Madrugada del 78

Carlos Navarro Antolín | 23 de septiembre de 2018 a las 5:00

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LA ciudad de Sevilla tiene fama de cerrada, de sociedad articulada en círculos herméticos. Los críticos dan la barrila con el carácter enclaustrado de las casetas de Feria, pero nadie explica que los socios de esas casetas están pagando las cuotas durante todo el año para disfrutar de una mesa y una silla (a veces ni eso) acaso un par de días de la fiesta. Nadie cuenta la gracia que hacen los recibos de la caseta cargados en la cuenta del banco en mayo, septiembre o noviembre. ¿Escuecen, verdad? Para que luego digan que los sevillanos no dejan (dejamos) entrar a la gente de fuera y colocan el guardia de seguridad por delante. Sucede a veces una excepción y nuestra fama de cerrados salta por los aires, porque hay quienes ejercen de arietes. Las puertas se derriban por el empuje de gente de fuera que acaba cruzando, nunca mejor dicho, por el arco… del triunfo.

José Antonio Fernández Cabrero es natural de San Felices de Buelna (Cantabria). No se le ha ido un ápice del acento cántabro. Se le oye hablar (¡no para de parlar!) y solo falta un paisaje verde, muy verde, con sosegadas vacas tudancas y un desayuno de sobaos pasiegos. Marino mercante de profesión, fue topógrafo en la empresa Huarte y Compañía, S.A., que un buen día tuvo que recalar en Sevilla, la provincia donde está el lugar de nacimiento de uno de sus personajes favoritos: el bandolero Curro Jiménez, que por aquel entonces triunfaba en la célebre serie de TVE. Un Jueves Santo, recién llegado a la ciudad, se propuso cumplir con una ilusión: ver a la Macarena. Era 1978. El cántabro se fue hasta la Campana, trató de hacerse paso entre la bulla, y logró contemplar a la Virgen de la Esperanza y todo el micromundo que rodea su paso. Con el tiempo se presentó en la hermandad con otro firme propósito: “Quiero ser costalero”. Y le explicaron que primero debía ser hermano.

Fue costalero con Luis León. Y oficial de junta de gobierno con varios hermanos mayores. ¡Cómo se le oye hablar de José Luis de Pablo-Romero! Y ahora él es el hermano mayor. El topógrafo llegó a alto directivo de Mapfre, con despachazo en la torre que la compañía tiene en Triana.

De timidez anda corto… con sifón. Se arranca a cantar flamenco en una reunión, a encender un puro, a pronunciar una meditación improvisada ante la Virgen, a intervenir en una tertulia de toros. La gastronomía, los toros, el flamenco y la Macarena son sus cuatro pasiones. No hace muchos días se arrancó con una soleá delante de varios matadores de toros. “¿Qué te ha parecido la soleá, Pepe Luis?” Y el hijo del Sócrates de San Bernardo respondió: “Muy cántabra, muy cántabra”.

Tiene mucho de torbellino con una estética, además, reconocible a lo lejos. Es tan atrevido para ser de Santander y presentarse a hermano mayor de la Macarena como a la hora de vestir. Usa pañuelos de fantasía para alegrar las chaquetas, es capaz de calzar zapatos coloraos como los del Papa y gasta camisas a medida en las que combina el amarillo liso con los cuellos y puños cuadriculados en otros colores.

Dicen que algunas de sus mejores decisiones como alto directivo de Mapfre fueron acelerar el pago de las indemnizaciones en dos casos muy dolorosos. Uno fue en el caso de la muerte de una niña de tres años por la caída de una verja metálica en un comercio de Aljaraque (Huelva). La compañía pagó rápido y, al hacerlo, le estaba enviando un mensaje a la madre: ella no era la culpable del siniestro mortal. De haberlo sido, no hubiera procedido la indemnización. Con aquel pago no solo se efectuaba una transferencia de dinero, sino se descargaba del sentimiento de culpa a una madre. El segundo caso fue el del atropello de una joven –con un elevado grado de minusvalía– por un camión de la obra de construcción de las setas en la Plaza de la Encarnación. La chica perdió la pierna, pero no las ganas de vivir. Casualidades de la vida, la joven es hija de un poeta muy macareno: Joaquín Caro Romero.

Cabrero se presentó a las últimas elecciones de la cofradía y ganó. Quiso presentarse muchos años antes, en los comicios de 2009, pero el abogado Joaquín Moeckel fue determinante para quitarle las ganas en aquella ocasión. Cabrero siguió el consejo y dejó pasar la oportunidad. El día de aquellas elecciones se fue a almorzar al Cenachero, quizás para olvidar, tal vez para pensar en el futuro. En aquella mesa se descorcharon varias botellas de Imperial, un caldo de La Rioja para exquisitos. La factura dejó a los comensales temblando y sin perras para un taxi. “¿Cuántos carros de la compra del MAS de la Cuesta del Rosario puedo llenar con lo que me ha costado esta comida?”, se preguntó uno. “¿Pero por qué habéis dejado pedir a Cabrero?”, le replicó el otro.

Ocho años después, este cántabro con un punto histriónico se tiró por fin al ruedo electoral y venció contra todo pronóstico. Sin ser empresario, ni ganadero, ni tener apellidos de honda raigambre macarena.

Una de sus grandes aficiones es subir a las visitas ilustres y a los amigos al camarín de la Virgen, donde se pueden ver los presentes que tiene la Macarena prendidos en la saya: una medalla con la foto diminuta de un difunto, un tricornio de oro de un guardia civil… La gente se queda en silencio, absorta ante el perfil de sonrisa o de pena, hasta que la voz de Cabrero inicia la oración:

–El Ángel del Señor anunció a María…

Cabrero es la voz de muchos actos de bajada de la Virgen de la Esperanza, como es el rostro de la acción social para muchos macarenos. Es listo. Muy listo. De mozo quiso conocer Cantillana y acabó casado con una pastoreña. Quiso ver la Macarena y acabó de hermano mayor. Quiso organizar un festival taurino a beneficio de la hermandad y ya está el cartel de relumbrón para el 12 de octubre en Sevilla.

La vida es un candelero encendido en la mesa de trabajo de hermano mayor y son libros subrayados sobre espiritualidad loyoliana y otros sobre autoayuda con los que obsequia a los amigos de vez en cuando, algunos con títulos tan sugerentes como Por qué decimos sí cuando queremos decir no. La vida son recuerdos de un mini con el que viajó a Sevilla, una bici de la marca Macario. La vida es recordar cuando fue retenido por la Policía Armada en la frontera por contrabando de radiocassetes procedentes de Andorra. Por fortuna se topó con un agente andaluz que le dio de cenar codornices con ali-oli y pan payés. La vida es sentarse en el sillón de tendido número 44 de la plaza de toros de Sevilla. Es un abonado que cuando le invitan a un festejo con derecho a acompañante, entrega su solitario abono a quien le ha convidado para que disponga del sillón.

La vida es haber buscado trabajo y varas de presidencia para mucha gente que luego, ay… Ya se sabe que hay quienes tienen la misma memoria que poca vergüenza. La vida es pasión por la coral de la Macarena y por la nueva escolanía que ha impulsado. La vida es recibir la felicitación pública del presidente Revilla tras ganar las elecciones en la Macarena. Y, cómo no, la vida es recordar continuamente a Paco Cossío hasta que la emoción le deja sin habla y arranca de nuevo con la cadencia de una levantá a pulso.

Sabe que un cargo como el suyo está expuesto periódicamente a la polémica. A este cántabro le gusta abrazar y besar a sus críticos. Lo de los besos debe ser el recuerdo de sus tiempos pretéritos como costalero. También le gusta rezar a última hora ante la Virgen, en el banco de la primera fila, incluso cuando el personal de la hermandad acaba de echar el telón de seguridad que protege a la imagen por la noche.

–Hermano mayor, ¿se lo dejo un poco abierto para que la vea?
–No, no. Prefiero adivinarla. Muchas gracias.

Tiene una frase muy recurrente: “Esto es más antiguo que mear de noche”. Y otra que esconde guasa: “Yo soy de Santander, digo las cosas muy directas”. Y uno piensa, en el fondo, que al decir eso nos está arreando a los sevillanos… los mismos que pagamos los recibos de la caseta de Feria durante todo el año.

El demonio de la derecha

Carlos Navarro Antolín | 16 de septiembre de 2018 a las 5:00

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NADA une más que el enemigo común. El enemigo genera extrañas alianzas, mantiene cohesionado un colectivo, fomenta uniones temporales y hasta puede dejar posos de afecto. Es imprescindible tener identificado al malo, ese señor que siempre monta el caballo más lento. Es fundamental tener designado al hombre del saco, el personaje de las tinieblas, el mayordomo traidor, el coco que siempre viene, el tío que viste de negro como los antiguos árbitros. Hay gente que para ser feliz quiere un camión, como hay gente que necesita un malo. Ponga un malo en su vida y sáquele provecho. Da igual que verdaderamente sea malo o no, lo importante es que pueda considerarse oficialmente malo.

Antonio Rodrigo Torrijos (Sevilla, 1950) fue muchos años la bestia negra de la derecha, el demonio en carne y hueso para la ciudad más tradicional, el personaje a batir en todos los colectivos conservadores de una Sevilla que se pirra por hacer leña de los árboles caídos (o talados). Su estética de camisa guayabera, barba, pipa y bolso masculino, sumada a una verborrea perifrástica, contribuyeron a generar una caricatura que, efectivamente, exageraba muchos de sus principales rasgos. A Torrijos se le echó la culpa de casi todo lo negativo que ocurrió en la ciudad en los dos mandatos que apuntaló al PSOE en el gobierno local: de 2003 a 2011.

IU, con solo tres concejales, fue la muleta fiel del alcalde Monteseirín. Nadie nunca ha mandado tanto en la ciudad con un grupo municipal tan escuálido. Esta circunstancia todavía no se le ha perdonado a este veterano comunista con orígenes sindicales, un tipo que logró para su formación política la creación de las figuras de vicegerente en Urbanismo y en el Instituto Municipal de Deportes, los dos principales organismos inversores del Ayuntamiento.

El león nunca fue tan fiero como era pintado, pero este Torrijos cuando se empeñaba era una fábrica de producir críticos de sí mismo. Se le colaban las moscas en la boca por estar todo el día hablando, tanto en ruedas de prensa como en los plenos del Ayuntamiento. Protagonizaba intervenciones interminables al estilo del comandante Fidel, con perlas que daban pábulo a una oleada de ataques y mofas, como cuando se refirió a la Navidad como “solsticio de invierno”, o cuando bautizó una delegación municipal (concebida a su medida) como la de Infraestructuras para la Sostenibilidad. Sus rivales temían especialmente el inicio de sus discursos en el Salón Colón con ese “hoy no pensaba intervenir”. Y se explayaba…

Su fotografía con servilleta al cuello, cerveza en mano y ante una mariscada de bajo coste se convirtió en un icono que lo dejó aún más expuesto al pimpampum del electorado conservador. “¿Es que yo no puedo comer marisco?”, se defendía.

Torrijos, ciertamente, es un tipo austero que hacía sufrir a sus compañeros de mesa con comidas frugales que obligaban después a ingerir una hamburguesa en el establecimiento más próximo. En sus tiempos de edil era muy aficionado a los menús de 6,50 euros (bebida incluida) en Mercasevilla, la empresa donde comenzó su calvario político y personal. ¡Cuanto tardó en darse cuenta de quién era Fernando Mellet! Torrijos quiso capitalizar Mercasevilla para la marca de IU, pero la apuesta se fue al traste con la corrupción. Acabó viviendo un suplicio judicial del que, en el caso de la lonja, ha escapado bien pero tras varios años de sufrimiento.

Austero, espartano, metódico. Nada aficionado a las concesiones a deshoras como una cerveza o un aperitivo a mediodía antes de comer. Cuentan que cuenta chistes sin perder la seridad. Tiene un repertorio de frases del que hace uso con frecuencia. Para los del PP: “Hagan ustedes honor a la gran inversión que han hecho sus padres en colegios privados”. Para el hombre de máxima confianza de Monteseirín: “Marchena, no me vayas a engañar”. A sus colaboradores e incluso a los periodistas les refería con ironía sus “exiguos salarios”. Y de sí mismo decía machaconamente: “No me hago trampas en el solitario”. Todas sus intervenciones solían estar trufadas de alusiones a su “tío Teodoro” y, por supuesto, a Agamenón y su porquero.

Torrijos era y es un gran rancio, un izquierdista muy conservador, un obsesionado con ser comunista y parecerlo, un hombre que parece de otro siglo, sacado de otros tiempos. Ahí radica quizás su autenticidad. Su condición de apasionado sevillista lo llevó una vez al palco del Ramón Sánchez Pizjuán. Se negó a ir de corbata. Goza de dispensa, como a la hora de hablarle de tú al cardenal Amigo: “Eres el jefe del partido de la Iglesia en Sevilla”, el comentaba a monseñor Amigo en las audiencias privadas.

Fiel a su palabra y leal con sus colaboradores. Así lo reconocen hasta sus críticos. Dicen que el socialista Monteseirín gozó de la lealtad de Torrijos mucho más que la de los concejales de su propio partido. “¡Los de Izquierda Unida son gente especial, pero son buenos!”, proclamó Alfredo en un mitin. De hecho, Torrijos siempre prefería contar con el alcalde en sus actos. Susana Díaz siempre le reprochó a Alfredo que no consiguiera la mayoría absoluta y tuviera que pactar con la IU de Torrijos, omnipresente en la vida municipal.

Dicen que pudo haber sacado adelante todas las iniciativas de gobierno que fraguó, pero sin hacer tanto ruido, sin dejarse oír tanto, sin todos esos excesos verbales. Es decir, pudo hacerlo todo, pero tapándose más. Siempre desconfió del todopoderoso PSOE, quizás temeroso de acabar fagocitado. Los tres concejales de IU eran los hermanos pequeños del gobierno de coalición. Tal vez por eso se empeñaba en sacar cabeza, por saberse de una formación diminuta, aliada en esos momentos del hegemómico partido de puño y la rosa.

Tenaz para unos, pesado para otros. Si veía que el PSOE le engatusaba para ganarse su apoyo para cualquier proyecto, rápidamente exigía dos carriles bici a cambio. Pragmatismo se llama. Los Morancos dijeron con guasa que Torrijos había promovido el carril bici “hasta en el cementerio”. Si el PSOE se volcaba con la Encarnación, estandarte de Monteseirín; la IU de Torrijos lo hacía con la Alameda.

Ideológicamente dogmático. Exquisito en el trato personal. Verborreico y socarrón. Aguantaba bien cierta crítica periodística, pero muy mal las citaciones judiciales. Siempre tuvo un punto provocador como concejal. Basaba su estrategia en la agitación, en tocarle los costados a la Sevilla más conservadora. De trato cordial, pero siempre un pelín distante. Sabía “lo que se dejaba atrás” en una conversación, como los toros resabiados. Torrijos tenía un plan y lo aplicó. Tuvo un modelo de ciudad y lo puso en práctica. A Zoido siempre le reprochó no tener ideología ni modelo de la ciudad.

En una ocasión, unos días después de firmarse el primer pacto entre el PSOE e IU para formar gobierno en la ciudad, acudió a una conferencia de Manuel Chaves en la Cartuja. La cita parecía un congreso de socialistas en la que Torrijos fue cuidado para que se sintiera cómodo en el canapé. Apareció en los corrillos un conocido ex concejal del PP, muy conocido en la vida social de la ciudad. “Antonio, ¿ves cómo no eres el único que está aquí sin tener carné del PSOE?”. “Sí, sí, ya lo veo, pero ése le pone el culo a todos”, respondió el comunista sin anestesia.

Fumaba en pipa en el interior del Ayuntamiento hasta que Zapatero lo prohibió. Al socialista Gómez de Celis le provocó una cefalea por dejar de darle a la cachimba durante las maratonianas sesiones de la comisión de investigación sobre el desalojo de los chabolistas de los Bermejales, aquel escándalo del pago de dinero en bolsas de plástico.

La vida es una casa en el barrio de Santa Cruz y temporadas de asueto en el Algarve. La vida son recuerdos de unos Martes Santos como nazareno de la cofradía de ruan y de una labor como voluntario en Regina Mundi. La vida es trabajar de enfermero en el Hospital Virgen Macarena, que dejó para armar sus primeros follones en CC.OO. La vida es ser comunista y restaurar el monumento a la Inmaculada Concepción de la Plaza del Triunfo. La vida es conservar un buen número de incondicionales de su generación (José Antonio Salido, José Manuel García, etcétera), los comunistas que constituyeron IU antes de que se convirtiera en una sucursal de Podemos.

Torrijos, que no da puntada sin hilo, tenía un gesto muy habitual en los plenos: subirse las gafas con el dedo corazón antes de contestar a un adversario, lo que le permitía comenzar enviando un mensaje. O, mejor dicho, lanzar un torpedo que sólo captaban los más audaces.

Se le afearon los gastos excesivos de algunos de sus proyectos. Nunca asistió a un acto religioso por coherencia con sus ideas. Al final, ya en la oposición, le pudo la presión interna y externa y sufrió un desmayo en un pleno de 2013, uno de esos plenos largos, marcados por los cacahuetes, cuando todavía no se organizaban pausas para jamar un montadito de carne mechá regado con refresco de cola en las dependencias de los grupos políticos.

Siempre llevó a gala su cargo de primer teniente de alcalde. “El alcalde soy yo”, decía con solemnidad cuando Monteseirín se marchaba de la ciudad con motivo de algún periplo oficial. Supo garantizarse el suelo electoral de IU en el peor momento con la complicidad de determinados colectivos. En los mercadillos ambulantes, por ejemplo, había fotos suyas donde se le denominaba nada menos que “el Papa de las barbas blancas”.

Este malo de la película, ajeno ya al ruedo municipal, sigue pendiente del caso Fitonovo y la Audencia Nacional, donde lo imputaron por aparecer citado en una conversación teléfónica. Se le sigue viendo en manifestaciones y hasta en platós de televisión local en defensa de las pensiones. Es curioso que hoy ya no están ni él en el Ayuntamiento, ni el PP en la Alcaldía. La derecha busca un nuevo demonio.

A la medida del Betis

Carlos Navarro Antolín | 9 de septiembre de 2018 a las 5:00

SERRA FERRER

LOS pies son una parte del cuerpo que conviene tener protegida. Por seguridad. Por higiene. También por ese concepto de decoro que no está precisamente al alza. En una sociedad de padres débiles por hiperprotectores y con profesores con pies de barro, muchos niños tienen la mala costumbre de quitarse los zapatos en cuanto llegan a una casa. Los pies desnudos simbolizaban la divinidad en tiempos muy antiguos. Muchos famosos se retratan en sus paradisíacos jardines con prendas blancas y los pinreles al aire… La ausencia de calzado se asocia a la comodidad, a cierta saludable transgresión de las normas y, por supuesto, a esa estación del año donde se impone hacer el indio: el verano. Había un entrenador de fútbol que obligaba a sus jugadores a acudir al comedor del hotel de concentración perfectamente calzados y con calcetines. Nada de chanclas. Explicaba que se podían lesionar en cualquier momento por efecto de un golpe. Daba la orden sin complejos, con esa energía propia de los caracteres exigentes, puntillosos y controladores que muchos profesionales proyectan en sus horas de trabajo. ¡Todos bien calzados! Y obedecían.

Lorenzo Serra Ferrer (Sa Pobla, Mallorca, 1953), hoy vicepresidente deportivo del Betis con funciones ejecutivas como director deportivo, era aquel entrenador que se negaba a permitir las chanclas en los restaurantes. Es curioso cómo la disciplina, un valor muy a la baja en la sociedad de hoy, se mantiene vigente en el Ejército y en el fútbol, dos oasis en el desierto de autoridad que lastra muchos ámbitos. Se dice que Serra Ferrer es de los que emite calambre en su trabajo. Su nivel de autoexigencia le lleva a ejercitarse en la bicicleta estática –con 65 años sigue haciendo una hora cada día– o a coordinar la labor hasta de las limpiadoras de acuerdo con el equipo de fútbol. Así lo ha demostrado en dos fases como entrenador del club verdiblanco.

Está obsesionado con la felicidad de los béticos. Se quedó impresionado de la reacción de la afición por el ascenso a Primera División alcanzado en Burgos en 1994. El Betis lo ha convertido en personaje por mucho que haya sido entrenador y director deportivo de F. C. Barcelona, entrenador del AEK de Atenas y hasta dueño del Mallorca, donde contrató como técnico al muy sevillista Caparrós. Todo lo importante se lo debe al Betis, sí. Pero es irrebatible también que el mallorquín le ha dado al club sus días de mayor gloria contemporánea.Lo suyo con el Betis es un matrimonio perfecto, tan perfecto que ha superado períodos de separación.

En Sevilla es también un personaje más allá del fútbol, una ciudad tildada de cerrada. Caminar a su lado es pararse continuamente para que el personal se haga fotos a su lado con el teléfono móvil, o para agradecer los saludos y vítores de los albañiles de una obra de la Gavidia cuando se dirige a la Plaza de San Lorenzo para ver al Gran Poder. Antes o después de la visita al Señor, siempre para en la bodeguita Dos de Mayo. Lorenzo tiene un perfil numismático, de calva brillante. Cuando lucía bigote parecía sacado de una de aquellas monedas en las que se podía leer: “Por la gracia de Dios”.

Se ha hecho con el tiempo, de forma natural, con un círculo de amistades fijo, ha cultivado la relación con grandes como Curro Romero, el cardenal Amigo o Carlos Herrera. Muy habituales han sido y son sus encuentros con Pepote Rodríguez de la Borbolla, Luis Carlos Peris, Manolo Rodríguez, Juan Salas Tornero y su hijo Juan Salas Rubio, Julio Jiménez Heras, los Cuéllar… Hace todo lo posible por evitar a los sevillistas en su tiempo de ocio para sentirse libre al emitir sus opiniones. Serra es un forofo bético (muy “talibán” del beticismo, en expresión de algunos). Es persona que combina la educación con un fuerte carácter. Todos recuerdan cuando un policía local muy sevillista y especialmente celoso en su tarea lo detuvo el Sábado Santo de 1996 en el aeropuerto de San Pablo cuando iba a recoger a su mujer por no retirar el coche de donde lo había estacionado un instante. La narración de aquel suceso ha sido magistralmente repetida más veces que Verano azul por el entonces concejal de Seguridad Ciudadana, Luis Miguel Martín Rubio. El trato lamentable que recibió en las dependencias policiales del Pabellón de México le provocaron ganas de dejar la ciudad.

Y también se recuerda la patada que le dio al delegado del Sevilla, Cristóbal Soria, en el año 2005 tras soportar insultos graves durante un derby. “Al finalizar el encuentro el entrenador del Real Betis propinó una patada al delegado de campo a la altura del tobillo, haciéndole caer. El entrenador fue retirado por las Fuerzas de Seguridad del Estado para evitar males mayores”.

Nunca olvidará el momento en que conoció a Curro Romero. El matador estaba liado con el capote de paseo antes de un paseíllo en la plaza de toros de Sevilla. Curro iba vestido con un terno negro azabache. En esos momentos de tensión fue presentado a Serra Ferrer, que acertó a preguntarle: “Maestro, me han dicho que es usted bético”. Y Romero respondió: “¿Yquién no?”. Y cómo no recordar su primer encuentro con uno de sus grandes amigos, el periodista Luis Carlos Peris, en una rueda de prensa posterior a un partido en el lejano septiembre de 1989. Era tardísimo, las preguntas no cesaban y había que enviar la crónica, cuando a Serra le plantearon una cuestión en mallorquín, lo que generó que el entrenador respondiera en la misma lengua. “¡La hemos jodido con la hora que es!”, exclamó un Peris disgustado por una nueva demora provocada por la necesidad de recurrir a un intérprete.

La vida son recuerdos de una familia de cinco hermanos donde el primero que metía el trozo de pan en la fuente se llevaba la salsa. Es sentir el orgullo de ser mallorquín, hablar el mallorquín en familia, pero pronunciando los nombres propios en castellano. La vida es estar arraigado en Sevilla. Amante de la Semana Santa, apasionado de los toros y feriante comedido. No le gusta nada el Rocío. Dicen que lo pasó mal cuando Lopera lo invitó a una jornada en la aldea. La vida es tener plena confianza en su gente, sobre todo en Alexis, principal referencia de su núcleo duro. La vida son momentos sentado a la mesa en La Isla o Bajo de Guía, donde siempre guarda una dieta frugal, pero selecta. La vida es vivir cerca del club para el que trabaja y soñar con una casa en la calle… Betis. La vida es coleccionar grandes obras de arte, como lienzos de Miró o Barceló. La vida es ejercer de empresario hotelero de éxito con dos establecimientos en las Islas Baleares.

Aseguran que es currelante como pocos y desconfiado como casi todos los entrenadores de fútbol. Los entrenadores son gente acostumbrada al equilibrismo, a vivir con la certeza de que la felicidad siempre es efímera, acaso dura una semana cuando se está al frente de un equipo.

En sus dos primeras etapas en el Betis, ambas como entrenador y con Manuel Ruiz de Lopera en la cúspide del club, fue víctima de los celos, que son la antesala de la envidia. Como dicen los psiquiatras, hay muchas ocasiones en que no se puede hacer absolutamente nada para no generar ni celos ni envidia. La afición del Betis reconoció pronto los éxitos del equipo en la figura de Serra Ferrer y no en el dueño del club. A Serra se debieron el mítico ascenso del 94 tras conseguir 22 de 24 puntos posibles, dos finales de copa del Rey,de las que ganó una en 2005; dos clasifiaciones para la UEFA y una para la Champions. Tras ganar la Copa del Rey y ofrecer el título al Gran Poder, Serra vivió una auténtica procesión de gloria desde la basílica hasta el autobús. Aquello no gustó nada a don Manuel. Serra pidió refuerzos de nivel tras clasificar al Betis en la Champions. No se los dieron, bien por cicatería del presidente, bien porque Lopera ya sentía el aliento de Hacienda en la nunca, bien porque no quería encumbrar más a Serra. El caso es que el entrenador, con manejo de la sutileza, pronunció una frase demoledora en una entrevista concedida a Peris en Diario de Sevilla: “El Betis será lo que quiera don Manuel”. Los focos iluminaron al dueño con claridad.

Es cierto que Lopera ha sido una circunstancia en su vida. Serra está hoy feliz en el club como director deportivo, sin los corsés y condicionantes de antaño. Tiene un Betis a su medida, el que muchas veces soñó, rodeado de profesionales de la gestión, sin personalismos, con un estilo de trabajo moderno donde no caben las alharacas. Serra sigue siempre con los pies protegidos. Las chanclas no paran ningún golpe. Y no son decorosas para el trabajo. La comodidad se paga. El decoro, en el fondo, es una suerte de blindaje.

El devoto de las 22:05

Carlos Navarro Antolín | 19 de agosto de 2018 a las 5:00

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HAY quien tiene muy claro que a las personas se las conoce de verdad por las noches. Según este criterio es conveniente manejarse en la vida con cierta nocturnidad, a esas horas en que el personal pierde el maquillaje de la ducha matutina, cuando el cansancio de las horas obliga a bajar la guardia y el nudo de la corbata pierde prestancia y se viene abajo como un cascote glacial. Para los defensores de esta tesis, todos los gatos no son precisamente pardos por la noche, sino más auténticos. La noche es aliada de la relajación a la que obliga la fatiga y de la pérdida del protocolo que provoca una copa. Bien manejadas estas claves, en esta ciudad hay quienes disfrutan con templanza de contemplar el paisanaje fuera del contexto laboral y sin el corsé de la compostura a la que obliga la luz del día.

El abogado laboralista Enrique Henares Ortega (Sevilla, 1952) es una figura principal de la película que se rueda cada día en el centro de la ciudad. De costumbres arraigadas, de ritos definidos y de rutas preestablecidas. El centro histórico es el plató de su vida, con alguna licencia para ir en el tranvía a la sede judicial del edificio Noga, o para montarse en el 34 de Tussam para llegar al Centro de Mediación, Arbitraje y Conciliación en Los Bermejales. Cuando las críticas arreciaban a Monteseirín por la construcción del tranvía más corto del mundo, hay quienes aseguraban que el alcalde socialista había pensado en los vecinos de la derecha sociológica del Prado de San Sebastián para que pudieran llegar a la barra de La Barbiana, y en este veterano abogado, con despacho en la Plaza de San Francisco, gran beneficiario de este medio de transporte que le deja a las puertas del Noga.

A Henares se le reconoce como un cofrade de prestigio que pronunció un pregón muy largo donde por primera vez y con toda justicia fueron homenajeadas las tabernas, y en el que hubo polémica porque incluyó una amonestación al nuevo arzobispo que –por circunstancias– adquirió un eco exagerado. Pero, en realidad, más que un cofrade al uso, Henares es un costalero de enorme trayectoria, de los que formó parte de la primera cuadrilla de hermanos –la de Los Estudiantes– y que se formó con El Penitente y convivió y aprendió de los históricos del martillo. Llevar ha llevado casi todos los pasos, menos los de cebra. Y, por encima de todo , es un apasionado taurino con plaza en el jurado de los premios de la Real Maestranza de Caballería. Nada más entrar en su despacho aparece la cabeza de Zandunguero, del hierro de Torrestrella, el toro de la confirmación de alternativa de su amigo Emilio Muñoz, lidiado el 19 de mayo de 1980 en la Monumental de las Ventas. Hace años que no pisa el real de la Feria al considerar que sus horarios ya no son compatibles con la asistencia a las corridas del abono de abril.

La vida son recuerdos de la casa familiar de la calle Santa Ana, donde se crió en el ambiente tranquilo del barrio de San Lorenzo y, cómo no, en la devoción al Señor. Son evocaciones de las tres sedes del colegio Los Maristas: Jesús del Gran Poder, San Pablo y Los Remedios. Su padre, oriundo de Maracena (Granada) se afincó pronto en Sevilla, donde ejerció de taxista en uno de aquellos elegantes vehículos negros con la franja amarilla. Su enorme sentido de la responsabilidad le llevaba a salir a a trabajar después de cenar hasta en Nochebuena. Su abuelo era Enrique Ortega El Almendro, banderillero de grandes figuras del toreo como su primo Joselito El Gallo, y cantaor. La vida son evocaciones de las aulas de la Facultad de Derecho, donde estudió becado en los tiempos en que no había masificación. Fue un tuno que literalmente portaba la bandurria, porque tocarla, lo que se dice tocarla, es otra cosa. La vida son recuerdos de su momento cumbre como costalero. Fue en el paso de misterio de la Amargura, donde calzaba en la última trabajadera, justo bajo el trono de Herodes. Ahora lo acompaña de regreso cada Domingo de Ramos con tremenda nostalgia. La vida, cómo no, son evocaciones de su maestro en la abogacía, don Juan Moya García. La vida son misas de domingo en la recoleta capilla de la Carretería, o escasos días de asueto estival en la Costa del Sol. La vida, en el fondo, es la mirada de un niño clavada en los costaleros de Rafael Franco (los ratones) cuando sacaban la de Montesión en años en blanco y negro, la hermandad familiar de los Ortega. La vida es estar sentado en la grada 4 de la plaza. Yla vida es buscar el acuerdo antes que recurrir al magistrado, la concordia entre las partes hasta en la barra del Rinconcillo si es necesario antes que entrar en el juicio.

El abogado rinde más cuando cae la tarde, en la tranquilidad del despacho huérfano ya de colaboradores, de las visitas de los clientes y del sonido de los teléfonos, a esas horas en que se estudian mejor los casos, cuando se estiran tanto las jornadas laborales que la luz de su despacho es la última en apagarse de la Plaza de San Francisco. De recogida a su casa, próxima a la Alfalfa, los manguerazos de los operarios de Lipasam parecen rendirle honores a esta leyenda viva del costal.

Fiel a la cita semanal con el Gran Poder, los viernes es conocido en San Lorenzo por ser de los que apuran la hora y llegan minutos después del cierre, fijado a las diez de la noche. Enrique Henares es devoto de los viernes, pero de los de las 22:05, cuando ya están cerrando las puertas, suenan los últimos balonazos de los niños en la plaza, y el capiller le deja entrar para que el Señor reciba esa última plegaria a deshoras. De noche, siempre de noche. Cuando las personas son más reales y cuando el Señor, quizás también cansado de todo un día de peticiones, recibe a este abogado templado. A Henares no le verán alzar los brazos por una sentencia a favor de su cliente, ni caer en depresión por un fallo en contra. Sus compañeros de toga, los mismos que lo definen como uno de los mejores abogados laboralistas de Sevilla, dicen que su mayor cualidad es la templanza, la moderación, esa misma serenidad que exhibe cuando está en la barra del Rinconcillo los domingos a mediodía ante un coronel de tinto y, si acaso, el empapante de una tapa de salchichón de Casa Riera. Los Ortega siempre han sido muy partidarios del tinto y poco dados a comer. Cuando Henares se enfrenta en las conciliaciones previas a un juicio o ya en pleno litigio a pretensiones exageradas de la parte contraria, se limita a exhibir la sonrisa socarrona del que sabe que el rival está metiendo la pata. Pero nunca se enciende. Es largo, tan largo como los procesos de lo social en los que interviene como abogado.

Hay quien lo define como un hippie con chaqueta y corbata por ese punto de bohemio altruista y por el perfil de personaje solitario que se gasta , un tipo sin miedo a la soledad porque, probablemente, está harto de oír a gente todo el día. A Henares no le hace falta citarse con nadie para disfrutar de un tinto en Casa Morales. Ni para darse esos paseos cardiosaludables. Es de los auténticos que no tienen coche por mucho que tengan carnet, como es de los que nunca tienen tiempo para ir al médico o de meter a los pintores en el despacho.

Tiene claro que el movimiento se demuestra andando. Nunca esperen verlo en las sillas de Semana Santa que tiene en La Campana. Las paga religiosamente para que las disfruten otros mientras él se harta de ver pasos con su amigo Fernando Moreno El Tato. Sí, “ese señor con barba” con el que siempre vemos a Henares buscando las cofradías las tardes de Semana Santa.
Es de los que se transforman en su despacho, se crecen, porque es el hábitat donde se siente más a gusto, la selva donde este león de la toga reconoce su particular reino, ese lugar al que tardó en llegar la conexión a Internet, porque ya se sabe que las mentes de ideas fijas tardan en aceptar ciertos cambios. Lo mismo que le cuesta digerir que los costaleros de hoy hiperflexionen el cuello para poder ver porque tienen ceñida la ropa a los ojos, luzcan tatuajes, se salgan del paso por el faldón delantero, o se exhiban hablando por el teléfono móvil o del brazo de la novia. Todos esos comportamientos que Henares, en alguna conversación privada, define como la conducta propia de un “papafrita”. En alguna ocasión, en una de esas charlas le oyeron dar una clase magistral sobre la materia: “Yo me salía del paso de la forma más discreta, por el faldón trasero o por el final de los laterales, pero jamás por delante del paso. Y al salirme, desaparecía rápido de la cofradía. ¿Qué es eso de exhibir sudores, tatuajes, costales deshechos y teléfonos por medio del cortejo? Yo me salía y me iba rápido a una taberna. ¡Sí, a una taberna con toda discreción y dignidad! Y no aparecía más hasta la hora en que me tocaba entrar de nuevo. Pero por las calles estaba el tiempo justito. Y se quejaban del olor de los del muelle y de las blasfemias que decían debajo del paso… Ni un papafrita había entre ellos. ¡Ni uno haciendo el indio! Eran gente sufrida, que vivía en condiciones muy lamentables en algunos casos, pero no hacían el indio. Cumplían el oficio con dignidad, llevaban un dinero extra a casa y en muchísimos casos se les veía rezar en privado al encerrarse la cofradía, no formando tertulias con las novias ni exhibiendo tatuajes, musculitos o telas de saco con el lema del SAS. Hombre, por Dios…”.

Henares representa hoy a una minoría de sevillanos a los que no les importa pagar el precio de ser como son: sevillanos discretos y a contracorriente (ni bebe cerveza ni acude a la Feria), sevillanos de guardia en agosto que saben disfrutar de momentos de soledad o de tertulia en las noches de tabernas, esos pocos santuarios muy escogidos donde este letrado es tratado como un parroquiano más que como un cliente. Gran admirador del cardenal Amigo, íntimo de la familia Villanueva, habitual y aficionado a ver las cofradías en segunda o tercera fila para no provocar el saludo de los miembros del cortejo. Nunca se le pasa un plazo en los litigios por ese sentido de la responsabilidad heredado de su padre. Acaso, como se ha dicho, se le pasa la hora de cierre de la basílica algunos viernes por esa costumbre de apurar el tiempo en el despacho, pero dicen que Miguel Martín, el capiller, aguanta abierta la hoja de una puerta todo lo que puede hasta que Félix Ríos, el hermano mayor, le recuerda que son ya las diez. “Es que todavía falta Enrique”. Y Henares llega a paso de mudá, con ese andar recto y de brazos caídos que es marca de la casa, para ser el último de los Viernes del Señor, el devoto de las 22:05, cuando la noche hace que Enrique vea al Señor más auténtico, más persona, más humano.

El ojo que todo lo ve… en el altar

Carlos Navarro Antolín | 12 de agosto de 2018 a las 5:00

LUIS RUEDA

LOS institutos de opinión le preguntan periódicamente a los niños qué quieren ser de mayor. Se trata de un sondeo realmente útil, utilísimo, porque sirve para elaborar informaciones con las que rellenar los telediarios del verano. Las respuestas más comunes son las habituales: médico, maestro, astronauta, futbolista o estrella del rock. A corta edad no hay metas inalcanzables. Ya se sabe que después el río de la vida tiene sus meandros y va marcando el destino de cada uno. Una encuesta similar revela con el paso de los años que la mayoría de los niños ya tienen claro que quieren ser… funcionarios. Tenemos el mismo carácter emprendedor que emanaba de la lista de tapas del antiguo Laredo. Queso o anchoa. Anchoa o queso.

A Luis Rueda (Algámitas, Sevilla, 1965) no debieron hacerle la encuesta en las aulas del colegio. Porque entre las profesiones citadas en los estudios de entonces nunca aparecía la de sacerdote. Y eso que este canónigo de la Catedral tuvo clara desde muy niño su vocación. Cuentan que su primera travesura fue sisar una moneda de cinco duros del bolso de su madre para comprarse una Biblia. Hoy es el prefecto de Liturgia de la Catedral de Sevilla. La liturgia enseña los gestos, signos y palabras que conducen a Dios, una suerte de coreografía sacra que se desarrolla en el altar y fuera del altar: cómo se mueve el cura, dónde tienen que estar colocados los acólitos, qué hay que decir y cuándo hay que decirlo, qué significado tiene el color de la ropa del oficiante, por qué se inciensa la mesa de celebración, etcétera. De lo visible, la liturgia, a lo invisible, que es Dios. Luis Rueda es el ojo que todo lo ve en las grandes ceremonias catedralicias y allí donde acuda el arzobispo o sea requerido por el prelado. El prefecto de Liturgia era antiguamente una suerte de jefe de protocolo del arzobispo.

Cuentan que los aires de su pueblo natal, el de mayor altitud de la provincia, lo mantienen siempre en forma porque sale con éxito de todas las revisiones médicas, pese a los puritos finos que se fuma en los alrededores del templo metropolitano o en el Patio de los Naranjos tras decir misa en la Parroquia del Sagrario.

Como todo cura que se precie, disfrutó de una etapa de formación en Roma, ciudad de la que no sólo se trajo conocimientos sólidos en materia litúrgica, sino un escogido núcleo de amigos y compañeros que ejercen el ministerio pastoral en Madrid, Toledo, Málaga… En San Anselmo, el Pontificio Instituto de Liturgia de Roma, tuvo que someterse a exámenes de enorme complejidad. Un día le pusieron la frase extraída de una plegaria y ocho o diez libros de diferentes rituales. El examen consistía en encontrar el libro al que correspondía ese fragmento de oración. Desde hace ya varios años, los foros internacionales de expertos en liturgia, donde Rueda está considerado al más alto nivel, son una oportunidad para el reencuentro con aquellos compañeros con los que estudió desde los rituales sirios ortodoxos a los emanados del Concilio Vaticano II.

Rueda es ante todo una persona pacífica, pragmática y que evita los enfrentamientos sin renunciar a la defensa de sus criterios. Un día, dos minutos antes del comienzo de una ceremonia presidida por el cardenal Amigo, le plantearon en voz baja que sólo estaban previstos hombres para realizar las sagradas lecturas: “¿A última hora te vas a preocupar por la paridad?”. Le molestan, con razón, los inventos litúrgicos de nuevo cuño, los que no están en los rituales o en el misal, los que, sobre todo, la gente reproduce tras ver tantas películas o series norteamericanas. Se multiplican esos papás fantásticos subidos a los presbiterios para tomar la palabra en las bodas, o esos padrinos que consumen su minuto de gloria con el micrófono en la mano junto a la pila de agua bendita. Existe una litúrgica de Netflix como existe una decoración de Ikea o una guía de viajes de Booking. Ya se sabe que la masa, carente de criterio, prefiere no pensar y que se lo den todo hecho. Rueda es de los que tiene claro que la redacción de los rituales y del misal es fruto de un trabajo intelectual muy notable: “No tenga la soberbia de considerarse mejor que todos los que han trabajado en esos textos”, dicen que explicó una vez a quienes pretendían una especie de liturgia a la carta.

La vida son recuerdos de una estancia de seis años en Roma. Con la tesis doctoral casi terminada se volvió a Sevilla, reclamado por el cardenal Amigo para hacerse cargo de la liturgia de la Catedral tras la muerte de Miguel Artillo. La vida es sustituir la Cruzcampo por la Fanta de naranja, que dicen con guasa que no hay naranjos suficientes en Sevilla para responder a la demanda de refresco de don Luis. La vida es quedarse ojiplático cuando le cuentan de aquella ceremonia de primera comunión a la que el cura acudió vestido de payaso, o aquella otra en la que se tunearon las oraciones, o de esas bodas donde se pronuncian loas cargadas de almíbar hacia los novios, o esos funerales con exagerados panegíricos del difunto. La vida es seguir al día todas las publicaciones sobre liturgia. Y ejercer siempre en las ceremonias con un estilo discreto, sereno y rápido.

Una buena prueba ocurrió el día en que se fue la luz en la Catedral, justo cuando el arzobispo –que sufría una afonía– presidía en el Altar del Jubileo una ceremonia de confirmación con cuatro mil asistentes. El prelado hizo un sobreesfuerzo para suplir la carencia de megafonía, pero Rueda se dio cuenta muy rápido de que los fieles no oían las palabras de don Juan José. Fue entonces cuando este prefecto de Liturgia puso la mano en el micrófono con toda naturalidad para indicarle así al arzobispo que no se fatigara más y fue él mismo quien tomó la palabra y continuó los rezos.

Este canónigo es el responsable de todas las procesiones organizadas por el Cabildo Catedral, fundamentalmente la del Corpus y la de la Virgen de los Reyes, junto con el maestro de ceremonias, el canónigo Geraldino Pérez. En los días previos se puede contemplar a Rueda en los preparativos de todos los detalles con tres de sus grandes colaboradores: los cofrades Joaquín de la Peña, Paco Cuéllar y Paco Yoldi. Es difícil verle sin una ocupación. Muy probablemente, Rueda es de los canónigos con mayor carga de trabajo. Es todavía joven y asume las labores de la Catedral, la vicaría parroquial en el Sagrario, la delegación diocesana de Liturgia y del catecumenado bautismal, y todos los encargos directos que recibe del arzobispo. También atiende las consultas de las cofradías, como el asesoramiento que prestó para la célebre misa de la Macarena en la Plaza de España.

Quizás uno de sus placeres menos conocidos –orillada ya la Cruzcampo en el bar Las Columnas– sean las aceitunas. Sale poco, cena menos y estudia mucho. Cuentan que es desprendido con el dinero. Se molesta con ciertas críticas muy habituales hacia la Catedral, como cuando los cofrades largan del supuesto coste que el uso del templo metropolitano supone para las hermandades. Está harto de repetir que la Catedral no cobra a ninguna hermandad por darle cobijo en caso de lluvia. Sólo se abonan los gastos extraordinarios, como la seguridad. Oen caso de grandes ceremonias, los gastos derivados de estructuras o tarimas. Anda que si las cofradías tuvieran que pagar los gastos de luz de las horas que permanecen en la Catedral… Todas tiesas.

Todo por el partido

Carlos Navarro Antolín | 15 de julio de 2018 a las 5:00

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SEGURO que muchas veces ha hecho usted de Paco Lobatón con personajes de la sociedad sevillana o andaluza a los que un buen día dejó de ver y de pronto se pregunta qué habrá sido de ellos. Alguna vez habrá entonado ese quién sabe dónde para preguntarse como aquel célebre programa de televisión, una interrogante que es como un certificado de defunción expedido por adelantado. “Habrá fallecido y se me pasó la esquela”, pensamos sin saber que a lo mejor nuestro personaje anda simplemente retirado. Tal decía el compositor Manolo Garrido: “Ya no me llaman, creerán que me he muerto”.

Dice el tabernero Jesús Becerra que no hay mejor publicidad que darse varios paseos por el centro a media mañana para que la gente se acuerde de que el negocio existe. Ese recurso es mucho más eficaz que cualquier cuña de radio de las que emiten sobre su restaurante cuando está uno en pleno afeitado y anuncian los menús especiales, esos anuncios que terminan con un señor hablando muy rápido –a lo Antonio Ozores– para precisar que las consumiciones en barra no están incluidas. Por cierto, después de esos anuncios matinales siempre ponen la cuña publicitara del Opel Divisa con un señor que tiene toda la voz de Javier Arenas, ¿se han fijado? ¡Cómo nos vende el coche! Sobre Arenas, por cierto, no hay que entonar ese quién sabe dónde. Todos sabemos dónde está Javié: moviendo los peones andaluces en el tablero del nuevo PP que saldrá del congreso extraordinario del próximo fin de semana.

Pero, por ejemplo, dónde están sus predecesores Gabino Puche y Hernández Mancha. ¡Quién sabe dónde! ¿Y qué fue de socialistas como Escuredo? ¿Dónde está, por cierto, uno de los grandes fontaneros del PSOE sevillano, Curro Rodríguez?

Curro Rodríguez (Sevilla, 1946) no estuvo en la histórica foto de la tortilla. Especulan con que estaría detenido por la Policía en aquellos años del No&Do. Sí aparece su mujer, Mari Martín, la única impar en la instantánea de aquellos jóvenes que hicieron la Transición y a los que Manuel del Valle inmortalizó en un pinar de La Puebla del Río a mediados de los años 60. Él está en otra foto histórica, la de la primera corporación democrática del Ayuntamiento de Sevilla, donde con ilusión y la experiencia adquirida en la empresa privada pilotó la modernización de la institución, esos retos que ahora se hacen con planes estratégicos y entonces se hacían casi con las manos y pagando algunos materiales del bolsillo particular, ¿verdad Javier Queraltó?

Curro es la fidelidad al PSOE por encima de todo, el partido al que llega de la mano de Alfonso Guerra. Es de esa vieja guardia que dice “el partido” a secas. Y no hacen falta más precisiones. Esa identificación absoluta con el partido ha sido fundamental para sobrevivir a los diferentes dirigentes. Hay quien dice que tiene las propiedades del corcho, como hay quien sostiene que su caso es simple y llanamente el de alguien que es fiel a las siglas por encima de secretarios generales circunstanciales. Si el PSOE cambia de dirección, Curro adapta el rumbo. Y punto.

Ha tenido diferentes trabajos en Madrid, desde en una imprenta hasta en una empresa distribuidora de bebidas espirituosas. En este segundo empleo se comenzó a forjar el perfil del Curro más exquisito. Un día alguien, viendo cómo este socialista dominaba el catálogo de licores escoceses, le espetó con sorna: “A los sociatas os gusta los buenos whiskys, ¿eh?”. Y Rodríguez sentenció en clave gaditana: “Yo soy rojo, no carajote”.

Su mujer es junto al PSOE su otra gran clave. Cuando Mari comenzó a tratar con los políticos de derecha en la primera corporación municipal, se le oyó afirmar: “Pues son buena gente”. En el Ayuntamiento fue concejal de 1977 a 1991 En una primera etapa fue delegado de Gobierno Interior y Escuelas. Muchos recuerdan que entonces confió en José Moya Sanabria las labores de director de área, una suerte de jefe de personal en un Ayuntamiento donde estaba casi todo por hacer. Moya no era un hombre precisamente del partido, sino un bético de derechas y hermano de la Esperanza de Triana. Y Curro era y es un sevillista, agnóstico y, al mismo tiempo, macareno. Cada cual tiene derecho a sus contradicciones.

En los años de la clandestinidad vivió junto a Alfonso Guerra un episodio de los que no olvida jamás. Estaban los dos una noche de invierno en los alrededores de Madrid manipulando una multicopista para preparar un reparto de propaganda política cuando la tinta de la máquina literalmente se congeló por el frío. El grajo volaba bajo en la capital.

En ese tramo final del franquismo, precisamente, fue detenido varias veces. En una una ocasión recibió una bofetada de un policía que le dejó afectado un oído para el resto de su vida. Curro siempre ha dicho que aquellos años veía que en las comisarías siempre le zurraban a los obreros y nunca a los “niños universitarios”. Ironías del destino, el mismo agente que le agredió terminó siendo su escolta en una procesión de la Virgen de los Reyes en la que participó como concejal. No sólo se negó a ir acompañado por aquel señor, sino que admitió que así fuera alegando su carácter democrático.

También en esos años complejos guardó discreción de los amores de un sacerdote con una feligresa en una barriada periférica. Incluso hizo de emisario entre las partes. El cura acabó colgando los hábitos. Mari le preguntó uin día a Curro: “Hijo, ¿tú sabías algo?”. Y cuentan que su mujer se llevó las manos a la cabeza cuando se fue enterando de los detalles: su marido había sido clave para que aquella relación de alto riesgo acabara cuajando. Esa capacidad de discreción ha sido clave para ser el fontanero de larga trayectoria que ha sido en el PSOE.

De Curro dicen que era un rojo que esos años se entendía muy bien con los concejales de la derecha, sobre todo con Manuel García y Javier Arenas. Siendo concejal de Policía y Tráfico (que así se denominaban las áreas), García hizo una pregunta por escrito al gobierno de Manuel del Valle. Era la corporación de 1987 a 1991. El correoso edil de la oposición se interesó por el número de patrulleros que cubrían la seguridad nocturna de la ciudad. Era obligatorio responder esas preguntas por escrito y leer las contestaciones en el Pleno. Rodríguez fue un día antes de la sesión plenaria a ver a García para avanzarle el contenido de la respuesta. Se llevó una sorpresa: ¡sólo dos patrulleros cubrían el servicio nocturno en una gran capital! El concejal del PP entendió que aquello provocaría una gran alarma. Cuando el alcalde Manuel del Valle pidió en el Pleno que se leyera la pregunta, García declinó la propuesta y alegó que su solicitud de información ya había sido atendida satisfactoriamente. Ahí quedó el asunto. El talante de estos dos concejales, uno del PSOE y otro del PP, se ve hoy como una reliquia en el mundo de la política de hoy.

Tras la etapa municipal asumió los planes de seguridad de la Exposición Universal. Este veterano del PSOE ha ido y vuelto tanto de la política como de la empresa privada con bastante facilidad. Rafael Vera, secretario de Estado de Seguridad, le confió la fundación de un sindicato de izquierdas dentro del cuerpo de la Policía Nacional. Fruto de aquella tarea, culminada con éxito, Curro controlaba el quién es quién de la Policía. Cuentan que llegó a hacer prácticas de tiro. Y que aquel período le generó posteriormente un empleo en una empresa del ramo. Ha sido tanto senador de relumbrón por Sevilla como asesor discreto y leal del alcalde Monteseirín. Se ha sabido llevar siempre muy bien con el empresariado, sobre todo con Ramón Contreras.

La vida es disfrutar del menú degustación de tapas en Casa Yebra, donde le guardan la mesa del rincón, la que está al fondo a la derecha. Come de todo menos garbanzos, porque dicen que estas legumbres le recuerdan un episodio trágico. Y para regar las viandas, siempre tinto. La vida es ser siempre ese señor de aspecto apacible, bajito como casi todos los de su generación y con la barba propia de un socialista moderado. Tan apacible que casi nadie se lleva mal con él. La vida son recuerdos de la conocida todavía como banda de los cuatro, la que elevó a Pepote Rodríguez de la Borbolla a su cima política: Pepe Caballos, Guillermo Gutiérrez, Miguel Ángel de Pino y el propio Curro Rodríguez. La vida es ilusión por una casa en Higuera de la Sierra, concebida como el retiro del guerrero, el lugar de recreo, tertulias, excursiones y lecturas de Jonh Le Carré. Este Curro tiene una notable inquietud cultural sin necesidad de haber pasado por las aulas universitarias. Se le nota su formación en las juventudes obreras católicas, donde se convirtió en lector de la obra de Santa Teresa y, a partir de ahí, incluso comenzó estudios en Teología. De las cosas divinas a las terrenales, tiene también afición por la cocina. Sólo los muy amigos de Curro han sido distinguidos con un plato de su receta de fabes.

Hoy es vicepresidente de la Fundación Persán, la compañía que preside José Moya Sanabria, aquel señor en el que confió para que la estructura del Ayuntamiento pasara del blanco y negro a la versión en color. Por supuesto, es el hombre de máxima confianza del PSOE en el consejo de la RTVA. Y para muchos sigue siendo Curro, el fontanero por excelencia de un partido que él conoció como defensor de la socialdemocracia y que hoy no es reconocido ya ni por la madre que lo parió. A veces, precisamente, se podría preguntar quién sabe dónde quedó aquel PSOE de Felipe y Guerra, aquel partido que se entendía con los curas y con los sectores conservadores de la sociedad. Como este Curro.

Más allá del foso de la Universidad

Carlos Navarro Antolín | 8 de julio de 2018 a las 5:30

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LAS cofradías no suelen dar de comer. Aunque haya gente que pelee por ciertos cargos como si llevaran añadida la pensión vitalicia a la que tendrá derecho un tal Sánchez tras asegurarse un período de uso del somier de la Moncloa. Alguien dijo una vez que la estructura de una cofradía era una cebolla con tres capas. La de mayor tamaño corresponde a los hermanos cotizantes. que no aparecen nunca por la hermandad pero pagan religiosamente la cuota por el sistema de domiciliación bancaria que mandó al paro a los cobradores. La segunda en tamaño se corresponde con los capiroteros, que solo aparecen el día de retirada de la papeleta de sitio y el día de la salida de la cofradía. Y la capa de menor tamaño, el núcleo duro de la hortaliza, es el grupo de hermanos que protagonizan la vida cotidiana en la hermandad y que forman parte antes o después de la junta de gobierno. En este colectivo los hay sin oficio ni beneficio, a los que les va la vida por mantenerse en el machito, y los hay que compaginan sus trabajos con las horas de dedicación a la cofradía de su vida, la que aprendieron a amar a través de sus padres.

Antonio Piñero Piñero (Carmona, 1957) es durante unos meses el presidente accidental del Consejo de Cofradías por la dimisión repentina de Joaquín Sainz de la Maza. Fue anteriormente un brillante hermano mayor de la cofradía de Los Estudiantes, de la que forma parte de la capa más interior de la cebolla. Por su profesión de letrado de la Administración de Justicia tiene vida más allá –mucho más allá– de las hermandades. A Piñero se lo encuentra uno en la barra del Labradores con cara de sueño y se justifica alegando que lleva desde las seis de la mañana en una misión especial. No te da más datos, que es hombre chapado a la antigua en la discreción casi excesiva. Consulta uno la web de Diario de Sevilla y aparece la información sobre una operación policial con registro y entrada en el Vacie, en Los Pajaritos o en cualquier punto sensible de la ciudad y, claro, allí estaba Piñero rodeado de policías nacionales blindados hasta la corcha para dar fe pública judicial como corresponde a su puesto en el Juzgado de Instrucción número 9. Muchísimas veces no sabe la estampa que se va a encontrar, qué ristra de miserias humanas va a tener que presenciar y sobre las que luego tendrá que escribir en ese despacho austero, presidido por una foto ochentera del Cristo de la Buena Muerte sobre fondo de cortina roja de terciopelo y dos carteles de pregones universitarios. Siempre el Cristo de la Buena Muerte, siempre presente el crucificado de la Universidad del que su padre fue maniguetero hasta su última Semana Santa.

Hijo del magistrado Francisco de Paula Piñero Carrión (Carmona, 1917-Sevilla, 2012) , sabe lo que es vivir en diferentes ciudades de España, primero como hijo de juez, y después como secretario judicial. A Antonio Piñero le pasa como al rey emérito. Ves a Don Juan Carlos en la televisión y estás viendo al mismísimo Don Juan de Borbón. Cada día la rama se parece más al tronco. Ves a Antonio Piñero camino de una función religiosa y estás viendo la silueta señorial de su padre cuando, inconfundible en las formas, salía de la tertulia de mediodía del Círculo de Labradores camino de la parada del autobús que lo llevara a Los Remedios.

Piñero tiene el don de escuchar a todos y la habilidad después de hacer lo que le da la gana. Dicen que tiene velocidad propia. Es el claro ejemplo del que sigue la proclama: “Oídos los pareceres, yo dictamino”. Tiene un catálogo de frases bien definidas para reaccionar ante determinadas situaciones. Cuando quiere expresar una oposición frontal a un planteamiento: “En modo alguno”. Cuando está un poquito harto de oír obviedades: “Es por ello, es por ello…”. Y cuando encarga una tarea particular a alguien muy concreto: “Si te encargas, te encargas tú”.

En la cofradía de la Cruzcampo tiene casi la misma antigüedad que en la de Los Estudiantes. Piñero es un tipo que prima la compañía antes que el sitio. No es nada exquisito a la hora de escoger un restaurante o una taberna. Se adapta a todo hábitat. Acaso tiene preferencia por los caracoles del bar Bolonia de la calle Juan Sebastián Elcano.

Racional y templado. Cuentan que tiene mucho de Rajoy a la hora de no alterarse. O, al menos, de no parecer alterado. Un día de la Feria de 2017 sufrió un telele cuando se dirigía al real por la calle Asunción. Requirió de ingreso hospitalario. Llamó a la enfermera al cabo de unos días y le dijo que sintiéndolo mucho se tenía que marchar, que ya no podía estar más días en la clínica porque tenía entradas para una corrida de toros. Cuando tiene algo claro es complicado frenarlo. Tal vez sea como su padre, que le insistían en los años noventa para dar el pregón de la Semana Santa y sorpresivamente decía que no, cuando había tortas por abrazar el atril, como las sigue habiendo ahora.

Piñero es la sonrisa en el mundo de las cofradías, tantas veces ajado por los conflictos internos y externos. Es un tipo abierto, extrovertido e integrador. Una prueba de ello es que los jóvenes de Los Estudiantes le tributaron un homenaje improvisado en el último almuerzo que presidía como hermano mayor. Siempre mantuvo abiertas las puertas de la hermandad, siempre obsesionado por el aperturismo. Cuando algún hermano accedía a la sala de cabildos en plena reunión de la junta de gobierno, Piñero se levantaba y le invitaba a pasar al resto de dependencias de la hermandad, para que no se quedara cortado y se marchara. Su gran preocupación es que ningún hermano se quedara en la calle. Llevó ese espíritu de apertura a tal extremo que se inventó la celebración de la Cruz de Mayo en los patios de la Fábrica de Tabacos con permiso, por supuesto, de las autoridades académicas.

La infancia son recuerdos de las aulas de las entrañables dominicas de Madre de Dios de Carmona. Y la juventud son evocaciones de las clases del colegio de San José (Padres Blancos) de Los Remedios, donde también estudió su hermano Francisco, primer alumno del centro que fue ordenado sacerdote y que hoy, además, es el párroco del templo, al que todos cariñosamente conocen como el cura Paco. ¡Cuántos recuerdos de los juegos infantiles con Francisco en los jardines de la casa familiar de Virgen de la Antigua! La vida son recuerdos de los destinos profesionales de su padre: Marchena, Fregenal de la Sierra, Las Palmas de Gran Canaria… El golpe de Estado del 23-F, precisamente, le sorprendió en el archipiélago. La vida es empezar a cursar Derecho en la Universidad de La Laguna y terminar la licenciatura en Sevilla. Hincar los codos en las oposiciones con ese inolvidable descanso de los desayunos del domingo por la mañana en la cafetería Lunchparty frente a la parroquia de Los Remedios.

La vida es llegar temprano a la legendaria caseta Wifredo el Velloso, de la que su padre era fundador, y contemplar el paseo de caballos. La vida es tener el orgullo de ser el hermano mayor que recogió la Medalla de la Universidad concedida a la cofradía de Los Estudiantes por el rector Joaquín Luque. Y la vida, cómo no, es el recuerdo de su perra Molly, un can de enorme tamaño al que sacaba a pasear por las noches –cigarrito en mano– por la calle Virgen de la Cinta.

Uno de los méritos escasamente reconocidos a este cofrade es que se aprendió el segundo apellido del obispo vasco Mario Iceta, al que recogió en el aeropuerto con motivo de unos cultos que iba a presidir en la Capilla de la Universidad. Siempre se refirió al prelado como monseñor Iceta Gavicagogeascoa. Sólo por eso merecería una distinción del Vaticano, por lo menos… Hizo buenas migas con Iceta y con el cardenal Sistach, uno de los grandes canonistas de la Iglesia española al que también invitó a presidir cultos de la cofradía.

Sin hacer mucho ruido, la verdad es que Piñero ha sido pionero en algunas apuestas. Como hermano mayor promovió la designación de la primera mujer pregonera e incorporó la primera mujer a una junta de gobierno. Hizo presión para que su dilecto Lutgardo García fuera pregonero de la Semana Santa. Lo consiguió. Después, ya de vicepresidente del Consejo, consiguió que su amigo del alma, José Ignacio del Rey, también lo fuera. Su vida es una continúa promoción de notables hermanos de Los Estudiantes. Incluso ha hecho hermanos de la cofradía a muchos abogados, jueces y fiscales.

Analítico con las situaciones de la vida cotidiana, pero siempre con corazón. Siempre tiene a mano la raqueta de pádel para jugar en las pistas junto al río. Y, cuidado, porque es tremendamente competitivo por mucho que se queje de las rodillas. Si fuera futbolista se diría que no le gusta perder ni el Torneo de la Galleta. De hecho, ha ganado en todos los comicios cofradieros que se ha presentado, hasta tal punto que en una ocasión se calificó de piñerazo la elevada cantidad de sufragios obtenidos.

Correcto en el vestir, le pierden ciertos antojos como los regalos promocionales: gafas de sol, polos, etcétera. Muy sevillista, tanto que forma parte de la peña Eindhoven. En su casa exhibe la tabla del Cristo de la Buena Muerte que pintó Ricardo Suárez, regalo de la hermandad por el fin de su mandato. Piñero es de los que cumplen con su trabajo con rigor pero sin obsesiones, sabe disfrutar del horario extralaboral. Su despacho está a escasos metros de la cofradía de su vida. Siempre está cerca de la Capilla de la Universidad por grande que sea el foso que separa el templo del exterior de la antigua fábrica. Siempre está en esa capa reducida de la cebolla. Es por ello, es por ello…

La humildad de servir

Carlos Navarro Antolín | 1 de julio de 2018 a las 5:30

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HAY padres que no conocen a su hija hasta dos días después del nacimiento porque están trabajando en sesión continua. No conocen el rico catálogo de derechos de la sociedad actual porque en su día les enseñaron que la defensa del puesto de trabajo era la mejor forma de cuidar de sus hijos. Y lo llevan a gala. No saben vivir de otra manera. Hay gente que trabaja desde los ocho años, gente que aprendió a leer con sagacidad en la carta ofrecida a los clientes de un restaurante, que ya dice el refrán que estudia más un necesitado que cien abogados; gente que se sabe comportar con exquisitez sin haber pasado por las aulas de una escuela básica, ni mucho menos estar formado en estudios de nivel superior. No tienen más máster que el del sacrificio, más fuerza que la del cariño recibido y la clase que otorga el ser lisa y llanamente una persona de buena condición.

Manuel Patricio Delgado (Écija, Sevilla, 1955) es conocido popularmente como Manolo, el gitano de La Isla, el restaurante del Arenal en el que trabaja hace casi cuarenta años y donde ha conocido hasta cuatro propietarios distintos. Gracias al esfuerzo del actual, Emilio Guerrero, este estandarte de la hostelería de Sevilla sigue abierto y no ha caído en manos de una franquicia. A Guerrero hay que agradecerle una apuesta que ha permitido, además, que este Manuel siga en activo en su puesto de trabajo del alma.

Manolo es el quinto de seis hermanos, hijo de una madre fuerte, fortísima, que vivió 98 años. El niño Manolo se tuvo que poner a trabajar con ocho añitos vendiendo agua en la Pañoleta con una pipa, después repartiendo pan que traía de Camas hasta su barrio, y en otro período hasta pescado que transportaba desde la Nave del Barranco con un carro tirado por un burro.
Todos los sueldos eran íntegros para su madre hasta que se casó. Su afán era quitar de trabajar a quien le había dado la vida. El niño Manolillo tomaba tubitos de cerveza y disfrutaba viendo a su madre feliz con un bocadillo de salchichón y un plato de calamares a la mesa. Con el paso de los años se puso a trabajar en la hostelería, pero era consciente de que no tenía la edad suficiente. Se hacía el remolón con su primer patrón cuando le pedía el DNI para darle de alta en la Seguridad Social. Cuentan que practicaba el muy español “mañana se lo traigo”. Y, claro, ya se sabe que el mañana nunca llega. La bodeguita La Esperanza y la marisquería Casa Pepe (la de Pelopincho) lo forjaron como dependiente. Jamás se autodenomina camarero ni mucho menos encargado. Se dejó ver por La Isla el día que cerró el negocio trianero donde trabajaba. En la célebre marisquería estaba pelando judías el cántabro Alonso, el primer dueño del negocio, que le invitó a ponerse la camisa blanca y a quedarse a trabajar. Hasta hoy. Dicen que Alonso era más que un patrón para el joven Manolo. Bajo cuerda lo ayudaba para casarse, para pagar el alquiler, para comprar el primer ropero…

Este gitano de la Isla encarna lo que hoy se conoce como el valor añadido de un negocio. Por cierto, pese a la piel morena que tiene desde niño, este Manuel no es gitano, pero así es conocido por todos los que acceden a su círculo de afectividad. Su clave es el saber estar, el dar un trato muy cercano a quien se le puede dar, y el saber guardar la distancia con el cliente que así lo demanda. Un día servía raciones de jamón a clientes de los que suman décadas entrando en La Isla. Cada vez que colocaba un plato en la mesa, Manolo se tomaba la licencia de probar la primera loncha, lo que generaba las risas cómplices de los comensales. En una mesa de otra reunión sirvió también una ración, pero sin más concesiones porque carecía de relación personal con el cliente. El comensal lo llamó y le pidió explicaciones: “¿Y usted por qué no prueba una loncha de mi plato?”.

Saber recibir a un cliente es fundamental. Ser humilde, tener oficio, buscar un acomodo al recién llegado cuando hay bulla, cantar las tapas y no largar el tarjetón forrado en plástico, resolver cualquier incidente en la sala… Son las claves de la escuela antigua, la que no se aprende más que con la observación cotidiana de quienes sí saben el oficio. A los 63 años sigue recorriendo decenas de veces la distancia que hay entre la barra y la terraza de los veladores.

Alonso murió y se quedaron sus hijos con el negocio. Después pasó a Pepe y Antonio, dos de los que eran empleados. Ambos se lo traspasaron con el tiempo a Guerrero. Todos han confiado en Manolo. “¿Una cerveza, padre?”. Nunca ha tenido horarios. Su oficio es una especie de sacerdocio. Una noche aguardaba el autobús nocturno en la antigua parada de Tussam de Correos. Un cliente amigo se ofreció a llevarlo a casa. Le insistió. Manolo se negó alegando que su casa estaba muy lejos. El cliente le dijo que él le indicara la ruta, que llegarían sin problemas. “Si el problema no es llegar, padre. Llegar seguro que llegamos. El problema es cómo sale usted de allí, porque vivo en las Tres Mil y no me quiero quedar preocupado”.

De emoción fácil. Sentimental.Sufre y llora por su gente al mismo tiempo que se siente un privilegiado por la confianza recibida. Hay clientes que le dan la tarjeta para pagar y le revelan el pin para que se cobre directamente. Algunos ha habido que le han mandado regalos cuando ha estado de baja. Lleva a gala dos enseñanzas: hacer ganar dinero a su jefe y hacer feliz al cliente.

Le irrita el camarero que no mira a la cara del cliente que entra. Hoy se hablan más idiomas detrás de una barra pero hay mucho menos oficio. No se sabe atender. A este veterano de la barra se le nota que le gusta desplegar los platos en cuanto llega una reunión para ofrecer una primera señal de atención. En una ocasión saludó a un grupo nutrido y ruidoso y comentó en voz baja a un compañero: “Esta reunión va a durar diez minutos, en cuanto vean la carta se largan”. Y así fue: se fueron sin probar una aceituna. Ojo se llama. A Manolo le gusta asesorar al cliente, que se deje llevar por sus orientaciones sin mirar la carta.

Maneja el capote fino cuando hay que espantar a un tipo pasado de trago largo que pretende tomarse la espuela en La Isla. Una de sus reglas particulares es que sólo soporta las lenguas gordas generadas por copas servidas por él, pero no las provocadas por bebidas tomadas en negocios ajenos.

La vida son recuerdos borrosos de Bilbao, donde su madre se colocó un tiempo en una fábrica de anchoas. La vida es lucir siempre un pin de la Virgen del Rocío que le regaló Angelito, el vendedor de lotería que calzaba zapatos de piel blanca. Un día le enseñaron una lección de la que se enorgullece: los hombres que son buenos con sus madres son devotos de las vírgenes antes que de los cristos. La vida es aprender las cosas básicas en el servicio militar prestado en Castellón de la Plana, en el mítico Regimiento de Infantería Motorizada Tetuán 14. La vida es que una de sus hijas naciera un Viernes de Dolores y no la pudiera conocer hasta el Domingo de Ramos por exigencias del guión. La vida es entrar a trabajar un Jueves Santo de principios de los años ochenta y salir reventado en la madrugada del Sábado Santo. La vida es sentir como un honor formar parte de la plantilla de La Isla, querer como propio el negocio en el que trabaja por cuenta ajena. Nunca quiso abrir su propio bar a pesar de que tuvo oportunidades. La vida es estar casado con una mujer más sacrificada que él, sacar adelante tres hijas, ser abuelo de tres nietos e ir mejorando poco a poco las condiciones de vida, con esa velocidad pausada que poco tiene que ver con esos personajes que son vendidos como hombres de éxito y que, al final, acaban como melancólicos urdangarines.

En la antigua hostelería se trabajaba con el corazón. Manolo presume de aprender de algunos clientes sin que ellos se den cuenta: el habla, el trato personal, las formas. Intenta con habilidad quedarse con lo mejor de los que selecciona. Ha servido a muchos famosos, pero no se conocen fotos. Ha vendido mariscadas muy cotizadas y un sinfín de sencillos aperitivos de cerveza y tapita de arroz.

No pocas veces suena el teléfono en la Isla y se oye un acento del Norte: “¿Está Manolo el gitano? Soy el cliente al que le decía usted que estaba en el taco. ¿Me recuerda?”.

Lo bonito es cantar las tapas. Lo difícil es aprender a leer en los títulos de los platos. Y hacerlo rápido. Lo gratificante es atender ya a la cuarta generación de una familia, ser considerado por clientes de toda la vida (Rojas-Marcos, Moeckel, Arredonda, Marchena…), subirle una sopa caliente a un vecino indispuesto, recibir como obsequio un jamón de la marca Joselito, o la obra que un pintor reconocido termina de plasmar en una servilleta.

Empezó fregando platos en la pileta para acabar enseñando a aliñar unas cotizadas angulas. Conoció la Écija del hambre, la que dicen que nunca olvida. En el Arenal hay un dependiente exquisito que siempre luce una servilleta de tela en el antebrazo derecho, marca de humildad de un profesional de la hostelería. “¿Una cerveza, padre?”. Hay que saber que se escribe cocktail de marisco, pero se pronuncia “cote de marisco”.

La fuerza de la ilusión

Carlos Navarro Antolín | 24 de junio de 2018 a las 6:00

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EL que se ríe de uno mismo se puede reír de casi todo. El adulto que sigue siendo un niño mantiene intacta la capacidad de ilusionarse con las cosas pequeñas. El buen humor y la ilusión son un combinado que garantiza la felicidad y nunca deja resaca. Los pesimistas, los que tratan siempre de contagiar al prójimo su carácter avinagrado, desprecian a quienes son capaces de entusiasmarse con el sorteo de la Lotería Nacional de Navidad, con la iluminación de la portada de la Feria, con una convivencia en el Rocío o con una simple ronda de bares. El amargado busca siempre penitentes para su particular cofradía. El lubricante de la vida está, precisamente, en las ilusiones que caben en un cofre de tamaño pequeño, en las fechas especiales señaladas en el almanaque de las emociones, en los momentos de celebración improvisados y, sobre todo, en la capacidad de convertir el trabajo en una fuente de realización personal y estabilidad. Sentido cristiano se llama. Las personas que reúnen estas características son las especiales, las que no pierden un minuto en autocompadecerse cuando la vida les pone una zancadilla y se dan de bruces con un diagnóstico adverso.

Valentín García es un periodista de Canal Sur Radio que a sus 50 años se ilusiona con la riqueza sencilla de la vida cotidiana. Su vida es una lección de buen humor, que adoba en ocasiones con la acidez y la sagacidad de la que pocos son capaces, sólo aquellos que emplean un sacapuntas fino, finísimo, para gastar bromas sin riesgo de provocar reacciones airadas. Se ríe de sí mismo antes de reírse con cualquiera. Y eso es una virtud en una sociedad crispada como la actual y condicionada por la dictadura de la corrección política. Nadie puede dudar de su punto transgresor, el mejor lubricante de su existencia.

El año 2018 saludó a este madrileño de nacimiento y trianero de adopción con una enfermedad en los pulmones. Tenía que salir de cartero real en el arrabal y le dijeron que descansara. Se negó en rotundo. Quería salir y lo hizo. Se enloqueció repartiendo caramelos, como se enajena cada año en el Rocío con su grupo bautizado como Los desorganizados. El gran secreto de la romería tan particular está en el Land Rover que emplean Valentín y sus amigos: un vehículo viejo y ronco del que nadie sabe cómo pasa la ITV. Aseguran con guasa que el momento en que se adhiere la pegatina de la inspección superada al cristal delantero del automóvil es el de mayor emoción del año. Se dice que están compinchados con el técnico, al que darían su palabra de honor de que sólo usarán semejante cacharro con cuatro ruedas para avanzar por las arenas.

Con Valentín no se puede ir por la calle si se quiere llegar puntual a una cita. Se para más que el C-2. El periodista que vino a trabajar de becario en el 92 se ha hecho con un enorme círculo de amistades y conocidos. Todavía se recuerda la fiesta de su 50 cumpleaños el pasado noviembre. Y todavía se evoca en la redacción de Radio Sevilla la fotografía de Carlos Ferrer Salat con la antorcha encendida y Valentín a su lado corriendo y entrevistándolo al mismo tiempo. El primer programa que presentó en Sevilla lo hizo en la SER, junto a Sonsoles García en los tiempos de Radio Sevilla Dos. Estuvo en los comienzos del popular programa La Cámara de los balones con el maestro José Antonio Sánchez Araujo.

Nada arriesgado con la ropa, se cuenta que es gran cliente de Cortefiel porque todas las prendas de este establecimiento parecen hechas a su medida. Usa camisas y chalecos de su padre y de su cuñado. Gasta guasa con la ropa de sus compañeros. Es provocador. Exhibe el vientre a lo Cristiano Ronaldo tras marcar un gol si la ocasión lo requiere.

Su vida es la calle, la radio. Es bueno haciendo radio porque es natural, espontáneo, divertido y tiene esa capacidad para comunicar que provoca ser echado de menos por los oyentes. Su vida es una tertulia eterna, en antena con los oyentes junto a Tom Martín Benítez, o en cualquier bar de su amada calle Castilla. Entre sesión y sesión de quimioterapia, la calle Castilla es su hábitat preferido.

La Feria es esa fiesta donde es capaz de pasar catorce horas. Como buen niño grande es un polvorilla. Se deja ensimismar por el alumbrado. Mira la portada con los ojos extasiados del primer día. Esa capacidad de ilusionarse es quizás el rasgo principal de su carácter. Ilusión por todo: para jugar el cupón de los viernes, o para estar abonado al número 41010 de la Lotería Nacional por ser el número que se corresponde con el código postal de Triana.

Tiene manías muy peculiares. Valentín García, por ejemplo, no puede con los peces. No puede tener cerca ni acuarios, ni objetos de decoración que tengan peces. Una de sus rarezas es la de entrar siempre en la radio con el pie derecho, la cartera en la mano y usar el ascensor de la derecha. O tener siempre 24 botellines en la nevera. Si se bebe uno, lo repone rápidamente. La vida es pasión por su colección de sombreros. Cada viaje un tocado nuevo: hindú, chino, inglés… Y, por supuesto, un tricornio. No le gusta nada el fútbol por mucho que colaborara con Araujo. Francino lo entrevistó recientemente en la SER para toda España y le preguntó si el Betis se clasificaría para Europa. Se tiró al ruedo y dijo que sí sin tener ni pajolera idea de la marcha de la temporada del equipo verdiblanco. Sus afines saben su proclama cuando se trata del balompié: “Yo en asuntos de fútbol me quedé en Calderé”.

En las redes sociales retransmite la evolución de su enfermedad. Sin pretenderlo se ha convertido en la referencia de muchos pacientes con cáncer. Su vitalidad y su capacidad para la comunicación lo han llevado a platós de televisión y a estudios de radio. Por su carisma siempre ha ocupado el centro de las reuniones de forma natural y ahora, quién se lo iba a decir, es la esperanza de cientos de enfermos.

La vida son recuerdos de su estancia en Boston y Nueva York junto a sus padres, del barrio de Salamanca de Madrid donde pocos saben que se ha criado, del chalé de la sierra de la capital de España donde ahora se recupera. La vida es no quejarse casi de nada. ¿Quién ha visto a este Valentín enfadado alguna vez? Quizás cuando algo no se hace bien en la radio. La vida son recuerdos de juergas de juventud interminables, de presumir de las cicatrices, de provocar, exhibir, agitar. La vida es un paseo en la Vespa de color rojo que cuida como a un tercer hijo. La vida es hacer chiste de todo: “Me apunto a un gimnasio y me entra cáncer, ¿os habéis dado cuenta?”. La vida son camisetas de diseño propio que le hacen en un comercio de Vejer de la Frontera. Genial la que luce el lema Fajas Aurora que, por cierto, es el comienzo de la dirección de su correo electrónico particular. El buen humor, siempre el buen humor. La vida es afición por la música de Los Chunguitos, Nacha Pop y Tequila. Es ganar un concurso de cartas de amor convocado en Paradas en 1999. Es escaparse por Cádiz, el Palmar, Zahara de los Atunes o pueblos desconocidos de Portugal que ha descubierto recientemente. No hace mucho se alquiló una casita en un pequeño poblado desconocido y en dos días ya estaba publicando imágenes de una barbacoa de sardinas en la que participaba media localidad. No extraña que digan que es capaz de sacarle conversación al surtidor de la gasolinera: “Ha elegido diesel”. Y Valentín le suelta una de sus perlas a la máquina y ésta le responde…

Un don para la radio, un desastre para la cocina. En la calle no existe nunca el reloj. Y el Viernes Santo mucho menos. Sale a ver el Cachorro por la calle Castilla, se queda en los bares de la collación, ve pasar la O, va empalmando las tertulias y sigue en la misma calle Castilla cuando ya está El Cachorro de regreso. No tiene medida para nada cuando está en la calle. Es el gallo de todos los gallineros que se improvisan a su encuentro. Es feliz con su forma de ser, es un escándalo permanente, una charla continua. Un tipo vibrante. La radio misma. 24 horas conectado si pudiera. De hecho duerme poco, poquísimo. Porque al dormir no puede gastar bromas a sus amigos de la redacción, Jorge González y José María Humanes, no puede lanzar dardos con humor al prójimo, disfrutar con cualquiera de los escándalos que este terremoto arma en un plisplás y contarnos en las redes sociales que va ganando su particular batalla. Durmiendo no se coleccionan sombreros. Y lo sabe.

 

El rey Midas sevillano

Carlos Navarro Antolín | 17 de junio de 2018 a las 5:00

navarro.jpgNADIE con treinta y pocos años rechaza una oferta en firme para vender un negocio por más de 30 millones de euros. A esa edad se piensa en otras cosas, se está quizás a la búsqueda de un empleo estable, tal vez terminando de estudiar unas oposiciones, o sobreviviendo con un sueldo que roza los mil euros. Primero porque en la treintena no se manejan negocios de ese valor. Y segundo porque nadie rechazaría una oferta de ese importe. Cuando se repasan los listados publicados de alumnos célebres de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla –sobre todo ahora que cumple 500 años– siempre aparecen los mismos ilustres nombres. Políticos que han dormido en la Moncloa, ministros, alcaldes, etcétera. Figuran, sobre todo, licenciados que han alcanzado importantes cotas de poder en España. A la hora de elaborar esos cuadros de honor, el poder cotiza alto, el dinero menos y el prestigio nada. Derecho es esa carrera multiusos, ese robot de cocina de la Hispalense, del que lo mismo salen unas lentejas que un pastel de puerros, lo mismo gente que ha estado en la cárcel que personalidades de la vida pública española. En esta facultad se licenció Rosauro Varo (Sevilla, 1979). La verdad es que él mismo no oculta que acabó los estudios universitarios a trancas y barrancas. Terminó los estudios fundamentalmente por dar una alegría a sus padres: un médico cordobés y una política socialista extremeña.

Lo suyo en los años de estudiante era olfatear las posibilidades de negocio en cualquier actividad. De entrada siempre tuvo en la noche una oportunidad de negocio. En vez de divertirse en las fiestas, maquinaba organizándolas. La Nochevieja era un filón. La empresa de reparto de bebidas, otro filón. El ocio productivo se organizaba en la discoteca BOSS de la calle Betis, la marca de la oferta nocturna a la que muchos siguen vinculando hoy a Rosauro Varo. Cuando ahora lo ven en Madrid con gente de las altas esferas del Íbex 35, siempre hay quien suelta: “Mira, es Rosauro, el de la BOSS”.

No hay torero sin cuadrilla, ni triunfo individual. Varo tuvo un primer padrino fundamental: el empresario Gonzalo Madariaga, que le confió una suerte de embajada de su empresa en Madrid. En la capital de España hizo relaciones fundamentales para su trayectoria. En su vida ha sido clave también su relación con los Medina, los hijos del difunto duque de Feria y Nati Abascal, que le pusieron en contacto con un selecto grupo de amistades, como también lo ha sido su período de vinculación con la Casa de Alba. En Madrid conoció a Javier Hidalgo, hijo de Juan José Hidalgo, dueño de Globalia, el holding turístico español. Javier Hidalgo es ese señor que lo mismo aparece con frac y pajarita en las fotos que con estética del tío que recoge las fichas en una atracción de coches locos. Varo hace su primer gran negocio al intermediar en una operación financiera en el extranjero. Ese dinero lo invirtieron en comprar Pepe Phone al padre de Hidalgo, el negocio de telecomunicaciones destinado a la población juvenil con precios muy bajos y grandes facilidades. Las altas y bajas se hacían con gran rapidez gracias a que no ponían las cortapisas de las compañías tradicionales. El gran pelotazo posterior fue la venta a Más Móvil de la empresa Pepe Phone. Y no se vendió finalmente por esos más de 30 millones, sino por casi 160. La clave, como ahora se ve, fue su olfato para apostar aquellos años por el sector de las telecomunicaciones cuando se trataba de tiempos analógicos. El olfato, sí. Y el don para conocer gente, ser simpático, embaucar, persuadir, convencer… Y hacer de todas estas virtudes su modo de vida. Una simpatía productiva que esconde una capacidad para el riesgo y para el sufrimiento.

Cuentan que también ha sido muy productiva su gran relación con Jorge Moragas, muchos años jefe del gabinete de Mariano Rajoy y actual embajador ante la ONU. Ambos se ven mucho en Ibiza. Varo apostó por Cabify cuando era más arriesgado. Se alió con el presidente de la compañía cuando todavía no se había promulgado el marco regulatorio de los VTC. Compró licencias en Madrid, Barcelona y Valencia. Se aprobó esa normativa y ahí están los cabify circulando.

Uno de sus grandes éxitos ha sido la compra de cinco millones de acciones de Telefónica por valor de 45 millones de euros. La cantidad no le da para sentarse en el consejo de administración, pero sí para moverse como un hombre de referencia de la multinacional. A Varo no se le puede negar su capacidad para el riesgo ni su obsesión por el trabajo. No todos los negocios le han salido redondos. El restaurante en Castellana 8 no cuajó. Ahora está metido en una promoción inmobiliaria en Zahara de los Atunes, otra en Reyes Católicos junto a su amigo el torero José María Manzanares (en el edificio por el que se le pagan más de 25.000 euros mensuales a la Real Maestranza) y sigue con el club de playa de Estepona, el Puro Beach. También se está construyendo una casa en Guadalmina.

De codearse con Moragas ha pasado a correr maratones en Nueva York con el presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, o incluso a recibirle en alguna de sus fiestas en su casa de la urbanización La Finca de Madrid.

Es notorio que Rosauro Varo tiene la necesidad de ser alguien importante. Y quiere serlo en Sevilla, donde el reconocimiento o la apariencia de reconocimiento –si llega– se palpa cada día, en cada calle y a cada minuto. Porque Madrid es una selva, una nebulosa, una amalgama de gente donde resulta difícil brillar y, más aún, echar raíces. La prueba de que este joven millonario prefiere Sevilla es la compra de un casoplón en la calle Lope de Rueda, su reciente ingreso en el Aeroclub, su vinculación a la cofradía del Amor y su interés en formar parte de alguna otra entidad de vida social.

Ha demostrado capacidad para moverse en las filas socialistas tanto como para aproximarse (y mucho) a las del PP. Uno de sus principales protectores es hoy el empresario José María Pacheco, presidente de Konecta, con quien comparte relaciones sólidas con Juan Ignacio Zoido. Varo tiene la misma habilidad para codearse en el palco del Bernabéu que para coger sitio en la barra del Emilio de la Plaza de Cuba.

En Sevilla reside en una casa en el Porvenir mientras se prepara la de Santa Cruz. Se trabaja un barniz de intelectualidad dando clases en un máster de la UPO, donde revela datos de su meteórica carrera. Quienes lo tratan aseguran que es un tipo generoso, espléndido. A Varo le encanta explicar su carrera, tiene necesidad de justificar su éxito en foros especializados: el referido máster de banca y finanzas en la UPO, las asociaciones de directivos, los foros en Antares, etcétera. En algunas de estas citas se hace presentar por Luis Miguel Martín Rubio, que siempre refiere sus grandes habilidades para el fútbol.

Su hombre de confianza para las finanzas es Pablo Ferre, el director financiero que controla los números después de que Varo haya olisqueado el negocio. Varo apunta con el ojo y Ferre dispara con los números. Ferre, por cierto, también ha entrado en el Aero con el apoyo fundamental de destacados miembros de la nobleza sevillana.

Varo tiene un chófer que parece el primo de Zumosol. Por su corpulencia se intuye que tiene otras funciones encomendadas además de las de agarrar el volante. Se entiende la apuesta por los armarios empotrados si se tiene en cuenta la proyección social de Varo y que hace muchos años sufrió un ataque en la vía pública que trascendió a los medios de comunicación.

En su mérito está el saber que hubo un tiempo que no era querido por la Sevilla altiva de apellidos arraigados, o que quizás era visto como un niño pijo dedicado a la organización de fiestas con las que ganarse las perras. Tras 15 años de progresión, su presencia ahora es solicitada en todos los foros por mucho que la velocidad en el éxito pueda generar desconfianza. Sin ser ostentoso, es cierto que se ha venido arriba.

Es curioso que Varo no le tiene miedo a perder millones de euros en un negocio, pero tiene cautelas para asumir determinadas cuotas de protagonismo en Sevilla, una prueba quizás de ese temor que genera la ciudad en políticos y empresarios con intención de ser alguien en clave local. Cuando mira la hora en su Rolex, modelo Daitona, no ve el momento de dar por concluida su carrera de éxito en Sevilla. Varo necesita ser un triunfador en la capital de Andalucía casi tanto como vestir los pantalones de perniles estrechos, las chaquetas ajustadas y los zapatos de doble hebilla.

Viaja de Madrid a Sevilla en el AVE casi con la misma facilidad que luce barba o se la quita. Aquel jovenzuelo que pudo ser un gran extremo izquierdo en el fútbol, que se lesionó una rodilla, se convirtió en un empresario de éxito muy bien relacionado con la derecha. Si combina el PSOE con el PP con facilidad, también es capaz de pasarse una fiesta bebiendo coca-cola zero o una Feria a base de champán en su caseta de Feria de Joselito El Gallo, donde se reserva la mesa de la primera fila.

La vida son recuerdos de las aulas de Portaceli, de un negocio de ropa que no cuajó, como tampoco lo hizo la compra masiva de aparatos chinos de cassete justo antes de la irrupción del Cd. Son recuerdos también de una primera oficina de Airtel en 1999 con la ayuda del difunto Alberto Yarte. La vida es un año de estancia en Nueva York para estudiar inglés. Es generar suspicacias en algunos políticos temerosos de que el éxito prematuro pudiera generar problemas, como es provocar la envidia en muchos de los que, en el fondo, quisieran ser como él. La vida es vivir la Semana Santa en una casa alquilada de tres plantas en la esquina de Placentines con la Cuesta del Bacalao, donde se reúnen los cuatro jinetes del Apocalipsis: Varo, José María Pacheco, Miguel Báez Litri e Iván Bohórquez. La vida es tener siempre presente la terna de amigos con quienes hizo sus primeros pinitos como emprendedor: José Laguillo, Luis Morón y Pablo Alberca. La vida son viejas fotografías de aquellas fiestas en el loft de la calle Curtidurías. La vida es el culto al cuerpo en el gimnasio propio, los trajes cortados por un sastre de Madrid y disfrutar viajando en su Range Rover modelo Vogue.

Cuando mira por el ventanal de su despacho de la Castellana ve la sede del Ministerio de Interior. Todo aquello es inmensamente grande, inabarcable y hasta frío. Rosauro en Madrid es una gota en un océano de personajes, con riesgo de aparecer más en las páginas rosas que en las de color salmón. Rosauro en Sevilla es un personaje en sí mismo, el niño que se crió en los jesuitas, el empresario que te paga la convidá en Trifón porque es su cumpleaños. He ahí la diferencia entre Madrid y Sevilla. Le gusta cuidar el territorio como hacen los políticos astutos: no pierden nunca de vista la provincia de la que proceden por mucho que asciendan en Madrid. El dinero pasa, el territorio permanece. Todos los años sale La Borriquita. Y hay túnicas blancas que esperan envolver la inocencia.