el fraile. Fue camarero antes que periodista. Fue maestro antes que presentador de El Público. Las coplas, coplas no son hasta que el pueblo las canta. Un programa no es programa hasta que los taxistas lo sintonizan. Un restaurante no es restaurante si no hay platos de cuchara. Una mesa no es mesa si no tiene mantel. Uno no es nadie si no tiene enemigos. Y a los enemigos, como a los canarios, hay que alimentarlos cada día: su puñadito de alpiste, su mijita de agua y algún silbido para que no sientan soledad. Ideas fijas, criterios claros. Si la ola del EGM pierde fuerza, la ola de los Caños de Meca viene cargada de espuma. Lo dijo el cura socarrón: “Yo soy canónigo por oposición, digo la misa por el rito que quiero”.

El caballito de cartón

Carlos Navarro Antolín | 27 de noviembre de 2016 a las 5:00

Francisco Carrera Iglesias Paquili
EN Sevilla quedan algunos vecinos que aún recuerdan la tarde del 18 de julio con una Plaza Nueva iluminada con farolas de gas. Aquellos niños tienen hoy más de 90 años. Y también los hay que recuerdan las calles de su barrio sin pavimentar, andando por la tierra y sufriendo los días de lluvia. Estos últimos no son ni mucho menos nonagenarios. No alcanzan ni los 60 años. Pero aunque sea difícil de creer, vieron esa Sevilla, vivieron en ella y aprendieron a amarla pese a las circunstancias adversas. Francisco Carrera Iglesias (Sevilla, 1957) se crió en las calles de un Cerro del Águila casi sin urbanizar, cuando era un niño sin caballito de cartón. No llegó el equino soñado al igual que otras niñas de la España en sepia se quedaron en su día sin la deseada Mariquita Pérez. El niño es el Cerro en Superocho, el adulto es el bordador en color de alta definición. Entre uno y otro, la evolución de una ciudad radicalmente distinta en prácticamente todo. Paquili lo llaman y por Paquili responde este sevillano nervioso que osó comprometer a un cardenal para que coronara a la Virgen de los Dolores. Y el cardenal, que se entusiasma con los perfiles transgresores y se aburre con la ortodoxia de sota, caballo y rey, le concedió la petición. La hermandad de la que Paquili era hermano mayor se había volcado en ayudar a la parroquia cuando el edificio estaba en obras. “¿Cómo os lo puedo agradecer?”, preguntó el prelado. Y Paquili, sin ningún tipo de corte, pidió su particular caballito de cartón. “Coronando a la Virgen de los Dolores, señor arzobispo”. “Hecho”, respondió don Carlos. Y aquella coronación se convirtió en un hito. Nunca ha habido más socialistas juntos en una misa. El Suresnes de las coronaciones canónicas con Soledad Becerril, entonces vicepresidenta del Congreso, como excepción.

Paquili tiene sobradamente ganada la categoría de personaje. Su principal virtud no es que haya sido capaz de cambiarse de acera recientemente.

–Oiga, ¿a qué se refiere?
–Pues que siempre tomaba café en el Horno de San Buenaventura de la Alfalfa y ahora lo hace en el de enfrente, el Horno del Abuelo. No todo el mundo lo tiene tan claro para introducir modificaciones sustanciales en un hábito cotidiano. ¿O no?
–Bien, siga.

Su principal virtud, seguimos, es que es de los personajes que no le tienen ningún miedo a la Sevilla Eterna. Forma parte de ella y sabe cómo ganársela, o cómo tocarle los costados. Le gusta provocar al sector rancio, al que tiene cogida la medida porque, en el fondo, Paquili lleva un rancio en su interior, por mucho que sea capaz de pasearse por la Avenida de la Constitución con un traje amarillo y disfrutar de las miradas que provoca. Ríanse ustedes ahora de la discutida estética de una Avenida cargada de veladores, ciclistas, el tranvía más lento del mundo y otros cachivaches. Para estética polémica la de un Paquili sonriente, vestido del color de la selección de Rumanía y con la Catedral de fondo.

De lo que más disfrutó cuando dejó el cargo de hermano mayor del Cerro fue de colgar para siempre las corbatas y los trajes anodinos, que se enfundaba durante aquellos años por respeto institucional. Tiene corbatas para montar un centro comercial, pero no las suele usar. Es como esas señoras que tienen joyas y pieles para disfrutar con su contemplación, pero no quieren incurrir en la ostentación. Clase se llama. La debilidad de este sevillano peculiar son los zapatos. Cuanto más raros, mejor. Si la lengüeta es de un color y el resto de otro, aún mejor. Se cuenta que en su casa hay más de cien pares, lo que le convierte en la versión masculina de Imelda Marcos. Los acharolados los guarda para las ocasiones especiales. Los trajes, de Purificación García. Y el cuello, bien abrigado.

Paquili es artesano, como le gusta que se diga. Aprendió a bordar porque le apenaba no sólo ver sin pavimentar las calles del Cerro de su infancia, sino el pobrecito ajuar de su Virgen de los Dolores de aquellos años del Nodo. Se buscó una oportunidad a lo Palomo Linares, llamando a las puertas de las plazas. El empuje de la humildad se llama. Después de ser rechazado en algunos talleres, logró que una vecina, Fidela, le enseñara el arte del bordado. Siempre reconoce el papel que jugó Fidela en el inicio de una carrera que hoy está jalonada por las principales firmas nacionales e internacionales. Paquili borda desde la Alfalfa para Victorio y Luchinno, Loewe, Justo Salado, Cañabate, el Teatro Real de Madrid y un largo etcétera. No tiene complejos en defender que las técnicas del bordado cofradiero son aplicables en muchos órdenes. Que se lo digan a Hillary Clinton, que lució un mantón de Manila bordado por este cerreño. Con el precio del mantón, diseñado por el 150 aniversario de Loewe, se puede pagar la entrada de un piso en República Argentina.

Paquili no cobra por ir a vestir vírgenes de capital o de pueblos de la provincia. Lo sigue haciendo por amistad, o cuando lo requieren por razones de urgencia. Solo pide que lo lleven y lo traigan porque forma parte de los que tienen claro que el lujo de hoy es vivir en el centro y no tener que depender de un coche.

La vida es provocar. Apostar por los chaqués y los ramos cónicos en una hermandad de barrio como el Cerro, por el diseño de un manto tan discutido como en su día tuvo que serlo el de la Virgen de los Ángeles, de los Negritos. Ahí sigue el manto cada Martes Santo. La vida son charlas interminables con Miguel Caiceo y Eduardo Altolaguirre. Ocon Luis Becerra. Es una honda afición por cocinar y por ejercer de anfitrión con candelabros de plata en una casa presidida por un cuadro de su madre. Es la fidelidad al gimnasio para estar de buen humor y encajar las críticas a las que está expuesto por su trabajo. Paquili se ríe cuando lo comparan con Sampaoli. Y cuando dicen que jamás lo han visto entrar en Cañete o en Galán para probarse un blazer.

Si Fernando Villalón soñaba con criar toros de ojos verdes, Paquili sueña con una saya de cristal y pedrerías para la Virgen del Cerro, su musa, la imagen con la que se atreve a innovar como vestidor, la devoción de su vida. Dicen que lo acabará consiguiendo, como el caballito de cartón, como la Medalla de la Ciudad que ya se ha merecido. Alguien le regaló el caballito ya de adulto. Y está colocado en un lugar privilegiado de su casa. Quizás ese día aprendió que no hay camino, que se hace camino al bordar. Y que todo llega. Hasta los autobuses de Tussam acabaron llegando al Cerro. Y Paquili acabó conquistando el centro. Pese al traje amarillo.

La taberna mínima

Carlos Navarro Antolín | 13 de noviembre de 2016 a las 5:00

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EN Sevilla se producen extraños fenómenos con mucha frecuencia. A veces un cliente entra en un bar y su saludo –buenas tardes– queda huérfano de respuesta. Un camarero recoge los vasos mientras el otro retira con desgana los platos sucios de un velador del interior. Ninguno de los dos hace el mínimo gesto de bienvenida. El cliente parece que no existe, queda relegado a la condición de ser invisible. Los platos, los vasos, la narración por la radio, las imágenes del televisor o el pitido que avisa del final del runrún del lavavajillas son más importantes que el cliente. Cuando uno de los dos camareros concede una mirada al recién llegado lo hace con condescendencia, oteando por encima del hombro, con el desdén del que hace un favor queriendo acabar rápido porque tiene tareas más importantes. Así está demasiadas veces la hostelería en la ciudad que vive de ella. Así se pudre lentamente el sector terciario. Así se pervierte el mal llamado sector servicios, que hace tiempo que dejó de servir, hace tiempo que no sabe atender y en no pocas ocasiones se limita a despachar como un proveedor despersonalizado. En Sevilla hace tiempo que los mejores camareros son las máquinas, más amables que muchos de los llamados profesionales. Cuántas cartas gastronómicas se vienen abajo porque no tienen quien sepa venderlas a la voz, cuántos diseños carísimos y acogedores de nuevos negocios se van por el sumidero de un camarero mal pagado, quemado y sin oficio, cuántas publicidades se van al traste porque no se tiene presente que lo principal es el cliente.

Se llama Álvaro Pérez Medina (Sevilla, 1973) pero todo el mundo lo conoce por Peregil, el tabernero que tiene claro que el motor del negocio es el cliente, el combustible es el botellín y los accesorios de lujo son una carta limitada de montaditos y platos de cuchareo. Este Alvarito lleva en la sangre el oficio de atender detrás de una barra y ha heredado la memoria prodigiosa de su padre. No hay mejor libreta para hacer las cuentas que la cabeza, por muchas horas que los clientes se hayan pasado en esa taberna mínima que es La Goleta de Mateos Gago, un local que tiene los mismos metros cuadrados que una garita del Palacio del Pardo: caben dos guardias moros en el interior, uno dentro del urinario (“No corred por los pasillos”) y todo un regimiento en la puerta. Perejil sabe que a Sevilla le gusta estar en la calle. Sevilla es de exteriores, de dejarse ver, de la intemperie, del relente que da nombre hasta a una peña sevillista. Las grandes tabernas cerveceras son recoletas, de bulla organizada, de camarero sagaz con la vista alta, de cliente que trinca la cerveza y paso atrás, como el Tremendo, el Jota, el Cateca, Blanco Cerrillo, o esta Goleta de Mateos Gago, que es la calle que siempre tiene aspecto de carga y descarga. Qué casualidad que los bares populares son los más pequeños y tienen los camareros más rápidos.

Si los clientes se han pasado de hora, Perejil echa la cuenta calculando la “ocupación de la vía pública y el tiempo empleado” y siempre, siempre, se equivoca a favor del cliente. Aguanta detrás de la barra más que un costalero de Los Caballos de vuelta por la Cuesta del Rosario. Solo le sacan de quicio los caraduras, que en Sevilla hay suficientes para llenar el Prado de San Sebastián, ponerse a repartir cirios y acabar con las existencias de la cerería del Salvador. Él decide cuándo invita a una ronda, nunca el cliente. Se permite el lujo de hacerse el despistado en su negocio, como el que no vigila nunca cuando, en realidad, tiene las orejas altas y los retrovisores reglados. De vez en cuando rompe en un cante, momento en el que hay alguien que destaca lo bien que Álvaro se sabe la letra de las coplas… Porque nadie duda de que se sabe la letra.

Tiene memoria para saber a las 11:35 el número de botellines que lleva pedidos el tío de la esquina desde las 09:45. Y para recordar con precisión los pasajes de la Biblia. Este tabernero, hijo de célebre tabernero, es un lector constante de textos sagrados. Su cultura bíblica es meritoria. Católico practicante, cumple con rigor el precepto dominical, es hermano de la Cena, el Museo, Los Caballos y Los Gitanos. Es proveedor de sus hermandades cuando le piden de todo, que ya se sabe que las cofradías están siempre pidiendo. “Ahí tenéis los guisos para la cruz de mayo. ¿El cazo? ¿Tampoco tenéis cazo? Mecagoenlamá, no tenéis de ná. Ahora me llego con la moto a La Goleta a por un cazo”.

La vida son recuerdos de las aulas del San Francisco de Paula, de donde no sólo salieron científicos, políticos, rectores de universidad o alcaldes de Sevilla, también ilustres taberneros que mantienen vivo el mejor concepto del oficio. La vida es una boda en Los Terceros donde al novio, de chaqué azul, se le pone el rostro del color del Viernes Santo por la mañana cuando mete la mano en los bolsillos y no están las alianzas. Se tuvo que casar con el anillo del cura y con el de su amigo Benito Ponce. La vida es salir de costalero en Los Panaderos hasta que un día prescindieron de sus servicios “por estética”, según le comunicaron.

–Ah, que me echan por feo.
–No, por altura, Eres demasiado alto.
–No, tú has dicho por estética, no por altura.

La vida son algunos pinitos en estudios sanitarios antes de tener claro que lo suyo era heredar el oficio paterno. Siempre al servicio del cliente con el mandil blanco, las camisas lisas o a cuadros, los chalecos con cuello de pico y el pantalón de pinza gris marengo que acumula trienios: “Hay que ver lo buenos que me han salido estos pantalones”. La vida son evocaciones de la Manzanilla paterna y de la Puerta Real materna. Es tener claro que la clientela busca a Peregil, su marca personal. Él mismo es el valor añadido de sus tabernas, más allá de los garbanzos, las espinacas y los bacalaos. Le encanta la cuchara a todas horas. Si llega a casa de madrugada y hay un guiso en la nevera, este Peregil se consagra al abordaje con cuchara en mano. La vida sabe a vino de naranja y moscatel y deja escarcha en las manos del botellín fresquito. Y cuando puede se va a Tierra Santa o a Praga, se escapa por el mundo.

Cual tabernero antiguo, en La Goleta no hay trago largo. Sólo esporádicamente y para clientes muy selectos. Tiene carné del Betis que no usa. Es devoto del beato Álvaro de Córdoba, como su amigo Álvaro Enríquez, el de la Cena, tres pasos. Un sevillista del Sagrario presumió de victoria ante el Fenerbache cuyos jugadores lucen camisetas con franjas negras y amarillas: “¡Viva el Sevilla!”, gritó en la puerta de su taberna aquella noche. Y Alvarito, detrás de la barra reaccionó: “¡Anda ya, si le habéis ganado al San Roque de Lepe, quillo!”. Destila la gracia seria del mejor sevillano cuando los guiris preguntan por la ventanilla del coche cómo aparcar para entrar en La Goleta: “El párking lo tengo abajo, es subterráneo”. En el negocio de Ponce de León, el Quitapesares que regentó su padre, aguarda con paciencia a que terminen los ensayos de la cuadrilla de costaleros de La Amargura para dar de beber y comer a los hombres de Alejandro Ollero. Jamás ha apretado la vara en una cuenta. Ni en las mañanas de 15 de agosto o de Corpus, cuando hay público en segunda y tercera fila desde bien temprano y la calle huele a aguardiente.

El cliente siempre es lo más importante por mucho que haya vasos sin recoger. Si acaso se recogen al mismo tiempo que se pregunta cuántos botellines hay que ir abriendo, con ese gerundio que hace que quien acaba de entrar se sienta atendido. Peregil ha visto erigir un monumento a su padre en tiempo récord gracias a la autenticidad de ciertas amistades. En La Goleta siempre hay un ayayayayay que irrumpe en el ambiente, una cuchara y un tabernero chapado a la antigua que lleva las cuentas en la cabeza mientras se limpia las manos en el mandil antes de coger las cazuelitas de los guisos. Peregil es un tipo sano en un gremio reventado. La taberna mínima de Mateos Gago es el pequeño paraíso de este hombre que rebosa la alegría propia de la humildad. Y el Quitapesares, el mejor monumento cotidiano al padre que cantó una saeta en privado para los Reyes de España en la Madrugada de 1984. Del buen hijo sale el buen tabernero. En la vida hay que agarrar bien la cuchara y nunca correr por los pasillos. Hay espinacas para todos.