La sonrisa del corazón

Carlos Navarro Antolín | 14 de mayo de 2017 a las 5:00

MARINA BERNAL

HABÍAN pasado dos horas del inicio de aquella fiesta benéfica en el Club Pineda, una de las primeras del curso tras el parón del verano. La convocatoria había sido un éxito, el aparcamiento estaba atestado y la animación junto al hipódromo era notable. Tras la pasarela de bandejas con el canapé de rigor y el sorteo de algunos premios aportados por firmas colaboradoras, todo estaba a punto para el comienzo de la barra libre. Aún quedaba un fotógrafo en la fiesta, los demás se marcharon tras hacer las galerías de turno: grupos de tres o cuatro personas donde ellas lucen el moreno portuense y ellos meten barriga y bajan la cabeza levemente para disimular papada. Tres señoronas, bastante apergaminadas, llamaron la atención del único retratista aún presente. Lo hicieron con esa voz elevada que delata cierta sordera y con ese estilo mandón propio de la edad: “¡Chico, chico! ¡Haznos una foto a las tres, anda!”. La sorpresa fue que el fotógrafo, que se había pasado dos horas en la fiesta como uno más, que estaba más integrado que muchos invitados de pago, se negó a darle el gusto al trío de señoras que parecían escapadas del salón alto de Ochoa de los años setenta. Menudo jarro de agua fría. Entonces fue cuando una de ellas, madre de uno de los promotores de la cita, llamó a su hijo para pedirle explicaciones con esa frase tan sevillana que equivale a poner en entredicho a un individuo, esa pregunta a modo de sentencia sin plazo para ser recurrida: “¿Pero éste quién es?”. Y tras recibir explicaciones sobre el susodicho, que ni siquiera debía haberse tomado la licencia de probar bocado, pues estaba en su condición de fotógrafo, la señora mandona zanjó: “Ha sido un grosero, un desahogado por muy bien vestido que vaya. No quiero verlo más. Con la chica alta y rubia de otras veces nunca pasan estas cosas”. Ella y sus dos amigas se fueron al lugar donde les recogería el taxi pedido desde el teléfono de la garita de entrada. Alea jacta est.

Marina Bernal (Sevilla, 1968) es esa chica alta y rubia que cultiva ese género tan difícil como es la crónica social. Lo hace desde su ciudad natal para toda España. Un género complejo porque vale tanto lo que publica como lo que no publica. Un género con tantas aristas porque importan tanto las fotografías disparadas (“¿Esto cuándo sale?”) como el estilo con el que se consiguen, eso que los consultores llamarían el know how. Para hacer crónica social en Sevilla, que bien puede ser considerada la capital de la España del corazón, hay que saber hacer dos cosas con mucha pericia: sonreír y pasar desapercibida. Marina jamás hubiera dejado a aquellas tres señoras con la miel en los labios de una foto. Por tres razones. Primero, por educación. Segundo, porque sabría perfectamente quién era el hijo de la peticionaria. Y tercero, porque haría tiempo que se hubiera marchado de la fiesta tras hacer su trabajo. Es el estilo de su oficio: mantener la distancia, saber cuál es su sitio y, por encima de todo, guardar silencio. Jamás ha pisado la raya de picadores de la carroña y la casquería, tan habituales en su gremio. Y eso que esta sevillana criada en el Cerro del Águila, hija de profesor, se sabe el latín y el griego de algunos de los principales famosos de España. Pero si ya es difícil oírle hablar mal de un famoso, más aún lo es oírle alguna crítica sobre un tercero. Su amabilidad le abre las puertas, su ética personal es su sello y cuentan que su lema es bien claro: “No critiques, busca siempre sumar, sumar y sumar”.
Con Miguel Gallardo, su inseparable compañero y socio, forma uno de los dúos más conocidos de la Sevilla del centro, de esos sevillanos que se recorren el eje Avenida-Tetuán varias veces al día, pero trabajando de verdad, no paseando la agenda en plan postureo. Entre esos dúos están el cardenal Amigo y el hermano Pablo, los fotógrafos Fernando Salazar y Ángel Bajuelo, los bordadores Joaquín Lóez y Juan Areal y, cómo no, los periodistas Miguel Gallardo y Marina Bernal.

Aficionada al pilates, de fuertes convicciones religiosas, Dios le concedió la exquisitez necesaria para cultivar el género de la crónica social, pero no le otorgó dones para manejarse en la cocina. En los anales queda el día que intentó hacer un gazpacho sin pan, sólo con tomates y agua. Aún hay debate sobre la denominación del resultado de aquella mezcla exprimida. Mejor siempre almorzar en el bar Santa Marta de la plaza de San Andrés, toda una garantía, sobre todo los viernes que sirven pisto con huevo. De carácter muy reservado, hay quien dice que incluso hermético, no suele hablar de sí misma. Prefiere escuchar y emitir energía positiva. Entre sus debilidades están los zapatos. Cuentan que en su casa del centro hay una habitación dedicada sólo y exclusivamente al calzado (sobre todo de la firma Nuria Cobo), que cuida especialmente cuando le toca presentar galas o aparecer en televisión. Dicen que en su particular redacción hay tantas revistas del corazón apiladas que a veces no se ve la figura de Miguel, que es de tamaño XXL.

Su presencia en los actos sociales es un aliño imprescindible. Sin Marina no es lo mismo. Ella es al mundo del corazón lo que Martín Cartaya a las cofradías. Ni una indiscreción, ni un chiste a destiempo, ni una confianza desproporcionada. Lástima que sus valores no coticen al alza en el estilo de la crónica social de hoy, pero bien sabe esta sevillana espigada que el cultivo de un estilo es una carrera de fondo: sólo los que resisten y tienen uno propio podrán recoger la cosecha del reconocimiento. ¿Cuántas veces, ay Marina, ha pasado por delante de ti una oferta para largar en un plató, herir a algún famoso y trincar una buena cantidad de dinero que te quitaría, tal vez, de pasar tantas horas de Feria al sol y aguantando con una sonrisa a una buena cantidad de chiripitifláuticos con corbata? Tantas como se te ha oído la misma respuesta con gesto incluido de desaprobación: “Yo ahí no entro”. Quizás su éxito es que se ha convertido en un personaje popular desde la discreción, sin necesidad de histrionismos ni de gansadas. Con la cámara al hombro, la sonrisa esculpida y abasteciendo de reportajes a la agencia propia, la empresa en la que dicen que Miguel pone la cabeza de gerente y ella el don de las relaciones públicas. Lo que seguro que controla ella es la de veces que algunos tratan de salir en sus galerías. Lo fácil en los días de relumbrón es sacar a Carlos Herrera, Luismi o Rivera Ordóñez. Lo difícil es sacar el beso de Ana Rosa Quintana con su marido, o a esos señores de Madrid de alta alcurnia empresarial que pocos conocen.

La vida son recuerdos del barrio cerreño que la vio nacer, de los años en que atendió a su madre cada día, de la amistad con Rocío Jurado y la duquesa de Alba. La vida es un trato fluido con María Teresa Campos. Es comprarle un traje al hijo del Cordobés cuando aún no era conocido para que saliera en las fotos en condiciones. La vida es colaborar con muchas causas sociales de las que no habla porque aplica taxativamente el principio de la ignorancia de la mano izquierda sobre cuanto hace la derecha. La vida es que un nazareno te sople desde los urinarios de la Catedral la presencia de un ilustre en la ciudad el Sábado Santo: “Escucha rápido que no tengo mucho tiempo. Vargas Llosa y la Preysler están en Sevilla”. La vida es devoción por la Soledad de San Lorenzo desde que una noche de Viernes de Dolores, ay aquel momento, alguien la metió por sorpresa a portar las andas de la Virgen. Y Marina, siempre dispuesta a caerse del caballo, se quedó prendida para siempre de esa gran señora de San Lorenzo que no necesita música, pues Ella misma la lleva en los suspiros de todos los sevillanos que lamentan el final de la Semana Santa, como la lleva en los chasquidos de las sillas de Quidiello que en su cierre van diciendo adiós a la fiesta más hermosa. La vida es tener el verde como color favorito para sacarle aún más partido a la tonalidad de sus ojos. Y la vida, por supuesto, es la luz de Chipiona, donde tiene su particular refugio todo el año, donde es querida y donde tampoco para de pegar barzones con la cámara.

Nerviosa, muy familiar y un punto hiperactiva. En ocasiones especiales le gusta entregar el álbum de fotos de una celebración el mismo día en que ha tenido lugar. Ha habido novias que han llegado a la suite del hotel y se han encontrado la sorpresa de ver sus instantáneas ya en papel y cuidadosamente presentadas. Se irrita cuando alguien no cede el paso o no da el trato debido a una persona mayor. Alérgica a las especias de los caracoles y las espinacas, siempre le queda en las interminables jornadas de Feria la opción de un cartucho de pescao frito reconstituyente en compañía de Miguel, siempre Miguel, en la freiduría de Santa María la Blanca, cuando el cuerpo se ha quedado sin batería tras conseguir por enésima vez una veintena de fotos de personajes conocidos a base de recorrer la Feria y de hacer guardia en la Puerta del Príncipe.

Escrupulosa, educada y con sumo tacto en un sector agreste, faltusco y crispado. Quizás esta Marina, al final, sea fiel al estilo de su cofradía. No hace ruido y todo el mundo, como mínimo, le reconoce el valor de la exquisitez. Ella le hubiera hecho la foto a aquellas tres señoras mayores. Y, como se descuiden, les pide el taxi y les hace compañía hasta que llega el coche.


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