El pensamiento veloz

Carlos Navarro Antolín | 7 de octubre de 2018 a las 5:00

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HAY más abogados en Sevilla que tipos de aceitunas. Por eso fue un acierto que el Ayuntamiento dedicara una plaza al gremio en 2007: Plaza de los Letrados de Sevilla. Sí señor. Con acuerdo unánime del Pleno, bandera, música y amplio reportaje en La Toga, que es el BOE de los abogados de Sevilla trufado con decenas de fotos del decano Gallardo, fotos donde el número de retratados es impar. ¿Por qué? Porque así el decano se asegura salir siempre en el centro. Habilidad se llama. Cuando el decano se marche del puesto solo nos quedará Eduardo Herrera, presidente perpetuo de la Federación Andaluza de Fútbol, como último mohicano del paisanaje de la Sevilla de los años 80 y 90. Todo cambia, nada permanece. Hasta la tienda de Cañete la están cambiando. Hay abogados, decíamos, de todas las pintas: estudiosos, ratones de despacho, fatuos de las redes sociales, prestigiosos juristas, anónimos currelantes, brillantes oradores, con despachos donde no se ve el lomo de un Código Civil (son los bufetes de influencia) y otros en los que no se apaga la luz ni en domingo. Hay quien defiende que hay que tener amigos en el infierno y en Facua, como hay que conocer abogados de todas las condiciones.

Jesús Bores Saiz (Sevilla, 1946) es un abogado civilista y mercantilista que hace muchos años que no se reviste con la toga. Hace tiempo que dejó de actuar en vistas y juicios. La causa, dicen, es porque su pensamiento va mucho más rápido que su palabra. Existe un pensamiento débil que provoca pusilánimes, un pensamiento ligero que multiplica los bobos y un pensamiento sagaz que da el fruto de buenos profesionales en diferentes oficios. Tener la testa bien engrasada es una cualidad propia de los brillantes, una virtud que Bores administra a favor de querencia. No todo el mundo se conoce a sí mismo con fina precisión. Bores evita el tiro en el pie. Mejor dirigir y enfocar las estrategias de defensa, asumir la compleja labor del diagnóstico, y que otros comparezcan ante el magistrado.

Bores ha lidiado buena parte de su vida con el sambenito de ser socialista y abogado de Felipe González. No tiene carnet del PSOE. Y nunca representó a su amigo Felipe. Es cierto que fueron eso, muy amigos, pero Bores forma parte de esa minoría que nunca le pidió nada cuando el de Bellavista alcanzó la Moncloa. Ni a él ni a otras altísimas amistades. La gente que lo conoce asegura que este abogado, una veces con bigote y otras sin mostacho, ha podido ser millonario con tan sólo tirar de la impresionante agenda de contactos que tiene. Pero ha tenido el interés justo por el dinero, una virtud propia de los caracteres espléndidos y desprendidos. Acaso habría que referir la única petición que le hizo a su amigo en una visita a la Moncloa, fatigado ya quizás de tanta charla: “Felipe, ¿pero me vas a colocar o no?”. “¿Tú también quieres trabajo, Jesús?”. Y salió el Bores socarrón: “¡Que si me vas a colocar invitándome a algo! ¿Esta no es la famosa bodeguilla?”.

Tiene tanta campechanía y jovialidad en el trato como vehemencia cuando es preciso. De algún modo se puede decir que se está con Bores o se está contra él. Las medias salidas ya se sabe que son acciones de guardametas corrientes. Y acaban en gol sin necesidad de VAR.

Criado en el seno de una familia numerosa donde no falta la sangre azul por la vía del marquesado de Ariño, título creado por Carlos II que hoy ostenta una sobrina suya, Jesús es el quinto de nueve hermanos. Bores fue un empollón en las aulas de Derecho de la Universidad de Sevilla. Un empollón de los laureados. Obtuvo el premio extraordinario de licenciatura. Su primera y precoz gran responsabilidad como letrado fue nada menos que la liquidación del negocio familiar del teatro Coliseo. Siempre fue celoso de su autonomía como letrado. El maestro Olivencia lo acogió y ayudó, pero nunca quiso estar integrado al cien por cien en el bufete de don Manuel. Tan autónomo ha querido ser siempre que tuvo despacho en la calle Capitán Vigueras, pero el suyo propio, no el célebre de Felipe, Escuredo y “un tal Del Valle”, un bufete –este último– que ha pasado a formar parte de la historia.

Entre sus grandes amigos están Javier Benjumea Llorente, ex teniente de la Real Maestranza, uno de cuyos tutores fue, digámoslo así, por encargo de su padre, don Javier Benjumea Puigcerver. Un personaje fundamental en la vida de este letrado es el cardenal Amigo.

Bores tiene una gran relación con Don Carlos, al que admira profundamente. Cuando el franciscano llega a Sevilla en 1982 se entrevista con dos de los grandes personajes de la sociedad de entonces: los citados Benjumea y Olivencia. Don Manuel le pide al joven Bores que atienda directamente las necesidades del Arzobispado en materia jurídica. Y Bores se gana al arzobispo en el primer almuerzo. De convicciones progresistas, algunos lo tienen por un “rojillo” que se entiende la mar de bien con cierta jerarquía eclesiástica. Es cierto que Bores admira a dos sacerdotes fundamentales en el largo pontificado de monseñor Amigo: Manuel Benigno García Vázquez, conocido como el capellán del PSOE, y Francisco Navarro, la gran mente pensante que transformó la Catedral y la hizo rentable. Ambos curas, junto a Juan Garrido Mesa, formaron el que se conoció como ‘tridente rojo’ de la Iglesia de Sevilla en los años 80 y 90, porque los tres fueron claves en las relaciones de la curia con el poder socialista en la Junta. Bores entraba y salía del Palacio Arzobispal con gran facilidad, se sentaba en los altos consejos de asesoramiento del prelado junto a los notarios escogidos por don Carlos. Y una vez más, se puede afirmar que no ganó precisamente dinero con aquella labor. Pero estaba por convicción.

Bores sufrió mucho por ser amigo de Felipe. Cuando a Felipe le preguntaban en las entrevistas por las cosas que añoraba de su tierra, el frío presidente del Gobierno acertaba a decir: “Echo de menos las charlas con Jesús Bores”. Y le hacía un flaco favor a su amigo. Bores sintió aquellos años que le arreaban a él todo lo que no podían darle al entonces presidente del Gobierno. Siempre luchó en los tribunales por su honor. En una ocasión, hace ya muchos años, oyó perplejo en su caseta de la Feria la confesión de una juez que no pudo darle la razón en un pleito por las presiones recibidas de la alta magistratura y de la Fiscalía. Bores invitó a la magistrada a salir de la caseta. La falta de integridad siempre le ha irritado casi tanto como las habladurías o comentarios sin fundamento sobre su persona. Y eso que se caracteriza por saber guardar escrupulosamente la compostura en situaciones especialmente tensas, pero aquella confesión ciertamente le pudo.

La vida es sentir orgullo de alumno claretiano. El niño Bores era un gran sevillista en territorio heliopolitano. La vida son recuerdos felices de las aulas universitarias junto a Francisco Ballester, Manuel Chaves y Antonio Moreno Andrade, “el chiclanero”. Son charlas interminables con su íntimo amigo Guillermo Jiménez Sánchez, Willy. Son largas sobremesas donde describe el paisaje y el paisanaje de la Sevilla que ha conocido en directo, no de oídas. Pocos como Bores han tratado tanto a Jacinto Pellón, Manuel Prado y Colón de Cavajal o Rafael Escuredo. Son chistes contados con éxito de crítica cuando el ambiente se relaja y la conversación se riega con un Gordon con Coca-Cola, un combinado más en desuso que hacer la compra en Ecovol. La vida es recordar a su gran socio, Carlos Corradini, o a su gran amigo, el abogado y senador Juan Moya Sanabria. Con pocos se le bañan los ojos y detiene la conversación como al recordar a Juan. La vida es un desinterés manifiesto por la riqueza y el lujo, pudiendo tener acceso a ambas. Es un ir y venir en Vespa y un nudo de la corbata semicaído. La vida es hoy más relajada, sin perder el contacto con el despacho, pero ya más tranquila, con más tiempo para disfrutar del huerto de su finca de Castilblanco de los Arroyos, una de las escasas licencias que se permite este abogado que, inteligente él, siempre prefiere el barco de los amigos al suyo propio. Tal vez sea un tiempo para seguir expresando una ilusión tantas veces repetida tras estar con grandes clientes: “Yo lo que querría ser de verdad es un abogado de juicio de faltas”. La vida, en el fondo, es un aperitivo en el Mara o en el Nuria, un buen libro o una partida repentina de chinos, cualquier actividad para no echar de menos a tanta gente que ya le falta, como Tomás, aquel pescador con el que mantuvo una bonita amistad en Chipiona.

Cuentan que una de las últimas veces que actuó en un juicio como abogado, hace muchísimos años, llegó a los juzgados procedente directamente de la Feria, la fiesta que en tiempos solía disfrutar a tope los dos o tres primeros días. Bores era entonces de los que aguantaban más que la sábana de abajo. Siempre fresco como una pera aunque hubiera estado toda la noche activo. Llegó a la sala y dio la cabezada de respeto con la que en tiempos se saludaba al magistrado, una costumbre ya casi perdida. Jamás olvida que al agachar la cabeza se vertió un chorrito de fino del catavino que aún llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta.

Una de sus grandes contribuciones a la abogacía en Sevilla ha sido quizás su apuesta por un concepto moderno de despacho, donde todos son asociados, se hablan de tú y gozan de autonomía, un modelo alejado de otros donde había un gran maestro y muchos pasantes. Bores le apea el tratamiento a todos los que trabajan con él. Su secretaria, Gracia, es la única que prefiere hablarle de usted. Y ella es la que se sienta siempre a su derecha en la comida de Navidad del bufete.

Su vitola de rojillo no le privó de entrar como secretario del consejo de administración de Emasesa con el voto a favor de todos los partidos políticos. Tampoco le impidió contar con el apoyo de todas las formaciones para impulsar la Fundación Forja XXI, la que luego la crisis se llevó al traste. Bores ha tenido siempre espíritu emprendedor. Hombre inteligente y bastante paciente, a veces su paciencia es arriesgada, como al coger los vuelos. Se dice que en el aeropuerto de San Pablo hay sucesivos avisos de megafonía para anunciar los despegues hasta que suena el the last call y, por último, el conocido como Bores call. Don Jesús es de los que apuran un café aunque haya sonado el último aviso. Prisas en los aeropuertos, las precisas. La alta velocidad es para pensar.

En su despacho sigue habiendo manuales de Derecho y códigos. Y una agenda importante. Atrás quedan aquellos años en que algunos, maliciosos ellos, buscaban sus servicios por sus altas amistades: “Esto es un despacho de abogados, no un despacho de influencias”. Y enseñaba el camino hacia la puerta. Por eso la firma Bores no cayó con la crisis, como sí ocurrió con otros bufetes donde había un mueble bar donde debían estar los Aranzadi. Se considera un discípulo de Olivencia. Él mismo ha enseñado el oficio a conocidos abogados de hoy como José María Astolfi, José Manuel García-Quílez, Alfonso Ybarra, etcétera… En esa apuesta por nuevas fórmulas del ejercicio de la abogacía, fundó Guadaliuris, la agrupación de interés económico que aglutina más de una veintena de bufetes. E impulsó la Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio. Bores es de los abogados de Sevilla que defienden con más pasión el arbitraje.

Bores es un genuino representante de esa socialdemocracia conservadora, llamémosla así, que protagonizó la historia de la ciudad durante muchos años. Pagó un precio elevado por tener amigos que llegaron alto, pero también siente orgullo de formar parte de la generación que presume de haber cambiado España. Al veterano letrado le gustan las misas del Gallo en el monasterio de Santa Paula, charlar con el cardenal y seguir siendo de la cofradía de la Universidad, a la que pocos saben que se apuntó un 28 de abril de 1986. Felipe era presidente, pero Bores no era su abogado. Ni su tapado.

  • Ricardo Rubio

    Si señor.
    Esto es una semblanza. Enhorabuena. Que pena que no se vean estas plumas para pintar cuadros tan bonitos de gente tan importante como Jesús Bores

  • Pablo Alfaro

    Bonito retazo de un excelente e íntegro profesional. Con más Bores habría menos desencuentros. Amigo de sus amigos, entre los que me incluyo con muchísimo orgullo.

  • Luis Astolfi

    Jesus es bueno , sencillo,grande , listo , humilde , practico , imaginativo,espectacular amigo, y un lujo estar a su lado. Yo lo adoro y la bondad que tiene es de naturaleza.

  • Curro Esquivias

    Muy acertada la semblenza y afinadisimo el titulo. Jesús Bores es así, rápido y agil para lo profundo, ahi esta la virtud. Yo heredé de mi padre algunas cosas, entre ellas la admiración por este fenómeno y es un lujo tenerlo como amigo. Sevilla tiene tradicion de grandes juristas, y es por gente como él. Por otra parte nunca me extrañó cuando vi como era atacado por cierta prensa en algunos momentos de su vida, la brillantez tiene esas servidumbres.


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